miércoles

El Cristo de la fábrica

“Lo que tú sufres, lo ha sufrido Cristo. El vino a la tierra para darte el ejemplo. Tus sufrimientos, tus penas entran en el orden. Tú vuelves a vivir la vida de Cristo obrero. Para eso has venido a este mundo: para ser su testigo.

¿De que te quejas? Cristo también se dignó trabajar con sus manos, quiso ejecutar tareas tan humildes como las tuyas, hacer mesas, bancos, camas, armarios, cajones, todos los trabajos familiares. El también chocó con la dificultad de reunir discípulos, de hablarles , de conquistar a los incrédulos[...]

Un hombre como tú! Sometido a las mismas pruebas, ante los mismos problemas, al mismo egoísmo, las mismas indiferencias, y que ha pasado por los mismos instantes de dudad…¿De que te quejas tú?” [1]



[…] Una mañana estaba a punto e hacer mi balance con mis hombres y de contar, sobre un telar, las entradas de mis diarios vendidos en la semana, cuando llegó una buena mujer:

—¡Mardyck! ¡Mardyck!
—¿Qué hay?
—Han arrojado el Cristo por tierra, en el pespuntaje.

[…]Corrimos todos al pespuntaje. En el suelo, roto en tres pedazos, había un Cristo de yeso amarillo, sobre su cruz negra. Me hizo mal ver por tierra esa imagen rota, una vez más martirizada por los hombres. Ese yeso con apariencias de marfil tenía colores de carne, con su llaga sangrienta en el costado. Experimenté un verdadero sufrimiento por ello, la impresión de la verdadera mutilación de un cuerpo vivo.

[…] —¿quién ha hecho esto? —pregunté—.
No se sabe. El tipo ha colocado un cartón

Ellas nos mostraban, clavado con cuatro alfileres sobre la puerta, un gran cartón, que llevaba, a lápiz, estas palabras: “¡El Cristo con nosotros”! ¡Abajo los curas!”

—¡Llaman a esto el “Cristo con nosotros” —dije—.
¡Hay que protestar en contra de esto! ¡Es el gesto propio del bruto! No dejemos pasar esto, ¿no es así?

—No —dijeron los hombres enardecidos por mi indignación—.

—Hay una reunión para después del mediodía, hablaré. Protestaré. Las mujeres son convocadas para las dos. Vayan a verlas, cuéntales el asunto, muéstrenles el Cristo. Esto les hará algo. Seremos apoyados.

Por mi parte, pasé la mañana procurando persuadirme de que de ningún modo tenía miedo.

[…] Yo esperaba, confundido entre la multitud. Me carcomía la angustia. En ese momento, debo decirlo claramente, tenía tanto miedo como mis hombres. Desesperadamente, y muy bajo, me repetía con todas mis fuerzas, siguiendo mi método:

—¡No tengo miedo de esos tipos! ¡No tengo miedo! ¡Voy a hablar! ¡Hablaré!


[…] Beck [el delegado]—habló de la huelga, y de cómo siempre, de Rusia, de España, y de los dictadores con piel de conejo[…]

Yo me puse a rezar mi oración […] Reunía mis pobres fuerzas, imploraba a Dios que me asistiera. Jamás he rezado como en estos momentos, en que medía mi debilidad. “ Señor Jesús te ofrezco… mis luchas…”

Después, hecho el silencio, levanté la mano y grité:
—¡…pido la palabra!
Inmediatamente tuve a cuatro o cinco tipos a mis espaldas:
—¿Qué quieres?
—Tengo que hacer una reclamación.
Advirtieron lo que quería decir: Debían haber oído hablar del asunto del crucifijo.
—¡No vayas a agarrártela con tu Cristo! ¡Si hablas de esto, te romperemos el alma!
Me rodeaban amenazadores.
—Bueno —respondí—, no hablaré de esto. Hablaré de la unidad sindicalista y del punto de vista de mi sindicato.

[…]Yo no estaba, con toda seguridad muy elegante, con mi blusa toda sucia y mi cabeza desarreglada por esas semanas de sufrimiento. […] recordé a la multitud que si yo tenía el aspecto de un piojoso, se debía a que era un obrero como los compañeros […]

Estaba un poco desorientado al principio. Habría querido hablar de mi crucifijo… y debía echarme sobre la cuestión sindicalista, so pena de hacerme despedazar. A la buena de Dios, hablé de la constante acción del sindicato libre [se refería a la J.O.C. (Juventud Obrera Cristiana)] a favor de la Familia, del hogar, de los hijos. […] Llegué al asunto de las banderas. Recordé lo que siempre había reclamado:

—Ninguna dictadura de ninguna clase. Ninguna bandera, o las banderas de todos: La jocista tanto como la roja … Y tuve un golpe de audacia. De las banderas pasé audazmente a la cuestión del crucifijo:

—¡Y puesto que se habla de libertad —dije—, reclamo delante de todos ustedes nuestra libertad de cristianos, de discípulos de Jesucristo, que ustedes han violado! ¡Nuestra propia bandera es la cruz! ¡Un bruto la ha arrojado por el suelo y profanado!

Eché una mirada, mientras hablaba, sobre el grupo de mis adversarios, en primera fila. Sus figuras principales, furiosas y espeluznantes me espantaron. Me apresuré a desviar los ojos. Por otra parte, un rumor favorable subía de la multitud, de las mujeres. […]

—Exijo —continué—, que el Cristo se vuelva a colocar en el muro, que retorne a su lugar en medio de nosotros. ¡Ha trabajado con sus manos como nosotros! Su imagen estaba encima de las obreras desde la fundación de esta fábrica. Ella quizá ha alentado, consolado, reconfortado muchas veces a vuestras madres obreras, que trabajaron antes que ustedes… merecería que la respetasen por todos los sufrimientos y las penas que ha visto […] Terminé rápidamente reclamando una vez más la libertad de conciencia para todos.

Beck era astuto. No trato de contrariar mi opinión pública tan netamente favorable a mi punto de vista. Simplemente, para escamotear mi triunfo pasó en silencio la cuestión. Y no hablo más que de las banderas.[…]

Y en cuanto al asunto del Cristo se arregló completamente solo, en silencio, sin que siquiera yo debiera meterme de nuevo en él. Las obreras de la fábrica se encargaron de ello. Organizaron una colecta. Dos muchachas recolectaron dinero y fueron a comprar un nuevo Cristo. Y reconquistó su antiguo lugar. Me vinieron a llamar para que fuera a verlo. Era muy grande, muy hermoso, magnífico. Este se divisaba de todo el taller...


Majencio Van der Meerch
Extraído de la Novela: "El Coraje de Vivir"
ed. Mundo Moderno -Buenos Aires, Argentina 1959. pp.171-181
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[1] "Reflexiones Jocistas sobre el Evangelio " Charles Bordet

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