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miércoles

La Resurrección de Cristo: El Misterio que Cambió Todo

“La Resurrección no solo anuncia que Cristo vive,
sino que la vida es más fuerte que la muerte.”
— Benedicto XVI



Cada Domingo de Resurrección, la Iglesia nos invita a escuchar uno de los relatos más sorprendentes del Evangelio: el momento en que unas mujeres, al amanecer, se acercan al sepulcro de Jesús y lo encuentran vacío. Fueron ellas, con el corazón cargado de dolor y los brazos llenos de perfumes inútiles para un cuerpo que ya no estaba allí, las primeras en recibir el anuncio más grande de la historia: Cristo ha resucitado.


Vida vs Muerte. el amopr siempre se impone

Pero este anuncio no fue fácil de creer. El Evangelio de Marcos nos cuenta que un joven —un ángel, según Mateo; dos hombres con vestiduras brillantes, según Lucas— se les apareció a esas mujeres y les dijo que Jesús había vencido la muerte. ¿Su misión? Avisar a los discípulos. Sin embargo, ellas tuvieron miedo y no dijeron nada al principio. Y cuando finalmente contaron lo que habían visto, nadie les creyó.

Fueron mujeres las primeras en encontrarse con el Cristo vivo. Primero, según la tradición, su Santísima Madre. Luego, María Magdalena. Después, el pequeño grupo que siempre le había acompañado desde Galilea. Sin embargo, en una sociedad donde el testimonio de una mujer no tenía el mismo valor que el de un hombre, los discípulos dudaron.

Incluso cuando estas mujeres compartieron su experiencia, los discípulos de Emaús lo resumieron con cierta desconfianza: “Algunos de los nuestros dicen que lo han visto”. Fue entonces cuando Jesús mismo, caminando junto a ellos, les reclamó con cariño y firmeza: “¡Qué lentos son para creer!”

Este detalle es importante: la primera proclamación de la Resurrección fue hecha por mujeres, pero en aquella cultura, sus palabras no fueron suficientes. San Pablo, años después, al escribir a los Corintios, decidió reforzar la credibilidad del mensaje citando testigos varones: Pedro, los Doce, más de 500 hermanos, Santiago, todos los apóstoles… y, por último, él mismo. Era una manera de hablar a la mentalidad de la época, que necesitaba ese tipo de respaldo.

Pero aquí viene algo fundamental: la Resurrección no es solo un hecho histórico. No es como leer que cayó un imperio o que nació una civilización. Es un hecho que, aunque ocurrió en el tiempo, trasciende la Historia, la sobrepasa. Es como la Encarnación, como los grandes misterios de la fe: necesita ser creída.

Esto no significa que no existan testimonios históricos sólidos. Los hay. Pero hay algo que solo la fe puede alcanzar. Porque, aunque te expliquen con lujo de detalles los argumentos racionales, el creer o no creer sigue siendo una decisión personal. No es como aceptar un teorema matemático que te convence por la lógica. Aquí hace falta un paso más: el salto de la fe.

Y aquí está la maravilla: la fe es libre, pero no es ciega. Pensemos un momento en lo que significa afirmar que un hombre venció la muerte. No hay nada en nuestra experiencia cotidiana que se le parezca. La muerte es, para todos, el final inevitable, el límite infranqueable. Aceptar que alguien lo haya superado no es una cuestión menor; desafía todo lo que entendemos sobre la vida y la naturaleza.

Ahora bien, supongamos que alguien dice haber resucitado. ¿Qué sería lo más natural? Dudar. Incluso si hay testigos, nuestra primera reacción sería cuestionar: ¿No se habrán confundido? ¿Será un engaño, una ilusión, un deseo tan fuerte de que viva que los hizo imaginarlo?

Pero aquí es donde el análisis se vuelve aún más interesante: esa noticia no solo fue aceptada por algunos, sino que transformó la vida de miles, y más tarde de millones de personas en todo el mundo. Culturas diferentes, épocas distintas, lenguas diversas... todas abrazaron esa proclamación. Y no fue una aceptación fácil o superficial; muchos de los primeros creyentes dieron la vida por esa convicción, enfrentaron persecuciones, desprecio, torturas. ¿Quién haría semejante cosa por algo falso o dudoso?

Y lo más sorprendente es quiénes llevaron ese mensaje. No fueron grandes oradores, ni filósofos entrenados, ni políticos poderosos. Fueron pescadores, cobradores de impuestos, hombres y mujeres sencillos. Ninguno con las herramientas retóricas para convencer al mundo intelectual. Sin embargo, lograron algo que desafía toda lógica humana: persuadieron al mundo antiguo, incluso a sabios y pensadores, de que Cristo había resucitado.

Esto nos obliga a detenernos. No solo es extraordinario el hecho que se anuncia (la Resurrección), sino también el modo en que ese anuncio conquistó el mundo. ¿Cómo es posible que un grupo tan pequeño y frágil cambiara la historia? ¿Qué fuerza, qué certeza los impulsaba? No era solo una idea bonita o un deseo profundo; era una convicción transformadora, una experiencia vivida que les dio el coraje de desafiar imperios y culturas.

Por eso, cuando contemplamos la Resurrección, no solo enfrentamos un misterio, sino también una evidencia histórica desconcertante: un mensaje que no debería haber sobrevivido, sobrevivió. Unos testigos que no deberían haber tenido voz, la tuvieron. Y una noticia que parecía imposible, sigue viva.

Si lo pensamos bien, la existencia misma de la Iglesia es un testimonio viviente de que Cristo resucitó. Sin ese hecho, todo lo que ha pasado en estos dos mil años no tendría sentido.

Por eso, cuando celebramos la Resurrección, no estamos recordando un simple hecho del pasado. Estamos celebrando el misterio que cambió la historia humana para siempre. Porque si Cristo vive, nada es imposible. Si Cristo vive, la muerte no tiene la última palabra. Y si Cristo vive, cada uno de nosotros puede vivir con una esperanza que no decepciona.

Yo soy la resurrección y la Vida


Este es el corazón del cristianismo. No es solo una idea bonita o una tradición antigua. Es la certeza de que la vida vence a la muerte, de que el amor vence al odio, y de que la esperanza siempre tiene la última palabra.

Hoy, quizás, también nosotros seamos como aquellos discípulos: lentos para creer, desconfiados. Pero Jesús sigue saliendo a nuestro encuentro, en el camino, en la vida cotidiana, y nos invita a abrir el corazón. A dar ese salto. A creer que su Resurrección sigue siendo la fuerza que transforma el mundo.



Pensamiento Católico

domingo

El engaño en el camino de la Santidad y la Única Verdad que Permanece



“Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8,32).


Retrato de Jesucristo con mirada compasiva, recordándonos que solo Él es el camino, la verdad y la vida. Imagen acompañando una reflexión sobre la fe y la verdad en la Iglesia.


En un mundo donde la fe debería ser una antorcha, hemos visto demasiadas veces cómo se convierte en una venda sobre los ojos. No porque Dios se equivoque—¡Él no puede hacerlo!—sino porque los hombres, al creer que portan Su luz, terminan adorando su propia sombra.


El caso del Sodalicio de Vida Cristiana es un recordatorio trágico de cómo la estructura eclesiástica puede usarse para glorificar hombres en lugar de Dios, y de cómo la obediencia, cuando es desprovista de razón y discernimiento, deja de ser virtud y se convierte en esclavitud. Hemos confundido la lealtad a una institución con la lealtad a la Verdad, olvidando que solo Cristo es el camino, la verdad y la vida.


El Peligro de Santificar lo Humano

Los errores más graves en la historia de la Iglesia no han sido los ataques de sus enemigos, sino las cegueras de sus amigos. 


No son los herejes quienes hacen el mayor daño al Evangelio, sino aquellos que creen que defender la fe significa justificar cualquier acto cometido en su nombre.


Cuando un grupo proclama su propia perfección, cuando coloca a sus líderes en pedestales de incuestionable autoridad, cuando exige sumisión en lugar de libertad ("La obediencia debida"), ya no sigue a Cristo, sino a una versión pálida y distorsionada de Él. Es aquí donde recordamos el principio fundamental de nuestra fe: el pecado original no solo está en el mundo, sino también en la Iglesia.


Dios quiso que Su Iglesia estuviera formada por hombres, pero nunca dijo que los hombres serían impecables. La historia del cristianismo está llena de santos que fueron pecadores antes de convertirse, pero también de hombres que se hicieron pasar por santos mientras encubrían sus pecados. 


Y ahí reside la gran diferencia: el verdadero santo busca la verdad, el falso busca encubrirla.


La Verdad no Necesita Encubrimientos

Cristo nunca tuvo miedo a la verdad, porque Él mismo es la Verdad. Quienes se escandalizan cuando se exponen los pecados dentro de la Iglesia, quienes gritan "¡ataque a la fe!" cuando se denuncian abusos, no han entendido que la Verdad no se destruye con las palabras de los hombres, sino con sus mentiras.


Es mejor que se derrumben cien instituciones si con ello se preserva el Evangelio, porque lo único que no puede ser destruido es Dios mismo. Si algo nos enseña este caso, es que el verdadero católico no es el que defiende a toda costa a los hombres de su Iglesia, sino el que se mantiene fiel a Cristo aunque tenga que enfrentarse a ellos.


Volver a Cristo, no a los Hombres

Es hora de recordar que la Iglesia no existe para glorificar a sus líderes, sino para llevar a las almas a Dios. Si un movimiento religioso no soporta ser examinado, si su verdad depende del silencio de sus víctimas y de la ceguera de sus seguidores, entonces su verdad no es la de Cristo.

Solo hay un Maestro que no se equivoca, solo una Luz que nunca se apaga, solo un Pastor que nunca traiciona a sus ovejas. Volvamos a Él.


Omar Orozco Sáenz

jueves

¿Quién regala una biblia en un Matrimonio?

En ocasiones pequeñas acciones pueden desencadenar grandes cosas.
Recuerda: Dios sabe cómo y cuando obrar.

lunes

Desentrañando a Lilith: ¿Esposa de Adán, Feminista Revolucionaria o Ser Maligno?

Adéntrate en el sombrío mundo de Lilith, un nombre que resuena en los anales de los exorcismos católicos. Descubre cómo esta figura demoníaca ha desafiado la fe y ha requerido la intervención de los exorcistas de la Iglesia. Explora la lucha espiritual contra el influjo de Lilith y su persistente presencia en los rituales de exorcismo. #Lilith #ExorcismoCatólico #Espiritualidad #MisterioDemoníaco


martes

Milagros en amputaciones

Auguste Vallet, célebre médico y célebre investigador del enigma pirenaico asegura: «La medicina no conoce ninguna enfermedad que en Lourdes, por lo menos una vez, no haya encontrado una curación inexplicable y bien comprobada».


Ya: pero, ¿las piernas amputadas? ¿Los brazos cortados? ¿Las extremidades reducidas a muñones por nacimientos deformes o por enfermedades o acontecimientos traumáticos? «En la gruta hay muchísimas muletas, ninguna pierna de madera». Así decía Émile Zola. Y, con él, otros muchos, antes y después.


¿Por qué nunca se ha registrado en Lourdes, preguntaba un médico, el «crecimiento aunque sea sólo de una pierna amputada, prodigio nunca ocurrido y que, sin embargo, sería decisivo?». Henos aquí para buscar – desde una perspectiva de fe pero, también, de historia – una posible respuesta.


En primer lugar: dejando, de momento, Lourdes y mirando al conjunto de la historia católica, no es verdad que nunca se haya verificado un reconocimiento eclesial oficial de «hecho milagroso» -obtenido por intervención explícita de la Virgen – y referido a una extremidad que haya vuelto a crecer.


Al menos una vez (según nuestro conocimiento: por tanto, no excluimos otros casos) este reconocimiento lo dio el arzobispo de Zaragoza; y de forma especialmente solemne, tras un proceso digno de los métodos críticos modernos. En efecto, el 27 de abril de 1641, el alto prelado de esta ciudad española (tan querida para todos los ibéricos y, también, para los hispanoamericanos por el gran santuario de la Virgen del Pilar) proclamaba un decreto oficial en latín cuyas líneas finales suenan, traducidas, así:


«Una vez examinado todo, nosotros decimos, pronunciamos y declaramos que Miguel Juan Pellicer, habitante de Calanda, de quien se ha ocupado el presente proceso, ha recuperado milagrosamente la pierna derecha que le había sido amputada. Esta restitución no puede ocurrir naturalmente, sino que ha ocurrido de forma admirable y milagrosa (mirabiliter et miracolose) y debe registrarse como un milagro, puesto que concurre todo lo que – según el derecho – corresponde a la esencia de un auténtico prodigio. Por tanto, reconocemos el hecho presente como un milagro y lo autorizamos; y, así, nosotros decimos…».


Se equivocaría totalmente quien meneara la cabeza, pensando a una especie de delirio o de ilusión supersticiosa a encuadrar dentro del «fanatismo español del siglo XVI». Se equivocaría porque pocos hechos, en la historia, han sido comprobados con la precisión y seguridad de lo que fue conocido como el Gran Milagro de Calanda: una pierna amputada por debajo de la rodilla y, en una noche, recrecida. O, mejor, «reimplantada», puesto que se constató que al muñón del joven Miguel Juan Pellicer se le añadieron instantáneamente la parte inferior de la pierna en cuestión y el pie, ambos sepultados en el cementerio del hospital de Zaragoza, casi tres años antes del milagro.


Es realmente extraordinario que, prácticamente, se haya perdido memoria, incluso en la Iglesia, de un prodigio atestado irrefutablemente, con todas las garantías. Yo mismo, que investigo en este mundo, tuve noticia tardía sólo de un dossier publicado en 1959 y editado de nuevo en 1977 (tras rigurosas indagaciones en los archivos y lugares) por el abbé André Deroo, no por casualidad, historiador y apologista muy conocido de los hechos de Lourdes. Y decimos «no por casualidad» porque son especialmente estrechos los lazos entre el gran santuario de la Virgen del Pilar (por intercesión de la cual el joven de Calanda fue protagonista del clamoroso milagro) y el igualmente grande – aunque bastante más joven – santuario de los Pirineos.


Partiendo de la petición de don Deroo, después de repetidas visitas a España, tuve que rendirme a la evidencia: tomar en serio la verdad de aquel hecho no significaba entrar en las filas de los crédulos, ingenuos y visionarios. Esto lo he intentado documentar en un libro (Il Miracolo, Rizzoli Bur) que, habiendo tenido gran difusión y traducciones a algunas lenguas [En español, salio con el titulo de: El gran Milagro, editorial Planeta] , ha determinado el renacimiento de una peregrinación hacia la remota Calanda.


Vittorio Messori

lunes

No vamos a decir que eso es historia

[...] asistí a Misa en una parroquia de la diócesis de Huesca. No voy a decir ni la localidad, ni el nombre de la parroquia, ni la hora de la Misa, ni quién era el sacerdote que la celebraba. Mi intención no es denunciar a nadie en concreto, sino una situación que se repite aquí y allá.

El evangelio relataba el pasaje de Jesús andando sobre el agua e invitando a Pedro a hacer lo mismo. Como es conocido, no hace falta que lo reproduzca. Al final de la homilía, el sacerdote va y dice: “No vamos a decir que eso es historia…”. 

Gracias a Dios, yo estaba en la parte de atrás de la iglesia. Pero dos veces he dicho bien alto: “Por supuesto que es historia“. Obviamente los que estaban cerca de mí se han vuelto a ver quién tenía el “valor” de contradecir al cura, que no se ha enterado de lo que yo dije. Si llego a estar más adelante, seguro que se entera.

He estado en un tris de salirme de la Misa pero, ¿qué culpa tendrá el Señor de nada de esto? ¿y por qué voy a castigarme a mí mismo sin Misa porque a un cura se le ocurra decir que no es histórico que Cristo y Pedro anduvieran sobre las aguas?

Ahora bien, empiezo a estar harto de que en esta Iglesia nuestra, se utilicen los púlpitos para soltar frases lapidarias que van contra la historicidad de los relatos evangélicos. Porque, vamos a ver, ¿a qué viene decir que eso no es histórico? ¿estuvo el cura allí para verlo? Y si eso no es historia, ¿por qué lo va a ser la resurrección de Cristo? ¿por qué el resto de sus milagros? ¿Qué es más difícil creer? ¿que los muertos resucitan o que Cristo y el príncipe de los apóstoles anduvieron sobre las aguas?

Se me dirá que no es dogma de fe que todo lo que aparece en los evangelios es historia pura y dura. Pero quien abre la puerta a que un milagro no tuvo lugar tal y como lo cuentan los evangelistas, abre la puerta a la duda sobre todos los milagros y todo lo que sabemos de Cristo por parte de aquellos que:

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida -pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó-, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo.
1ª Juan 1,1-3

Yo creo que, efectivamente, nos contaron por escrito lo que oyeron, vieron y tocaron. Otros, que crean lo que diga el último exegeta liberal-basuriento de moda. Pero que lo crean para sí. Que dejen de contaminar al pueblo de Dios.

Luis Fernando Pérez Bustamante

miércoles

Novaciano, el primer antipapa

El emperador romano Decio (249-251) quiso restablecer el culto pagano en todos los ámbitos de su imperio. Para este fin ordenó que los cristianos fuesen compelidos a la apostasía por los medios más crueles y sanguinarios.


Muchos cristianos huyeron al desierto, y allí vivían a la usanza de los eremitas. Otros acudían a los obispos y pedían la Confirmación, a fin de que el Espíritu Santo les infundiese valor para resistir las persecuciones que se aproximaban. 


No faltaron, empero, los que, renegando de la Fe verdadera, sacrificaban a los dioses falsos, sólo para salvar sus vidas, y aun más de uno, sin ofrecer sacrificios a los ídolos, compró a gentes paganas para que testimoniasen que así lo había hecho, y después de hecho tan vergonzoso acudía a los sacerdotes y obispos para implorar perdón. El Papa Cornelio fue muy benevolente con esta suerte de apóstatas que luego se arrepentían sinceramente de su fingida apostasía.


La clemencia del Papa enojó fuera de medida a un sacerdote llamado Novaciano. Sostenía éste que, según las palabras de San Pablo (Efesio, 5, 27), la Iglesia era una comunidad de gentes puras (katharoi) y que, por lo tanto no debía admitir en su seno a los que renegaron, para los apóstatas no cabía perdón. Con sus engañosas predicaciones ganó muchos secuaces y fue consagrado Obispo por otros tres obispos de la misma Italia. En el año 251 se erigió en antipapa, entablando entonces una encarnizada lucha con la Iglesia Católica y sus ministros. 


No será de extrañar que muchos pregunten, al conocer este suceso: ¿Cómo explicarse que un sacerdote, en tan duro trance y tanta aflicción como se hallaba la Iglesia por aquel entonces, se revolviera, no en su defensa, antes en su enemigo y difamador? Los Padres de la Iglesia, que comentaron el hecho, nos aclaran el enigma cuando nos dicen que Novaciano sentía muy poco respeto por el Sacramento de Confirmación, hasta el punto que nunca quiso recibirle ni administrarlo. Huelga decir que como rehusó la Gracia del Espíritu Santo, el Espíritu Santo se apartó de él.

Francisco Spirago
Catecismo en ejemplos,
t. IV, Ed. Políglota, 2ª Ed., Barcelona, 1940, pp. 70-71)

lunes

La fe heroica de San Luciano

San Luciano, sacerdote de Antioquía, había sido encarcelado por confesar su fe cristiana, juntamente con un grupo de correligionarios. 


Yacía en tierra, cargado de cadenas, y los sufrimientos lo habían debilitado hasta el punto de no poderse levantar. Era la fiesta de la Epifanía. Sus compañeros de prisión mostraron al virtuoso sacerdote el vivo deseo de participar en los santos misterios en el lóbrego calabozo; del que acaso no saldrían sino para el martirio. 


Pero era preciso que no lo advirtieran los ojos vigilantes de los carceleros y guardias. San Luciano suplicó a Dios, y una idea le brilló en la mirada. Golpeándose el pecho con las manos, les dijo:


- Aquí, aquí está el altar. Espero que no será menos grato a Dios que una piedra inanimada. Vosotros rodeadme, apretaos contra mí y formaréis de este modo un templo. Los cristianos se agruparon en su torno, ocultándolo a las miradas de los verdugos. 


Así, tendido en el suelo, el Santo consagro sobre su propio pecho, dio a cada uno de los fieles un trozo del Pan eucarístico, y ellos fueron tomándolo en sus manos y repartiéndolo entre sí. Luego hizo lo mismo con la humilde vasija que contenía la sagrada especie del vino, y un diácono lo alargó a los cristianos para que bebieran un sorbo. 


Si no era digna de Dios ni la morada, ni el altar, ni los vasos, dignos fueron considerados por el Señor aquellos pechos, en los que latía una fe heroica e invencible. Todos en voz baja alabaron a Dios, y, fortalecidos con el Pan de los fuertes, se dispusieron a afrontar las pruebas del martirio" 


(cf. Acta S. Luciani en j. corelet, HIstoire de L'Eucharistie t.I p.61)

jueves

Cuando contemplo el cielo

[...] la ciencia astronómica tiene sus propios fines y métodos, el hombre religioso recibe con sumo interés todos sus descubrimientos y avances, porque para nosotros el firmamento es un lugar privilegiado por el que nos asomamos al misterio de la inmensidad de Dios y a la contemplación de su infinita belleza.


Así lo dice el Salmo 8: “Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?” (Sal 8, 4-5). Inmensidad del universo: ¡Ponte en mis manos y… observa! La astronomía dispone de las comprobaciones científicas suficientes para afirmar que el universo es finito y que está en expansión.


Recientemente, un astrónomo sevillano, José Luis Comellas, nos impresionaba con unos datos que nos ayudan a contemplar el universo: Cuando observamos el sol, lo estamos viendo tal y como era hace ocho minutos. La razón es que, ése es el tiempo que tarda en llegar la luz desde el sol hasta nosotros, a razón de 300.000 kilómetros por segundo. Y cuando miramos en el firmamento la Estrella Polar, la estamos viendo como era hace ¡trescientos años! Pero… eso no es nada, comparado con la distancia que nos separa de la Galaxia de Andrómeda: la luz que nos llega hoy desde ella, ha salido hace ¡¡dos millones de años!! Podría haber ocurrido perfectamente que esa galaxia hubiese desaparecido hace miles de años, y que nosotros no tuviésemos todavía noticia de ello...


Desde estos datos, los creyentes nos maravillamos al considerar que toda esta inmensidad que forma el Universo, no es sino una pequeña criatura del amor de Dios. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?


Una de las cuestiones más apasionantes es la posibilidad de encontrar otras formas de vida en el Universo, y especialmente, otras formas de vida inteligente. De forma mayoritaria, la comunidad científica no excluye esa posibilidad, aunque estima que las probabilidades son pequeñas, dadas las condiciones tan hostiles para la vida en el universo conocido.


En la hipótesis de que solamente existiese vida inteligente en la Tierra, parece lógico que los creyentes nos hagamos la pregunta de por qué un universo tan inmenso: ¿Somos tan importantes como para que Dios crease un universo de estas dimensiones, teniéndonos sólo a nosotros como sus habitantes?

Si así fuese, estaríamos ante una prueba más de la dignidad del hombre. Tal vez, Dios nos está diciendo: “Si piensas que el firmamento es maravilloso, deberías ver mi obra maestra en…¡el espejo!”.


Iglesia Católica y astronomía

Una de las leyendas negras más extendidas contra la Iglesia Católica es la sospecha de que en su historia se ha comportado como enemiga de los avances científicos. La realidad es justamente lo contrario: Baste recordar que Copérnico fue un eclesiástico polaco; o que Lemaître, el pionero en proponer la hipótesis del Big Bang como origen del universo, era un sacerdote belga.


Sin olvidar que los papas fueron grandes impulsores del estudio del cosmos, hasta el punto de fundar tres observatorios astronómicos.


Por lo que respecta al caso Galileo, frecuentemente aducido, hoy en día sabemos con precisión que el factor determinante del conflicto no fue otro que las malas relaciones personales y las rivalidades entre científicos.


Conviene recordar que Galileo no estuvo un minuto en las cárceles de la Inquisición, ni fue sometido a tortura o vejación alguna. Su condena, por no cumplir su compromiso de enseñar el heliocentrismo como una hipótesis –ciertamente, una injerencia indebida del tribunal eclesiástico, como reconoció Juan Pablo II-, consistió solamente en una reclusión en su propia casa y la recitación de algunas oraciones.

La leyenda negra sobre Galileo no sólo ha extendido la falsedad de su condena a la hoguera, sino que ha ocultado que Galileo falleció en su vejez, bajo el cuidado de su hija religiosa, y habiendo recibido la bendición papal.


En el momento presente, la Santa Sede mantiene un Observatorio Astronómico, conocido con el nombre de la “Specola Vaticana”, desde el que se están impulsando importantes proyectos. Su razón de ser es el diálogo interdisciplinar, ya que la astronomía es una ciencia que nos ayuda a poner en perspectiva nuestra realidad, al mismo tiempo que nos introduce en un terreno fronterizo, entre ciencia, teología y filosofía.


José Ignacio Munilla
Obispo de San Sebastian

lunes

Carta de un padre socialista a su hijo sobre la religión

Querido hijo, me pides un justificante que te exima de cursar la religión, un poco por tener la gloria de proceder de distinta manera que la mayor parte de los condiscípulos, y temo que también un poco para parecer digno hijo de un hombre que no tiene convicciones religiosas. Este justificante, querido hijo, no te lo envío ni te la enviaré jamás.

No es porque desee que seas clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro, ni lo hay tampoco en que profeses las creencias que te expondrá el profesor. Cuando tengas la edad suficiente para juzgar, serás completamente libre; pero, tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, no lo serían sin un estudio serio de la religión.

Te parecerá extraño este lenguaje después de haber oído tan bellas declaraciones sobre esta cuestión; son hijo mío, declaraciones buenas para arrastrar a algunos, pero que están en pugna con el más elemental buen sentido. ¿Cómo sería completa tu instrucción sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las cuales todo el mundo discute? ¿Quisieras tú, por ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?

Dejemos a un lado la política y las discusiones, y veamos lo que se refiere a los conocimientos indispensables que debe tener un hombre de cierta posición.

Estudias mitología para comprender historia y la civilización de los griegos de los romanos, y ¿qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo, sin conocer la religión, que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civilización?

En el arte, ¿qué serán para ti las obras maestras de la Edad Media y de los tiempos modernos, si no conoces el motivo que las ha inspirado y las ideas religiosas que ellas contienen?

En las letras, ¿puedes dejar de conocer no sólo a Bossuet, Fenelón, Lacordaire, De Maistre, Veuillot y tantos otros que se ocuparon exclusivamente en cuestiones religiosas, sino también a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra a todos estos grandes maestros que debieron al cristianismo sus más bellas inspiraciones?

Si se trata de derecho, de filosofía o de moral, ¿puedes ignorar la expresión más clara del Derecho Natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal? -éste es el pensamiento de Juan Jacobo Rousseau-.

Hasta en las ciencias naturales y matemáticas encontrarás la religión: Pascal y Newton eran cristianos fervientes; Ampere era piadoso; Pasteur probaba la existencia de Dios y decía haber recobrado por la ciencia la fe de un bretón; Flammarion se entrega a fantasías teológicas.

¿Querrás tú condenarte a saltar páginas en todas tus lecturas y en todos tus estudios? Hay que confesarlo: la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; es la base de la civilización y es ponerse fuera del mundo intelectual y condenarse a una manifiesta inferioridad el no querer conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas inteligencias preclaras.

Ya que hablo de educación: ¿para ser un joven bien educado es preciso conocer y practicar las leyes de la Iglesia? Sólo te diré lo siguiente: nada hay que reprochar a los que las practican fielmente, y con mucha frecuencia hay que llorar por los que no las toman en cuenta. No fijándome sino en la cortesía, en el simple "savoir vivre", hay que convenir en la necesidad de conocer las convicciones y los sentimientos de las personas religiosas. Si no estamos obligados a imitarlas, debemos, por lo menos, comprenderlas, para poder guardarles el respeto, las consideraciones y la tolerancia que les son debidas. Nadie será jamás delicado, fino, ni siquiera presentable sin nociones religiosas.

Querido hijo: convéncete de lo que te digo: muchos tienen interés en que los demás desconozcan la religión; pero todo el mundo desea conocerla. En cuanto a la libertad de conciencia y otras cosas análogas, eso es vana palabrería que rechazan de consuno los hechos y el sentido común.

Muchos anti-católicos conocen por lo menos medianamente la religión; otros han recibido educación religiosa; su conducta prueba que han conservado toda su libertad.

Además, no es preciso ser un genio para comprender que sólo son verdaderamente libres de no ser cristianos los que tienen facultad para serlo, pues, en caso contrario, la ignorancia les obliga a la irreligión.

La cosa es muy clara: la libertad, exige la facultad de poder obrar en sentido contrario. Te sorprenderá esta carta, pero precisa, hijo mío, que un padre diga siempre la verdad a su hijo. Ningún compromiso podría excusarme de esa obligación.


Jean Jaurés
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El socialista Jean Jaurés nació en 1859 en Castres, Francia. Fue diputado por el Partido Obrero Francés en 1889, manteniéndose como parlamentario hasta 1898. Posteriormente fue elegido también en las elecciones de 1902, 1906, 1910 Y 1914. Murió en 1914. En 1904 fundó el periódico L’Humanité. En 1905 consigue unir bajo su liderazgo a los socialistas franceses, formando la Sección Francesa de la Internacional Obrera. Fue precisamente el diario L’Humanité el que publicó esta carta dirigida a su hijo que reproducimos. Este texto fue citado por Pildain en la Cortes Constituyentes de la II República española (Diario de Sesiones, 1 de marzo de 1933. La carta fue entregada a los taquígrafos de las Cortes)

martes

Historias de navidad II

Se conoce como Tregua de Navidad a un breve alto el fuego no oficial que ocurrió entre el Imperio Alemán y las tropas británicas estacionadas en el frente occidental de la Primera Guerra Mundial durante la navidad de 1914. La tregua comenzó en la víspera de la Navidad, el 24 de diciembre de 1914 cuando las tropas alemanas comenzaron a decorar sus trincheras, luego continuaron con su celebración cantando villancicos, específicamente Stille Nacht (Noche de paz). Las tropas británicas en las trincheras al otro lado respondieron entonces con villancicos en inglés. Ambos lados continuaron el intercambio gritando saludos de Navidad los unos a los otros. Pronto ya había llamadas a visitas en la tierra de nadie, donde pequeños regalos fueron intercambiados: whisky, cigarrillos, etc. La artillería en esa región permanenció silenciosa esa noche. La tregua también permitió que los caídos recientes fueran recuperados desde detrás de las líneas y enterrados. Se condujeron ceremonias de enterramiento con soldados de ambos lados del conflicto llorando las pérdidas juntos y ofreciéndose su respeto. La tregua se propagó hacia otras áreas, y hay muchas historias — algunas quizá apócrifas — de partidos de fútbol entre las fuerzas enemigas. Hay cartas que confirman que el resultado de uno de esos juegos fue 3 a 2 a favor de Alemania. En muchos sectores la tregua sólo duró esa noche, pero en algunas áreas duró hasta el año nuevo. La tregua ocurrió a pesar de la oposición de los niveles superiores de los ejércitos. Anteriormente un pedido hecho por el papa Benedicto XV de una tregua entre las partes en guerra había sido desoído. Los comandantes británicos John French y Sir Horace Smith-Dorrien juraron que una tregua así nunca volvería a permitirse (sin embargo ambos habían dejado el mando antes de la Navidad de 1915). En los años subsiguientes se ordenaron bombardeos de artillería en la víspera de la festividad para asegurarse de que no hubieran más reblandecimientos en medio del combate. Asimismo las tropas eran rotadas por varios sectores del frente para evitar que se familiaricen demasiado con el enemigo. A pesar de esas medidas hubo encuentros amigables entre soldados, pero en una escala mucho menor que la de los encuentros del año anterior. Durante la pascua de 1916 ocurrió una tregua similar pero en el frente oriental.
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