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Armonía de la Persona Humana - Parte I

Quien sigue su conciencia ha encontrado la puerta que conduce hacia una vida auténtica. Como dice William Kilpatrick, «La moralidad no consiste simplemente en aprender las reglas de lo bueno y lo malo; es una rectificación total de nosotros mismos». El hombre es como un cubo de Rubik, ese «cubo mágico» que estuvo de moda hace algunos años: ningún cuadro puede estar fuera de lugar. Todas las partes del hombre se encuentran interrelacionadas; se requiere la armonía entre ellas para que el hombre realice su potencial. Esta auto-rectificación suele llamarse comúnmente «madurez». A diferencia de los demás valores, que perfeccionan y complementan a la persona, la madurez sintetiza e integra los valores humanos en un todo orgánico.

A todos nos gusta que nos consideren maduros. Uno de los insultos más humillantes para un muchacho de quince años es que se le tache de «inmaduro». Los adolescentes ambicionan con todas sus fuerzas, además de ser aceptados por sus compañeros, que se les considere maduros.

... La madurez es un valor universal, algo que todos desean por la imagen que expresa: «Soy maduro, soy independiente, sé pensar por mí mismo». Sin embargo, una cosa es que a uno lo consideren maduro y otra muy distinta es que en verdad lo sea. Damos así una vez más con la afirmación de que libertad no sólo no existe sin la responsabilidad sino que depende de ella.

Por lo general, la gente asocia la madurez con la edad (a mayor edad, mayor madurez). La edad, es cierto, tiene algo que ver con la madurez (nuestro desarrollo psicológico, intelectual, físico y espiritual se va verificando con el pasar del tiempo). Sin embargo, la edad no es el factor determinante. Hay octogenarios irresponsables, como hay muchachos maduros de catorce años. Basta un simple vistazo a los problemas que afligen a la sociedad en nuestros días para percatarnos de que no todos los mayores de 25 años son verdaderamente maduros.

Todos conocemos casos que ilustran este hecho lamentable. Un ejemplo típico es el hombre de mediana edad que abandona a su esposa y a sus hijos por una mujer más joven. Nuestra reacción inmediata puede ser de incredulidad, lástima y coraje: «¡Qué tontería! ¡Pobre mujer y pobres hijos! ¡Qué canalla!» Cabe notar, aparte de las obvias implicaciones morales, una absoluta carencia de madurez humana. En lugar de un hombre, tenemos un adolescente con toda la apariencia exterior de un adulto.



Autor: Thomas Williams
Fuente: Catholic.net

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