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jueves

III Semana de Adviento: Felicidad Cristiana

El Santo Padre recordó que el tercer domingo de Adviento se llama domingo de"gaudete", porque invita a los cristianos a alegrarse de la llegada del Señor y afirmó que "la felicidad cristiana brota de esta certeza. Dios está cerca (...) está con nosotros, en la felicidad y en el dolor, en la salud y en la enfermedad".

"Algunos se preguntan: ¿Es todavía hoy posible esta felicidad?- observó el Papa- La respuesta -subrayó- la dan con su vida hombres y mujeres de todas las edades y condiciones sociales, felices de consagrar su experiencia a los demás" y entre ellos indicó a la beata Madre Teresa de Calcuta " testimonio inolvidable de la verdadera felicidad evangélica".

Teresa de Calcuta, prosiguió el Santo Padre, conoció "la prueba de la noche oscura de la fe" pero "siguió ofreciendo a todos la sonrisa de Dios" y escribió: "Ser felices con Dios significa: amar como Èl, ayudar como Èl, dar como Èl, servir como Èl".

"Sí, la felicidad entra en el corazón de quien se pone al servicio de los más pequeños y pobres -aseguró el Santo Padre- En quien ama así, Dios mora y el alma es feliz. Si en cambio se hace de la felicidad un ídolo, se equivoca el camino y es verdaderamente difícil encontrar la felicidad de la que Jesús habla".

"Por desgracia esta es la propuesta de las culturas que ponen la felicidad individual al puesto de Dios, mentalidad de la que es efecto emblemático la búsqueda del placer a cualquier precio y la difusión del uso de drogas como vía de escape, como refugio en paraísos artificiales, que se revelan después espejismos".

"También en Navidad -concluyó el Santo Padre - nos podemos equivocar de camino (...) festejando sin abrir el corazón a la felicidad de Cristo" .Por eso, el Papa pidió a la Virgen María que "ayude a todos los cristianos, y a cuantos buscan a Dios, a llegar a Belén para encontrar al Niño que nació por nosotros, para la salvación y la felicidad de todos los seres humanos".


lunes

El suicidio protestante

Los Episcopalianos -los anglicanos de Estados Unidos- se hunden. En diez años han perdido un 30 por 100 de sus feligreses. Un tercio de sus parroquias reúne a menos de 40 personas para la única celebración litúrgica que hace el domingo. Incluso 36 de sus catedrales no congregan ni a 200 fieles en el fin de semana. ¿Y esto por qué?

Si las cosas fueran según la lógica aparentemente aplastante que usa la gente, los Episcopalianos deberían tener los templos a rebosar. Tienen curas casados; desde 1930 aceptan los anticonceptivos; desde 1976 tienen sacerdotisas; desde 1989, obispas; desde el 2000 dejaron de considerar pecado el adulterio; en 2003 ordenaron obispo a un homosexual que vivía con su pareja; en 2006 aceptaron el matrimonio homosexual; en 2010 ordenaron a una obispa lesbiana activa y, por supuesto, son pro abortistas. Tienen, por lo tanto, todo aquello con que sueñan los curas, laicos y teólogos católicos más disparatadamente progresistas y, sin embargo, lo que no tienen son feligreses. Vuelvo a preguntar, ¿y esto por qué?

La respuesta a esta pregunta la dio, valientemente, el Papa la semana pasada en su reunión en Erfurt (Alemania) con los principales líderes luteranos de su país. Porque su ansia de acercarse al mundo les ha hecho alejarse de Dios, de su palabra, de su mensaje. Y el resultado es una bazofia tan nauseabunda que sólo a los que les gusta la basura les puede resultar apetecible.

Pero no hay que pensar que este es un problema de esa “Iglesia” solamente. Están igual los luteranos, los presbiterianos, los de la Iglesia Unitarista –la de Obama- y, por supuesto, los anglicanos de Inglaterra. Un estudio llevado a cabo entre las sacerdotisas anglicanas del Reino Unido, arroja las siguientes cifras: Un tercio no cree en la maternidad virginal de María, la mitad no cree que Cristo resucitó, otro tercio niega la Trinidad y una cuarta parte ni cree en Dios Padre ni en el Espíritu Santo.

Y a eso es a donde nos quieren conducir a nosotros, los católicos. De hecho, aunque estemos aún muy lejos de esos extremos, en estos años hemos recorrido ya una parte del camino. Si se hiciera un estudio serio y anónimo entre el clero, ¿cuántos admitirían creer en el infierno e incluso en la vida eterna? ¿cuántos creerían en los cuatro dogmas marianos? ¿cuántos en la infalibilidad del Papa? ¿cuántos en la presencia real de Cristo en la Eucaristía? 

La deriva de la Iglesia hacia el protestantismo –con signos evidentes no sólo en dogma y moral sino en la liturgia y hasta en la arquitectura, como quitar el sagrario de los templos y ponerlo en capillas laterales-, ha sido frenada por la valiente actitud de los últimos Papas, pero el peligro no ha pasado ni mucho menos. Dentro hay fuerzas tan poderosas que pugnan por precipitarnos al abismo. Tan poderosas como las que hay fuera. Porque ambas proceden del mismo enemigo. Pero a éste siempre termina por pisarle la cabeza la Santísima Virgen. Por eso los amigos del enemigo insisten tanto en atacar a María. Saben lo que hacen, pero no prevalecerán.

P. Santiago Martín

miércoles

Natividad del Señor

[...] Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos, durante tantas horas oscuras, el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad con figuras todavía confusas: que Dios se preocupase por nosotros, que saliera de su ocultamiento, que el mundo alcanzara la salvación y que Él renovase todo.

Podemos imaginar con cuánta preparación interior, con cuánto amor, esperó María aquella hora. El breve inciso, «lo envolvió en pañales», nos permite vislumbrar algo de la santa alegría y del callado celo de aquella preparación. Los pañales estaban dispuestos, para que el niño se encontrara bien atendido. Pero en la posada no había sitio.

En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él. Está tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. Y cuanto más se enriquecen los hombres, tanto más llenan todo de sí mismos y menos puede entrar el otro.

Juan, en su Evangelio, fijándose en lo esencial, ha profundizado en la breve referencia de San Lucas sobre la situación de Belén: "Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron" (1,11). Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquel por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge.

En definitiva, estas palabras se refieren a nosotros, a cada persona y a la sociedad en su conjunto. ¿Tenemos tiempo para el prójimo que tiene necesidad de nuestra palabra, de mi palabra, de mi afecto?. ¿Para aquel que sufre y necesita ayuda?. ¿Para el prófugo o el refugiado que busca asilo?. ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios?. ¿Puede entrar Él en nuestra vida?. ¿Encuentra un lugar en nosotros o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?.

Gracias a Dios, la noticia negativa no es la única ni la última que hallamos en el Evangelio. De la misma manera que en Lucas encontramos el amor de su madre María y la fidelidad de San José, la vigilancia de los pastores y su gran alegría, y en Mateo encontramos la visita de los sabios Magos, llegados de lejos, así también nos dice Juan: «Pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Hay quienes lo acogen y, de este modo, desde fuera, crece silenciosamente, comenzando por el establo, la nueva casa, la nueva ciudad, el mundo nuevo.

El mensaje de Navidad nos hace reconocer la oscuridad de un mundo cerrado y, con ello, se nos muestra sin duda una realidad que vemos cotidianamente. Pero nos dice también que Dios no se deja encerrar fuera. Él encuentra un espacio, entrando tal vez por el establo; hay hombres que ven su luz y la transmiten. Mediante la palabra del Evangelio, el Ángel nos habla también a nosotros y, en la sagrada liturgia, la luz del Redentor entra en nuestra vida. Si somos pastores o sabios, la luz y su mensaje nos llaman a ponernos en camino, a salir de la cerrazón de nuestros deseos e intereses para ir al encuentro del Señor y adorarlo. Lo adoramos abriendo el mundo a la verdad, al bien, a Cristo, al servicio de cuantos están marginados y en los cuales Él nos espera.

En algunas representaciones navideñas de la Baja Edad media y de comienzo de la Edad Moderna, el pesebre se representa como edificio más bien desvencijado. Se puede reconocer todavía su pasado esplendor, pero ahora está deteriorado, sus muros en ruinas; se ha convertido justamente en un establo.

Aunque no tiene un fundamento histórico, esta interpretación metafórica expresa sin embargo algo de la verdad que se esconde en el misterio de la Navidad. El trono de David, al que se había prometido una duración eterna, está vacío. Son otros los que dominan en Tierra Santa. José, el descendiente de David, es un simple artesano; de hecho, el palacio se ha convertido en una choza. David mismo había comenzado como pastor. Cuando Samuel lo buscó para ungirlo, parecía imposible y contradictorio que un joven pastor pudiera convertirse en el portador de la promesa de Israel.

En el establo de Belén, precisamente donde estuvo el punto de partida, vuelve a comenzar la realeza davídica de un modo nuevo: en aquel niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. El nuevo trono desde el cual este David atraerá hacia sí el mundo es la Cruz. El nuevo trono -la Cruz- corresponde al nuevo inicio en el establo. Pero justamente así se construye el verdadero palacio davídico, la verdadera realeza. Así, pues, este nuevo palacio no es como los hombres se imaginan un palacio y el poder real. Este nuevo palacio es la comunidad de cuantos se dejan atraer por el amor de Cristo y con Él llegan a ser un solo cuerpo, una humanidad nueva. El poder que proviene de la Cruz, el poder de la bondad que se entrega, ésta es la verdadera realeza. El establo se transforma en palacio; precisamente a partir de este inicio, Jesús edifica la nueva gran comunidad, cuya palabra clave cantan los ángeles en el momento de su nacimiento: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama», hombres que ponen su voluntad en la suya, transformándose en hombres de Dios, hombres nuevos, mundo nuevo.

Gregorio de Nisa ha desarrollado en sus homilías navideñas la misma temática partiendo del mensaje de Navidad en el Evangelio de Juan: «Y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14). Gregorio aplica esta palabra de la morada a nuestro cuerpo, deteriorado y débil; expuesto por todas partes al dolor y al sufrimiento. Y la aplica a todo el cosmos, herido y desfigurado por el pecado. ¿Qué habría dicho si hubiese visto las condiciones en las que hoy se encuentra la tierra a causa del abuso de las fuentes de energía y de su explotación egoísta y sin ningún reparo?.

Anselmo de Canterbury, casi de manera profética, describió con antelación lo que nosotros vemos hoy en un mundo contaminado y con un futuro incierto: «Todas las cosas se encontraban como muertas, al haber perdido su innata dignidad de servir al dominio y al uso de aquellos que alaban a Dios, para lo que habían sido creadas; se encontraban aplastadas por la opresión y como descoloridas por el abuso que de ellas hacían los servidores de los ídolos, para los que no habían sido creadas» (PL 158, 955s).

Así, según la visión de Gregorio, el establo del mensaje de Navidad representa la tierra maltratada. Cristo no reconstruye un palacio cualquiera. Él vino para volver a dar a la creación, al cosmos, su belleza y su dignidad: esto es lo que comienza con la Navidad y hace saltar de gozo a los ángeles. La tierra queda restablecida precisamente por el hecho de que se abre a Dios, que recibe nuevamente su verdadera luz y, en la sintonía entre voluntad humana y voluntad divina, en la unificación de lo alto con lo bajo, recupera su belleza, su dignidad. Así, pues, Navidad es la fiesta de la creación renovada.

Los Padres interpretan el canto de los ángeles en la Noche Santa a partir de este contexto: se trata de la expresión de la alegría porque lo alto y lo bajo, cielo y tierra, se encuentran nuevamente unidos; porque el hombre se ha unido nuevamente a Dios.

Para los Padres, forma parte del canto navideño de los ángeles el que ahora ángeles y hombres canten juntos y, de este modo, la belleza del cosmos se exprese en la belleza del canto de alabanza. El canto litúrgico -siempre según los Padres- tiene una dignidad particular porque es un cantar junto con los coros celestiales. El encuentro con Jesucristo es lo que nos hace capaces de escuchar el canto de los ángeles, creando así la verdadera música, que acaba cuando perdemos este cantar juntos y este sentir juntos.

En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo vino a la tierra. Por eso, de allí se difunde una luz para todos los tiempos; por eso, de allí brota la alegría y nace el canto.

Al final de nuestra meditación navideña quisiera citar una palabra extraordinaria de San Agustín. Interpretando la invocación de la oración del Señor: "Padre nuestro que estás en los cielos", él se pregunta: ¿qué es esto del cielo?. Y ¿dónde está el cielo?.

Sigue una respuesta sorprendente: Que estás en los cielos significa: en los santos y en los justos. «En verdad, Dios no se encierra en lugar alguno. Los cielos son ciertamente los cuerpos más excelentes del mundo, pero, no obstante, son cuerpos, y no pueden ellos existir sino en algún espacio; mas, si uno se imagina que el lugar de Dios está en los cielos, como en regiones superiores del mundo, podrá decirse que las aves son de mejor condición que nosotros, porque viven más próximas a Dios. Por otra parte, no está escrito que Dios está cerca de los hombres elevados, o sea de aquellos que habitan en los montes, sino que fue escrito en el Salmo: "El Señor está cerca de los que tienen el corazón atribulado" (Sal 34 [33], 19), y la tribulación propiamente pertenece a la humildad. Mas así como el pecador fue llamado "tierra", así, por el contrario, el justo puede llamarse "cielo"» (Serm. in monte II 5,17).

El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón. Y el corazón de Dios, en la Noche Santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. Y si salimos al encuentro de esta humildad, entonces tocamos el cielo. Entonces, se renueva también la tierra. Con la humildad de los pastores, pongámonos en camino, en esta Noche Santa, hacia el Niño en el establo. Toquemos la humildad de Dios, el corazón de Dios. Entonces su alegría nos alcanzará y hará más luminoso el mundo. Amén.


Benedicto XVI
Extrácto de la Homilía de Solemnidad de la Natividad del Señor
(Misa de Nochebuena 2007)
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