martes

Aborto y relativismo

Despojado el rechazo al aborto de su base científica, sólo le queda el argumento ético y ahí es donde interviene el relativismo con toda su fuerza.

"Tú no tienes por qué abortar si no quieres, pero no tienes derecho a imponer tus principios morales a los demás. Si lo intentas, eres un enemigo de la libertad, antidemócrata y nazi".

Esta frase, con más o menos variantes, la estamos escuchando todos los días en cuanto nos atrevemos a decir que el aborto es un crimen abominable. No importa que esgrimamos los datos científicos que demuestran que el ser humano empieza a existir desde la concepción.

Siempre encuentran algún "científico" que es capaz de decir aquello que quiere oír quien le paga, los que negocian con la matanza de los inocentes. Por eso, la discusión en torno al aborto siempre termina con la frase antes citada, que es la aplicación del relativismo a un caso concreto.

Tenía razón Rouco cuando afirmó, en la inauguración de la Plenaria del Episcopado, que "sin una base moral objetiva ni siquiera la democracia puede asegurar una paz estable".

Cuando el relativismo se impone y se llega incluso a convertir en dictadura –es decir, cuando ya no te permiten ni expresar tus opiniones en contra de algo que está legislado–, entonces la democracia se convierte –son palabras también de Rouco– en un "mecanismo empírico", en algo meramente formal.


Por eso, aunque no se lo crean los que nos denigran, cuando estamos defendiendo la vida del no nacido estamos a la vez defendiendo la verdadera democracia.

El tiempo nos dará la razón, aunque, por desgracia, para ello hayan tenido que morir millones de inocentes.

Santiago Martín, sacerdote

jueves

El pequeño escéptico y el pequeño creyente.

- El pequeño escéptico (E): ¿Tú crees que hay una vida después del nacimiento?

- El pequeño creyente (C): Pues claro, ¿qué te crees? Nuestra vida aquí está pensada sólo para que crezcamos y nos preparemos para la vida después del nacimiento, para que entonces seamos lo suficientemente fuertes para lo que nos espera.

-E: Yo lo encuentro una tontería. ¿Cómo hay que imaginarse una vida después del nacimiento?

-C: Yo no lo sé tampoco exactamente. Pero seguro que será mucho más interesante que aquí. ¡A lo mejor vamos andando de un sitio a otro y comemos con la boca!

-E: ¡Anda ya! ¡Comer con la boca! ¡Qué idea tan absurda! Para eso tenemos un cordón umbilical. ¿Y andar de un lado para otro? ¿Cómo vamos a andar de un lado para otro con este cordón?

-C: Pero seguro que eso es posible. Sólo que será todo un poco diferente que aquí.

-E: Todavía no ha vuelto a este inundo nadie que haya nacido. Con el nacimiento se acaba la vida. Y la vida es sólo una tortura. Estrecho, oscuro, y todo siempre tan resbaladizo...

-C: Yo no sé tampoco cómo imaginarme una vida después del nacimiento. Pero seguro que entonces veremos a nuestra madre.

-E: ¿,Quéeee?? ¿Una madre?? ¿Tú crees en una madre? Entonces hazme el favor de decirme, ¿dónde está?

-C: Bueno, aquí, en todas partes. Nosotros vivimos en ella y gracias a ella. Sin ella no podríamos existir.

-E: ¡Anda ya! Yo no he sentido nunca a una madre, así es que no existe.

-C: Algunas veces, cuando estamos muy calladitos, la puedes oír cantar. O sentirla cuando acaricia nuestro mundo. Yo de verdad creo que nuestra vida de verdad empieza entonces, cuando nacemos...

Henri Nouwen
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