jueves

Un buen devocionario

En un convento vivía un anciano hermano lego, muy piadoso. Era jardinero y se dedicaba con todo empeño a su trabajo. No tenía ninguna instrucción, ni siquiera sabía leer.

[...] Cierto día le preguntó un hermano más joven cómo podía rezar con tanta devoción.

El anciano religioso sonreía.

- Yo tengo un devocionario muy bueno; allí está, dijo señalando el crucifijo.

– Sí, sí –contestó el otro–, pero no veo nada escrito en este libro.

– Sin embargo –le explicó el hermano–, hay tanto que aprender en este libro que nunca terminarías de hacerlo.

– No comprendo lo que quiere decir; explíquemelo.

El anciano, tomando asiento en un banco, empezó así:

– Cuatro veces leo todos los días en este libro. Por la mañana miro los pies de Jesús crucificado; estos pies han caminado mucho para buscar las ovejas perdidas y extraviadas. Una de esas soy yo. Entonces pienso en mis pecados y me arrepiento de ellos.

Hacia mediodía contemplo las manos del crucificado y digo:

Estas manos están extendidas y abiertas para regalarme gracias y favores. De todos ellos –¡Y son tantos los que he recibido!–, me acuerdo y doy gracias a Dios.

Más tarde considero la cabeza de Jesús, con tantas heridas y discurro así:

En esta divina cabeza está toda la ciencia y sabiduría y esta boca nos ha anunciado las verdades eternas de nuestra santa religión, y entonces realizo actos de fe en mi corazón.

Por la tarde miro la llaga de su costado y pienso:

Este corazón ha sido traspasado por mí para ser mí refugio en la vida y en la muerte. Entonces pienso en mi muerte, encomendándome al Sagrado Corazón de Jesús.

¿No ve, querido hermano, cuánto se puede leer en este libro?

– Lo tendré muy presente –dijo el joven–, y trataré de aprender a leer en él.

Contemplad a menudo el crucifijo y aprenderéis mucho.



P. Pablo Schneider, S.C.D.

Extraído de: "Cristo Crucificado"; Editorial Guadalupe Bs.AS. 1959, pag 19– 20, 105– 107.

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