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Antropología Cristiana

Este es el concepto fundamental de la antropología Cristiana; tomado de la afirmación del Génesis; según el cual el hombre, creatura de Dios, ha sido hecho a imagen de su creador (ver Gén 1,26).

Por ello, a pesar de su debilidad o de su pecado es, objetivamente, portador de una huella imborrable que, aunque se oscurezca y adormezca ante su conciencia en virtud de su rebeldía y de su Pecado, y limite el sentido de su libertad, se despierta en todo su esplendor ante la contemplación del misterio de Cristo, puesto que Él es “el testigo Fiel” (Ap 1,5;3,14), la “imagen de Dios invisible” (Col 1,15).



Cristo, la Palabra de Dios, descubre al hombre su carácter de icono o imagen de su Creador, uniéndose indisolublemente el anuncio de la sabiduría de Dios contenida en su obra de creación y la presencia humana en medio del Mundo



Antropológicamente, todo hombre puede darse cuenta de que la vida es un Don, puesto que se recibe y no se elige. Pero ¿puede afirmar con igual certeza que es un don de Amor, que está llamada a la plenitud, a ser habitada por una eterna felicidad y gozo? Para la antropología que vive de espaldas al misterio de Cristo, como no le es posible contestar afirmativamente esta pregunta, le resulta necesario destruir también la afirmación de la gratuidad originaria del Don de la vida.

...El dilema antropológico que subyace a la sociedad tecnológica de hoy es si acaso los seres humano, como las cosas, somos o no sustituibles. Para la técnica todo es sustituible. La manipulación de la realidad, propia de la actitud científico-técnica y que es absolutamente legítima en el ámbito de las cosas, supone que todos los objetos son sustituibles, que se puede experimentar con ellos y reponerlos todas las veces que sea indispensable para que el experimento continúe funcionando. Otro tanto ocurre cuando se traslada el proceso desde el laboratorio a la industria. La máquina debe funcionar durante el tiempo que se la haya programado.

Pues bien, existe la tentación de mirar a las personas con lo ojos de la técnica, que es una mirada sobre los objetos, y entender que son sustituibles, total o parcialmente.

La antropología, desde muy antiguo, sabe que el se humano es contingente, es decir, que está limitado por el espacio-tiempo y por la muerte. Su vida es Finita. No puede saber todo lo que anhela, no puede realizar sin cortapisas su voluntad, ni puede gozar todo lo que desea.

Sin embargo, de una manera errada o mañosa, se ha interpretado lo que antiguamente se llamaba contingencia como sustituibilidad, es decir, como que cada persona es reemplazable.

El anuncio cristiano del misterio de Dios presente en la historia, que llamamos misericordia, enseña, por el contrario, que ninguno de nosotros sobra, es decir, que los hombres no somos sustituibles.

Por ello el salmista se atreve a decir confiadamente que si su madre y su padre lo abandonaran, Dios lo acogerá (ver Sal 27,10), y en Gaudium spes, 24 se indica que el hombre es la única creatura en el mundo que Dios ha amado por sí misma. ¡Qué ilimitado consuelo encierran estas afirmaciones, las que no sólo valen para la humanidad en general, sino para cada persona en particular!

Éste es el sentido cristiano de la contingencia, que a pesar de descubrir que la vida humana es efímera, que somos tan distintos unos de otros, y que el pecado ensaya, de mil formas, estrategias para separarnos del plan originario del creador, cada persona se sabe insustituible en el amor de Dios. Lo que cada uno revela del Plan de Dios sobre la humanidad es único y sino está disponible ser portador de este jalón de la revelación, nadie lo podrá reemplazar.

… Ante una cultura que incentiva las tendencias a considerar la vida humana con el mismo sentido que los objetos sustituibles y desechables no existe otra manera de evangelizarla que anunciar el valor sacramental de cada persona.



Hay una dimensión en las otras personas que es irreductible y que a nosotros nos enfrenta con la percepción de algo que es absoluto, que no depende de nosotros, que nos es dado.

Pensamos, a veces, que la evangelización consiste en transmitir nuestra convicción, y nos sentimos defraudados pues, ciertamente, es difícil convencer a otro. Cuán diferente sería, en cambio, si tratásemos más bien de mostrarle a cada persona que el absoluto está presente en su historia y que es posible encontrarlo con el testimonio de nuestra compañía.




Pedro Morandé
Extraído de: "Cristo Como Fundamento de la Personalización"
Ed. Vida y Espiritualidad- Lima 1993

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