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La Iglesia: la escucha y el diálogo

Uno de los comentarios más audaces que he escuchado es el de quien afirma: «La Iglesia no me escucha y, por lo tanto, no es capaz de responder a mis necesidades».

Tras esta manera de pensar subyace el estilo comodón que caracteriza a quien se entrega a una vida con pocos sobresaltos. A muchos de quienes piensan así les gustaría recortar aquellas partes del Evangelio que les son incómodas. Normalmente se trata de personas muy dadas a la queja pero poco dadas al aporte.

Otros, con más audacia —aunque, de pronto, con no menos ignorancia (si no mucho más)—, cortan por lo sano y sentencian que la culpa es de la jerarquía, que no es capaz de entender a los fieles. Según ellos, solo son escuchados «los curitas» de mayor o de menor rango —empezando por el curita del barrio y terminando por el papa—, y sus aportes tienen como fin hacer padecer a los fieles penurias horrorosas, y esto porque o son amargados y tienen ganas de fastidiar o porque tienen un plan macabro o por sabe Dios qué.

Estas personas nunca se enteraron del Concilio Vaticano II; nunca se tomaron la molestia de ver la explosión de movimientos eclesiales laicos que siguieron a él; no ven las noticias y no se enteraron de la cantidad de católicos —religiosos y laicos— que participaron de las actividades que tuvieron lugar hace poco en Aparecida [1] (Brasil) durante la visita de Benedicto XVI, durante la última Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.

Todo esto, sin embargo, no es solo producto de la ignorancia (que no es pecado ser ignorante); también es producto de la inmadurez, que no es otra cosa que la incapacidad para asumir responsabilidades y comprometerse con una vida llena de realizaciones, claro que no exenta de exigencias. Y es que esta palabra, exigencia, es en nuestros tiempos casi un pecado, un tabú: «¿Qué es eso de la exigencia? Eso cansa, eso pasó de moda, eso es para los tontos monjes de la Edad Media, que vivían de penitencia en penitencia».

Culpar a la jerarquía, como señalábamos más arriba (o culpar a quien se quiera, en realidad) es una actitud muy difundida en nuestros tiempos: echamos la culpa a los demás por los problemas personales o comunes a un grupo extendido de gente. «Soy así porque así me hicieron », «Es culpa de este o de aquel». De pronto, es más fácil que otro tenga la culpa, pues a ese lo puedo criticar, lo puedo moler a palos, hacer jirones: siempre se puede hacer acreedor a mis rencores más profundos. En cambio, cuando yo mismo me percibo culpable la cosa es distinta; ahí sí: «Por favor, compréndanme», «Entiéndanme», «No sean tan duros»… A lo mejor intuyo que no voy a soportar sentirme culpable y desarrollo una incapacidad para percibir mis propias responsabilidades con el fin de no asumirlas.

Hay otros que afirman que con la Iglesia no se puede dialogar, como si la Iglesia fuese una persona y, además, testaruda. Claro que se puede dialogar, discutir, discrepar, y todo lo demás, pero tengo que hacerlo en el ámbito de los principios de la fe; si no, ¿para qué soy cristiano?, ¿por qué no fundo mi propia religión o corriente filosófica o lo que me venga en gana?; ¿o son solo ganas de fastidiar a los que quieren ser cristianos de verdad?

Tengamos presente que toda discusión tiene parámetros cuyos participantes deben aceptar y respetar, ya sea explícita o implícitamente. Si esto no sucede, cualquier discusión es inútil y estéril, ya que necesariamente quedarían cuestiones irreconciliables o insalvables. No puede existir una discusión en la cual no haya por lo menos un punto de encuentro a partir del cual construir acuerdos, tomar decisiones, conseguir objetivos, etc.

Por ello, a lo largo de la historia de la Iglesia notamos constantes discusiones y debates, algunos incluso muy encendidos y polémicos. Esto es, precisamente, una muestra de su apertura al diálogo.

Naturalmente, observar esta realidad superficialmente nos llevaría a pensar que no existe unidad en la Iglesia, que dentro de ella todo el mundo ha vivido peleándose, que los supuestos bandos no tienen nada en común y actúan de maneras tan distintas y diversas como tantas culturas y realidades han sido evangelizadas. Sin embargo, estas diferencias no son malas; son completamente naturales.

Lo que hay que comprender dentro del ámbito de la Iglesia es que lo central para ella es Jesucristo. ¡No hay más, por Dios santo! Él es lo central para ella y debería serlo para todos los fieles que quieran asumir su cristianismo, sean curas, laicos, casados, religiosos, jóvenes, viejos, hombres, mujeres o niños.

Quien no está con el Señor, desparrama. De eso se trata la fe, de eso se trata el cristianismo y de eso se trata la Iglesia. Así ha sido desde el comienzo y así será siempre.

Me gustaría invitar a todos los que tienen diferencias con la Iglesia a conocerla un poco más. Aunque sea solo por curiosidad, contrasten sus inquietudes con aquello que la Iglesia tiene que decir. Cada cual hágalo de la manera que más le acomode. [2] Y es que, ¿cómo los va a escuchar la Iglesia si no se acercan a ella para participarle sus experiencias? Es nuestra madre: ¿cómo conocerla si nos mantenemos apartados de ella, y cómo poder amarla si no la conocemos? Participemos de su amor, que es el amor del mismo Cristo




Marco Reinoso
Pensamiento Católico

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[1] El pasado mayo de 2007 se celebró en Aparecida la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, encuentro eclesial que convocó a los obispos para tratar los temas que afectan a nuestros pueblos y el mundo en estos días. Buscando responder desde nuestra fe en Cristo, para así alentar la labor pastoral y evangelizadora en los años venideros. Se trata de renovar el impulso evangelizador, a fin de que nuestros pueblos sigan creciendo y madurando en la fe, para ser luz del mundo y testigos de Cristo. Se trata de responder de manera concreta a todos nuestros hermanos, para que desde la fe encuentren las respuestas que necesitan para sus vidas. El tema de esta conferencia fue: «Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida» (Jn 14,6).

[2] Algunos podrán hacerlo a través de la lectura, desde bibliotecas, librerías, revistas o websites católicos, donde el público en general puede encontrar abundante información sobre la Iglesia. Otros —quizás más dados al contacto personal— de pronto preferirán consultar a algún creyente comprometido con su fe. Por supuesto que son requisitos la actitud crítica y la prudencia, sobre todo en los medios electrónicos. La prudencia es importante a la hora del contacto personal. Hay que comprobar que la persona a la cual consultamos no esté muy ocupada o que tenga la formación suficiente para absolver particulares dudas. Por otro lado, recordemos que el teólogo más erudito no nos servirá si no es capaz de comunicar de manera adecuada sus conocimientos.

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