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miércoles

Arrodíllate y rompe toda atadura

"Hombre, ¡qué admirable condescendencia! ¡Qué estupendo abajamiento! El Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, se humilla hasta esconderse para nuestra salvación bajo una pequeña forma de pan!"

San Francisco de Asís


Arrodillarse. ¿Qué misterio encierra este gesto? vivimos sumergidos en una cultura donde se ha implantado la idea que arrodillarse es un acto denigrante. Es un acto arcaico e innecesario. Pero todo ello contrasta cuando lo hacemos ante Cristo, especialmente en la Eucaristía. Ese simple gesto nos conecta con algo mucho más grande que nosotros mismos. Bien se dice cuando hablan que el encuentro con Dios es una acto personal y real donde todo lo creado y todos nuestros actos toman sentido. Es un acto de humildad y entrega al reconocer quién es Dios y quiénes somos nosotros en relación con Él.


Cuando el alma se arrodilla, el cielo se abre y la luz de Dios ilumina el corazón.


San Agustín decía que "el alma no puede elevarse si no es humilde". Arrodillarse nos recuerda que no somos los dueños de todo, que no tenemos todas las respuestas. Es un reconocimiento de que hay algo –o mejor dicho, Alguien– que está por encima de nosotros y a quien debemos todo. 

En un mundo donde se nos dice constantemente que debemos ser autosuficientes, arrodillarse es un acto contracultural, de rebeldía, un gesto que nos libera del egoísmo y la autosuficiencia.


Arrodillarse una gran paradoja


Cuando nos arrodillamos ante Cristo, estamos haciendo algo revolucionario. Nos declaramos libres de las cadenas del mundo. Decir "Jesús es el Señor" significa que ningún otro poder –ni el dinero, ni el prestigio, ni el poder humano– puede gobernarnos. Esta idea tiene sus raíces en el Evangelio mismo.


Dostoyevski, en su novela Los Hermanos Karamázov, plantea un diálogo fascinante sobre la libertad en su famoso "Gran Inquisidor". 

Aquí, el Inquisidor reprocha a Cristo por ofrecer al hombre la libertad de elegirlo, en lugar de imponer su poder divino. Para el Inquisidor, los seres humanos preferirían someterse a un poder más tangible y autoritario, porque la libertad es demasiado aterradora. Sin embargo, Cristo nos llama a algo radicalmente diferente: a arrodillarnos, no por miedo, sino por amor. Nos invita a rendirnos, no ante el poder, sino ante la libertad de su amor. Así, el acto de arrodillarse ante Él es un acto de verdadera libertad, porque no nos sometemos a las cosas de este mundo, sino que nos entregamos a la verdad que nos hace libres (Jn 8, 32).


Un mundo que aborrece Arrodillarse


Hoy, pareciera que arrodillarse es algo que ya no encaja en nuestra cultura. pareciera que los ecos del "Non serviam" seducen a muchos. Muchas veces, en misa, se prefiere estar de pie o simplemente no se le da importancia a la genuflexión al pasar frente al sagrario. Esta "pequeña" costumbre refleja algo más grande: el olvido de nuestra relación íntima con Dios. Vivimos en una época en la que lo "correcto" es mantener la fe a distancia, sin que comprometa demasiado nuestras decisiones cotidianas.


San Juan Pablo II, en su encíclica Dominum et Vivificantem, nos advirtió sobre el peligro de un cristianismo que, bajo la presión del relativismo, pierde su sentido de reverencia y adoración. Él nos decía que la fe no es una "idea" que podamos manipular según nuestras preferencias. La verdadera fe involucra todo nuestro ser, incluyendo nuestro cuerpo. "El gesto de arrodillarse –explicaba Juan Pablo II– es un acto en el que se une el cuerpo y el alma en la adoración de Aquel que es la plenitud de la verdad". 


Cuando dejamos de arrodillarnos, comenzamos a perder el sentido de nuestra relación con Dios y con la creación. Arrodillarse, entonces, no es una simple formalidad: es un acto que nos recuerda nuestra dependencia absoluta de Dios.


La Adoración: Antídoto Contra el Relativismo


En la Eucaristía, el mismo Cristo se nos revela, irradiando su amor y gracia en cada momento de adoración.


Vivimos en una época de relativismo, donde todo parece depender de las opiniones individuales y donde no hay verdades absolutas. Esto también afecta nuestra relación con Dios. Cuando dejamos de arrodillarnos, en el fondo, dejamos de reconocer a Dios como el centro de nuestra vida. La adoración es, en realidad, el mejor antídoto contra esta confusión. San Juan Pablo II, nos recordaba que "el hombre no puede vivir sin adoración". 



Adoración Eucarística

Si no adoramos a Dios, inevitablemente adoramos algo más: 
el dinero, el poder, el placer. Pero ninguna de estas cosas puede llenarnos.


Arrodillarse en la adoración es decirle a Dios: "Tú eres el centro de mi vida, y todo lo demás toma su lugar a partir de Ti". Es un acto de confianza radical, porque reconocemos que solo en Dios encontramos nuestro verdadero valor y destino.



Comulgar con Cristo: Un Encuentro que Nos Cambia


Cuando recibimos la Eucaristía, estamos comulgando con Cristo. Pero este acto va más allá de lo que sucede en ese momento. Comulgar "a Cristo" significa dejarnos transformar por Él, hacer que su vida sea nuestra vida, que su amor sea nuestro amor. Como decía Santa Teresa de Ávila, "Cristo no tiene ahora otro cuerpo en la tierra que el tuyo". Al recibirlo en la Eucaristía, nos convertimos en sus manos, sus pies, su corazón en el mundo.


Pero este encuentro no puede quedarse solo en un momento espiritual. Comulgar con Cristo significa también comulgar con todo lo que Él ama, especialmente los pobres y los que sufren. En Mateo 25, Jesús nos enseña que lo que hacemos por los más pequeños, lo hacemos por Él. Si realmente hemos recibido a Cristo en la Eucaristía, entonces debemos salir al mundo con una mirada nueva, dispuestos a amar y a servir a los demás como lo hizo Él.


El Misterio del Dios que se Arrodilla Ante Nosotros

Es impactante pensar que el mismo Dios que nos llama a arrodillarnos ante Él, también se ha arrodillado ante nosotros. 

Humildad: El ejemplo que Cristo nos da


En la Última Cena, Jesús se arrodilla para lavar los pies de sus discípulos (Jn 13, 5). Este gesto es el ejemplo más radical de humildad y amor. Dios, el Todopoderoso, se inclina ante sus criaturas. Y aún hoy somos testigos cuando se ofrece a nosotros en la Eucaristía. 


Cada vez que nos arrodillamos ante el sagrario, nos arrodillamos ante un Dios que ha elegido quedarse entre nosotros, no como un rey poderoso, sino como el pan que se parte y se reparte.

Arrodillados ante el sagrario


En este misterio de la Eucaristía, encontramos el corazón de nuestra fe. Arrodillarse ante Cristo no es solo un acto de reverencia, es un acto de comunión, de entrar en ese misterio de amor que transforma el mundo.


Así que la próxima vez que te encuentres ante Cristo en la Eucaristía, no tengas miedo de arrodillarte, de mostrar nuestra fe. La adoración es el mejor antídoto frente a la indiferencia de este mundo. Arrodillarse es declarar que hay un Dios que nos ama y nos invita a seguirlo.


Omar Orozco Sáenz
Pensamiento Católico

martes

Fiesta de Corpus Christi


Creo que lo más necesario que hay que hacer en la fiesta del Corpus Domini no es explicar tal o cual aspecto de la Eucaristía, sino reavivar cada año estupor y maravilla ante el misterio. La fiesta nació en Bélgica, a principios del siglo XIII; los monasterios benedictinos fueron los primeros en adoptarla; Urbano IV la extendió a toda la Iglesia en 1264, parece también que por influencia del milagro eucarístico de Bolsena, hoy venerado en Orvieto.

Pensamiento Católico


¿Qué necesidad había de instituir una nueva fiesta? ¿Es que la Iglesia no recuerda la institución de la Eucaristía el Jueves Santo? ¿Acaso no la celebra cada domingo y, más aún, todos los días del año? 

 
De hecho, el Corpus Domini es la primera fiesta cuyo objeto no es un evento de la vida de Cristo, sino una verdad de fe: la presencia real de Él en la Eucaristía.
Responde a una necesidad: la de proclamar solemnemente tal fe.
Se necesita para evitar un peligro: el de acostumbrarse a tal presencia y dejar de hacerle caso, mereciendo así el reproche que Juan Bautista dirigía a sus contemporáneos: «¡En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis!».


Esto explica la extraordinaria solemnidad y visibilidad que esta fiesta adquirió en la Iglesia católica. Por mucho tiempo la del Corpus Domini fue la única procesión en toda la cristiandad, y también la más solemne.

Hoy las procesiones han cedido el paso a manifestaciones y sentadas (en general de protesta); pero aunque haya caído la forma exterior, permanece intacto el sentido profundo de la fiesta y el motivo que la inspiró: mantener despierto el estupor ante el mayor y más bello de los misterios de la fe. La liturgia de la fiesta refleja fielmente esta característica. Todos sus textos (lecturas, antífonas, cantos, oraciones) están penetrados de un sentido de maravilla. Muchos de ellos terminan con una exclamación: «¡Oh sagrado convite en el que se recibe a Cristo!» (O sacrum convivium), «¡Oh víctima de salvación!» (O salutaris hostia).


Si la fiesta del Corpus Domini no existiera, habría que inventarla. 

Si hay un peligro que corren actualmente los creyentes respecto a la Eucaristía es el de banalizarla. En un tiempo no se la recibía con tanta frecuencia, y se tenían que anteponer ayuno y confesión. Hoy prácticamente todos se acercan a Ella... Entendámonos: es un progreso, es normal que la participación en la Misa implique también la comunión; para eso existe. Pero todo ello comporta un riesgo mortal. San Pablo dice: «Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual a sí mismo y después coma el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo».


Considero que es una gracia saludable para un cristiano pasar a través de un período de tiempo en el que tema acercarse a la comunión, tiemble ante el pensamiento de lo que está apunto de ocurrir y no deje de repetir, como Juan Bautista: «¿Y Tú vienes a mí?» (Mateo, 3,14). Nosotros no podemos recibir a Dios sino como «Dios», esto es, conservándole toda su santidad y su majestad. ¡No podemos domesticar a Dios!


La predicación de la Iglesia no debería tener miedo --ahora que la comunión se ha convertido en algo tan habitual y tan «fácil»-- de utilizar de vez en cuando el lenguaje de la epístola a los Hebreos y decir a los fieles: «Vosotros en cambio os habéis acercado a Dios juez universal..., a Jesús, Mediador de la nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una nueva sangre que habla mejor que la de Abel» (Hebreos 12, 22-24). En los primeros tiempos de la Iglesia, en el momento de la comunión, resonaba un grito en la asamblea: «¡Quien es santo que se acerque, quien no lo es que se arrepienta!».


Uno que no se acostumbró a la Eucaristía y habla de Ella siempre con conmovido estupor era San Francisco de Asís. «Que tema la humanidad, que tiemble el universo entero, y el cielo exulte, cuando en el altar, en las manos del sacerdote, está el Cristo Hijo de Dios vivo... ¡Oh admirable elevación y designación asombrosa! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, tanto se humille como para esconderse bajo poca apariencia de pan!».


Pero no debe ser tanto la grandeza y la majestad de Dios la causa de nuestro estupor ante el misterio eucarístico, cuanto más bien su condescendencia y su amor. La Eucaristía es sobre todo esto: memorial del amor del que no existe mayor: dar la vida por los propios amigos.


P.  RANIERO CANTALAMESSA
Predicador del papa

jueves

Es recomendable comulgar en la boca y de rodillas

El Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en el Vaticano, Cardenal Antonio Cañizares Llovera, al ser consultado sobre si es recomendable que los fieles comulguen o no en la mano. Ofrecio una respuesta breve y sencilla:


"es recomendable que los fieles comulguen en la boca y de rodillas".


[...] el Cardenal Cañizares dijo que eso se debe "al sentido que debe tener la comunión, que es de adoración, de reconocimiento de Dios".


"Es sencillamente saber que estamos delante de Dios mismo y que Él vino a nosotros y que nosotros no lo merecemos", afirmó.


El Purpurado dijo también que comulgar de esta forma "es la señal de adoración que es necesario recuperar. Yo creo que es necesario para toda la Iglesia que la comunión se haga de rodillas".


"De hecho –añadió– si se comulga de pie, hay que hacer genuflexión, o hacer una inclinación profunda, cosa que no se hace".



El Prefecto vaticano dijo además que "si trivializamos la comunión, trivializamos todo, y no podemos perder un momento tan importante como es comulgar, como es reconocer la presencia real de Cristo allí presente, del Dios que es amor de los amores [...]".



Cardenal Antonio Cañizares Llovera

viernes

El Pan de Vida es el Cielo en la Tierra


“Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”... “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”


¿Puede salvarse una persona que ha pasado su vida entera realizando buenas obras, que ha sido humilde y generoso, que se ha entregado a los demás, pero que, en un momento dado, dejo de ir a misa para no volver?


Es una pregunta-trampa. La formulación misma, en términos de “¿puede salvarse...” nos sitúa ante un Dios que tiene la última palabra sobre la salvación, y que decide, finalmente, quién entra en el Cielo, como un profesor decide qué alumnos aprobarán un examen. A ese supuesto profesor se le interroga: “y a tal hombre, que acertó todas las preguntas menos una, ¿va usted a suspenderlo y a castigarlo en el Infierno por toda la eternidad?”. Cruel sería el dios que obrase así, y, por tanto, no sería Dios.


La trampa reside en el ocultamiento de una verdad crucial: la última palabra no la tiene Dios. Dios ha regalado su salvación a todo hombre, y ha enviado a su Hijo a la muerte por todos los pecadores; ahora es cada persona quien debe decidir si acoge o no esa salvación otorgada gratuitamente por Dios. Y esa salvación no se consigue a través de la Eucaristía, sino que se identifica con ella.


La Eucaristía no es el precio de la entrada en el Reino de los Cielos; Ella es el Cielo mismo, es el Banquete de Bodas del Cordero. Cada vez que participamos en la Santa Misa, cada vez que comulgamos, estamos recibiendo Vida Eterna, mientras somos introducidos en esa primera morada del Cielo que ya puede ser habitada en la Tierra. Allí nos hacemos “una sola carne” con Aquél a quien amamos sobre todas las cosas; allí Él habita en nosotros, y nosotros en Él... ¿Qué es el Cielo, sino esa comunión de Amor con Dios? Y es que la Eucaristía, para un cristiano, no es una devoción: es Dios mismo, es la Vida Eterna. No se puede ser cristiano sin ser profundamente eucarístico. 


Rechazar la Eucaristía, por tanto, es rechazar la salvación misma. Y, por eso, la pregunta-trampa formulada al comienzo de estas líneas debería plantearse de otra manera: “¿Quiere salvarse esa persona?”. Si quiere salvarse, abiertas tiene las puertas de la Penitencia y de la Eucaristía. Y, si no quiere participar de la Eucaristía, la tragedia de esa persona es que no quiere salvarse, porque salvación y Eucaristía son, exactamente, la misma realidad.


Desde que Cristo murió, nos entregó su Cuerpo, y resucitó, la salvación no es el premio que Dios otorga tras una vida de abnegación y sacrificio al alcance de unos pocos. La salvación es el Cuerpo de Cristo, regalado por Dios a todos los hombres en la Eucaristía, ese Cuerpo que nos hace eternos y nos introduce en Dios cuando lo recibimos dignamente. Y si los apóstoles dicen que “hay que pasar por mucho para entrar en el Reino de Dios”, quieren con ello dar a entender que la Comunión con Cristo, en esta tierra, lo es también con su Pasión y Muerte, así como con su Resurrección; quien comulga verá reproducidas en su existencia terrena las huellas de Cristo paciente y glorioso. Pero el inicio de todo es el Don, es la Comunión, el Pan de Dios. Sin Él, no tenemos vida; estamos muertos.


Por tanto... ¿quieres salvarte? Comulga. Recibe primero el Perdón de tus pecados para ser digno templo de Cristo, y acude a comer, gratis, el Pan de Vida. Cuando lo hagas, estarás salvado.




P. José-Fernando Rey Ballesteros

lunes

La fe heroica de San Luciano

San Luciano, sacerdote de Antioquía, había sido encarcelado por confesar su fe cristiana, juntamente con un grupo de correligionarios. 


Yacía en tierra, cargado de cadenas, y los sufrimientos lo habían debilitado hasta el punto de no poderse levantar. Era la fiesta de la Epifanía. Sus compañeros de prisión mostraron al virtuoso sacerdote el vivo deseo de participar en los santos misterios en el lóbrego calabozo; del que acaso no saldrían sino para el martirio. 


Pero era preciso que no lo advirtieran los ojos vigilantes de los carceleros y guardias. San Luciano suplicó a Dios, y una idea le brilló en la mirada. Golpeándose el pecho con las manos, les dijo:


- Aquí, aquí está el altar. Espero que no será menos grato a Dios que una piedra inanimada. Vosotros rodeadme, apretaos contra mí y formaréis de este modo un templo. Los cristianos se agruparon en su torno, ocultándolo a las miradas de los verdugos. 


Así, tendido en el suelo, el Santo consagro sobre su propio pecho, dio a cada uno de los fieles un trozo del Pan eucarístico, y ellos fueron tomándolo en sus manos y repartiéndolo entre sí. Luego hizo lo mismo con la humilde vasija que contenía la sagrada especie del vino, y un diácono lo alargó a los cristianos para que bebieran un sorbo. 


Si no era digna de Dios ni la morada, ni el altar, ni los vasos, dignos fueron considerados por el Señor aquellos pechos, en los que latía una fe heroica e invencible. Todos en voz baja alabaron a Dios, y, fortalecidos con el Pan de los fuertes, se dispusieron a afrontar las pruebas del martirio" 


(cf. Acta S. Luciani en j. corelet, HIstoire de L'Eucharistie t.I p.61)

martes

Un Judio, una princesa Rusa y la fe en Cristo

[...]Un día, me armé de valor y le pregunté: ¿Por qué está usted tan alegre? Ella sabía que yo era judío y dudó al principio, pero al final empezó a hablarme del gran amor de su vida, las palabras se desbordaban y ella estaba cada vez más radiante. Me habló de Jesucristo, del amor de Dios manifestado en él, de su vida de alegría con él en el convento.
Yo estaba emocionado y hoy sé que en su alegría radiante vi el rostro de Jesús por primera vez.



David M. Neuhaus, Sacerdote Jesuita; Nació judío y, buscando a una princesa rusa, descubrió la alegría de la fe en Cristo


¿Cómo haría la amistad entre un adolescente judío y una monja ortodoxa de Rusia, de 90 años de edad, que resulta ser una princesa, para conducir a un joven a convertirse en católico? Extraño, pero real. [...]


- ¿Cómo veía la religión de niño? ¿Era usted espiritual?

 
- Yo nací en una familia judía no muy practicante, que había encontrado refugio de la devastación nazi en Sudáfrica. Mi padre iba regularmente a la sinagoga, pero en casa la práctica religiosa no era muy regular. Yo acudía a una excelente escuela judía local, donde rezábamos cada mañana, estudiábamos la Biblia, religión y hebreo.

Yo no estaba particularmente interesado en nada de esto, y pensaba que la religión era para los ancianos que estaban atemorizados por la muerte. Además, para mí, en esa época, el cristianismo lo percibía como que estaba en las raíces del sufrimiento de mi propia familia y de los demás judíos, particularmente en Europa, por tanto no era nada espiritual.


- Usted se convirtió desde el judaísmo mientras vivía en Israel. ¿Qué le llevó a convertirse al catolicismo?

 
- Llegué a Israel a la edad de 15 años, apasionado por la historia, y llegué en búsqueda de una princesa rusa que sabía que se había trasladado a Jerusalén. Yo era un adolescente judío y el vástago del Imperio Ruso que conocí, Madre Barbara, tenía casi 90 años, era monja ortodoxa desde hacía más de 50 años.
Pasamos muchas horas juntos, hablando de los últimos días del Imperio Ruso, la revolución y sus repercusiones. En el curso de nuestras conversaciones, me di cuenta de que esta viejísima y frágil señora brillaba de alegría. Lo encontré muy extraño, pues ella estaba completamente postrada en la cama, confinada en una pequeña celda en un convento y la única expectativa que a ella le quedaba era la muerte.

Un día, me armé de valor y le pregunté: ¿Por qué está usted tan alegre? Ella sabía que yo era judío y dudó al principio, pero al final empezó a hablarme del gran amor de su vida, las palabras se desbordaban y ella estaba cada vez más radiante. Me habló de Jesucristo, del amor de Dios manifestado en él, de su vida de alegría con él en el convento.

Yo estaba emocionado y hoy sé que en su alegría radiante vi el rostro de Jesús por primera vez.
Nuestras conversaciones continuaron un tiempo. Tan pronto como vi a mis padres, les dije que quería ser cristiano, y ellos se quedaron estupefactos. Les prometí que esperaría 10 años, pero que si seguía convencido deberían aceptar. Ellos estuvieron de acuerdo, esperando que con el tiempo, cuando pasaran los diez años, yo habría vuelto a mis cabales.


- ¿Pensó alguna vez que acabaría como sacerdote católico?

 
- Yo sentí mi vocación a la vida religiosa casi inmediatamente al encontrar a Cristo en Madre Barbara. La vocación al sacerdocio llegó tan pronto como puede entender el significado de la presencia de Cristo en el sacramento de la Eucaristía. Quería estar en presencia de Jesús, debía aprovechar toda oportunidad de conocerle y quería llevarle a los demás. Sentía, Sentí que el mundo tenía extrema necesidad de alegría y que Cristo era la clave de la verdadera alegría.

Los momentos más fuertes durante los primeros años de empezar a conocerle fue cuando, aún adolescente, frecuentaba la Iglesia Ortodoxa Rusa para la Divina Liturgia. La lectura de la Biblia llegó un poco más tarde y sigue siendo mi pasión. Me llevó algún tiempo hasta que entré en contacto con la Iglesia Católica. Lo que me atrajo fue la universalidad de la Iglesia Católica y su amor y la solicitud por el mundo. Lo que me consolaba era la búsqueda, por parte de Iglesia Católica, del camino de la reconciliación con el pueblo judío, para corregir lo que había sido pecaminoso en el modo en que se había enseñado a los católicos acerca de los judíos y del judaísmo. Lo que me inspiró fue la enseñanza profética de la Iglesia Católica sobre la justicia y la paz, y su compromiso al lado de los oprimidos y los oprimidos. El interrogante categórico de mi familia y mis amigos judíos era: ¿Cómo puedes unirte a la comunidad que nos ha perseguido durante siglos?

Encontré consuelo en las figuras del beato Papa Juan XXIII, en el cardenal Agustín Bea y los otros gigantes del Concilio Vaticano II, así como la reformulación de la enseñanza de la Iglesia con respecto a los judíos. He entendido desde el principio que si yo, judío, entraba en la Iglesia, tenía que servir; yo no podría ser simplemente un cristiano más. Mucho antes de mi bautismo, entendí que ese servicio estaba íntimamente conectado con hacer presente a Cristo en el mundo a través del sacramento y por medio de la Palabra.


- ¿Qué le atrajo hacia los jesuitas?

 
- No fue Ignacio de Loyola al principio, él llegó después, durante el mes de retiro del primer año de noviciado. Al principio me atrajeron los primeros dos jesuitas que conocí en Jerusalén: padre Peter, un americano que había venido a trabajar con los palestinos como profesor de filosofía y teología en la Universidad Católica de Belén (donde yo enseño ahora), y el padre José, un nicaragüense que había venido a trabajar en la asociación israelí de habla hebrea, y que servía en la pequeña iglesia católica de habla hebrea (de la que yo soy ahora Vicario del Patriarcado).

La dedicación de estos dos hombres, que habían dejado todo para servir a Cristo, me conmovió profundamente. Yo estaba impresionado por la espiritualidad sólida y la talla intelectual de estos dos hombres. Me impresionó su capacidad para hacer frente a la complejidad, sin reducir la realidad a los eslóganes. Por encima de todo, me impresionó por su amistad con los demás en el Señor. Uno de ellos trabajaba en profunda solidaridad con los palestinos, el otro en profunda solidaridad con los judíos de Israel, y sin embargo a través del abismo de la violencia y el odio, fueron capaces de ser amigos, rezar juntos, hablar y reír juntos.

Esto abrió posibilidades de que nuestra realidad parecía haber cerrado, y ofrecía esperanza y un aliento de vida, donde no parecía haber ninguna. El padre José me preparó para el bautismo y me bautizó, el padre Peter coordinó mi entrada en la Compañía de Jesús y me revistió en mi ordenación.

- Usted es israelí, sacerdote católico que vive en Jerusalén, la tierra donde Jesús mismo caminó. ¿Qué dimensión especial añade esto a la vivencia de su sacerdocio?

 
- Vivir donde Jesús vivió, caminar por donde él caminó, vivir entre su pueblo en la carne es un privilegio increíble. Como católicos creemos que el momento de la Resurrección de Cristo cambió la faz de la tierra en una «tierra santa», y a la gente que cree en Cristo en un «pueblo santo», pero este particular trozo de tierra lleva consigo las verdaderas huellas de la vida terrena de Jesús, y las huellas de los patriarcas de Israel, sacerdotes, reyes, sabios y profetas que le precedieron, preparando su camino.

Vivir el discipulado aquí es recordar a cada paso los actos concretos del amor que Jesús vivió aquí. La tierra en que vivimos es un «evangelio» en el que anuncia la buena noticia de la victoria sobre la muerte de Cristo y de todos los que llevaron a esa victoria. Para mí, el centro es la Iglesia de la Resurrección (llamada por muchos la Iglesia del Santo Sepulcro). Yo trato de ir regularmente a orar, y así revitalizar constantemente mi vocación e interceder por la Iglesia, para que seamos fieles al amor de Cristo por el mundo.

Además de celebrar los sacramentos y la predicación de la Palabra, tengo un privilegio muy especial en esta tierra como profesor de Sagrada Escritura en el seminario diocesano de aquí. Una misión particular en la enseñanza de las Escrituras aquí es implicar a nuestros jóvenes seminaristas, jordanos y palestinos, en meditar sobre el don de ser capaz de leer las Escrituras en la tierra en que fueron escritas, celebrar los sacramentos en la tierra en la que fueron instituidos.[...]


- ¿Cuál ha sido el aspecto más importante de ser sacerdote para usted, a día de hoy?

 
- Ciertamente esperaba con gran expectación celebrar mi primera Eucaristía, para ser ministro de la presencia real de Cristo en un mundo que lo necesita desesperadamente. Sin embargo, me sorprendió la abundancia de la gracia en la escucha de las confesiones. Servir como confesor sigue siendo uno de los aspectos más importantes del sacerdocio para mí porque es en el sacramento del perdón, donde tocamos de una manera muy real y directa la figura de Jesús que predicó el perdón, que vivió y murió por él. Yo esperaba la transformación humana que tiene lugar alrededor de la mesa eucarística y no me decepcionó, pero el poder de la absolución del pecado me dejó sin aliento. Me recuerda constantemente qué indigno soy de ser sacerdote por mi debilidad humana, y, sin embargo me asombra constantemente la obra de amor que Dios hace a través de los que Él ha elegido para ser sacerdotes. [...]

- ¿Qué diría a un joven que estuviese hoy discerniendo sobre su vocación al sacerdocio?

 
- [...] Yo les digo: Necesitamos sacerdotes santos, que reflejen la vida de Dios entre nosotros, como ministros de la presencia de Dios en los sacramentos, y que prediquen la Palabra de Dios con convicción.

Necesitamos sacerdotes que estén llenos de fe, que irradien esperanza, que amen a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, y que vivan en la alegría... Sí, la alegría es nuestro testimonio palpable de la victoria sobre el miedo, el pecado y la muerte que Cristo ya ha ganado para nosotros en la resurrección, en un mundo que tiene poca evidencia de esa victoria.

Karna Swanson
Zenit

lunes

¡Mirad al Señor!




«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.»

Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.

[...] Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?» Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: ¿Esto os escandaliza? [...]

Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él. Jesús dijo entonces a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?» Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna». (ver Jn 6, 51-68)

jueves

Instauración del Corpus Christi

En Balsena, al partir una Hostia Consagrada rezumó sangre

Un sacerdote alemán, que se dirigía a Roma como peregrino, pernoctó durante el viaje en Balsena, no lejos de Orvieto, en el centro de Italia, y al apuntar el alba, como era su costumbre, celebró la Santa Misa en la iglesia parroquial.


Al instante de partir la Sagrada Forma para la comunión del sacerdote, una sangre resplandeciente fluyó de ella, cayendo gota a gota sobre el corporal y el cáliz.


Confuso ante tan nunca visto suceso, quedose el celebrante, pero su asombro creció más y más al darse cuenta de que las gotas de aquella preciosa sangre se transformaban en pequeñas imágenes representando el rostro del Salvador coronado de espinas: Recogió el bueno del sacerdote la Sagrada Forma en el cáliz y junto con el corporal lo llevó a la sacristía, con intento de que otras personas viesen el milagro, pues temía que todo ello no fuera más que una ilusión de sus sentidos. Durante el trayecto cayeron unas gotas de la divina Sangre sobre cinco losas de mármol blanco del pavimento, y también allí apareció bien distintamente a las claras el rostro del Salvador.


Como justamente aquellos días el Papa Urbano IV se alojaba en Orvieto a él se dirigió sin demora el sacerdote alemán y refirióle con todo pormenor cuanto le aconteciera. El Papa encomendó al Obispo de Orvieto que fuese a Balsena y le trajese el cáliz y el corporal donde decían hallarse las huellas de la sangre maravillosa; inspeccionó ambas cosas con mucho detenimiento y meticulosidad, proclamando luego la veracidad del suceso y su carácter incontestablemente sobrenatural.


A esta sazón, las milagrosas imágenes fueron transportadas solemnemente a la catedral de Orvieto, donde se custodiaron en lo sucesivo. El corporal en el que se veían los rostros del Salvador fue objeto de la más ferviente veneración de los fieles; se le guardó en un relicario de plata de muy delicada labor de orfebrería, donde aun hoy se le puede ver y constatar la existencia de las imágenes allí estampadas por vía tan fuera de lo humano. Aconteció este maravilloso favor de Dios andando el año de 1263.


El milagro de Balsena movió el ánimo del Papa Urbano IV a instaurar la festividad del Corpus Christi, a favor de la que había ya propugnado ardorosamente cuando no era más que diácono en Lieja (Bélgica). El Corpus se ordenó a toda la Cristiandad en 1264.

(Spirago, Catecismo en ejemplos, t. IV, Ed. Políglota, 2ª Ed., Barcelona, 1940, pp. 81-82)

Una niña entiende la presencia de Jesús vivo

El Beato Manuel González, narra el siguiente episodio:


Elisa, ángel de unos cuatro años, llega toda inquieta y asustada a su madre la tarde del día en que su hermano Antonio, de cinco a seis años, había recibido la primera Comunión de mis manos.


- ¡Mamá, mamaíta, venga Vd. corriendo!


- ¿Qué te pasa, hija mía?


-Venga Vd. corriendo, que Antoñito está revolcando por el suelo al Niño Jesús.


- ¡Chiquilla!


- Sí, sí, que se ha subido a la mesa de planchar y luego se ha tirado por el suelo... Y el Niño Jesús que tiene dentro... pues, pues también lo tendrá tirado y revolcándose.


En medio de las exageraciones infantiles ¿no os parece que esa niña de cuatro años entendía y sentía ya la presencia de Jesús vivo?


Beato Manuel González
Sevilla (España), 25 de febrero de 1877 - † Madrid (España), 4 de enero de 1940)
Prelado español, conocido en su país, como El Apóstol de los Sagrarios Abandonados, u Obispo del Sagrario abandonado.

San Tarsicio: El mártir de la Eucaristía


Fue el niño Tarsicio, que sucumbió en la persecución de Valerio el 15 de agosto de 257, apaleado y apedreado hasta exhalar el último suspiro.



Según se deduce de las actas de San Esteban Papa(1), el muchacho pertenecía a la clerecía del título de San Calixto y circulaba con frecuencia entre Roma y la vía Apia. Llevaba aquel día, como acólito, según la costumbre de la época de persecución(2), los sagrados misterios, ocultos bajo sus vestidos, a los presos de la cárcel Mamertina.



Un grupo de soldados que custodiaba la entrada de las Catacumbas le apresó y le reclamó lo que llevaba en el pecho. El niño rehusó hacer traición a su fe y dijo: 'No quiero dar a los perros rabiosos los misterios de Dios'. La bárbara soldadesca lo maltrató hasta que rindió su vida. El cadáver, recogido allí mismo, fue depositado en el cementerio de San Calixto(3).



El papa San Dámaso dedicó al mártir uno de sus poéticos epitafios(4):



'Cuando Tarsicio llevaba la hostia de Cristo, una turba desenfrenada intentó profanarla. Pero él prefirió exhalar su vida bajo los golpes antes de entregar como presa a los rabiosos perros los miembros celestes'




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1. cf. AAS, t.3 P 143‑144

2. cf. Duchesne, Lib. Pontif. 1,169,4

3. cf. De, Rossi, Roma Sotterranea t.2 P7 10 y 89 Roma 1867

4. cf. PL 13,392




Esto es mi cuerpo


'Mientras estaban cenando, tomó Jesús el pan y lo bendijo y partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad y comed: esto es mi cuerpo' (Mt 26,26).


La historia que voy a relatar sucedió el año 1870, en tiempo de la guerra franco-prusiana.


En una humilde aldea declaróse un incendio, y el primer edificio donde hicieron presa grandes llamas fue justamente la casa del Señor. Los habitantes, aterrados, corrieron a la iglesia con la cara lívida; pero allí se quedaban como clavados en tierra, porque veían que ya no había manera de salvar el edificio. Enormes lenguas de fuego salían del templo, el párroco no estaba en casa, y allí, en el interior de la iglesia... estaba encerrada la Santísima Eucaristía.


Se reunieron los feligreses en consejo: ¿Quién entrará para sacar la Sagrada Hostia? Todas las miradas se volvieron al juez. 'El es la primera dignidad de la aldea, a él corresponde hacerlo'. '¿Yo?. -Yo no puedo -exclamó el juez-. Yo, pobre pecador, ¿voy a tomar en mis manos el Santísimo Sacramento, a Nuestro Señor, a Nuestro Divino Redentor? No, no puede ser'.


Entonces designaron a otro, a un tercero, a un cuarto...; pero la respuesta es siempre la misma: '¿Yo, gran pecador, yo podré tocar el Santísimo Sacramento? No, no me atrevo'.


Entre tanto el fuego iba extendiéndose; todo el edificio era ya como un mar inmenso de llamas. No había tiempo para titubear. En el trance de mayor apuro se le ocurrió al juez una idea: 'Hombres -exclamó- yo tengo un hijo de cuatro años, un alma inocente, angelical, El Salvador amó siempre a los pequeñuelos, los amó por su alma sin pecado'.


Tomó al niño en sus brazos, entró en el templo incendiado, abrió la puerta del sagrario: 'Hijo, mira, en este copón está el Niño Jesús: agárralo bien'.


Al cabo de unos instantes, en medio de las vigas que crujían, humeantes, en medio de tizones encendidas, bajo una lluvia de chispas, con la ropa chamuscada aparece en la puerta el juez, con su hijito en brazos, y el niño estrechando contra su pecho el Santísimo Sacramento. El Santísimo estaba salvado.


¡Cómo sabía esta gente sencilla con qué amor, gratitud, pureza, ha de tratar el hombre el Santísimo Sacramento!


Si el alma de todos los hombres ardiera con el amor de los querubines; si los labios de todos cantaran incesantemente los cánticos de gratitud de los serafines; si todo parpadear de nuestros ojos, y cada latido de nuestro corazón, y cada pulsación de nuestra sangre se dirigiese al Santísimo Sacramento, ni aun así podríamos tributar la debida acción de gracias por el amor inmenso que movió al Salvador para entregarse a nosotros por completo, sin reservas, en este sacramento.


Nos dio más que si nos hubiera dado el mundo entero, porque nos dio a Sí mismo, que creó todo el universo con todo su poder, bondad y méritos. Desciende a nosotros para unir su cuerpo con el nuestro, para fundir con la nuestra su alma.


'Como hubiese amado a los suyos, que vivían en el mundo, los amó hasta el fin' (Jn. 13, 1).


Y ¿a quién se da? ¿Acaso mandó que sólo fuese la Virgen bendita quien recibiese su santísimo cuerpo? ¿Quizás dejó instituido que sólo fueran las almas puras, almas angelicales las que pudieran acercarse a su mesa, hombres no tiznados por pecados graves?


Humanamente tal cosa se podía esperar. Pero no es así. Invitó a todos los hombres, sin excepción, a todos los fieles de todos los tiempos y de todas las naciones. No hizo excepción para nadie; dejó una orden estricta: 'Si no comiéreis la carne del Hijo del hombre, y no bebiéreis su sangre, no tendréis vida en vosotros' (Jn 6, 54).


No quiere morar en la lejanía, en un lugar apartado, sino en medio de nosotros, completamente a nuestro lado. Levanta su casa entre las viviendas humanas, para que no haya nadie que no encuentre en Él medicina y consuelo en los trances de dolor y de tristeza.



Monseñor Tihamer Tóth
(1889-1931)




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