martes

Nuestra Madre del Cielo

María es nuestra madre, pues es madre de Jesucristo , que es cabeza del Cuerpo Místico de Cristo . La madre de la cabeza, es también madre de todos los miembros del mismo cuerpo. Y nosotros somos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo . Por eso María es Madre de la Iglesia.

Así lo proclamó Pablo VI el año 1964 en el discurso de clausura de la 3 Sesión del Concilio Vaticano II.

Que Jesús encargue a Juan que se ocupe de su Madre es perfectamente normal; lo que no es normal es el encargo paralelo a María diciéndole que cuide con cariño de Juan . Esto parece innecesario. Si Juan se va a encargar de María la correspondencia de ella era evidente. Insistir en ello parece superfluo y poco delicado. Toda mujer normal no necesita que se lo digan. Lo hace espontáneamente. El encargo de Jesús supone un contenido teológico trascendental. En Juan estamos todos representados. Además, allí presente estaba la madre de Juan .

Encargar Juan a María sería ofensivo para su madre María Salomé. No hay duda de que en las palabras de Jesús hay un sentido más profundo de lo que parecen indicar: Jesús entrega una MADRE a la HUMANIDAD...

María es madre física de Jesús y madre espiritual de los hombres .

Debemos amar a María y honrarla de todo corazón. Así daremos gusto al Señor que, como todo hijo bien nacido, se alegra de ver a su Madre Santísima honrada y amada.

Para valorar las cualidades de María , bastaría caer en la cuenta de que Cristo pudo hacer a su Madre a su gusto. ¡Cómo hubieras tú dotado a tu madre si esto hubiera estado en tu mano! Cristo pudo hacerlo y era omnipotente.

La Santísima Virgen es la mujer más grande que ha existido en el mundo María Santísima es la criatura más excelsa que ha salido de las manos de Dios.

Debemos acudir a la Santísima Virgen en todas nuestras penas y tentaciones. Ella lo puede todo, pues Dios todo se lo concede , porque es la Madre de Cristo , y porque nunca tuvo pecado, ni siquiera el original.

Por eso San Lucas la llama «llena de gracia» (Evangelio de SAN LUCAS, 1:28).


P. Jorge Loring, S.I.
Extracto del libro PARA SALVARTE

La Grandeza del Avemaría

En su áureo libro Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen (Parte II, capítulo IV), el enamorado servidor de la Virgen San Luís María Grignion de Montfort escribió así:

“Pocos cristianos conocen el precio, el mérito, la excelencia y necesidad del Avemaría. Ha sido preciso que la Santísima Virgen se haya aparecido a grandes santos y siervos suyos para mostrar la grandeza y eficacia de esta plegaria, la más bella de todas las oraciones, después del Padrenuestro”.

El piadoso y docto teólogo Francisco Suárez (1548-1617) solía repetir que daba toda su ciencia teológica por el mérito de un Avemaría bien rezada.

El rezo del Avemaría convierte a los pecadores, da salud a los enfermos y es señal de predestinación. Hablamos, eso sí, del Avemaría bien rezada, con atención, humildad, confianza y perseverancia.

Son muchos los Padres y Doctores de la Iglesia que no se cansan de celebrar las grandezas del Avemaría y llaman a esta oración rocío celestial que fecundiza el alma y un beso amorosamente filial que damos a nuestra Madre pidiendo su bendición.

Si la primera parte del Avemaría es de origen celestial y divino, la segunda parte se debe a la Iglesia que viene suplicando así a la Virgen nuestra Intercesora y Medianera desde hace muchos siglos.

El Avemaría se usó en un principio en forma de antífona o responsorio en el Oficio de la Virgen, pero comenzó a difundirse entre el pueblo a partir del siglo XII. Procuremos rezar con frecuencia esta bellísima oración tan agradable a nuestra Señora, y tan sabrosa en los labios cristianos.

El benendictino Fray Justo Pérez de Urbel lo dijo así en cuatro inspirados versos:
Y parece llenarse nuestra boca de miel, / miel de los tomillares de Dios, que nunca sacia, / siempre que repetimos con el ángel Gabriel: / Dios te salve, María, llena eres de gracia.




Andrés Molina Prieto, pbro

viernes

La Colaboración de María

En 1Cor 15,45, San Pablo presenta a Cristo como “el último Adán”. El primer Adán introdujo la ruina y la ruptura en el mundo. El segundo al restaurar la obra rota, reconcilia al Mundo Con Dios. Pero vale la pena señalar que hacia el año 150 aparece, por primera vez, en San Justino el convencimiento de que de la misma manera que junto a Adán existió la figura de Eva como colaboradora en la obra por la que el pecado contra el mundo, también junto a Cristo, el nuevo Adán, hubo una figura femenina, Santa María, que coopera con él en la obra de salvación.

La primera Eva dialoga con el diablo, desobedece a Dios y con ello trae sobre la humanidad muerte y ruina; María, segunda Eva, dialoga con el ángel, obedece a Dios y da a luz al Salvador y con El a la salvación.

Tertuliano, por su parte, acentúa la importancia de la fe de María en esta su colaboración positiva:"Eva había creído a la serpiente; María creyó a Gabriel. Lo que aquella pecó creyendo, lo borró ésta creyendo”.

La cooperación activa de María a la obra redentora y reconciliadora de su Hijo tiene su punto de partida en su asentimiento libre a la encarnación del Logos; en ese asentimiento se expresa su actitud de sierva del Señor que con fidelidad plena (virginal) mantendrá durante toda su vida, y que tiene un sentido estricto de "compasión” junto a la cruz de Jesús. Con la muerte del Señor se cierra la cooperación mediadora de María a la realización misma de la obra salvadora de Jesús sobre la tierra. Una vez que Cristo resucita y sube al cielo, María ejercita su mediación como intercesión, incluso en el tiempo en que Ella vivió todavía sobre la tierra (ver Hech 1, 14).

María, que desde el principio se había entregado sin reservas a la persona y obra de su Hijo, no podía dejar de volcar sobre la iglesia desde sus mismos comienzos esta su entrega materna.

El hecho de designar a María como “aliada de Dios” en la obra de la Reconciliación contiene un programa extraordinariamente bello para cada uno de nosotros. Hemos de llegar a ser “aliados de Dios” en orden a conseguir la reconciliación total en este mundo dilacerado.

…hemos de llegar a vivir una actitud permanente de entrega a la reconciliación. Hemos de tener corazones permanentemente reconciliados y permanentemente reconciliadores. Ello se conseguirá teniendo un corazón como los de Jesús y María.


Cándido Pozo, S. J.
Estracto de: "Jesús, María y la Reconciliación". Ediciones Vida y Espiritualidad - Lima 1990

lunes

Sobre la Devoción a la Madre de Dios

Si honrar a María Santísima, es necesario a todos los hombres para alcanzar su salvación, lo es mucho más a los que son llamados a una perfección particular. Creo personalmente que nadie puede llegar a una íntima unión con Nuestro Señor y a una fidelidad perfecta al Espíritu Santo sin una unión muy estrecha con la Santísima Virgen y una verdadera dependencia de su socorro.


Sólo María halló gracia delante de Dios, sin auxilio de ninguna creatura. Sólo por Ella han hallado gracia ante Dios cuantos después de Ella la han hallado, y sólo por Ella la encontrarán cuantos la hallarán en el futuro.


Ya estaba llena de gracia cuando la saludó el arcángel San Gabriel.


María quedó sobreabundantemente llena de gracia, cuando el Espíritu Santo la cubrió con su sombra inefable. Y siguió creciendo de día en día y de momento en momento en esta doble plenitud de tal manera que llegó a un grado inmenso e incomprensible.


Por ello, el Altísimo la ha constituido tesorera única de sus tesoros y única dispensadora de sus gracias para que embellezca, levante y enriquezca a quien Ella quiera; introduzca, a pesar de todos los obstáculos, por la angosta senda de la vida a quien Ella quiera; y dé el trono, el cetro y la corona regia a quien Ella quiera.


Jesús es siempre y en todas partes el fruto y el Hijo de María, y María es en todas partes el verdadero árbol que lleva el fruto de vida y la verdadera Madre que lo produce.


[...] Todos los “ricos del pueblo suplicarán tu rostro”. San Bernardo comenta así estas palabras del Espíritu Santo: los mayores santos, las personas más ricas en gracia y virtud, son los más asiduos en rogar a la Santísima Virgen y contemplarla siempre como el modelo perfecto a imitar y la ayuda eficaz que les debe socorrer. [...]


Estos grandes santos, llenos de gracia y dinamismo, serán escogidos por Dios para oponerse a sus enemigos, que bramarán por todas partes. Tendrán una excepcional devoción a la Santísima Virgen, quien les esclarecerá con su luz, les alimentará con su leche, les sostendrá con su brazo y les protegerá, de suerte que combatirán con una mano y construirán con la otra. Con una mano combatirán, derribarán, aplastarán a los herejes con sus herejías, a los cismáticos con sus cismas, a los idólatras con sus idolatrías y a los pecadores con sus impiedades. Con la otra edificarán el templo del verdadero Salomón y la mística ciudad de Dios, es decir, la Santísima Virgen, llamada precisamente por los Padres, “templo de Salomón” y “ciudad de Dios”.


Con sus palabras y ejemplos atraerán a todos a la verdadera devoción a María. Esto les granjeará muchos enemigos, pero también muchas victorias y gloria para Dios solo.




San Luis María Grignion de Montfort
Extraído de: Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen

Madre por la fe

«¡Lo que los cielos no pueden contener, se ha encerrado en tu seno, hecho hombre!»



[…] Madre no es un título como los demás, que se añade desde fuera, sin incidir sobre el ser mismo de la persona. Se es madre pasando por una serie de experiencias que dejan esta huella para siempre y modifican no sólo la conformación del cuerpo de la mujer, sino también la conciencia que tiene de sí misma.


Al hablar de la maternidad divina de María, la Escritura pone constantemente de relieve dos elementos o momentos fundamentales que se corresponden, por lo demás, a los que la experiencia común humana considera esenciales para que se tenga una verdadera y plena maternidad. Son concebir y dar a luz. «He aquí que concebirás en tu seno y darás a luz un hijo» (Lc 1,31). Aquél que se «concibe» en ella procede del Espíritu Santo, y ella «dará a luz» un hijo (Mt 1,20 s). La profecía de Isaías, en la que todo ello se había preanunciado, se expresaba de igual forma: «Una virgen concebirá y dará a luz un hijo» (Is 7,14). He aquí por qué sólo en Navidad, cuando da a luz a Jesús, María se convierte, en sentido pleno, en Madre de Dios. El primer momento, concebir, es común tanto al padre como a la madre, mientras que el segundo, dar a luz, es exclusivo de la madre.


Madre de Dios es el más antiguo e importante título dogmático de la Virgen. Es el fundamento de toda su grandeza. Por eso María no es, en el cristianismo, sólo objeto de devoción, sino también de teología; o sea, entra en el discurso mismo sobre Dios, porque Dios está directamente implicado en la maternidad divina de María. Es también el título más ecuménico que existe, en cuanto que es compartido y acogido indistintamente, al menos en línea de principio, por todas las confesiones cristinas.


En el Nuevo Testamento no hallamos explícitamente el título «Madre de Dios» dado a María, pero encontramos afirmaciones que, en la atenta reflexión de la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, mostrarán, a continuación, que contienen ya, como in nuce, tal verdad. María es llamada corrientemente en los Evangelios: «madre de Jesús», «madre del Señor», o sencillamente «la madre» y «su madre».


De estos datos partió la Iglesia en el Concilio ecuménico de Éfeso, en el año 431, para definir como verdad de fe la divina maternidad de María y el título de Theotokos, Madre de Dios. Tal proclamación determinó una explosión de veneración hacia la Madre de Dios que no decayó jamás, ni en Oriente ni en Occidente, y que se traduce en fiestas litúrgicas, iconos, himnos y en la construcción de innumerables iglesias dedicadas a Ella, como Santa María la Mayor en Roma.


La maternidad física o real de María, con la relación excepcional y única que crea entre Ella y Jesús, y entre Ella y toda la Trinidad, es y sigue siendo, desde el punto de vista objetivo, lo más grande y el privilegio inigualable, pero es tal porque encuentra una respuesta subjetiva en la fe humilde de María. «María --dice San Agustín-- concibió a Cristo por fe en su corazón antes de concebirlo físicamente en su cuerpo».


No podemos imitar a María en concebir a Cristo en el cuerpo; sin embargo podemos y debemos imitarla en concebirlo en el corazón, o sea, en creer.



P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
Extracto de la homilía realizada en
la Solemnidad de María, Madre de Dios - 01/01/08

sábado

Ozanam, Ampère y el Rosario

El beato Federico Ozanam, fundador de las famosas Conferencias de San Vicente de Paúl, nos dice que reafirmó su fe al ver a un gran hombre en oración.



A la edad de 19 años, el famoso escritor, Federico Ozanam, fue enviado por sus padres a estudiar a la Universisad de París. Durante su estancia allí, tuvo la gran suerte de encontrar al gran científico Andrés Ampère.



«Un día, cuenta Ozanam , triste y abrumado de problemas entré en la iglesia de San Esteban para sobreponerme y levantar el ánimo. La iglesia estaba en silencio y casi vacía. Arrodillado humildemente delante del altar, estaba un hombre sumergido en la oración del Rosario. Acercándome, pude reconocer a Ampère. Después de contemplarle unos momentos me retiré, profundamente conmovido y más cerca de Dios.»



El científico matemático y físico, de fama mundial, André-Marie Ampère, descubridor del electromagnetismo, fortalecía su alma en la oración. El joven estudiante aprendió, con este admirable ejemplo, cómo luchar contra los ataques de las pasiones. Sorprendido por esta muestra de fe, Ozanam reafirmó su fe al ver a Ampère rezar el Rosario, y fue un hombre de fe profunda que llenó el mundo con su amor.



Ozanam solía decir que el Rosario de Ampère le había movido y convencido más que mil sermones.



Federico Ozanam nació en Milán el 23 de abril de 1813 y falleció en Marsella el 8 de septiembre de 1853. Fue un personaje de fe viva y profunda, fue una extraordinaria figura del laicado católico.


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