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lunes

La serpiente y el algoritmo: ¿Es el Dios de la Biblia un "monstruo"?

 

En la era del consumo digital, nos encontramos a menudo con contenidos que, bajo una estética impecable y música épica, prometen revelarnos "secretos ocultos" que las instituciones nos han negado por siglos. Uno de los relatos más recurrentes hoy en día es el regreso del gnosticismo: la idea de que el Dios del Antiguo Testamento es en realidad un "Demiurgo" torpe y malévolo, y que nosotros somos seres de luz atrapados en una cárcel de materia.

El video que compartimos a continuación no es solo un análisis técnico; es una necesaria respuesta teológica y filosófica a esta marea de desinformación espiritual. Lo publicamos porque creemos que es una herramienta de gran utilidad para el creyente moderno, quien debe aprender a distinguir entre la iluminación real y el error disfrazado de misterio.

El análisis: Desmontando la premisa del "Dios torpe"

Como verán en la pieza audiovisual, el gran error de quienes atacan la ortodoxia bíblica es proyectar nuestra propia limitación humana sobre lo divino. Se juzga a Dios como si fuera un ser atrapado en el tiempo, un guionista que improvisa sobre la marcha. Pero, como bien apunta la teología clásica —desde San Agustín hasta Scott Hahn—, Dios no habita el tiempo; el tiempo habita en Dios.

En el video exploramos tres puntos fundamentales que todo cristiano debe conocer para no ser confundido:

  1. La trampa del lenguaje: Por qué los "arrepentimientos" de Dios en la Biblia son herramientas pedagógicas (antropomorfismos) y no errores de cálculo divino.

  2. El mito del secreto gnóstico: Cómo el debate sobre el "Demiurgo" ya fue ganado por la Iglesia en el siglo II, no con conspiraciones, sino con argumentos intelectuales devastadores.

  3. El odio a la realidad: La peligrosa idea de que el cuerpo es una cárcel, cuando la esencia del cristianismo es precisamente que Dios se hizo carne para redimirla.


Una respuesta desde la verdad

Frente a la "serpiente" que usa algoritmos para sembrar dudas sobre la bondad del Padre, este video se para en el puente —como un Gandalf frente al Balrog— para clavar el bastón de la verdad y decir: "No pasarás".

Los invitamos a ver este análisis completo, donde despojamos al gnosticismo de su disfraz de sofisticación para revelar lo que realmente es: una invitación a soltar la mano de Dios a cambio de un "conocimiento" que no salva a nadie.


¿Dudas o comentarios? Después de ver el video, los invito a dejar sus impresiones abajo. Estaré absolviendo sus consultas en la medida que el tiempo lo permita.

Y como siempre: No se olviden de ser buenos si pueden.

miércoles

El adiós al Papa Francisco: Una reflexión sobre la vida, la muerte y la esperanza que no muere

“No se dejen robar la esperanza.”
– Papa Francisco


El adiós al Papa Francisco: Una reflexión sobre la vida, la muerte y la esperanza que no muere


La noticia de la muerte del Papa Francisco ha estremecido al mundo. Más allá de las posturas o simpatías, su partida marca el fin de una etapa en la vida de la Iglesia. Francisco no fue un papa perfecto (¿quién lo es?), pero sí un pastor que, desde su sencillez y cercanía, nos recordó que la fe es más grande que cualquier estructura. Que la Iglesia es, antes que un sistema, un pueblo peregrino, con los pies en la tierra y la mirada puesta en el cielo.

Hoy, en medio del dolor, nos toca mirar de frente a la muerte. Ese umbral que nadie quiere cruzar, pero que, tarde o temprano, todos alcanzaremos. Y es un buen momento para preguntarnos: ¿Cómo entendemos la muerte? ¿Qué lugar ocupa en nuestra cultura?

Vivimos en tiempos donde la muerte se ha convertido en algo que se administra socialmente. Ya en 1983, un periódico señalaba cómo, tras normalizar el aborto, el siguiente paso lógico sería la eutanasia, presentada bajo términos suaves como “muerte digna” o “interrupción del sufrimiento”. ¿La lógica? Que quienes son considerados una carga —el anciano, el enfermo, el vulnerable— terminen descartados en nombre del “progreso”.

Y sin embargo, frente a este panorama, la muerte del Papa Francisco nos confronta con otra realidad. Nos recuerda que la vida humana tiene un valor incondicional, no porque sea productiva o útil, sino porque es un don. La vida no se mide por cuánto produce, sino por cuánto ama y es amada.

Francisco, en su fragilidad y sus errores, nos mostró un rostro humano de la Iglesia, capaz de equivocarse, pero también de pedir perdón. Un hombre que, hasta el final, defendió la dignidad de cada ser humano, especialmente de los descartados. Hoy, al despedirlo, nos preguntamos si estamos listos no solo para aceptar la muerte, sino para vivir plenamente la vida, como él nos animó tantas veces.

Pero aquí es donde la fe cristiana levanta su voz, no para negar la muerte, sino para transformar su sentido. La Resurrección de Cristo nos enseña que la muerte no es el final, sino el paso hacia la vida verdadera. Por eso, en medio del luto, celebramos la esperanza. No la esperanza ingenua de quien quiere evitar el sufrimiento, sino la esperanza firme de quien sabe que el amor es más fuerte que la muerte.

La muerte del Papa Francisco nos invita a prepararnos para el encuentro definitivo. No se trata de vivir con miedo, sino de vivir con conciencia. De preguntarnos si estamos sembrando amor, si estamos defendiendo la vida, si estamos cuidando de quienes el mundo descarta.

Hoy, mientras oramos por el alma de Francisco, recordamos también que la vida tiene un sentido que va más allá de este mundo. Que cada uno de nosotros es llamado a vivir con plenitud, con esperanza, con amor.

Que su testimonio nos siga invitando a amar sin miedo, porque Dios, que mira desde lo alto y sondea nuestros corazones, conoce las razones profundas que nos impulsan a dar. Y si en ese intento de amar llegamos a herir sin querer, aprendamos también a curar y sanar esas heridas, confiando en que el amor auténtico siempre busca recomenzar, reparar y seguir adelante.

Que el testimonio de este Papa que caminó entre luces y sombras, pero que nunca dejó de anunciar a Cristo, nos ayude a vivir con la mirada puesta en la Resurrección. Porque ahí está nuestra verdadera esperanza: que la vida vence a la muerte, que el amor vence al odio, y que el último capítulo de nuestra historia aún está por escribirse en la eternidad.

Pensamiento Católico
Agradecimiento a Ducktoro

domingo

El engaño en el camino de la Santidad y la Única Verdad que Permanece



“Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8,32).


Retrato de Jesucristo con mirada compasiva, recordándonos que solo Él es el camino, la verdad y la vida. Imagen acompañando una reflexión sobre la fe y la verdad en la Iglesia.


En un mundo donde la fe debería ser una antorcha, hemos visto demasiadas veces cómo se convierte en una venda sobre los ojos. No porque Dios se equivoque—¡Él no puede hacerlo!—sino porque los hombres, al creer que portan Su luz, terminan adorando su propia sombra.


El caso del Sodalicio de Vida Cristiana es un recordatorio trágico de cómo la estructura eclesiástica puede usarse para glorificar hombres en lugar de Dios, y de cómo la obediencia, cuando es desprovista de razón y discernimiento, deja de ser virtud y se convierte en esclavitud. Hemos confundido la lealtad a una institución con la lealtad a la Verdad, olvidando que solo Cristo es el camino, la verdad y la vida.


El Peligro de Santificar lo Humano

Los errores más graves en la historia de la Iglesia no han sido los ataques de sus enemigos, sino las cegueras de sus amigos. 


No son los herejes quienes hacen el mayor daño al Evangelio, sino aquellos que creen que defender la fe significa justificar cualquier acto cometido en su nombre.


Cuando un grupo proclama su propia perfección, cuando coloca a sus líderes en pedestales de incuestionable autoridad, cuando exige sumisión en lugar de libertad ("La obediencia debida"), ya no sigue a Cristo, sino a una versión pálida y distorsionada de Él. Es aquí donde recordamos el principio fundamental de nuestra fe: el pecado original no solo está en el mundo, sino también en la Iglesia.


Dios quiso que Su Iglesia estuviera formada por hombres, pero nunca dijo que los hombres serían impecables. La historia del cristianismo está llena de santos que fueron pecadores antes de convertirse, pero también de hombres que se hicieron pasar por santos mientras encubrían sus pecados. 


Y ahí reside la gran diferencia: el verdadero santo busca la verdad, el falso busca encubrirla.


La Verdad no Necesita Encubrimientos

Cristo nunca tuvo miedo a la verdad, porque Él mismo es la Verdad. Quienes se escandalizan cuando se exponen los pecados dentro de la Iglesia, quienes gritan "¡ataque a la fe!" cuando se denuncian abusos, no han entendido que la Verdad no se destruye con las palabras de los hombres, sino con sus mentiras.


Es mejor que se derrumben cien instituciones si con ello se preserva el Evangelio, porque lo único que no puede ser destruido es Dios mismo. Si algo nos enseña este caso, es que el verdadero católico no es el que defiende a toda costa a los hombres de su Iglesia, sino el que se mantiene fiel a Cristo aunque tenga que enfrentarse a ellos.


Volver a Cristo, no a los Hombres

Es hora de recordar que la Iglesia no existe para glorificar a sus líderes, sino para llevar a las almas a Dios. Si un movimiento religioso no soporta ser examinado, si su verdad depende del silencio de sus víctimas y de la ceguera de sus seguidores, entonces su verdad no es la de Cristo.

Solo hay un Maestro que no se equivoca, solo una Luz que nunca se apaga, solo un Pastor que nunca traiciona a sus ovejas. Volvamos a Él.


Omar Orozco Sáenz

jueves

Escándalos en la Iglesia: ¿Dónde Está Dios y Qué Nos Enseñan Estos Tiempos de Crisis?

 El abuso de poder dentro de la Iglesia, lamentablemente, no es un fenómeno nuevo, pero cada vez que se hace visible, genera desconcierto y dolor en los fieles. Casos como el de los Legionarios de Cristo, Karadima en Chile, o el Sodalicio en Perú, son ejemplos de cómo personas que deberían haber sido guías espirituales terminaron utilizando su influencia para manipular, abusar y destruir la confianza de muchos. Estos escándalos no solo dañan a las víctimas, sino que afectan profundamente la credibilidad de la Iglesia y provocan una crisis de fe en quienes confiaban en sus líderes religiosos.


Cuando nos enfrentamos a estas realidades, surge una pregunta natural: ¿Dónde está Dios en medio de todo esto? ¿Por qué permite que quienes deberían ser ejemplos de amor y servicio caigan en el abuso y el engaño? La tentación de juzgar y buscar respuestas inmediatas es fuerte. Sin embargo, en el misterio de Dios, no siempre encontramos las respuestas que esperamos, y su forma de actuar dista mucho de la justicia humana.

Dios, como nos enseña Jesús, no impone su voluntad con fuerza ni destruye a quienes han caído en el mal. En lugar de usar su poder para acabar con los culpables, su respuesta es siempre desde el amor y la paciencia. Jesús mismo enfrentó la injusticia y la maldad sin recurrir a la violencia, siendo condenado injustamente y cargando una cruz que no merecía. En lugar de destruir a sus opresores, ofreció el perdón. Esto puede parecer desconcertante, pero en esa aparente debilidad se revela la verdadera fuerza de Dios: la capacidad de transformar el mal con el bien.

Casos como los de Marcial Maciel (fundador de los Legionarios de Cristo), Fernando Karadima, o de Luis Fernando Figari en el Sodalicio, nos obligan a reflexionar no solo sobre el abuso de poder, sino también sobre cómo Dios actúa frente a estos crímenes. Si bien la justicia humana, a través de tribunales e investigaciones, busca condenar estos actos, la justicia divina opera de manera diferente. Dios no deja impune el mal, pero tampoco lo aplasta de inmediato. Su plan es uno de redención, no de destrucción.

Estos escándalos nos invitan a un enfoque pedagógico y espiritual: aprender de los errores, identificar el abuso de poder y trabajar para que nunca más se repitan estas situaciones dentro de la Iglesia. No estamos llamados a juzgar a las personas, pero sí a crear conciencia, a exigir transparencia y a formar comunidades más sanas y comprometidas con los valores del Evangelio. Esto implica reconocer que el poder no debe ser un medio para someter, sino para servir, y que la Iglesia debe ser, ante todo, un refugio seguro para todos.

Dios, en su infinita paciencia, nos llama a no perder la esperanza ni la fe, incluso en medio de estas crisis. Nos invita a ser testigos de un amor que no busca imponer su fuerza, sino transformar los corazones. Si bien es doloroso ver cómo algunos líderes religiosos han traicionado su misión, también es una oportunidad para recordar que la Iglesia es más grande que sus fallos humanos. Dios sigue actuando, a veces en silencio, pero siempre ofreciendo la posibilidad de la conversión y la sanación, tanto para las víctimas como para los victimarios.

Este tiempo de reflexión nos ofrece la oportunidad de aprender del pasado, de exigir justicia y reparación para las víctimas, y de trabajar en una Iglesia más humilde y transparente, que refleje el verdadero mensaje de Cristo: un mensaje de servicio, amor y sacrificio por los demás.

Pensamiento Católico

miércoles

El Cristianismo: Nuevo Paradigma del Poder

 La Tentación del Poder y la Redención del Amor: Una Reflexión Filosófica y Teológica

Un hecho claro en la historia de la humanidad es que ha sido influenciada por la búsqueda del poder. Desde el deseo de riquezas hasta la necesidad de ejercer control y recibir reconocimiento, el poder se presenta como una tentación constante. 


Sin embargo, la experiencia ha demostrado que el poder, en lugar de conducir a la verdadera liberación, frecuentemente se transforma en un camino hacia la opresión y el sufrimiento. La paradoja del poder es clara: cuanto más se busca, más se aleja uno de la auténtica libertad y redención. La verdadera liberación se encuentra, no en la fuerza y el dominio, sino en el amor sacrificial y la entrega.


Visión Cristiana del Poder

El Cristianismo: Nuevo paradigma del Poder

La Plenitud de la Revelación en Cristo: El Verdadero Rostro de Dios

Con la encarnación del Hijo de Dios, la revelación alcanza su plenitud. Jesús no niega la justicia divina, sino que la lleva a un nivel superior. En lugar de castigar el pecado desde fuera, asume sobre sí mismo las consecuencias del pecado en la cruz. La victoria de Cristo no se logra mediante la fuerza, sino mediante la entrega total. En la cruz, Dios muestra que el auténtico poder reside en el amor que da la vida por los demás.


El mensaje de Cristo puede parecer paradójico para quienes esperan un Mesías que derrote a sus enemigos con violencia. Sin embargo, Jesús enseña que la auténtica victoria sobre el mal no se obtiene por la destrucción del enemigo, sino por la transformación del corazón humano. Esto es un desarrollo del mensaje de la justicia de Dios: no es una justicia retributiva sino una justicia redentora, que busca restaurar al pecador en lugar de aniquilarlo.


La Paciencia de Dios y la Impaciencia Humana: Una Prueba de Amor

El Nuevo Testamento, especialmente a través de los Evangelios y las epístolas, nos presenta la paciencia de Dios como un atributo esencial. En 2 Pedro 3:9, se afirma lo siguiente:


"El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan." 


Este es un llamado a la comprensión de que el tiempo de la paciencia divina no es un signo de indiferencia o debilidad, sino de amor.


La impaciencia humana, que busca resultados inmediatos y respuestas drásticas al mal, ha llevado históricamente a justificar el uso de la fuerza. Pero la lógica de Dios es diferente. La paciencia de Dios permite el arrepentimiento y da espacio para la conversión. La historia de la salvación no es una sucesión de triunfos instantáneos, sino un proceso donde Dios acompaña pacientemente al hombre hacia la plenitud de la vida en Cristo.


La Mansedumbre como Verdadera Fuerza Transformadora

Para los cristianos, la mansedumbre y la paciencia deben ser entendidas como auténticas virtudes, no como signos de debilidad. El mismo Jesús nos invita a aprender de Él, "que es manso y humilde de corazón" (Mateo 11:29). La mansedumbre no implica la pasividad frente al mal, sino una resistencia activa basada en el amor y en la confianza en la acción de Dios.


La auténtica revolución cristiana no se trata de destruir al enemigo, sino de convertirlo. Es un llamado a la transformación radical del corazón, que solo puede realizarse a través de la fuerza del amor redentor y no mediante la imposición violenta. Es precisamente en la cruz donde la debilidad aparente se convierte en el mayor acto de poder.


Justicia y Misericordia: La Plenitud del Amor Divino

Es un error contraponer la justicia y la misericordia, como si fueran características excluyentes de Dios. Ambos son aspectos de su amor perfecto. Con la venida de Cristo, se revela que la justicia de Dios no se basa en la retribución, sino en la redención. La cruz es el lugar donde la justicia y la misericordia se encuentran en el amor total de Dios.


Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1849), "El pecado es una falta contra la razón, la verdad y la conciencia recta. Es una falta contra el amor verdadero para con Dios y para con el prójimo." 


Por lo tanto, la respuesta de Dios al pecado no es simplemente castigar, sino curar, restaurar y redimir.


La Llamada a la Conversión y la Esperanza

El cristianismo ofrece un nuevo paradigma de poder, centrado no en la imposición, sino en el servicio. La invitación a los seguidores de Cristo es a participar en el amor sacrificial y en la paciencia de Dios. En lugar de buscar una justicia rápida y retributiva, el cristiano está llamado a confiar en el poder transformador del amor.


El verdadero poder no reside en la fuerza, sino en el servicio, la debilidad aparente, y la entrega. La cruz no es un signo de derrota, sino de victoria, pues allí Dios revela su amor por la humanidad. 


En definitiva, el camino hacia la redención no se encuentra en el poder destructivo, sino en el amor que se ofrece por los demás. Este es el misterio de la cruz, donde el poder auténtico se manifiesta en la entrega y donde la victoria sobre el mal se alcanza mediante el amor redentor de Dios.


Omar Orozco Sáenz

Pensamiento Católico

martes

Transforma tu Vida para Transformar tu Mundo: El Poder del Cambio Interior

 


"Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta."

Carl Jung


¿Cuántas veces hemos soñado con cambiar el mundo? A veces creemos que, si logramos eso, todo sería perfecto. Pero ¿y si el verdadero cambio no empieza por fuera, sino dentro de nosotros? Para cambiar el mundo, primero tenemos que entendernos y cambiarnos a nosotros mismos. ¿Qué sentido tiene nuestra vida? Descubrirlo es esencial para comenzar ese proceso.

El Poder del cambio Interior


El filósofo católico Josef Pieper decía que solo reconociendo la verdad dentro de nosotros mismos podemos actuar en el mundo con justicia y claridad. Si vivimos siendo honestos con quienes realmente somos, sin máscaras ni apariencias, nos permitirá realmente hacer algo importante. 


La búsqueda de un propósito

Hoy en día, todo parece una competencia: quién logra más, quién es más popular, quién tiene más cosas. A veces parece que nuestro valor depende de eso, ¿verdad? Sin embargo, mientras corremos tras esos logros, nos olvidamos de algo mucho más importante: el verdadero sentido de nuestras vidas. Romano Guardini decía que el ser humano solo se encuentra a sí mismo cuando está en contacto con algo más grande, con Dios. Es como si, al orientarnos hacia algo que nos trasciende, de repente todo comenzara a tener más sentido.


El reto de ser auténticos

A veces parece que la autenticidad es simplemente hacer lo que queremos, pero ¿es realmente eso? Etienne Gilson sostenía que entendernos a nosotros mismos significa darnos cuenta de que formamos parte de algo más grande. No estamos solos en el mundo ni somos autosuficientes. Es como si fuéramos parte de un rompecabezas gigante: Para saber cuál es nuestro lugar tenemos que apreciar la imagen completa, solo así, podremos entender donde encajamos.


Ser auténtico no es hacer lo que nos apetece en el momento, sino vivir alineados con la verdad que Dios nos revela. Como decía Jacques Maritain, tenemos que aprender a ver más allá de lo superficial, a mirar más profundamente la realidad y entender qué hay detrás de nuestras acciones y deseos. 


La transformación personal: el camino hacia el cambio

Si queremos cambiar el mundo, primero tenemos que cambiar nosotros. A veces buscamos fuera la respuesta, cuando en realidad lo que necesitamos está dentro de nosotros. Como decía Jean Daniélou, nuestra vida debería reflejar esa verdad que Dios nos ha dado, como si nuestra transformación personal fuera una especie de "luz" que los demás pudieran notar y seguir.


La relación con Dios: la clave del cambio

A esta altura, ya debería estar claro que todo este proceso de transformación depende de nuestra relación con Dios. Es esa relación la que le da sentido a todo lo que hacemos. Si nos conectamos con Dios, encontramos la fuerza y la claridad para transformarnos y, a través de ese cambio, influir en el mundo de manera positiva. ¿No es increíble cómo un cambio interno puede generar un impacto en todo lo que nos rodea?


Cuando dejamos que Dios entre en nuestras vidas, el cambio ocurre de manera natural. No tenemos que forzar nada ni exigir que los demás cambien, porque la verdadera transformación fluye cuando vivimos alineados con la verdad. Como decía Yves Congar:

 "La gracia de Dios no solo ilumina nuestra mente, sino que transforma todo nuestro ser."


Esa transformación toca las vidas de quienes están a nuestro alrededor, incluso si no nos damos cuenta al principio.


Cultiva tu propio jardín

Antes de salir al mundo con ganas de cambiarlo todo, primero tenemos que enfocarnos en nuestro propio crecimiento. Es como lo que decía Henri de Lubac: el verdadero cambio comienza con nosotros mismos. Si tratamos de mejorar el mundo sin haber trabajado en nuestro propio interior, corremos el riesgo de perder el rumbo y quedarnos solo en la superficie.


Detente un momento para pensar: ¿Qué parte de tu vida necesita ser transformada? ¿Qué cambios internos te están llamando? A veces buscamos respuestas en el exterior, pero las respuestas más importantes están dentro, en nuestra relación con Dios.


Pídele a Dios la gracia de cambiarte a ti mismo primero, y verás cómo todo a tu alrededor comienza a transformarse también. Como decía Gilson: "El hombre no cambia el mundo por lo que hace, sino por lo que es." Así que cultiva tu propio jardín, crece desde adentro, y verás cómo el cambio que tanto esperas empieza a florecer en tu vida.


Omar Orozco Sáenz
Pensamiento Católico

lunes

El Viaje Hacia Ser Uno Mismo: El Arte de Ser Auténtico en Dios

Todas las personas, o bueno, casi todas, con las mejores intenciones, buscan señalarnos el camino que debemos seguir. Y es que en la vida no aparecen caminos claros, solo posibles direcciones. Pero, ¿Qué camino debemos tomar? Al respecto, recuerdo un diálogo en la novela Alicia en el País de las Maravillas:

"¿Me podrías indicar, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?" —preguntaba Alicia. A lo que el Gato de Cheshire contestaba: "Eso depende en gran parte del sitio al que quieras llegar."

La pregunta es clara: ¿A dónde quieres llegar? Y para resolver esa pregunta, debemos saber quiénes somos, qué necesitamos y dónde lo encontramos.


Es curioso que, en este mundo moderno, lleno de tecnología, redes sociales y millones de voces que nos dicen cómo vivir, el acto más revolucionario sea algo tan simple como ser uno mismo. Y no me refiero a la versión de “tú” que el mundo quiere ver, sino la versión que Dios soñó para ti. Porque si hay algo más auténtico que nuestra propia identidad, es la identidad que Dios nos ha dado.


¡Ah, la gran paradoja de la autenticidad! Solo cuando encuentras a Dios, te encuentras a ti mismo.

Dialogo con Cristo

Ser Uno Mismo en el Corazón de Dios

Como cristianos, a veces olvidamos que Dios nos creó únicos, con talentos, debilidades y características que nadie más tiene. No somos productos en serie; somos piezas únicas de un gran rompecabezas. Pero aquí está la clave: no puedes armar ese rompecabezas si intentas ser una pieza que no eres. Solo Dios conoce el diseño original de tu alma, y solo cuando te alineas con Él, encuentras quién realmente eres.


Muchos creen que seguir a Dios implica convertirnos en títeres, pero nada más lejos de la verdad. Como lo dijo alguna vez San Agustín: 

"Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti." 

Es en esa unión con Dios donde alcanzamos la verdadera autenticidad, porque solo Él conoce el propósito para el cual fuimos creados.


La Paradoja de la Autenticidad: Encontrarte a Ti Mismo en la Entrega

Una de las grandes paradojas del cristianismo es que solo cuando te entregas a algo mayor que tú, encuentras quién eres en realidad. Vivimos en una época en la que nos dicen que para ser auténticos debemos "seguir nuestros deseos," "vivir el momento," o "ser nuestra propia verdad." Pero aquí está el truco: la verdadera libertad no está en seguir nuestros impulsos, sino en seguir a Cristo.


Es como si intentaras volar una cometa. Si lo dejas volar sin control, acabará enredado en un árbol o estrellado en el suelo. Solo cuando lo sujetas con firmeza y diriges su vuelo, alcanza su mayor altura. De la misma forma, solo cuando permites que Dios guíe tu vida, alcanzas tu verdadera grandeza. En esa entrega, encuentras la paz y la libertad de ser plenamente tú.


¿Qué podemos hacer?

Ahora bien, ya que entendemos la importancia de saber Quiénes somo debemos enfrentar quizás lo más difícil... dar el primer paso. Te comparto lo que a mi me ayudo y me sigue siendo útil: 


Ora y escucha: La oración no es solo hablar con Dios, sino también escuchar. Dedica tiempo a escuchar la voz de Dios en tu vida. Pregúntale: "¿Qué quieres de mí?" A menudo, en el silencio de la oración es donde descubrimos nuestras verdaderas motivaciones y lo que realmente importa. La lectura de la biblia te será de mucha ayuda.


Conócete a ti mismo: San Ignacio de Loyola siempre hablaba del discernimiento. Para ser auténtico, primero debes preguntarte: ¿Qué dones me ha dado Dios? ¿Qué me motiva realmente? Examina tus fortalezas y debilidades, y acepta ambas como parte de tu camino hacia la autenticidad. Hacer una lista de Virtudes y de cualidades que deseas mejorar te serán de mucha ayuda.


No tengas miedo de ser diferente: No sigas el molde que el mundo quiere imponerte. Si eres diferente, ¡perfecto! San Juan Pablo II nos recordó que no tengamos miedo de ser santos, de ser lo que Dios quiere que seamos. Ser auténtico en Dios significa abrazar tu singularidad con confianza y alegría. Es mejor que te amen por quien eres, es el mejor filtro para hacer amigos.


Rodéate de personas que te animen a ser tú mismo: La compañía que mantienes influye en tu camino. Busca amistades que te animen a crecer espiritualmente y a ser la mejor versión de ti mismo, no las que te empujen a ser alguien que no eres. Los santos siempre caminaron en comunidad, y nosotros también necesitamos apoyo en nuestro viaje hacia la autenticidad.


Acepta tus fallos y sigue adelante: La autenticidad no significa que no vas a cometer errores, sino que aprendes de ellos. Dios nos pide entrega. Cada vez que caes, levántate, pide perdón y sigue adelante con la certeza de que cada error es una oportunidad para acercarte más a quien Dios quiere que seas. Sino te invito a conocer más sobre el rey David, realmente te sorprenderás.


La Autenticidad No Es Solitaria: Somos Parte de un Cuerpo

A veces, el mundo nos vende la idea de que para ser auténtico debes cortar lazos, distanciarte de todo y seguir solo tu camino. Pero aquí va otra paradoja: la verdadera autenticidad no es solitaria. Como miembros del Cuerpo de Cristo, nuestra autenticidad florece en comunidad, cuando usamos nuestros dones para el bien común. Ser auténtico no es alejarte de los demás, sino encontrar tu lugar en el plan de Dios y contribuir al mundo con lo que eres.


Al final, ser uno mismo en Dios es mucho más liberador que cualquier versión que el mundo te pueda ofrecer. Es el viaje de toda una vida, pero es un viaje lleno de paz, porque sabes que no estás caminando solo. Dios va a tu lado, mostrando el camino, ayudándote a descubrir, paso a paso, la increíble persona que Él creó.


Omar Orozco Sáenz
Pensamiento Católico

miércoles

Familia y Crisis: Cómo los Lazos Familiares Fortalecen en Tiempos Difíciles


“La familia es una aventura sin igual. Es, en última instancia, la escuela
donde aprendemos la valentía de amar lo imperfecto, lo incómodo, y lo inesperado.”


G.K Chesterton



La Familia: Un Espacio de Transformación en el Mundo Moderno


Hoy, en medio de las redes sociales, el avance tecnológico y las presiones individuales de éxito, la familia está perdiendo relevancia en la vida moderna. Sin embargo, la familia sigue siendo una de las fuentes más importantes de formación humana porque nos enseña a convivir con lo diferente, lo incómodo y lo inesperado. Un espacio privilegiado de transformación y crecimiento personal.


Vivir en un Mundo Fragmentado

Familia escuela de amor


Vivimos en una sociedad que valora la personalización, donde las plataformas digitales nos permiten elegir con precisión lo que queremos ver, escuchar y consumir. Esto ha llevado a muchos a pensar que el entorno familiar es un escollo un lastre que impide desarrollar nuestra libertad. Sin embargo, al alejarnos de la familia y elegir solo lo que nos gusta, corremos el riesgo de caer en la ilusión de un mundo más grande y permisivo.


Filosofia


El filósofo contemporáneo Byung-Chul Han, en su obra La Sociedad del Cansancio, señala que en una era de hiperindividualismo, estamos constantemente expuestos a la presión de ser exitosos, productivos y autosuficientes. Esto puede generar ansiedad y agotamiento. La familia, por el contrario, es un espacio donde no elegimos a nuestros miembros ni las circunstancias, pero nos desafía a aceptarnos mutuamente tal como somos. Esta aceptación es un antídoto frente al aislamiento que surge de una vida centrada solo en nuestros deseos individuales.


Diversidad y Diferencia

Hagamos una pausa y pensemos en nuestras familias ¿Es un espacio represor y homogeneizador? o es un lugar donde encontramos diversidad de pensamientos, intereses y personalidades. Cada miembro de nuestra familia tiene particularidades. Quizás tu hermano está obsesionado con los videojuegos mientras que tú prefieres leer filosofía, o tal vez tu abuela te critica por tus decisiones de vida. Lejos de ser un obstáculo, estas diferencias nos preparan para la vida en un mundo mucho más amplio. Gracias a ese convivir con la diferencia en casa, aprendemos a ser tolerantes y empáticos con quienes nos rodean, dos virtudes que son esenciales en la sociedad moderna.


Hoy, más que nunca, enfrentamos grandes retos en términos de inclusión y respeto por la diversidad. Las tensiones políticas, sociales y culturales nos recuerdan que la humanidad está compuesta de una amplia  gama de experiencias y puntos de vista. Y es gracia a nuestra vida en familia que aprendimos a respetar esa diversidad. La familia y la sociedad se nutren de la coexistencia de nuestra diferencias enriqueciendo así nuestra vida común.


Familia y Crisis: Un Espacio de Resiliencia

El contexto actual de crisis global –ya sea económica, ambiental o sanitaria– ha puesto en primer plano la importancia de los lazos humanos. La pandemia, por ejemplo, nos forzó a replantear nuestras relaciones y nuestra forma de convivir. De repente, la familia se convirtió en un refugio no tanto de paz, sino de resiliencia. Aprendimos a sobrellevar juntos las tensiones, las frustraciones, las dificultades, y en ese proceso, muchos redescubrieron el valor de la familia.


Este tiempo también nos enseñó que la verdadera libertad no reside en hacer lo que queremos todo el tiempo, sino en aprender a adaptarnos y a encontrar significado en las situaciones más adversas. Ahora, eso no significa que gracias a la vida en familia controlamos todos los aspectos, nada mas ajeno a la realidad, pero lo que si podemos saber es que no estamos solos y que el camino difícil y doloroso se hará más llevadero.


El Papa Francisco, en su encíclica Fratelli Tutti, nos invita a abrazar la fraternidad universal, a vernos como una gran familia humana. Este camino empieza en casa, donde aprendemos a cuidar unos de otros, a ser compasivos y a encontrar fortaleza en la solidaridad, especialmente en tiempos difíciles.


El Amor Familiar: Más Allá de lo Sentimental

Y no se trata de edulcorar la realidad. El amor que se vive en la familia no es siempre dulce o fácil, sino que es un amor que nos reta. A veces nos cuesta soportar las diferencias, y las tensiones familiares, en muchas oportunidades tendremos que hacer una pausa y respirar profundo. Pero es precisamente en estos momentos cuando el amor se transforma en algo más que un sentimiento. Se convierte en una elección consciente para seguir adelante, perdonar, dialogar y de crecer juntos. Como nos recuerda el apóstol Pablo, "el amor es paciente, es bondadoso, no se irrita ni lleva cuentas del mal" (1 Corintios 13:4-5).


En una cultura que a menudo glorifica el éxito inmediato y las relaciones superficiales, el amor familiar nos invita a un camino más profundo, es nuestro cable a tierra. Es una invitación a la vulnerabilidad y al sacrificio, donde aprendemos que el verdadero valor de la vida no está en evitar el sufrimiento o los conflictos, sino en abrazarlos y transformarlos en oportunidades para el crecimiento personal y comunitario.

Una gran Aventura


La familia es un proyecto en constante construcción, donde cada miembro tiene un papel en el desarrollo de los demás. Lejos de ser un lugar de perfección, es un espacio de aprendizaje y redención. En un mundo donde muchos buscan la perfección en lo externo –en las redes sociales, en el éxito académico o profesional–, la familia nos recuerda que lo imperfecto y lo frágil también tienen un lugar esencial en nuestras vidas y nos prepara para enfrentar un mundo que también está lleno de imperfecciones, pero que, al igual que en la familia, tiene el potencial de ser transformado por el amor, la paciencia y la esperanza. 


Que duda cabe, es una de las mayores aventuras que podemos vivir.


Omar Orozco Sáenz
Pensamiento Católico

lunes

¿El hijo o la madre? ¿Es realmente lícito el aborto?

Llegamos a un callejón aparentemente sin salida en las discusiones sobre el aborto cuando consideramos que la defensa del derecho a la vida de los hijos va contra la libertad y el derecho a la autodeterminación de las madres.


No abortes, no tengas miedo, Dios proveerá
El planteamiento que lleva a ese callejón es sencillo: hay mujeres que no desean dar a luz al hijo que llevan dentro de sus entrañas. Prohibir el aborto es imponerles la aceptación de algo que no quieren, obligarlas a seguir adelante con el embarazo, y luego (si no consiguen dar en adopción al hijo) “encadenarlas” con todas las consecuencias del parto y de los años y años de educación y atenciones que todo niño necesita.



Una argumentación como la anterior impacta y convence a muchos. Algunas frases breves la sintetizan con fórmulas semejantes a las siguientes: nadie puede ser madre contra su voluntad; la mujer da a luz, la mujer decide; lo que ocurre dentro del cuerpo de la mujer es asunto estrictamente de ella y de nadie más; se es madre libremente, se renuncia a la maternidad libremente; etc.


De este modo, presenciamos una especie de confrontación. Por un lado estaría la mujer, con su proyecto de vida, en una situación concreta (con o sin trabajo, más joven o de más edad, con o sin hijos, en su casa o sola), desde las relaciones en las que se mueve (amigos, familiares, quizá su esposo o amante). Por otro lado, tenemos un ser humano pequeño, indefenso, casi invisible (sobre todo en las primeras semanas del embarazo).


Ese ser diminuto, el hijo, depende del cuerpo materno, busca instintivamente desarrollarse, dialoga de maneras diversas (químicas, fisiológicas) con el ambiente en el que crece poco a poco. Avanza, si no hay enfermedades graves o accidentes imprevistos, hacia ese día, el del parto, que para muchos es motivo de fiesta cada año.


Pero la madre, o quienes influyen de modo más o menos intenso sobre ella, no desea ese hijo. Por eso, “librarse” de su presencia, terminar con su desarrollo, puede llegar a ser visto como una liberación, como la salida de un túnel en el que la mujer no querría haber entrado.


El planteamiento tiene un fuerte impacto en la mentalidad moderna, que da gran realce a la idea de autodeterminación, que defiende la libertad como un derecho fundamental para todo ser humano. Si añadimos que existe una corriente de pensamiento que considera que la maternidad habría sido (y todavía seguiría siendo en muchos lugares), una esclavitud para la mujer, y que impedir el aborto era (y es) un modo de los varones para someter al “sexo débil”, entonces el paso dado por muchos es lógico: el aborto es un derecho, una conquista, un beneficio para la condición femenina, y oponerse al aborto es ir contra un derecho fundamental de la mujer.


Pero el planteamiento adolece de un error en su punto de partida: olvida que los deseos y proyectos de los seres humanos, que son muchos y variados, nunca pueden convertirse en un motivo válido para justificar el que algunos, los adultos y los fuertes, puedan eliminar la vida de otros, los débiles y los más indefensos.


La historia humana, y la propia experiencia personal, nos hace ver cuántas situaciones se dan en las que la presencia del “otro” se convierte en un obstáculo a los proyectos más deseados. Bastaría simplemente con evocar la escena de los concursos para obtener un puesto de trabajo: miles de personas compiten a través de un examen u otras pruebas para lograr la conquista de pocas plazas. Unos ganan, otros (en ocasiones, muchísimos), pierden. El sentimiento de pena y de rabia de los derrotados puede volcarse contra quienes, como ganadores, impiden a los perdedores alcanzar el sueño de sus vidas.


Ese sentimiento negativo no es nunca excusa válida para agredir ni para matar al vencedor de un concurso. En otras palabras, encontrarse, a lo largo de la vida, con otros hombres o mujeres que de alguna manera alteran, obstaculizan e impiden, a veces profundamente, la satisfacción de deseos intensos que uno alberga en el propio corazón, no es motivo suficiente para considerar que la existencia de los obstaculizadores sea de menor valor que la propia. En palabras sencillas: un “rival” no pierde su derecho a vivir, por más que su presencia derrumbe por completo los proyectos más anhelados.


Esto se aplica a miles de situaciones humanas. Por desgracia, el pasado y el presente revelan una realidad muy diferente de los principios. El derecho a la fama, a la salud, incluso a la vida, de quienes son vistos como “rivales” muchas veces es pisoteado, de mil maneras (calumnias, crímenes, guerras) por los que consideran que sus proyectos personales les otorgan una especie de licencia para eliminar a quienes son vistos como obstáculos.


Aplicado lo anterior al tema del aborto, resulta claro que el hijo, cuando su madre (o quienes la presionan) lo ve como “rival” o como obstáculo, se encuentra en una grave situación de desventaja. Mientras en la vida normal los adultos suelen ser protegidos por policías y por tantas otras personas de buena voluntad, el hijo vive en una etapa de desarrollo muy particular, escondido en el seno materno, y con enormes limitaciones debidas a las distintas fases de su crecimiento.


Pero las circunstancias que envuelven los primeros meses de vida del hijo no eliminan el dato de su existencia ni la dignidad propia de su condición humana. Esa dignidad no depende del tamaño, ni de la autonomía, ni del coeficiente intelectual, ni del sexo, ni de la raza, ni de las cuentas bancarias, ni de la nacionalidad, ni de la religión. Radica simplemente en su condición humana.


Por lo mismo, el tema del aborto está mal planteado si olvida la dignidad del hijo, y si los proyectos de su madre (o de quienes la presionan de mil modos) quedan exaltados por encima de todo criterio de justicia, como si tales proyectos permitiesen, desde la situación de debilidad del hijo, una especie de excepción a la regla según la cual todos los seres humanos gozamos de la misma dignidad.


Recordarlo ayudará a superar planteamientos que han permitido una amplia difusión del mal llamado “aborto legal”, y permitirá reformular las leyes en función de la tutela de los hijos, y de la búsqueda de ayudas y de soluciones concretas y eficaces para que las mujeres puedan llevar adelante su embarazo desde la aceptación serena de la vida de sus hijos. Así miles de madres descubrirán que es posible conjugar sus sanos proyectos personales con el respeto a la vida de un hijo que algún día podrá dar gracias a su madre por haberle permitido nacer, y a tantas personas buenas por haber sostenido a su madre en situaciones a veces complejas, pero nunca insuperables.

P. Fernando Pascual

viernes

Yo soy católico. ¡Pues yo también!


Con frecuencia oímos decir, tanto a nivel de conversaciones como de manifestaciones públicas, sobre todo, en boca de políticos y de gente con cierto relieve social, la frase: yo soy católico.


No sé cómo entenderán ciertas personas lo que es ser católico; quizá lo dicen porque han sido bautizados, y es cierto que lo son; pero muchos lo dicen como afirmando que su manera de proceder es compatible con ser católico. Lo que pasa es que cuando uno se toma en serio su pertenencia a una religión concreta, ha de tener unas actitudes coherentes con loa principios de esa religión. Y es donde fallan algunos que se dicen católicos.

Es cierto que todos tenemos limitaciones y fallos, pero el hecho de algunos políticos o gente famosa que quieren con esa frase justificar sus actitudes totalmente opuestas a las actitudes cristianas; pero intentar compaginar el hecho de ser católicos con el hecho de actuar totalmente al margen y en contra de la doctrina católica, no es de recibo. En esa línea, también cualquiera de nosotros podríamos decir que somos musulmanes, o budistas, o de cualquier otra religión.


Dialogando con un político amigo que decía ser católico, pero cuya vida no era coherente con la fe y las enseñanzas de la Iglesia, le decía:


-- Vamos a ver, tú dices que eres católico y yo digo que también lo soy. Nos hemos conocido de pequeños y seguimos guardando la amistad en nuestra edad adulta; pero me da la impresión de que, a pesar de ser los dos católicos, pienso que nuestro catolicismo es bastante diferente.


Es cierto que tú has sido bautizado; yo también. Tú has recibido la primera comunión; yo también. Tú ahora no vas a misa; yo sí. Tú no comulgas; yo sí. Tú te crees bueno; yo no. Me da la impresión de que dices que eres católico para alardear de que las cosas que haces, sobre todo en las decisiones políticas, son correctas; yo no alardeo de nada mas que de la gracia que Dios me ha dado y me está dando y me seguirá dando.

-- Pero es que vosotros no progresáis en la fe, me respondía. Siempre decís y hacéis lo mismo, sin avanzar en sintonía con el mundo. Y os estáis quedando anticuados, solos en nuestra sociedad que ni os comprende ni os hace caso. Es que no avanzáis nada y estáis anclados en el pasado.


-- Yo no sé si avanzamos o no, pero lo que pretendemos es ser fieles a la doctrina de Jesús e imitar sus actitudes en sintonía con lo enseñado y proclamado por la Iglesia. Tú procura mantenerte fiel a los principios y a las enseñanzas de la Iglesia si quieres ser, de verdad, católico.


Los católicos somos conscientes de que no podemos estar en sintonía con los criterios del mundo, porque son contrarios a los del Evangelio. Ya lo dijo Jesús: "Su fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo" (Jn. 15, 19).


Tampoco se trata de compararnos viendo quiénes son mejores o peores, porque buenos y malos los hay en cualquier estamento; se trata de aceptar explícitamente la doctrina y la moral de la Iglesia. Hay muchos, incluso clérigos, que se dicen católicos y no lo son aunque se crean los reformadores de la Iglesia. Y no lo son por mucho que alardeen de serlo, porque no aceptan enseñanzas magisteriales de la Iglesia tanto en fe como en moral. Se tienen por más católicos que el mismo Papa, ¡y pobre Papa si no acepta lo que ellos dicen! Lo tachan de anticuado, conservador, inmovilista, ultraderechista… y otros epítetos parecidos.

-- Bueno, yo no digo tanto pero, sin exagerar, creo que la Iglesia debiera avanzar un poco en cuestiones como aborto, matrimonio homosexual, sacerdocio de las mujeres, divorcio… y otras cuestiones en las que el mundo avanza y ella se queda anticuada. No digo que cambie radicalmente, pero que vaya dando pasos, suavizando algunas exigencias muy duras para nuestro mundo moderno. ¿No crees que la Iglesia va perdiendo el hilo de la historia, y que el mundo cada vez le hace menos caso?


-- Mira, la Iglesia no baila al son que le toca el mundo. Los principios morales son muy exigentes y los cristianos debemos cumplirlos. No olvides que ha habido muchos mártires y los sigue habiendo.


Lo difícil para ti y para mí es cumplir con lo que Dios quiere. ¿Recuerdas aquello que dijo Jesús: "Por sus frutos los reconoceréis. No todo el que me diga: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial"? (Mt. 7, 20-21).


Y recuerda también lo que dice San Pablo: “Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Tes. 4,3). El cristiano si quiere cumplir con la voluntad de Dios, ha de buscar santificarse. Y no puede ser el mundo el maestro de nuestra santificación.


José Gea Escolano, Obispo

Saber qué es el hombre


Para muchas ideologías actuales, el hombre es un animal más, y nada hay en él que no sea pura materia. Con estas premisas ¿cómo podemos hablar de “valores” en el hombre? Es decir, ¿qué sentido tiene hablar de nobleza, fidelidad, sacrificio, amor desinteresado, limpieza de corazón?


Nos dirán que todo eso no es observable, ni experimentable, ni medible. Y que cuanto escapa a un concepto de ciencia de lo puramente material o útil (técnica) no es digno de ser tenido en cuenta por la inteligencia.


La idea es clara: la ciencia no sabe de valores, luego no es posible un conocimiento racional de los mismos. Responden a opciones puramente subjetivas o sociales; expresan emociones; pertenecen al mundo de lo inexpresable y de lo “mitico”.


La erosión del sentido de los valores alcanza hasta el valor de la misma ciencia. La mera razón, a veces, no convence ni a los científicos. El físico Max Planck afirmó desespéranzado: “Una nueva verdad científica generalmente no aparece de un modo tal que convenza a sus antagonistas. Más bien estos mueren y una nueva generación se familiariza desde el principio con la verdad”.


Pero sucede que para actuar como auténtico hombre, éste ha de saber antes qué es. Y no lo puede saber si se cierra y se niega a lo que le trasciende: a Dios. Solamente cuando el hombre tiene claro sentido de su existencia –viene de Dios y retorna a Dios- se sitúa dentro de las coordenadas reales de su existencia y puede entenderse verdaderamente a sí mismo y, consiguientemente, actuar en plenitud como hombre, tanto en su propia realización cuanto en sus relaciones interpersonales y en su actitud hacia la naturaleza.


Me atrevo a afirmar que cuando el hombre se cierra a todo sentido trascendente, la materia, que le rodea y que forma parte de él mismo, tiene suficiente fuerza para rebajar al hombre a su condición de “cosa”.


La razón técnica es extraordinariamente poderosa e inventiva en todos los terrenos. Es voluntad de Dios que la utilicemos, pues nos mandó, en el inicio de la creación, dominar la tierra. Pero lo hemos de hacer no marginando su plan y su voluntad. De lo contrario, ciencia y técnica carecen de sabiduría. Saben “cómo hacer” todo, pero ignoran el “para qué” –el sentido, a dónde va la humanidad- de cuanto hacen. Carecen del sabor de la verdad. Se equivocan acerca del ser del hombre. Carecen de la alegría del bien, porque son utilizadas contra los valores mismos del hombre.


Es que la negación del estado de criatura.-relación filial con Dios- es algo así como el principio del pecado: ser rebelde contra la realidad de la propia existencia y contra el Señor de la vida.


Cardenal Ricardo M. Carles

jueves

¿Es usted cura?


«¿Es usted cura? No puedo mirarle a usted ni a ningún otro sin pensar en un abusador sexual»

Era sólo la tercera vez que me pasaba en mis 35 felices años como sacerdote, las tres veces en los últimos 9 años y medio. Otros sacerdotes me cuentan que les ha sucedido muchas más veces. Pero tres son bastante. Cada vez me agitó hasta la náusea.

Sucedió el pasado viernes. Acababa de llegar al aeropuerto de Denver para hablar en su popular convención anual, Living Our Catholic Faith. Mientras esperaba al tren eléctrico que me llevase a la terminal, un hombre de unos cuarenta y pico años, que también estaba esperando, se me acercó.

"¿Es usted un sacerdote católico?", preguntó con amabilidad.

"Sí, claro. Mucho gusto", le dije, tendiendo mi mano. Él la ignoró.

"Crecí en un hogar católico", respondió. Yo no estaba preparado para el filo aguzado de su estileto.

"Ahora soy padre de dos chicos, y no puedo mirarle a usted ni a ningún otro cura sin pensar en un abusador sexual".

 ¿Qué responder? ¿Chillarle? ¿Pedir disculpas? ¿Expresar comprensión? Admito que todas esas reacciones vinieron a mi mente mientras me debatía entre la vergüenza y la rabia por el daño y la herida que infligía con esas palabras punzantes.

 "Bueno", me recobré lo suficiente; "sin duda, lamento que lo sienta así. Pero, déjeme preguntarle... ¿automáticamente cree ver un abusador cuando ve un rabino o un ministro protestante?".

"En absoluto"

"¿Y cuando ve un entrenador, un líder boy scout, un padre de acogida, un consejero o médico?"

"Por supuesto que no", respondió. "¿Qué tiene que ver con esto?

 "Mucho", respondí. "Porque cada una de esas profesiones tiene un porcentaje de abusadores tan alto, quizá más, que los sacerdotes".

 "Quizá", admitió. "Pero la Iglesia es el único grupo que sabía lo que pasaba, no hizo nada, y se limitó a pasar los pervertidos de un lado a otro".

"Parece obvio que usted nunca vio las estadísticas sobre los profesores de colegios públicos", comenté. "Solo en mi ciudad de Nueva York, los expertos dicen que la proporción de abusos sexuales entre profesores de la escuela pública es diez veces más alta que entre los sacerdotes, y esos abusadores, simplemente, fueron transferidos de un sitio a otro".

[Si hubiese conocido las noticias del New York Times del pasado domingo sobre la alta tasa de abusos contra los más indefensos en la mayoría de hogares tutelados por el estado, con abusadores simplemente transferidos de un hogar a otro, también lo hubiera mencionado].

No respondió, así que continué.

"Perdone que sea tan contundente, pero usted lo fue conmigo, así que permítame preguntar: ¿cuando usted se mira al espejo, ve un abusador sexual?".

Ahora era él quien se sobresaltaba como yo antes. "¿De qué demonios me habla?", dijo.

"Es triste, pero los estudios nos dicen que la mayoría de los niños abusados sexualmente son víctimas de sus padres o de otros miembros de la familia", respondí.

Ya era bastante. Le vi inquieto y traté de suavizarlo.

"Le diré que, cuando le veo a usted, yo no veo un abusador, y apreciaría la misma consideración por su parte".

El tren nos había llevado a la zona de recogida de equipajes y salimos juntos.

"Bien, entonces ¿por qué sólo oímos toda esa basura acerca de ustedes los curas?", preguntó, pensativo.

"Lo mismo nos preguntamos los curas. Tengo una serie de razones, si le interesa".

Asintió mientras caminábamos hacia la cinta transportadora.

"Por un lado, los curas merecemos un escrutinio más intenso porque la gente confía más en nosotros, ya que osamos afirmar que representamos a Dios, así que si uno de nosotros hace esas cosas, aunque sólo una diminuta minoría lo haya hecho, es más desagradable. 

Segundo, me temo que hay muchos por ahí que no aman a la Iglesia y hacen lo que pueden por dañarnos. Este es un tema con el que adoran azotarnos sin descanso. 

Y tercero, y odio decirlo, se puede sacar mucho dinero denunciando a la Iglesia Católica, mientras que apenas vale la pena denunciar a alguno de los grupos que comenté antes".

Ahora ambos teníamos ya nuestro equipaje y nos dirigimos a la puerta. Él tendió su mano, la que 5 minutos antes no había tendido.

Nos dimos un apretón. "Gracias, encantado de haberle conocido", dijo. Se detuvo un momento. "¿Sabe? Pienso en los grandes sacerdotes que conocí de niño. Y ahora, que trabajo en IT en la Regis University, conozco algunos jesuitas devotos. No deberíamos juzgarles a todos ustedes por los horribles pecados de unos pocos".

"Gracias", sonreí. Supongo que las cosas se habían arreglado porque, mientras se iba, añadió: "al menos, le debo un chiste: ¿qué sucede si no puedes pagar a tu exorcista?".

"Ni idea", respondí.

"Una re-posesión".

Nos reímos y nos separamos. Pese al final feliz, aún temblaba y casi sentí que necesitaba un exorcismo para expulsar de mi alma sacudida el horror que todo este asunto ha significado para las víctimas y sus familias, para nuestros católicos, como ese hombre... y para nosotros, los sacerdotes.

Mons. Timothy Dollan
Arzobispo de Nueva York

lunes

¿Por qué soy asi?

Autodisculpa y mediocridad
La exigencia cuesta
«A mí no me gusta exigir tanto a mis hijos... —me decía en cierta ocasión una madre durante una conversación sobre la incierta trayectoria de uno de ellos.— Me conformo con que aprueben, aunque sea a trancas y barrancas. No les pido que se compliquen la vida, ni que hagan ninguna maravilla. Ni yo ni ellos somos perfectos. Somos humanos. Y yo no quiero amargarles la existencia...»

"Somos humanos..."
Bien. De acuerdo. Pero..., me pregunto, ¿por qué equiparar eso de amargarse la existencia con tener unos ideales más altos? ¿Por qué ante cualquier fallo nuestro o ajeno —sobre todo nuestro— enseguida lo justificamos diciendo que es algo muy humano?

Somos humanos: parece como si lo propio del hombre fuera lo bajo, lo vulgar, lo vicioso, lo mezquino; cuando lo propiamente humano es la razón, la fuerza de voluntad, la verdad, el esfuerzo, el trabajo, el bien. Para ser verdaderos hombres hemos de empezar por no autodisculparnos siempre con la excusa de que somos humanos.


No confundamos los términos

Es una excusa que tiene apariencia de humildad y, sin embargo, oculta habitualmente una cómoda apuesta por la mediocridad.

Hay que inculcar en los hijos un inconformismo natural ante lo mediocre, porque resulta mucho mayor el número de chicos y chicas que se acaban deslizando por la pendiente de la mediocridad que por la pendiente del mal.

Son muchos los que llenaron su juventud de grandes sueños, de grandes planes, de grandes metas que iban a conquistar; pero que en cuanto vieron que la cuesta de la vida era empinada, en cuanto descubrieron que todo lo valioso resultaba difícil de alcanzar, y que, mirando a su alrededor, la inmensa mayoría de la gente estaba tranquila en su mediocridad, entonces decidieron dejarse llevar ellos también.


Arrugarse antes de tiempo

La mediocridad es una enfermedad sin dolores, sin apenas síntomas visibles. Los mediocres parecen, si no felices, al menos tranquilos. Suelen presumir de la sencilla filosofía con que se toman la vida, y les resulta difícil darse cuenta de que consumen tontamente su existencia.

Todos tenemos que hacer un esfuerzo para salir de la vulgaridad y no regresar a ella de nuevo. Tenemos que ir llenando la vida de algo que le dé sentido, apostar por una existencia útil para los demás y para nosotros mismos, y no por una vida arrastrada y vulgar.

Porque, además, como dice el clásico castellano: no hay quien mal su tiempo emplee, que el tiempo no le castigue.

La vida está llena de alternativas. Vivir es apostar y mantener la apuesta. Apostar y retirarse al primer contratiempo sería morir por adelantado.

P. Christian Juarez

miércoles

Libertad, escoger mal, escoger bien

Sin la libertad, ¿habría menos errores? Parecería que sí. Si todo está determinado de modo fijo y seguro, en vistas al bien del individuo y de la comunidad, nadie se lamentaría de haberse equivocado.


Aplicado a nivel estatal, si otros, gobernantes y funcionarios públicos, deciden los estudios, el trabajo, incluso el matrimonio o los hijos de cada pareja, ¿sería el mundo mejor, más seguro, menos dramático?


El problema aparece como uno de los ejes de una novela escrita para pensar: “El Dador”. Su autora, Lois Lowry, imagina un territorio controlado por un consejo de ancianos, que deciden absolutamente todos los aspectos de la vida de la gente.


Los niños, apenas empiezan a sentir sus primeros impulsos pasionales o amorosos (el “Ardor”) toman unas pastillas que les permiten vivir fríamente, sin “distorsiones” emotivas. Luego se les va asignando a grupos según sus cualidades, con el fin de que logren el máximo rendimiento. Incluso las bodas, los hijos (dados a luz por mujeres especializadas en esta tarea) y su asignación son asuntos decididos “desde arriba”.


¿Y qué ocurre con los que no entran en el sistema o ya no rinden? Los niños que nacen con defectos o fuera del número establecido son eliminados bajo una palabra eufemística: son “liberados”. Los ancianos, en un momento determinado, también pasan la puerta que los lleva a la “liberación”. Comportarse mal y violar las reglas establecidas, también puede llevar, si no hay corrección, al paso dramático (para casi todos desconocido) de la “liberación”.


Si Lowry hubiese hablado de los abortos eugenésicos habría dado a su libro un revuelo enorme. En cierto sentido, parte de lo que ella describió ya es, desde hace años, una práctica habitual en algunos rincones del planeta, donde hay gobiernos que limitan el número de nacimientos; donde hay médicos que esterilizan, a veces con engaño o bajo presión, a quienes (según ellos) ya no deben tener más hijos; donde hay personas que optan por la eliminación, convertida en algo rutinario, de los embriones y fetos defectuosos...


Detrás de una sociedad tan extraña y férrea como la descrita por Lowry se esconde un propósito muy claro: impedir los errores. Porque los hombres y las mujeres nos equivocamos si dejamos a las pasiones crecer, y si contamos con la posibilidad de elegir libremente. Pero cuando hay un fuerte control del saber y de la voluntad, el mundo funcionaría, según la utopía narrada en “El Dador”, perfectamente.


Sólo una persona conserva un cierto ámbito de libertad. Conoce el pasado, lee libros desconocidos para los demás, recuerda a los ancianos dirigentes peligros que ellos no pueden prever por falta de experiencia (y por falta de errores en su historial). Esa persona, el Receptor (que se convierte en Dador ante un discípulo), tiene que transmitir a un niño designado, Jonás, sus conocimientos, tiene que permitirle sentir experiencias que los demás no han tenido jamás en su vida.


Jonás tiene 12 años y aprende con rapidez, desde las manos que el Dador pone sobre sus espaldas. Así recibe la historia pasada, llena su alma de recuerdos. Abre poco a poco los ojos a las diferencias, puede ver colores y otras cualidades que la gente de la comunidad no capta. Se da cuenta de que al ver más queda abierto el horizonte de la elección: aparece la libertad.


Pero la libertad, comenta con el Dador en capítulo 13 de la obra, implica la posibilidad del error, de elegir mal. Además, iría contra la Igualdad que rige la vida de todos.


La novela busca precisamente abrir los ojos a sociedades en las que, en nombre de la Igualdad, se busca borrar las diferencias, los gustos, la libertad de elegir. Bajo el sueño atractivo de evitar los males que surgen de las decisiones equivocadas, poco a poco se llega al abismo de suprimir la misma libertad y de someter despóticamente a todos a normas frías, quizá racionales, pero que terminan siendo profundamente inhumanas.


Jonás elabora un plan de fuga con el Dador, que ya es su amigo. Al final, los hechos se precipitan y Jonás no puede huir con el Dador, sino con un niño pequeño, Gabriel, que no “encaja” con las exigencias de la comunidad y que iba a ser “liberado” con frialdad legalista. Desde los conocimientos y desde la libertad, Jonás decide violar aquellas normas que, por su rigidez, acaban por ir contra lo que deberían defender, la dignidad del hombre.



No estamos, ciertamente, ante una novela original. Otras obras del siglo XX, como “1984” (de George Orwell) o “Mundo feliz” (de Aldous Huxley), abordan temáticas parecidas. Por desgracia, no es original tampoco la situación descrita, pues hay señales de que algunos grupos humanos pueden caer en el absurdo de aplastar la libertad humana en nombre del progreso, de la justicia, de la igualdad.


Existe, y asusta reconocerlo como le ocurre al joven Jonás, el riesgo de escoger mal. Un Hitler y un Stalin quizá no podrían haber hecho lo que hicieron en un mundo como el descrito por Lowry en “El Dador”. Pero tampoco habrían surgido un Francisco de Asís, una Teresa de Calcuta o un Juan Pablo II.


La libertad no sólo está abierta a la posibilidad de escoger mal, sino que se orienta constitutivamente a la elección del bien. Ese es, en definitiva, el uso más hermoso de la libertad y la culminación de la misma, desde la experiencia humana que más llena de plenitud a los corazones: la de poder amar y la de dejarse, libremente, amar.


Fernando Pascual

lunes

Responsabilidad en la toma de decisiones

Según un dicho oriental, “mil caminos nacen bajo tus pies”.



Quizá no nazcan mil caminos, pues no tenemos ante nosotros mil posibilidades a la hora de elegir. Pero sí es cierto que existen muchas opciones: podemos ir hacia lo cómodo o hacia lo exigente, escoger una carrera u otra, aceptar un trabajo o rechazarlo, salir a tomar unas copas o quedarnos en casa para estudiar o para limpiar la ropa sucia.



Cada decisión configura la propia vida y la vida de quienes caminan a nuestro lado. En cierto sentido, nada es indiferente. Quedarse en la cama en vez de ayudar en las tareas de la casa puede parecer un acto insignificante, cuando en realidad me forma o me “deforma”, alegra o entristece a los demás miembros de la familia.



Lo que escogemos plasma, por lo mismo, nuestro modo de pensar, de sentir, de amar, de actuar. En cierto sentido, somos padres de nosotros mismos, pues lo que hacemos o dejamos de hacer entra a formar parte de lo más íntimo de nuestros corazones.



Así lo explicaba san Gregorio de Nisa, un obispo del siglo IV: “Todos los seres sujetos al devenir no permanecen idénticos a sí mismos, sino que pasan continuamente de un estado a otro mediante un cambio que se traduce siempre en bien o en mal... Así pues, ser sujeto sometido a cambio es nacer continuamente... Pero aquí el nacimiento no se produce por una intervención ajena, como es el caso de los seres corpóreos... sino que es el resultado de una decisión libre y, así, nosotros somos en cierto modo nuestros mismos progenitores, creándonos como queremos y, con nuestra elección, dándonos la forma que queremos”.



Porque somos libres a la hora de tomar decisiones, somos también responsables de lo que hayamos elegido. Si amamos la libertad hasta el punto de haber levantado una estatua dedicada a ella (en la costa Este de los Estados Unidos), también tenemos que edificar una estatua a la responsabilidad, como sugería Viktor Frankl (1905-1997), no sólo en la costa Oeste de los Estados Unidos, sino, de modo mucho personal, en lo más íntimo de nuestra conciencia.



La responsabilidad es el complemento irrenunciable de la existencia de quienes somos libres. Por eso es tan importante detenernos un momento, antes de cada nueva elección, para valorar los pros y los contras, para analizar a fondo cada posibilidad. Seremos así capaces de desvelar, con franqueza, si lo que deseamos hacer corresponde a un proyecto de egoísmo enfermizo, o si nos conduce hacia ese bien que hace bella la propia vida y la de quienes viven a nuestro lado.


Fernando Pascual

martes

Los derechos del hombre

El año 1848 se fundó en París un convento de capuchinos. Los religiosos sufrieron mucho porque se veían afrentados en todos sitios y perseguidos y abucheados por la plebe.


Un día se acercó al prior de aquel convento un hombre muy conocido como socialista y le dijo a grandes voces: “¿Cómo os atrevéis a salir de casa con este vestido grotesco y medieval? Es una afrenta a un siglo como el nuestro que ha echado a tierra todas vuestras historias absurdas”.


El religioso le contestó sin alterarse: “¿Quién sois?”


La contestación fue la siguiente: “Soy un redactor del periódico socialista “El proletario” y un ferviente partidario de los derechos del hombre proclamados por la Revolución Francesa; mis tres lemas son: Libertad, Igualdad, Fraternidad”.


El capuchino añadió entonces con el aire más tranquilo del mundo: “Muy señor mío, los derechos del hombre que encontráis tan excelentes, supongo que me conceden en calidad de hombre que soy, por lo menos creo serlo tanto como cualquier socialista, el derecho de vestirme como me plazca y de vivir como se me antoje. Sed consecuentes a lo menos”. 


El socialista, conmovido por la serenidad impasible de aquel religioso y comprendiendo que éste llevaba razón, le tendió cordialmente la mano con estas palabras: “Perdonadme, mis palabras han sido necias, si existe libertad, debe ser para todos”. 


Los religiosos son odiados por los hombres mundanales como si no tuviesen derecho a existir.

¿Hay una norma moral universal para todos?

El principal escollo en el debate bioético suele ser el choque con la conciencia de otro que piensa de forma diferente, que no comparte los mismos valores morales.  ¿Por qué razón un criterio moral debería imponerse sobre otro? Yo puedo pensar que el aborto está mal, pero no por ello debo imponer mi punto de vista a otra persona que considera lo contrario.


El planteamiento de la igualdad de valores, aunque sean contrapuestos, conduce hacia un callejón sin salida, o lo que es peor, el caos de la anarquía relativista.


Es este relativismo el que impide la existencia de cualquier valoración moral, porque si todas las opiniones son igual de respetables y válidas, todas son igualmente inútiles y ninguna de ellas sirve para nada. Estoy muy de acuerdo con la profesora Vila-Coro cuando afirmaba en una de las últimas clases que impartió, y a las que tuve el privilegio de asistir, que las opiniones de todo el mundo son respetables, en tanto que opiniones.


El problema es cuando las opiniones se quieren imponer como criterios de certeza. Porque hay leyes inherentes a la propia realidad. En todas las culturas robar, matar y mentir son delitos que se han rechazado.


Los pueblos que no han respetado estas leyes se han degradado, porque ha imperado en ellos la ley del más fuerte. Sin ir más lejos, la Declaración Universal de los DDHH reconoce en su art. 29 como límite del ejercicio de los derechos "las justas exigencias de la moral".


¿A qué moral se refiere? Si hubiera muchas morales resultaría imposible la existencia de una legislación común. Todos los sistemas jurídicos, para ser legítimos, y no solo legales, deben fundamentarse en la realización de la justicia y en principios objetivos de moralidad, respeto a la dignidad de la persona y de los derechos que fruto de tal dignidad le son inherentes. 


Si afirmáramos que no existen verdades objetivas y que cada uno se debe guiar por su propia conciencia sería imposible una sociedad organizada.


Agustín Losada
bioeticahoy.com.es
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