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Armonía de la Persona Humana - Parte X

10. Dependencia vs. independencia:
El «borreguismo» es la plaga de los adolescentes. Los niños suelen pasar por períodos de inseguridad y necesitan que los demás los acepten. Es natural de esa edad; pero sería catastrófico arrastrar esta inseguridad toda la vida. La persona inmadura se preocupa demasiado por lo que los demás puedan pensar o decir de él; no posee la fortaleza necesaria para mantenerse firme en sus principios. Así, termina por actuar de modos muy diversos según se encuentre solo o con sus amigos o con otras personas.

La persona madura, en cambio, es consistente y actúa del mismo modo, sea que esté sola, sea que esté con otras personas. En su interior encuentra la dirección justa y el significado que debe dar a sus acciones, sin tener que acudir a otros parámetros que circulan por el mundo. La autenticidad es una tarea fundamental de nuestra vida, y sólo se logra a través de la coherencia entre lo que hacemos y lo que somos.

La independencia propia de la persona madura en relación con el ambiente tiene, además, otra dimensión: la capacidad para cuestionar los valores que la sociedad le presenta. Es característico de este tipo de personas el no creer todo lo que se escucha por ahí. Desde luego, no es señal de madurez el no creer en nada; eso es cinismo. La persona madura toma en consideración qué es lo que se dice, quién lo dice y por qué. Suele poner a prueba los valores que se le ofrecen confrontándolos con los principios ciertos y probados que posee. Como dice la carta a los hebreos: «El alimento sólido es para hombres maduros, que por razón de la costumbre tienen el sentido moral desarrollado para distinguir entre el bien y el mal» (Heb. 5, 14).

Después de repasar estos diez principios, tal vez podemos sentir cierto agobio ante la perspectiva de poner todo esto en práctica. Estudiar la madurez es una cosa; vivirla es algo muy distinto. ¿Es posible vivir humanamente como personas maduras?

El camino a seguir

Los cristianos no tenemos que ir muy lejos para encontrar un modelo de madurez auténtica y un camino seguro para avanzar firmemente hacia ella. Jesucristo, el hombre perfecto, es el centro y el modelo de la vida cristiana. Él nos ha dejado un ejemplo consumado de madurez y nos invita a imitarlo.

Cuando uno piensa en la vida de Cristo, no puede dejar de conmoverle inmediatamente su profundo sentido de identidad personal. Él sabe quién es, y para qué está aquí. Al venir al mundo, resume su actitud en las palabras: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». Toda su vida es un desarrollo continuo de esa identidad, tanto que hacía de la fidelidad a ella su alimento: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y completar su obra» (Jn. 4, 34).

Jesús jamás sucumbió ante la opinión de la gente. Cuando las multitudes, admiradas por sus enseñanzas y milagros, querían llevárselo para proclamarlo rey, él se retiró solo, porque su hora no había llegado aún.

Y cuando llegó finalmente esa hora, se abrazó a la voluntad de su Padre y se entregó libremente a la muerte, a pesar de que su naturaleza humana se resistía ante la perspectiva de tanto sufrimiento. No podremos encontrar en ninguna parte un ejemplo más perfecto de madurez. La vida de Cristo es un libro abierto que nos revela la verdad sobre nosotros mismos y nos señala el camino a seguir.

La formación de una personalidad madura, verdaderamente integrada, es un ideal por el que vale la pena luchar. La sociedad actual, que con frecuencia valora más el «tener» que el «ser», necesita con urgencia nuevos testimonios de madurez. Sólo viviendo de acuerdo con la verdad de nuestro ser, podremos descubrir el camino que conduce a la felicidad auténtica y duradera.

Autor: Thomas Williams
Fuente: Catholic.net


Armonía de la Persona Humana 1
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