martes

La oración continua

«Un día preguntó Santa Juana a San Francisco de Sales

—Tendríais la franqueza de decirme con toda sencillez cuándo pensáis en Dios?

—Siempre. Pero a veces me paso un cuarto de hora sin pensar en El.

Y la Santa exclamó con toda ingenuidad —Ay, pobre monseñor, pobre monseñor! ¡Qué cansada tendréis la cabeza! ¡ Pensar continuamente en Dios! Os compadezco.

El bondadoso obispo sonrió, y dijo —No habéis visto alguna vez a un niño cogiendo fruta con la mano derecha, mientras con la izquierda está cogido a la de su padre? Esa mano izquierda está en la mano paterna, sin presión nerviosa, muy tranquila. Pues así hemos de hacer nosotros con una mano trabajamos y con la otra no debemos dejar a Dios»


(Tomado de . G. HOORNAERT, Frente al deber, 3a ed. Sal Terrae [Santander] p.450).

El cumplimiento del deber no es fanatismo

Una pareja "católica" me dijo en conversación, hablando la señora:

"Somos muy católicos, pero a misa no vamos ni nos hemos confesado desde hace muchos años; pues no somos fanáticos".

Sonriéndome le contesté:

"Señora, si su cocinera prepara la comida como es su deber y tiene todo listo para la hora de almuerzo, ¿dirá Ud. que es una fanática por cumplir con su deber? Y si su chofer guía el carro de Ud. a su casa y no contra un poste telegráfico, ¿le dirá Ud. que es un fanático? El cumplimiento del deber no es fanatismo".


+Monseñor Federico Kaiser, MSC Obispo
(1903-1993)

sábado

Misionero y mártir en China

Hay en la historia de las misiones cuadros conmovedores que conviene recordar para que se incremente en nosotros el amor a los misioneros y el deseo de rezar por ellos...

Un obispo vino de China en busca de apóstoles para aquellas regiones. Reunió a varios seminaristas en la capilla. Entre todos se fijó en uno de inteligencia nada común y de honda piedad. El joven era ya sacerdote y el obispo le llamó:

- Jóven, ¿por qué no vienes conmigo a China a predicar el evangelio de Cristo a aquellas almas abandonadas?

Al joven no le tomó de sorpresa la pregunta pues muchas veces había pensado en ello.

-Señor obispo -le contestó- éste sería mi mayor anhelo; pero tengo madre y ya es viejecita. Soy su único apoyo. Habrá que esperar a que Dios se acuerde de ella.; ese día iré a China.

El obispo calló. Días más tarde estaba el joven sacerdote en su humilde hogar con su madre viejecita cuando, de pronto, llamaron a la puerta Apareció allí la sotana morada del obispo chino.
La madre le vio se arrojó a sus pies y le besó el anillo. La bendijo el prelado, se levantó la viejita y entonces fue el obispo el que se arrojó a sus pies.

-Mujer -le dijo- vengo a pedirte a tu hijo, pero a pedírtelo para Jesucristo.

La santa anciana levantó los brazos y los ojos al cielo y contestó :

-¡Para Jesucristo! ¡Para Jesucristo! ¡Llevadlo! ¡Sólo para Jesucristo!

Días más tarde el hijo se embarcaba. La madre le despidió con los brazos trémulos y del muelle corrió a sepultarse en un asilo de ancianos. Su hijo murió mártir en China.


viernes

María, llena de gracia

[...]

Belleza de María
Estamos en un tiempo en que el cuidado del físico femenino y masculino se ha convertido en una obsesión y a veces, en la expresión de nuestros complejos interiores. Los cristianos ensalzamos la belleza de María, pero tenemos muy claro que hablamos de otro concepto de hermosura… La belleza física sin santidad, nos hace vanidosos; lo cual nos conduce al ridículo, e incluso, a la fealdad.

La auténtica belleza no es “apariencia”, sino “aparición”. En efecto, lo primero que captamos del misterio de Dios no es la verdad, sino la belleza. Y en un segundo momento, comprendemos que esa belleza es el esplendor de la verdad y de la bondad de Dios que sale a nuestro encuentro. De alguna manera, podemos decir que en la Virgen María se nos aparece Dios, ya que Ella es la obra más perfecta que ha salido de sus manos.

La hermosura de María cabe deducirla también de aquella frase de Santa Bernardette, quien fuera vidente de la Virgen en Lourdes: “Cuando se ha visto una vez a María, no se tiene más que un deseo: morir para volver a verla”.


Esposa de Dios
María es la única mujer que ha podido llamarle a Dios «hijo mío». La Maternidad Divina de María es, sin duda, el dogma mariano por antonomasia, y de él se desprenden como consecuencia los demás: Concepción Virginal, Asunción a los Cielos e Inmaculada Concepción.

Ahora bien, el Papa Benedicto XVI también se ha referido a Ella bajo la imagen de “Esposa de Dios”, de una forma muy sugerente. Lo hizo en la introducción al Ángelus con el que concluyeron las Jornadas Mundiales de la Juventud en Sydney. Transcribo aquellas palabras, en las que comenta el saludo del arcángel Gabriel a María:

“Esta escena es quizás el momento culminante de la historia de la relación de Dios con su pueblo. (…) La Alianza con Israel fue como un tiempo de hacer la corte, un largo noviazgo. Luego llegó el momento definitivo, el momento del matrimonio, la realización de una nueva y eterna alianza. En ese momento María, ante el Señor, representaba a toda la humanidad. En el mensaje del ángel, era Dios el que brindaba una propuesta de matrimonio con la humanidad. Y en nombre nuestro, María dijo sí.

En los cuentos, los relatos terminan en este momento: «y desde entonces vivieron felices y contentos». En la vida real no es tan fácil. Fueron muchas las dificultades que María tuvo que superar al afrontar las consecuencias de aquel «sí» al Señor. (...) En las diversas pruebas Ella permaneció fiel a su promesa, sostenida por el Espíritu de fortaleza. Y por ello tuvo como recompensa la gloria.

Queridos jóvenes, también nosotros debemos permanecer fieles al «sí» con que acogimos el ofrecimiento de amistad por parte del Señor. Sabemos que Él nunca nos abandonará. Sabemos que Él nos sostendrá siempre con los dones del Espíritu. María acogió la propuesta del Señor en nombre nuestro. Dirijámonos, pues, a Ella y pidámosle que nos guíe en las dificultades para permanecer fieles a esa relación vital que Dios estableció con cada uno de nosotros. María es nuestro ejemplo y nuestra inspiración; Ella intercede por nosotros ante su Hijo, y con amor materno nos protege de los peligros.”...


Monseñor José Ignacio Munilla
Obispo de Palencia - España

martes

Con la puerta siempre abierta

Cuando un hombre y una mujer se casan prometen fidelidad hasta la muerte. El “hasta la muerte” no hay que entenderlo en sentido literal, como si uno puede dejar de ser fiel cuando el otro o la otra haya muerto. Se trata de algo mucho más profundo y difícil: ser fiel hasta el sacrificio, hasta la renuncia total, hasta la pérdida del propio bienestar económico o de los planes más fuertemente acariciados...

Por desgracia, siempre han existido infidelidades. Son especialmente dramáticas cuando él o ella dejan el hogar y abandonan a la otra parte, tal vez incluso con niños pequeños.

Es duro, de la noche a la mañana, descubrir que el esposo se fue. Quizá con otra, quizá lejos, quizá sin una nota de despedida o una promesa de ayuda en los gastos que implica el cuidar a los hijos. La esposa (o el esposo) abandonada queda sola, con un dolor y una herida que es difícil de describir, que sólo conocen quienes han pasado por una experiencia parecida.

Duele el ver cómo alguien que un día prometió amor fiel y eterno, “en la salud y en la enfermedad”, rompa de la noche a la mañana con todo y se marche a buscar nuevos amores y aventuras. Duele el ver que la vida cambia, de repente, por la fuga de quien era parte del calor de la familia. Duele el ver que los hijos no comprenden, no aceptan, no se resignan a que papá (o mamá) se haya ido lejos, sin despedirse, sin explicar una huida que tiene muy poco de comprensible o de justificable.

A la parte abandonada le quedan diversas opciones. Hay quienes “se vengan” y buscan un nuevo compañero de camino, aunque sea claro que ya no se trata de un matrimonio “con todas las de la ley”.

Hay quienes ven cómo crece en su corazón un rencor y una rabia que casi hacen imposible cualquier posible reconciliación, si el fugitivo algún día volviese a llamar a casa.

Hay quienes caen en una depresión profunda, con la necesidad de ayudas de todo tipo (psicológicas, sociales, medicinas antidepresivas), sin que lleguen a aceptar una soledad de la que son víctimas, por culpa del egoísmo de la otra parte.

Hay quienes, en fin, por dignidad, por los hijos, e incluso por un amor que raya en lo heroico hacia quien ha roto el matrimonio, optan por trabajar, por luchar, por hacer todo lo posible para sostener a los hijos y para mantener el hogar digno y abierto. Abierto a quien se fue, y que puede, si sabe tener la suficiente humildad para pedir perdón, volver otra vez a la vida de familia.

Es difícil, es duro, ser abandonados. Quizá también tendríamos que decir que es triste, es cobarde, dejar a los que son de la propia carne y de la propia sangre. Pero es infinitamente grande el corazón que sabe vencer, con amor, lo que el egoísmo quiso herir y destruir en un triste día de la historia familiar.

Hay que recordar que “el amor es más fuerte que la muerte”, más fuerte que la infidelidad. El amor puede gritar, a quienes viven de sus caprichos y pasiones, que no es grande el que rompe su palabra y termina con sus promesas matrimoniales para seguir rumbos “liberadores”, sino el que sabe amar también cuando sangra el corazón, cuando hay que vivir en la soledad del abandono, entre el silencio y las lágrimas que quizá alguna vez descubren los hijos pequeños...

Hay infidelidades que pueden destruir una vida. Y hay fidelidades que pueden hacer renacer la esperanza. Quien vuelve después de una aventura desleal y se siente perdonado por Dios y por su esposa (o su esposo) no puede sino sentirse ganado por un amor que no cerró la puerta a la esperanza. Y quien acoge al esposo (o la esposa) arrepentido crece e ilumina este planeta con un rayo de bondad que vale más que todos los descubrimientos de la ciencia...

P. Fernando Pascual, LC

Mirar con ojos cansados

Hemos de intentar no mirar nunca a los otros con ojos cansados. La mirada que se nos escapa cuando vemos que se repite, en nosotros o en el prójimo, algo negativo. No miremos a otros con ojos cansados. Pobres de nosotros, si Dios nos mirase con semejantes ojos, diciéndose: «Otra vez este hijo o esta hija no responde a mi amor». Dios nos contempla con ojos ilusionados, no cansados, porque ninguna actitud nuestra le hace cambiar en su plan de que seamos objeto de su amor, suceda lo que suceda en nosotros.



Esta forma de esperanza tiene que ver, y mucho, con el prójimo. Y ello por dos razones. Si el otro adivina que no le creemos capaz de conversión, le quitaremos fuerza. Y otra razón importante: si oramos por él, pero no creemos que pueda cambiar esta persona, mi plegaria por él puede no ser suficiente. Pues Jesús dijo muy frecuentemente: «Que se haga como has creído», y yo ruego sin tener fe, sin confiar en la conversión ajena.



Jean Daniélou dijo que la confianza es difícil porque pide una cierta desposesión de uno mismo. De cara a Dios, desposesión de pecados. De cara al prójimo, pedir perdón y perdonar. Ambas cosas nos hacen falta, porque nos desposeemos, perdonando o pidiendo perdón. Esta ayuda a los otros tiene que ver con un paso, no muy frecuente en las escaladas, llamado «paso de espalda». Poner la espalda es poner oración, amistad, para que otro ascendiera espiritualmente adonde parecía que no podía llegar.



Cardenal Ricardo Mª Carles
«Mirar con ojos cansados» en La Razón.es[en línea], 28/05/08. . [Consulta:11/08/08].
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