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Armonía de la Persona Humana - Parte III

En busca de una definición

Tras examinar lo que no es la madurez, volvamos ahora a lo que sí es. La palabra tiene distintas acepciones, según el contexto. Un programa de televisión sobre la vida en el reino animal puede informarnos que un oso pardo macho «maduro» puede pesar más de 700 kilos. En otro momento, tal vez una amiga nos dirá que ha conocido a un hombre extraordinario y «muy maduro». El concepto «maduro» tiene, pues, diversos matices de significado. Por este motivo, es mejor ofrecer tres definiciones, en lugar de una.

Perfección de nuestra naturaleza

En el sentido más amplio, «madurez» significa cumplimiento o perfección de nuestra naturaleza, el punto más alto de un proceso de crecimiento y desarrollo. Se trata de un proceso unidireccional, progresivo, no de un simple «cambio». El proceso de maduración es un recorrido que culmina en la adquisición de todo aquello que una planta, un animal o un hombre debería ser. Un perro es «más perro» cuando llega a la cumbre de su desarrollo, a su «madurez». Hasta entonces había sido un «cachorro», más tarde será un «perro viejo», de esos que ya no aprenden nuevos trucos. Una manzana es «más manzana» cuando está madura. En algunos idiomas se usa la misma palabra para designar la madurez de una planta que la madurez de un ser humano. Así, por ejemplo, en alemán una manzana madura es ein reifer Apfel y un hombre maduro es ein reifer Mensch. También en francés una granada madura es une grenade mûre y una mujer madura es une femme mûre.

En este sentido la madurez se puede aplicar a las plantas, a los animales, a las personas, incluso a los vinos, a todo lo que se somete a un desarrollo orgánico. Esta definición vale también para la naturaleza física del hombre. Un niño crece hasta que alcanza la madurez; después el cuerpo empieza a deteriorarse. De aquí la expresión «en la plenitud de la vida»; la plenitud es el punto culmen del desarrollo físico de una persona.

Pero a diferencia de las manzanas y de los osos pardos, el hombre tiene también una naturaleza espiritual, y aquí adquiere la madurez su dimensión propiamente humana, del todo única. En las cosas meramente materiales, la madurez es un fenómeno estrictamente físico; la madurez humana, en cambio, es física, emocional, psicológica y espiritual.

Interiorización de los principios

Según una definición más restringida, se entiende por madurez la transformación de las normas y reglas externas en convicciones y principios internos. Este proceso de asimilación se irá dando de forma consciente y libre en la medida en que la persona aprenda gradualmente a reconocer y apreciar ciertos valores.

Los niños necesitan que se les vigile, incluso a veces que se les obligue de alguna manera, para que hagan la tarea o vayan a misa los domingos. Los papás tienen que poner un límite al tiempo que dedican los niños a ver televisión, ya que ellos no tienen la madurez suficiente para exigirse a sí mismos lo que conviene. Si un niño pudiera planear su propia dieta, seguramente pondría como plato fuerte de la cena una buena tajada de pastel de chocolate en lugar de una porción de guisantes. Al niño hay que imponerle las normas desde fuera, porque de otro modo se dejaría llevar por inclinaciones espontáneas e impresiones del momento. Aún no es capaz de comprender el porqué de muchas cosas ni ve la necesidad de sacrificar un placer inmediato en vistas de un mejor futuro. Éstas son cualidades propias de un adulto.

De modo semejante, un adolescente que se fuga del colegio y desperdicia su tiempo, que no sigue un programa de estudios, olvida la moral y se deja llevar por sus pasiones y tendencias «naturales», no puede considerarse maduro.

Para el que es maduro no importa quién le esté mirando, ni qué están haciendo o dejando de hacer sus amigos, ni qué dirán los demás. Él lleva las riendas de su vida, siguiendo los principios y las convicciones que él mismo, libremente, ha hecho suyos.
Autor: Thomas Williams
Fuente: Catholic.net


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