viernes

Los regalos costosos hechos al papa


¿Por qué el papa utiliza zapatos de tal marca o anteojos para el sol de tal otra, sumamente caros? ¿Por qué utiliza objetos de lujo durante sus visitas (porcelana fina, sábanas francesas, etc.)? Mucha gente incluso generaliza y pregunta alegremente: ¿por qué el papa es tan lujoso?


No voy a hablar aquí del clásico «¿Por qué la Iglesia no vende sus riquezas y las reparte entre los pobres?». Ya en alguna ocasión he dicho que ese es un argumento propuesto por personas que no tienen más de dos dígitos de cociente intelectual (y dos bien bajitos).


Y es que si la Iglesia vendiera todos los tesoros que tiene, estos dejarían de ser públicos. Sin pagar, hoy cualquiera puede entrar en San Pedro y ver el baldacchino, ver la Piedad o entrar gratuitamente una vez por semana a los museos vaticanos para apreciar la belleza de los tesoros de la humanidad custodiados por la Iglesia.


Si se vendieran, pasarían a ser propiedad tan solo de algunos millonarios que se las mostrarían a otros cuantos amigos millonarios, y todo ello no daría para dar más que diez centavos de dólar a cada uno de los pobres del mundo. No se lograría nada y se estarían enajenando todas estas riquezas artísticas que hoy son propiedad del mundo entero.


Entonces eso de que la Iglesia venda sus riquezas es un absurdo de personas que o bien tienen un cociente intelectual muy bajo o simplemente no piensan en las consecuencias de algo tan absurdo.


Pero vamos a los trajes del papa. Resulta que el pontífice recibe centenares de regalos al día, yo soy testigo. Alguna vez me tocó presentarle un regalo en nombre del Perú; se trataba de un retablo ayacuchano, una obra de arte popular muy fina. Conmigo había una treintena de grupos étnicos o representantes de varios países que le llevaban también cosas muy hermosas: el Líbano ofreció un trabajo artístico en finísimo cedro; otros llevaron artículos de platería u orfebrería y había quienes trajeron canastas enormes con quesos, jamones y panes de sus propias regiones —que, siendo el mediodía, hasta a mí me provocaban—.


La mayoría de estos presentes no termina en manos del papa. Los muebles finos que ciertas mueblerías le regalan al papa, por ejemplo, constantemente terminan en las oficinas de los dicasterios vaticanos: sale infinitamente más barato que comprar muebles. Cuando uno va a un dicasterio vaticano se da cuenta de que entre una sala y otra existe un abismo en la decoración: en una sala se puede encontrar muebles Luis XIV, y en la siguiente, muebles de los años sesenta. En un dicasterio me explicaban: «Bueno, es que estos que estaban de moda en la década de los sesenta se los regaló una mueblería al papa Juan XXIII».


Lo que aparentemente es una preferencia por objetos costosos y lujosos, en realidad no es sino muestra de la austeridad con la que actúan el Vaticano y el mismo papa.


Y ya que hablamos del papa, podemos poner también ejemplos. A él le donan centenares de calzado de las más diversas zapaterías, desde algunas pequeñísimas al norte de Italia —que hacen trabajos muy finos y de mucha calidad— hasta marcas destacadas. Lo mismo sucede con anteojos y otros accesorios: se los regalan. Y él, precisamente para ahorrarle dinero a la Santa Sede, en vez de salir a comprar zapatos o de mandarse a hacer unos, se fija cuáles le quedan y los comienza a utilizar —en especial este pontífice—.


Cuando se dice que el papa utiliza zapatos de tal marca, que cuestan tantos miles de dólares, o que utiliza tales anteojos de sol, que cuestan otros tantos cientos, es importante saber que él no tiene ni idea del costo: él elige lo que le sirve, lo que ve más resistente y adecuado para sus 80 años, y el resto lo envía a actividades caritativas.


Nadie sabe, por ejemplo, que hace un tiempo un albergue para personas sin hogar en Minneapolis (Estados Unidos), llamado Sharing and Caring Hands (‘manos que cuidan y comparten’), recibió un paquete enorme de Roma lleno de zapatos muy finos, enviados por el mismo Benedicto XVI. Estos zapatos no se vendieron por el alto precio que tienen en el mercado; se vendieron todavía más caros porque mucha gente los quería como recuerdo del papa Benedicto XVI… ¡y eso que ni siquiera los había usado!¨[1]


El papa actúa de esta manera completamente desprendida. Él no hojea revistas de modas y dice «Ah, mira estos zapatos son caros y están de moda» o «Estos son los zapatos que está utilizando Tom Cruise, los voy a utilizar yo también». ¡Por favor! El papa no piensa así ni lee esas revistas frívolas.


Ninguno de los pontífices, recientes —ni siquiera los del siglo pasado— se debe de haber preocupado por la moda, para nada. No creo que encajara en su psicología. Queda más claro aun cuando se ve la historia de austeridad de este papa —cómo comía los almuerzos más baratos, por ejemplo, en los restaurantes cercanos a su pequeñísimo departamento, frente a las puertas de Santa Ana—, que jamás pide artículos de lujo ni goza con ellos.


¿Y qué hay de su visita al Brasil, la porcelana fina y las sábanas francesas? Yo no sé de dónde salieron esas cosas, pues cuando estuve allá cubriendo su visita, no recuerdo haberlo visto en la información que circulaba. Sin embargo, aun si fueran ciertas, no me sorprende: si cuando un visitante viene a nuestra casa cada uno de nosotros trata de ofrecerle lo mejor que tiene, y sacamos la vajilla de diario de la mesa y ponemos la de las situaciones especiales, y cosas así, ¿cómo no vamos a esperar que los distintos países que reciben al papa —por un gesto de caridad, acogida y benevolencia— no pongan lo mejor que tienen para recibirlo?
Esas cosas están ahí no porque el papa las pida. Y eso me consta, porque sé cómo se preparan las visitas pontificias. Los enviados del papa que se encargan de los detalles del viaje solamente se aseguran de cosas como que el vehículo que lo transporte sea seguro, que no se le plantee un horario recargado, que la alimentación sea sana y que su lugar de descanso esté lo suficientemente aislado y protegido del ruido como para que pueda recuperarse físicamente con un buen sueño. Nada más. Quienes adelantan la visita del papa no piden sabanas finas —ni de seda ni de oro— ni vajilla fina; no piden ninguna de esas cosas, jamás.


Entre quienes hacen este tipo de preguntas sobre los artículos de lujo del papa, generalmente hay dos grupos de personas.


Los primeros sinceramente quieren saber por qué el pontífice utiliza zapatos de esta marca. Pues bien, la respuesta está ahí: recibe infinidad de regalos, él no conoce de marcas, no le interesa, no le debe de interesar; utiliza simplemente los zapatos más adecuados para su edad, su talla y sus necesidades, y regala lo demás a obras de caridad.


Los otros preguntan simplemente porque andan a la caza de alguna hilachita, algún polvo, alguna cosa que arrojarle a la Iglesia para justificar sus propias fobias. Estas personas ya tienen una antipatía previa y utilizan cualquier excusa para criticar al papa o al Vaticano. En estos casos ya no hay nada que hacer: los católicos no tenemos por qué andar perdiendo tiempo con ellos. Tan solo queda decirles: «Mira si aquello te sirve como justificación para odiar a la Iglesia o despreciarla, eso cae en tu conciencia.


En algún momento se te preguntará si amaste a la Iglesia, y cuando eso suceda ya será cuestión tuya responder “No, no la amé porque no me gustaban los zapatos que utilizaba el papa”. Vamos a ver si ese argumento te servirá para justificarte el día del Juicio».


Alejandro Bermudez
Adaptación: Enrique Gordillo - Pensamiento Católico
-------------------------------------------
[*] Este artículo es una adaptación de «Los regalos costos hechos al Papa», título que el autor dio a la emisión del 16 de noviembre del 2007 de su podcast Punto de vista. Para esta adaptación contamos con los permisos respectivos.



4 comentarios:

Angel Muñoz dijo...

Es muy dificil que los que no conocen la espiritualidad de los papas puedan hacer un comentario adecuado de lo que usan o no usan.
Algún día Benedicto XVI será tan admirado como lo fue Juan Pablo II (el grande) a mi personalmente me parece maravilloso y sus respuestas son admirables.

Florencia dijo...

Estimado Sr. Alejandro Bermudez:
Ante todo le diré que mi coeficiente intelectual es de 115, por lo que supera los dos dígitos y que mi interés no es de debatir sobre la mejor forma de distribuir las riquezas que tiene la Iglesia, porque para eso ya hay doctores muy entendidos en ello.
Pero sí tengo el propósito de criticar su artículo porque me parece totalmente demagógico y nada claro.
Los bienes que tiene, ingresa y distribuye la Iglesia católica no son un debate de fé, sino un debate económico, porque es la propia Iglesia la que ha hecho de su doctrina, un negocio. El Vaticano no solo controla un patrimonio artístico muy importante, sino que también controla negocios, bancos, medios de comunicación y hasta tiene intervención en las altas esferas políticas. Todo eso necesita una financiación y esta no viene de limosnas o donaciones, viene de una estructura económica que valiéndose de los privilegios que tiene en muchos Estados le ha hecho ser una de las estructuras más ricas del planeta.
Solo una pequeña parte del debate, a nivel mundial, es la repartición de las riquezas artísticas, a las que usted se refiere en este artículo, y de las que nos dice debemos estar agradecidos porque esten en manos del Vaticano y no en colecciones privadas porque entre otras cosas se muestran gratis al público. Bien dejando aparte la forma en que llegaron estos tesoros a manos de la Iglesia, le debo decir que muchas colecciones privadas han sido vendidas o donadas a Estados del todo el mundo, sin que se hayan dispersado o perdido, al contrario han sido abiertas por esos países al público en general, le puedo poner el ejemplo de la Colección Thyssen comprada por el estado español o la colección Picasso donada a Francia. Cuando un hecho así tiene lugar, los herederos se cuidan de poner como condición no solo el precio de dicha colección, sino también lugar en que va a estar ubicada y conservación de la misma, no se donan colecciones tan importantes sin unas garantías mínimas y son tuteladas por expertos en Arte, Historia y Finanzas, por lo tanto esas colecciones no se dispersan y se pierden entre "millonarios que solo se las muestran a amigos millonarios", son colecciones públicas y en muchas ocasiones gratuitas y disponibles para el público en general. Pero ya le digo que no es mi intención sugerir aquí una donación y una gestión estatal de la cual la Iglesia no solo sacaría una cuantiosa suma sino que además podría gestionar una parte del billete de ingreso como ingreso de por vida, ahorrandose la conservaciòn y mantenimiento que tanto dicen costarles y pudiendo destinar esos dineros para otras obras, no, para eso ya hay una comisión de entendidos.
Pero señor Bermudez no engañe diciendo el bien que nos hacen dejándonos acceder gratis a S. Pedro y una vez por semana a los museos, San Pedro es una basílica, casa de Dios y a la casa de Dios, no se le puede poner taquillas, si pudieran, ya las habrían puesto. También puede usted acceder gratis a las mezquitas musulmanas y a las sinagogas judías. Los museos vaticanos son de los más caros del mundo, la entrada cuesta 15 e. + 4 e. de reserva, mientras museos, que también tienen un día a la semana de visita gratuito, como el Museo del Prado de Madrid, cuesta 7 e. Louvre en París, 9 e. o Uffizi en Florencia 7.50 e. y ya no contemos con el British Museum que es gratuito. Continua...

Florencia dijo...

...Y dejando aparte el lado artístico y centrándonos en lo que el título del articulo definía como regalos costosos, bien es cierto, señor Bermudez, que esos regalos se reciben a diario en el Vaticano, y se reciben desde tiempos inmemoriables, prueba de ello es que una sala de los museos esta dedicada a estos regalos, pero actualmente y con la sociedad de marketing y consumismo en que vivimos, no se dan desinteresadamente, la empresa que le envía al Papa una serie de anteojos y a la que el Papa le sigue el juego poniéndoselos, puede decir el Papa usa anteojos marca tal, el Papa, el representante de Cristo en la Tierra se convierte en hombre anuncio, usando los zapatos tal o los guantes cual, los dueños de esas empresas no estan movidos por la fé católica, sino por la fé consumista y publicista y el Papa se presta a ello, y hasta tal punto que la revista Esquire nombró en el 2.007 al Papa Benedicto XVI como "el mejor portador de accesorios". Ah y de nuevo le digo que es verdad que diariamente se reciben regalos, pero señor Bermudez, permitame decirle que los zapatos que lleva Benedicto XVI, no los ha excogido de una pila de restos, como usted nos insinua, son hechos a medida y en exclusividad para él por la sastrería pontificia Ditta Annibale Gammarelli y no son un obsequio, son pagados religiosamente, como de tan alta esfera se espera.
Cualquier ciudadano puede criticar los acuerdos hechos por el gobierno de su propio país, sin que en ningún momento se le cuestione su amor a la patria, por lo tanto cuando el pueblo de Cristo, cuestione las finanzas y administración de su gobierno, no cuestione usted su fé o su entrega, porque hará pura y baja demagogia.
Reciba un cordial y cristiano

Pablo dijo...

Es preferible el rico que da, que el pobre que envidia y que habla..! Saludos Florencia!

Google+