miércoles

Sufrimiento y Dolor

Hay sufrimiento cuando se separan cosas que deben estar unidas. Y el sufrimiento produce dolor.

Tengo una herida en el brazo. La piel y los tejidos, que van unidos, se han separado y duele. Dos amantes son separados. Duele. Y todo el sufrimiento humano reproduce el sufrimiento original: la separación del hombre de Dios. Hemos sido creados por Él y hacia Él. Sólo con Él y en Él acabará nuestro sufrimiento. Pero el sufrimiento también puede producirse cuando se unen cosas que no van unidas. Un cuerpo extraño en el ojo, personas que se odian y sin embargo se ven obligadas a permanecer juntas.

Con el dolor físico ocurre algo muy curioso. El dolor no empieza a sentirse como tal hasta un grado determinado. El calor es agradable. El calor sofocante agobia. Pero no sentimos dolor hasta un grado determinado de calor. Quien después de una larga caminata extiende sus miembros cansados y doloridos siente un bienestar muy superior a otras veces. El hambre duele y la sed todavía más. Pero a cierta medida de estos dolores la llamamos apetito, y al satisfacerlo sentimos un bienestar mucho mayor que si bebiéramos y comiéramos sin apetito.

Hay enfermos a los que hubo que seccionar el nervio simpático. No sienten nada. Pero no sólo por lo que respecta al dolor. La sensación de dolor misma puede sernos de gran utilidad. El insensible puede quemarse la mano hasta los mismos huesos antes de darse cuenta de que ha entrado en contacto con la llama de su cerilla o con el leño ardiente de la chimenea. El dolor es un avisador, también como heraldo de la enfermedad. Lo más infame del cáncer es que no duele cuando es incipiente, de forma que muchas veces no llega a descubrirse hasta que ya es demasiado tarde. Por tanto, el dolor físico no siempre es inútil. El dolor psíquico es uno de los mayores estímulos que existen para hacer grandes cosas.

El dolor psíquico fue la base de las obras más nobles de la poesía y la literatura. Nadie ama el dolor excepto el pervertido (y aun éste, sólo como fenómeno concomitante), por el contrarió, todos lo tememos. Incluso el propio Jesús, al tener ante sus ojos el indescriptible dolor del Viernes Santo, ruega en el huerto de Getsemaní que Dios aparte de Él ese cáliz. «Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya», concluyó. Desde entonces sabemos cómo hemos de comportarnos ante el dolor inevitable.


Louis de Wohl

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