jueves

Familia y Uniones de Hecho

Un problema subjetivo y a la vez objetivo

Frente a las uniones de hecho debemos tener en cuenta el aspecto subjetivo: se trata de personas, de su visión de la vida, de sus intenciones, de su “historia”. En este sentido, debemos reconocer y respetar la libertad individual de esas personas.
El individuo es persona, y es persona porque es un ser relacional. Esto exige un “terreno común” en el que las personas puedan encontrarse, confrontarse y dialogar a partir de elementos que “comparten” y equivale a un criterio objetivo, a una verdad que está por encima de todos y que es para el bien de todos.

Un problema “laico” no confesional

El cristiano tiene una visión del matrimonio y de la familia que deriva de la palabra de Dios, y que lleva a reconocer en el matrimonio un sacramento y un lugar de la salvación. Pero el sacramento no es una realidad sucesiva y extrínseca al dato natural, sino que el dato natural es asumido como signo y medio de salvación. En este dato natural y profundamente humano, el creyente interviene con la luz y la razón. Así pues, el problema puede y debe afrontarse con la razón.

Un problema muy serio

Es preciso denunciar otro riesgo: el de quitar importancia al alcance del problema, dado el número relativamente escaso de las parejas de hecho. El problema, más que cuantitativo, es cualitativo, atañe a la verdad y a la justicia, a los valores y a las exigencias que están implicados en él.

Una forma aún más preocupante y perjudicial de enfoque superficial del problema es la exaltación (aparente y falsa) de la libertad de elección de las personas. No nos hallamos frente a una clase cualquiera de relación de vida entre las personas, sino frente a una clase de relación que tiene una dimensión social única, puesto que con la procreación y con la educación se configura como lugar primario de transmisión y cultivo de los valores y, por consiguiente, como principio de cultura. Por tanto, el “modelo” de matrimonio y de familia no es en absoluto algo secundario para la configuración estructural de la sociedad; por el contrario, es algo decisivo, que caracteriza a la sociedad misma: tal como sea la familia, así será la sociedad.

Para una valoración verdaderamente racional

Lo primero es definir la identidad propia de la familia en sí misma y en relación con la sociedad y que tiene un carácter institucional después de adquirir estado público, o sea, como consecuencia del reconocimiento jurídico de la opción de vida conyugal por parte del Estado. Esta estabilidad es de interés para todos, pero beneficia de modo particular a los más débiles, a saber, a los hijos.
Una pretendida equiparación entre familia y uniones de hecho por parte de la sociedad y de la ley civil va contra la verdad de las cosas, anulando diferencias sustanciales e introduciendo “modelos” de familia que de ningún modo pueden compararse entre sí.

La intervención de la sociedad y de la ley civil

Es legítima, más aún, necesaria la intervención de la sociedad y de la ley civil en el ámbito de la familia y también de las uniones de hecho: la razón reside en la esencial dimensión social del matrimonio, que se expresa en la relación recíproca que va del matrimonio a la sociedad, y de la sociedad al matrimonio.

Es conocida a este respecto la clara enseñanza de santo Tomás, para quien “la ley positiva humana en tanto tiene fuerza de ley en cuanto deriva de la ley natural. Y si en algo está en desacuerdo con la ley natural, ya no es ley, sino corrupción de la ley” (Summa Theologiae I-II, q. 95, a.2).

Hay que recordar, asimismo, una función ineludible de la misma ley civil: la educativa y no puede ser indiferente a los valores culturales y éticos, y debe cumplir una función pedagógica y un papel de promoción moral y cultural.

La acción pastoral de la comunidad cristiana
En un marco cultural muy relativista, los cristianos están comprometidos a llamar a las cosas por su nombre: llamar al bien “bien”; y al mal, “mal”, para no prestarse a equívocos ni a componendas, convencidos de que la “crisis más peligrosa que puede afectar al hombre” es “la confusión del bien y del mal” (Veritatis splendor, 93). La encíclica que acabo de citar recoge las palabras del profeta del Antiguo Testamento: “¡Ay de los que llaman al mal “bien”, y al bien “mal”; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce, y dulce por amargo!” (Is 5, 20).

La comprensión y, a veces, la compasión por ciertas situaciones difíciles y dolorosas de las personas que viven en una unión de hecho, es legítima, más aún, obligatoria. Pero comprensión no equivale a justificación. Más bien, se debe poner de relieve que la verdad constituye un bien esencial de la persona y de su auténtica libertad, de modo que la afirmación de la verdad no es una ofensa a las personas, sino una ayuda real.

Pablo VI, ilumina el otro aspecto fundamental de la acción pastoral de la Iglesia: “Pero esto debe ir acompañado siempre de la paciencia y de la bondad de que el mismo Señor dio ejemplo en su trato con los hombres” (ib).



Dionigi cardenal Tettamanzi

Un día el demonio habló de la Virgen María

En la instrucción de la beatificación de San Francisco de Sales, declaró como testigo una de las religiosas que le conoció en el primer monasterio de la Visitación de Annecy.

Refirió que en una ocasión llevaron ante el obispo de Ginebra (Monseñor Carlos Augusto de Sales, sobrino y sucesor de San Francisco en la sede episcopal) a un hombre joven que, desde hacía cinco años, estaba poseído por el demonio, con el fin de practicarle un exorcismo. Los interrogatorios al poseso se hicieron junto a los restos mortales de San Francisco.

Durante una de las sesiones, el demonio exclamó lleno de furia: «¿Por qué he de salir?». Estaba presente una religiosa de las Madres de la Visitación, que al oírle, asustada quizá por el furor demoníaco de la exclamación, invocó a la Virgen: «¡Santa Madre de Dios, rogad por nosotros...».

Al oír esas palabras –prosiguió la monja en su declaración– el demonio gritó más fuerte: «¡María, María! ¡Para mí no hay María! ¡No pronunciéis ese nombre, que me hace estremecer! ¡Si hubiera una María para mí, como la que hay para vosotros, yo no sería lo que soy! Pero para mí no hay María».

Sobrecogidos por la escena, algunos de los que estaban presentes rompieron a llorar. El demonio continuó: «¡Si yo tuviese un instante de los muchos que vosotros perdéis…! ¡Un solo instante y una María, y yo no sería un demonio!».


Federico Suárez
(Tomado de “La pasión de Nuestro Señor Jesucristo”, pág. 219-221).

miércoles

El Cientifisismo y la Caridad

El P. Brown, de Chesterton, explicando las características de su lucha contra el crimen, dice entre otras cosas la siguiente:

"La ciencia es algo grande, si podéis adquirirla, y constituye en sentido estricto una de las mayores conquistas del mundo.

Pero ¿qué entienden los hombres, nueve veces sobre diez, cuando emplean hoy dicha palabra?, ¿qué cuando dicen que el arte policial es una ciencia, y otra la del criminalista? En realidad se colocan frente a un individuo y lo estudian como un insecto enorme, alumbrándolo con una luz que juzgan cruda e imparcial, pero que en mi concepto es fría e inhumana... Cuando uno de esos científicos habla de un tipo, no piensa en sí mismo, sino en su vecino, probablemente en el más desheredado.

No niego que esta luz cruda ofrezca sus ventajas, aun cuando sea ella, en cierto modo, la inversión de la ciencia. Pero en lugar de ser el conocimiento de un hombre es la supresión del mismo. Nos hace tratar a un amigo como a un extraño... Pues bien, lo que Uds. llaman mi secreto es absolutamente lo contrario. Yo no me sitúo fuera de mi sujeto. Entro en la piel del criminal, quedo dentro de él, haciéndole mover brazos y piernas, dueño de sus pensamientos, debatiéndome contra sus pasiones, dirigiéndome a su odio deforme y naciente, hasta ver el mundo con sus ojos inyectados de sangre, hasta que me haya convertido yo también en criminal... Compréndalo Ud., un hombre nunca es completamente bueno mientras no se ha dado cuenta de cuán malo es o podría ser".

En un volumen caratulado El secreto del P. Brown ha incluído Chesterton cierto cuento:
El afligido del castillo de Marne.


El asunto es muy complejo: trátase de un caballero, Jim Mair, que ha tenido un duelo solitario con su propio hermano doce años atrás; en realidad lo asesinó y desde entonces vive recluído en su casa de campo, no admitiendo más relación que la del mencionado sacerdote, todo lo cual es ignorado por las gentes.

Diversas personas, hombres y mujeres, que no conciben tan larga penitencia por un duelo que creen regular, echan en cara al P. Brown su falta de caridad y se organizan para arrancar a Mair a su penitencia; mas al descubrir asombrados la verdad estallan en imprecaciones contra éste, y cuando el P. Brown les recuerda sus anteriores llamados a la misericordia, se entabla el siguiente diálogo del que no quisiera suprimir una palabra:

"Hay un límite para la caridad humana", exclamó temblorosa Lady Outram.

-"Ciertamente, respondió con sequedad el P. Brown, y ésta es la única diferencia entre la caridad humana y la cristiana. Discúlpeme si no quedé del todo aplastado bajo el desprecio de Ud. a causa de mi falta de caridad, y bajo los sermones que me hizo acerca del olvido de las ofensas. Uds. todos toleran, me parece, nada más que las faltas que no juzgan criminales. Perdonan a los asesinos cuando acaece lo que los prejuicios de Uds. califican de accidente. Así, admiten un duelo mortal. Como también un divorcio. Perdonan cuando según su criterio nada hay que perdonar".

— "¡Pero, qué diablo!, exclamó Mallow, ¿no espera Ud. que excusemos nosotros una acción tan vil?".

-‘No, replicó el P. Brown, pero nosotros sacerdotes tenemos el poder de absolverla".
Se enderezó bruscamente, los miró: "Debemos, afirmó, acercarnos a tales hombres no con pinzas, sino con una bendición. Nos hace falta encontrar la palabra que los preservará de la condenación eterna. Nosotros quedamos solos, para ampararlos contra la desesperación, cuando vuestra caridad humana los abandona. Seguid vuestro sendero de rosas, excusando todos vuestros vicios favoritos y mostrándoos generosos con los crímenes que están de moda. Dejadnos en la oscuridad a nosotros, vampiros de la noche, para consolar a quienes verdaderamente tienen necesidad de ser apaciguados, a esos que cometen inexcusables fechorías que ni ellos mismos pueden justificar, pero que un sacerdote puede perdonar. Dejadnos con los hombres que cometen delitos reales, los más bajos, los más repugnantes, los más cobardes, los mismos que San Pedro cuando el gallo cantó, y que vio, sin embargo, la alborada...

— "¡La alborada!, - exclamó Mallow; ¿quiere decir Ud. la esperanza... para ese hombre?"

—"Sí, contestó el sacerdote. Permitidme plantearos una cuestión. Sois damas del gran mundo, hombres de honor, seguros de que no os rebajaréis de —así lo pensáis— a una traición tan infame como ésta. Pero si por casualidad alguno de vosotros hubiera caído así, ¿habría podido, muchos años después, cuando sus amigos eran personas de edad, ricas, y él seguro, habría podido, repito, ser llevado por su conciencia y su confesor a una penitencia tal? Habéis afirmado que jamás cometeríais un crimen tan vil. Pero ¿tendríais fuerza para confesarlo ante los hombres?"

Todo esto, que tiene que ver con el alma, el cientifismo lo ha destruído: no le ha hecho falta el amor, se contentó con la técnica; no echó mano de la humildad sino de la elocuencia, y creyó que cuanto más alejada se encuentra al parecer una persona del crimen tanto más habilitada está para evitarlo o corregirlo en los demás.

"Hay dos maneras de renunciar a Satán, exclama el P. Brown, la primera consiste en sentir horror por el demonio porque está muy lejos, la segunda porque está demasiado cerca... Puede Ud. calificar de horrible un crimen porque es incapaz de cometerlo; yo lo aborrezco porque habría podido llevarlo a cabo".

Por esto el fariseísmo, sobre todo cuando se complica con el cientifismo, en lugar de suprimir la criminalidad la fomenta.

Permítaseme una última cita. Cierto criminal convertido por el P. Brown expresa a un interlocutor:

"He robado durante veinte años con estas dos manos; he escapado a la policía con estos dos pies. Espero que admitirá Ud. la realidad de mis actividades, y que mis jueces perseguían realmente a un malhechor. ¿Cree Ud. que no conozco todos sus métodos reformistas? ¿Acaso no he oído las monsergas de los justos, soportado la fría mirada de los que se consideran honorables? ¿Acaso nunca se me ha predicado en estilo distante y noble, y no se me ha preguntado de qué modo puede caer un hombre tanto que ninguna persona que se respeta encara siquiera como posible tal depravación? ¿Cree Ud. que todo esto ha conseguido más resultado que el de hacerme reír?" Es un San Francisco, y no un filósofo, ni un soldado, ni un juez, el que amansa al lobo de Gubbio.

Para poder elevar al criminal hasta el nivel del justo, es indispensable que éste se humille hasta el del criminal. Por tal motivo Cristo Nuestro Señor, que era el Justo por antonomasia, aceptó morir en la cruz, destinada a los peores entre los esclavos delincuentes. Para dejar el campo libre al cientifismo se ha expulsado la cruz de las leyes, y se ha proclamado que todo conocimiento que no es sustancialmente laico no merece el nombre de verdadero.



Gustavo J. FRANCESCHI
"Criterio", XIV, (1941), Nº 686, pp. 389 - 392, Buenos Aires.

El Arte de Criticar

El ser humano tiende a criticar injustamente; hacerlo bien es un arte que requiere amor.

Si hay algo común a todos los mortales es la mala costumbre de criticar ¿Quién hay que no critique algo o a alguien cada día?. Los hijos critican a los padres, los padres a los hijos, los vecinos a los otros vecinos, los incrédulos a los creyentes, los creyentes a la Iglesia, los españoles a los españoles y los franceses a todo el resto del mundo.

Rara es la persona que al llegar a la noche no tiene que arrepentirse de alguna palabra lanzada al viento. Y lo grande es que al situarse en una «actitud crítica» se considera como un derecho, como un valor, como una postura de privilegio.

Sin embargo, el arte de criticar es muy difícil. Para hacerlo con corrección hay que estar muy preparado. Por hacerlo mal suelen ser injustas fácilmente las noventa y nueve críticas de las cien que criticamos. Se critica con mucha frivolidad. Por eso conviene reflexionar un poco sobre el «Arte de criticar».

Empecemos por la etimología. La palabra «crítica» viene de verbo griego «krino» que significa «juzgar, valorar». Por lo tanto criticar no debe ser sólo decir lo malo, si no valorar también lo bueno.

Quien al criticar se fija sólo en lo negativo hace una mala crítica. Su labor es destructiva. Lo primero que hace falta para que una crítica sea justa es amar aquello que se está criticando; deseo de ayudar a mejorar con la delicadeza del que cura una herida; no gozar destruyendo, eso es pura venganza. Lo más fácil es que esa crítica sea injusta. Una crítica con ironía y sarcasmo puede ser un desahogo del que critica, pero ahí no se ve deseo de ayudar.

La crítica destructiva es muy fácil, tan fácil como destruir en la playa, de una patada, un castillo de arena. Lo difícil es levantarlo. Lo bonito es hacer algo positivo para mejorar el mundo: para hacerlo más justo, más bello, más humano, y más fraternal y cristiano. El que no sabe elogiar lo bueno debería abstenerse de criticar lo malo. Seguramente, exagerará en su crítica y puede llegar a la injusticia.

El que critica debería preguntarse si él tiene alguna responsabilidad en eso que critica. Si nos sentimos corresponsables, no haremos una agresión desde fuera. Será una colaboración desde dentro. Desde dentro del corazón.



P. Jorge Loring
extracto de "El Arte de Criticar"

jueves

Amor y Verdad - Amor y Cruz

El amante dice un sí incondicional hacia el amado. El amor hace referencia a la persona tal y como ella es, incluso con sus debilidades. El Perdón presupone el reconocimiento del pecado como pecado, el perdón es curación, mientras que la aprobación del mal sería destrucción, sería aceptación de la enfermedad y, precisamente de esa forma, no bondad para el otro.

Esto se ve rápidamente si consideramos el ejemplo de un tóxicodependiente, convertido en prisionero de su vicio. Quien realmente ama no sigue la voluntad desordenada de este enfermo, su deseo de autoenvenenamiento, sino que trabaja por su verdadera felicidad. Hará todo lo posible para curar al amado de su enfermedad, incluso si es doloroso e incluso si debe ir contra la ciega voluntad del enfermo.

El perdón esta lleno de pretensiones y compromete a los 2: al que perdona y al que recibe el perdón en todo su ser.Un Jesús que aprueba todo es un Jesús sin la cruz, porque entonces no hay necesidad del dolor de la cruz para curar al hombre. Y efectivamente la cruz cada vez viene más excluida de la teología y falsamente interpretada como un mal suceso o como un acontecer puramente político. Perdón es precisamente restauración de la verdad. El pecado es por esencia un abandono de la verdad del propio ser y por tanto de la verdad del creador, de Dios.

El perdón es la participación en el dolor del paso de la droga del pecado a la verdad del amor. Solamente este andar en compañía puede ayudar al toxicómano (y el pecado es siempre una droga, mentira de falsa felicidad), a dejarse conducir a lo largo de la oscura línea del dolor. Únicamente la decisión previa de entrar en el dolor y en la muerte del camino de transformación hace soportable esta vía, porque sólo así, en la noche oscura de la vía estrecha, se hace visible la luz de la esperanza de una nueva vida. Sólo el amor hace capaces de ser portadores de la luz en la oscuridad interminable de un túnel, y de hacer sentir el aire fresco de la promesa que conduce al renacimiento.

Desde aquí habría que desarrollar una teología de la cruz, una teología de la verdad y del amor: cruz de Cristo significa que él va delante de nosotros y con nosotros en la vía dolorosa de nuestra curación.

Una pastoral de la tranquilidad, del comprenderlo todo, perdonarlo todo (en el sentido superficial de estas palabras), se encontraría en drástica oposición con el testimonio bíblico. La pastoral justa conduciría a la verdad y ayudaría a soportar el dolor de la misma verdad. Debiera ser un modo de caminar Juntos a lo largo de la vía difícil, pero hermosa, hacia la nueva vida, que es, al mismo tiempo, la vía hacia la verdadera y gran alegría.


SS. Benedicto XVI

Armonía Conyugal

la máxima felicidad en el mundo está en el amor.

…Hay gente que confunde el amor con la lujuria, influenciados por la televisión y por el cine, donde parece que el amor es lo mismo que la lujuria. Sin embargo, son cosas diferentes. Y hay jóvenes que cuando piensan en el matrimonio lo ven como una liberación sexual. Ellos piensan que una vez que se casen, se acabó la abstinencia sexual, y ya con eso, van a ser felices. Y no es así. En el matrimonio lo más importante no es el sexo sino el amor. Y no es lo mismo.

Es verdad que en el amor entre un hombre y una mujer se incluye el sexo. Pero puede darse sexo sin amor. Ahí tenéis a las prostitutas. Nadie ama a una prostituta. Los hombres van con ellas a desahogar su instinto zoológico, pagan y se van. De amor nada. De amor cero.

…¿Cómo podemos definir el amor? Hay muchas definiciones. A mí una de las que más me gusta, quizás por la categoría del autor, es la de Aristóteles. Aristóteles define el amor como «la capacidad de sacrificio en bien de la persona amada». Tanto amas cuanto eres capaz de sacrificarte en bien de la persona que amas.

Quoist lo ha expresado bellamente así:

- Si te extasías ante su belleza, eso sólo no es amor: es admiración.
- Si sientes palpitar tu corazón en su presencia, eso sólo no es amor: es sensibilidad.
- Si ansías una caricia, un beso, un abrazo, poseer de alguna manera su cuerpo, eso sólo no es amor: es sensualidad.
- Pero si lo que deseas es su bien, aun a costa de tu sacrificio: enhorabuena, has encontrado el verdadero amor.


Ése es el verdadero amor: sentirse feliz sacrificándose en bien de la persona amada. Pero no instrumentalizar a otra persona para satisfacer los propios apetitos. Eso es egoísmo. De amor, nada.

«Muchos matrimonios fracasan porque los casados siguen viviendo su individualidad, y en el matrimonio hay que vivirlo todo "con y para" el otro. Para que un matrimonio vaya bien hace falta la colaboración de los dos. Pero para hundirlo, basta con uno. El matrimonio no es un contrato de servicios sino "una comunidad de vida y amor", como dice el Concilio Vaticano II.

El continuo choque de opiniones, gustos, deseos, planes, etc., convierte el matrimonio en un infierno. No es posible coincidir siempre en todo. Pero si quieres a una persona, de buena gana aceptarás lo que ella prefiere. Cuando los dos quieren dominar, el choque es inevitable. Cuando los dos procuran adaptarse, la armonía es maravillosa. No basta que los cuerpos estén juntos, si las almas están separadas».

Una cosa que a veces falta en los maridos es agradecimiento a su mujer. Debe ser agradecido a los desvelos de su mujer por atenderle a él, a la casa y a los hijos. Hay maridos que nunca agradecen a su mujer lo que ella hace. Sólo abren la boca para protestar. Si un día la comida está sosa, el marido protesta. Pero los otros cien días que la comida estaba buena, no dijo nada. Es muy triste, y además peligroso, que la mujer, con frecuencia, recibe más elogios de otros hombres que de su marido.

El amor vale más que el dinero. Si la esposa se considera criada, es que no ama. Y el marido debe reconocer el amor que ella pone en todo y agradecerle sus desvelos por tenerle contento a él y el hogar acogedor. Y no es que él no la quiera. ¡Claro que la quiere! Pero la quiere a su modo. Le demuestra su amor matándose a trabajar para llevar a casa un dinerito. Se desvive trabajando para sacar la familia adelante. Así manifiesta él su cariño. Pero a la mujer le gusta oírle a él que está contento, que las cosas están bien, que todo está a su gusto. Los hombres que sólo hablan para protestar son injustos.

… Al hombre le gusta que su mujer lo valore y lo estime. Hay otras que tienen celos del trabajo de su marido. La mujer se enfada si el marido al volver de la factoría se encierra en su despacho a estudiar un proyecto, porque es ingeniero. O si llega tarde a casa, porque es médico y se le han complicado las cosas en el quirófano. O si después de llegar de la factoría se va por ahí a hacer chapuzas para completar su sueldo, porque es obrero. Y ella quisiera tenerlo todo el día a su lado haciéndole monerías. Hay mujeres acaparadoras. No quieren que su marido se mueva de su lado. Eso no puede ser.

La felicidad espiritual es muy superior al placer físico.

Pongo un ejemplo que creo es muy claro. Si a un hombre, en mitad de la plaza, le pegan un bofetón en la cara, a él le duele más lo que tiene el bofetón de humillación que el dolor en la cara. Le han abofeteado delante de sus amigos y compañeros. Eso le ha humillado y la humillación le duele más que el dolor en la cara, pues la humillación es de tipo espiritual. No es algo físico. El dolor en la cara es de tipo físico y lo espiritual le duele más que lo físico.

Pues lo mismo pasa con la felicidad. La persona humana es mucho más feliz con el amor espiritual que con el amor físico. Lo triste es que muchas personas no han descubierto el amor espiritual.

Pero sobre todo hay que tener en cuenta que lo que hace más feliz al matrimonio es la unión espiritual. Que Cristo esté presente entre ellos. Dios no estorba nunca. Los que echan a Dios de su matrimonio corren el peligro de hacerlo fracasar. Muchos matrimonios han fracasado porque allí no estaba Cristo. Las virtudes que Cristo predica y Cristo enseña son una garantía de la armonía conyugal. Con Dios se arreglan muchas cosas que sin Él no tienen arreglo.

…Tengo una frase que suelo decir en otro contexto, pero que puede venir bien aquí: «Las espinas pinchan cuando se pisan, no cuando se besan». Bonita frase. No es mía, pero la repito con frecuencia. Los dolores de la vida son inevitables. Todo el mundo tiene algo que sufrir. Si doy coces contra el aguijón, me hago daño. Pero si lo acepto por amor a Dios, sufro mucho menos.


P. Jorge Loring
Extracto de la charla: "Armonía conyugal"

La Inmaculada y la Santidad

La expresión “llena de gracia” (Lc 1, 28) puede sugerir la plenitud de la gracia en María que incluye todo el arco de su existencia, desde el primer momento de su concepción, sin embargo, en su significado más inmediato hace referencia a la santidad.

Se considera con frecuencia a María como templo, como santuario. La palabra templo, en su significado etimológico, significa algo totalmente reservado, un coto que desde su origen ha sido destinado para uso sagrado exclusivo, en el caso de María para ser la morada del Hijo de Dios. El concepto, pues, de algo dedicado, consagrado a la divinidad, algo santo implica la perfección absoluta de una realidad que no tiene que ver desde sus orígenes nada con cualquier presencia de impureza.

La santidad de María le exime de cualquier tipo de egoísmo que haga de su persona el centro de sus atenciones. Vive su existencia en orden al servicio de la obra de su Hijo. La comunión de vida que se ha creado entre los dos no puede ser más plena en una creatura. La santidad consiste en la comunión con Dios, en el amor que se ha derramado en nuestros corazones.

… los cristianos, más en particular, deben de buscar constantemente la santidad porque así lo ha mandado el mismo Cristo: Sed perfectos como perfecto es vuestro padre celestial. La santidad es una aspiración constante. El mandato del Señor, ya en el antiguo Testamento era el de ser santos, así lo repite constantemente en el libro del Levítico (11,14: 19,2; 20,26). Y San Pablo también tiene la santidad como el objeto de la vocación del hombre que ha sido llamado por Dios a la santidad: “Irreprensibles en la santidad delante de Dios”. “La voluntad de Dios es vuestra santificación” (1Ts, 4,3) y “no os ha llamado Dios a vivir en la impureza sino en la santidad” (1Ts, 4,7).

Si todo cristiano debe aspirar a esto, María puede presentarse como un estímulo y como modelo de una creatura que con la gracia de Dios manifiesta su total disponibilidad a esa gracia ofrecida por Dios, para todos los cristianos.

Me parece, pues, que los que tienen una cierta alergia a este privilegio de la Inmaculada porque dicen que parece “alejar a María de nosotros y, por lo tanto, que (el dogma) engendra un desánimo y un cierto fatalismo” no tienen presente la fuerza arrolladora de la santidad.

No es que María haya sido toda santa al margen de su libertad. El privilegio no destruye la estructura de su ser de creatura. Por lo tanto, tiene el valor paradigmático de una persona que ha sabido responder a Dios con todas las fuerzas de su ser. Ciertamente, impulsada por la presencia del Espíritu que la ha colmado de todo género de gracias. No es, pues, un modelo inimitable, no es una creatura que ha vivido en una dimensión extrahumana, no es un ideal que agobie. Es un modelo que puede ser presentado como paradigma de todas las virtudes, pero especialmente de una obediencia totalmente disponible a la Voluntad de Dios.

Así, pues, no podemos considerar este privilegio como si fuera simplemente un adorno o algo bello y sublime que sólo suscita en nosotros admiración. Es un ejemplo y un estímulo para que también nosotros conservemos incólumes la gracia que hemos recibido en el bautismo.
Y no solamente como gracia estática, sino como proceso de profundización en la comunión con Dios.


El misterio de la Inmaculada Concepción no sólo hace alusión exclusiva a la obra de Dios en María, a la preservación de toda mancha de pecado original y personal, sino que es, además, la celebración de la fidelidad guardada por María a la gracia de Dios a lo largo de toda su vida. Nació a esta vida mortal siendo desde el primer instante inmaculada, hija de la luz y nació a la vida eterna habiendo conservado encendida su lámpara.


P. FLORIÁN RODERO L.C.
Extracto del articulo: "La Imaculada y la Santidad"
publicado en la Revista Humanitas
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