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Católicos, Protestantes y Sagrada Escritura

Para nadie es un secreto que los cristianos protestantes sienten un gran amor por la Sagrada Escritura. Esto es así porque consideran que es palabra de Dios, y que por medio de ella Él nos ha comunicado lo que necesitamos para nuestra salvación.

Los católicos, curiosamente, creemos ambas cosas también. Aunque con una salvedad: nosotros no creemos que Dios se reveló exclusivamente por medio de la Sagrada Escritura; creemos que también lo hizo por medio de la Sagrada Tradición. Ambas —Escritura y Tradición— son para nosotros depósito de la fe.

Sin embargo, tampoco es un secreto que muchos católicos no vivimos el mismo amor por la Sagrada Escritura que tienen los protestantes. De la Escritura, en realidad, conocemos muy poco, y de la Tradición, aun menos. He conocido católicos convencidos de que la Tradición es mojarse la frente con agua bendita al entrar a una iglesia y ponerles nombres cristianos a los hijos.

¿De dónde viene esta gran diferencia de actitudes con relación a la Escritura? Si ambos, católicos y protestantes, nos basamos en el mismo texto para vivir nuestra fe, y ambos creemos de él básicamente lo mismo (que contiene los datos para nuestra salvación, que es palabra de Dios), ¿por qué a veces los últimos viven de lejos una relación más entrañable con la Biblia que los primeros?

Tal vez la razón esté en una cierta dejadez por nuestra parte (de los católicos, me refiero). Al menos eso se puede pensar cuando no asoma ninguna otra razón aparente. Scott Hahn, teólogo y ex ministro protestante estadounidense, convertido al catolicismo en 1986, decía con aquella interesantísima doble perspectiva de la que gozan los conversos: «Siempre me he preguntado por qué tantos católicos nunca ahondan más en los misterios de su fe. Siempre me ha admirado descubrir cómo todos y cada uno de los misterios están enraizados en la Escritura, centrados en Cristo y en cierto modo actualizados y proclamados en la liturgia de la Iglesia, la familia de Dios basada en la alianza»[1]

Esto que podríamos llamar mirar a la Escritura es un aspecto fundamental de nuestra vida como cristianos. ¿Estoy diciendo algo nuevo? No lo creo. O espero que no. Sin embargo, tenemos urgencia de recuperar el papel importante que la Biblia merece en nuestras vidas. Hoy quiero recordarnos a todos este punto.

Al mismo tiempo, sin embargo, quiero proponer el amor a la Escritura como un punto de encuentro ecuménico entre católicos y protestantes. Y quiero hacerlo bajo una nueva luz, bajo un elemento que, aunque actualmente es una de las más fuertes causas de división entre ambos, también puede ser —curiosamente— un punto más de acercamiento (al menos eso propongo). Se trata de María y su relación con la Palabra de Dios.

En su encíclica Deus caritas est, el papa Benedicto XVI dedica unas palabras a María. Nos la presenta como una mujer imbuida de la Sagrada Escritura, una mujer escriturística. Mencionando el momento en que María prorrumpe en un canto de alabanza a Dios (llamado magníficat) ante las maravillas que sobre ella ha obrado, el Papa comenta:

El Magníficat —un retrato de su alma, por decirlo así—está completamente tejido por los hilos tomados de la Sagrada Escritura, de la Palabra de Dios. Así se pone de relieve que [para María] la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Así se pone de manifiesto, además, que sus pensamientos están en sintonía con el pensamiento de Dios, que su querer es un querer con Dios. Al estar íntimamente penetrada por la palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada.[2]

Sería muy extenso probar totalmente la afirmación del Papa de que aquel canto pronunciado por María está «completamente tejido por los hilos de la Sagrada Escritura». Cada uno de sus versículos está inspirado por algún pasaje del Antiguo Testamento, que María conocía. Basta tomar una buena edición de la Biblia y revisar los parelelos propuestos para verificarlo. Aquí simplemente tomaré uno de ellos para introducirnos en esto que señala el Papa.

El magníficat tiene una relación muy directa con la historia de una mujer llamada Ana, relatada por el Libro primero de Samuel. Ana era esposa de un hombre llamado Elcaná, piadoso hebreo que subía todos los años a Silo ofrecer el sacrificio debido a Dios. Ana era muy desdichada porque era estéril. Un día, cuando su marido hubo subido a adorar, Ana hizo lo propio y presentó sus lamentos al Señor. Le pidió que le diese un hijo varón, y le hizo la promesa de consagrarlo totalmente a su servicio por todos los días de su vida. Dios oyó su oración. Ana quedó embarazada (por los canales normales) y dio a luz a un varón, a quien puso por nombre Samuel. A poco de que hubo nacido, cumplió su promesa de ofrecerlo a Dios y ponerlo a su servicio como consagrado perpetuo. Este Samuel fue un gran y justo juez de Israel, y por mandato divino fue quien coronó a Saúl como el primer rey terreno del pueblo de Dios.

Se imaginarán la alegría de Ana al dar a luz a su hijo en circunstancias milagrosas. El día en que fue a entregarlo a Elí, sacerdote del Señor en Silo, entonó un canto que nos sonará bastante familiar, pues en él se basó María para darle forma su propio gozo en el Altísimo:

Cántico de Ana (1 S 2, 1-10)

Mi corazón exulta en Yahveh, mi
cuerno se levanta en Dios,
mi boca se dilata contra mis enemigos,
porque me he gozado en tu socorro.
No hay Santo como Yahveh,
(porque nadie [hay] fuera de ti),
ni [hay] roca como nuestro Dios.
No multipliquéis palabras altaneras.
No salga de vuestra boca la arrogancia.
Dios de sabiduría es Yahveh,
suyo es juzgar las acciones.
El arco de los fuertes se ha quebrado,
los que tambalean se ciñen de fuerza.
Los hartos se contratan por pan,
los hambrientos dejan su trabajo.
La estéril da a luz siete veces,
la de muchos hijos se marchita.
Yahveh da muerte y vida,
hace bajar al Seol y retornar.
Yahveh enriquece y despoja, abate y ensalza.
Levanta del polvo al humilde,
alza del muladar al indigente
para hacerle sentar junto a los nobles,
y darle en heredad trono de gloria,
pues de Yahveh los pilares de la tierra
y sobre ellos ha sentado el universo.
Guarda los pasos de sus fieles,
y los malos perecen en tinieblas,
(pues que no por la fuerza triunfa el hombre).
Yahveh, ¡quebrantados sus rivales!
el Altísimo truena desde el cielo.
Yahveh juzga los confines de la tierra,
da pujanza a su Rey,
exalta el cuerno de su Ungido.

Cántico de María (Lc 1, 46-55)

Engrandece mi alma al Señor
y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador
porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava,
por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,
porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre
y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen.
Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón.
Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes.
A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada.
Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
—como había anunciado a nuestros padres— en favor de Abraham y de su linaje por los siglos.

Al igual que Ana, María es una mujer que concibe a su primogénito de un modo milagroso, producto del favor divino. Desde el punto de vista de ambas mujeres, se trata de la bendición de la maternidad en sus vidas.

No es difícil ver que el magníficat está, como bien dice el Papa, «tejido por los hilos» bíblicos. A tal punto llegan el contacto y conocimiento de María con las Escrituras, que «Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios». ¿Acaso no es esto un extraordinario programa de vida, un tremendo ejemplo para acercarnos a dicha Palabra?

Nuestros hermanos protestantes pueden alegrarse con nosotros —así lo espero— de que haya existido una persona en la historia tan imbuida de la Palabra divina. Y, más aun, de que esa persona haya sido ni más ni menos que la madre de nuestro Señor. Que puedan coincidir con nosotros en ver en María este simple punto de admiración y este ejemplo —sin detrimento, claro, de la obediencia que debemos sobre todas las cosas al ejemplo del Maestro— puede ser el comienzo de un mayor contacto entre quienes buscamos la unidad del pueblo de Dios. Muchas veces se ha dicho: «Fijémonos en lo que nos une en vez de en lo que nos separa». Espero que podamos contar estas palabras del Papa como uno más de aquellos puntos que nos unen. En palabras Scott Hahn: «¡Es tanto lo que compartimos con los demás cristianos en cuanto a la verdad que la Biblia enseña sobre Cristo!».[3]


Enrique Gordillo Cisneros
Pensamiento Católico
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[1] Scott y Kimberly Hahn. Roma, dulce hogar. 10.a ed. Madrid: Rialp, 2004, pp. 141-142.
[2] S. S. Benedicto XVI. Deus caritas est. Carta encíclica. Lima: Paulinas–Epiconsa, 2006, pp. 71-72, n. 41.
[3] Scott y Kimberly Hahn, ob. cit., p. 195.

3 comentarios:

Marta Salazar dijo...

Buenísimo este artículo, felicitaciones al autor, y... muchas gracias!

hna josefina dijo...

Me gustó mucho el artículo.
¡Gracias!
¿No será que los católicos a veces basamos demasiado nuestra Fe en la obediencia a la jerarquía (que está muy bien por supuesto), en desmedro de nuestra búsqueda del encuentro personal con Dios?... Las otras Iglesias, que están más solas diría, cultivan más la seriedad y profundidad de su propia búsqueda.
Es sólo una impresión mía.

Georges Toussaint dijo...

Me permito sugerir establecer una escuela parroquial para formación de los católicos activos de la parroquia. Nos da excelentes resultados acá en Guatemala. Hace de los alumnos personas mejor preparadas, más comprometidas y con una fe más iluminada...

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