lunes

Optimismo Moderno y Esperanza Cristiana

En la primera mitad de los años setenta, un amigo de nuestro grupo hizo un viaje a Holanda. Allí la Iglesia siempre estaba dando que hablar, vista por unos como la imagen y la esperanza de una Iglesia mejor para el mañana y por otros como síntoma de decadencia , lógica consecuencia de la actitud asumida.

Como era un hombre leal y un preciso observador, nos habló de todos los fenómenos de descomposición de los que ya había oído algo: seminarios vacíos, órdenes religiosas sin vocaciones, desaparición de la confesión, dramática caída de la frecuencia en la práctica dominical, etc, etc, La verdadera sorpresa del relato fue, sin embargo la valoración final: a pesar de todo, una Iglesia grande, porque en ninguna parte se observaba pesimismo, todos iban al encuentro del futuro llenos de optimismo. El fenómeno optimismo general hacían olvidar su decadencia y toda destrucción: era suficiente para compensar todo lo negativo.

Yo hice mis reflexiones particulares en silencio. Que se habría dicho de un hombre de negocios que escribe siempre cifras en rojo, pero que en lugar de reconocer sus perdidas, de buscar las razones y de oponerse con valentía, se presenta ante sus acreedores únicamente con optimismo, simplemente contrario a la realidad?.

Intenté llegar al fondo de la cuestión y examiné diversas hipótesis. El Optimismo podría ser sencillamente una cobertura, detrás de la que se encogiera precisamente la desesperación, intentando superarla de esa forma. Pero podría tratarse de algo peor: este optimismo metódico venía siendo producido por quienes deseaban la destrucción de la vieja Iglesia y, con la excusa de reforma, querían construir una Iglesia completamente distinta, a su gusto, pero que no podían empezarla para no descubrir demasiado pronto sus intenciones.

La finalidad de la esperanza cristiana es, sin embargo, un don, el don del amor que nos viene dado más alla de nuestras posibilidades operativas; tenemos la esperanza de que existe este don, que no podemos forzar, pero es la cosa más esencial para el hombre, que, consecuentemente no espera ante el vacío con su hambre infinito; y la garantía es la intervención del amor en la historia, y de forma especial en la figura de Jesucristo mediante el cual nos viene al encuentro el amor divino en persona.

Todo esto significa que el producto esperado del optimismo lo debemos de realizar nosotros mismos y tener confianza en que el curso, en sí ciego de la evolución desemboca al final en unión de nuestro propio hacer, en un justo fin.

La promesa de la esperanza es un don que en cierto modo ya se nos ha dado y que esperamos de aquel que es el único que nos puede regalar: de aquel Dios que ya ha construido su tienda en la historia por medio de Jesús.

Además esto significa lo siguiente: en el primer caso no hay nada que esperar en realidad; lo que esperamos debemos de hacerlo nosotros mismos y se nos da nada más allá de nuestro propio poder; en el segundo caso, existe una esperanza real más allá de nuestras posibilidades, esperanza en el amor ilimitado que al mismo tiempo es poder.

En este momento debemos situar también el progreso de la muerte. El optimismo ideológico es un intento de olvidar la muerte con el continuo discurrir de una historia dirigida hacia la sociedad perfecta. Aquí se olvida hablar de lo auténtico y al hombre se le calma con una mentira; ocurre siempre que la misma muerte se aproxima. En cambio la esperanza en la fe se abre hacia un verdadero futuro, más allá de la muerte, y solamente así el progreso se convierte en un futuro para nosotros, para mí, para todos.



Cardenal Joseph Ratzinger
Extraído de: "Mirar a Cristo"

No hay comentarios.:

Google+