miércoles

Un papel decisivo en la Redención.

“Establezco enemistades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá la cabeza cuando tú la hieras en el talón”.

Estas palabras del Génesis se han considerado como el “protoevangelio”, o sea, como el primer anuncio del Mesías Redentor. Efectivamente, ellas dejan entrever el designio salvador de Dios hacia el género humano, que después del pecado original se encontró en el estado de decadencia que conocemos.



El anuncio del Génesis se llama “protoevangelio”, porque ha encontrado su confirmación y cumplimiento sólo en la Revelación de la Nueva Alianza, que es el Evangelio de Cristo. El análisis del “protoevangelio” nos hace, pues, conocer, a través del anuncio y promesa contenidos en él, que Dios no abandono al hombre al poder del pecado y de la muerte.



Las mismas palabras del “protoevangelio” expresan esta compasión salvífica, cuando anuncian la lucha. “¡Establezco enemistades!” entre aquél que representa “las fuerzas de las tinieblas” y aquel que el Génesis llama “la estirpe de la mujer”. Es una Lucha que acabará con la victoria de Cristo.

Hay que notar cómo en las palabras “Establezco enemistades entre ti y la Mujer”, en cierto sentido se coloca a la mujer en primer lugar. Se dice: Establezco enemistades entre ti y la Mujer. No entre ti y el hombre, sino precisamente, entre ti y la Mujer. Los comentaristas desde tiempos muy antiguos subrayan que aquí se opera un paralelismo significativo. El Señor Dios, al anunciar al Redentor, constituye a la Mujer como primera “enemiga” del príncipe de las tinieblas. Ella ha de ser, en cierto sentido, la primera destinataria de la definitiva Alianza, en las que las fuerza del mal serán vencidas por el Mesías, su Hijo (“su estirpe”).



En efecto, muchísimos Padres y Doctores de la Iglesia ven en la Mujer anunciada en el “protoevangelio” a la Madre de Cristo, María. Ella también es la que por primera vez participa en esa victoria sobre el pecado lograda por Cristo: está, pues, libre del pecado original y de cualquier otro pecado, como en la línea de la tradición subrayó ya el Concilio de Trento y, por lo que concierne especialmente al Pecado original, Pío IX definió solemnemente, proclamando el Dogma de la Inmaculada Concepción.

Así en María y por María se ha transformado la situación de la humanidad y del mundo, que ha vuelto a entrar de algún modo en el esplendor de la mañana de la Creación.

Al principio de la nueva creación, es a través del consentimiento de una Mujer como el Verbo entra en nuestra historia y se hace hombre.

Al final, en el cumplimiento de la historia de la salvación, en el acto de donación que Cristo hace de Sí en la Cruz, la humanidad representada en el discípulo que Jesús amaba es confiada a la Mujer. Por tanto cuando nace el Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia, el don del Espíritu es acogido por la comunidad en la cual está presente María.



Pedro Beteta
Extraído de : "La vida de María, Madre del Redentor, contada por Juan Pablo II "
Ed. Palabra, S.A. Madrid, 1991

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