jueves

Gratitud

Esto, que nos cuenta Lamartine, el poeta y político francés, le sucedió a él mismo.

Iba paseando el poeta cuando oyó a un picapedrero exclamar a cada golpe de martillo: “¡Gracias!”

-Buen hombre, ¿a quién das gracias?

-A Dios – respondió el otro.

-Si hubieras sido rico, me parecería natural que dieras gracias a Dios, pero sabes que Dios pensó en ti sólo una vez al tiempo de criarte; luego te dio un martillo y no ha vuelto a pensar en ti.

-¿Así que dice usted que Dios pensó en mí por lo menos una vez?

-¡Hombre! Eso está claro- respondió el poeta.

Y el picapedrero, que si no era más poeta era más cristiano que Lamartine, dijo así, llorando:

-¿Y le parece a usted poco? Todo un Dios pensar en un picapedrero. ¡Gracias, Dios mío, gracias!- y siguió picando piedras.

miércoles

Violación y aborto: ¿solución o chapuza criminal?

Violación y aborto ¿solución?
Son constantes las noticias de violaciones. Se producen lejos, en guerras como la de los Balcanes o las de Africa. O cerca, por culpa de borracheras o de la prepotencia de algunos hombres que buscan el placer del modo más injusto y salvaje que uno pueda imaginar.

Conviene no olvidar nunca que la mujer violada ha recibido una agresión no sólo en su cuerpo. Ha sido pisoteada, quizá de un modo radical, en su dignidad, en su honor, en su libertad, en su condición femenina, en sus derechos. Ha sido herida como mujer y como persona, como joven o como adulta, quizá incluso como niña o adolescente. Su herida es la herida de toda una sociedad, una sociedad que se siente enferma, incapaz muchas veces de detener y castigar la violencia de quien, por la fuerza, viola y abusa de los demás.

Ante tanto desorden, toda la sociedad debería reaccionar. No puede quedar sin castigo el violador, porque su culpa ha herido a la víctima en lo más profundo de su ser. No puede quedar sin asistencia la mujer violada, necesitada muchas veces de apoyo familiar, psicológico, incluso tal vez médico, después de todo lo que se ha hecho no con su cuerpo, sino con ella... No puede quedar indiferente un estado civilizado ante su dolor, incluso ofreciendo, cuando haga falta, la ayuda material o económica que sea necesaria. Pero lo principal será siempre un apoyo que consista en cariño, solidaridad, respeto y justicia.

¿Y qué hacer cuando tras la violación empieza un embarazo? Algunos pueden creer que la mujer no tiene “derecho” (mucho menos, “deber”) a aceptar un niño impuesto por la fuerza. Otros llegan a decir que, en esos casos, sería justificable el aborto: ese niño es un recuerdo continuo del agresor (convertido ahora en padre) que martillea el corazón y el mismo vientre de la víctima...

Pero el aborto, si lo miramos con objetividad, no puede ser ni será nunca una solución a la violación. Si las consecuencias de la agresión no pueden desaparecer con unas palabras de aliento ni con medicinas tranquilizantes, tampoco desaparecerán si se añade a la violación un nuevo acto criminal, si se añade sangre a la sangre...

Sí: el niño concebido en un aborto ha sido impuesto a la fuerza, pero es un ser que merece todo el respeto de la ley y de cualquier estado democrático. No sólo eso: para la mujer violada es y será siempre su hijo. Ha llegado a ser madre contra su voluntad. Pero el origen criminal y salvaje de esa maternidad no quita la dignidad de la mujer que empieza esa aventura de 9 meses con la que cada hombre inicia su existencia en el mundo. Más aún: la mujer violada que acepta su maternidad grita al mundo que, frente a la injusticia salvaje y baja del violador, la vida vale infinitamente más, y que será defendida con su amor y con su entrega.

Tal vez, su aceptación generosa pueda ser el inicio de la superación del trauma sufrido: está venciendo con amor el gesto salvaje y denigrante de quien la violó. ¿No es este un acto de justicia en favor de un ser débil e indefenso, el hijo? ¿Un acto infinitamente hermoso y grande porque nace del corazón de una mujer que sabe lo grave que puede ser una injusticia, como la de la violación que ella ha sufrido en lo más íntimo de su existencia? ¿No es grande la victoria del amor y la ternura por encima del salvajismo despiadado y cruel de los violadores y de los prepotentes que excluyen, manipulan y explotan a los débiles y a los indefensos, si es que no llegan a los extremos de degradación e infamia como son el infanticidio y el aborto?

Es duro ser madre “a la fuerza”. Pero es más duro ser criminal por propia voluntad. La mujer que aborta al propio hijo, aunque haya sido concebido en un acto abusivo por parte de un hombre sin escrúpulos, entra a formar parte del mundo despiadado del individuo que la violentó: entra en la lógica de la injusticia que quiere eliminar. ¿Puede ser el aborto una solución a su inmenso sufrimiento moral? ¿No será mejor ofrecerle, como vía de solución, el apoyo de una sociedad sana y justa que, mientras previene las violaciones con educación y con castigos oportunos, sabe a la vez volcarse sobre quienes, como la mujer violada, son víctimas de los interminables egoísmos que oscurecen nuestro planeta?

Hace ya muchos siglos Sócrates dijo que “es mejor sufrir la injusticia que cometerla”. Los padres de una mujer violada saben que su hija padece inmensamente porque ha sido agredida contra toda justicia. Pero no pueden ni deben forzarla a añadir sangre a la sangre, odio al odio, a perpetrar un crimen de un niño inocente para “castigar” al verdadero culpable que, muchas veces, sigue gozando de una libertad inmerecida.

Hay que movilizar a la sociedad contra la plaga de las violaciones. Hay que reaccionar contra ese crimen que mata la dignidad de nuestras hijas o hermanas. Pero no con una injusticia que sólo sirve para derramar sangre inocente.

El hecho de que existan quienes defienden el aborto como solución a las violaciones da mucho que pensar. Porque quien pide el crimen de un ser humano inocente se convierte en un potencial enemigo de cualquier otro ser humano no nacido, y no pocas veces también de los que ya hemos nacido. La historia nos dice que la legalización del aborto “sólo en los casos de violación” ha ido abriendo más y más las posibilidades de uso de ese acto criminal, permitiendo el aborto de otros miles y millones de niños inocentes. No puede ser de otra manera, pues una vez que se reglamenta un delito tan execrable como es el aborto, aunque sea por razones aparentemente “humanitarias”, siempre se encontrarán nuevos motivos y nuevas excusas para seguir abriendo puertas a más y más peticiones abortistas.

Esperamos que ninguna nación no caiga en esta trampa, ni que se use el dolor de la mujer violada como excusa para forzar un crimen que agrave el drama de su sufrimiento.

Esperamos que cada niño fruto de una violación encuentre tal acogida de solidaridad y de justicia, que pueda convertirse, el día del mañana, en un nuevo defensor de los derechos de los débiles, como lo fue su madre y quienes la apoyaron. Porque tú, pequeño, eres valioso a pesar de tu padre violador. Porque eres tú...

P. Fernando Pascual


martes

tres opciones radicales en la frontera de la muerte

Caroline, Lorraine y Paola. Francesa, inglesa e italiana, respectivamente. Sus vidas son paralelas no sólo porque son mujeres ni porque son europeas, sino, sobre todo, por la actitud de coraje y valentía que asumieron cuando una opción radical tocó a su puerta: la muerte o la vida.


Caroline Aigle fue la primera mujer piloto de caza de la armada francesa y astronauta. A los 14 años ingresó en la escuela militar de Saint-Cyr. Con 25 años, en 1999, se convirtió en piloto de caza para, en 2005, pasar a ser comandante. En junio de 2007, en su quinto mes de embarazo, le diagnosticaron cáncer. Si quería seguir viviendo debía abortar a su hijo para ser sometida a un tratamiento. ¿Decisión? Caroline nació para luchar, no para rendirse. Con tal de evitarle un daño a su hijo, renunció al tratamiento. ¿Consecuencia? Nació Gabriel con cinco meses y medio pero ella falleció. Antes de morir pudo ver a Gabriel en varias ocasiones y cargarlo en brazos.


“No podía detener la vida de un ser que había llevado consigo cinco meses (…) Este fue su último combate, y lo ganó”, declaró el también piloto y esposo de Caroline, Christopher Deketelaere.


La respuesta de Lorraine Allard a los médicos que le sugirieron abortar para salvar su vida fue: “si voy a morir, mi bebé vivirá”. Casada, 33 años y con tres hijas, a los cuatro meses de su cuarto embarazo fue diagnosticada con cáncer en el hígado. Lorraine. ¿Solución? Llevar adelante su embarazo. El 18 de noviembre de 2007 nació el pequeño Liam y Lorraine pudo tenerlo a su lado como feliz mamá hasta el 18 de enero de 2008, fecha en que falleció. Martyn Allard, esposo de Lorraine, ha decidido que cuando Liam crezca, no le dirá que su madre murió por él sino que su madre se aseguró de darle la oportunidad de vivir.


Paola Breda puso la vida de su hijo ante todo. También antes de la propia. En el sexto mes de embarazo, Paola descubrió que tenía un tumor pero jamás aceptó recurrir a medicamentos que habrían dañado al hijo que llevaba en su vientre. En enero de 2007 nació el pequeño Nicola. Aunque Paola luchó por vivir, el lunes 7 de abril falleció.


Giuseppe Nadal, un sacerdote católico que ha acompañado con paternal solicitud a Paola durante todo este tiempo, declaró sobre ella: “Ni siquiera en el momento de la máxima prueba tuvo el mínimo replanteamiento. Paola era de verdad un himno a la vida y un ejemplo para todos nosotros”. Y también añadió: “Cuando descubrió que estaba enferma, vino a la iglesia llorando, pero aquellas no eran lágrimas de dolor por el mal que la había golpeado, sino de agradecimiento al Señor por el don de esta nueva maternidad. Ella y su marido habían esperado nueve años después de haber tenido a la primera hija y este segundo embarazo la había hecho todavía más feliz”.


Frente a estos ejemplos luminosos que van totalmente contracorriente, es difícil que otros seres humanos no se conmuevan y se opongan a una cultura de la muerte que defiende el aborto como derecho y conquista.


Frente al egoísmo del aborto, conscientes del riesgo que corrían, estas mujeres han elegido la generosidad.


A pesar de vivir en una época donde la vida humana parece valer nada y donde el egoísmo se convierte en ley, siguen existiendo testimonios de mujeres que nos enseñan que dar la vida por un hijo, dar la vida por el prójimo, es una excepción que sigue teniendo un gran sentido cuando se ha captado el significado ya no sólo de la maternidad, sino de lo que significa ser persona, de lo que significa amar.

Jorge Enrique Mújica



jueves

¿importan muros y paredes al cristiano?

San Agustín nos habla de Victorino, ilustre ciudadano romano, uno de los más famosos oradores que por aquel entonces había en la Ciudad Eterna, el cual llegó, por la asidua lectura de los Santos Evangelios, al convencimiento de que la fe de los cristianos emanaba evidentemente del Dios único y verdadero, Señor de todo lo creado.


Cierta vez, haciendo alarde de sus nuevas creencias, dijo a San Simpliciano, con quien se hallaba discutiendo sobre materias religiosas: "Ahora soy un perfecto discípulo de Cristo."


A lo que repuso el Santo: "Así lo creo, puesto que lo decís, aunque me extraña no veros jamás en el templo."


Repuso Victorino: "Nada importan al cristiano muros y paredes. En todas partes puede honrarse a Dios, y no precisa frecuentar el templo para cumplir debidamente."


A estas razones contestó San Simpliciano: "Acudiendo al templo, parece como si con la piedad de los demás cobrásemos ánimo para mejorar la nuestra propia, pues la mejor compañía para un cristiano es la de los otros cristianos. Por otra parte, cada una de nuestras visitas al templo viene a ser como una nueva afirmación pública de cristianismo, cosa agradable a Jesús, como se trasluce de aquellas sus palabras: —Quien se avergüence de mí y de mis doctrinas, también se avergonzará de él el Hijo del Hombre, cuando se halla sentado a la diestra de su Padre."


Esas palabras iluminaron de súbito la inteligencia de Victorino y reconoció que el Santo llevaba la razón. A partir de aquel día, viósele acudir al templo con harta frecuencia. Dios exige a los cristianos que no tengan reparo en manifestarse como tales y que además se complazcan en ello.


(Spirago, Catecismo en ejemplos, t. IV, Ed. Políglota, 2ª Ed., Barcelona, 1940, pp. 279-280)





martes

¿Desde la astrología hacia la genética?

La astrología (antigua y moderna) busca indagar sobre el futuro con la ayuda de las estrellas o con otros métodos más o menos sofisticados.


Según la disposición de los astros en la fecha de nacimiento, según los movimientos celestes del presente, los astrólogos y los amigos de las ciencias adivinatorias dan recetas, ofrecen consejos, previenen de peligros, sugieren inversiones y recomiendan dietas.


En la Antigüedad hubo pensadores que criticaron con dureza las extravagancias de los adivinos. Sexto Empírico, un filósofo que vivió entre los siglos II y III de nuestra era, escribió un tratado contra los astrólogos, para ridiculizar los argumentos usados por quienes leían el futuro en las estrellas.


En el mundo moderno, y a pesar de los progresos de la ciencia y de la cultura, la astrología tiene una gran difusión. Encontramos horóscopos en el periódico, en la radio, en internet. Existen adivinos que ofrecen (a un precio más o menos razonable) consejos y pistas a quienes piden ayuda antes de tomar decisiones importantes. El nivel de estudios no aparta a muchos de la costumbre de acudir a los astrólogos.


Al lado de la astrología, quizá en competencia con ella, se ha desarrollado un uso de la genética orientado claramente a las predicciones, al conocimiento del futuro. A través del estudio del ADN, de la información de los genes con los que cada uno empieza a existir, algunos buscan desvelar numerosas características de las personas y de sus acciones presentes y futuras.


El ADN determinaría, principalmente, la estructura física, la altura, el color de la piel, la forma de la nariz, el brillo de los ojos o la calcificación de los huesos. Pero también fijaría el nivel intelectual, la disposición caracteriológica, la propensión a ciertas enfermedades, la tendencia hacia el optimismo o hacia el pesimismo, el sentido del humor, incluso muchas decisiones que la gente considera libres pero que serían resultado del poderoso control ejercido por los genes.


Esta teoría, desde luego, no es compartida por todos, pues muchos biólogos reconocen que, junto a la acción de los genes, la vida de cada individuo depende del ambiente, de la cultura, de las decisiones personales. El desarrollo de una existencia humana no sería resultado del control férreo del ADN sobre la psicología o sobre el funcionamiento del organismo fisiológico, sino que se explicaría desde un conjunto muy completo de factores, entre los que habría que incluir la libertad de cada uno.


Pero la tentación de aceptar el determinismo genético sigue muy presente en nuestras sociedades. Hay quienes buscan conocer su futuro con la ayuda de un test de laboratorio, para descubrir si tendrán cáncer de colon, si sufrirán de diabetes, si morirán de alguna forma de insuficiencia renal, etc. Creen, de esta manera, adquirir una ciencia con la cual podrían orientar sus decisiones futuras y prevenir (incluso evitar) males a los que estarían predispuestos a causa de la constitución de sus cromosomas.


En el ser humano, sin embargo, existen fuerzas interiores y mecanismos profundos que van más allá de los mecanismos genéticos. La inteligencia nos abre a horizontes casi ilimitados. La voluntad puede escoger entre muchos estilos de vida, hasta el punto que muchas decisiones cambian completamente el destino no sólo de uno mismo sino también de muchas otras personas que viven más o menos cerca de nosotros.


Es verdad que los genes fijarán, casi de modo irremediable, ciertos eventos en la vida de cada uno. Pero también es verdad que con una dotación genética “defectuosa” y pobre, habrá quienes sabrán vivir según valores nobles, según principios buenos, según actitudes de solidaridad y de entrega que embellecen el mundo y que hacen posible importantes triunfos de la justicia entre los hombres. Como también, hay que reconocerlo, habrá quienes vivan según criterios egoístas, injustos y violentos.


Frente a quienes, con una actitud de prepotencia, quieren usar la genética para decir quién tiene derecho a vivir y quién será abortado por los “defectos” en sus cromosomas (para evitarle un “futuro negro”), podemos y debemos defender el valor de cualquier existencia humana, precisamente porque vivir como hombres o como mujeres es algo mucho más grande y más profundo que desarrollar una serie de eventos químicos según el ADN que recibimos de nuestros padres.


La genética no debe convertirse en un sucedáneo de los horóscopos (engañosos hasta extremos ridículos) en el mundo de la ciencia. Ni las estrellas ni los genes pueden encadenar la riqueza de la libertad humana. Porque somos libres, cada uno decide, en sus opciones concretas, su futuro temporal y su futuro eterno. Ese es el gran riesgo y, sobre todo, la gran riqueza, de nuestra condición humana.



P. Fernando Pascual




lunes

Os suplicamos en nombre de Cristo...

…Dejáos reconciliar con Dios

Si miramos a nuestro alrededor con un poco de realismo, que es ejercicio de humildad y valentía, veremos que a muchos de nosotros nos cuesta trabajo confiar del todo en Dios y organizar nuestra vida de cara a la vida eterna.


La mayoría de nosotros vivimos una vida ambigua y confusa, en la que intentamos combinar la fe y la comodidad, el espíritu cristiano y las concesiones al materialismo y al egoísmo. Aunque tenemos que luchar constantemente contra esta mediocridad espiritual, no nos tiene que asustar. Somos pecadores. Llevamos el pecado muy dentro de nosotros.


La Biblia y las enseñanzas de la Iglesia nos hablan de una condición pecaminosa original que nos hace difícil la plena confianza en Dios y la obediencia sincera y generosa a sus mandamientos. Pero esto no nos tiene que desanimar. Dios conoce nuestra verdadera situación, y a pesar de ello nos sigue queriendo, porque nos perdona y continúa pacientemente su obra de redención y de gracia hasta la consumación. Es más, El nos amó siendo pecadores y con su amor inmerecido nos hace posible la justificación interior y la riqueza de las buenas obras.


Afortunadamente, el principio y el fundamento de nuestra salvación no están en nuestras propias obras, sino en el amor fiel y perseverante de Dios. Dios nos ama irrevocablemente. Por este amor nos tiene destinados para la vida eterna en su Hijo Jesucristo, y por este mismo amor perseverante nos perdona, nos justifica y se llega hasta nosotros para ayudarnos a alcanzar la plenitud de nuestra vida en la felicidad gloriosa de la vida eterna.

[...]

El arrepentimiento y la confianza en el perdón son el principio y la raíz de la verdadera religión. Sin verdadera penitencia interior y exterior no puede haber verdadera religión ni auténtica vida cristiana. Sin arrepentimiento personal de nuestros pecados, la piedad y la fe degenerarían fácilmente en orgullo y satisfacción de nosotros mismos. El anuncio del perdón y de la misericordia de Dios, unido a la exhortación a la conversión y al arrepentimiento de los pecados, es el inicio y el hilo permanente en la predicación de Jesús y parte central en el Evangelio de la gracia.


Como es verdad que el mayor bien que Dios nos ha dado es la promesa y la permanente posibilidad de la salvación eterna, también es cierto que nuestro mayor peligro es la posibilidad de la condenación como consecuencia de la obstinación en nuestro orgullo impenitente.


La acción positiva de Dios siempre es una acción de misericordia y de salvación. Sólo el orgullo y el rechazo contumaz de la soberanía y del amor de Dios pueden privarnos del gran don de Dios que es el ingreso en su vida gloriosa y eterna. Esto es lo que siguiendo una enseñanza constante de Jesús y de la Iglesia, llamamos el infierno, un estado trágico de existencia perdurable sin el gozo del encuentro amoroso con la Verdad y la Belleza de Dios.


La salvación es un encuentro en el amor ofrecido y aceptado. Y el amor es siempre una cuestión de libertad. Nadie puede entrar en el Cielo por la fuerza. En nuestras relaciones con Dios todo tiene que desarrollarse en el ámbito de la libertad y del amor.

[...]

Jesús hace de la misericordia uno de los temas principales de su predicación. La anuncia y la vive como uno de los contenidos más importantes de su misión: “El Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido". “No son los sanos sino los enfermos los que necesitan la curación". “No he venido a buscar a los justos sino a los pecadores". “Hay más alegría en el Cielo por un pecador que se convierte que por cien justos que perseveren". En el momento culminante de la Cruz, sus palabras son palabras de perdón y de esperanza (Cf Lc 5, 31-32; Lc 15; Lc 23, 33-49).


El Señor Jesús, en todo santo, buscó a los pecadores, anunció y otorgó el perdón de los pecados a cuantos se acercaron a El con humildad y verdadero arrepentimiento (Cf. Lc 7, 47-50; 15, 7. 10. 11-31; 18, 9-14; 19, 9) En este ministerio de gracia y de perdón Jesús era revelador del Padre, revelador e instrumento primordial de la gracia de Dios sanante, perdonante y santificadora (Cf Lc 15).


En el momento culminante de la memoria de Jesús, cuando la Iglesia recuerda y renueva sacramentalmente el sacrificio de Cristo, señala expresamente el fruto primero de la muerte de Jesús: “Esta es mi sangre derramada por vosotros, para el perdón de los pecados". La muerte y la resurrección de Jesús constituyen la manifestación decisiva del amor de Dios hacia nosotros, por la muerte y la resurrección nos llegan el perdón de los pecados y la posibilidad de la vida eterna.

[...]

A veces, llevados por el deseo de atraer y de no asustar a los fieles, presentamos el amor de Dios como si fuera un amor indulgente al que no le importan nuestros pecados, que pasa por encima de ellos casi sin tenerlos en cuenta. La verdad es que el amor de Dios no es indulgente con el pecado porque el pecado es incompatible con la eficacia de sus dones en nosotros. Dios ama al pecador irrevocablemente, pero reclama siempre el abandono de los pecados. Jesús, a la vez que ofrece el perdón de los pecados, reclama la conversión y el cambio real de vida. Podemos pensar en muchos pecados concretos, pero es importante que nos demos cuenta de que por debajo de todos ellos está el desconocimiento y la falta de amor hacia Dios.

[...]

Muchas veces nos acusamos de pecados concretos, de faltas concretas contra uno u otro de los mandamientos de Dios o de la Iglesia. Está bien y así tiene que ser. Pero un examen más sincero de nuestra vida nos tiene que llevar al descubrimiento de que nuestro pecado de fondo es la falta de amor a Dios y al prójimo, la falta de reconocimiento efectivo de la bondad de Dios y de su importancia en nuestra vida, la idolatría oculta de las cosas de este mundo a las que dedicamos más tiempo y amamos más efectivamente que al Dios vivo y salvador porque nos dejamos llevar de la ilusión de que nos hacen más felices y son más importantes que Dios mismo.


Necesitamos recuperar vivamente el conocimiento religioso del pecado como olvido y menosprecio, incluso como rebeldía contra los designios y la providencia de Dios, como afincamiento en nosotros mismos, falta de amor y de humildad ante la grandeza y la bondad de Dios, falta de confianza para obedecer de verdad sus mandamientos en vez de cerrarnos y endurecernos en nosotros mismos.


Con el mandamiento del amor al prójimo nos ocurre algo semejante. Lo aceptamos para aplicarlo en el círculo reducido de nuestros familiares y amigos. Quizás somos capaces de no hacer mal a los demás, pero difícilmente llegamos a querer para los demás lo que queremos para nosotros mismos, a medirlos con la misma medida de amor y comprensión con que nosotros queremos ser medidos, a ofrecer el perdón y la reconciliación a quienes nos han ofendido (Cf Lc 6, 34-36).


La verdadera penitencia nace en nuestro corazón cuando nos comparamos con la santidad de Jesús, cuando nos medimos con lo que El ha descrito como conducta propia de sus discípulos, cuando nos miramos en El con amor. “Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a quienes os odian. Bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os maltratan” “Sed misericordiosos como es misericordioso vuestro Padre del Cielo”. (Lc 6, 27-28)


De este pecado profundo que es la falta del amor sobrenatural a Dios y al prójimo, nacen fácilmente otros muchos pecados concretos. Cuando nuestros corazones no están interiormente renovados y justificados por la acción del Espíritu Santo y la presencia del amor sobrenatural de Dios y del prójimo, esta falta de amor y de piedad efectiva se concreta y se manifiesta en otros muchos pecados de acción y de omisión que los mandamientos de Dios y de la Iglesia se encargan de revelar y poner de manifiesto.

[...]

Termino con la hermosa cita de San Pablo con la que he comenzado: “El amor de Cristo nos impulsa a pensar que si uno ha muerto por todos, todos hemos muerto de alguna manera. El ha muerto por todos para que los que estamos vivos no vivamos ya para nosotros, sino para Aquel que ha muerto y resucitado por nosotros. De modo que nosotros ya no conocemos a nadie según la carne, y si hemos conocido a alguien según la carne, ahora no lo conocemos ya así. Pues si uno está en Cristo, es una creatura nueva. Las cosas viejas han pasado. Ahora todo es nuevo. Y todo esto viene de Dios que nos ha reconciliado con El por medio de Cristo y nos ha confiado a nosotros el ministerio de la reconciliación. Ha sido el mismo Dios quien ha reconciliado el mundo entero consigo en Cristo, no cargando más a los hombres con sus culpas y entregándonos a nosotros la palabra de la reconciliación. Nosotros hacemos de embajadores de Cristo como si Dios mismo os exhortase por medio de nosotros. Os suplicamos en nombre de Cristo: dejáos reconciliar con Dios. A Aquel que no conoció el pecado, Dios lo trató como si fuera pecado a favor nuestro, para que por medio de El nosotros pudiéramos llegar a ser justicia de Dios” (II Cor 5, 14-21).



Monseñor Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo emérito de Pamplona y Tudela

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sábado

El escultor en la cantera

A las famosas canteras de mármol en Carrara (Italia) fué cierta vez un escultor, y veíasele mirar y remirar entre los bloques como si buscase alguna cosa. Le preguntaron qué bus­caba. Y contestó: "La imagen de un santo". Los que oyeron, riéndose de muy buena gana, le decían: "Si quiere usted ver imágenes de santos, vaya usted a la iglesia".


El escultor se sonrió, pero prosiguió buscando y volviendo a buscar. Al fin, deteniéndose ante uno de los bloques dijo: "Ahí se esconde". Adquirió el bloque, lo hizo enviar a su taller de Roma y, al poco tiempo, de aquella masa informe había salido, como por magia, la estatua de un santo, perfectísima.


Así como un escultor puede convertir cualquier trozo de mármol en una estatua y un tallador puede sacar una figura de cualquier pe­dazo de madera, de todo hombre puede formarse un santo, pues el amor a Dios y a los semejantes es asequible a todo espíritu humano.


Con harta razón nos decía San Buenaven­tura: "El amor a Dios no es privativo de algunas personas privilegiadas; una sencilla mujer aldeana puede querer tanto a Dios como el sabio más ilustre".

Y por esto vemos que han habido santos de todas las categorías y rangos sociales.



viernes

La peor de las corrupciones es la de uno mismo

El hombre piensa y actúa creyendo que se basta y sobra a sí mismo. No tiene necesidad de Dios


Las consecuencias no pueden ser más nefastas: autosuficiencia y arrogancia, ambición y vanagloria, utilización egoísta del poder... El pecado es la mala voluntad del hombre libre que se empeña en volver las espaldas a Dios. Quien hace mal a los ojos de Dios cae en la injusticia y el desprecio a los demás.


El pecado es como un cáncer invisible que va matando lo mejor que puede haber en la persona: la capacidad de respetar y querer a sus semejantes.


El pecado hunde en la inmensa tristeza de haber caído en la peor de las corrupciones: la de uno mismo. Ha perdido su propia identidad como persona y, por supuesto, como cristiano. Pero en el camino del retorno siempre está abierta la puerta de la misericordia.


Cardenal Carlos Amigo Vallejo
Arzobispo de Sevilla

miércoles

Pecado Original - Mas bien una carencia

Cuando era niño y oí hablar por primera vez de la mancha del pecado original, mi mente infantil imaginaba ese pecado como un gran borrón negro en el alma.

Había visto muchas veces manchas en manteles, ropa y cuadernos; manchas de café, moras o tinta, así que me resultaba fácil imaginar un feo manchón negro en una bonita alma blanca. Al crecer, aprendí (como todos) que la palabra mancha aplicada al pecado original es una simple metáfora.

Dejando aparte el hecho de que un espíritu no puede mancharse, comprendí que nuestra herencia del pecado original no es algo que esté sobre el alma o dentro de ella. Por el contrario, es la carencia de algo que debía estar allí, de la vida sobrenatural que llamamos gracia santificante.

En otras palabras, el pecado original no es una cosa, es falta de algo, como la oscuridad es falta de luz.


P. Leo J. Trese

Las tres manzanas del gran Franklin

Preguntó una madre al gran estadista Franklin(*), por qué la posesión de bienes va a menudo acompañada con desengaños.

El calló; y viendo una canasta de manzanas, tomó una y la dio a un niño presente. El infante la tomó en sus manos; apenas podía tenerla. Franklin le ofreció otra; el niño la tomó con gran esfuerzo. Al presentarle una tercera, a pesar de los esfuerzos, no alcanzó a retenerla. Cayó la manzana al suelo y el niñito empezó a llorar.

El estadista entonces, advirtió a la madre: «He aquí un hombrecillo con demasiada riqueza, para poder disfrutarla. Con dos manzanas era feliz; con tres dejó de serlo, y debió llorar»... La ambición desmedida pierde al ser humano, robando su felicidad. «Los deseos matan; la avaricia rompe el Saco».

No anhelar desordenadamente honras o dignidades. Es desorden desear lo que no se merece, procurándolo con malos medios o demasiada afición.


(Rosalio Rey Garrido, Anécdotas y reflexiones, Ed. Don Bosco, Bs. As., 1962, nn° 28 -24)
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* Franklin Delano Roosevelt

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