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Armonía de la Persona Humana - Parte IX

7. Subjetivismo vs. objetividad:
Los niños suelen tener una visión demasiado subjetiva de sí mismos. Esto no es más que un síntoma de un subjetivismo aún mayor. El mundo de un niño suele ser muy pequeño. Para él no existe más realidad que su experiencia personal y la impresión que le producen las cosas.

A medida que crece, el niño debe ir aprendiendo a ser más objetivo a la hora de evaluar diversas situaciones. Este hábito, juntamente con la reflexión, le librará de la precipitación al juzgar. Las personas maduras suelen entrar en el núcleo de las cosas y, después de sopesar los diversos factores, son capaces de hacer una evaluación justa y equilibrada.

Esta equidad es particularmente necesaria cuando se trata de la relación con los demás. Es preferible dudar antes que condenar tajantemente sus palabras o actuaciones. Bien puede valer como lema para nuestra relaciones con los demás: «Creer todo el bien que se oye; y no creer sino el mal que se ve».

Otra faceta de la objetividad es la capacidad para ver las cosas desde otra perspectiva. Es cierto que no resulta fácil abandonar nuestros prejuicios inveterados o las opiniones que hemos sostenido por mucho tiempo para valorar otras posiciones y puntos de vista, pero éste es un camino que libra del subjetivismo y nos hace más imparciales a la hora de juzgar.

8. Extremismo vs. equilibrio:
Los niños suelen ser muy ágiles para pronunciar juicios categóricos: o es blanco, o es negro; o es bueno o es malo. La realidad no es así de nítida. Todos los hombres, aunque con diversos matices, compartimos una tonalidad más bien grisácea: todos somos capaces de acciones muy loables, incluso heroicas; pero también somos capaces de horrendos crímenes.

Desafortunadamente, esta costumbre infantil de etiquetar a las personas y las cosas se convierte fácilmente en vicio para el resto de la vida. La madurez, en cambio, nos lleva a descubrir el lado bueno de todas las personas, a excusar sus defectos y sus faltas, a cultivar y potenciar la propia bondad.

Puesto que la madurez es armonía, la persona madura sabe discernir lo que es importante y lo que puede pasar a segundo plano....

Aristóteles enseñaba que la virtud está en el punto medio entre dos extremos. Así, por ejemplo, describió la valentía como el medio entre la cobardía y la temeridad. El cobarde huye del peligro; el temerario se mete de cabeza en él. El hombre valiente afronta el peligro cuando es necesario, sin cohibirse por el miedo.

Es importante, sin embargo, no confundir este equilibrio con la mediocridad. Buscar el justo medio no equivale a pactar con la tibieza. El hombre que reza todos los días y toma en cuenta el valor de la eternidad en sus decisiones no es un fanático religioso; es un realista. Una persona madura pone el énfasis donde corresponde: en lo que es más importante en la vida.

9. Egoísmo vs. apertura:
Los niños pequeños creen que ellos son el centro del universo. Todo gira alrededor de sus necesidades y deseos, y no son capaces de anteponer los intereses de los demás a los suyos propios.

El egoísmo es otro rostro de la inmadurez. La persona inmadura se encuentra tan ocupada en sí misma y en lo que le interesa que le resulta difícil pensar en los demás, comprenderlos, compadecerse de sus sufrimientos o compartir sus alegrías.

La madurez, en cambio, se caracteriza por la apertura y la sincera preocupación por los demás; es una disposición habitual de olvido de uno mismo para poner a los demás en el primer lugar...



Autor: Thomas WilliamsÇ
Fuente: Catholic.net


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