miércoles

La existencia del infierno

«Eminencia, ¿por qué los sacerdotes, en sus innumerables homilías (más de 25.000 cada domingo solamente en Italia) no hablan del Más Allá, y sobre todo rehuyen pronunciar una palabra que ha llegado a convertirse en tabú: Infierno? ».

A la pregunta, el entonces Prefecto del ex-Santo Oficio, cardenal Joseph Ratzinger, me miró un poco irónico:

«la realidad es que hoy todos nos creemos tan buenos que no nos podemos merecer otra cosa sino el paraíso. Esto proviene ciertamente de una cultura que, a fuerza de atenuantes y coartadas, tiende a borrar en el hombre el sentimiento de su propia culpa, de su pecado. Alguien ha observado que las ideologías que predominan actualmente coinciden todas en un dogma fundamental: la obstinada negación del pecado, de la verdad que la fe vincula al Infierno».

Bien consciente que se trata de una realidad misteriosa y desagradable pero no obviable (son las mismas palabras de Jesús: «Y éstos irán al suplicio eterno»). Ratzinger, primero como cardenal y ahora como Papa, no le aplica rebajas al Credo y habló y habla del Infierno, con su tono didáctico y entusiasta, y aquel rostro de infante ochentón. Lo hizo también ayer [el autor hace referencia al 25 de marzo del 2007] en una parroquia de la periferia romana, poniendo en guardia a los que aman el pecado, a los que están cerrando las puertas a Dios, en fin a los que quieren irse al Infierno. Por que efectivamente, ahí está el quid de la cuestión: Dios no nos condena, si no que somos nosotros mismos los que lo hacemos, al rechazar —por alguna enigmática autodestructividad— el perdón, la salvación y la gloria.

Hay algo sospechoso en la reacción, frecuentemente violenta, del «mundo», cuando la Iglesia reafirma su convicción en la existencia de una realidad que no puede obviar, está demasiado definida y clara en la Escritura.

Incluso para los no creyentes, a quienes sobretodo el Infierno les debería retraer a tiempos de oscurantismo, de una fe rechazable por mirar hacia atrás; en cambio, precisamente en este tema, cierta cultura parece reaccionar agitada e inquieta, no con ironía sino con invectiva. Tanto que, por ejemplo, en Por qué no soy cristiano, se propone como una de las principales razones del rechazo del hombre moderno occidental; Bertrand Russell acabó agarrándose a un escándalo mayúsculo e inaceptable donde los haya: el Infierno.

Semejantes razonamientos olvidan que el Evangelio se llama «Buena Nueva», porque anuncia en Jesús el perdón de Dios, la Redención, la Salvación. Lo que la Iglesia predica, sobre aquel Evangelio, es el Paraíso, la Vida Eterna, la Gloria, la Luz de un Padre que se ocupa de cada uno. El Infierno no es creación de ese Dios de misericordia, sino del hombre. Dios lo ha creado libre, no ha querido esclavos si no hijos, no impone Su propia presencia para respetar la autonomía del hombre. El respeto hasta el final, y por lo tanto también respeto a la posibilidad del rechazo, obstinación y contumacia a la propuesta de alianza y amor, hasta la posibilidad de preferir las tinieblas a la Luz y el mal al bien.

Como alguien ha indicado, con una paradoja no infundada, «sin el Infierno, el Paraíso es un campo de concentración»; esto es, un lugar (o, mejor, un 'estado' misterioso, más allá del espacio y el tiempo), un lugar de destino obligado, al que nadie puede sustraerse. La vida sería como una vía férrea con un solo origen y un solo final, con la abolición consecuente de la libertad de elección autónoma del propio destino. Directo aunque suicida.

Con la confirmación del respeto al misterio, la Iglesia, haciendo santos y beatos, empeña su autoridad en proclamar que un difunto se encuentra ciertamente en el Paraíso. Pero nunca ha hecho, ni hará, «cánones», es decir, listas, de condenados.

Ciertamente, a pesar de las explicaciones, la perspectiva de un castigo eterno, sin rescate, ha provocado y provoca interrogantes y reacciones en la Iglesia misma.

Algún teólogo ha supuesto que el Infierno sí existe, pero está vacío. Sin embargo, alguno ha replicado justamente: «es probable que esté vacío. Pero eso no quita que precisamente tú y yo podamos ser los primero en inaugurarlo».




Vittorio Messori
Diario Italiano Il Corriere della Sera (Italia) 26.III.2007

La condena del hombre soberbio

[…] Debió dormir apenas dos horas. Un fuerte ruido le hizo abrir los ojos y vio por la ventana que aún no había salido la luna. Plena oscuridad en la huerta, y en su celda un resplandor extraño y un insufrible hedor. Se incorporó en el camastro y estiró la mano hacia su pila de agua bendita. Lo paralizó una voz infinitamente dolorosa, que venía del rincón más alejado. -Guárdate de tocar esa agua, porque me harías huir. Guárdate de pronunciar exorcismos, si quieres que te comunique los secretos del provenir. Yo soy el desventurado filósofo cuya muerte viste escrita; un sabio a los ojos de los necios, y hoy un necios eterno a mis propios ojos… ¿Quieres oírme? Fray Plácido alcanzó a ver la figura de un hombre desnudo, con las carnes calcinadas y consumidas; evidentemente, la figura de Voltaire. -¡Habla en nombre de Cristo! No bien pronunció esta palabra, oyó el crujir de aquellos huesos y los vio doblarse hasta arrodillarse sobre las baldosas y escucho un lamento: -¿Por qué lo llamaste? ¿No sabes que cuando suena ese nombre todos los habitantes del cielo y del infierno se arrodillan? Tú no puedes ni siquiera imaginarte el suplicio que es para mí, que solamente lo llamo “el infame”, adorarlo cada vez que otros lo nombran con su verdadero nombre… El me dio, en cambio, larguísima vida para arrepentirme. - ¿Y ahora te arrepientes de no haberla aprovechado? -¡No! Arrepentirse es humillarse, cosa imposible en la miserable condición de mi alma. Si yo volviera a vivir, volvería a condenarme… -¡Explícame ese horrible misterio! -Durante sesenta años fui festejado y aplaudido como un rey. Poetas, filósofos, príncipes, mujeres, se pasmaban de admiración ante la más trivial de mis burlas… Ellos me consideraban un semidiós, y yo los despreciaba, sintiendo podrirse mi carne, envoltura del alma inmortal. ¡Ay de mí! Durante 84 años esa carne, que iba disolviéndose, fue mi única defensa contra el Infame. Mientras yo, es decir mi voluntad, subsistiera atrincherada en esa carne, podría seguir lanzando mi grito de guerra: ¡Aplastad al Infame! -¡Cristo vive, Cristo reina, Cristo impera! –exclamó, horrorizado, el viejo, sin pensar en las consecuencias de esa triple alabanza. -¡Ay! –dijo Voltaire con indescriptible lamento; y otra vez se oyó el siniestro crujir de sus rodillas quemadas, que se doblaron hasta el suelo, y se vio a la macabra figura postrarse de hinojos- Este es mi tormento mayor: ¡confesar su divinidad! -In nomine Jesú –murmuró el fraile para sí mismo-, omne genu flectatur coelestium, terrestrium et infernorum.

Y añadió en voz alta: —¿Acaso no temías a Dios? —¡Oh, sí, lo temía! ¡Oh, miseria y contradicción de mi soberbia! Cuando pensaba en la muerte me aterraba, y hubiera dado mi fortuna, mi fama y mis libros por un solo grano de humildad, la semilla del arrepentimiento. Pero la humildad no es natural; es sobrenatural. Un hombre sin ojos podría ver más fácilmente que un hombre soberbio decir: “Pequé, Señor; perdón. ” Ver sin ojos es contranatural; una fuerza natural puede modificarse por otra fuerza natural. Pero arrepentirse sin humildad es contra lo sobrenatural, infinitamente más allá de las fuerzas del hombre. Se necesita la gracia divina. —¿Y, por ventura, Dios no te la dio? —¡Sí, a torrentes! Pluguiera el cielo que no se me hubieran dado tantas gracias. Pues, al juzgarnos en esta sombría región, se tienen más en cuenta las gracias rechazadas que los pecados cometidos... Cuando uno ha rechazado obstinadamente durante veinte años, treinta años, medio siglo, los auxilios sobrenaturales de la gracia, Dios lo abandona a sus simples fuerzas naturales, la inteligencia y la voluntad. Yo veía mi destino si no me humillaba; pero humillarme habría sido un milagro. Y mi orgullo me embriagaba diciéndome que yo, hediondo y agusanado, podía por mi libre albedrío resistir a la gracia, complacerme en mi fuerza y luchar contra Dios. ¡Qué delirio, hacer lo imposible aun para las estrellas de los cielos y los mismos arcángeles: resistir a Dios! Tenía el frenesí de la blasfemia y del sacrilegio. Por burlarme del Infame comulgué muchas veces sacrílegamente delante de mis criados; y mis amigos me aplaudían y me imitaban. Y así llegué al día del espanto... —Cuéntame tus últimos momentos. —Los hombres no sospechan los misterios de esa hora, especialmente del postrer momento en que las potencias del alma, la memoria, el entendimiento, la voluntad, adquieren una agudeza inconmensurable. —¿Cuánto dura eso? —Supón que sólo sea un segundo; pero en ese segundo cabe mucho más que toda tu vida, por larga que fuera; allí cabe tu eternidad. En ese instante puede tu voluntad fijarle el rumbo. ¡Desventurado de mí! La obstinación de ochenta años, transformada en impenitencia final, es como un muro de bronce incandescente que rodea el alma y aguanta el último asalto de la misericordia, temblando, ¡oh, contradicción!, de ser derrotada, y espantándose de antemano de lo que será su propio triunfo. ¡Ay de mí! Yo triunfaba. Los rayos de la gracia se rompían sobre mi corazón como flechas de marfil contra una roca. —¿Triunfa la gracia alguna vez? —Millares de veces, porque es la virtud de la Sangre. ¡Cuántas retractaciones inesperadas, que quedan en el secreto del más allá! Pero si vieras la dureza de los que pecaron contra el Espíritu... de los desesperados, de los irónicos que por lograr un chiste arrojaron una blasfemia, de los que vendieron al orgullo su última hora, de los apóstatas. Para asistir y vigilar la impenitencia final de ésos, el diablo abandona toda otra ocupación. Y se mete en sus venas y hay como una transfusión del orgullo diabólico en el alma del renegado. -[…] Escucha: yo he firmado con mi propia mano mi eterna condenación. Y la volvería a firmar cien veces, con pleno discernimiento, antes de humillarme y decir: ¡Pequé, Señor; perdóname! -No cabe en mi mente –replico Fray Plácido, aterrado- que sea verdad el que si volvieras a vivir, volverías a merecer tu condenación. -¡Sí, cien mil veces! En el último instante de mi vida, cuando por aliviar mi sed me llené la boca de inmunda materia y arrojé aquel espantoso alarido que ha quedado en mi historia, cuando mis ojos se cuajaron, todos me creyeron muerto. Pero yo estaba vivo, arañando el barro podrido de mi carne, que todavía por unos segundos, me libraba de caer en manos de Dios. -¿Todavía podías arrepentirte? -Sí. Y se me apareció el Infame, con su corona de espinas, y las llagas abiertas en manos y pies, y el pecho ensangrentado, y un papel sin firma, que era mi sentencia. “Yo, que te redimí con mi sangre”, me dijo, “no la firmaré”; pero te la entrego a ti para que tu libertad disponga.” Durante un segundo, en que vi mi pasado y mi porvenir, sopesé las consecuencias. Ya ni siquiera tenía que pedir perdón. El Infame se adelantaba a ofrecérmelo: bastábame aceptarlo, confesando que pequé. El mundo ignoraría hasta el día del juicio mi retractación, y yo me salvaría. ¡Imposible! Durante sesenta años había combatido contra el Infame. Si ahora aceptaba su perdón, la victoria sería suya. Si lo rechazaba, yo, gusano de la tierra, que no tenía más que medio minuto de vida, me levantaría hasta El, y haría temblar los cielos con mis eternas blasfemias. Pero era tal el horror de mi destino, que vacilé. ¡Quién me hubiera dado un grano de humildad en ese instante! -¿No lo habrías rechazado, acaso? Voltaire guardó silencio y luego respondió, con voz cavernosa. -¡Sí, lo habría rechazado! Entonces cogí la sentencia, que El no quería firmar, y yo fui mi propio juez y la firmé con esta mano… Sabe, pues –prosiguió Voltaire-, que ninguna condenación lleva la firma del Cordero. ¡Todas llevan la nuestra!

Hugo Wast

martes

El Santo, el demonio y la confesión

Satanás fue más allá de todos los límites de provocación, con el Padre Pío; hasta le dice que él era un penitente.

Éste es el testimonio del Padre Pío:

“Un día, mientras yo estaba oyendo las confesiones, un hombre vino al confesionario dónde yo estaba. Él era alto, guapo, me vistió con algo de refinamiento y era amable y cortés. Comenzó a confesar sus pecados; los cuales, eran de cada tipo: contra Dios, contra el hombre y contra las morales. ¡Todos los pecados eran molestos! Yo estaba desorientado, por todos los pecados que él me dijo, yo respondí.

Yo le traje la Palabra de Dios, el ejemplo de la Iglesia, las morales de los Santos, pero el penitente enigmático se opuso a mi palabras justificando, con habilidad extrema y cortesía, todo tipo de pecado.

Él vació todas las acciones pecadoras y él intentó hacer normal, natural, y humanamente comprensible todas sus acciones pecadoras. Y esto no solamente para los pecados que eran repugnante contra Dios, Nuestra Señora, y los Santos, él fué Rotundo sobre la argumentación, pero, que pecados morales tan sucios y ásperos. Las respuestas que él me dio con la delgadez experimentada y malicia me sorprendieron.

Yo me pregunté: ¿quién es él? ¿De qué mundo viene él? Y yo intenté mirarlo
bien, leer algo en su cara. Al mismo tiempo concentré mis oídos a cada palabra,
para darle el juicio correcto que merecían. Pero de repente; a través de
una luz vívida, radiante e interior yo reconocí claramente quién era él.

Con autoridad divina yo le dije: diga…….”Viva Jesús por siempre” “Viva
María eternamente” En cuanto yo pronuncié estos nombres dulces y poderosos, Satanás desapareció al instante en un goteo de fuego, mientras dejaba un hedor insoportable"
.


San Pío de Pietrelcina

Gran poder, gran responsabilidad, gran metraje

Spiderman 3 dura más de dos horas, casi dos horas y media. Puede ser un poco cansado verla, sobretodo si uno va al avant premiere a medianoche. Rescatemos, de todos modos, algunos elementos.



Paréntesis: si no la has visto, no sigas leyendo. Vuelve después.




1. El ente extraterrestre que busca hacer simbiosis con Peter Parker bien puede ser una representación del mal: un elemento ajeno a nosotros que trata de asociársenos, con engañosas promesas de felicidad, pero que sólo se aprovecha del mal que hay en nosotros mismos para utilizarnos y finalmente destruirnos. Ese ente, sin embargo, se aprovecha de lo que ya hay en nuestro interior: Peter se encuentra tan extasiado con la popularidad de la que ahora goza como Spiderman que llega a olvidar el motivo por el cual asumió su identidad heroica, y se dedica a complacerse en sus laureles llegando incluso a descuidar su relación con Mary Jane.



2. La lucha contra este mal enajenador es en realidad una lucha contra el mal en el propio corazón, un doloroso esfuerzo por despojarnos del vicio y revestirnos de la virtud... Verdaderamente uno tiene que arrancarse el pecado de encima, y hacerlo cuesta gritos de dolor, pero al final se puede recuperar la propia identidad, el verdadero sentido de la propia vida. Vale señalar que Peter se detiene a pensar sobre su situación, su degeneración, y la resolución necesaria para salvarse, "sentado" en un campanario... Sí, un campanario de iglesia. No hay que distraerse en esta secuencia. Nunca imaginé una representación así de las palabras de San Pablo [Ef 4, 22 y 24].



3. El que perdona, el que olvida, el que renuncia al rencor y a la venganza, se descubre liberado de la esclavitud del mal. Bien lo decía Juan Pablo II: otorga el perdón y recibe la paz. Esto, en la película, se refleja de dos maneras distintas, pero ambas muy bien logradas: Harry Osborn, al descubrir la verdad sobre la muerte de su padre (el primer Duende Verde), olvida el rencor y responde al pedido de ayuda de Peter, a pesar de haber quedado semidesfigurado en una lucha previa contra él. Así, se recupera una amistad que llega al punto del sacrificio, cuando Harry muere para salvar a Peter (es que nadie tiene mayor amor...). Por otro lado, en una escena posterior a la batalla final, Sandman le explica a Peter el motivo de su vida criminal y por qué asesinó accidentalmente al tío Ben. Y aunque no le pide a Peter que lo perdone, éste lo hace de todos modos. Así, Peter queda libre del rencor y del deseo de venganza contra el asesino de su tío, y como resultado se convierte en un hombre más libre, y en un héroe más... bueno, más heroico.



4. Hay que conocer más de lo que creemos saber para comprender al otro, para comprender sus acciones, sus palabras, sus errores. Tal vez lo que descubramos no justifique un acto malo, pero nos permitirá, Dios mediante, perdonar a los que nos ofenden. Es muy fácil ceder al deseo de hacer justicia, pero para ser verdaderamente justo hay que conocer mucho, pero mucho más de lo que sabemos (o creemos saber).



5. Siempre hay esperanza. Siempre se puede cambiar. Nunca hay que dejar de creer en la persona, no importa cuánto nos haya lastimado o decepcionado. El que ama, nunca pierde.



6. Hay que decir las cosas a tiempo. Esperar demasiado para decir algo puede tener consecuencias muy dolorosas en la vida de aquellos a quienes más queremos. Esto lo podemos ver en Peter (una y otra vez, a lo largo de las tres películas), pero esta vez lo grafica muy bien el mayordomo de los Osborn con su tardía intervención. Hubieras hablado antes, tío, y salvabas a mucha gente...



Spiderman es una película entretenida, una fantasía válida para recordar que la propia identidad es punto de partida para alcanzar la felicidad que tanto deseamos.



Juan Espejo - José Zapata
Con Mirada de Fe
Colaboradores de Pensamiento Católico

sábado

De la Devoción a la Virgen María (I)

Dice el gran doctor mariano San Luis María Grignion de Montfort, en su incomparable Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen: “Confieso con toda la Iglesia que, siendo María una simple criatura salida de las manos del Altísimo, comparada a la infinita Majestad de Dios, es menos que un átomo, o mejor, es nada, porque sólo Él es El que es (Ex. 3, 14). Por consiguiente, este gran Señor, siempre independiente y suficiente a sí mismo, no tiene ni ha tenido absoluta necesidad de la Santísima Virgen para realizar su voluntad y manifestar su gloria. Le basta querer para hacerlo todo. Afirmo, sin embargo, que dadas las cosas como son, habiendo querido Dios comenzar y culminar sus mayores obras por medio de la Santísima Virgen desde que la formó, es de creer que no cambiará jamás de proceder; es Dios, y no cambia ni en sus sentimientos ni en su manera de obrar. [...] La forma en que procedieron las tres divinas personas de la Santísima Trinidad en la Encarnación y primera venida de Jesucristo, la prosiguen todos los días de manera invisible en la Santa Iglesia y la mantendrán hasta el fin de los siglos en la segunda venida de Jesucristo. [...] La gracia perfecciona a la naturaleza, y la gloria, a la gracia. Es cierto, por tanto, que Nuestro Señor es todavía en el cielo Hijo de María, como lo fue en la tierra y, por consiguiente, conserva para con Ella la sumisión y obediencia del mejor de todos los hijos para con la mejor de todas las madres. [...]
* * *
Si Moisés, con la fuerza de su plegaria, contuvo la cólera divina contra los israelitas en forma tan eficaz que el Señor, altísimo e infinitamente misericordioso, no pudiendo resistirle, le pidió que le dejase encolerizarse y castigar a ese pueblo rebelde, ¿qué debemos pensar, con mayor razón, de los ruegos de la humilde María, la digna Madre de Dios, que son más poderosos delante de su Majestad que las súplicas e intercesiones de todos los ángeles y santos del cielo y de la tierra? [...] Dios Padre quiere formarse hijos por medio de María hasta la consumación del mundo, y le dice: In Jacob inhabita - “Pon tu tienda en Jacob” (Eclo. 24, 13); es decir, fija tu morada y residencia en mis hijos y predestinados, simbolizados por Jacob, y no en los hijos del demonio, los réprobos, simbolizados por Esaú. Así como en la generación natural y corporal concurren el padre y la madre, también en la generación sobrenatural y espiritual hay un Padre, que es Dios, y una Madre, que es María. Todos los verdaderos hijos de Dios y predestinados tienen a Dios por Padre y a María por Madre. Y quien no tenga a María por Madre, tampoco tiene a Dios por Padre. Por esto los réprobos como los herejes, cismáticos, etc., que odian o miran con desprecio o indiferencia a la Santísima Virgen no tienen a Dios por Padre aunque se jacten de ello, porque no tienen a María por Madre”.
San Luis María Grignion de Montfort
Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen
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