lunes

Lo siento mucho, señoritas feministas

Lo siento mucho, señoritas feministas, pero tengo varias malas noticias que darles; al menos quise tener la delicadeza de hacerlo personalmente y de que no se enteren por terceros (aunque, para ser francos, es lo que más me gustaría).


La primera noticia es que acabo de tener un hijo. Perdónenme. Y por si eso fuera poco, —lo siento mucho— es un varón. Seguramente que hubiéramos preferido todos una mujer oprimida y maltratada por el sistema patriarcal-paternalista para liberarla, iluminarla, etcétera, etcétera,  pero qué vamos a hacer: es lo que la naturaleza nos dio (y perdón por usar la palabra naturaleza).

Lo siento mucho, señoritas feministas, pero a pesar de todas las cosas suyas que he leído, he decidido que ya que mi hijo nació varón, entonces deberá ser varón. Ojo: no muy varón o poco varón; simplemente varón, que con eso será bastante: ya sabemos que en el mundo de hoy —y en eso sí coincidimos— no todos lo son.

Lo siento mucho, señoritas feministas pero, además, he decidido enseñarle a tratar a las mujeres con respeto y delicadeza, con caballerosidad y decencia, con cercanía en las cosas en las que a ustedes les gustaría que fuera distante y con distancia en aquellas en las que les gustaría que fuera demasiado cercano.

He decidido enseñarle a proteger a las mujeres, a defenderlas siempre, empezando por enseñarle a defenderlas de sí mismo y de sus apetitos alguna que otra vez desordenados. Le enseñaré —lo siento mucho— que las mujeres no son una máquina sexual, hambrienta de deseo y placer,  ansiosa por ejercer cierto derecho a la libertad sexual, que —lo siento— no me parece sino una  etiqueta creada por directores de cine porno para que les resulte más barato contratar a  jovencitas —o a solteronas…— dispuestas a hacer lo contrario de lo que todos dicen.

Por supuesto, esto no significa que le enseñaré que le deben gustar los hombres. Lo siento mucho, pero le enseñaré que las mujeres son de las cosas más bellas que ha creado Dios, y que en todas hay una  chispa de su belleza, y que por eso es natural que le atraigan tanto. Aunque, valgan verdades, en esto creo que no tendré que esforzarme mucho (me parece que más esfuerzo y recursos gastan ustedes tratando de convencer a todos de lo contrario).

Lo siento mucho, señoritas, pero he decidido también enseñarle a tratar a las mujeres con paciencia, humildad, verdad y tolerancia (y sin molestarse, ¡eh!, pues esta misma tolerancia es la que le enseñaré a mi hija —si me toca alguna— que debe poner en práctica con los hombres —empezando conmigo, que todo hay que decirlo—).

Y le enseñaré estas cosas porque quizá alguna vez le toque casarse con una mujer, salvo que —lo siento otra vez— le toque ser cura o —peor— un provida consagrado completamente a la causa. Tal vez le toque casarse con una, decía, y descubrirá que al lado de la rosa bella, fresca y perfumada, hay espinas y un tallo áspero y velludo, imagen de las luces y sombras de las que está hecho el ser humano.

Descubrirá que el carácter de las mujeres está hecho de las virtudes más hermosas de lo humano (por algo el mismo creador quiso nacer de una), pero también de los vicios más duros y los dardos punzantes que «abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte». Son pocos, pero son, de modo que una que otra vez le tocará lidiar con la terquedad, con el silencio hiriente, con el orgullo necio, con la  manipulación; o sea, igualito igualito al carácter de ustedes, que por algo son mujeres también.

Entonces le enseñaré —y quizá en esto sí coincidamos— que los hombres también lloran, pero que —y  aquí, de nuevo, lo siento mucho, señoritas feministas— más de una vez le tocará hacerlo en silencio, como  hombre, mordiéndose la lengua y haciendo de sus tripas revueltas y almibaradas en bilis un corazón  maltrecho, pues sabrá que amar en serio significa haber ya empeñado el corazón de verdad en el de aquella  que si lo hace sufrir es porque lo ama, con mucha tosquedad, es cierto, pero que no es otra que la de él, es  decir, de ser humano. Entonces le tocará perfumarse la cabeza y lavarse la cara para que ese ayuno y ese incienso de virtudes lo vea solamente quien lo tiene que ver, y no todo el mundo a través de los testimonios que ponen ustedes en sus páginas webs.

Porque, eso sí, mi hijo no será perfecto, y lo sé. Intentaremos que sea santo, pero eso no significa que será perfecto. Seguramente será tosco, burro, bronco e insoportable al tratar a todos, que no en vano será hombre. Y es que el correlato de dardos punzantes que tiene ustedes lo  tenemostambién nosotros, pero en versión masculina. Habrá que enseñarle a domesticarse a sí mismo, claro, pero con objetividad y mesura, sin sacrificar su naturaleza en el altar de una idolatrada inteligencia emocional.

Porque, lo siento mucho, señoritas feministas, pero le enseñaré a mi hijo a ser dulce sin ser afeminado; a ser sensible y cortés sin pintarse las uñas de rosado ni matar niños en las clínicas so pretexto de compasión; a ser manso pero corajudo, valiente y fuerte pero solidario y capaz de hacerse pequeño. Le enseñaré a abrirles la puerta, a dejarlas pasar primero, a abrirles la puerta del taxi y a pagar la cuenta en las primeras citas. Le enseñaré a respetar su cuerpo y el de «otros y otras», especialmente el de ustedes para no perder el control, cuando ustedes lo tilden de poco hombre, no liberado, poco moderno o enemigo del progreso inexorable de los tiempos, progreso inexorable diseñado en un brainstorming por un montón de señoritas feministas alrededor de cuatro dry martinis.

En fin, que le voy a enseñar a mi hijo a ser hombre, y perdonen por eso.


Enrique Gordillo Cisneros
Pensamiento Católico

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