viernes

¿Vamos a abandonar nuestra casa?


¿Vamos a abandonar nuestra casa por la presencia de vasos malos? El Dios de esta gran casa sabe muy bien utilizar tanto los vasos honoríficos como los despreciables. Si los malos saben usar perversamente las cosas buenas, ¿no va a saber Dios usar bien de las malas? ¿De qué bienes usan los malos? De las criaturas de Dios, que son todas buenas…


Y ¿por qué viven estos tales en la casa de Dios? Te responderé: Son vasos despreciables, pero Dios sabe usar de ellos; no se equivoca el que los creó, porque el que pudo crearlos sabe también reducirlos al orden y les ha dado un lugar en su gran casa.

Ahora bien, si me preguntas cómo usa Dios de ellos para el bien, te confieso que, como hombre que soy, no puedo explicarte las doctrinas de Dios.
San Agustin

miércoles

Ese momento que será el último



Vivir momento a momento con intensidad es el secreto para saber vivir bien ese momento que será el último. Escribe Pablo VI en su «Pensamiento sobre la muerte»:


«No mirar hacia atrás, sino hacer gustosamente, sencillamente, humildemente, firmemente, el deber resultante de las circunstancias en las que me encuentro por voluntad tuya. Actuar rápidamente. Hacer todo. Hacerlo bien. Obrar alegremente lo que Tú quieres ahora de mí, aunque supera inmensamente mis fuerzas y aun cuando me pidas la vida) Finalmente, en esta última hora».


Cada palabra, cada gesto, cada llamada telefónica, cada decisión, deben ser la cosa más hermosa de nuestra vida. Reservemos a todos nuestro amor, nuestra sonrisa, sin perder un segundo.


Cada momento de nuestra vida sea
el primer momento,
el último momento,
el único momento.


Quisiera concluir esta meditación con una oración de la santa sor Faustina Kowalska:


«Si miro al futuro, me asalta el miedo,
Mas ¿por qué adentrarse en el futuro?
Sólo aprecio la hora presente,
Porque el futuro quizá no habitará en mi alma.


El tiempo pasado no está en mi poder
Para cambiar, corregir o añadir algo. Ni los sabios ni los profetas han podido hacer esto.
Por tanto, confiemos a Dios lo que pertenece al pasado.
¡Oh momento presente!, tú me perteneces completamente.


Deseo utilizarte para cuanto está en mi poder (...)


Por eso, confiando en tu misericordia
Avanzo por la vida como un niño,
Y cada día te ofrezco mi corazón
Inflamado de amor para tu mayor gloria».


Cardenal F. X. Nguyen van Thuan

(Testigos de esperanza, Ed. Ciudad Nueva, 7ª Ed., Buenos Aires, 2003, pp. 68-71)

jueves

Escribo temblando

A Jesús:

Querido Jesús, ... Yo me esfuerzo por mantener contigo un diálogo continuo. Pero traducido en carta me resulta difícil: son cosas personales. ¡Y tan insignificantes! Además, ¿qué voy a escribirte a Ti, de Ti, después de tantos libros como se han escrito sobre Ti? Por otra parte, tenemos el Evangelio. Como el rayo supera cualquier fuego, y el radio todos los demás metales; como un misil supera en velocidad la flecha del pobre salvaje, así el Evangelio supera todos los libros. No obstante, he aquí mi carta. La escribo temblando, sintiéndome como un pobre sordomudo que hace enormes esfuerzos para hacerse entender, y con el mismo estado de ánimo que Jeremías, cuando, enviado a predicar, te decía, lleno de repugnancia: "¡No soy nada más que un niño, Señor, y no sé hablar!"

...

Tú te acercas a los pecadores y pecadoras, comes con ellos, te invitas Tú mismo, si ellos no se atreven a invitarte. Das la impresión - es la que yo tengo - de preocuparte más de los sufrimientos que el pecado causa a los pecadores que de la ofensa que hace a Dios. Infundiéndoles la esperanza del perdón, parece que les dices: "¡Ni siquiera os imagináis la alegría que me produce vuestra conversión!"

...

El día en que enseñaste: Bienaventurados los pobres, bienaventurados los perseguidos, yo no estaba allí. Si hubiera estado junto a Ti, te hubiera susurrado al oído: "Por favor, cambia, Señor, tu discurso, si quieres que alguien te siga. ¿No ves que todos aspiran a las riquezas y a las comodidades? Catón prometió a sus soldados los higos de África, y César las riquezas de la Galia y, bien o mal, encontraron seguidores. Tú prometes pobreza, persecuciones. ¿Quién quieres que te siga?" Impertérrito, continúas y te oigo decir: Yo soy el grano de trigo que debe morir antes de fructificar. Es preciso que yo sea levantado sobre una cruz; desde ella atraeré a mí el mundo entero. Ya se cumplió esta profecía: Te levantaron sobre la cruz. Tú la aprovechaste para extender los brazos y atraerte a la gente. ¿Quién podrá contar los hombres que han llegado hasta el pie de la cruz, para arrojarse en tus brazos?

...

Estoy acabando de escribir esta carta. Nunca me he sentido tan descontento al escribir como en esta ocasión. Me parece que he omitido la mayoría de las cosas que podían decirse de Ti y que he dicho mal lo que debía haber dicho mucho mejor. Sólo me consuela esto: lo importante no es que uno escriba sobre Cristo, sino que muchos amen e imiten a Cristo. Y, afortunadamente - a pesar de todo -, esto sigue ocurriendo también hoy.
Mayo 1974
Cardenal Albino Luciani
(Juan Pablo I)

martes

¿El consenso o la verdad?


Contrarios a la verdad son el error y la mentira. Contrarios al consenso son el disenso y, en ocasiones, la actitud violenta ante quienes tienen un punto de vista diferente del propio.



Parecería, entonces, que consenso y verdad no podrían oponerse, porque se colocan en ámbitos distintos.


Sin embargo, existe una tendencia a buscar el consenso por encima de la verdad o al margen de la verdad. Como si la verdad, la idea de poseer la verdad, fuese enemiga del consenso. Y como si el consenso fuese alcanzable con más facilidad si cada uno renunciase a ver su punto de vista como “verdadero”, para relativizarlo en el contexto de un mundo pluralista.


En realidad, el consenso más profundo y completo entre las personas se logra precisamente cuando encuentran la verdad. Es hermoso, en ese sentido, constatar cómo hombres y mujeres llegan a sentirse unidos entre sí precisamente desde el descubrimiento y la aceptación de una verdad que reúne, que crea comunidad.


También, hay que decirlo con dolor, a veces una mentira vestida con ropajes de verdad se convierte en fuente de consenso, de cohesión, de armonía. Pero la mentira, tarde o temprano, revela su debilidad y su engaño. Vivir en la mentira lleva al desengaño y al fracaso, aunque a veces ofrezca ilusiones pasajeras y un cierto sentido de seguridad frágil.


Por eso, en las discusiones sobre los grandes temas humanos, el consenso sólo merece ser alcanzado desde el compromiso sincero por buscar la verdad.


Al hablar sobre el cambio climático, la pena de muerte, el aborto, la dignidad humana, la existencia de otra vida, las distintas ideas religiosas, hay que dejar de lado compromisos fáciles o relativismos engañosos para ir a fondo: ¿quién tiene la verdad? ¿Quién está en el error?


No tiene sentido, por lo mismo, buscar el consenso por el consenso como si fuese la meta, pues la meta es la verdad, no el consenso. Igualmente, no es correcto criticar a quienes tienen un punto de vista firme y decidido simplemente porque así “van contra el consenso”. Lo que importa es saber confrontar las opiniones con la verdad, y descubrir cuál posición sea más verdadera y cuál, en cambio, sea más engañosa o errónea.


El relativismo no lleva a ningún consenso sano. Porque parte de una premisa falsa (aceptada, incluso impuesta, como “verdadera”), según la cual todos los puntos de vista valen lo mismo.


Así sólo se consiguen acuerdos y consensos vacíos y pobres, capaces de llevar a dramas humanos como el del aborto legalizado en muchos países, o al uso y destrucción de embriones humanos en los laboratorios, o a la política de cierre de fronteras que impide un justo intercambio de productos y que mantiene en su pobreza a millones de seres humanos.


Más allá del relativismo está el deseo sincero por buscar la verdad sobre el hombre, sobre el mundo, sobre Dios. Desde ese deseo será posible avanzar, poco a poco, hacia un consenso profundo y pleno. Un consenso que debe arrancar de una verdad indiscutible: todos los seres humanos tienen la misma dignidad y merecen respeto, desde su concepción hasta su muerte.


La búsqueda de la verdad es el mejor camino para conquistar consensos capaces de construir un mundo más justo y más fraterno, para unir a millones de seres humanos por encima de diferencias raciales, culturales o lingüísticas.




P. Fernando Pascual


Dios nos saca del lodo


Un niño está jugando al borde de un pantano. De pronto resbala y cae al lodo. Allí, hundiéndose se revuelca sin poder salir, llora y pide con angustia ayuda.


La madre le ve, se dirige a él y ¿qué hace? ¿Por ventura lo hunde más hasta ahogarlo en el pantano, aunque haya caído en el lodazal por culpa suya? ¡Oh, no!, le saca, le abraza llena de ternura, le enjuga las lágrimas, le estrecha contra su corazón, le limpia el fango que le mancha y le ama más viéndole llorar y sufrir. Y no es que la madre ame el fango en que ha caído su hijo: es que, caído y todo, no deja de ser el fruto de sus entrañas.


Pues esto hace Dios con los pecadores cuando caen en el fango del pecado. No es que ame el pecado. Es que los ama a ellos, que aun caídos son hijos desgraciados, redimidos con la sangre de la cruz. No desconfiéis. Id a vuestro Padre como el hijo pródigo. El os perdonará, os estrechará contra su corazón y os dará la vestidura blanca y salvadora de la gracia.


(Mauricio Rufino, Vademecum de ejemplos predicables, Ed. Herder, Barcelona, 1962, nnº 1104, 1265 y 1277)

miércoles

María, Madre de Dios


Madre no es un título como los demás que se le añade "exteriormente" sin incidir sobre su persona.



Al contrario, se llega a ser madre pasando a través de una serie de experiencias que dejan su marca para siempre y modifican no sólo la conformación del cuerpo de la mujer, sino también la concencia que ella tiene de sí misma. Es una de esas cosas que suceden "de una vez para siempre".



Toda madre da a su propio hijo el cuerpo, no el alma que es infundada directamente por Dios. Y a pesar de esto yo no llamo a mi madre "madre de mi cuerpo", sino sencillamente mi madre, madre de todo lo que yo soy, porque en mi cuerpo y alma forman una sola naturaleza o realidad.



Así, análogamente, María debe ser llamada Madre de Dios, aunque haya dado a Jesús sólo la humanidad y no la divinidad, porque en él humanidad y divinidad forman una sola persona.



P. Raniero Cantalamessa



martes

Las excusas del infiel


Los malos cristianos hacen muchas obras malas. Y las personas que están fuera (de la Iglesia) y no quieren convertirse al cristianismo, encuentran en aquéllos muchas excusas.


Al que le aconseja rendirse a la fe, suele responder: ¿Quieres que yo sea como ése o aquél? Y nombra a uno o a otro. En ciertas ocasiones es verdad lo que dice. Pero, cuando no puede encontrar a un individuo a quien señalar, tampoco le cuesta mucho trabajo lanzar una calumnia. Y como él calumnia con tanta seguridad, consigue que el oyente comience a sospechar.


Y tú al oír a alguien decir tales cosas, como quizá has conocido en alguna ocasión a hermanos tuyos que son malos, piensas en tu interior: cierto es lo que éste me cuenta: peligros de los falsos hermanos.


Pero no desfallezcas. Lo que él busca sélo tú. Sé tú buen cristiano y convencerás al pagano calumniador.

San Agustín

viernes

Sacerdocio y castidad

El celibato es un don de Dios. Y, como todo don, puede ser acogido o rechazado, total o parcialmente. Pero si el celibato no es para todos, la castidad sí lo es. Para casados y para solteros, para sacerdotes y para laicos. “La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado (cf Si 1, 22)”, dice el Catecismo. Una pedagogía de la libertad humana. No nacemos libres, sino que tenemos que aprender, poco a poco, con caídas, con errores, a llegar a serlo. Cada uno a su modo, según su estado de vida. Que un sacerdote se enamore de una mujer es, humanamente, comprensible. Pero también es comprensible, y deseable, y exigible, que aprenda a entregarse a sí mismo con todas las consecuencias, llegando a ser “ante el prójimo un testigo de la fidelidad y de la ternura de Dios”. Ojalá que si tenemos noticia de alguna debilidad humana, y entre ellas están las debilidades de los sacerdotes – no las únicas, por otra parte - , no caigamos en la tentación de rebajar los ideales. Sería lo fácil, quizá, pero no sería lo justo.
P. Guillermo Juan Morado

jueves

San Tarsicio: El mártir de la Eucaristía


Fue el niño Tarsicio, que sucumbió en la persecución de Valerio el 15 de agosto de 257, apaleado y apedreado hasta exhalar el último suspiro.



Según se deduce de las actas de San Esteban Papa(1), el muchacho pertenecía a la clerecía del título de San Calixto y circulaba con frecuencia entre Roma y la vía Apia. Llevaba aquel día, como acólito, según la costumbre de la época de persecución(2), los sagrados misterios, ocultos bajo sus vestidos, a los presos de la cárcel Mamertina.



Un grupo de soldados que custodiaba la entrada de las Catacumbas le apresó y le reclamó lo que llevaba en el pecho. El niño rehusó hacer traición a su fe y dijo: 'No quiero dar a los perros rabiosos los misterios de Dios'. La bárbara soldadesca lo maltrató hasta que rindió su vida. El cadáver, recogido allí mismo, fue depositado en el cementerio de San Calixto(3).



El papa San Dámaso dedicó al mártir uno de sus poéticos epitafios(4):



'Cuando Tarsicio llevaba la hostia de Cristo, una turba desenfrenada intentó profanarla. Pero él prefirió exhalar su vida bajo los golpes antes de entregar como presa a los rabiosos perros los miembros celestes'




-----------------------------------------

1. cf. AAS, t.3 P 143‑144

2. cf. Duchesne, Lib. Pontif. 1,169,4

3. cf. De, Rossi, Roma Sotterranea t.2 P7 10 y 89 Roma 1867

4. cf. PL 13,392




miércoles

“¿Adonde vas?”


Lo cuenta Fray de Cantimprato y sucedió en su tiempo, en el Brabante.


Era una doncella virtuosa y noble, mas la poca edad, la ocasión, la inexperiencia la arrojaron en brazos de un joven disoluto. Tan ardiente fue su pasión, que no podía apartarlo ni de su pensamiento ni de su deseo.


El joven, que lo notó, le puso cerco y le costo poco trabajo, teniendo los enemigos dentro para rendir la fortaleza. Con todas las artimañas de su infernal astucia, la iba convenciendo poco a poco hacia la deshonra.


La joven luchó al principio y se rindió al fin. Le dio palabra de acudir a un lugar que él había propuesto. Llegó la noche. Llena de remordimientos y vergüenza, saltó de la cama. Miró una imagen de la Virgen y bajó la cabeza. La pasión lo podía todo. Estaba dispuesta a dejar el amor a Dios por el amor de un hombre.


Bajó descalza la escalera y se lanzó como un ladrón hacia la puerta. A tientas y cautelosamente la abrió. Y de pronto oyó una voz dulcísima que le decía: “¿Adonde vas?” Quedó aterrada. A la puerta estaba Jesús, hermosísimo y radiante.


“¿Adonde vas?”, le volvió a preguntar.


“¿Es ese joven más hermoso que yo? ¿Te puede el enseñar unas llagas como estas? ¿Por qué no me amas a mí, y verás cómo no necesitas otro amor?” Jesús se desvaneció en las tinieblas.


Ella cerró la puerta, volvió a su lecho, se deshizo en lágrimas y pidió perdón. Desde entonces amó a Jesús y fue feliz.



(Del libro ejemplos predicables, pag 48, nº 103, Mauricio Rufino, editorial Herder, 1962)

martes

El Hombre un combatiente

No hay hombre ninguno que, sabiéndolo o ignorándolo, no sea combatiente en este recio combate; ninguno que no tenga una parte activa en la responsabilidad del vencimiento o de la victoria. Lo mismo combate el forzado en su cadena que el rey en su trono; lo mismo el pobre que el rico, el sano que el doliente, el sabio que el necio, el cautivo que el libre, el viejo que el mozo, el civilizado que el salvaje.


 Toda palabra que se pronuncia, o está inspirada por Dios o inspirada por el mundo, y proclama forzosamente, de una manera implícita o explícita, pero siempre clara, la gloria del uno o el triunfo del otro. 

 En esta singular milicia todos combatimos por alistamiento forzoso; aquí no tiene lugar ni el sistema de los sustitutos ni el de los alistamientos voluntarios. En ella no se conoce ni la excepción de sexo ni la de la edad; aquí no se escucha al que dice: «Soy hijo de viuda pobre», ni a la madre del paralítico, ni a la mujer del estropeado. De esta milicia son soldados todos los nacidos. Y no me digas que no quieres combatir, porque en el instante mismo en que me lo dices estás combatiendo; ni que ignoras a qué lado inclinarte, porque en el momento mismo en que eso dices ya te inclinaste a un lado; ni me afirmes que quieres ser neutral, porque, cuando piensas serlo, ya no lo eres; ni me asegures que permanecerás indiferente, porque me burlaré de ti, como quiera que al pronunciar esa palabra ya tomaste tu partido. 

 No te canses en buscar asilo seguro contra los azares de la guerra, porque te cansas vanamente; esa guerra se dilata tanto como el espacio y se prolonga tanto como el tiempo. Sólo en la eternidad, patria de los justos, puede encontrar descanso, porque sólo allí no hay combate; no presumas, empero, que se abran para ti las puertas de la eternidad, si no muestras antes las cicatrices que llevas; aquellas puertas no se abren sino para los que combatieron aquí los combates del Señor gloriosamente y para los que van, como el Señor, crucificados.
Juan Donoso Cortés

lunes

Cómo recuperar el alma


El alma, como el cuerpo, está también sometida a numerosas enfermedades. Se debilita, languidece, se hunde y puede llegar a morir perdiéndose para siempre.

Incluso las personas más fuertes, como el profeta David o el apasionado Pedro, tienen sus debilidades, se desgastan, sufren dudas de fe, se cansan de orar. Hasta pueden caer en el alejamiento progresivo que lleva a perder el entusiasmo y la condición de seguidores del Señor.

Así se presenta lo que llamamos pecado grave o muerte del alma, porque se pierde poco a poco el amor y se desvanece la vida de la gracia. Estamos ante la peor desgracia para las almas. Y todo comienza por dejar de orar o por orar mediocremente.

Este mal, que a todos nos acecha a diario, tiene su explicación y su remedio. Ya dice la Escritura que “siete veces cae el justo, pero se levanta, mientras los malos se hunden en la desgracia”. (Prov. 24, 16) Y bien sabemos -por experiencia propia- que todos llegamos a caer en crisis de aflojamiento espiritual y de tibieza en la fe si no nos prevenimos a tiempo y con energía. Y, si no nos curamos, esa enfermedad puede llegar a convertirse en fatal.

Seamos realistas y sinceros. En verdad todos atravesamos momentos de oscuridad y de zozobra. Hay momentos en los que no sabemos qué hacer con nuestra vida. Porque la vida humana, sobre todo la vida del espíritu, está muy expuesta a los vaivenes de las pasiones, de la pereza, de la soberbia, a los egoísmos camuflados, a los criterios mundanos del poder, la mentira, las envidias y riquezas, la lujuria y la ostentación.

El laicismo moderno busca estrangular nuestra fe y nuestra conciencia. El maligno quiere robarnos el alma, sobornándola, engañándonos o violentándola con sus presiones. ¿Somos conscientes de ello? ¿Qué hacemos para evitarlo? ¿Cómo rehabilitar el alma cuando comienza a debilitarse?

Un virus más pernicioso que los del cuerpo es la tibieza en la fe, la rutina degenerativa, esa paulatina insensibilización del alma por la cual no nos duele el pecado, no nos causa preocupación el mal del mundo, ya no apetece rezar, no nos interesan los temas espirituales, no se frecuentan los sacramentos… Y eso es grave. Sobre todo, porque no duele, porque no nos sentimos alejados de Dios, y nos creemos superconfiados en nosotros mismos. Y como seguimos sin recurrir a la oración, se hace muy difícil recuperar la buena forma del alma.

Charles Péguy escribía:" Hay algo peor que tener un alma de mala condición: es tener un alma rutinaria. Se han visto los efectos increíbles de la gracia en un alma de mala índole e incluso en un alma perversa; ha visto uno salvarse lo que parecía perdido. Pero uno no ha visto mojarse lo que estaba barnizado, ni calarse lo que estaba impermeabilizado, ni modificarse lo que estaba bajo el signo de la rutina".

Con la oración siempre hay esperanza de volver a empezar y de superar la indiferencia espiritual. Bien sabemos que no se pueden abandonar impunemente los caminos del Señor. Como dice la Escritura: "Porque no eres frío ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca." (Apo 3, 16). Dios no juega con nosotros. Nos ama y nos quiere fieles. Le causan aversión los mediocres, los tibios, los que presumen de laicismo y terminan perdiendo la fe.

Por tanto, la oración bien hecha es el arma revitalizadora de nuestro espíritu. Hemos de confiar en el Señor para recuperar el alma. “Jesús pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo", (Hch 10, 38). Había de todo: leprosos, ciegos, sordos, duros de corazón, endemoniados, paralíticos, mujeres pecadoras, hipócritas altaneros.

También para el alma existen milagros portentosos, como los que operó Jesús curando enfermos terminales o resucitando muertos. La oración y la gracia de Dios rehabilitan el alma y la llevan a resucitar. Hagamos la prueba. Los medios son clarísimos: la oración confiada y humilde ante el Redentor y salvador de nuestras almas, y la contrición sacramental que nos abre los tesoros de la misericordia divina en el sacramento de la reconciliación. De este modo, durante siglos, las almas más negras y hundidas han recuperado la gracia, la sana tensión espiritual, la amistad con Dios, la felicidad y paz de la conciencia.

“Orad, para no caer en la tentación”, (Lc 22, 46) es el sabio consejo del Maestro y Doctor supremo. “Venid a Mí los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré”. (Mt 11, 28) Lo cual equivale a decir: volved a la oración los que estáis enfermos, desanimados, fríos o decaídos, que Yo os daré Vida.
José Félix Medina

sábado

Mirar a Cristo

El escultor Thorwaldsen tiene una magnifica estatua de Cristo en una de las iglesias de Copenhague. Un turista la miró con cierto desencanto: no acertaba descubrir la hermosura tan encomiada de la obra.


Unos de los circunstantes le dijo: “Ha de arrodillarse usted, y así desde abajo mirar la cara de Cristo”. El turista se arrodilló y pudo apreciar toda la belleza de aquella obra sin par.


Arrodìllate tú también ante Jesucristo, mira su rostro muchas veces, ámale y síguele, quedarás cautivado de su belleza. Verás cómo el contacto íntimo con Jesucristo vibra en tu alma pujante vida, así como la savia de la vid trabaja y obra en el sarmiento, según el símil propuesto por el Salvador.


Dichoso el joven que sabe vivir en amistad cálida, íntima con el Señor; en cuyo corazón vive la imagen de Cristo como un mar de resplandores que irradian las fuerzas; cuyo entendimiento se siente subyugado irresistiblemente por el amor de Jesús.


Mons. Tihamér Toth

Mons. Tihamér Toth, El Joven y Cristo , Ed. Gladius, Buenos Aires, 1989, Pág. 154

Google+