Un obispo, llamado Amfiloquio, queriendo dar a entender al emperador que se defraudaba el honor a Dios Padre, no dando honores divinos a Dios Hijo, solicitó ser presentado al emperador y al príncipe heredero al mismo tiempo.
Apenas hubo entrado, hizo al emperador una profunda reverencia, mientras que al príncipe no le dijo más que «Buenos días».
Encolerizóse Teodosio y le ordenó que rindiese a su hijo los merecidos honores, pero el obispo, sin turbarse, le respondió:
«Gran Emperador: Vuestra Majestad no quiere que se defraude a su hijo el debido honor; pues tampoco puede agradar a Dios Padre que se nieguen a su Hijo Unigénito los honores divinos. Es más: el Padre exige que se tributen a su Hijo los mismos honores que a El mismo.»
Y dichas estas palabras, tributó al príncipe heredero el honor debido. Estas palabras consiguieron su efecto, pues desde aquel momento el emperador profesó nuevamente la doctrina católica.
Catecismo de ejemplos
Extraído de: Spirago, Catecismo en ejemplos, t. I, Ed. Políglota, 5ª Ed., Barcelona, 1941, p. 187-189, n. 321 y 322
3 comentarios:
Estimado Omar: Si te parece reproduzco el artículo en mi periódico, citando la fuente y las referencias a vuestra publicación.
Federico
Un gusto tenerlo por estos lares estimado Frid; utilice los artículos que considere adecuados.
saludos
Buen comienzo
Publicar un comentario