martes

Historias de navidad II

Se conoce como Tregua de Navidad a un breve alto el fuego no oficial que ocurrió entre el Imperio Alemán y las tropas británicas estacionadas en el frente occidental de la Primera Guerra Mundial durante la navidad de 1914. La tregua comenzó en la víspera de la Navidad, el 24 de diciembre de 1914 cuando las tropas alemanas comenzaron a decorar sus trincheras, luego continuaron con su celebración cantando villancicos, específicamente Stille Nacht (Noche de paz). Las tropas británicas en las trincheras al otro lado respondieron entonces con villancicos en inglés. Ambos lados continuaron el intercambio gritando saludos de Navidad los unos a los otros. Pronto ya había llamadas a visitas en la tierra de nadie, donde pequeños regalos fueron intercambiados: whisky, cigarrillos, etc. La artillería en esa región permanenció silenciosa esa noche. La tregua también permitió que los caídos recientes fueran recuperados desde detrás de las líneas y enterrados. Se condujeron ceremonias de enterramiento con soldados de ambos lados del conflicto llorando las pérdidas juntos y ofreciéndose su respeto. La tregua se propagó hacia otras áreas, y hay muchas historias — algunas quizá apócrifas — de partidos de fútbol entre las fuerzas enemigas. Hay cartas que confirman que el resultado de uno de esos juegos fue 3 a 2 a favor de Alemania. En muchos sectores la tregua sólo duró esa noche, pero en algunas áreas duró hasta el año nuevo. La tregua ocurrió a pesar de la oposición de los niveles superiores de los ejércitos. Anteriormente un pedido hecho por el papa Benedicto XV de una tregua entre las partes en guerra había sido desoído. Los comandantes británicos John French y Sir Horace Smith-Dorrien juraron que una tregua así nunca volvería a permitirse (sin embargo ambos habían dejado el mando antes de la Navidad de 1915). En los años subsiguientes se ordenaron bombardeos de artillería en la víspera de la festividad para asegurarse de que no hubieran más reblandecimientos en medio del combate. Asimismo las tropas eran rotadas por varios sectores del frente para evitar que se familiaricen demasiado con el enemigo. A pesar de esas medidas hubo encuentros amigables entre soldados, pero en una escala mucho menor que la de los encuentros del año anterior. Durante la pascua de 1916 ocurrió una tregua similar pero en el frente oriental.

sábado

Iniciada la Causa de beatificación de Chesterton

G.K. Chesterton, uno de los autores cristianos más leídos de todos los tiempos, podría ser declarado Beato, si prospera la Causa de beatificación impulsada por uno de sus principales biógrafos.

Quizá no esté lejos el día en que los escritores de suspense tengan también su santo en el cielo. Y es que se augura que uno de los más grandes escritores de novelas policíacas puede ser elevado pronto a los altares. Y no por sus méritos literarios, naturalmente, sino por su testimonio de fe y de vida cristiana.

De hecho, para algunos de sus grandes admiradores, Gilbert Keith Chesterton –de quien este año se cumplen los 60 años de su muerte– está idóneamente indicado para la santidad. Tanto es así, que Dale Ahlquist, Presidente de la American Chesterton Society, se ha dirigido al obispo de Northampton, en Gran Bretaña, para realizar las indagaciones preliminares sobre la práctica de las virtudes cristianas del creador del padre Brown.

De la santidad de G.K. Chesterton no tiene dudas Joseph Pearce, uno de los mayores conocedores del escritor: «Creo que él está de veras en el cielo, y estaría muy contento de que su Causa de beatificación llegase a buen puerto». Pearce es el autor de una voluminosa monografía sobre Chesterton, titulada Sabiduría e inocencia, una de las más bellas biografías sobre el autor londinense. De él, Pearce resalta, no sólo el profundo catolicismo que empapa toda su obra, sino también un particular rasgo existencial: «En su vida, Chesterton ha encarnado el mandato del Señor de amar, no sólo a los que están más cerca, sino también a los enemigos. Chesterton discutió mucho con sus adversarios culturales, como H.G. Wells y Bernard Shaw, pero no se convirtió en enemigo de ellos. Más aún, estos dos intelectuales le consideraron siempre un amigo particularmente apreciado».

En las batallas culturales que entabló con Shaw, Wells y otros, llevó a la práctica aquella frase de Juan XXIII: «Condenad el pecado, pero amad al pecador». Dice Pearce: «Chesterton lo lleva a cabo odiando la herejía, pero amando al pecador. Para mí, es un ejemplo de santidad, que busco imitar en mi vida de todos los días».

De hecho, fue el propio escritor inglés el que impactó con fuerza en un Pearce en la veintena, entonces neofascista y antipapista, encarcelado en dos ocasiones en calidad de miembro del movimiento de extrema derecha British National Front . «Me enamoré de la personalidad y del espíritu de Chesterton. Me curé gracias a su filosofía de la gracia», dice Pearce, hoy profesor de la Universidad Ave María , en Florida (Estados Unidos).

Pero también desde un punto de vista cultural la obra y el pensamiento del escritor que influenció a Tolkien, C.S. Lewis y Evelin Waugh debe tenerse en cuenta: «Las novelas de Chesterton mantienen todavía hoy toda su actualidad con respecto a la cultura moderna. Relatos como El hombre que fue jueves o La esfera de la cruz resaltan la importancia de la filosofía y de la teología y, al mismo tiempo, exponen las consecuencias destructivas del relativismo. El Napoleón de Notting Hill, por ejemplo, es una parábola de los peligros del laicismo dictatorial. En La hostería volante, hace alusión al peligro de la influencia musulmana sobre la cultura occidental, mientras que en Lepanto hay una advertencia acerca del islamismo militante».

Por lo demás, según Pearce, la producción de Chesterton ha gozado en estos últimos años de un notable redescubrimiento: «Existen asociaciones dedicadas a él y conferencias sobre su figura; también se ha realizado una serie de televisión, que tiene como protagonistas a sus personajes; y sus libros son continuamente reeditados, recibiendo una atención creciente por parte de los medios de comunicación. Se puede decir que Chesterton es más leído hoy que en cualquier otro período de los setenta en adelante».

En particular, es la producción religiosa la que está teniendo más repercusión: «Ortodoxia y El hombre eterno –afirma Pearce–, así como sus estupendas biografías de santo Tomás de Aquino y de san Francisco, se están leyendo cada vez con mayor frecuencia; también entre teólogos y filósofos se asiste a un cierto revival de interés sobre su obra. Se podría, casi, decir que Chesterton ha resucitado de entre los muertos».


Lorenzo Fazzini
Alfa y Omega

El aburrimiento y el divorcio en Chesterton

En el tiempo de Chesterton algunos matrimonios se hacían aburridos; ahora nacen en el aburrimiento.

Dice Chesterton: “lo cierto, sin duda, es que es perfectamente permisible y natural que uno se aburra con cualquier asunto, igual que es permisible y natural que uno se caiga del caballo, o pierda el sendero, o busque la respuesta de un acertijo al final del libro. Pero en ningún caso se trata de un triunfo: como mucho es una derrota. Desde luego no tenemos ningún derecho a deducir de antemano que el fallo radica en el caballo o en el asunto en cuestión. Una prueba de todo ello se puede encontrar, por ejemplo, en la rebeldía contra la familia que demuestran hoy, en casi todo el mundo, los innumerables millones de genios absolutamente excepcionales que renuncian a los vínculos familiares porque la familia no les entiende o les aburre. En algunos casos aislados no hay duda de que tienen razón y en casi todos los demás es posible que la tengan. Pero, en el fondo, a uno le queda la siniestra y profunda convicción de que dichas secesiones se reducirían de pronto a la nada si los secesionistas considerasen por un segundo su aburrimiento como un fallo propio y no de su familia”.

Y es también para mí una profunda convicción que el aburrimiento del que habla Chesterton con el consiguiente fracaso matrimonial, es algo que debería tratarse como una enfermedad, una enfermedad del alma, de un alma incapaz de entregarse, de ilusionarse, de darse generosamente al otro, de renunciar a ser el único protagonista, de soñar sueños imposibles. Hay algo en el divorciado que ha quebrado, algo muy hondo, pero que comenzó ese camino hacia el fracaso, normalmente, por una menudencia.

Por un lado estaba uno que esperaba llegar a casa y descansar, que para eso había trabajado al agotamiento. La mujer, por igual motivo, llega en las mismas condiciones. Los hijos no entienden qué pasa que no les atienden. La comunicación no existe porque el proyecto común se ha ido resquebrajando. El hogar se convierte en una especie de isla desierta donde está la salvación del náufrago, pero es “isla desierta”. No se llega ahí para explorar la isla y construir el vivac, se va sencillamente a sobrevivir hasta el próximo viaje.

No hay poesía porque uno espera todo del otro y no da nada. Y, aunque ceden ambos lo hacen con mala gana. Porque el amor pasional no ha pasado al amor sereno, porque la fidelidad se quiebra con el filtreo, porque, en muchos casos, ambos son cómplices silenciosos de hijos que no vinieron y de los que no pueden hablar.

Y claro, el aburrimiento es el final de un proyecto que nació mezquino.

En los tiempos de Chesterton, normalmente el proyecto comenzaba grande y se hacía pequeño en los fracasos, las pequeñas dejaciones y abandonos. Era la ilusión pero no la acción. Ahora ¿si ya cuando se casan, si se casan, son ya viejos, qué ilusión se extrema?

La salvación del proyecto que nació con aguas pasará muchas veces a través del llanto del arrepentimiento, del recomenzar juntos sabiendo que nunca es tarde para la empresa del amor de verdad, sin añorar lo que por la moda y el capricho se ha perdido y no volverá.

Hoy debemos comenzar a curar matrimonios que nacieron aburridos antes de empezar.


Federico Rodríguez de Rivera Rodríguez
Colaborador de Pensamiento Católico - España

¿San Gilbert Keith Chesterton?

COMO la Iglesia está integrada por hombres, es natural que a veces yerre; como la guía el Espíritu, es también natural que rectifique sus yerros.

Siempre he considerado que uno de los más graves yerros de la Iglesia es que los católicos aún no podamos invocar a Chesterton como sin duda merece: san Gilberto. Leo con alborozo en el semanario «Alfa y Omega» que se acaba de iniciar la causa de beatificación de Gilbert Keith Chesterton, uno de los más grandiosos escritores de la historia y, sin lugar a dudas, el más sagaz, divertido y luminoso de los apologetas de la fe católica del siglo XX.

A los relatores de la causa les bastará leer las obras de este titán de la pluma -tan delicadamente paradójicas, tan hondas y amenas, tan tocadas por la Gracia- para descubrir que no ha habido mortal que merezca más cabalmente el reconocimiento de su santidad; y no se me ocurre acto más congruente con Benedicto XVI -quien, sin duda, será recordado como «el Papa de la Razón», el Papa que hizo más inteligible a Dios a través de la inteligencia- que la canonización de Chesterton, que dedicó su vida al mismo esfuerzo, con resultados tan hermosos y perdurables.


Tengo entendido que, para que prosperen las causas de beatificación y canonización, debe acreditarse la comisión de varios milagros. De Chesterton, desde luego, pueden acreditarse cientos de miles.

Ignoro si mediante su intercesión los tullidos han recuperado el movimiento y los ciegos la vista; sí puedo asegurar, en cambio (quien lo probó lo sabe), que la lectura de sus libros ha abierto las esplendorosas estancias de la fe para muchos lectores que deambulábamos por pasadizos sombríos.

Y aquí convendría delimitar la verdadera naturaleza de los milagros, a la luz de lo que el propio Chesterton escribe en Ortodoxia. Fijémonos en los que realizó Jesús: cualquiera de ellos -curar a los enfermos, multiplicar los panes y los peces, incluso resucitar a los muertos- palidece ante el que sin duda es el más pasmoso de todos ellos: que unos pescadores analfabetos se convirtieran en anunciadores del Evangelio. También Chesterton ha conseguido, a través de sus libros, que quienes se aproximan a ellos en busca de un mero deleite estético e intelectual reciban el don de la fe. Alcanzar ese don siempre tiene un componente milagroso; alcanzarlo a través de la inteligencia constituye el más vertiginoso y acendrado de los milagros.

Los lectores de Chesterton, como aquellos pescadores analfabetos que escuchaban las predicaciones de Cristo, hemos saboreado el suculento placer que procura la aproximación a lo sublime a través de la inteligencia.


Las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan me reclaman a veces recomendaciones de lectura. Me permitirán que en esta ocasión, para celebrar el inicio de la causa de beatificación de mi escritor predilecto, les lance una propuesta. Se trata de un libro que resume en apenas trescientas páginas la historia de la humanidad, que es también la Historia de la Salvación; uno de esos libros -como Las confesiones de san Agustín o la poesía de san Juan de la Cruz- que constituye en sí mismo una obra maestra de la literatura, pero que al mismo tiempo es algo más, mucho más: es la gracia divina hecha escritura, transmutada en palabras gozosas, de una belleza y un ardor intelectual, de una amenidad y una hondura tales que quienes las leen tienen la sensación de haber sido bautizados de nuevo. El libro en cuestión se titula El hombre eterno, editado en español por Ediciones Cristiandad. Regálenlo estas Navidades a sus amigos, a sus enemigos, a sus parientes, incluso a sus suegras; y, sobre todo, léanlo ustedes, léanlo con detenimiento y unción, paladeando cada razonamiento, cada paradoja, cada metáfora, cada fulguración de la inteligencia.

No se demoren ni un instante más y encárguenlo a su librero. Les aseguro que no les defraudará. Y, después de leído, convendrán conmigo en que a su autor sólo hay un modo de invocarlo: san Gilberto Chesterton. Antes incluso de que lo canonicen.



Juan Manuel de Prada
Ed. Digital ABC.es

Dejemos que Chesterton se presente solo

En este momento, sentando frente al computador, comencé a escribir una pequeña introducción sobre GKC como me lo pediste, y mientras pensaba en como abordarlo, se me vino a la mente el Santo Tomás de Aquino escrito por Chesterton, la nota introductoria que hizo, mas el primer capitulo me parecieron perfectos para hacer una especie de paráfrasis sobre Chesterton, con Chesterton... decidí por comenzar a traducir estas primeras paginas de Santo Tomás, para poder hacer lo que te comento.


Santo Tomás de Aquino de Gilbert Keith Chesterton
Nota Introductoria

Este libro no hace ninguna pretensión más que de ser un boceto popular de un gran personaje histórico que debería ser más popular. Su meta se alcanzara, si guía a aquellos que difícilmente han escuchado a Santo Tomás de Aquino a leer sobre él en mejores libros. Pero a esta necesaria limitación ciertas consecuencias le siguen, que a lo mejor seria conveniente señalar desde el principio.


Primero, se sigue que el cuento es contado de manera muy larga a aquellos que no son de la comunión de Santo Tomás; y que podrían estar interesados en él tal como yo podría estar interesado en Confucio o Mahoma. Sin embargo, por otra parte, la mera necesidad de presentar una clara línea histórica envuelve el cortar en otras líneas de pensamiento, para aquellos que pueden pensar diferente.

Si escribo un bosquejo de Nelson principalmente para extranjeros, tendría que explicar elaboradamente muchas cosas que los Ingleses saben, y posiblemente dejar fuera, por brevedad, muchos detalles que muchos Ingleses quisieran saber. Pero, por otra parte, seria muy difícil el escribir una narrativa viva y conmovedora de Nelson, ocultando enteramente el hecho de que él lucho con los Franceses.

Sería fútil hacer un bosquejo de Santo Tomas y ocultar el hecho de que él lucho con los herejes; y , sin embargo, el hecho en si mismo puede embrollar el principal propósito por el cual es usado. Solo puedo expresar la esperanza, y con ello la confidencia, que aquellos que me tienen a mi como herético difícilmente podrán culparme por expresar mis propias convicciones, y ciertamente no por expresar las convicciones de mi héroe.

Solo hay un punto en el que la cuestión concierne esta simple narrativa. Es la convicción, que la he expresado una o dos veces en el curso de ella, de que el cisma del siglo dieciséis fue, realmente, una tardía revuelta de los pesimistas del siglo trece. Fue una oleada del antiguo Puritanismo Agustiniano contra el liberalismo Aristotélico. Sin ello, no podría poner a mi figura histórica en la historia. Pero el todo tiene sentido solo para un rustico cuadro de una figura en un paisaje, y no de un paisaje con figuras.


Segundo, se sigue que en cualquier semejante simplificación no puedo decir mucho del filosofo más allá que demostrar que tenia una filosofía. Yo solamente, por decirlo, he dado muestras de esa filosofía. Finalmente, se sigue que es prácticamente imposible el lidiar adecuadamente con la teología. Una dama que conozco levanto un libro de selecciones de Santo Tomás con comentarios; y comenzó esperanzadamente a leer una sección con el inocente titulo, “La simplicidad de Dios” Luego dejo el libro suspirando y dijo, “Bien, si esa es Su simplicidad, me pregunto como será Su complejidad.” Con todo el respeto a ese excelente comentario Tomista. No tengo ningún deseo en dejar este libro, a la primera mirada, con un suspiro semejante. He tomado la idea de que la biografía es una introducción a la filosofía, y que la filosofía es una introducción a la teología; y yo solo puedo llevar al lector hasta la primera etapa de la historia.


Tercero, no he creído necesario el avisar a aquellos críticos que, de tiempo en tiempo, desesperadamente juegan a la galería reimprimiendo párrafos de demonología medieval con la esperanza de horrorizar al público moderno simplemente mediante un lenguaje no familiar.

He tomado por sentado que los hombres educados saben que Aquino y todos sus contemporáneos, y todos sus oponentes en los siglos siguientes, si creían en demonios, y hechos similares, pero no he creído que son meritorios como para nombrarlos aquí, por la sencilla razón de que no ayudan a destacar o distinguir el retrato. En todo eso, no había desacuerdo entre teólogos Católicos o Protestantes, por todos los cientos de años que hubo cualquier tipo de teología; y Santo Tomas no era notable por sostener esos puntos de vista, excepto en mantenerlos de cierta manera moderada. No he discutido esos asuntos, no debido a que tenga alguna razón para ocultarlos, sino, porque ellos en ninguna forma conciernen personalmente a la única persona de la cual es mi negocio revelar. Apenas hay espacio, incluso como es, para tal figura en semejante marco.


Domingo Portales
Colaborador de Pensamiento Católico - Chile

Poema de G.K. Chesterton a Santa María

Las dos mujeres

Mira! Muy rubia es la que conoce los caminos de la alegría
Vieja en la burlona sabiduría del placer,
Los ojos que podrían ser esquivos a la adulación, tiernos;
La cabellera que podría ser plateada por el conocimiento, de oro,

Pero tu eres más que todo esto, Oh mi Reina!
Porque tu estás vestida de lágrimas y antiguas guerras;
Y mirando hacia delante, enmarcada por una corona de espinas,
Vi la cara más joven de todos los planetas.

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The two women

Lo! Very fair is she who knows the ways
Of joy; in pleasure mocking wisdom old
The eyes that may be cold to flattery, kind;
The hair that might be grey with knowledge, gold.

But thou art more than these things, O my queen,
For thou art clad in ancient wars and tears.
And looking forth, framed in the crown of thorns,
I saw the youngest face in all the spheres


Gilbert Keith Chesterton

martes

El Señor de los Milagros

«Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: “Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa”. Se apresuró a bajar y le recibió con alegría. Al verlo, todos murmuraban diciendo: “Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador”. Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: “Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo”. Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también este es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”»
(Lucas. 19, 1-10).

Como Zaqueo, en octubre miles de personas salen a tu encuentro, Señor. Y tienen, también, la dificultad de la multitud para verte, para encontrarte. Pero, igual que con Zaqueo, eres Tú quien levanta la mirada y nos llama por nuestro nombre: «[reemplacemos el nombre de Zaqueo por el propio], baja pronto, porque conviene que hoy me quede yo en tu casa».

Después de misa — la primera que se celebra a las 5:00 a. m. dentro del templo de las Nazarenas — hay un silencio sepulcral. Solo se escucha la voz del capataz general, en medio de una expectativa inmensa, total, que llena de emoción a las personas que aguardan fuera a que las puertas se abran de par en par para dar paso a la procesión católica más grande del mundo. De pronto, se escucha la primera campana: tin. Hay murmullos y la inquietud crece. Luego se escucha la segunda: tin.

El Señor se alza. Se alza y pareciera que con Él, el mundo. Tan grande como una torre, tan dulce y amable como una paloma. Es el Señor de los Milagros.

Avanza y solo se escuchan las voces de las morenas cantoras: «¡GRACIAS, SEÑOR! ¡BENDITO SEA DIOS! TE ALABAMOS Y ADORAMOS. ¿QUIÉN COMO DIOS?», repiten tal como dice, con su propia persona, el arcángel Miguel, el que expulsó al Ángel Caído.

La hermana cantora general —una negra alta, morena legítima, sin muestras de mestizaje en el rostro— es la que indica la hora de cambiar de canto. En ese instante -cuando sale de la Iglesia de las Nazarenas- no hay banda. No hay música . Solo hombres y mujeres tratando de dar todo de sí al Señor, tratando de darle, en última instancia, sus propias vidas, como si quisieran repetir con Pedro: «Señor, qué bueno es estar aquí. Hagamos tres tiendas…».

Al pasar por la puerta del santuario hay un fuerte conmoción, causada por la gran cantidad de personas. Impresiona confirmar que, por Dios, el hombre es capaz incluso de sufrir o comprender el sufrimiento, un sufrimiento lleno de profundo amor; de otro modo, todos estaríamos locos.

El Señor, sigue avanzando, y sale al encuentro de la gente, de todos sin distinción, la gente de Lima y de lugares lejanos. Todos saben que ya viene: «¡Ahí sale el Señor! —se escucha entre la multitud—. ¿Lo ves? ¿Lo ves? ¡Ahí está el Señor!», lloran, rezan, lo miran.

La gente se sube a árboles postes, techos, edificios y rejas, como otrora hizo Zaqueo. Jesucristo sale, y Lima se vuelve Nazaret por un mes. Una serie de coincidencias lo confirman: el templo de las Nazarenas —que recuerda el lugar del nacimiento del Nazareno, profetizado desde antiguo—, la multitud siguiendo al Señor —unas 10 000 ó 15 000 personas—, sus apóstoles —esta vez de morado, color del hábito del Cristo moreno—, las hermanas sahumadoras y cantoras, que no despegan la mirada de Él mientras caminan de espaldas —imagen de las mujeres que lo seguían—, la multitud —como hace 2006 años, cuando estuvo en la tierra, uno más entre nosotros, siendo hombre, siendo Dios—.

La multitud busca su simple rostro, busca vida, busca redención. Busca al Amor de los Amores. Busca perdón, auxilio. ¡Busca milagros! Y es que, claro, ¿cómo no hacerlo? ¿Cómo no pedirlos si frente a nosotros está el Señor de la Vida? ¿Cómo no buscarlo si vemos que a nuestro lado pasa el mismísimo Señor, el Señor de los Milagros? Por eso el magno papa Juan Pablo II decía que Lima en octubre vive su segunda Cuaresma. ¡Qué gran bendición! Ya que nada sucede por casualidad, el Perú recibe en esta hermosa devoción al Señor de los Milagros. La veneración de la imagen que cargan estas pequeñas andas –y digo pequeñas en comparación al misterio de Amor que se ve representada en aquella imagen- nos trae a la memoria lo que sabemos esencial en el corazón: sin Cristo no somos nada. Sin Él no hay vida, y siempre hay que buscarlo para que, desde nuestro encuentro con Él, demos frutos de santidad.


Juan Enrique Beteta Lazarte
Colaborador de Pensamiento Católico -Perú

Sobre la Veneración de Imagenes

239. La veneración de las imágenes, sean pinturas, esculturas, bajorrelieves u otras representaciones, además de ser un hecho litúrgico significativo, constituyen un elemento relevante de la piedad popular: los fieles rezan ante ellas, tanto en las iglesias como en sus hogares. Las adornan con flores, luces, piedras preciosas; las saludan con formas diversas de religiosa veneración, las llevan en procesión, cuelgan de ellas exvotos como signo de agradecimiento; las ponen en nichos y templetes, en el campo o en las calles.

Sin embargo, la veneración de las imágenes, si no se apoya en una concepción teológica adecuada, puede dar lugar a desviaciones. Es necesario, por tanto, que se explique a los fieles la doctrina de la Iglesia, sancionada en los concilios ecuménicos y en el Catecismo de la Iglesia Católica, sobre el culto a las imágenes sagradas.

240. Según la enseñanza de la Iglesia, las imágenes sagradas son:

- traducción iconográfica del mensaje evangélico, en el que imagen y palabra revelada se iluminan mutuamente; la tradición eclesial exige que las imágenes "estén de acuerdo con la letra del mensaje evangélico";

- signos santos, que como todos los signos litúrgicos, tienen a Cristo como último referente; las imágenes de los Santos, de hecho, "representan a Cristo, que es glorificado en ellos";

- memoria de los hermanos Santos "que continúan participando en la historia de la salvación del mundo y a los que estamos unidos, sobre todo en la celebración sacramental";

- ayuda en la oración: la contemplación de las imágenes sagradas facilita la súplica y mueve a dar gloria a Dios por los prodigios de gracia realizados en sus Santos;

- estímulo para su imitación, porque "cuanto más frecuentemente se detienen los ojos en estas imágenes, tanto más se aviva y crece en quien lo contempla, el recuerdo y el deseo de los que allí están representados"; el fiel tiende a imprimir en su corazón lo que contempla con los ojos: una "imagen verdadera del hombre nuevo", transformado en Cristo mediante la acción del Espíritu y por la fidelidad a la propia vocación;

- una forma de catequesis, puesto que "a través de la historia de los misterios de nuestra redención, expresada en las pinturas y de otras maneras, el pueblo es instruido y confirmado en la fe, recibiendo los medios para recordar y meditar asiduamente los artículos de fe".

241. Es necesario, sobre todo, que los fieles adviertan que el culto cristiano de las imágenes es algo que dice relación a otra realidad. La imagen no se venera por ella misma, sino por lo que representa. Por eso a las imágenes "se les debe tributar el honor y la veneración debida, no porque se crea que en ellas hay cierta divinidad o poder que justifique este culto o porque se deba pedir alguna cosa a estas imágenes o poner en ellas la confianza, como hacían antiguamente los paganos, que ponían su esperanza en los ídolos, sino porque el honor que se les tributa se refiere a las personas que representan".

242. A la luz de estas enseñanzas, los fieles evitarán caer en un error que a veces se da: establecer comparaciones entre imágenes sagradas.

El hecho de que algunas imágenes sean objeto de una veneración particular, hasta el punto de convertirse en símbolo de la identidad religiosa y cultural de un pueblo, de una ciudad o de un grupo, se debe explicar a la luz del acontecimiento de gracia que ha dado lugar a dicho culto y a los factores histórico-sociales que han concurrido para que se estableciera: es lógico que el pueblo haga referencia, con frecuencia y con gusto, a dicho acontecimiento; así fortalece su fe, glorifica a Dios, protege su propia identidad cultural, eleva con confianza súplicas incesantes que el Señor, según su palabra (cfr. Mt 7,7; Lc 11,9; Mc 11,24), está dispuesto a escuchar; así aumenta el amor, se dilata la esperanza y crece la vida espiritual del pueblo cristiano.

243. Las imágenes sagradas, por su misma naturaleza, pertenecen tanto a la esfera de los signos sagrados como a la del arte. En estas, "que con frecuencia son obras de arte llenas de una intensa religiosidad, aparece el reflejo de la belleza que viene de Dios y a Dios conduce".

Sin embargo, la función principal de la imagen sagrada no es procurar el deleite estético, sino introducir en el Misterio. A veces la dimensión estética se pone en primer lugar y la imagen resulta más un "tema", que un elemento transmisor de un mensaje espiritual.


Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,
17 de diciembre de 2001

La Gran Medianera

María respecto a los hombres es Medianera...

Medianera entre Dios y nosotros. Intercesora de las gracias. Empezó en Caná, cuando le dice Cristo: «Mujer, a nosotros, qué más nos da que no tengan vino. No ha llegado mi hora». Eso es lo que suelen traducir los Evangelios: «Qué tenemos que ver tú y yo. No ha llegado mi hora».

Un autor explica así eso de «qué tenemos que ver tú y yo». Cuenta una anécdota que le pasó en Palestina.

Estaba dando un paseo por el Mar de Galilea con un pescador. De repente le dice el teólogo:-¿Por qué no vamos a Cafarnaún?Y contesta el pescador:¿Qué tenemos que ver tú y yo? Es la frase del Evangelio. Significa: «¿Qué hilo misterioso hay entre tú y yo? Porque eso mismo estaba yo pensando».Cuando Jesús le dice a su Madre «¿Qué tenemos que ver tú y yo?», lo que quiere decir es: «Precisamente eso es lo que yo estaba pensando ahora mismo.Me has adivinado el pensamiento».

Hay que resolver una dificultad, porque San Pablo dice en la Primera Carta a Timoteo, 2:5, «Cristo es el único Mediador».

Si Cristo es el único Mediador, porque lo dice San Pablo, ¿cómo María va a ser Medianera ?
Sí. María es Medianera a pesar de la frase de San Pablo.
¿Por qué?

Porque la frase de San Pablo excluye toda mediación paralela, pero no excluye una mediación dependiente y subordinada. María es mediación subordinada. Cristo es el mediador principal para con el Padre Eterno. Es mediador por sus propios méritos, sin dependencia a ninguna otra persona. En cambio la mediación de María es secundaria, subordinada a la mediación de Cristo.

Nadie está obligado a ir a Dios por medio de María. Todos podemos ir a Dios directamente. Pero qué duda cabe que nuestras peticiones en manos de María son más agradables a Dios que en nuestras manos sucias y pecadoras.

María nos lleva a Jesús. El lema de las Congregaciones Marianas: «A Jesús por María».

María nos lleva a Jesús. «María nos lleva a Cristo, como la aurora precede al sol». La frase no es mía. Es muy bonita. Es del Padre Gracia. En brazos de María, nos acercamos a Dios. Como el niño pequeño que en brazos de su madre se acerca al corazón del padre.

San Bernardo llama a María, cuello. ¿Por qué la llama cuello? Porque une la cabeza con el cuerpo. Cristo es la cabeza del Cuerpo Místico. Nosotros somos el cuerpo del Cuerpo Místico. Y lo mismo que el cuello une la cabeza con el cuerpo, y todo pasa por el cuello, María une a Cristo con el Cuerpo Místico. Es el cuello. Todo pasa por María. Por eso María es la Medianera. La Gran Medianera.

P. Jorge Loring
Extrato de: La Conferencia pronunciada en
la Asamblea Nacional de los Montañeros de Santa María.
Madrid
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