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Armonia de la Persona Humana - Parte VII

1 Superficialidad vs. profundidad:
Superficialidad significa fijarse en lo externo sin penetrar en la esencia de las cosas. Una persona superficial se interesa más por las apariencias que por la realidad.

Los niños tienden a ser superficiales. Un niño vive de cada instante; su vida es un sucederse de experiencias y descubrimientos, uno tras otro. Cuando termina una aventura ya está empezando una nueva. No alcanza a ver bajo la superficie el hilo conductor de los acontecimientos o el significado más profundo de sus experiencias. Se contenta con tomar las cosas como vienen. Esta superficialidad en su mirada es el origen de ese candor inocente que lo caracteriza, pero también es la causa de su modo de juzgar basado en apariencias y primeras impresiones. Los niños son excelentes observadores, pero no suelen ser tan buenos para interpretar las palabras y las acciones de los demás.

La superficialidad no es exclusiva de los niños. Un amigo mío, al volver de visitar a su familia, a la que no había visto en varios años, me comentaba que su hermano menor, ahora de veintinueve años, se entretiene todo el día conduciendo a toda velocidad por las calles de la ciudad en un coche deportivo. Más tarde espera vender ese coche y comprar una motocicleta. Su hermana se pasa cerca de tres meses al año viajando por Europa con un grupo de ciclistas que se alegran cuando la gente les sale al encuentro. Mi amigo quedó algo apenado al ver que «sus vidas no tienen ningún otro sentido que el de pasarlo bien mientras puedan».

Una persona madura se caracteriza por su profundidad. Busca el significado detrás de la información; busca la realidad detrás de las apariencias. Este interés por llegar al fondo de las cosas le permite juzgar correctamente sobre las personas, los acontecimientos y las ideas. Para ser profundo hay que tener una mirada realista, libre de prejuicios y de críticas superficiales. Una persona madura sabe afrontar la realidad y manejarla tal como se presenta.

La «realidad» es un horizonte mucho más amplio que el de las cosas visibles o, más genéricamente, perceptibles para nuestros sentidos. No hay ninguna razón para suponer que lo invisible es necesariamente menos real que lo visible. El amor no es menos real que los trastos de la cocina. Dios no es menos real que sus criaturas. De hecho, es infinitamente más real. Todas las criaturas tienen un principio y un fin de su existencia. Dios, en cambio, no tiene principio ni fin.

2. Impulsividad vs. reflexión:
Un efecto de la superficialidad es la impetuosidad. Dado que una persona superficial percibe sólo las apariencias inmediatas, no es capaz de ver a distancia las consecuencias de sus acciones. Actúa sin pensarlo.

A la impulsividad se opone la virtud de la prudencia: el hábito de reflexionar las cosas antes de actuar. La persona madura no suele lamentarse de sus decisiones, pues suele pensar y medir las consecuencias de sus acciones. Y esto vale para todo, desde si conviene o no hacer una inversión en tal negocio hasta qué cursos opcionales escoger en la universidad; desde el discernimiento vocacional hasta la elección de la pareja para el matrimonio.

Ahora bien, reflexión no significa indecisión. Nunca podremos tener una seguridad total ni tampoco es posible tomar en consideración todos los factores y posibles consecuencias de nuestros actos. La prudencia es equilibrio.

La reflexión entra en juego tanto al hablar como al actuar. ¡Cuánto lastiman las palabras duras y los comentarios desconsiderados! Como decía el apóstol Santiago, «El que no peca con la lengua es un hombre perfecto» (Sant. 3, 2). La reflexión puede librarnos de muchos remordimientos.

3. Inestabilidad vs. constancia:
Los sentimientos son volubles. Si dejamos que ellos tomen las riendas de nuestras decisiones, terminaremos siendo inconstantes. Es una de las características más típicas de los niños: no pueden entretenerse por mucho tiempo en una cosa. El niño empieza a armar un rompecabezas, y a los cinco minutos ya está harto; va entonces a jugar con el cochecito..., hasta que encuentra el monedero de mamá, tan atractivo para su espíritu explorador. No hay ningún principio que dé continuidad a lo que hace.

Los adultos inmaduros suelen ofrecer un cuadro parecido. Les falta constancia y tenacidad para realizar sus proyectos hasta concluirlos del todo. La persona que no ha alcanzado la madurez es irresponsable y difícilmente conserva un trabajo; desmerece toda confianza, ya que no se sabe si hará o no lo que se le encarga. Necesita que alguien esté detrás para supervisar su trabajo y evitar que se meta en problemas, pues sus antojos pasajeros fácilmente lo sacan de ruta.

Sólo una persona verdaderamente libre es capaz de comprometerse y de ser fiel a la palabra dada. Y sólo una persona madura es verdaderamente libre. Si uno es maduro, puede tomar decisiones responsables sin tener que arrepentirse. La responsabilidad, además, da estabilidad a la propia vida.

Cuando una persona madura toma una decisión importante en la vida, no se pasa años enteros replanteando su decisión: «¿Me habré equivocado? Tal vez no sabía lo que estaba haciendo; era tan joven. Creo que he cambiado de opinión...». La actitud de un individuo maduro es muy diferente: «Yo sabía que no todo iba a ser fácil; sabía que vendrían dificultades y sacrificios, y aun así determiné que valía la pena. Ahora lo que cuenta es la fidelidad». Viendo así las cosas, el hombre se libera de los altibajos del buen o mal humor y del vaivén de las circunstancias.

...El deporte enseña la virtud de la determinación, de la perseverancia y de la tenacidad, del trabajo en equipo, del valor. Saber ganar y perder, saber levantarse cuando se ha caído, saber retomar los aparejos y volver a empezar... ésta es la virtud que ha hecho posible los más grandes logros de la humanidad, tanto a nivel personal como colectivo. El duque de Wellington solía decir: «la batalla de Waterloo se ganó en los campos de juego de Eton».

...La constancia implica autodisciplina. Cualquier trabajo u ocupación, por interesante que parezca, produce inevitablemente cierto tedio y hastío; de ahí la facilidad con que muchos se dejan llevar por las distracciones o dejan el trabajo a medias. Una persona madura, en cambio, jamás deja algo sin acabar, salvo en casos de verdadera necesidad; «obra comenzada, obra terminada»...



Autor: Thomas Williams
Fuente: Catholic.net


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