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Filósofos Cristianos, ¿Qué es eso?

Efectivamente, es posible hablar de la existencia de filósofos medievales, no solo en el caso de los musulmanes —como Averroes, Avicena y compañía— o de los judíos —como Maimónides—, sino también, y especialmente, de cristianos.

Sí, filósofos cristianos, entre quienes me refiero a san Anselmo de Cantenbury, Alejandro de Hales, san Alberto Magno, san Buenaventura, Duns Escoto y, especialmente, santo Tomás de Aquino, entre otros.

Se podría objetar rápidamente que estos no son ni fueron filósofos, sino simples teólogos. Pero no puede haber argumento más falaz, ya que la especulación en la sagrada ciencia no evita que haya una autonomía en el plano de la sola especulación racional que, además, hace válido el uso de la revelación para su mejor desarrollo. Pero esto último es otro tema, muy ligado al principal, claro está, y, a su vez, muy extenso.

Pienso que el quid del asunto se conduce en el plano lingüístico e, incluso, tradicional, dado que no se acostumbró a dar el nombre de filósofo a estos pensadores, sino solo el de teólogos. El título philosophus era aplicado a los pensadores paganos —aunque Aristóteles, por antonomasia, era llamado el Filósofo—. Por esta razón, era imposible que un cristiano consecuente se llamase filósofo, ya que no podía llamarse a sí mismo pagano: era antagónico per se. En consecuencia, es posible afirmar que sí eran filósofos, aunque no nominalmente.

Otro argumento a favor es el que dichos filósofos hacían una filosofía no solo apoyada de manera válida en la revelación sino, también, que los problemas que la teología no podía desarrollar por sí misma se los pasaba, cual posta, a la filosofía, para que, teniendo una base racional y discursiva, puedan darse argumentos teológicos mejor expuestos y desarrollados con ulterioridad, es decir, los problemas teológicos eran desarrollados desde una óptica filosófica.

Tan solo miremos por un momento los conceptos de persona, creación, acto de ser, participación, libertad, etc.: son ciertamente usados en teología, pero nacen del seno mismo de una filosofía —respetada por la sagrada ciencia— que usa el dato revelado para ayudarse y, más aún, ha ofrecido aportes totalmente novedosos, dado que tales conceptos no son desarrollados —algunos ni siquiera vislumbrados— por los filósofos antiguos, en particular por los griegos. Además, existe una dependencia hacia estos conceptos por parte de casi todos los filósofos modernos —por no decir todos—. Piénsese un poco en los sistemas filosóficos de Descartes, Leibniz, Espinoza, Kant, etc.; es más, incluso podemos afirmar lo mismo de muchísimos filósofos contemporáneos.

Podemos ver que la filosofía desarrollada en la Edad Media fue, de lejos, muy importante para la historia misma de la filosofía.

Además, si el sujeto que hace filosofía es un cristiano neto, quien no puede hacer filosofía al margen de su fe. No puede desarrollar un conocimiento sapiencial prescindiendo de verdades sapienciales que brinda la fe. El filósofo cristiano es tal por ser cristiano. Ve en el camino de la mística, en el desarrollo de la gracia, etc., una renovación de todo el ser del hombre y, con ello, de la misma razón. La razón es fortificada por la fe. Incluso la misma fe necesita de la razón. No puede haber una razón que rehúya de la fe ni una fe que le tema a la razón. Hacer lo uno o lo otro sería destructivo para ambas.

Ergo, el cristiano que desarrolla filosofía, descubriendo lo válido e inteligible de los datos revelados, ve como inestimable un desarrollo racional apoyado y repotenciado por estas verdades que, de iure, pudieron haber sido alcanzadas, algunas por la mera razón otras de facto, pero nunca pudieron haber sido desarrolladas por el solo discurrir racional.

Vemos que, tanto la historia, como el argumento de las novedades filosóficas y, también, el respaldo personalista y antropológico de la dimensión del cristiano, nos dan luces muy claras y ciertas para afirma que sí existieron filósofos en la Edad Media y no solo teólogos que desarrollaban cierto tipo de filosofía.

Por ello, podemos llegar a afirmar que sí existieron filósofos cristianos y que sí existió filosofía cristiana. Y, ciertamente, que aún existe, a pesar de que muchos continúen argumentando vanamente lo contrario.

Hay mucho desarrollo sobre el tema que indica lo absurdo que es hablar de una inexistencia de filosofía cristiana. Los debates surgidos en el siglo pasado le han dado una gran base a los argumentos a favor de su existencia. Basta ver los aportes de Étienne Gilson, Jacques Maritain, Juan Pablo II, Antonio Livi, John Henry Newman, Antonio Rosmini, Edith Stein, entre otros.

Es cierto que el debate sigue abierto. Los argumentos siempre pueden ser replanteados y mejorados. Nunca hay tema agotado en filosofía. Es algo que debe seguir siendo investigado y ahondado. Y todo aquel que se diga filósofo cristiano, si es desea ser consecuente con su propia realidad ontológica y personal, debe comprometerse con el recto desarrollo a esta, haciendo propios los desafíos planteados a la filosofía en la Fides et ratio.

Puede que se descubra muchas lagunas en este escrito; es obvio, dado que hay libros y libros(1) que tratan sobre este tema tan desarrollado y extenso. Pero, lo que deseo aportar con él es que se considere que sí hay argumentos —y no pocos— a favor de la existencia de filósofos cristianos y de una filosofía cristiana. Y que esto pueda ser —espero— un incentivo para los cristianos que desarrollan filosofía.
Ricardo Milla Toro
Pensamiento Católico

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(1) Deseo mencionar ciertos autores con obras referentes al problema de la filosofía cristiana, como es el caso de Étienne Gilson, especialmente en su obra El espíritu de la filosofía medieval (Madrid: Rialp, 1981; o L’Espirit de la philosophie médiévale. París: Vrin, 1932) ; además del recordado tomista —y amigo de Gilson— Jacques Maritain, De la philosophie chrétienne (París: Desclée, 1933), y también Le paysan de la garonne (París: Desclée, 1966). Menciono también a Marie-Dominique Chenu, con La foi dans l’intelligence (París: Les Ed. Du Cerf, 1964), a Régis Jolivet con Essai sur les rapports (sin datos editoriales.); a Antonio Livi con «Il cristianesimo nella filosofia. Il problema della filosofia cristiana nei suoi sviluppi storici e nelle prospettive attuali» (Vollana Methodos, n.° 1, Japadre Editore, L’Aquila, 1969) y a Juan Pablo II con la carta encíclica Fides et ratio. Hay muchos más libros referente al tema tanto a favor como en contra. Más información la detalla Gilson en «L’Espirit» y Livi en «Étienne Gilson». (He tomado lo anterior de Antonio Livi Étienne Wilson: Filosofía cristiana e idea del límite crítico —Pamplona: Universidad de Navarra, 1970—).

1 comentario:

rasputinsky dijo...

Es más fácil ser filósofo y cristiano que no cristiano y filósofo... si se trata de describir y dar la explicación última en el orden natural del mundo sensible... se está en mejores condiciones si se parte de la pacífica posesión de la existencia de Dios y de las verdades que la fe nos ha transmitido en el orden de la naturaleza: creación, preceptos morales, fín último, inmortalidad del alma...

Por eso el filósofo cristiano sale con ventaja en su estudio del mundo real... pero también, a veces, ese atajo le da malas pasadas porque resulta que en su simplificación pasa a una especie de "fideismo"... Como sé que las cosas son por la fe "no las argumetno suficientemente".

En ese sentido Santo Tomás es una pieza clave... es profundamente realista y no le vale la fe para lo que debe deducir por la razón. No mezcla los argumentos donde no debe mezclarlos.

Si bien, en la Edad Media, tenían la suerte de una pacífica posesión de la realidad de la existencia de Dios sin traumas ni agobios ni complejos.

Hoy el puente está roto porque además de que el argumento concluya, debo "querer admitirlo" y... sin ese querer... aunque vea blanco ¡afirmaré que "para mí" es negro" !

Y eso es, sencillamente, dinamitar la filosofía.

frid

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