Mostrando las entradas con la etiqueta Vocación. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Vocación. Mostrar todas las entradas

lunes

El Viaje Hacia Ser Uno Mismo: El Arte de Ser Auténtico en Dios

Todas las personas, o bueno, casi todas, con las mejores intenciones, buscan señalarnos el camino que debemos seguir. Y es que en la vida no aparecen caminos claros, solo posibles direcciones. Pero, ¿Qué camino debemos tomar? Al respecto, recuerdo un diálogo en la novela Alicia en el País de las Maravillas:

"¿Me podrías indicar, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?" —preguntaba Alicia. A lo que el Gato de Cheshire contestaba: "Eso depende en gran parte del sitio al que quieras llegar."

La pregunta es clara: ¿A dónde quieres llegar? Y para resolver esa pregunta, debemos saber quiénes somos, qué necesitamos y dónde lo encontramos.


Es curioso que, en este mundo moderno, lleno de tecnología, redes sociales y millones de voces que nos dicen cómo vivir, el acto más revolucionario sea algo tan simple como ser uno mismo. Y no me refiero a la versión de “tú” que el mundo quiere ver, sino la versión que Dios soñó para ti. Porque si hay algo más auténtico que nuestra propia identidad, es la identidad que Dios nos ha dado.


¡Ah, la gran paradoja de la autenticidad! Solo cuando encuentras a Dios, te encuentras a ti mismo.

Dialogo con Cristo

Ser Uno Mismo en el Corazón de Dios

Como cristianos, a veces olvidamos que Dios nos creó únicos, con talentos, debilidades y características que nadie más tiene. No somos productos en serie; somos piezas únicas de un gran rompecabezas. Pero aquí está la clave: no puedes armar ese rompecabezas si intentas ser una pieza que no eres. Solo Dios conoce el diseño original de tu alma, y solo cuando te alineas con Él, encuentras quién realmente eres.


Muchos creen que seguir a Dios implica convertirnos en títeres, pero nada más lejos de la verdad. Como lo dijo alguna vez San Agustín: 

"Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti." 

Es en esa unión con Dios donde alcanzamos la verdadera autenticidad, porque solo Él conoce el propósito para el cual fuimos creados.


La Paradoja de la Autenticidad: Encontrarte a Ti Mismo en la Entrega

Una de las grandes paradojas del cristianismo es que solo cuando te entregas a algo mayor que tú, encuentras quién eres en realidad. Vivimos en una época en la que nos dicen que para ser auténticos debemos "seguir nuestros deseos," "vivir el momento," o "ser nuestra propia verdad." Pero aquí está el truco: la verdadera libertad no está en seguir nuestros impulsos, sino en seguir a Cristo.


Es como si intentaras volar una cometa. Si lo dejas volar sin control, acabará enredado en un árbol o estrellado en el suelo. Solo cuando lo sujetas con firmeza y diriges su vuelo, alcanza su mayor altura. De la misma forma, solo cuando permites que Dios guíe tu vida, alcanzas tu verdadera grandeza. En esa entrega, encuentras la paz y la libertad de ser plenamente tú.


¿Qué podemos hacer?

Ahora bien, ya que entendemos la importancia de saber Quiénes somo debemos enfrentar quizás lo más difícil... dar el primer paso. Te comparto lo que a mi me ayudo y me sigue siendo útil: 


Ora y escucha: La oración no es solo hablar con Dios, sino también escuchar. Dedica tiempo a escuchar la voz de Dios en tu vida. Pregúntale: "¿Qué quieres de mí?" A menudo, en el silencio de la oración es donde descubrimos nuestras verdaderas motivaciones y lo que realmente importa. La lectura de la biblia te será de mucha ayuda.


Conócete a ti mismo: San Ignacio de Loyola siempre hablaba del discernimiento. Para ser auténtico, primero debes preguntarte: ¿Qué dones me ha dado Dios? ¿Qué me motiva realmente? Examina tus fortalezas y debilidades, y acepta ambas como parte de tu camino hacia la autenticidad. Hacer una lista de Virtudes y de cualidades que deseas mejorar te serán de mucha ayuda.


No tengas miedo de ser diferente: No sigas el molde que el mundo quiere imponerte. Si eres diferente, ¡perfecto! San Juan Pablo II nos recordó que no tengamos miedo de ser santos, de ser lo que Dios quiere que seamos. Ser auténtico en Dios significa abrazar tu singularidad con confianza y alegría. Es mejor que te amen por quien eres, es el mejor filtro para hacer amigos.


Rodéate de personas que te animen a ser tú mismo: La compañía que mantienes influye en tu camino. Busca amistades que te animen a crecer espiritualmente y a ser la mejor versión de ti mismo, no las que te empujen a ser alguien que no eres. Los santos siempre caminaron en comunidad, y nosotros también necesitamos apoyo en nuestro viaje hacia la autenticidad.


Acepta tus fallos y sigue adelante: La autenticidad no significa que no vas a cometer errores, sino que aprendes de ellos. Dios nos pide entrega. Cada vez que caes, levántate, pide perdón y sigue adelante con la certeza de que cada error es una oportunidad para acercarte más a quien Dios quiere que seas. Sino te invito a conocer más sobre el rey David, realmente te sorprenderás.


La Autenticidad No Es Solitaria: Somos Parte de un Cuerpo

A veces, el mundo nos vende la idea de que para ser auténtico debes cortar lazos, distanciarte de todo y seguir solo tu camino. Pero aquí va otra paradoja: la verdadera autenticidad no es solitaria. Como miembros del Cuerpo de Cristo, nuestra autenticidad florece en comunidad, cuando usamos nuestros dones para el bien común. Ser auténtico no es alejarte de los demás, sino encontrar tu lugar en el plan de Dios y contribuir al mundo con lo que eres.


Al final, ser uno mismo en Dios es mucho más liberador que cualquier versión que el mundo te pueda ofrecer. Es el viaje de toda una vida, pero es un viaje lleno de paz, porque sabes que no estás caminando solo. Dios va a tu lado, mostrando el camino, ayudándote a descubrir, paso a paso, la increíble persona que Él creó.


Omar Orozco Sáenz
Pensamiento Católico

miércoles

No, no me voy de la Iglesia

Qué discutible eres, Iglesia, y sin embargo, cuánto te quiero.
Cuánto me has hecho sufrir, y sin embargo, tengo necesidad de tu presencia.

Me has escandalizado mucho, y sin embargo, me has hecho entender la santidad.
Nada he visto en el mundo más oscurantista, más comprometido, más falso, y nada he tocado más puro, más generoso, más bello...

Cuántas veces he tenido ganas de cerrar en tu casa la puerta de mi alma y cuántas veces he pedido poder morir entre tus brazos seguros.

No, no puedo librarme de ti porque soy tú, aún siendo completamente tú.
Y después ¿Dónde iría?
¿A construir otra?


Pero no podré construirla sino con los mismos defectos, con los míos que llevo dentro. Y si la construyo, será mi iglesia y no la de Cristo.

Soy bastante mayor para comprender que no soy mejor que los demás...

Aquí está el misterio de la Iglesia de Cristo, verdadero misterio imprenetable.
Tiene el poder de darme la santidad y está formada toda ella, del primero al último, de pecadores y... ¡Qué pecadores!


Tiene la fe omnipotente e invencible de renovar el misterio eucarístico y está compuesta de hombres débiles que están perplejos y que se debaten cada día contra la tentación de perder la fe.

Lleva un mensaje de pura transparencia y está encarnada en una masa sucia como es sucio el mundo.
Habla de la dulzura del Maestro, de su no-violencia, y en la historia ha mandado ejércitos a destruir infieles y a torturar herejes.
Transmite un mensaje de evangélica pobreza y busca dinero y alianzas con los poderosos...

No, no me voy de esta Iglesia fundada sobre una piedra tan débil, porque fundaría otra sobre una más débil que soy yo...

Pero, además, ¿Qué cuentan las piedras? Lo que verdaderamente cuenta es la promesa de Cristo, el cemento que une las piedras, es decir, el Espíritu Santo.

Sólo el Espíritu Santo es capaz de edificar la Iglesia con unas piedras mal talladas, como lo somos nosotros.
Sólo el Espíritu Santo puede mantenernos unidos, a pesar de la fuerza centrífuga y disgregadora de nuestro ilimitado orgullo.


Aquí está realmente el mayor misterio de la Iglesia que yo rechazaría al cerrar mi corazón al hermano enemigo o al dirigirme en juez de la asamblea de los hijos de Dios.

Y aquí está el misterio:
En el fondo, soy yo esta masa de bien y del mal, de grandes y de miseria, de santidad y de pecado que define a la Iglesia.


CARLOS CARRETTO

jueves

¿Han visto ustedes algo más reaccionario que un embarazo?

Nada de igualdad de sexos. Desde el inicio hasta el final, hay un reparto de papeles radicalmente diferenciado. Además, con frecuencia, la mujer, que suele ser muy ejecutiva y eficaz en su trabajo, sufre cierta merma en sus capacidades profesionales y a veces no le queda más remedio que darse de baja. El hombre, en cambio, recibe una descarga de responsabilidad y otra, muy curiosa, de caballerosidad. Por muy igualitarista que fuera, se encuentra de pronto llevando todas las bolsas y abriendo y cerrando las puertas al paso de su señora, como un gentilhombre del siglo XVIII.


No hay mejor campaña antiaborto que un embarazo. Desde el instante en que el test da positivo, los padres se pasman ante la trascendencia de lo acontecido y no hablan sino de su bebé y se alarman ante cualquier pequeño riesgo y cuentan las semanas una y otra vez y se meten en Internet a intentar leer todas las páginas web sobre la gestación. Mucho antes de haber alcanzado los plazos que la ley permite para abortar, los padres ya han visto varias ecografías, y tienen fotos, y vídeos que ponen a familiares y amigos heroicos. ¿Quién es capaz de explicarles ahora que su hijo no es un ser humano con un valor absoluto, eh?

Los padres olvidan sus derechos adquiridos y esperan, alborozados, los nuevos deberes. Si eso no fuera suficientemente antimoderno, el embarazo es, en sí, un epítome de la tradición. La vida, que los padres recibieron de sus padres, se transmite al hijo, y con ella una cultura y unas –las que sean– creencias. El embarazo es el centro (ombligo) de la institución familiar.

Y luego está el sexo. Lo políticamente correcto es el género como creación artificial, que depende de nuestra voluntad. Pero el embarazo, tan recalcitrante, opina lo contrario. El momento de conocer el sexo de la criatura es esencial. Entonces su persona se hace presente de una forma mucho más nítida y adquiere su perfil en las conversaciones familiares y, sobre todo, su nombre. Es la apoteosis del sexo como elemento constitutivo natural del individuo.

A nuestros ingenieros sociales los embarazos les producen mareos, náuseas, ciáticas. Normal: son una actividad contrarrevolucionaria.


Enrique García-Máiquez
Artículo publicado en el Diario de Cádiz, 15-XI-09

Carta a un Sacerdote

Querido colaborador de Cristo, Padre....

Usted ha dicho “sí” a Jesús y Él le ha tomado la palabra. La palabra de Dios se hizo Jesús, un pobre. De ahí, ese terrible vacío que usted experimenta. Dios no puede colmar lo que está lleno, sólo puede llenar lo vacío - la pobreza profunda - y su “sí” es el comienzo, el empezar a vaciarse.


Realmente el asunto no está en cuánto “tenemos” que dar, sino en cuan vacíos estemos, de modo que le podamos recibir plenamente en nuestra vida, dejándole vivir su vida en nosotros.


Él, hoy, quiere revivir en usted su completa sumisión a su Padre; permítale hacerlo. Lo que importa no es lo que usted sienta, sino lo que Él siente en usted. Aparte los ojos de sí mismo y gócese de no tener nada - de que usted no es nada - de que no puede hacer nada. Dele a Jesús una gran sonrisa, cada vez que su nada le asuste. Esta es la pobreza de Jesús. Tanto usted como yo debemos permitirle vivir en nosotros y, a través de nosotros, en el mundo. 


Adhiérase a nuestra Señora, puesto que ella también, antes de que pudiera estar llena de gracia llena de Jesús - tuvo que pasar por esa oscuridad: “¿Cómo puede ser esto...?” Pero en el mismo momento en que dijo “sí”, se fue presurosa a llevar a Jesús a Juan y a su familia.


Siga llevando a Jesús a su gente no con palabras, sino con su ejemplo, por su enamoramiento de Jesús, irradiando su santidad y esparciendo su fragancia amorosa por dondequiera que vaya. Que su fuerza sea la alegría de pertenecer sólo a Jesús, feliz y en paz, acepte cualquier cosa que Él le dé, y dele cualquier cosa que Él tome con una gran sonrisa. 


Usted le pertenece. - Dígale “soy tuyo” y si me hicieras pedacitos, cada pedazo sería solamente todo tuyo. Deje que Jesús sea la víctima y el sacerdote en usted.

He comenzado a visitar nuestras casas en la India - así que dispongo de unos ratos preciosos a solas con Jesús en el tren. Rece por mí como yo lo hago por usted.

Madre Teresa

martes

Un Judio, una princesa Rusa y la fe en Cristo

[...]Un día, me armé de valor y le pregunté: ¿Por qué está usted tan alegre? Ella sabía que yo era judío y dudó al principio, pero al final empezó a hablarme del gran amor de su vida, las palabras se desbordaban y ella estaba cada vez más radiante. Me habló de Jesucristo, del amor de Dios manifestado en él, de su vida de alegría con él en el convento.
Yo estaba emocionado y hoy sé que en su alegría radiante vi el rostro de Jesús por primera vez.



David M. Neuhaus, Sacerdote Jesuita; Nació judío y, buscando a una princesa rusa, descubrió la alegría de la fe en Cristo


¿Cómo haría la amistad entre un adolescente judío y una monja ortodoxa de Rusia, de 90 años de edad, que resulta ser una princesa, para conducir a un joven a convertirse en católico? Extraño, pero real. [...]


- ¿Cómo veía la religión de niño? ¿Era usted espiritual?

 
- Yo nací en una familia judía no muy practicante, que había encontrado refugio de la devastación nazi en Sudáfrica. Mi padre iba regularmente a la sinagoga, pero en casa la práctica religiosa no era muy regular. Yo acudía a una excelente escuela judía local, donde rezábamos cada mañana, estudiábamos la Biblia, religión y hebreo.

Yo no estaba particularmente interesado en nada de esto, y pensaba que la religión era para los ancianos que estaban atemorizados por la muerte. Además, para mí, en esa época, el cristianismo lo percibía como que estaba en las raíces del sufrimiento de mi propia familia y de los demás judíos, particularmente en Europa, por tanto no era nada espiritual.


- Usted se convirtió desde el judaísmo mientras vivía en Israel. ¿Qué le llevó a convertirse al catolicismo?

 
- Llegué a Israel a la edad de 15 años, apasionado por la historia, y llegué en búsqueda de una princesa rusa que sabía que se había trasladado a Jerusalén. Yo era un adolescente judío y el vástago del Imperio Ruso que conocí, Madre Barbara, tenía casi 90 años, era monja ortodoxa desde hacía más de 50 años.
Pasamos muchas horas juntos, hablando de los últimos días del Imperio Ruso, la revolución y sus repercusiones. En el curso de nuestras conversaciones, me di cuenta de que esta viejísima y frágil señora brillaba de alegría. Lo encontré muy extraño, pues ella estaba completamente postrada en la cama, confinada en una pequeña celda en un convento y la única expectativa que a ella le quedaba era la muerte.

Un día, me armé de valor y le pregunté: ¿Por qué está usted tan alegre? Ella sabía que yo era judío y dudó al principio, pero al final empezó a hablarme del gran amor de su vida, las palabras se desbordaban y ella estaba cada vez más radiante. Me habló de Jesucristo, del amor de Dios manifestado en él, de su vida de alegría con él en el convento.

Yo estaba emocionado y hoy sé que en su alegría radiante vi el rostro de Jesús por primera vez.
Nuestras conversaciones continuaron un tiempo. Tan pronto como vi a mis padres, les dije que quería ser cristiano, y ellos se quedaron estupefactos. Les prometí que esperaría 10 años, pero que si seguía convencido deberían aceptar. Ellos estuvieron de acuerdo, esperando que con el tiempo, cuando pasaran los diez años, yo habría vuelto a mis cabales.


- ¿Pensó alguna vez que acabaría como sacerdote católico?

 
- Yo sentí mi vocación a la vida religiosa casi inmediatamente al encontrar a Cristo en Madre Barbara. La vocación al sacerdocio llegó tan pronto como puede entender el significado de la presencia de Cristo en el sacramento de la Eucaristía. Quería estar en presencia de Jesús, debía aprovechar toda oportunidad de conocerle y quería llevarle a los demás. Sentía, Sentí que el mundo tenía extrema necesidad de alegría y que Cristo era la clave de la verdadera alegría.

Los momentos más fuertes durante los primeros años de empezar a conocerle fue cuando, aún adolescente, frecuentaba la Iglesia Ortodoxa Rusa para la Divina Liturgia. La lectura de la Biblia llegó un poco más tarde y sigue siendo mi pasión. Me llevó algún tiempo hasta que entré en contacto con la Iglesia Católica. Lo que me atrajo fue la universalidad de la Iglesia Católica y su amor y la solicitud por el mundo. Lo que me consolaba era la búsqueda, por parte de Iglesia Católica, del camino de la reconciliación con el pueblo judío, para corregir lo que había sido pecaminoso en el modo en que se había enseñado a los católicos acerca de los judíos y del judaísmo. Lo que me inspiró fue la enseñanza profética de la Iglesia Católica sobre la justicia y la paz, y su compromiso al lado de los oprimidos y los oprimidos. El interrogante categórico de mi familia y mis amigos judíos era: ¿Cómo puedes unirte a la comunidad que nos ha perseguido durante siglos?

Encontré consuelo en las figuras del beato Papa Juan XXIII, en el cardenal Agustín Bea y los otros gigantes del Concilio Vaticano II, así como la reformulación de la enseñanza de la Iglesia con respecto a los judíos. He entendido desde el principio que si yo, judío, entraba en la Iglesia, tenía que servir; yo no podría ser simplemente un cristiano más. Mucho antes de mi bautismo, entendí que ese servicio estaba íntimamente conectado con hacer presente a Cristo en el mundo a través del sacramento y por medio de la Palabra.


- ¿Qué le atrajo hacia los jesuitas?

 
- No fue Ignacio de Loyola al principio, él llegó después, durante el mes de retiro del primer año de noviciado. Al principio me atrajeron los primeros dos jesuitas que conocí en Jerusalén: padre Peter, un americano que había venido a trabajar con los palestinos como profesor de filosofía y teología en la Universidad Católica de Belén (donde yo enseño ahora), y el padre José, un nicaragüense que había venido a trabajar en la asociación israelí de habla hebrea, y que servía en la pequeña iglesia católica de habla hebrea (de la que yo soy ahora Vicario del Patriarcado).

La dedicación de estos dos hombres, que habían dejado todo para servir a Cristo, me conmovió profundamente. Yo estaba impresionado por la espiritualidad sólida y la talla intelectual de estos dos hombres. Me impresionó su capacidad para hacer frente a la complejidad, sin reducir la realidad a los eslóganes. Por encima de todo, me impresionó por su amistad con los demás en el Señor. Uno de ellos trabajaba en profunda solidaridad con los palestinos, el otro en profunda solidaridad con los judíos de Israel, y sin embargo a través del abismo de la violencia y el odio, fueron capaces de ser amigos, rezar juntos, hablar y reír juntos.

Esto abrió posibilidades de que nuestra realidad parecía haber cerrado, y ofrecía esperanza y un aliento de vida, donde no parecía haber ninguna. El padre José me preparó para el bautismo y me bautizó, el padre Peter coordinó mi entrada en la Compañía de Jesús y me revistió en mi ordenación.

- Usted es israelí, sacerdote católico que vive en Jerusalén, la tierra donde Jesús mismo caminó. ¿Qué dimensión especial añade esto a la vivencia de su sacerdocio?

 
- Vivir donde Jesús vivió, caminar por donde él caminó, vivir entre su pueblo en la carne es un privilegio increíble. Como católicos creemos que el momento de la Resurrección de Cristo cambió la faz de la tierra en una «tierra santa», y a la gente que cree en Cristo en un «pueblo santo», pero este particular trozo de tierra lleva consigo las verdaderas huellas de la vida terrena de Jesús, y las huellas de los patriarcas de Israel, sacerdotes, reyes, sabios y profetas que le precedieron, preparando su camino.

Vivir el discipulado aquí es recordar a cada paso los actos concretos del amor que Jesús vivió aquí. La tierra en que vivimos es un «evangelio» en el que anuncia la buena noticia de la victoria sobre la muerte de Cristo y de todos los que llevaron a esa victoria. Para mí, el centro es la Iglesia de la Resurrección (llamada por muchos la Iglesia del Santo Sepulcro). Yo trato de ir regularmente a orar, y así revitalizar constantemente mi vocación e interceder por la Iglesia, para que seamos fieles al amor de Cristo por el mundo.

Además de celebrar los sacramentos y la predicación de la Palabra, tengo un privilegio muy especial en esta tierra como profesor de Sagrada Escritura en el seminario diocesano de aquí. Una misión particular en la enseñanza de las Escrituras aquí es implicar a nuestros jóvenes seminaristas, jordanos y palestinos, en meditar sobre el don de ser capaz de leer las Escrituras en la tierra en que fueron escritas, celebrar los sacramentos en la tierra en la que fueron instituidos.[...]


- ¿Cuál ha sido el aspecto más importante de ser sacerdote para usted, a día de hoy?

 
- Ciertamente esperaba con gran expectación celebrar mi primera Eucaristía, para ser ministro de la presencia real de Cristo en un mundo que lo necesita desesperadamente. Sin embargo, me sorprendió la abundancia de la gracia en la escucha de las confesiones. Servir como confesor sigue siendo uno de los aspectos más importantes del sacerdocio para mí porque es en el sacramento del perdón, donde tocamos de una manera muy real y directa la figura de Jesús que predicó el perdón, que vivió y murió por él. Yo esperaba la transformación humana que tiene lugar alrededor de la mesa eucarística y no me decepcionó, pero el poder de la absolución del pecado me dejó sin aliento. Me recuerda constantemente qué indigno soy de ser sacerdote por mi debilidad humana, y, sin embargo me asombra constantemente la obra de amor que Dios hace a través de los que Él ha elegido para ser sacerdotes. [...]

- ¿Qué diría a un joven que estuviese hoy discerniendo sobre su vocación al sacerdocio?

 
- [...] Yo les digo: Necesitamos sacerdotes santos, que reflejen la vida de Dios entre nosotros, como ministros de la presencia de Dios en los sacramentos, y que prediquen la Palabra de Dios con convicción.

Necesitamos sacerdotes que estén llenos de fe, que irradien esperanza, que amen a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, y que vivan en la alegría... Sí, la alegría es nuestro testimonio palpable de la victoria sobre el miedo, el pecado y la muerte que Cristo ya ha ganado para nosotros en la resurrección, en un mundo que tiene poca evidencia de esa victoria.

Karna Swanson
Zenit

lunes

¿Cuál debe ser nuestra respuesta ante los terribles escándalos de la Iglesia?

[...] Antes de elegir a Sus primeros discípulos, Jesús subió a la montaña a orar toda la noche. En ese tiempo tenía muchos seguidores. Él habló a Su Padre en oración acerca de a quiénes elegiría para que fueran Sus doce apóstoles, los doce que El formaría íntimamente, los doce a quienes enviaría a predicar la Buena Nueva en Su nombre. El les dio el poder de expulsar a los demonios. Les dio el poder para curar a los enfermos. Ellos vieron cómo Jesús obró incontables milagros. Ellos mismos obraron en Su nombre numerosos milagros.


Pero, a pesar de todo, uno de ellos fue un traidor. Uno, que había seguido al Señor, uno, a quien el Señor le lavó los pies, que lo vio caminar sobre las aguas, resucitar a personas de entre los muertos y perdonar a los pecadores, traicionó al Señor. El Evangelio nos dice que él permitió que Satanás entrara en él y luego vendió al Señor por treinta monedas, simulando un acto de amor para entregarlo. […] Jesús no eligió a Judas para que lo traicionara. El lo eligió para que fuera como todos los demás. Pero Judas fue siempre libre y usó su libertad para permitir que Satanás entrara en él y, por su traición, terminó haciendo que Jesús fuera crucificado y ejecutado.


Así que desde los primeros doce que Jesús mismo eligió, uno fue un terrible traidor. A VECES LOS ELEGIDOS DE DIOS LO TRAICIONAN. Este es un hecho que debemos asumir. Es un hecho que la primera Iglesia asumió. Si el escándalo causado por Judas hubiera sido lo único en lo que los miembros de la primera Iglesia se hubieran centrado, la Iglesia habría estado acabada antes de comenzar a crecer. En vez de ello, la Iglesia reconoció que no se juzga algo por aquellos que no lo viven, sino por quienes sí lo viven.


En vez de centrarse en aquel que traicionó a Jesús, se centraron en los otros once, gracias a cuya labor, predicación, milagros y amor por Cristo, nosotros estamos aquí hoy.


[...] Hoy somos confrontados por esa misma realidad. Podemos centrarnos en aquellos que traicionaron al Señor, aquellos que abusaron en vez de amar a quienes estaban llamados a servir, o, como la primera Iglesia, podemos enfocarnos en los demás, en los que han permanecido fieles, esos sacerdotes que siguen ofreciendo sus vidas para servir a Cristo y para servirlos a ustedes por amor.


Los medios casi nunca prestan atención a los buenos "once", aquellos a quienes Jesús escogió y que permanecieron fieles, que vivieron una vida de silenciosa santidad. Pero nosotros, la Iglesia, debemos ver el terrible escándalo que estamos atestiguando bajo una perspectiva auténtica y completa.


El escándalo desafortunadamente no es algo nuevo para la Iglesia. Hubo muchas épocas en su historia, cuando estuvo peor que ahora. La historia de la Iglesia es como la definición atemática del coseno, es decir, una curva oscilatoria con movimientos de péndulo, con bajas y altas a lo largo de los siglos. En cada una de esas épocas cuando la Iglesia llegó a su punto más bajo, Dios elevó a tremendos santos que llevaran a la Iglesia de regreso a su verdadera misión. Es casi como si en aquellos momentos de oscuridad, la Luz de Cristo brillara más intensamente.

[...] La Reforma Protestante no brotó fundamentalmente por aspectos teológicos, por asuntos de fe - aunque las diferencias teológicas aparecieron después - sino por aspectos morales. Había un sacerdote agustino, Martín Lutero, quien fue a Roma durante el papado más notorio de la historia, el del Papa Alejandro VI.


Este Papa jamás enseñó nada contra la fe - el Espíritu Santo lo evitó - pero fue simplemente un hombre malvado. […] Martín Lutero […] se preguntaba cómo Dios podía permitir que un hombre tan malvado hubiera sido la cabeza visible de Su Iglesia. Regresó a Alemania y observó toda clase de problemas morales. Los sacerdotes vivían abiertamente relaciones con mujeres. Algunos trataban de obtener ganancias vendiendo bienes espirituales. Primaba una inmoralidad terrible entre los laicos católicos. El se escandalizó, como le hubiera ocurrido a cualquiera que amara a Dios, por esos abusos desenfrenados. Así que fundó su propia iglesia.


Eventualmente Dios hizo surgir a muchos santos que combatieran esta solución equivocada y trajeran de regreso a las personas a la Iglesia fundada por Cristo. San Francisco de Sales fue uno de ellos. Poniendo en riesgo su vida, recorrió Suiza, donde los calvinistas eran muy populares, predicando el Evangelio con verdad y amor. Muchas veces fue golpeado en su camino y dejado por muerto.


Un día le preguntaron cuál era su postura en relación al escándalo que causaban tantos de sus hermanos sacerdotes. Lo que él dijo es tan importante para nosotros hoy como lo fue en aquel entonces para quienes lo escucharon. El no se anduvo con rodeos.


Dijo: "Aquellos que cometen ese tipo de escándalos son culpables del equivalente espiritual a un asesinato," destruyendo la fe de otras personas en Dios con su pésimo ejemplo. Pero al mismo tiempo advirtió a sus oyentes: "Pero yo estoy aquí entre ustedes hoy para evitarles un mal aún peor. Mientras que aquellos que causan el escándalo son culpables de asesinato espiritual, los que acogen el escándalo - los que permiten que los escándalos destruyan su fe - son culpables de suicidio espiritual. Son culpables", dijo él, "de cortar de cuajo su vida con Cristo, abandonando la fuente de vida en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía".


San Francisco de Sales anduvo entre la gente de Suiza tratando de prevenir que cometieran un suicidio espiritual a causa de los escándalos. Y yo estoy aquí hoy para predicarles lo mismo a ustedes.


¿Cuál debe ser entonces nuestra respuesta? Otro gran santo que vivió en tiempos particularmente difíciles también puede ayudarnos. El gran San Francisco de Asís vivió alrededor del año 1200, que fue una época de inmoralidad terrible en Italia central. Los sacerdotes daban ejemplos espantosos. La inmoralidad de los laicos era aun peor. San Francisco mismo, siendo joven, había escandalizado a otros con su manera despreocupada de vivir. Pero eventualmente se convirtió al Señor, fundó a los Franciscanos, ayudó a Dios a reconstruir Su Iglesia y llegó a ser uno de los más grandes santos de todos los tiempos.


Una vez, uno de los hermanos de la Orden de Frailes Menores le hizo una pregunta. Este hermano era muy susceptible a los escándalos. "Hermano Francisco," le dijo, "¿qué harías tú si supieras que el sacerdote que está celebrando la Misa tiene tres concubinas a su lado?" Francisco, sin dudar un solo instante, le dijo con gran serenidad: "Cuando llegara la hora de la Sagrada Comunión, iría a recibir el Sagrado Cuerpo de mi Señor de las manos ungidas del sacerdote."


[...] Así que lo que Francisco estaba diciendo en respuesta a la pregunta de su hermano religioso al manifestarle que él recibiría el Sagrado Cuerpo de Su Señor de las manos ungidas del sacerdote, es que no iba a permitir que la maldad o inmoralidad del sacerdote lo llevaran a cometer suicidio espiritual. Cristo puede seguir actuando y de hecho actúa incluso a través del más pecador de los sacerdotes. ¡Y gracias a Dios que lo hace!


Y es que si siempre tuviéramos que depender de la santidad personal del sacerdote, estaríamos en graves problemas. Los sacerdotes son elegidos por Dios de entre los hombres y son tentados como cualquier ser humano y caen en pecado como cualquier ser humano. […]

Así es que, de nuevo, les pregunto: ¿Cuál debe ser la respuesta de la Iglesia a estos actos? Se ha hablado mucho al respecto en los medios. ¿Tiene la Iglesia que trabajar mejor, asegurándose que nadie con predisposición a la pedofilia sea ordenado? Absolutamente. Pero esto no sería suficiente. ¿Tiene la Iglesia que actuar mejor para tratar estos casos cuando sean reportados? La Iglesia ha cambiado su manera de abordar estos casos y hoy la situación es mucho mejor de lo que fue en los años ochentas, pero siempre puede ser perfeccionada. Pero aun esto no sería suficiente. ¿Tenemos que hacer más para apoyar a las víctimas de tales abusos? ¡Sí, tenemos que hacerlo, tanto por justicia como por amor! Pero ni siquiera esto es lo adecuado. [...]


¡La única respuesta adecuada a este terrible escándalo, la única respuesta auténticamente católica a este escándalo - como San Francisco de Asís reconoció en 1200, como San Francisco de Sales reconoció en 1600 e incontables otros santos han reconocido en cada siglo - es la SANTIDAD! ¡Toda crisis que enfrenta la Iglesia, toda crisis que el mundo enfrenta, es una crisis de santidad! La santidad es crucial, porque es el rostro auténtico de la Iglesia.


Siempre hay personas […] que usan excusas para justificar por qué no practican su fe, por qué lentamente están cometiendo un suicidio espiritual. Puede ser porque una monja se portó mal con ellos cuando tenían 9 años. O porque no entienden las enseñanzas de la Iglesia sobre algún asunto particular. Indudablemente habrá muchas personas estos días […] que dirán: "¿Para qué practicar la fe, para qué ir a la Iglesia, si la Iglesia no puede ser verdadera, cuando los así llamados elegidos son capaces de hacer el tipo de cosas que hemos estado leyendo?" Este escándalo es como un perchero enorme donde algunos tratarán de colgar su justificación para no practicar la fe. Por eso es que la santidad es tan importante.


Estas personas necesitan encontrar en todos nosotros una razón para tener fe, una razón para tener esperanza, una razón para responder con amor al amor del Señor. Las bienaventuranzas que leemos en el Evangelio de hoy son una receta para la santidad. Todos necesitamos vivirlas más. ¿Tienen que ser más santos los sacerdotes? Seguro que sí. ¿Tienen que ser más santos los religiosos y religiosas y dar un testimonio aún mayor de Dios y del Cielo? Absolutamente. Pero todas las personas en la Iglesia tienen que hacerlo, ¡incluyendo a los laicos! Todos tenemos la vocación de ser santos y esta crisis es un llamado para que despertemos.


[...] Cristo nunca permitirá que Su Iglesia fracase. El prometió que las puertas del infierno no prevalecerían sobre Su Iglesia, que la barca de Pedro, la Iglesia que navega en el tiempo hacia su puerto eterno en el cielo, nunca se volcará, no porque aquellos que van en ella no cometan todos los pecados posibles para hundirla, sino porque Cristo, que también está en la barca, nunca permitirá que esto suceda. Cristo sigue en la barca y El nunca la abandonará.


La magnitud de este escándalo podría ser tal, que de ahora en adelante ustedes encuentren difícil confiar en los sacerdotes de la misma manera como lo hicieron en el pasado. Esto puede suceder y podría no ser tan malo. ¡Pero nunca pierdan la confianza en el Señor! ¡Es Su Iglesia! Aún cuando algunos de Sus elegidos lo hayan traicionado, El llamará a otros que serán fieles, que los servirán a ustedes con el amor que merecen ser servidos, tal como ocurrió después de la muerte de Judas, cuando los once apóstoles se pusieron de acuerdo y permitieron que el Señor eligiera a alguien que tomara el lugar de Judas y escogieron al hombre que terminó siendo San Matías, quien proclamó fielmente el Evangelio hasta ser martirizado por él.


¡Éste es un tiempo en el que todos nosotros necesitamos concentrarnos aún más en la santidad! ¡Estamos llamados a ser santos y cuánto necesita nuestra sociedad ver ese rostro hermoso y radiante de la Iglesia! Ustedes son parte de la solución, una parte crucial de la solución. Y cuando caminen al frente hoy para recibir de las manos ungidas de este sacerdote el Sagrado Cuerpo del Señor, pídanle a El que los llene de un deseo real de santidad, un deseo real de mostrar Su auténtico rostro.


Una de las razones por las que yo estoy aquí como sacerdote para ustedes hoy es porque siendo joven, me impresionaron negativamente algunos de los sacerdotes que conocí. Los veía celebrar la Misa y, casi sin reverencia, alguna dejaban caer el Cuerpo del Señor en la patena, como si tuvieran en sus manos algo de poco valor en vez de al Creador y Salvador de todos, en vez de a MI Creador y Salvador. Recuerdo haberle dicho al Señor, reiterando mi deseo de ser sacerdote: "¡Señor, por favor, déjame ser sacerdote para que pueda tratarte como Tú mereces!" Eso me dio un ardiente deseo de servir al Señor.


Quizá este escándalo les permita a ustedes hacer lo mismo. Este escándalo puede ser algo que los conduzca por el camino del suicidio espiritual o algo que los inspire a decir, finalmente, "Quiero ser santo, para que yo y la Iglesia podamos glorificar Tu nombre como Tú lo mereces, para que otros puedan encontrarte en el amor y la salvación que yo he encontrado." Jesús está con nosotros, como lo prometió, hasta el final de los tiempos. El sigue en la barca.

[...] ¿Cómo vas a responder tú?



sábado

El escultor en la cantera

A las famosas canteras de mármol en Carrara (Italia) fué cierta vez un escultor, y veíasele mirar y remirar entre los bloques como si buscase alguna cosa. Le preguntaron qué bus­caba. Y contestó: "La imagen de un santo". Los que oyeron, riéndose de muy buena gana, le decían: "Si quiere usted ver imágenes de santos, vaya usted a la iglesia".


El escultor se sonrió, pero prosiguió buscando y volviendo a buscar. Al fin, deteniéndose ante uno de los bloques dijo: "Ahí se esconde". Adquirió el bloque, lo hizo enviar a su taller de Roma y, al poco tiempo, de aquella masa informe había salido, como por magia, la estatua de un santo, perfectísima.


Así como un escultor puede convertir cualquier trozo de mármol en una estatua y un tallador puede sacar una figura de cualquier pe­dazo de madera, de todo hombre puede formarse un santo, pues el amor a Dios y a los semejantes es asequible a todo espíritu humano.


Con harta razón nos decía San Buenaven­tura: "El amor a Dios no es privativo de algunas personas privilegiadas; una sencilla mujer aldeana puede querer tanto a Dios como el sabio más ilustre".

Y por esto vemos que han habido santos de todas las categorías y rangos sociales.



Misionero y mártir en China

Hay en la historia de las misiones cuadros conmovedores que conviene recordar para que se incremente en nosotros el amor a los misioneros y el deseo de rezar por ellos...

Un obispo vino de China en busca de apóstoles para aquellas regiones. Reunió a varios seminaristas en la capilla. Entre todos se fijó en uno de inteligencia nada común y de honda piedad. El joven era ya sacerdote y el obispo le llamó:

- Jóven, ¿por qué no vienes conmigo a China a predicar el evangelio de Cristo a aquellas almas abandonadas?

Al joven no le tomó de sorpresa la pregunta pues muchas veces había pensado en ello.

-Señor obispo -le contestó- éste sería mi mayor anhelo; pero tengo madre y ya es viejecita. Soy su único apoyo. Habrá que esperar a que Dios se acuerde de ella.; ese día iré a China.

El obispo calló. Días más tarde estaba el joven sacerdote en su humilde hogar con su madre viejecita cuando, de pronto, llamaron a la puerta Apareció allí la sotana morada del obispo chino.
La madre le vio se arrojó a sus pies y le besó el anillo. La bendijo el prelado, se levantó la viejita y entonces fue el obispo el que se arrojó a sus pies.

-Mujer -le dijo- vengo a pedirte a tu hijo, pero a pedírtelo para Jesucristo.

La santa anciana levantó los brazos y los ojos al cielo y contestó :

-¡Para Jesucristo! ¡Para Jesucristo! ¡Llevadlo! ¡Sólo para Jesucristo!

Días más tarde el hijo se embarcaba. La madre le despidió con los brazos trémulos y del muelle corrió a sepultarse en un asilo de ancianos. Su hijo murió mártir en China.


martes

¿Faltan vocaciones, o faltan respuestas?

Cuando me comentan que no hay vocaciones, yo suelo invitar a reflexionar por qué ocurre lo que ocurre.

Decimos "no hay vocaciones", sería más exacto decir "que vocaciones sí hay, porque Dios sigue llamando para todo aquello que la Iglesia y el mundo necesitan. Lo que no hay son respuestas.

La voz de Dios se oye sólo cuando hay un cierto grado de silencio interior, es una voz íntima, que resuena sólo a cierta profundidad de uno mismo. El que vive volcado sobre el exterior, acaparado y seducido por las cosas exteriores no puede oír la llamada de Jesucristo.


Si uno no se pregunta para qué está en el mundo, qué es lo que de verdad vale la pena en la vida, qué quiere Dios de mí, nunca llegará a percibir ni formular una respuesta. Donde no hay pregunta tampoco llega la respuesta.


...Tenemos pocos cristianos que hayan llegado al punto de decir como Pablo "Señor, qué quieres de mí". Y esta es la actitud indispensable para poder escuchar la voz de Dios.
La respuesta a una vocación sentida en lo profundo de uno mismo y correspondida con perseverancia es la condición para ser uno mismo, para vivir personalmente la propia vida.


Responder a la vocación personal es tanto como vivir con libertad la propia existencia. Y para el cristiano, aceptar la propia vocación es intentar vivir libremente según el designio de Dios sobre nosotros, integrarnos de verdad en la obra de Dios y de Cristo según nuestra forma estrictamente personal de ser, ocupar nuestro puesto en la Iglesia y en el mundo, ese puesto único para el cual Dios nos ha pensado y nos llama, por medio de Cristo y de su Iglesia.


...entre todos tenemos que ayudar a nuestros jóvenes cristianos a llegar a este nivel ilusionado de fe y de amor a Jesucristo que les haga preguntarse "qué quiere el Señor de mí", "dónde quiere Dios que me sitúe", "que necesita de mí la Iglesia" "qué puedo hacer por el bien de mis hermanos". Y si es posible, llegar, como Francisco de Javier, al "qué puedo hacer yo por Jesucristo".


...oremos por las vocaciones. Pero no pidamos sólo por la vocación de los demás. Pidamos a Dios que nos haga a nosotros instrumentos de esta presentación alta y exigente de la vida cristiana como ofrenda y respuesta de amor, a Jesucristo, al Dios de la salvación, a la Iglesia y a los hermanos. Que nos dé a nosotros ilusión juvenil y verdadero entusiasmo cristiano y apostólico para poder transmitirlo. Que haga de nosotros verdaderos colaboradores e instrumentos de las incesantes llamadas del Espíritu Santo.


Este es el clima que hay que difundir en nuestra Iglesia y esta es la labor que tenemos que hacer entre todos, padres, educadores, catequistas, sacerdotes, para que vuelvan a florecer en nuestra Iglesia las vocaciones y las respuestas, respuestas de todas clases y en todos los tonos, familias cristianas, apóstoles seglares, vírgenes consagradas, misioneros, sacerdotes.


Dios nos bendiga con muchas vocaciones, y para eso que nos bendiga con muchos jóvenes fervorosos y generosos, y para eso que nos dé santos apóstoles, en las familias, en los colegios, en las comunidades y en las parroquias.



+ Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona
------------------------------------------------
Extracto de la homilia: del 21 abril del 2002
con Motivo del Día de oración por las vocaciones
Google+