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Encuentre las siete diferencias entre un decreto del Vaticano y una agregaduría de turismo

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Había una vez una embajada del Perú en Canadá que contaba con una agregaduría para el fomento del turismo: la Oficial Agregaduría Peruana para el Turismo. No era cualquier agregaduría: era la mejor del mundo (por lo menos, así decían quienes la conformaban). Gracias a sus recursos, tecnología y convenios, en la agregaduría capacitaban a los turistas tan bien, que cuando llegaban al Perú se desempeñaban estupendamente: sabían dónde pasear, qué trámites hacer, nunca se perdían y hasta ayudaban a los otros turistas. Los trabajadores de la agregaduría estaban muy contentos, y todas las tardes se tomaban un tiempo para sonreír satisfechos mirando su gran jardín (porque habían sembrado un gran jardín).



Con el tiempo, sin embargo, comenzaron a explicarles a los turistas que el Perú era, en realidad, un país feo; que había mucha basura y suciedad en las calles; que había tanta delincuencia, que probablemente los asaltarían cuando fueran; que la gente andaba siempre sucia, maloliente y mal vestida; que todos se vestían con poncho, cargaban a sus hijos en mantas y mascaban coca; que había muchos terremotos y que muchos presidentes habían sido corruptos. Esto les era posible a los de la agregaduría porque los estatutos que usaban para funcionar —y que ellos mismos habían modificado sin consultar con el gobierno del Perú— se lo permitían.



Al embajador peruano en Canadá no le parecieron muy bonitas estas cosas, así que les llamó la atención y les pidió que cambien. Pero los trabajadores no le hicieron caso: pensaron que lo hacía por envidia y porque era un cascarrabias:



—No tiene autoridad sobre nosotros —decían—. Además, lo hace porque no somos de la U como él y porque quiere quedarse con los escritorios de la oficina. Seguro que si le escribimos al mismísimo ministro, en el Perú, este nos dará la razón.



Cuando en el Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú se enteraron, se quedaron sorprendidos. Les escribieron una carta y les dijeron que no era la manera de fomentar el turismo, y que estaban haciendo daño; les pidieron que cambien los estatutos. En la agregaduría no solo no los cambiaron, sino que incluso radicalizaron la estrategia.



Así siguió la cosa —con idas y venidas— por veinte años.



La gota que derramó el vaso llegó con los comerciales de la Marca Perú: los empleados de la agregaduría no hacían sino quejarse, decir que estaban mal hechos y que ese no era el Perú; decían que faltaban las huelgas, los borrachos en las calles y los deportistas que casi atropellan gente; que faltaban los manifestantes bloqueando carreteras y haciendo pintas en monumentos histórico-nacionales, y que —¡lo peor de todo!—: había corridas de toros.



Entonces el ministro les envió un decreto que decía (las mayúsculas son literales):



    «El Ministro de Relaciones Exteriores, en cumplimiento del mandato del Señor Presidente de la República, dirigió una carta al Magnífico Agregado de la Oficial Agregaduría Peruana para el Turismo reiterando la exigencia de acomodar los estatutos de la susodicha Entidad de acuerdo con las prescripciones de la Constitución Política del Perú. Sucesivamente, por medio de dos cartas del Agregado Magnífico, se daba cuenta de no poder acceder al requerido cumplimiento de la ley. En consecuencia: (1) se prohíbe a la Agregaduría el uso del título de «Oficial» en su denominación; (2) se prohíbe, asimismo, que use en su denominación el título de «Peruana»; (3) se declara al mismo tiempo que la citada Entidad sigue sometida a la legislación peruana en las materias en que está actualmente vinculada, y que el Estado peruano seguirá empeñándose en el pleno respeto de la disciplina legal».

    

¡Dígame si no es un atropello, estimado lector! ¡Pero es que es obvio! En Canadá lo entendieron clarísimo, y se armó un gran revuelo. Muchos canadienses salieron a las calles a protestar, con manifestaciones, plantones y bulla (algunos incluso hablaron de bloquear carreteras y hacer pintas en monumentos histórico-nacionales). Las distintas asociaciones de la sociedad civil de Canadá llenaron de comunicados los periódicos: se proclamaron defensores acérrimos de la peruanidad; decían que el comportamiento del ministro de Relaciones Exteriores dejaba mucho que desear con respecto al auténtico espíritu de la soberanía nacional peruana; decían que el ministro no parecía peruano, y que ellos eran más y mejores peruanos que él, que era un hipócrita porque sabían de él esto y aquello; además, decían que la medida del Estado peruano era arbitraria, intolerante y desproporcionada, y para demostrarlo repetían muchas veces «profundo rechazo», «condena rotunda» y «enérgica protesta».



Sin embargo, no todos estaban preocupados. Por ejemplo, una simpática jovencita canadiense, jefa de los jóvenes turistas que se preparaban en la agregaduría para visitar el Perú, salió en televisión a decir que no había por qué preocuparse porque el Estado peruano no tenía ningún derecho a intervenir en este asunto; también dijo que a la agregaduría no podían quitarle el nombre de «Peruana» ni «Oficial» porque los muchachos —astutos ellos— los habían registrado oportunamente en la entidad canadiense que registra la propiedad intelectual.



Tampoco los trabajadores de la agregaduría se mostraban preocupados. Decían que estaban muy tranquilos porque dado que sus turistas eran los mejores formados del mundo (así decían ellos), no los podían cerrar jamás, y que la cosa del nombre era simplemente anecdótica: «Con el nombre “Peruana” o no, seguimos siendo los mejores», decían.



Ahora encuentre siete diferencias con cierto asuntito concerniente a un decreto vaticano que llegó al Perú en estos días; si no puede, hágale caso a la gente de Canadá: no se preocupe.


Enrique Gordillo Cisneros
Pensamiento Católico


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