martes

Sobre la penitencia

Los padres de una joven murieron dejándola huérfana; se llamaba Paésia y decidió hacer de su casa un hospicio en beneficio de los Padres de Escete. De este modo, ella ofreció hospitalidad durante largo tiempo, sirviendo a los Padres.

Pero más tarde, cuando sus recursos se disiparon, comenzó a estar en la necesidad. Entonces hombres perversos fueron en su busca, y la desviaron de su buen fin. Finalmente hizo tan mala vida que llegó a prostituirse.

Los Padres lo supieron y se sintieron muy apenados. Entonces, llamaron al abba Juan Colobos, diciéndole:

"Hemos sabido que esta hermana vive mal, pero, mientras pudo, ella nos hizo caridad; ahora es nuestro turno devolverle la caridad y acudir en su auxilio. Ve entonces a buscarla y, según la sabiduría que Dios te dio, arregla este asunto".


Abba Juan fue entonces a su casa y dijo a la conserje: "Anúnciame a tu ama". Pero ella lo despidió diciendo: "Vosotros, al principio, habéis comido de sus bienes, y he aquí que ahora ella es pobre".

Juan pidió entonces: "Dile que tengo algo que le será muy útil". La anciana subió y habló de él a su ama. Esta reflexionó: "Estos monjes circulan siempre por la región del mar Rojo y encuentran perlas". Luego ordenó: "Deseo que me lo traigas".

Mientras él subía, ella se estiró sobre el lecho. Juan entró y se sentó a su lado. Mirándola a los ojos le dijo: "¿Qué tienes que reprochar a Jesús para haberte convertido en esto?" al oírlo, se puso tiesa. El, inclinando la cabeza, se echó a llorar amargamente.

Ella preguntó: "Abba, ¿por qué lloras?" El levantó la cabeza, luego la bajó y, llorando todavía, respondió: "Veo que Satán juega en tu rostro, ¿cómo no llorar?" Escuchando estas palabras dijo ella: "Es posible hacer penitencia, abba?" Como él respondiera afirmativamente ella pidió: "Condúceme donde tú quieras". "Vamos", dijo él, y ella se levantó. para acompañarlo. Juan observó que ella no tomó ninguna disposición con respecto a su casa, pero no comentó nada.

Cuando llegaron al desierto había anochecido. El, haciendo con arena una pequeña almohada la marcó con el signo de la cruz y le dijo: "Duerme aquí". Y, un poco más lejos, hizo lo mismo para él. Terminó sus plegarias y se acostó.

A medianoche se despertó y vio un camino luminoso extendiéndose desde el cielo hasta el cuerpo de la mujer y los ángeles de Dios conduciendo su alma. Entonces se levantó y le tocó el pie. Luego, al comprobar que estaba muerta, se arrojó de cara contra la tierra, suplicando a Dios. Y escuchó una voz que afirmaba:

"Una sola hora de penitencia le reportó más que la penitencia de muchos que perseveran en ella sin mostrar tal ardor".

Abba Juan Colobos
Extraído de: "APOTEGMAS DE LOS PADRES DEL DESIERTO"

domingo

Perdón a enemigos

En julio de 1905 el abate Blandier Pierre, iba a decir Misa en las Hermanas de la Misericordia. Le llamaron de urgencia para un moribundo. Trató de dar ánimo al paciente confiando en el perdón divino. Mas este repuso: «Dios, sí me perdonará; pero ¿y el otro?» Objetó el abate: «¿Qué otro?: cuando Dios perdona, nadie puede impedirlo».

Breve pausa; el enfermo explicó: «Soy antiguo miembro de la Comune; hice degollar a docenas de sacerdotes. Quedaba uno muy joven que no sabía defenderse, ni huir. Iba a matarle, pero llegó una patrulla. Rápido clavé en él mi espada, diciendo: “Te encontraré algún día, y entonces morirás”. Un chorro de su sangre salpicó mi mano; apenas alcancé a huir de los soldados».

Se detuvo fatigado y continuó: «Aquel cuya sangre manchó mis manos, ¿sabéis lo que me dijo?» El capellán puso un dedo en la frente como para recordar y respondió: «Sí, lo sé; os dijo: “En vuestro lecho de muerte, quizá me encontréis...” » Se agitó el paciente, exclamando: «¿Cómo sabéis esto? ». Aclaró el sacerdote: «Amigo mío, aquel joven era yo. Y el buen Dios me envía a deciros que el otro, también os perdona... »

Ronco sollozo y sangre, salieron por los labios del perdonado; mirando sus manos gritó: “Ah, esta es vuestra sangre que me ahogaba por cuarenta años. Pero, ¿es verdad que me otorgáis perdón?» «Yo os perdoné hace mucho; siempre rogaba por vos. Ahora Dios me da alegría, manteniendo mi perdón» E inclinado, besó al verdugo, que se quedó como quien ve visiones.

Blandier le indicó rezar con él un acto de dolor para luego impartirle la absolución. El enfermo dijo bajo voz: «Lo mismo me dijeron en vísperas de mi Primera Comunión; qué alegre estoy». Fueron sus últimas palabras. Instantes después el sacerdote cerraba los ojos del antiguo miembro de la Comune, doblemente absuelto. Al volver explicó a las Hermanas el motivo de llegar tarde para la Misa.

De M. MANGERET, Almanach du Roasiere 1932, Lyon
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