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Armonía de la Persona Humana - Parte VIII

4 Sentimentalismo vs. carácter:
El carácter es como un buen bistec: sólido y sustancial. Los sentimientos son sólo un aderezo. Es preciso mantenerlos en su lugar. Los sentimientos dependen de los estados anímicos, de las impresiones y de las sensaciones; el carácter, en cambio, se basa en principios y en una voluntad firme.

Los niños suelen dejarse llevar por sus sentimientos y deseos del momento. No necesitan que nadie les diga: «Si te gusta, hazlo», pues les brota espontáneo. El sentimiento y la espontaneidad llevan la voz de mando.

Una persona inmadura es como una hoja seca llevada por el viento, o una veleta que gira constantemente, sin una orientación fija...

En una persona madura, la razón y la voluntad gobiernan sobre los sentimientos y los estados de ánimo. Por eso es capaz de actuar en un determinado modo aunque los sentimientos sean contrarios. Esto no significa que el hombre deba rechazar las emociones o reprimir ciegamente los sentimientos. No se trata, pues, de elegir entre razón o sentimiento, sino de determinar quién ha de gobernar. No debemos ofuscar la razón, pero tampoco reprimir los sentimientos; hay que armonizarlos. Los principios han de situarse por encima de los sentimientos. Quien forma el hábito de dirigir sus emociones a la luz de la razón y de la voluntad, se libera de esa terrible esclavitud que consiste en vivir de impulsos, sentimientos o impresiones.

Quizá esto pueda parecer una agresión contra la «espontaneidad». Nuestra generación suele valorar mucho la capacidad de adaptarse y de saber improvisar. «Hay que tomar las cosas como vienen, con flexibilidad...», se dice.

Sin embargo, la espontaneidad no siempre es ventajosa. En una charla informal o en un momento de descanso, algo de espontaneidad no viene mal. Pero nadie recomendaría al cirujano que le va a operar que proceda con absoluta espontaneidad. Un cirujano que se deja llevar de ocurrencias y experimentos improvisados en medio de una operación a corazón abierto no inspira mucha confianza. En éste y en otros muchos campos, preferimos la seriedad y la profesionalidad, en lugar de la «creatividad» o la espontaneidad. La clave es saber cómo actuar en cada circunstancia, y esto exige dominio personal.

Una persona madura es auténtica, es decir, lleva las riendas de su vida. Hay dos modos de entender la «autenticidad». Algunos la consideran como la expresión desinhibida de los propios impulsos instintivos, al margen de toda restricción. Esta visión vitalista de la autenticidad se queda muy corta y no hace justicia al hombre, pues lo reduce a la condición de un animal.

El otro modo de entender la autenticidad tiene en cuenta la naturaleza espiritual del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Según esta visión integral del hombre, la conciencia interviene para examinar las tendencias, los impulsos instintivos y las aspiraciones, aprobándolos o desaprobándolos. La autenticidad así considerada no es la expresión espontánea de nuestros impulsos, sino un ideal por conquistar. Es un esfuerzo por vivir de acuerdo con la verdad de nuestro ser y con el significado auténtico de la vida humana.

5 Satisfacción inmediata vs. capacidad de sacrificio:
El mundo del niño es el presente; de ahí su natural impaciencia. No sólo quiere una galleta, sino que la quiere ahora. Decir a un niño que deberá esperar antes de salir a jugar es como decirle que no podrá jugar nunca más. Puesto que vive de sensaciones, un niño no tiene perspectiva de futuro, ni es capaz de planear el porvenir. Por eso es tan saludable enseñarle a meter su dinero en una alcancía. Así se va preparando para su vida adulta.

El hombre maduro actúa según su deber, por encima de los gustos a antojos del momento. Para los padres de familia no siempre resulta agradable cuidar a sus hijos, lavarlos, proporcionarles todo lo que necesitan... Afortunadamente para los niños, hay muchos padres generosos.

El sacrificio nunca ha sido popular. Cuando Jesús anunció a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame», seguramente los discípulos no pudieron evitar retorcerse un poco bajo la túnica. Ningún sacrificio es agradable. No sólo eso, sino que tampoco tiene ningún valor en sí o por sí mismo. El sacrificio sólo tiene valor en tres casos. Las personas maduras saben reconocerlos.

a.Como medio para alcanzar un objetivo. Toda elección conlleva una renuncia. Dejamos de lado un bien determinado, pero sólo porque así podemos obtener uno mejor...

b.Como ejercicio para formar la voluntad. Algunas cualidades sólo se pueden adquirir con la práctica. La fuerza de voluntad es una de ellas. Un libro puede enseñarte las principales técnicas que se requieren para ser un buen jugador de fútbol, pero después habrá que practicar en el campo durante largas horas de entrenamiento. La abnegación es un entrenamiento indispensable para la voluntad.

c.Como acto de amor. Cuando uno se sacrifica por otro, es como si le dijera: «Mira, te quiero más que a mí mismo. Te prefiero a ti antes que a mí mismo». Todo regalo es un tipo de sacrificio, algo de nosotros mismos que ofrecemos a los demás.

La capacidad de sobreponernos a nosotros mismos y de llevar a cabo acciones costosas vigoriza nuestro carácter y nos abre el camino hacia la máxima realización de nuestras potencialidades. Toda grande obra y todo proyecto a largo plazo, incluido el de construir una personalidad auténtica, requiere fuerza de voluntad y capacidad de sacrificio.

6. Autoestima exagerada vs. humildad:
Los niños suelen irse a los extremos. A veces son impetuosos y a veces excesivamente cautos. No han adquirido una perspectiva realista de sus capacidades y de sus límites. Esto mismo les ocurre a las personas inmaduras que nunca se ajustan completamente a la realidad.

La humildad consiste en conocerse y aceptarse a uno mismo, con las propias cualidades y limitaciones. Se es humilde cuando se tiene una mirada objetiva de uno mismo, sin creerse más ni sentirse menos de lo que se es en realidad. Para triunfar en la vida, es preciso conocerse con honestidad.

Quien es humilde es capaz de reconocer el valor de los demás. Se siente lo suficientemente seguro de sí mismo como para apreciar la riqueza de ciertas tradiciones, y no exagera el valor de la propia «creatividad». Richard John Neahaus escribió a este respecto: «La creatividad requiere humildad, que equivale a hacerse aprendiz del pasado. La creatividad del ignorante e inexperto no es sino «auto-expresión», que es, lamentablemente, lo que hoy muchos llaman creatividad. También los bebés son maestros de «auto-expresión» cuando se trata de chillar. Los adultos que solicitan la atención de los demás suelen dar por supuesto, desde luego sin ninguna garantía, que ellos mismos son interesantes para los demás. En realidad, las personas interesantes son aquéllas que se reconocen al servicio de una tradición; y las tradiciones interesantes son las que aspiran a una verdad o a un bien que está más allá de ellas mismas».


Autor: Thomas Williams
Fuente: Catholic.net


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