lunes

Os suplicamos en nombre de Cristo...

…Dejáos reconciliar con Dios

Si miramos a nuestro alrededor con un poco de realismo, que es ejercicio de humildad y valentía, veremos que a muchos de nosotros nos cuesta trabajo confiar del todo en Dios y organizar nuestra vida de cara a la vida eterna.


La mayoría de nosotros vivimos una vida ambigua y confusa, en la que intentamos combinar la fe y la comodidad, el espíritu cristiano y las concesiones al materialismo y al egoísmo. Aunque tenemos que luchar constantemente contra esta mediocridad espiritual, no nos tiene que asustar. Somos pecadores. Llevamos el pecado muy dentro de nosotros.


La Biblia y las enseñanzas de la Iglesia nos hablan de una condición pecaminosa original que nos hace difícil la plena confianza en Dios y la obediencia sincera y generosa a sus mandamientos. Pero esto no nos tiene que desanimar. Dios conoce nuestra verdadera situación, y a pesar de ello nos sigue queriendo, porque nos perdona y continúa pacientemente su obra de redención y de gracia hasta la consumación. Es más, El nos amó siendo pecadores y con su amor inmerecido nos hace posible la justificación interior y la riqueza de las buenas obras.


Afortunadamente, el principio y el fundamento de nuestra salvación no están en nuestras propias obras, sino en el amor fiel y perseverante de Dios. Dios nos ama irrevocablemente. Por este amor nos tiene destinados para la vida eterna en su Hijo Jesucristo, y por este mismo amor perseverante nos perdona, nos justifica y se llega hasta nosotros para ayudarnos a alcanzar la plenitud de nuestra vida en la felicidad gloriosa de la vida eterna.

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El arrepentimiento y la confianza en el perdón son el principio y la raíz de la verdadera religión. Sin verdadera penitencia interior y exterior no puede haber verdadera religión ni auténtica vida cristiana. Sin arrepentimiento personal de nuestros pecados, la piedad y la fe degenerarían fácilmente en orgullo y satisfacción de nosotros mismos. El anuncio del perdón y de la misericordia de Dios, unido a la exhortación a la conversión y al arrepentimiento de los pecados, es el inicio y el hilo permanente en la predicación de Jesús y parte central en el Evangelio de la gracia.


Como es verdad que el mayor bien que Dios nos ha dado es la promesa y la permanente posibilidad de la salvación eterna, también es cierto que nuestro mayor peligro es la posibilidad de la condenación como consecuencia de la obstinación en nuestro orgullo impenitente.


La acción positiva de Dios siempre es una acción de misericordia y de salvación. Sólo el orgullo y el rechazo contumaz de la soberanía y del amor de Dios pueden privarnos del gran don de Dios que es el ingreso en su vida gloriosa y eterna. Esto es lo que siguiendo una enseñanza constante de Jesús y de la Iglesia, llamamos el infierno, un estado trágico de existencia perdurable sin el gozo del encuentro amoroso con la Verdad y la Belleza de Dios.


La salvación es un encuentro en el amor ofrecido y aceptado. Y el amor es siempre una cuestión de libertad. Nadie puede entrar en el Cielo por la fuerza. En nuestras relaciones con Dios todo tiene que desarrollarse en el ámbito de la libertad y del amor.

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Jesús hace de la misericordia uno de los temas principales de su predicación. La anuncia y la vive como uno de los contenidos más importantes de su misión: “El Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido". “No son los sanos sino los enfermos los que necesitan la curación". “No he venido a buscar a los justos sino a los pecadores". “Hay más alegría en el Cielo por un pecador que se convierte que por cien justos que perseveren". En el momento culminante de la Cruz, sus palabras son palabras de perdón y de esperanza (Cf Lc 5, 31-32; Lc 15; Lc 23, 33-49).


El Señor Jesús, en todo santo, buscó a los pecadores, anunció y otorgó el perdón de los pecados a cuantos se acercaron a El con humildad y verdadero arrepentimiento (Cf. Lc 7, 47-50; 15, 7. 10. 11-31; 18, 9-14; 19, 9) En este ministerio de gracia y de perdón Jesús era revelador del Padre, revelador e instrumento primordial de la gracia de Dios sanante, perdonante y santificadora (Cf Lc 15).


En el momento culminante de la memoria de Jesús, cuando la Iglesia recuerda y renueva sacramentalmente el sacrificio de Cristo, señala expresamente el fruto primero de la muerte de Jesús: “Esta es mi sangre derramada por vosotros, para el perdón de los pecados". La muerte y la resurrección de Jesús constituyen la manifestación decisiva del amor de Dios hacia nosotros, por la muerte y la resurrección nos llegan el perdón de los pecados y la posibilidad de la vida eterna.

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A veces, llevados por el deseo de atraer y de no asustar a los fieles, presentamos el amor de Dios como si fuera un amor indulgente al que no le importan nuestros pecados, que pasa por encima de ellos casi sin tenerlos en cuenta. La verdad es que el amor de Dios no es indulgente con el pecado porque el pecado es incompatible con la eficacia de sus dones en nosotros. Dios ama al pecador irrevocablemente, pero reclama siempre el abandono de los pecados. Jesús, a la vez que ofrece el perdón de los pecados, reclama la conversión y el cambio real de vida. Podemos pensar en muchos pecados concretos, pero es importante que nos demos cuenta de que por debajo de todos ellos está el desconocimiento y la falta de amor hacia Dios.

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Muchas veces nos acusamos de pecados concretos, de faltas concretas contra uno u otro de los mandamientos de Dios o de la Iglesia. Está bien y así tiene que ser. Pero un examen más sincero de nuestra vida nos tiene que llevar al descubrimiento de que nuestro pecado de fondo es la falta de amor a Dios y al prójimo, la falta de reconocimiento efectivo de la bondad de Dios y de su importancia en nuestra vida, la idolatría oculta de las cosas de este mundo a las que dedicamos más tiempo y amamos más efectivamente que al Dios vivo y salvador porque nos dejamos llevar de la ilusión de que nos hacen más felices y son más importantes que Dios mismo.


Necesitamos recuperar vivamente el conocimiento religioso del pecado como olvido y menosprecio, incluso como rebeldía contra los designios y la providencia de Dios, como afincamiento en nosotros mismos, falta de amor y de humildad ante la grandeza y la bondad de Dios, falta de confianza para obedecer de verdad sus mandamientos en vez de cerrarnos y endurecernos en nosotros mismos.


Con el mandamiento del amor al prójimo nos ocurre algo semejante. Lo aceptamos para aplicarlo en el círculo reducido de nuestros familiares y amigos. Quizás somos capaces de no hacer mal a los demás, pero difícilmente llegamos a querer para los demás lo que queremos para nosotros mismos, a medirlos con la misma medida de amor y comprensión con que nosotros queremos ser medidos, a ofrecer el perdón y la reconciliación a quienes nos han ofendido (Cf Lc 6, 34-36).


La verdadera penitencia nace en nuestro corazón cuando nos comparamos con la santidad de Jesús, cuando nos medimos con lo que El ha descrito como conducta propia de sus discípulos, cuando nos miramos en El con amor. “Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a quienes os odian. Bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os maltratan” “Sed misericordiosos como es misericordioso vuestro Padre del Cielo”. (Lc 6, 27-28)


De este pecado profundo que es la falta del amor sobrenatural a Dios y al prójimo, nacen fácilmente otros muchos pecados concretos. Cuando nuestros corazones no están interiormente renovados y justificados por la acción del Espíritu Santo y la presencia del amor sobrenatural de Dios y del prójimo, esta falta de amor y de piedad efectiva se concreta y se manifiesta en otros muchos pecados de acción y de omisión que los mandamientos de Dios y de la Iglesia se encargan de revelar y poner de manifiesto.

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Termino con la hermosa cita de San Pablo con la que he comenzado: “El amor de Cristo nos impulsa a pensar que si uno ha muerto por todos, todos hemos muerto de alguna manera. El ha muerto por todos para que los que estamos vivos no vivamos ya para nosotros, sino para Aquel que ha muerto y resucitado por nosotros. De modo que nosotros ya no conocemos a nadie según la carne, y si hemos conocido a alguien según la carne, ahora no lo conocemos ya así. Pues si uno está en Cristo, es una creatura nueva. Las cosas viejas han pasado. Ahora todo es nuevo. Y todo esto viene de Dios que nos ha reconciliado con El por medio de Cristo y nos ha confiado a nosotros el ministerio de la reconciliación. Ha sido el mismo Dios quien ha reconciliado el mundo entero consigo en Cristo, no cargando más a los hombres con sus culpas y entregándonos a nosotros la palabra de la reconciliación. Nosotros hacemos de embajadores de Cristo como si Dios mismo os exhortase por medio de nosotros. Os suplicamos en nombre de Cristo: dejáos reconciliar con Dios. A Aquel que no conoció el pecado, Dios lo trató como si fuera pecado a favor nuestro, para que por medio de El nosotros pudiéramos llegar a ser justicia de Dios” (II Cor 5, 14-21).



Monseñor Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo emérito de Pamplona y Tudela

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1 comentario:

Ivan dijo...

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