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Étienne Gilson: un aliciente metafísico

Me propongo hablar un poco sobre el pensamiento de Gilson, específicamente en torno a la metafísica, su historia, su aparente crisis y su mejor planteamiento. Para ello me serviré de datos algunos datos aparecidos en un artículo de la filósofa peruana Franca Zadra.[1]

Empezaré hablando del Gilson historiador de la filosofía.

Gilson consiguió un logro importantísimo en su investigación de la historia de la filosofía: dio a conocer cómo fue el verdadero pensamiento de la Edad Media, rompiendo así con el lastre que aún nuestro tiempo arrastra desde el siglo XV, de que aquella fue una época oscura y de ignorancia. Su estudio historiográfico aportó al redescubrimiento de la grandeza de la escolástica y le devolvió la importancia a la filosofía medieval, es decir, a la filosofía cristiana.

De hecho, cabe decir que entre las décadas del veinte y del treinta del siglo XX se levantó una discusión en torno a la filosofía cristiana y su existencia. Muchos filósofos de esa época entraron en el debate promovido por la Sociedad Francesa de Filosofía (1931).[2], [3] Aunque los tiempos han ido cambiando y ya no existen las mismas limitaciones que en los de Gilson, y si bien para responder al reclamo mutuo entre fe y razón el francés carecía de la cuestión antropológica —no tenida tanto en cuenta como en nuestros días—, aun así su aporte ha sido en muchos casos más que aclaratorio. El desarrollo de estos temas se encuentra principalmente en sus libros El espíritu de la filosofía medieval y en La filosofía en la Edad Media. Resalto que el ser historiador de Gilson se basa en una clara conciencia metafísica, que considero la base de su pensamiento claro y brillante.


La metafísica en Gilson


El desarrollo de la metafísica fue un tema central para Gilson. En un tiempo en el que luego de los juicios lanzados por Comte, Nietzsche, Heidegger, y algunos más, se anunciaba el fracaso de esta, el francés aparecía —junto a otros— como uno de los que haría resurgir el corazón mismo de la filosofía. Gilson decía que «[…] todos los fracasos de la metafísica debieran ser atribuidos, no a la metafísica, sino más bien a los errores cometidos repetidamente por los metafísicos en lo que se refiere al primer principio del conocimiento humano, esto es, al ente».[4]

La crisis, pues, de la metafísica es la crisis de los metafísicos, y se debió a una confusión en la concepción del ser (y del ser, precisamente, es de lo que versa la metafísica). La pobre visión sobre el ser ha sido el lastre que ha cargado en sus aproximadamente veinticinco siglos de vida. Los grandes problemas de los metafísicos han sido el esencialismo y el existencialismo.

Antes de tocar el tema, sin embargo, entendamos qué es el ser. Según Gilson, «[…] la palabra ser, como nombre, designa una substancia, mientras que la palabra ser, equivalente de esse, es verbo y designa un acto».[5]

Sucede que el reduccionismo presente en la historia de la metafísica empezó con el esencialismo de Parménides, de Platón y del mismo Aristóteles (si bien este último es más realista y plantea el concepto de substancia, aunque de todos modos obviando hasta cierto punto a la esencia), pasó luego por los musulmanes Averroes, Avicena y sus seguidores, para terminar con Escoto y el desastre filosófico de Ockham. Ni los propios Cayetano o Suárez se salvaron de estos errores. En los modernos también se dio un esencialismo en Descartes, en Kant, en Hegel.[6]

Toda esta acumulación de esencialismo provocó el desencadenamiento de la reacción contraria: el existencialismo. En esa línea podemos mencionar a Kierkegaard y a Jean-Paul Sartre, quienes arrancaron la esencia al ser y lo dejaron en el mero existir; hicieron del ser un absurdo, la misma vida humana incluso se convierte en náusea, en una constante desesperación, el fin mismo del ser.[7]



Si antes se había negado la importancia de la existencia en el ser, ahora este se convertía en ininteligible para el hombre: sin esencia es imposible conocer las cosas. Tal vez por todo esto, el mismo Heidegger llegaría a afirmar que no se ha hecho ontología, sino que solo ha existido el estudio de lo óntico. Al final, el alemán afirmará que no podemos hablar del ser (sein), que no podemos conocerlo ni conceptualizarlo, ni si quiera hablar de él certeramente.

Como dije antes, todo este desbarajuste del ser, estas malas concepciones de lo que es el ser, han desembocado en la crisis de la metafísica «[…] que ha derivado en una deformación de la filosofía misma, al negarle el acceso a la realidad».[8] Gilson dice «[…] si la filosofía no necesita la existencia, ¿por qué habría de tener la existencia ninguna necesidad de la filosofía? El divorcio entre existencia y filosofía es, pues, abierto y absoluto. Pero la principal responsabilidad de él se encuentra, no en Kierkegaard, sino en aquella especulación abstracta sobre las esencias posibles que tan obstinadamente se ha negado a unir la esencia y la existencia en la unidad del ser».[9]

Personalmente, agregaría que esta es, tal vez, una de las más fatales consecuencias que nos han dejado el esencialismo y el existencialismo. La vemos plasmada en el mundo hodierno, que cuestiona no solo la carencia de la existencia en la filosofía o la imposibilidad de conocer esencias, sino incluso la existencia misma de la filosofía, reduciéndola a la mera reflexión para una vida práctica sin referencias al intelecto e incluso negándola (no en vano tantas veces los estudiantes de Filosofía escuchan aquel manido argumento: «Te morirás de hambre», frase cargada de influencia utilitarista en torno al quehacer intelectual).

«Étienne Gilson sostiene que una perspectiva de síntesis ante este problema ya ha sido dada en la unidad entre esencia y existencia que enseñó Santo Tomás de Aquino, doctrina que sus sucesores no han sabido entender ni comunicar de manera completa».[10] La filosofía del ser del aquinate es, según el parecer del filósofo tomista, y según el de muchos otros —y el mío propio—, la mejor forma de explicar la metafísica y el ser mismo. Y esto porque Tomás propone una visión integral del ser: el ser es la unión del acto de ser (existencia) y la esencia, en la que aquella lleva primacía sobre esta porque la actualiza; de este modo, el ser tiene primacía frente a la esencia, pero sin anular la importancia de esta. Tomás logra el equilibrio en el ser, sintetiza lo que muchos no han podido hacer.

«En polémica contra la “ontología”, que para él [Gilson] sería una metafísica comprendida en sentido esencialista, opone a este enfoque su metafísica del esse ut actus essendi, o metafísica existencial, que, basada en las enseñanzas de santo Tomás de Aquino, se fija en el acto de ser, destacando su relevancia como principio primero del conocimiento».[11]

A partir de lo anteriormente expuesto, y apoyándome en los argumentos que ofrece Zadra, incluida su referencia a Roberto Dioato,[12] expreso lo siguiente:

Existe cierta imposibilidad de conceptualizar el acto de ser porque se encuentra más allá de la esencia. Conocemos a los seres por su esencia, y podemos decir «Tal ser es esto o aquello», predicar de su quididad,[13] mas no podemos proceder de la misma manera con el acto de ser.

La esencia determina al acto de ser, hace que un ser sea ese ser y no otro: que una pelota sea pelota y no automóvil. Esto se debe a la unión íntima de la esencia con el acto de ser, que se da en la unión misma del ser existente. Es una unidad indivisible: la una no existe sin la otra.

El ser en su estructura misma es incomprensible, no en el sentido de que no se le puede conocer, sino en el sentido de que con él hay que proceder «[…] poniendo de relieve su realidad misteriosa por la cual el intelecto no lo abarca, sino que se apoya en él, como principio primero».[14]

Ya que estamos, me gustaría mencionar algunas propiedades del acto de ser:

a. El acto de ser es acto, pero no determinación ni forma alguna.
b. El acto de ser es el acto de todos los actos o acto último.
c. El acto de ser es la mayor de las perfecciones.
d. El acto de ser es lo más íntimo a cada cosa.
e. El acto de ser es fijo y estable.
f. Al acto de ser no se le puede agregar nada que le sea extraño.

También sería útil recordar que existe una diferencia entre ser (acto de ser) y existir (el simple hecho de darse en la realidad). El uno es el efecto formal del otro, es decir, no hay ser sin existir, ni existir sin ser. Si algo tiene acto de ser, necesariamente tiene existir, aunque, como ya hemos señalado, el acto de ser no se reduce a un mero existir.[15]

Es fácil verificar que la propuesta gilsoniana es una muy afín al pensamiento mismo de Tomás. El propio Gilson cuestionó mucho a los neoescolásticos y neotomistas que no seguían fielmente al santo medieval, e incluso llegó a criticar a Cayetano y a Suárez.[16]

La filosofía del ser que desarrolló Gilson están tan en sintonía y comunión con santo Tomás de Aquino, que ha hecho posible que la metafísica poco a poco vaya retomando el espacio que durante siglos muchos le han quitado. Gilson es uno de los pocos pensadores que fueron luz dentro de las tinieblas del siglo XX. Ante los sistemas desastrosos del siglo pasado, filósofos como Gilson le han regalado a las generaciones actuales y futuras un impulso para hacer una filosofía realista y con miras a una teleología.

Finalmente, hemos de decir que Gilson es profundo, pues el tema de la metafísica es extenso y se puede hablar mucho sobre él. A pesar de que aún no alcanza a cubrir las exigencias que el mundo moderno plantea, es indudable que en nuestros días asistimos a un resurgimiento de la metafísica. Aun así, todavía subsiste un grupo de pensadores que plantea su decadencia y su innecesariedad en la filosofía. Aun hoy existen propuestas gnoseológicas deshumanizantes que nos llevan al escepticismo radical, al agnosticismo funcional, al secularismo y al relativismo en sus diversas formas, desarraigando al hombre de su identidad propia y abandonándolo al nihilismo. Estas corrientes se olvidan del ser y de su relación con el Ser, arrancándole a aquel su finalidad intrínseca, expropiándole su llamado a participar de manera plena con Aquel que lo sostiene en su perfecto acto de ser.

Hay muchas tareas pendientes en el quehacer filosófico hodierno. Hace ya casi diez años, el recordado y venerado Juan Pablo II planteó una serie de retos a la filosofía, en concreto, a los filósofos. Hagamos propio aquel llamado: que así como antiguamente los griegos y medievales se maravillaban por la grandeza del ser y se proponían el camino movidos por la inquietud anhelante de alcanzar la verdad, obremos también los filósofos cristianos, con la mente puesta, además, en las exigencias del mundo de hoy.



Ricardo A. Milla Toro
Pensamiento Católico


[1] Franca Zadra. «La contribución histórica y metafísica de Étienne Gilson». En: Biblioteca Electrónica Cristiana. Biblioteca virtual [en línea]. . [Consulta: 18/10/07].
[2] Émile Bréhier, Léon Brunschvicg, Gabriel Marcel, Maurice Blondel, Marie-Dominique Chenu y Jacques Maritain, entre otros. Martin Heidegger también metió de lo suyo (Cfr. Zadra, ob. cit., cap. 2).
[3] La cuestión sigue abierta y fue replanteada por Juan Pablo II en la encíclica Fides et ratio (1998).
[4] Étienne Gilson, El ser y los filósofos. Pamplona: Eunsa, 1996, p. 20. Cfr. Zadra, ob. cit., cap. 5.
[5] Étienne Gilson, Dios y la filosofía, Buenos Aires: Emecé, 1958, p. 82. Cfr. Zadra, ob. cit., cap. 6.
[6] Zadra ofrece una ampliación de este recorrido histórico en el capítulo 6 de su artículo.
[7] Cfr. Étienne Gilson, Dios y la filosofía, ob. cit., p. 82.
[8] Zadra, ob. cit., cap. 6.
[9] Étienne Gilson, Dios y la filosofía, ob. cit., p. 82.
[10] Zadra, ob. cit., cap. 7.
[11] Ibídem.
[12] «En primer lugar, la imposibilidad de conceptualizar el actus essendi por encontrarse más allá de la esencia; de hecho el encuentro con la existencia de los entes es una experiencia humana primordial que no se reduce a la dimensión intelectual, a la abstracción de un concepto. Puede darse a partir de la percepción de cualquier ente, pero se trata de una experiencia que también va más allá de lo sensible. No es causada por los entes en cuanto entes, sino por los entes en cuanto que revelan o atestiguan el ser que los habita. En segundo lugar, la particular relación que se establece entre la essentia y el esse en el ente, donde la esencia determina, delimita al acto de ser. De hecho, la unidad indivisible entre esencia y existencia en el ente hacen que se constituya un ente existencial. Esta unidad es tan natural que hace desaparecer la confrontación antinómica entre esencia y existencia. En tercer lugar, la estructural incomprensibilidad del ente en sí mismo, no en el sentido de que no se le pueda conocer, sino poniendo de relieve su realidad misteriosa por la cual el intelecto no lo abarca, sino que se apoya en él, como principio primero». (Ibídem)
[13] La quididad o quiditas se dice así de la esencia en tanto que es objeto del conocimiento, en tanto nos formulamos la pregunta ¿qué es esto?
[14] Zadra, ob. cit., cap. 7.
[15] Cfr. Jesús García López. Lecciones de metafísica tomista: ontología. Pamplona: Eunsa, 1995, pp. 51-53.
[16] Fiel al pensamiento del aquinate, Gilson invita a que en «[…] lugar de juzgar a Santo Tomás por sus comentadores, se juzgue a los comentadores por Santo Tomás» (Zadra, ob. cit., cap. 3).

3 comentarios:

María Elena dijo...

Ricardo, dices que J.P.II. hizo una invitación a los filósofos hace diez años. ¿Podrías darme el dato completo? Mil gracias y saludos.

Ricardo M. T. dijo...

María Elena:
Sí, claro, eso lo dice en la fides et ratio (por eso dije hace como 10 años), en muchas partes se puede ver entre líneas, pero específicamente en los numerales 80 al 98, y en esos especialmente en los n. 82, 83 y 84 da tres cometidos actuales a la filosofía. Y, bueno, hay un claro llamado durante todo el escrito a retornar a la metafísica, retomarla como referente y como ayudante a responder las respuestas más acuciantes del hombre impresas en su corazón.
Espero que las referencias sean de ayuda.
Saludos.

Sergio Fernández dijo...

Enhorabuena por sus artículos. Le escribismos para solicitar si podemos publicarlos en la Revista La razón histórica (España), respetando, como es obvio, la autoria y la procedencia. Sería un placer su colaboración.
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