viernes

«Muestra que eres Madre»

Cuenta Tihamer Toth que, cuando la escuadra americana se apoderó de Filipinas, ocurrió un hecho conmovedor:

Frente a Manila estaba dispuesta toda la flota para la batalla. Ya iba a romper el fuego, cuando a un marinero de servicio en el buque-insignia se le cayó una camisa al mar. Pidió permiso para recogerla; se lo negaron y se arrojó al agua. Creyeron todos que era un cobarde desertor. A los pocos minutos estaba de nuevo sobre cubierta, pero lo arrestaron y, después de la batalla, el Tribunal militar le condenó a varios años de cárcel. El general Dewey, que actuó de juez, preguntó al marinero cómo pudo hacer tamaña locura por una camisa que nada valía. El joven sacó una fotografía, y dijo solamente: ¡Mi madre! En el bolsillo de la camisa que había caído al mar estaba el retrato de su madre, y quiso salvarlo a toda costa. Dewey abrazó al marinero y lo indultó.

Hay en la madre -escribe Luis Riesgo- algo de inmenso valor: la ternura. Esa ternura, mezcla de cariño, comprensión y delicadeza, que permanece en su corazón aunque ya tenga muchos años, que todo hombre, por rudo que sea, agradece, y cuyo secreto sólo ella posee.

¿Estará en la ternura la razón del amor de los hijos a sus madres?¿O estará, quizá, en la entrega? Entrega abnegada, constante, aunque no siempre reconocida.

A esa ternura y a esa entrega unamos su entereza, su comprensión, la sensibilidad con que intuye el más leve problema de sus hijos... y comenzaremos a explicarnos por qué las madres ocupan el lugar de honor en el corazón de sus hijos. Sencillamente, porque son madres. Como María, la madre de Cristo y madre nuestra.


Salve, Estrella del mar,
Virgen Madre de Dios.
Rompe nuestras cadenas.
Cura nuestra ceguera.
Defiéndenos del mal.
Concédenos el bien.
Muestra que eres Madre
y que, por tu plegaria,
acepte nuestras súplicas
El que, nacido por nosotros,
quiso ser tu Hijo. Amén.

Padre Cándido Pozo S.J.

1 comentario:

soledad garcia morales dijo...

Desearía añadir un pensamiento que he asimilado a raíz de la reciente muerte de mi madre. Después de este acontecimiento, los hermanos encontramos las cartas que se escribían mis padres durante el noviazgo y los cuatro primeros años de matrimonio. Mi padre no tenía vacaciones, y mi madre iba con sus (entonces) tres hijos a la casa de la sierra. Esto originaba una interesante correspondencia cotidiana sobre las "enormes minucias" (para los amantes de Chesterton)de la vida con niños pequeños. Ha sido una revelación descubrir la aventura de "mi primera papilla", o de la alegría por cada nuevo aprendizaje (ella me ensaño a leer con tres años) o por cada nueva "gracia" de los niños. Al releer esas líneas llenas de emoción, ternura y entrega, me he sentido "millonaria"; en efecto, poseo como mi mayor bien las horas que, voluntaria y desinteresadamente, mi madre invirtió en mi. Soy rica porque acumulo una carga de amor cristalizado en obras, en tiempo de dedicación. Salgo desde entonces a la calle pensando lo mismo: "Valgo lo que el amor que me han dado". Una inmensa corriente fluye de mí deseando devolver a los demás tanta riqueza, sobre todo ahora que muchos niños no poseen este tesoro de dedicación personal de sus padres. Qué importante es devolver a la sociedad esta conciencia del valor del tiempo "gratuito" dedicado al cuidado de lo demás. Esto nos ennoblece... a los que recibimos, y a los que damos. De hecho, la sana antropología parece que se construye desde la aceptación de la indigencia (propia y ajena) como oportunidad para la amistad y el amor.
Sólo esto. Mucha sabiduría, tras las cartas de unos padres entregados por completo a sus hijos.

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