lunes

El escritor y el criado del convento

Un fámulo de un convento, que había leído un libro es­crito por un religioso de aquella casa, dijo cierto día al escri­tor:

'No tengo ninguna duda que por haber escrito libros de tanta verdad y enseñanza, Dios le recompensará con un gran premio en el Cielo'.

El religioso, de suyo muy humilde, respon­dióle:

'Querido amigo, el día del Juicio Final vendrán a tener igual valor mis libros que la escoba que usted usa. Y si por azar la intención que usted hubiese puesto en sus tráfagos de limpieza doméstica, resultase más agradable a Dios que la mía al escribir mis libros, recibirá sin duda mayor recompensa y será exaltado por Dios muy por encima de mí'.

Harta razón tenía aquel buen religioso, que un hábil trabajo puede agradar a Dios, si ha sido hecho con recta intención y ánimo de hon­rarle, pero también hay muchos santos en el cielo que en la tierra ni por asomo brillaron por la maestría de sus obras.

martes

En el cielo no hay envidia

Si diez personas sedientas aplican los labios a un caudaloso arroyo y todas apagan igualmente su sed, aunque unas beban más que otras no podrá haber entre ellas ninguna envidia.

Tampoco existe envidia en el cielo. Como cada alma posee a Dios y goza de El cuanto le es dable poseerle y gozarle, no puede envidiar a nadie.

La envidia se produce cuando vemos que otros poseen un bien que nosotros no poseernos, o cuando otros lo poseen de un modo que parece disminuir el nuestro.

En el cielo, Dios se da todo a todos y en la medida de que cada uno es capaz de poseerlo. La envidia es, pues, imposible; al contrario, la caridad, que reina como soberana en aquella mansión dichosa hace que cada cual goce de los bienes de otros como del suyo propio; y así la felicidad ajena, lejos de disminuir la nuestra, la acrecentará al aparecer como común a todos.
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