jueves

Pedir como si todo dependiera de Dios, luchando como si todo dependiera de nosotros.

La vida cotidiana, que trae sus propios afanes y ritmos, puede ser, si nos descuidamos un obstáculo en nuestro camino a la casa del Padre, por el contrario, si tomamos conciencia que debemos vivir en lo cotidiano y en las cosas sencillas, una oportunidad de encontrarnos constantemente con el Señor Jesús y permanecer en su amor.

Nunca debemos perder la conciencia que nuestro combate es alimentado por la gracia de Dios. Cuando ese combate es realizado desde una perspectiva meramente personal, como una conquista nuestra de otra más de alguna meta personal, es ahí cuando empezamos a caer de nuevo en nuestros pecados habituales y a alejarnos poco a poco, de una manera casi imperceptible, pero muy real, de la cercanía del Señor y su gracia.

Es un mecanismo sutil pero efectivo, ya que tenemos una sensación de estar combatiendo, pero al fundarse esa lucha en nuestros propios recursos personales y humanos vamos prescindiendo de a pocos de la gracia divina, lo cuál evidentemente le quita efectividad y sentido al combate espiritual.

La consecuencia de esto es que al perder el combate su eficiencia y sentido empezamos a caer en la frustración, muy humana por supuesto, disposición en la cuál todas las ideas negativas acerca del combate pueden empezar a hacer mella en nosotros y apartarnos aún más de ese Señor Jesús al cuál queríamos acercarnos al principio con tan buena disposición, para finalmente dejar de combatir por completo debido a que la idea de que es imposible combatir ya nos venció. Idea que es por lo demás cierta, si nuestro combate no parte de nuestro encuentro personal con el Señor Jesús, su amor y su gracia, de nada servirá, ya que para el hombre es imposible vencer al pecado. Es Dios quien gana las batallas, nosotros debemos ser simplemente dóciles instrumentos de su gracia. Es preciso por lo tanto estar alertas y ser celosos vigilantes de nosotros mismos, para no caer en esta sutil tentación.

Esto no significa que no luchemos, ni combatamos, ni tengamos iniciativas, no se trata de que Dios haga todo y yo no necesito hacer nada. Dios pone toda su gracia para ayudarnos pero requiere de nuestra cooperación activa para poder vencer en nuestro combate espiritual, y en nuestras luchas y afanes diarios por conquistar la santidad. Es una lucha y un combate que se ganan palmo a palmo en el día a día. Y solo los esforzados lograran vencer y salir airosos, pero no porque sea merito de ellos, sino mas bien de Aquel que da la gracia para llevar a cabo la lucha y el combate.

Es por eso que es importante renovar permanentemente nuestro encuentro con el Señor, en ese camino de conversión al cuál estamos invitados. No se trata de que nos convertimos y ya.

Desde mi particular vocación al matrimonio, veo ese camino, como un camino de enamoramiento inicial y renovación permanente de ese amor para dirigirlo cada vez más a una plenitud y pureza mayor. Los enamorados viven atentos a que puede hacer para agradar al otro, viven confiados en que el otro no se fijará en lo feo de sus miserias, sino en la fuerza vital de su amor y por eso confían que aquel en quien depositan su amor los ayudará a superar esos defectos que los encadenan o los atan, para dirigirse a una vida de libertad plena.


Marco Reinoso
Pensamiento Católico

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