domingo

¡Ha resucitado!

Hay hombres --lo vemos en el fenómeno de los terroristas suicidas-- que mueren por una causa equivocada o incluso inicua, considerando sin razón que es buena. Por sí misma, la muerte de Cristo no testimonia la verdad de su causa, sino sólo el hecho de que Él creía en la verdad de ella. La muerte de Cristo es testimonio supremo de su caridad , pero no de su verdad. Ésta es testimoniada adecuadamente sólo por la resurrección.


[...] Lo que se ofrece a la consideración del historiador y le permite hablar de la resurrección son dos hechos:

Primero, la imprevista e inexplicable fe de los discípulos, una fe tan tenaz como para resistir hasta la prueba del martirio;

Segundo, la explicación que, de tal fe, nos han dejado los interesados, esto es, los discípulos. En el momento decisivo, cuando Jesús fue prendido y ajusticiado, los discípulos no alimentaban esperanza alguna de una resurrección. Huyeron y dieron por acabado el caso de Jesús.


Entonces tuvo que intervenir algo que en poco tiempo no sólo provocó el cambio radical de su estado de ánimo, sino que les llevó también a una actividad del todo nueva y a la fundación de la Iglesia. Este «algo» es el núcleo histórico de la fe de Pascua.


El testimonio más antiguo de la resurrección es el de Pablo, y dice así:

«Os he transmitido, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los Doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los que la mayor parte viven todavía, si bien algunos han muerto. Luego se apareció a Santiago, y más tarde a todos los apóstoles. Y después de todos se me apareció a mí, como si de un hijo nacido a destiempo se tratara» (1 Corintios 15, 3-8).


La fecha en la que se escribieron estas palabras es el 56 o 57 d.C. El núcleo central del texto, sin embargo, está constituido por un credo anterior que San Pablo dice haber recibido él mismo de otros. Teniendo en cuenta que Pablo conoció tales fórmulas inmediatamente después de su conversión, podemos situarlas en torno al año 35 d.C., eso es, unos cinco o seis años después de la muerte de Cristo. Testimonio, por lo tanto, de raro valor histórico.


Los relatos de los evangelistas se escribieron algunas décadas más tarde y reflejan una fase ulterior de la reflexión de la Iglesia. El núcleo central del testimonio, sin embargo, permanece intacto: el Señor ha resucitado y se ha aparecido vivo. A ello se añade un elemento nuevo, tal vez determinado por preocupación apologética y por ello de menor valor histórico: la insistencia sobre el hecho del sepulcro vacío. Para los Evangelios el hecho decisivo siguen siendo las apariciones del Resucitado.


Las apariciones, además, testimonian también la nueva dimensión del Resucitado, su modo de ser «según el Espíritu», que es nuevo y diferente respecto al modo de existir anterior, «según la carne». Él, por ejemplo, puede ser reconocido no por cualquiera que le vea, sino sólo por aquél a quien Él mismo se dé a conocer. Su corporeidad es diferente de la de antes. Está libre de las leyes físicas: entra y sale con las puertas cerradas; aparece y desaparece.


Una explicación diferente de la resurrección, aquella que presentó Rudolf Bultmann, todavía la proponen algunos, y es que se trató de visiones psicógenas, esto es, de fenómenos subjetivos del tipo de las alucinaciones. Pero esto, si fuera verdad, constituiría al final un milagro no inferior que el que se quiere evitar admitir. Supone de hecho que personas distintas, en situaciones y lugares diferentes, tuvieron todas la misma impresión o alucinación.


Los discípulos no pudieron engañarse: eran gente concreta, pescadores, lo contrario de personas dadas a las visiones. En un primer momento no creen; Jesús debe casi vencer su resistencia: «¡tardos de corazón en creer!». Tampoco pudieron querer engañar a los demás. Todos sus intereses se oponían a ello; habrían sido los primeros en sentirse engañados por Jesús. Si Él no hubiera resucitado, ¿para qué afrontar las persecuciones y la muerte por Él? ¿Qué provecho material podían sacar?


Negado el carácter histórico, esto es, el carácter objetivo y no sólo el subjetivo, de la resurrección, el nacimiento de la Iglesia y de la fe se convierte en un misterio más inexplicable que la resurrección misma. Se ha observado justamente: «La idea de que el imponente edificio de la historia del cristianismo sea como una enorme pirámide puesta en vilo sobre un hecho insignificante es ciertamente menos creíble que la afirmación de que todo el evento –o sea, el dato de hecho más el significado inherente a él- realmente haya ocupado un lugar en la historia comparable al que le atribuye el Nuevo Testamento».


¿Cuál es entonces el punto de llegada de la investigación histórica a propósito de la resurrección? Podemos percibirlo en las palabras de los discípulos de Emaús: algunos discípulos, la mañana de Pascua, fueron al sepulcro de Jesús y encontraron que las cosas estaban como habían referido las mujeres, quienes habían acudido antes que ellos, «pero a Él no le vieron». También la historia se acerca al sepulcro de Jesús y debe constatar que las cosas están como los testigos dijeron. Pero a Él, al resucitado, no lo ve. No basta constatar históricamente, es necesario ver al Resucitado, y esto no lo puede dar la historia, sino sólo la fe.


P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
Extracto de la Homilia dada el 08 - 04 - 2007

sábado

Maternidad Espiritual y Esperanza

Con la resurrección de Cristo, la esperanza de María no había llegado a su meta todavía. Un Campo nuevo se abría ante ella, el del desarrollo de la Iglesia. En el momento de su muerte, Jesús había hecho comprender a su madre que ahora se le confiaba una nueva misión, con una nueva maternidad: "Mujer, ése es tu hijo" (Jn 19, 26). Maternidad que debía extenderse a todo cristiano y daba a María, en el momento que perdía a su único hijo, la certeza de que tendría una multitud de hijos. Esto sucitaba en ella una nueva esperanza, extendiendo en forma indefinida su solicitud materna.


Dicha proclamación manifestaba la voluntad de Jesús de que su madre viviera más orientada hacia el futuro que hacia el pasado [...] Si los discipulos habían apreciado tanto la compañía del maestro, María había sido la primera en vivir en su intimidad, en perfecta armonía de pensamientos y sentimientos. Y no obstante, la única y excepcional maternidad debía prolongarse en la vida de la Iglesia. Ya en el Calvario Jesús la invitaba a pensar en este desarrollo. Su presencia en la asamblea que espera a Pentecostés, testifica su intención de participar plenamente en el progreso de la primera comunidad.¨


[...] Una vez más, su papel, discreto pero eficaz, fue el de sostener la esperanza de los discípulos, especialmente en los conflictos con las autoridades judías y en las persecuciones que, luego de haber sacrificado al Maestro, trataban de acabar con el movimiento que Él habia suscitado[...]


Es obvio pensar que María, más en particular, haya comunicado a quienes la rodeaban una forma optimista de mirar el presente y el futuro: una interpretación de los acontecimientos que no ignora las dificultades encontradas, pero que se ilumina con la victoria de la resurrección y se apoya más directamente en el poder triunfador del Espíritu Santo.



Jean Galot
Presencia de María en la vida Consagrada (pp.86-88)
ed. Paulinas - Santafé de Bogota - Colombia

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