viernes
La muerte de San Pedro en Roma
El emperador Nerón perseguía cruelmente a los cristianos desde el año 64, y como se procuraba capturar a Pedro, los fieles rogaban insistentemente a su Pastor que se salvase escapándose de la ciudad.
Acordándose de aquellas palabras del Salvador: «Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra», salió Pedro de Roma durante la noche, pero he aquí que mientras caminaba por la Vía Apia, apareciósele, según refiere San Ambrosio, el mismo Cristo en las puertas de la ciudad, con una pesada cruz cargada en sus espaldas. Lleno de asombro, preguntó Pedro al Salvador: Señor , ¿ a dónde vas? (En el lugar donde se verificó esta aparición, existe todavía una antiquísima capilla, llamada Domine, ¿quo vadis?) Y el Salvador contestó: «A Roma, para ser nuevamente crucificado.» Y desapareció al punto. Pedro comprendió en seguida que el Señor le mandaba que regresara a Roma para sufrir muerte de cruz y volvió atrás sus pasos.
Capturado y cargado de cadenas, fue arrojado a la cárcel Mamertina. Esta cárcel puede verse todavía en el pie del Capitolio; es subterránea y construida con enormes bloques cuadrados dé piedra, completamente obscura y húmeda. Encima de ella se levanta la Iglesia llamada de San Pedro In carcere, muy visitada por los fieles. Después de ocho meses de estar allí encerrado, fue condenado a muerte.
Sufrió primeramente el tormento de los azotes, siendo luego conducido junto con San Pablo, por la Vía Ostiense. A eso de una milla de camino fue separado de Pablo (todavía el lugar está indicado por la capilla llamada de la Separación), el cual fue decapitado en un lugar llamado ad aguas salvias situado una legua más lejos, donde se ve todavía la columna a que fue atado. Las últimas palabras de San Pablo fueron: « Jesús, en tus manos encomiendo mi espíritu.» En aquel punto fue edificada una Iglesia, llamada de San Pablo en las tres fuentes, por hallarse tres fuentes en la iglesia.
Entretanto, Pedro fue conducido al Monte Janículo, desde el cual se puede contemplar toda la ciudad de Roma, y llegado allí, le crucificaron. El Apóstol pidió que invirtiesen la cruz, por no ser él digno de morir como el Salvador. Murió, pues, con la cabeza hacia abajo.
Encuéntrase actualmente en aquel punto la iglesia de San Pedro In Montorio, mandada construir por Constantino el Grande. El cuerpo de San Pedro fue enterrado por los cristianos en el vecino monte Vaticano. Sobre su sepultura edificó una capilla el tercer sucesor de San Pedro, y Constantino el Grande una magnífica Basílica, que se derrumbó en la Edad Media.
El año 1626 fue terminada la grandiosa Basílica actual después de más de 100 años de trabajo. En una cripta que se halla en el centro de la Basílica descansan los huesos de San Pedro y en su altar arden, día y noche, más de 100 lámparas.
Breve reflexion sobre el Papa
Son muchos los que dan por supuesto que el rey debe de ser lo menos rey que se pueda; mi opinión es muy distinta: si hay rey, si es bueno que lo haya, lo debe ser en plenitud, lo cual no quiere decir sin límites, normas y configuración, sino al contrario, con una figura bien definida y henchida de realidad, lograda y, por consiguiente, eficaz.
Análogamente, el mejor Papa no será el que apenas sea Papa, sino el que lo sea lo más saturadamente posible y a la vez con mayor pureza, sin entorpecer su misión y su figura con aditamentos postizos y propios de otras magistraturas.
Gracias a Dios, el papa no tiene poder temporal: ni lo necesita ni puede tenerlo. Con ello queda exento su poder espiritual, sin confusión ni mezcla; y éste -sin asomo de fuerza- conviene que sea el máximo posible. Quiero decir que debe tener la mayor autoridad, el sumo prestigio.
La cosa es tan importante, que los no católicos están curiosamente interesados por el papa. Creo que son muchos los que se alegran de que "haya papa" -anque no lo consideren "suyo"-, porque es una instancia de autoridad que vale para todos en un mundo donde ha predominado la fuerza más o menos bruta, donde se ha procedido a una liquidación general de los prestigios.
Más curioso aún es que sea entre católicos donde aparece de vez en cuendo la tendencia a "rebajar" al papa, a podarlo y reducirlo, a disolverlo en vagas funciones administrativas, a "dictarle" cómo debe ser y qué debe hacer: Creo que no se dan bien cuenta de que entre las maneras de servir hay una, particularmente importante y delicada, que consiste en mandar; en el ejercicio adecuado de la autoridad.
Si un piloto de los aviones en que frecuentemente viajo renunciara a disponer el vuelo y consultase a los pasajeros qué altitud, velocidad y ruta deseaban, mi primera reacción sería pedir un paracaídas y tratar de escapar a tal privilegio. La misma sería mi impresión en el quirófano si el cirujano pretendiese que yo dirigiera la operación.
miércoles
Perecer antes de nacer
Algunos responsables del Estado se esfuerzan repetidamente en mostrar la «racionalidad» de las futuras leyes abortistas.
El historiógrafo Golo Mann afirmó que la racionalidad puede significar dos cosas: acción acorde con un fin, independientemente de cual sea el fin, o acción adecuada para un fin que es beneficioso para aquellos a quienes afecta. Y, tras poner Auschwitz como ejemplo de la primera acepción, sostiene que «no podemos calificar seriamente de racional un delito demencial. Acción racional, en el buen sentido del término, es una acción dictada por la razón que beneficia al hombre». Los más directamente afectados por las leyes aludidas son los no nacidos, y es evidente que no les favorecen.
En 1971, la Conferencia Episcopal Alemana hizo esta firme declaración: «Solamente cuando el Estado está dispuesto a proteger la vida del ser humano antes de su nacimiento, es cuando merece el nombre de Estado constitucional».
Las sociedades occidentales se esfuerzan en hacer pasar la muerte inadvertida. Pero se menosprecia la vida. Hay abortos, eutanasia y suicidios asistidos. Paradoja del hombre científico que, de una parte, hace retroceder la muerte, pero, de otra la impone «legalmente» y tan abundantemente como nunca lo hiciera antes.
Cómo colmar cada momento de amor
Cuando estaba sometido a arresto domiciliario en la aldea de Cay Vong, vigilado por la policía, día y noche me obsesionaba este pensamiento:
«¡Pueblo mío! ¡Pueblo mío que tanto amo: rebaño sin pastor! ¿Cómo puedo entrar en contacto con mi pueblo en el momento en que más necesitan a su pastor? Las librerías católicas han sido confiscadas; los colegios, cerrados; las monjas y religiosos de la enseñanza, dispersados; unos van a trabajar a los campos de arroz, otros se encuentran en las "regiones de nueva economía" en medio del pueblo, en las aldeas. La separación es un shock, que me parte el corazón.
«Yo no esperaré —me dije—. Quiero vivir el momento presente colmándolo de amor; pero ¿cómo?».
Una noche llega una luz: «Francisco, es muy sencillo. Haz como san Pablo cuando estaba en la cárcel: escribía cartas a varias comunidades».
A la mañana siguiente le hice una señal a un niño de siete años, Quang, que volvía de misa a las 5, todavía oscuro, y le dije: «Dile a tu madre que me compre blocs viejos de calendarios».
Esa noche, de nuevo en la oscuridad, Quang me trajo los calendarios, y todas las noches de octubre y de noviembre de 1975 escribí a mi gente mi mensaje desde la prisión. Cada mañana el niño venía a recoger las hojas para llevárselas a casa y que sus hermanos y hermanas copiaran el mensaje. Así nació el libro El camino de la esperanza, que se ha publicado en once lenguas.
En 1989, cuando por fin salí de la cárcel, recibí una carta de la Madre Teresa con estas palabras: «Lo que importa no es el número de nuestras actividades, sino la intensidad de amor que ponemos en cada acción».
Card. F. X. Nguyen van Thuan
jueves
La luz que da la fe
Así instruía una madre cristiana a su hijo sobre lo que supone tener la luz de la fe:
"Al mediodía, cuando brilla el sol si miras hacia arriba verás muy claro, pero tu vista no alcanzará mucha distancia, a lo más, llegarás a ver esos aviones plateados que vuelan altísimos, dejando tras de sí una estela de humo. Así ocurre cuando discurrimos con las fuerzas de nuestra razón: vemos muy claro, pero muy corto.
En cambio, en una noche estrellada, nos envuelve una luz muy tenue, pero nuestra mirada penetra mucho más allá, hasta esos astros que brillan a muchos millones de kilómetros; así es nuestra fe, con la que vemos menos claro, pero llegamos mucho más lejos; alcanzamos hasta el mismo Dios".
Instauración del Corpus Christi
Un sacerdote alemán, que se dirigía a Roma como peregrino, pernoctó durante el viaje en Balsena, no lejos de Orvieto, en el centro de Italia, y al apuntar el alba, como era su costumbre, celebró la Santa Misa en la iglesia parroquial.
Al instante de partir la Sagrada Forma para la comunión del sacerdote, una sangre resplandeciente fluyó de ella, cayendo gota a gota sobre el corporal y el cáliz.
Confuso ante tan nunca visto suceso, quedose el celebrante, pero su asombro creció más y más al darse cuenta de que las gotas de aquella preciosa sangre se transformaban en pequeñas imágenes representando el rostro del Salvador coronado de espinas: Recogió el bueno del sacerdote la Sagrada Forma en el cáliz y junto con el corporal lo llevó a la sacristía, con intento de que otras personas viesen el milagro, pues temía que todo ello no fuera más que una ilusión de sus sentidos. Durante el trayecto cayeron unas gotas de la divina Sangre sobre cinco losas de mármol blanco del pavimento, y también allí apareció bien distintamente a las claras el rostro del Salvador.
Como justamente aquellos días el Papa Urbano IV se alojaba en Orvieto a él se dirigió sin demora el sacerdote alemán y refirióle con todo pormenor cuanto le aconteciera. El Papa encomendó al Obispo de Orvieto que fuese a Balsena y le trajese el cáliz y el corporal donde decían hallarse las huellas de la sangre maravillosa; inspeccionó ambas cosas con mucho detenimiento y meticulosidad, proclamando luego la veracidad del suceso y su carácter incontestablemente sobrenatural.
A esta sazón, las milagrosas imágenes fueron transportadas solemnemente a la catedral de Orvieto, donde se custodiaron en lo sucesivo. El corporal en el que se veían los rostros del Salvador fue objeto de la más ferviente veneración de los fieles; se le guardó en un relicario de plata de muy delicada labor de orfebrería, donde aun hoy se le puede ver y constatar la existencia de las imágenes allí estampadas por vía tan fuera de lo humano. Aconteció este maravilloso favor de Dios andando el año de 1263.
El milagro de Balsena movió el ánimo del Papa Urbano IV a instaurar la festividad del Corpus Christi, a favor de la que había ya propugnado ardorosamente cuando no era más que diácono en Lieja (Bélgica). El Corpus se ordenó a toda la Cristiandad en 1264.
(Spirago, Catecismo en ejemplos, t. IV, Ed. Políglota, 2ª Ed., Barcelona, 1940, pp. 81-82)
Una niña entiende la presencia de Jesús vivo
Elisa, ángel de unos cuatro años, llega toda inquieta y asustada a su madre la tarde del día en que su hermano Antonio, de cinco a seis años, había recibido la primera Comunión de mis manos.
- ¡Mamá, mamaíta, venga Vd. corriendo!
- ¿Qué te pasa, hija mía?
-Venga Vd. corriendo, que Antoñito está revolcando por el suelo al Niño Jesús.
- ¡Chiquilla!
- Sí, sí, que se ha subido a la mesa de planchar y luego se ha tirado por el suelo... Y el Niño Jesús que tiene dentro... pues, pues también lo tendrá tirado y revolcándose.
En medio de las exageraciones infantiles ¿no os parece que esa niña de cuatro años entendía y sentía ya la presencia de Jesús vivo?
Sevilla (España), 25 de febrero de 1877 - † Madrid (España), 4 de enero de 1940)
Prelado español, conocido en su país, como El Apóstol de los Sagrarios Abandonados, u Obispo del Sagrario abandonado.
La fe en tiempos recios
Hoy quiero llamar la atención sobre algo que nos es básico a los cristianos: la fe. Pero no sólo como conjunto de verdades que se aceptan. A ello pudo conducir una mala traducción de Isaías 7,9: «Si no creéis no comprenderéis». El hebreo emplea el concepto de «emet», que significa «verdad», pero en el sentido de fidelidad, firmeza, estabilidad y debe traducirse, por tanto, «si no creéis no tendréis firmeza».
Para Ireneo de Lyón, esta verdad es lo esencial:
«La verdad hace adquirir la fe. Porque la fe está fundada en lo que es el ser de las cosas, es necesario que nos esforcemos con el mayor cuidado en defenderla para llegar a la verdadera inteligencia de las cosas». Luego, penetramos en la inteligencia del ser de las cosas, por la fe.
¿Cómo defender la fe? Una forma fundamental es que tantos hechos de todo tipo, que se nos presentan como realidades, hemos de rechazarlos, porque no son la verdad; desde el mismo ser de la persona humana, hasta tantas situaciones que no son aceptables, porque no son como Dios las piensa.
Esta actitud es capital, pues la tradición cristiana refleja el alcance de la afinidad prodigiosa del hombre y Dios, que es fruto de un designio libre y gratuito de crear al hombre a su imagen y le ha comunicado atributos como la inteligencia o la capacidad de amar. Prendas de un don definitivo: participar de la vida de Dios, cosa imposible sin la fe.
Card. Ricard María Carles
De nuevo, sobre el infierno
Pero el infierno es un dato concreto de la doctrina católica. Aparece en la Escritura y en la Tradición, ha sido una enseñanza constante de la Iglesia.
Las preguntas son muchas. ¿Qué es el infierno? ¿Por qué existe un infierno? ¿Cómo conjugar la misericordia divina con el drama de una condena para siempre? ¿Qué actitud podemos asumir frente a esta terrible posibilidad?
El infierno es el resultado eterno de una decisión humana: el rechazo del amor de Dios. Quien muere sin creer y sin convertirse, se autoexcluye de la salvación, opta por el desamor. Eso es, en su raíz más profunda, el infierno (cf. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 1033-1035).
El Catecismo (n. 1035) explica, además, el principal sufrimiento del infierno: “La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira”.
Juan Pablo II habló ampliamente del infierno en la audiencia general del 28 de julio de 1999. Definió el infierno como “la última consecuencia del pecado mismo, que se vuelve contra quien lo ha cometido. Es la situación en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre incluso en el último instante de su vida”.
Explicó, además, que ser condenado al infierno es posible sólo desde la decisión libre de cada uno. “Por eso, la «condenación» no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a su amor. La «condenación» consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción. La sentencia de Dios ratifica ese estado”.
Por último, Juan Pablo II indicaba que no hemos de promover una psicosis respecto a este tema. La certeza de que existe un infierno, de que es posible terminar la vida con un “no” a Dios, debe convertirse en una advertencia y en una invitación a nuestra libertad: si vivimos según Cristo, si acogemos a Dios, evitaremos esa terrible desgracia.
Benedicto XVI también ha ofrecido una importante reflexión sobre el infierno en su segunda encíclica, “Spe salvi” (30 de noviembre de 2007). El infierno, explicaba el Papa, es el estado al que llega quien ha dañado en su propia vida, de modo irreversible, la apertura a la verdad y la disponibilidad para el amor (cf. n. 45).
La posibilidad del infierno está colocada en el horizonte de nuestras vidas. Podemos avanzar hacia la condenación eterna si nos alejamos del amor, si destruimos la fe, si buscamos vivir contra Dios y de espaldas al prójimo.
En cambio, si abrimos el corazón a la misericordia, si rompemos con el egoísmo para entrar en el mundo del amor, si pedimos humildemente perdón, como el publicano del Evangelio (cf. Lc 18,9-17), nos acercamos al trono de la misericordia y permitimos que la Redención llegue a nuestras vidas.
Queda, como una inquietud profunda, la pregunta: ¿y los demás? ¿Hay algunos hombres o mujeres en el infierno? No nos toca a nosotros indagarlo. Porque no conocemos lo que hay en los corazones, y porque no sabemos por qué caminos puede llegar la acción de Dios a las almas.
Pero sí podemos orar y trabajar profundamente para que ningún hermano nuestro llegue a un destino tan trágico. Podemos incluso hacer propias los deseos de aquellos santos que eran capaces de ofrecer su vida para lograr que nadie llegase al infierno.
Las palabras de santa Catalina de Siena, en ese sentido, tienen una fuerza fascinadora. Según cuenta su confesor, santa Catalina mantuvo un diálogo muy especial con Cristo. La santa decía:
“¿Cómo podría yo, Señor, comprender que uno solo de los que tú has creado, como a mí, a tu imagen y semejanza, se pierda y se escape de tus manos? No. No quiero de ninguna manera que se pierda ni siquiera uno solo de mis hermanos, ni uno solo de los que están unidos a mí por un nacimientos igual en la naturaleza y en la gracia. Yo quiero que todos ellos le sean arrebatados al antiguo enemigo, y que tú los ganes para honor y mayor gloria de tu nombre”.
Cristo, entonces, habría explicado a santa Catalina que el amor no puede entrar en el infierno; a lo que ella habría respondido:
“Si tu verdad y tu justicia se revelasen, desearía que ya no hubiese ningún infierno o por lo menos que ningún alma cayese en él. Si yo permaneciese unida a ti por el amor y me pusiesen a las puertas del infierno y pudiera cerrarlas de tal manera que nadie pudiese entrar, ésta sería la más grande de mis alegrías, pues vería cómo se salvan todos los que yo amo”.
En cierto sentido, también san Pablo, por el gran amor que tenía a su pueblo, estaba dispuesto a convertirse en “anatema” (en “condenado”) con tal de que los suyos se salvasen (cf. Rm 9,1-5).
Encontramos, así, ejemplos de amor heroico, corazones que desean, que esperan profundamente, que la misericordia venza, que el pecado sea derrotado, que un día seamos muchos los que nos encontremos, definitivamente, bajo el abrazo eterno de Dios.
Podemos decir, en resumen, que el infierno es una llamada a la responsabilidad (cf. Catecismo de la Iglesia católica n. 1036).
Nadie, ni siquiera Dios, puede obligarnos a amar, a tomar la mano bondadosa y salvadora de Cristo. Con la ayuda de la gracia, y desde la propia libertad, cada uno decide si acogerá o no la misericordia, si trabajará, día a día, para vivir en el Amor, para avanzar hacia el encuentro con Aquel que nos ha preparado un lugar en el cielo.
Al mismo tiempo, podemos amar a los que Dios ama, lo cual nos llevará a buscar con ahínco que ningún hermano nuestro quede fuera de las fiestas eternas del Cordero.
No está en nuestras manos, es cierto, obligar a nadie a dar el paso: entrar en el camino de la vida depende de la gracia de Dios y de la libertad de cada uno. Pero sí está en nuestras manos unirnos al Corazón de Dios, compartir su deseo de encontrar a la oveja perdida para traerla a casa, entrar en ese Amor que “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1Tm 2,4).
P. Fernando Pascual
miércoles
Ciencia y Fe
“ La ciencia moderna descubre a Dios detrás de cada nueva puerta que se abre.”
El Hombre progresa, el hombre investiga, el hombre va descubriendo más verdades, va profundizando en la ciencia; y según el hombre va profundizando en la ciencia va encontrando a Dios. La ciencia me proporciona datos que confirman la fe.
Antes de seguir adelante he de advertir que, cuando hablo de ciencia, hablo de verdadera ciencia. No hablo de una hipótesis de trabajo que puede proponer un científico, que todavía no es ciencia definitiva, porque no tiene una comprobación experimental suficiente.
Hablo de la ciencia ya comprobada y confirmada, de las verdades científicas definitivas. No hablo de hipótesis científicas porque las hipótesis científicas pueden ser pasajeras, y lo que hoy es hipótesis mañana puede arrumbarse en el olvido.
En cambio, la verdadera ciencia vale lo mismo hoy que hace mil años, que dentro de mil años.
El principio de Arquímedes, como verdadera ciencia, es inmutable. Lo mismo hoy, que trescientos años antes de Cristo, cuando Arquímedes dijo que “todo cuerpo sumergido en un fluido recibe un empuje hacia arriba igual al peso del volumen del fluido que desaloja” Este principio vale lo mismo para la flotación de las galeras del Imperio Romano que para los grandes superpetroleros de hoy”...
¿Qué es la fe?
Fe es el conocimiento de las verdades de la religión que Dios me comunica, que Dios me transmite. Yo las acepto. Yo creo. Yo me fío. Esto es fe. Esto es religión. El conjunto de verdades religiosas que Dios me comunica.
¿Qué es ciencia?
El conocimiento de las leyes que Dios ha puesto en la naturaleza. Las leyes de la naturaleza son objeto de la ciencia. Estudiando la naturaleza se formulan sus leyes, después la técnica las aplica para el progreso.
Pero ¿quién ha puesto estas leyes en la naturaleza? ¿los hombres? No. Estas leyes no son de los hombres. Los hombres descubren y formulan las leyes, pero no las ponen.
Newton y Kepler formularon las leyes que rigen los movimientos de los astros, pero esas leyes no las hicieron ni Newton ni Kepler. Esas leyes regían el movimiento de las estrellas mucho antes de que nacieran Newton y Kepler. Ellos sólo las deducen y formulan. Igual ocurre con las leyes de la termodinámica, la electrónica o la biología.
¿Quién hizo la ley? El que hizo el universo. Luego ¿de quién es esa ley? De Dios. ¿Quién es el autor de la ley? Dios.
Luego, si Dios es el autor de la ciencia, porque es el que pone las leyes de la naturaleza; y Dios es el autor de la fe, porque la fe es la aceptación de las verdades de la religión que Dios a revelado, ciencia y fe vienen de la misma verdad, y por lo tanto no pueden contradecirse. Dios no va a contradecirse en lo que nos comunica a través de la naturaleza.