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sábado

Lágrimas por la vida

Debo confesarlo. También yo lloré al ver la película de Amenábar. La producción conmueve. La historia real estruja las entrañas. Ramón Sampedro, su protagonista, se ha convertido en uno de los personajes más queridos y también más odiados de la audiencia española.

¿Qué decir ante un caso como éste? No es fácil juzgar si de por medio hay 29 años de sufrimiento físico y moral. Las opiniones varían. Unos aluden al sentimiento para justificar la eutanasia. Otros apelan a la razón para rechazarla. Algunos recurren al amor para descartarla. Entre los mismos enfermos hay quienes deciden vencerse ante el dolor y hay quienes deciden afrontarlo. Unos creen que la muerte es la puerta de escape, otros piensan que la vida vale más que el sufrimiento. ¿Quién tiene razón?

Hoy en día se recurre mucho al sentimiento. Los medios de comunicación nos presentan tragedias en las que el dolor parece ser el único protagonista. ¿Quién no se conmueve ante los estragos del hambre o de la guerra? ¿Quién no se conmueve ante casos como los de Ramón Sampedro o Terry Schiavo?

La compasión es un sentimiento noble, pero no es el más noble. La compasión nos inclina a aliviar al que sufre, pero cuando el mal es incurable, la compasión quiere acabar con el mal… y con la persona. Aquí está el problema. No podemos identificar la persona con su dolor.

Es cierto que no debemos helar nuestra compasión para dar paso a un gélido raciocinio. No somos computadoras que sólo procesan información. Somos hombres capaces de asombro, de alegría, de llanto. Pero el sentimiento tiene que llevarnos a solidarizarnos con quien sufre, no a destruirlo. El sentimiento nos debe impulsar a valorar al adolorido, a animarle, a buscar por todos los medios lícitos ayudar a su restablecimiento. Cuando nos invade el dolor los hombres somos muy vulnerables.

Algunos dicen que la lucha que entabló Sampedro para legalizar la eutanasia fue toda una hazaña de la razón. Algunos han visto en sus “Cartas desde el Infierno” y en sus escritos la más estupenda apología de la eutanasia. Ciertamente Sampedro no sólo habla con argumentos, habla también con su propia vida. Él escribió en su testamento:
“He decidido poner fin a todo esto de la forma que considero más digna, humana y racional”. ¿Digna? ¿Humana? ¿Racional?

Javier Romañach es otro tetrapléjico español. Él padeció un accidente mucho más grave que el de Sampedro. Asegura que sufre un verdadero tormento, pero afirma que la eutanasia es la peor estupidez, la peor derrota. Romañach escribió en el 2005 Los errores sutiles del caso Ramón Sampedro. Allí desenmascara la presunta racionalidad de Sampedro y muestra cómo la razón nos lleva a rechazar la eutanasia. Y es verdad. ¿Acaso existe algo más inhumano que el asesinato? ¿Qué da la muerte: un hombre o un cadáver? ¿Acaso nuestra tendencia más primigenia no es la propia conservación?

Hoy se comete un grave error: se identifica el dolor, la enfermedad y la persona que la sufre. Pero esto atenta contra la realidad, contra la verdad, contra el bien. No queremos eliminar la persona, sino la enfermedad o, al menos, el dolor que ella produce. ¿Entonces por qué la eutanasia? Precisamente porque se hace de estas tres realidades la misma cosa. Así lo más lógico sería aniquilar el dolor y, de paso, la persona.

Está claro que el hombre tiene derecho a la dignidad. Pero la dignidad no depende de cómo estamos o qué sentimos, sino de quiénes somos. ¿Acaso la dignidad es tan voluble como para desaparecer con el sufrimiento? ¿De qué nos hace más dignos el suicidio?

“Quien me ama es quien me ayuda a morir”. Fue ésta una frase incisiva en la vida de Sampedro. Si alguien lo amaba debía compensar su capricho. Pero él se equivocó. El amor es algo diverso.

Amar es buscar el bien del otro y desear su presencia. Lo que Sampedro llamaba amor era una mezcla de sentimientos: dolor, compasión, deseo de ayudar, pero todo a nivel de un capricho.

El amor nos dice que debemos buscar el bien del amado, su bien integral. Además el sufrimiento no es un mera cuestión individual, es también una realidad social. Por eso quien ama busca el bien del enfermo, el bien de sus familiares y amigos, el bien de las personas que le asisten, el bien de la sociedad. Quien ama buscará proteger al más débil y no eliminarlo desdichadamente. Quien ama deseará la presencia del amado. Quien ama estará presente para quien sufre y procurará que quien sufre lo sienta cercano. Quien ama no querrá la muerte del amado. No es indiferente estar cercano o estar lejano de quien amamos. Mucho menos indiferente será tenerlo o no tenerlo.

De esto existen casos numerosos. Salvatore Crisafulli despertó de un coma de dos años, en el 2003, en Italia. Contó que durante su trance veía y sentía todo. Agradeció a su hermano Pietro y a su madre, que nunca le abandonaron. El amor lo había salvado, cuando las esperanzas podrían haberse disipado. El drama de quien sufre sólo se hace soportable cuando de por medio está el amor.

Actualmente muchos Estados desarrollan trámites legislativos para despenalizar el suicidio asistido. Algunos, más incisivos, fomentan la eutanasia activa. Yo me pregunto hasta dónde quieren llegar. ¿Cuáles son sus razones? ¿Por qué abrir la puerta a la propia destrucción? ¿Por qué ensañarnos en promover la muerte y no la vida? ¿Por qué construir un mundo más inhumano, más carente de amor, de razón, de sentimiento leal?

Estamos ante un proyecto determinante. Nos jugamos el futuro. Todo lo que se siembra crece, lo bueno y lo malo. El caso de Sampedro es paradigmático. Pero ¿qué decir de los otros miles de casos en los que la lucha es de sentido contrario? ¿Qué decir de aquellos miles de enfermos y tetrapléjicos que luchan para vivir, para que la sociedad no los discrimine ni los olvide? La eutanasia no es una cuestión legal, es un proyecto del desamor humano. Es un proyecto de una mísera visión de la vida, que cree que nuestro sentido último está en el bienestar físico y no en el bienestar integral de nuestra persona.

Es paradójico que el mundo se escandalice de la pena de muerte y a la vez la aplique a los inocentes y a los débiles. Si hubiese una vida humana sin importancia, ninguna sería importante.

¿Qué se puede ser sin la vida? ¿Qué dignidad o derecho puede tener quien no tiene vida? El sentimiento, la razón y el amor tienen algo que enseñarnos sobre este drama. Pero la respuesta no está en ninguna de las tres, sino en el hombre que siente, que razona y que ama. Sólo entonces se dirá: “no quiero que mueras” y, sobre todo, “quiero que vivas”. Entonces se derramarán lágrimas por amor a la vida.

William Báez

martes

Gran poder, gran responsabilidad, gran metraje

Spiderman 3 dura más de dos horas, casi dos horas y media. Puede ser un poco cansado verla, sobretodo si uno va al avant premiere a medianoche. Rescatemos, de todos modos, algunos elementos.



Paréntesis: si no la has visto, no sigas leyendo. Vuelve después.




1. El ente extraterrestre que busca hacer simbiosis con Peter Parker bien puede ser una representación del mal: un elemento ajeno a nosotros que trata de asociársenos, con engañosas promesas de felicidad, pero que sólo se aprovecha del mal que hay en nosotros mismos para utilizarnos y finalmente destruirnos. Ese ente, sin embargo, se aprovecha de lo que ya hay en nuestro interior: Peter se encuentra tan extasiado con la popularidad de la que ahora goza como Spiderman que llega a olvidar el motivo por el cual asumió su identidad heroica, y se dedica a complacerse en sus laureles llegando incluso a descuidar su relación con Mary Jane.



2. La lucha contra este mal enajenador es en realidad una lucha contra el mal en el propio corazón, un doloroso esfuerzo por despojarnos del vicio y revestirnos de la virtud... Verdaderamente uno tiene que arrancarse el pecado de encima, y hacerlo cuesta gritos de dolor, pero al final se puede recuperar la propia identidad, el verdadero sentido de la propia vida. Vale señalar que Peter se detiene a pensar sobre su situación, su degeneración, y la resolución necesaria para salvarse, "sentado" en un campanario... Sí, un campanario de iglesia. No hay que distraerse en esta secuencia. Nunca imaginé una representación así de las palabras de San Pablo [Ef 4, 22 y 24].



3. El que perdona, el que olvida, el que renuncia al rencor y a la venganza, se descubre liberado de la esclavitud del mal. Bien lo decía Juan Pablo II: otorga el perdón y recibe la paz. Esto, en la película, se refleja de dos maneras distintas, pero ambas muy bien logradas: Harry Osborn, al descubrir la verdad sobre la muerte de su padre (el primer Duende Verde), olvida el rencor y responde al pedido de ayuda de Peter, a pesar de haber quedado semidesfigurado en una lucha previa contra él. Así, se recupera una amistad que llega al punto del sacrificio, cuando Harry muere para salvar a Peter (es que nadie tiene mayor amor...). Por otro lado, en una escena posterior a la batalla final, Sandman le explica a Peter el motivo de su vida criminal y por qué asesinó accidentalmente al tío Ben. Y aunque no le pide a Peter que lo perdone, éste lo hace de todos modos. Así, Peter queda libre del rencor y del deseo de venganza contra el asesino de su tío, y como resultado se convierte en un hombre más libre, y en un héroe más... bueno, más heroico.



4. Hay que conocer más de lo que creemos saber para comprender al otro, para comprender sus acciones, sus palabras, sus errores. Tal vez lo que descubramos no justifique un acto malo, pero nos permitirá, Dios mediante, perdonar a los que nos ofenden. Es muy fácil ceder al deseo de hacer justicia, pero para ser verdaderamente justo hay que conocer mucho, pero mucho más de lo que sabemos (o creemos saber).



5. Siempre hay esperanza. Siempre se puede cambiar. Nunca hay que dejar de creer en la persona, no importa cuánto nos haya lastimado o decepcionado. El que ama, nunca pierde.



6. Hay que decir las cosas a tiempo. Esperar demasiado para decir algo puede tener consecuencias muy dolorosas en la vida de aquellos a quienes más queremos. Esto lo podemos ver en Peter (una y otra vez, a lo largo de las tres películas), pero esta vez lo grafica muy bien el mayordomo de los Osborn con su tardía intervención. Hubieras hablado antes, tío, y salvabas a mucha gente...



Spiderman es una película entretenida, una fantasía válida para recordar que la propia identidad es punto de partida para alcanzar la felicidad que tanto deseamos.



Juan Espejo - José Zapata
Con Mirada de Fe
Colaboradores de Pensamiento Católico

lunes

Los reyes magos (o la alegría de buscar a Jesús)

Toda mi vida me ha gustado ir al cine, ver películas, compartirlas con amigos y otros seres queridos. Es una afición que heredé de mi padre y que me ha acompañado por muchos años. No hace muchos días fui al cine a ver Jesús: el nacimiento, y creo que la película merecerá comentarios, críticas, discusiones y demás, así que voy a aprovechar para hacer lo propio.

Originalmente titulada The Nativity Story (‘la historia, el cuento o el relato de la Navidad’), la película narra precisamente eso: la historia del nacimiento de Jesús. Aunque podríamos conversar sobre diferentes elementos, quiero concentrarme en el que me resultó más divertido: los tres reyes magos.

Vale la pena observar que estos tres hombres, que en la tradición local llamamos reyes magos, no son llamados así en todo idioma. En inglés, por ejemplo, son llamados wisemen ‘hombres sabios’, (lo que no está lejos de wizard, generalmente traducido como ‘mago’ pero asociado más al conocimiento que al ilusionismo). Se trata, en fin, de tres hombres de un país lejano, muchas veces identificado con Persia o los pueblos mesopotámicos, que por su conocimiento de los astros o las ciencias místicas antiguas, o sabe Dios qué cosas, llegaron a saber que ocurriría algo extraordinario. Acá me detengo.

En esta pequeña reflexión, me interesa tomar estos personajes de la película como metáfora de una gran verdad. La búsqueda de la verdad, el seguimiento de Cristo, la vida cristiana —contra lo que algunos piensan— no es para tontos.

Melchor, Gaspar y Baltasar, en esta película, son tres hombres sabios, dedicados a la investigación, a la lectura, a elevadas discusiones académicas, a compartir el conocimiento más profundo. Es decir, no son tres ignorantes ni tres embusteros; tampoco son tres ilusos engañados por una fantasía. No son tres hombres que creen lo que les da la gana; son tres hombres que pasan su vida buscando la verdad. Y en su afán, son capaces de reconocer los signos que anuncian la venida del Rey de Reyes.

En la película, de los tres solo uno quiere salir a seguir la estrella. Los otros dos prefieren quedarse en casa. Es que seguir la estrella que anuncia al Esperado exige mucho: dejar comodidades, renunciar a lo habitual, salir del instalamiento, arriesgarse, exponerse a lo desconocido, enfrentar peligros inesperados, emprender un viaje cuya ruta no se sabe de memoria, sin mapas perfectos ni descansos asegurados. Y es que la vida cristiana es precisamente eso: la gran aventura de seguir a Jesús no promete facilidades sino sacrificios; no ofrece placeres sino amor; no plantea gustos sino realización plena por medio de la entrega más generosa y la nobleza más profunda. La vida cristiana no es para mediocres.

A pesar de sus negativas iniciales, Gaspar y Baltasar deciden seguir a Melchor en la búsqueda del Rey que ha de nacer. Simpática expresión de que el camino hacia el Señor no se hace solos; se hace en comunidad, entre los amigos más entrañables, en compañía de amigos verdaderos, de esos que superan el miedo al peligro para ir contigo a la muerte y más allá. Y, como bien muestra la película, es un camino lleno de alegrías, bromas, conocimiento personal y mutuo, experiencias de crecimiento y maduración. La vida cristiana se hace en comunidad.

Finalmente, el encuentro esperado. Entonces, hasta el más quejón y engreído reconoce que el viaje valió la pena. Aquel que presumía de saber mucho solo sabe arrodillarse para contemplar el esplendor de la verdad. Y aquel que perseveró hasta el final ve sus esfuerzos realizados y sus deseos más profundos convertidos en el regalo más lindo de todos: la verdad, el amor, la vida hechos niño por nuestra salvación. Es que la vida cristiana es para perseverantes, a quienes se les ha prometido que al final del camino verán a Dios.

Un último comentario: la vida cristiana no es aburrida, no es monótona, no es inútil. Es como ese viaje larguísimo que tres hombres emprendieron desde oriente para conocer al Dios-con-nosotros. Es la aventura más grande de todos los tiempos.



Juan Espejo Bossio
Pensamiento Católico-Perú

Jesús: la Natividad

«Hoy les ha nacido en la ciudad de David un
salvador, que es Cristo el Señor» (Lc 2, 11).

El hombre es un ser marcado por Dios. ¿Por qué decimos esto? Es que no hay cultura ni hombre alguno que no tenga a Dios dentro de su existir. Por ejemplo, si nos ponemos a pensar, nos damos cuenta de que vivimos en el año 2007. ¿Dos mil siete de qué? Y es que hasta la misma historia de la humanidad está marcada por este acontecimiento, el principal en la vida del hombre y de la creación misma. Sí: dos mil siete años desde la primera Navidad del mundo, es decir, de la Natividad, del nacimiento del esperado de los tiempos, del Salvador.
En la actualidad, vemos una Natividad profundamente marcada por la alegría, las emociones, los sentimientos más profundos y alegres, las grandes actividades familiares y personales. La gente viaja, se mueve de los sitios en los que está residiendo para pasar con los suyos el día de Navidad. Pero esta Natividad, está cada vez más marcada por el secularismo —pérdida de lo sagrado en la sociedad—, y se ha vuelto consumista, comercial.

Hace poco veía el anuncio de un conocido centro comercial de Lima, «¡Descubre el lado fashion de la Navidad!» rezaba el eslogan debajo de ellos. Ciertamente, cada vez más se nos trata como ignorantes: ¿qué lado fashion puede tener el nacimiento del Salvador del mundo, del esperado de los tiempos?

Desde Hong Kong, hasta Cuba —que desde 1997 considera la Navidad como un día de fiesta, cuando Fidel Castro decidió tener un «gesto de buena voluntad hacia el papa Juan Pablo II»— pasando por Rusia e incluso Mongolia —donde hasta hace poco no había ni un sacerdote católico—, todos, absolutamente todos, iluminan y embellecen sus calles con luces, jolgorio, adornos. En Hong Kong, los árboles navideños se yerguen en la calle principal, confundiéndose con los rascacielos al más puro estilo del Vaticano… pero mucha gente ignora lo que hace: la razón de tal alegría les es desconocida: no conocen a Cristo. Es triste que haya tanta gente —de hecho, la mayoría— que adorna los árboles, las calles, sus casas y demás, pero sin ninguna alegría navideña.
Muchas veces no estamos lejos de esa realidad. Nuestros corazones están lejos de Cristo o no lo quieren conocer. El Rey de Reyes, el rey del más rico y del más pobre, vino a enseñarnos que el camino de la felicidad total —aquella tan buscada y tan esquiva— consiste en la entrega. ¿Y de qué se trata esa entrega? Pues de la donación, del servicio, del amor, del sacrificio, del perdón. Pero no es una entrega cualquiera. La entrega que nos enseñó está enmarcada por la presencia del Padre amoroso y todopoderoso, que nos va indicando el camino de nuestra misión personal.
Pero el mundo no quiere oír esto; prefiere entregarse a su modo, amar las mentiras, las borracheras, los placeres ilícitos, la autoafirmación desordenada, el poder, el tener, el dinero, la vanidad (y esto sin mencionar el salvaje escapismo de la droga).

Las guerras, las enfermedades, los fracasos matrimoniales; todo ello nos habla de que algo está mal. ¿Acaso no es cierto que a veces vivimos sumergidos en un mundo de apariencias y superficialidad que nos convierte en enfermos y esclavos? ¿Acaso no muchas veces preferimos pasar nuestras vidas en medio de una constante bulla interior? Y, sin embargo, cuando por las noches estamos solos en nuestras camas, en la intimidad con nosotros mismos, tomamos conciencia de que la vida se pasa y se pasa, y mientras tanto no somos las personas que queremos o estamos llamados a ser.
Jesús, el niñito Dios, vino al mundo en un humilde pesebre de paja, entre vacas, burros y ovejas (sobre todo ovejas). No vino con autoridad portentosa ni escogió las grandes ciudades griegas o romanas. Tampoco se hizo un gran banquete por su venida. No. Vino en la humildad y en la dulzura del silencio; y, sin embargo, marcó nuestra historia.

Y Dios no escribe la historia al azar; la escribe con inteligencia, de acuerdo con un plan de amor. Por ejemplo, ¿es casualidad que el Pan de Vida haya nacido en Belén, ciudad judía cuyo nombre proviene del hebreo Bet-Lehem ‘casa del pan o la ciudad del pan’? No lo es, si consideramos que todo proviene de la mano de un Padre amoroso.

Y eso pide hoy, marcar nuestras vidas, nuestra sociedad, nuestra cultura; marcar a la humanidad, marcar a nuestras familias. Quiere que sepamos que no estamos solos en este mundo. Cristo nos muestra la única vida: Él mismo. Él nos enseña que el amor es más grande que el pecado, más grande que la muerte; que el sufrimiento y la enfermedad y, sobre todo, que no estamos solos en este mundo.
Con su humildad, Cristo nos enseña que uno vale por ser hijo de Dios, por el amor que Dios le tiene, por el plan amoroso que existe para cada uno. Uno puede confiar en eso porque Él nunca nos traicionará. Y junto con estas cosas, lo que es mejor: aquí no acaba todo.

No seamos como Herodes (rey de Judea), que sabía muy bien de la existencia del niño Jesús, pero quería encontrarlo no para adorarlo sino para apartarlo de su propio camino y el precio de su egoísmo costaría de la vida de pequeños inocentes «Una voz se escucha en Ramá, gemidos y llanto amargo: Raquel esta llorando a sus hijos, y no se consuela, porque ya no existen» (Jr 31, 15).

«No se apartará de Judá el cetro, ni el bastón de mando de entre sus rodillas, hasta que venga el que ha de venir, aquel a quien le esta reservado, a quién rendirán homenaje las naciones» (Gn 49, 10). El Señor no escribe al azar, no escribe en vano; escribe en la humanidad con hechos historicos y reales. La Navidad es el homenaje de todas las naciones al Esperado: desde Cuba hasta Rusia, desde China hasta América, desde Europa hasta el África, desde el África hasta Oceanía. Por ello el cielo y la tierra toda entonan: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace» (Lc 2, 14).



Juan Beteta Lazarte
Pensamineto Católico-Perú
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