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lunes

El Misterio del Dolor: ¿Por qué sufre el inocente?

Llegamos al tercer y último acto de este "exorcismo intelectual". Después de haber desmantelado la idea del Dios monstruo y de haber expuesto la trampa de las conspiraciones ancestrales, nos queda la espina más difícil de extraer. La pregunta que el gnosticismo usa como palanca emocional porque es la más honesta de todas: Si Dios es un Padre bueno, ¿por qué este mundo duele tanto?

El video que cierra esta serie no ofrece eslóganes ni evasiones piadosas. Es una respuesta honesta a la pregunta que todos, en algún momento de oscuridad, nos hemos formulado.

1. El Megáfono de Dios (C.S. Lewis)

C.S. Lewis, quien conoció el dolor profundo tras perder a su esposa, decía que "Dios nos susurra en nuestros placeres, pero nos grita en nuestro dolor: es su megáfono para despertar a un mundo sordo". El sufrimiento tiene una función pedagógica que el confort no puede cumplir: nos arranca de la ilusión de ser autosuficientes y nos confronta con nuestra fragilidad.

2. Libertad Real vs. Autómatas (Jacques Maritain)

Para entender por qué Dios permite el mal, debemos acudir a Jacques Maritain. El mal no es una "sustancia" creada por Dios; es una privación, una ausencia de bien. La pregunta correcta no es por qué Dios produce el mal, sino por qué permite que la criatura libre elija la ausencia de bien.

Maritain nos enseña que la iniciativa del mal viene de la criatura a través del "nihilamiento" (la elección del vacío). Dios permite el mal no por impotencia, sino por respeto a la libertad real. Un Dios que anulara nuestra capacidad de elegir mal cada vez que estuviéramos a punto de hacerlo, no habría creado hijos, sino autómatas. La permisión del mal es, paradójicamente, la prueba más grande del respeto de Dios por nuestra dignidad.

3. La Respuesta no es una Idea, es una Persona

El video-respuesta final nos recuerda que frente al sufrimiento, Dios no envió un manual de filosofía. Bajó Él mismo a compartirlo. El gnosticismo nos dice que Jesús vino a darnos un "código de salida" de esta prisión material. La teología real, desde San Ireneo hasta San Atanasio, nos dice que Jesús vino a recapitular la historia humana desde adentro.

En la Cruz, ocurre el Admirabile Commercium (el admirable intercambio): Dios asume lo que es nuestro (dolor, muerte, fragilidad) para que nosotros podamos participar de lo que es Suyo (vida, eternidad, filiación).


Conclusión de la Trilogía

A lo largo de estas tres entregas, hemos visto que:

  • El mundo no es una prisión; es el lugar donde se decide nuestra eternidad.

  • Tú no eres una chispa atrapada esperando escapar de la materia; eres un hijo amado por quien Dios mismo entregó su vida.

  • La verdad no es un secreto custodiado por sociedades ocultas; es una Persona que caminó entre nosotros.

Gracias por acompañarme en este recorrido. He intentado despojar a la mentira de sus vestiduras intelectuales para que puedan caminar con una fe más madura y tranquila. No busquen en la oscuridad lo que ya ha sido revelado en la luz.

¿Qué dudas te quedan tras este recorrido? Estaré leyendo y respondiendo sus comentarios con prioridad.

Y por última vez en esta serie: No se olviden de ser buenos, si pueden.

Nefilim y Conspiraciones: El Miedo como Estrategia de Control

En el primer acto de este análisis, desmantelamos la idea del "Dios monstruo" usando la lógica y la filosofía. Sin embargo, el video que hoy nos ocupa da un giro hacia algo mucho más visceral: el miedo. Ya no apela solo al intelecto, sino al "estómago", a esa sensación de impotencia que surge cuando nos dicen que el mundo está controlado por una élite ancestral y sobrenatural.

El video-respuesta que presento a continuación profundiza en por qué la narrativa de los Nefilim está siendo utilizada como una trampa psicológica para el creyente moderno.

1. El Salto de la Escritura a la Conspiración

Es cierto, los Nefilim aparecen en el Génesis y en textos como el Libro de Enoc. Pero una cosa es el drama teológico de la desacralización y otra, muy distinta, es el salto acrobático que hace el video analizado: convertir a los gigantes bíblicos en la élite financiera actual.

Este salto no tiene respaldo histórico ni teológico. Es una interpolación grosera que busca victimizarte. Si el mal es una conspiración de seres híbridos ancestrales, entonces tú no tienes responsabilidad moral; eres solo una víctima impotente esperando un secreto que te "despierte".

2. Chispa Divina vs. Gracia Cristiana

El gnosticismo te ofrece una "espiritualidad sin fricción". Te dice que eres divino por naturaleza (la mónada) y que solo debes "activar" ese conocimiento. Es la soberbia refinada del que se cree más despierto que la "masa adormecida".

Sin embargo, como exploramos en el video, la ortodoxia cristiana es mucho más exigente y hermosa:

  • Para el gnóstico: La chispa es ontológica (eres dios por definición) y no requiere amar al prójimo.

  • Para el cristiano: La participación en lo divino es relacional y gratuita. Es la Gracia. Se sostiene en el amor concreto, en el perdón real y en cargar con la fragilidad del cuerpo.

3. El Sueño de Narciso

Como bien decía C.S. Lewis, el infierno es un estado de aislamiento voluntario. El video que analizamos te invita a ser el juez del Creador, dándote un martillo (el secreto) para dictar sentencia. Pero hay una ironía: para juzgar a Dios necesitas un criterio de justicia. ¿De dónde sacas ese criterio si el mundo es solo una "prisión" del mal?

La indignación moral que el video intenta despertar presupone un orden bueno que el propio video niega. Al final, el que se cree más "iluminado" corre el riesgo de caer en el sueño de Narciso: fascinado con su propia luz mientras olvida al prójimo que sufre a su lado.




¿Qué piensas de esta supuesta "élite ancestral"?
Te invito a ver el análisis y dejar tus dudas en la caja de comentarios. En la próxima y última entrega, entraremos en el terreno más difícil de todos: el misterio del sufrimiento.

Como siempre: No se olviden de ser buenos, si pueden.

La serpiente y el algoritmo: ¿Es el Dios de la Biblia un "monstruo"?

 

En la era del consumo digital, nos encontramos a menudo con contenidos que, bajo una estética impecable y música épica, prometen revelarnos "secretos ocultos" que las instituciones nos han negado por siglos. Uno de los relatos más recurrentes hoy en día es el regreso del gnosticismo: la idea de que el Dios del Antiguo Testamento es en realidad un "Demiurgo" torpe y malévolo, y que nosotros somos seres de luz atrapados en una cárcel de materia.

El video que compartimos a continuación no es solo un análisis técnico; es una necesaria respuesta teológica y filosófica a esta marea de desinformación espiritual. Lo publicamos porque creemos que es una herramienta de gran utilidad para el creyente moderno, quien debe aprender a distinguir entre la iluminación real y el error disfrazado de misterio.

El análisis: Desmontando la premisa del "Dios torpe"

Como verán en la pieza audiovisual, el gran error de quienes atacan la ortodoxia bíblica es proyectar nuestra propia limitación humana sobre lo divino. Se juzga a Dios como si fuera un ser atrapado en el tiempo, un guionista que improvisa sobre la marcha. Pero, como bien apunta la teología clásica —desde San Agustín hasta Scott Hahn—, Dios no habita el tiempo; el tiempo habita en Dios.

En el video exploramos tres puntos fundamentales que todo cristiano debe conocer para no ser confundido:

  1. La trampa del lenguaje: Por qué los "arrepentimientos" de Dios en la Biblia son herramientas pedagógicas (antropomorfismos) y no errores de cálculo divino.

  2. El mito del secreto gnóstico: Cómo el debate sobre el "Demiurgo" ya fue ganado por la Iglesia en el siglo II, no con conspiraciones, sino con argumentos intelectuales devastadores.

  3. El odio a la realidad: La peligrosa idea de que el cuerpo es una cárcel, cuando la esencia del cristianismo es precisamente que Dios se hizo carne para redimirla.


Una respuesta desde la verdad

Frente a la "serpiente" que usa algoritmos para sembrar dudas sobre la bondad del Padre, este video se para en el puente —como un Gandalf frente al Balrog— para clavar el bastón de la verdad y decir: "No pasarás".

Los invitamos a ver este análisis completo, donde despojamos al gnosticismo de su disfraz de sofisticación para revelar lo que realmente es: una invitación a soltar la mano de Dios a cambio de un "conocimiento" que no salva a nadie.


¿Dudas o comentarios? Después de ver el video, los invito a dejar sus impresiones abajo. Estaré absolviendo sus consultas en la medida que el tiempo lo permita.

Y como siempre: No se olviden de ser buenos si pueden.

miércoles

El adiós al Papa Francisco: Una reflexión sobre la vida, la muerte y la esperanza que no muere

“No se dejen robar la esperanza.”
– Papa Francisco


El adiós al Papa Francisco: Una reflexión sobre la vida, la muerte y la esperanza que no muere


La noticia de la muerte del Papa Francisco ha estremecido al mundo. Más allá de las posturas o simpatías, su partida marca el fin de una etapa en la vida de la Iglesia. Francisco no fue un papa perfecto (¿quién lo es?), pero sí un pastor que, desde su sencillez y cercanía, nos recordó que la fe es más grande que cualquier estructura. Que la Iglesia es, antes que un sistema, un pueblo peregrino, con los pies en la tierra y la mirada puesta en el cielo.

Hoy, en medio del dolor, nos toca mirar de frente a la muerte. Ese umbral que nadie quiere cruzar, pero que, tarde o temprano, todos alcanzaremos. Y es un buen momento para preguntarnos: ¿Cómo entendemos la muerte? ¿Qué lugar ocupa en nuestra cultura?

Vivimos en tiempos donde la muerte se ha convertido en algo que se administra socialmente. Ya en 1983, un periódico señalaba cómo, tras normalizar el aborto, el siguiente paso lógico sería la eutanasia, presentada bajo términos suaves como “muerte digna” o “interrupción del sufrimiento”. ¿La lógica? Que quienes son considerados una carga —el anciano, el enfermo, el vulnerable— terminen descartados en nombre del “progreso”.

Y sin embargo, frente a este panorama, la muerte del Papa Francisco nos confronta con otra realidad. Nos recuerda que la vida humana tiene un valor incondicional, no porque sea productiva o útil, sino porque es un don. La vida no se mide por cuánto produce, sino por cuánto ama y es amada.

Francisco, en su fragilidad y sus errores, nos mostró un rostro humano de la Iglesia, capaz de equivocarse, pero también de pedir perdón. Un hombre que, hasta el final, defendió la dignidad de cada ser humano, especialmente de los descartados. Hoy, al despedirlo, nos preguntamos si estamos listos no solo para aceptar la muerte, sino para vivir plenamente la vida, como él nos animó tantas veces.

Pero aquí es donde la fe cristiana levanta su voz, no para negar la muerte, sino para transformar su sentido. La Resurrección de Cristo nos enseña que la muerte no es el final, sino el paso hacia la vida verdadera. Por eso, en medio del luto, celebramos la esperanza. No la esperanza ingenua de quien quiere evitar el sufrimiento, sino la esperanza firme de quien sabe que el amor es más fuerte que la muerte.

La muerte del Papa Francisco nos invita a prepararnos para el encuentro definitivo. No se trata de vivir con miedo, sino de vivir con conciencia. De preguntarnos si estamos sembrando amor, si estamos defendiendo la vida, si estamos cuidando de quienes el mundo descarta.

Hoy, mientras oramos por el alma de Francisco, recordamos también que la vida tiene un sentido que va más allá de este mundo. Que cada uno de nosotros es llamado a vivir con plenitud, con esperanza, con amor.

Que su testimonio nos siga invitando a amar sin miedo, porque Dios, que mira desde lo alto y sondea nuestros corazones, conoce las razones profundas que nos impulsan a dar. Y si en ese intento de amar llegamos a herir sin querer, aprendamos también a curar y sanar esas heridas, confiando en que el amor auténtico siempre busca recomenzar, reparar y seguir adelante.

Que el testimonio de este Papa que caminó entre luces y sombras, pero que nunca dejó de anunciar a Cristo, nos ayude a vivir con la mirada puesta en la Resurrección. Porque ahí está nuestra verdadera esperanza: que la vida vence a la muerte, que el amor vence al odio, y que el último capítulo de nuestra historia aún está por escribirse en la eternidad.

Pensamiento Católico
Agradecimiento a Ducktoro

La Resurrección de Cristo: El Misterio que Cambió Todo

“La Resurrección no solo anuncia que Cristo vive,
sino que la vida es más fuerte que la muerte.”
— Benedicto XVI



Cada Domingo de Resurrección, la Iglesia nos invita a escuchar uno de los relatos más sorprendentes del Evangelio: el momento en que unas mujeres, al amanecer, se acercan al sepulcro de Jesús y lo encuentran vacío. Fueron ellas, con el corazón cargado de dolor y los brazos llenos de perfumes inútiles para un cuerpo que ya no estaba allí, las primeras en recibir el anuncio más grande de la historia: Cristo ha resucitado.


Vida vs Muerte. el amopr siempre se impone

Pero este anuncio no fue fácil de creer. El Evangelio de Marcos nos cuenta que un joven —un ángel, según Mateo; dos hombres con vestiduras brillantes, según Lucas— se les apareció a esas mujeres y les dijo que Jesús había vencido la muerte. ¿Su misión? Avisar a los discípulos. Sin embargo, ellas tuvieron miedo y no dijeron nada al principio. Y cuando finalmente contaron lo que habían visto, nadie les creyó.

Fueron mujeres las primeras en encontrarse con el Cristo vivo. Primero, según la tradición, su Santísima Madre. Luego, María Magdalena. Después, el pequeño grupo que siempre le había acompañado desde Galilea. Sin embargo, en una sociedad donde el testimonio de una mujer no tenía el mismo valor que el de un hombre, los discípulos dudaron.

Incluso cuando estas mujeres compartieron su experiencia, los discípulos de Emaús lo resumieron con cierta desconfianza: “Algunos de los nuestros dicen que lo han visto”. Fue entonces cuando Jesús mismo, caminando junto a ellos, les reclamó con cariño y firmeza: “¡Qué lentos son para creer!”

Este detalle es importante: la primera proclamación de la Resurrección fue hecha por mujeres, pero en aquella cultura, sus palabras no fueron suficientes. San Pablo, años después, al escribir a los Corintios, decidió reforzar la credibilidad del mensaje citando testigos varones: Pedro, los Doce, más de 500 hermanos, Santiago, todos los apóstoles… y, por último, él mismo. Era una manera de hablar a la mentalidad de la época, que necesitaba ese tipo de respaldo.

Pero aquí viene algo fundamental: la Resurrección no es solo un hecho histórico. No es como leer que cayó un imperio o que nació una civilización. Es un hecho que, aunque ocurrió en el tiempo, trasciende la Historia, la sobrepasa. Es como la Encarnación, como los grandes misterios de la fe: necesita ser creída.

Esto no significa que no existan testimonios históricos sólidos. Los hay. Pero hay algo que solo la fe puede alcanzar. Porque, aunque te expliquen con lujo de detalles los argumentos racionales, el creer o no creer sigue siendo una decisión personal. No es como aceptar un teorema matemático que te convence por la lógica. Aquí hace falta un paso más: el salto de la fe.

Y aquí está la maravilla: la fe es libre, pero no es ciega. Pensemos un momento en lo que significa afirmar que un hombre venció la muerte. No hay nada en nuestra experiencia cotidiana que se le parezca. La muerte es, para todos, el final inevitable, el límite infranqueable. Aceptar que alguien lo haya superado no es una cuestión menor; desafía todo lo que entendemos sobre la vida y la naturaleza.

Ahora bien, supongamos que alguien dice haber resucitado. ¿Qué sería lo más natural? Dudar. Incluso si hay testigos, nuestra primera reacción sería cuestionar: ¿No se habrán confundido? ¿Será un engaño, una ilusión, un deseo tan fuerte de que viva que los hizo imaginarlo?

Pero aquí es donde el análisis se vuelve aún más interesante: esa noticia no solo fue aceptada por algunos, sino que transformó la vida de miles, y más tarde de millones de personas en todo el mundo. Culturas diferentes, épocas distintas, lenguas diversas... todas abrazaron esa proclamación. Y no fue una aceptación fácil o superficial; muchos de los primeros creyentes dieron la vida por esa convicción, enfrentaron persecuciones, desprecio, torturas. ¿Quién haría semejante cosa por algo falso o dudoso?

Y lo más sorprendente es quiénes llevaron ese mensaje. No fueron grandes oradores, ni filósofos entrenados, ni políticos poderosos. Fueron pescadores, cobradores de impuestos, hombres y mujeres sencillos. Ninguno con las herramientas retóricas para convencer al mundo intelectual. Sin embargo, lograron algo que desafía toda lógica humana: persuadieron al mundo antiguo, incluso a sabios y pensadores, de que Cristo había resucitado.

Esto nos obliga a detenernos. No solo es extraordinario el hecho que se anuncia (la Resurrección), sino también el modo en que ese anuncio conquistó el mundo. ¿Cómo es posible que un grupo tan pequeño y frágil cambiara la historia? ¿Qué fuerza, qué certeza los impulsaba? No era solo una idea bonita o un deseo profundo; era una convicción transformadora, una experiencia vivida que les dio el coraje de desafiar imperios y culturas.

Por eso, cuando contemplamos la Resurrección, no solo enfrentamos un misterio, sino también una evidencia histórica desconcertante: un mensaje que no debería haber sobrevivido, sobrevivió. Unos testigos que no deberían haber tenido voz, la tuvieron. Y una noticia que parecía imposible, sigue viva.

Si lo pensamos bien, la existencia misma de la Iglesia es un testimonio viviente de que Cristo resucitó. Sin ese hecho, todo lo que ha pasado en estos dos mil años no tendría sentido.

Por eso, cuando celebramos la Resurrección, no estamos recordando un simple hecho del pasado. Estamos celebrando el misterio que cambió la historia humana para siempre. Porque si Cristo vive, nada es imposible. Si Cristo vive, la muerte no tiene la última palabra. Y si Cristo vive, cada uno de nosotros puede vivir con una esperanza que no decepciona.

Yo soy la resurrección y la Vida


Este es el corazón del cristianismo. No es solo una idea bonita o una tradición antigua. Es la certeza de que la vida vence a la muerte, de que el amor vence al odio, y de que la esperanza siempre tiene la última palabra.

Hoy, quizás, también nosotros seamos como aquellos discípulos: lentos para creer, desconfiados. Pero Jesús sigue saliendo a nuestro encuentro, en el camino, en la vida cotidiana, y nos invita a abrir el corazón. A dar ese salto. A creer que su Resurrección sigue siendo la fuerza que transforma el mundo.



Pensamiento Católico

lunes

El científico


«El científico es el sacerdote de la Edad Moderna», se oye hoy con mucha frecuencia. Se alza la vista hacia él, se le mira con profundo respeto, se cree lo que dice (¿qué otro remedio nos queda? Él ha estudiado su asunto y nosotros no. El sabe...). Su palabra es dogma. Sus ornamentos son blancos. Y numerosos monaguillos le llenan de incienso con cualquier motivo.

Bien, hoy es un hombre considerablemente más razonable que hace unos cincuenta años. Entonces opinaba: «Sabemos muchísimo; dentro de un par de generaciones lo sabremos todo». Hoy dice: «¡Sabemos muy poco y cuanto más sabemos, tanto más comprendemos cuántas cosas nos quedan por saber y que la mayoría de las cosas probablemente no las sabremos jamás!». Y «Sabemos cada vez más y más, de cada vez menos y menos!».

No hace todavía cien años, el científico solía decir: «¡Sólo creo lo que veo!». Hoy sabe que precisamente de lo que ve es de lo que no puede fiarse; pues nuestros sentidos son toscos y poco dignos de confianza. Cuando sumergimos en el agua un palo recto, veremos un ángulo que en realidad no existe. El «sólido» cuerpo humano es en realidad una masa de células, y esas células a su vez son acumulaciones gigantescas de átomos que se mueven a velocidad de vértigo.

[...] cuando en El Álamo, en Nuevo Méjico, ascendió al cielo la espantosa seta venenosa de la primera bomba atómica, su principal constructor, el Dr. Robert Oppenheirner exclamó consternado: «Nosotros los físicos hemos inventado el pecado». Decir esto significa un gran paso adelante. Tarde o temprano todos comprenderán que la ciencia no es otra cosa que el intento del hombre por investigar la voluntad de Dios en la naturaleza.

Louis de wohl

viernes

Yo soy católico. ¡Pues yo también!


Con frecuencia oímos decir, tanto a nivel de conversaciones como de manifestaciones públicas, sobre todo, en boca de políticos y de gente con cierto relieve social, la frase: yo soy católico.


No sé cómo entenderán ciertas personas lo que es ser católico; quizá lo dicen porque han sido bautizados, y es cierto que lo son; pero muchos lo dicen como afirmando que su manera de proceder es compatible con ser católico. Lo que pasa es que cuando uno se toma en serio su pertenencia a una religión concreta, ha de tener unas actitudes coherentes con loa principios de esa religión. Y es donde fallan algunos que se dicen católicos.

Es cierto que todos tenemos limitaciones y fallos, pero el hecho de algunos políticos o gente famosa que quieren con esa frase justificar sus actitudes totalmente opuestas a las actitudes cristianas; pero intentar compaginar el hecho de ser católicos con el hecho de actuar totalmente al margen y en contra de la doctrina católica, no es de recibo. En esa línea, también cualquiera de nosotros podríamos decir que somos musulmanes, o budistas, o de cualquier otra religión.


Dialogando con un político amigo que decía ser católico, pero cuya vida no era coherente con la fe y las enseñanzas de la Iglesia, le decía:


-- Vamos a ver, tú dices que eres católico y yo digo que también lo soy. Nos hemos conocido de pequeños y seguimos guardando la amistad en nuestra edad adulta; pero me da la impresión de que, a pesar de ser los dos católicos, pienso que nuestro catolicismo es bastante diferente.


Es cierto que tú has sido bautizado; yo también. Tú has recibido la primera comunión; yo también. Tú ahora no vas a misa; yo sí. Tú no comulgas; yo sí. Tú te crees bueno; yo no. Me da la impresión de que dices que eres católico para alardear de que las cosas que haces, sobre todo en las decisiones políticas, son correctas; yo no alardeo de nada mas que de la gracia que Dios me ha dado y me está dando y me seguirá dando.

-- Pero es que vosotros no progresáis en la fe, me respondía. Siempre decís y hacéis lo mismo, sin avanzar en sintonía con el mundo. Y os estáis quedando anticuados, solos en nuestra sociedad que ni os comprende ni os hace caso. Es que no avanzáis nada y estáis anclados en el pasado.


-- Yo no sé si avanzamos o no, pero lo que pretendemos es ser fieles a la doctrina de Jesús e imitar sus actitudes en sintonía con lo enseñado y proclamado por la Iglesia. Tú procura mantenerte fiel a los principios y a las enseñanzas de la Iglesia si quieres ser, de verdad, católico.


Los católicos somos conscientes de que no podemos estar en sintonía con los criterios del mundo, porque son contrarios a los del Evangelio. Ya lo dijo Jesús: "Su fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo" (Jn. 15, 19).


Tampoco se trata de compararnos viendo quiénes son mejores o peores, porque buenos y malos los hay en cualquier estamento; se trata de aceptar explícitamente la doctrina y la moral de la Iglesia. Hay muchos, incluso clérigos, que se dicen católicos y no lo son aunque se crean los reformadores de la Iglesia. Y no lo son por mucho que alardeen de serlo, porque no aceptan enseñanzas magisteriales de la Iglesia tanto en fe como en moral. Se tienen por más católicos que el mismo Papa, ¡y pobre Papa si no acepta lo que ellos dicen! Lo tachan de anticuado, conservador, inmovilista, ultraderechista… y otros epítetos parecidos.

-- Bueno, yo no digo tanto pero, sin exagerar, creo que la Iglesia debiera avanzar un poco en cuestiones como aborto, matrimonio homosexual, sacerdocio de las mujeres, divorcio… y otras cuestiones en las que el mundo avanza y ella se queda anticuada. No digo que cambie radicalmente, pero que vaya dando pasos, suavizando algunas exigencias muy duras para nuestro mundo moderno. ¿No crees que la Iglesia va perdiendo el hilo de la historia, y que el mundo cada vez le hace menos caso?


-- Mira, la Iglesia no baila al son que le toca el mundo. Los principios morales son muy exigentes y los cristianos debemos cumplirlos. No olvides que ha habido muchos mártires y los sigue habiendo.


Lo difícil para ti y para mí es cumplir con lo que Dios quiere. ¿Recuerdas aquello que dijo Jesús: "Por sus frutos los reconoceréis. No todo el que me diga: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial"? (Mt. 7, 20-21).


Y recuerda también lo que dice San Pablo: “Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Tes. 4,3). El cristiano si quiere cumplir con la voluntad de Dios, ha de buscar santificarse. Y no puede ser el mundo el maestro de nuestra santificación.


José Gea Escolano, Obispo

martes

Milagros en amputaciones

Auguste Vallet, célebre médico y célebre investigador del enigma pirenaico asegura: «La medicina no conoce ninguna enfermedad que en Lourdes, por lo menos una vez, no haya encontrado una curación inexplicable y bien comprobada».


Ya: pero, ¿las piernas amputadas? ¿Los brazos cortados? ¿Las extremidades reducidas a muñones por nacimientos deformes o por enfermedades o acontecimientos traumáticos? «En la gruta hay muchísimas muletas, ninguna pierna de madera». Así decía Émile Zola. Y, con él, otros muchos, antes y después.


¿Por qué nunca se ha registrado en Lourdes, preguntaba un médico, el «crecimiento aunque sea sólo de una pierna amputada, prodigio nunca ocurrido y que, sin embargo, sería decisivo?». Henos aquí para buscar – desde una perspectiva de fe pero, también, de historia – una posible respuesta.


En primer lugar: dejando, de momento, Lourdes y mirando al conjunto de la historia católica, no es verdad que nunca se haya verificado un reconocimiento eclesial oficial de «hecho milagroso» -obtenido por intervención explícita de la Virgen – y referido a una extremidad que haya vuelto a crecer.


Al menos una vez (según nuestro conocimiento: por tanto, no excluimos otros casos) este reconocimiento lo dio el arzobispo de Zaragoza; y de forma especialmente solemne, tras un proceso digno de los métodos críticos modernos. En efecto, el 27 de abril de 1641, el alto prelado de esta ciudad española (tan querida para todos los ibéricos y, también, para los hispanoamericanos por el gran santuario de la Virgen del Pilar) proclamaba un decreto oficial en latín cuyas líneas finales suenan, traducidas, así:


«Una vez examinado todo, nosotros decimos, pronunciamos y declaramos que Miguel Juan Pellicer, habitante de Calanda, de quien se ha ocupado el presente proceso, ha recuperado milagrosamente la pierna derecha que le había sido amputada. Esta restitución no puede ocurrir naturalmente, sino que ha ocurrido de forma admirable y milagrosa (mirabiliter et miracolose) y debe registrarse como un milagro, puesto que concurre todo lo que – según el derecho – corresponde a la esencia de un auténtico prodigio. Por tanto, reconocemos el hecho presente como un milagro y lo autorizamos; y, así, nosotros decimos…».


Se equivocaría totalmente quien meneara la cabeza, pensando a una especie de delirio o de ilusión supersticiosa a encuadrar dentro del «fanatismo español del siglo XVI». Se equivocaría porque pocos hechos, en la historia, han sido comprobados con la precisión y seguridad de lo que fue conocido como el Gran Milagro de Calanda: una pierna amputada por debajo de la rodilla y, en una noche, recrecida. O, mejor, «reimplantada», puesto que se constató que al muñón del joven Miguel Juan Pellicer se le añadieron instantáneamente la parte inferior de la pierna en cuestión y el pie, ambos sepultados en el cementerio del hospital de Zaragoza, casi tres años antes del milagro.


Es realmente extraordinario que, prácticamente, se haya perdido memoria, incluso en la Iglesia, de un prodigio atestado irrefutablemente, con todas las garantías. Yo mismo, que investigo en este mundo, tuve noticia tardía sólo de un dossier publicado en 1959 y editado de nuevo en 1977 (tras rigurosas indagaciones en los archivos y lugares) por el abbé André Deroo, no por casualidad, historiador y apologista muy conocido de los hechos de Lourdes. Y decimos «no por casualidad» porque son especialmente estrechos los lazos entre el gran santuario de la Virgen del Pilar (por intercesión de la cual el joven de Calanda fue protagonista del clamoroso milagro) y el igualmente grande – aunque bastante más joven – santuario de los Pirineos.


Partiendo de la petición de don Deroo, después de repetidas visitas a España, tuve que rendirme a la evidencia: tomar en serio la verdad de aquel hecho no significaba entrar en las filas de los crédulos, ingenuos y visionarios. Esto lo he intentado documentar en un libro (Il Miracolo, Rizzoli Bur) que, habiendo tenido gran difusión y traducciones a algunas lenguas [En español, salio con el titulo de: El gran Milagro, editorial Planeta] , ha determinado el renacimiento de una peregrinación hacia la remota Calanda.


Vittorio Messori

lunes

No vamos a decir que eso es historia

[...] asistí a Misa en una parroquia de la diócesis de Huesca. No voy a decir ni la localidad, ni el nombre de la parroquia, ni la hora de la Misa, ni quién era el sacerdote que la celebraba. Mi intención no es denunciar a nadie en concreto, sino una situación que se repite aquí y allá.

El evangelio relataba el pasaje de Jesús andando sobre el agua e invitando a Pedro a hacer lo mismo. Como es conocido, no hace falta que lo reproduzca. Al final de la homilía, el sacerdote va y dice: “No vamos a decir que eso es historia…”. 

Gracias a Dios, yo estaba en la parte de atrás de la iglesia. Pero dos veces he dicho bien alto: “Por supuesto que es historia“. Obviamente los que estaban cerca de mí se han vuelto a ver quién tenía el “valor” de contradecir al cura, que no se ha enterado de lo que yo dije. Si llego a estar más adelante, seguro que se entera.

He estado en un tris de salirme de la Misa pero, ¿qué culpa tendrá el Señor de nada de esto? ¿y por qué voy a castigarme a mí mismo sin Misa porque a un cura se le ocurra decir que no es histórico que Cristo y Pedro anduvieran sobre las aguas?

Ahora bien, empiezo a estar harto de que en esta Iglesia nuestra, se utilicen los púlpitos para soltar frases lapidarias que van contra la historicidad de los relatos evangélicos. Porque, vamos a ver, ¿a qué viene decir que eso no es histórico? ¿estuvo el cura allí para verlo? Y si eso no es historia, ¿por qué lo va a ser la resurrección de Cristo? ¿por qué el resto de sus milagros? ¿Qué es más difícil creer? ¿que los muertos resucitan o que Cristo y el príncipe de los apóstoles anduvieron sobre las aguas?

Se me dirá que no es dogma de fe que todo lo que aparece en los evangelios es historia pura y dura. Pero quien abre la puerta a que un milagro no tuvo lugar tal y como lo cuentan los evangelistas, abre la puerta a la duda sobre todos los milagros y todo lo que sabemos de Cristo por parte de aquellos que:

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida -pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó-, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo.
1ª Juan 1,1-3

Yo creo que, efectivamente, nos contaron por escrito lo que oyeron, vieron y tocaron. Otros, que crean lo que diga el último exegeta liberal-basuriento de moda. Pero que lo crean para sí. Que dejen de contaminar al pueblo de Dios.

Luis Fernando Pérez Bustamante

martes

El argumento “ad Galileum”

Con frecuencia algunos buscan hacer callar a la Iglesia cuando habla de la dignidad del ser humano, de la injusticia del aborto, de la necesidad de atender a los enfermos terminales, de la urgencia por promover economías sanas y solidarias, a través del uso de un argumento repetido una y otra vez: ¿cómo la Iglesia, que se opuso a Galileo y a tantos científicos, pretende ahora tener la razón? ¿Cómo se atreve a hablar de justicia, de valores, de dignidad, cuando en el pasado pisoteó la legítima autonomía de la ciencia?



Se trata del famoso argumento “ad Galileum”. ¿Cómo funciona? Se trata de recordar que Galileo fue condenado en el pasado por los prejuicios de la Iglesia. Esos prejuicios seguirían vivos hoy día y, por lo mismo, la Iglesia no debería intervenir cuando se habla sobre temas como los indicados en el párrafo anterior.


Usar este tipo de argumentos da buenos resultados, pues hay gente que cae en la trampa y piensa: es verdad, la Iglesia no tiene autoridad moral para hablar a favor de los embriones, ni de los discapacitados, ni del uso correcto de la ciencia.



En realidad, el argumento se construye en una falacia: que alguien haya cometido un error en un determinado momento de su historia no significa que todo lo que haga o diga o piense esté mal también en el presente.



De lo contrario, el argumento “ad Galileum” se podría aplicar a los Estados Unidos por haber matado a miles de civiles con dos bombas atómicas. O a los rusos (bajo el gobierno comunista) por haber provocado un hambre asesina sobre millones de personas en Ucrania. O a otro estado que casi no se puede mencionar por haber exterminado a cientos de miles de armenios. O a los descendientes de los aztecas por haber matado a miles de prisioneros. O a los españoles de hoy, sean de derecha o de izquierdas, por las masacres e injusticias de algunos conquistadores del siglo XVI...



El argumento “ad Galileum” olvida, además, que los hombres de Iglesia ya hace años que han reconocido el heliocentrismo, mientras que otros grupos que presumen de liberales y de amantes de la justicia siguen defendiendo hoy día las mismas injusticias del pasado (como, por ejemplo, el aborto) sin ninguna señal de arrepentimiento ni de corrección en sus errores.



Además del error lógico, ocurre un fenómeno extraño. Quienes quieren hacer callar a la Iglesia recordándoles el caso Galileo (o la Inquisición, o las Cruzadas) buscan que la Iglesia cambie de opinión y diga lo que ellos desean escuchar. Si la Iglesia adopta su punto de vista, el argumento dejaría de valer casi por encanto...



En otras palabras, ¿es que el argumento “ad Galileum” sirve sólo mientras la Iglesia dice una cosa y deja de aplicarse si la Iglesia se adecua a lo que otros quieren imponerle? ¿No será más bien que el uso de este argumento obstaculiza el diálogo, crea enemistades, lleva incluso al engaño y a los golpes bajos, busca manipular a los interlocutores?



Dejemos de lado el recurso al argumento “ad Galileum” o parecidos y vayamos, en cada tema, a los razonamientos pertinentes. De este modo, habrá menos actitudes intolerantes (algunas promovidas, de modo paradójico, por quienes presumen de defender la misma tolerancia...) y más corazones magnánimos, abiertos a un debate serio y profundo sobre temas que afectan a la vida de millones de seres humanos.


Fernando Pascual

jueves

Haz como Jesucristo

Cuentan que, estando reciente la revolución francesa, Reveillère Lépaux, uno de los jefes de la república, que había asistido al saqueo de iglesias y a la matanza de sacerdotes, se dijo a sí mismo:

'Ha llegado la hora de reemplazar a Cristo. Voy a fundar una religión enteramente nueva y de acuerdo con el progreso'. Pero no funcionó.

Al cabo de unos meses, el «inventor» acudió desconsolado a Bonaparte, ya primer cónsul, y le dijo:

–¿Lo creeréis, señor? Mi religión es preciosa, pero no arraiga entre el pueblo. 

Respondió Bonaparte:

–Ciudadano colega, ¿tenéis seriamente la intención de hacer la competencia a Jesucristo? No hay más que un medio; haced lo que Él: haceos crucificar un viernes, y tratad de resucitar el domingo. 

A. Hillaire

miércoles

¿Ha de haber una "causa primera"?

"No conozco ningún alfarero –dijo la olla–. Nací por mí misma y soy eterna."
«Pobre loca. Se le ha subido el barro a la cabeza».

Así reflejaba Franz Binhack en su obra Topfer und Topf, con cierto toque de humor, lo ridículo que resulta esa actitud de cerrar los ojos ante la inevitable pregunta sobre el primer origen del ser.

Si de un grifo sale agua, es porque hay una tubería que transporta esa agua. Y esa tubería la recibirá de otra, y esa a su vez de otra. Pero en algún momento se acabarán las tuberías y llegaremos al depósito. Nadie afirmaría que hay siempre agua en el grifo simplemente porque la tubería tiene una longitud infinita.

«De la nada –explica Leo J. Trese– no podemos obtener algo. Si no tenemos bellotas, no podemos plantar un roble. Sin padres, no hay hijos. Así, pues, si no existiera un Ser que fuera eterno (es decir, un Ser que nunca haya empezado a existir), y omnipotente (y capaz por tanto de hacer algo de la nada), no existiría el mundo, con toda su variedad de seres, y no existiríamos nosotros».

• Un roble procede de una bellota, pero las bellotas crecen en los robles. ¿Quién hizo la primera bellota o el primer roble?

• Los hijos tienen padres, y esos padres son hijos de otros padres, y estos de otros. Ahora bien, ¿quién creó a los primeros padres...?

Algunos evolucionistas dirían que todo empezó a partir de una informe masa de átomos. Bien, pero... ¿quién creó esa masa de átomos?, ¿de dónde procedían?.

¿Quién guió la evolución de esos átomos, según leyes que podemos descubrir, y que evitaron un desarrollo caótico? Alguien tuvo que hacerlo. Alguien que, desde toda la eternidad, haya gozado de una existencia independiente.

Todos los seres de este mundo, hubo un tiempo en que no existieron. Cada uno de ellos deberá siempre su existencia a otro ser. Todos, tanto los vivos como los inertes, son eslabones de una larga cadena de causas y efectos. Pero esa cadena ha de llegar hasta una primera causa. 

Pretender que un número infinito de causas pudiera dispensarnos de encontrar una causa primera, sería lo mismo que afirmar que un pincel puede pintar por sí solo con tal de que tuviera un mango infinitamente largo.

—Hay quien dice que les basta con saber que los seres simplemente existen. Que no les importa de dónde provienen y que, por tanto, no necesitan pensar más en ello. Entonces estaríamos cerca de decir que no se debe pensar. Porque renunciar a tan importante parcela del pensamiento supone abandonar un poco la realidad.

Si vemos una chaqueta colgada de una pared (el ejemplo es de Sheed), pero no vemos que está sostenida por una percha, y eso nos lleva a pensar que las chaquetas desafían a las leyes de la gravedad y cuelgan de las paredes por su propio poder, entonces no viviríamos en el mundo real, sino en un mundo irreal que nosotros mismos nos hemos forjado. De manera semejante, si vemos que las cosas existen y no vemos con claridad cuál es la causa de que existan, y eso nos llevara a negar o a ignorar esa causa, estaríamos saliéndonos del mundo real.


Alfonso Aguiló
¿Es razonable ser creyente?

jueves

Encontrar a Dios

André Frosard escribió un libro titulado Dios existe, yo me lo encontré, donde narra su experiencia de Dios, que le llevó a la fe.

Pero nadie ha escrito un libro titulado Dios no existe porque yo no me lo he encontrado. Esto sería ridículo.

El que no ha encontrado a Dios es porque lo ha buscado donde no está, o lo ha buscado de un modo inadecuado. Algunos lo buscan donde no está.

 

Me acuerdo de un antiguo chiste de Otto y Fritz.:

una noche está Otto dando vueltas a una farola. Viene Fritz y le dice:
- ¿qué haces Otto?
-estoy buscando mi pluma que la he perdido.

Y Fritz se pone también a buscarla. Al cabo de un rato dice Fritz:
-Otto, ¿estás seguro de haber perdido aquí tu pluma?
-no Fritz, la perdí en el cine, pero como allí no había luz he venido a buscarla aquí.

 

Eso le pasa a muchos: buscan a Dios donde no está. Quieren un Dios a su medida. Un Dios que les permita hacer lo que a ellos les gusta. Y Dios no es así. Dios manda lo que es bueno, aunque no guste.


Las medicinas no siempre son agradables. Dios señala el camino que lleva a la gloria. Y este camino a veces es cuesta arriba. Pero se puede subir con gozo y alegría.

Dijo Cristo: Mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Y San Pablo: Todo lo puedo en aquél que me conforta.

Dios siempre ayuda para que cumplamos con nuestras obligaciones. Pero hay que acudir a Dios de modo adecuado.

 

Otros buscan a Dios de modo equivocado.


El cosmonauta soviético Leonov fue el primer hombre que se salió de la cápsula en el espacio exterior. Y en unas declaraciones dijo: "me he paseado entre las estrellas y allí no estaba Dios".

Dios estaba allí, pero él no se enteró.

Como un sordo en un concierto. Se levanta la gente entusiasmada, aplaudiendo la magnífica interpretación de la quinta sinfonía de Bethoven, y un sordo se queda sentado, porque no se ha enterado de nada.


Dios está entre las estrellas, pero no se le ve con los ojos de la cara sino con los del entendimiento, porque él es el que ha hecho las leyes que rigen el movimiento de las estrellas.


Dijo Borman desde la luna: “nosotros hemos llegado a la luna gracias a unas leyes matemáticas que no han sido hechas por el hombre”.


Ese gran matemático que ha hecho las leyes que rigen el movimiento de las estrellas es Dios. Esas leyes fueron formuladas por Newton y Kepler, pero ellos no hicieron esas leyes. Las estrellas se movían según esas leyes antes que ellos nacieran.


Esas leyes son la obra de Dios. Por eso conocemos a Dios sin verlo. 



Lo mismo que conocemos lo artista que fue Miguel Ángel sin verlo. Nos basta ver su obra: la belleza de la cara de la virgen de la piedad, sacada de un bloque de piedra.


El cosmos es obra de Dios.

 

Jorge Loring S.I.

martes

Testimonios de científicos sobre ciencia y fe

Dios está en el principio de la reflexión de un creyente y al final de las investigaciones de un científico


EINSTEIN: «A todo investigador profundo de la naturaleza no puede menos de sobrecogerle una especie de sentimiento religioso, porque le es imposible concebir que haya sido él el primero en haber visto las relaciones delicadísimas que contempla. A través del universo incomprensible se manifiesta una Inteligencia superior infinita».


Ch. DARWIN: «Jamás he negado la existencia de Dios. Pienso que la teoría de la evolución es totalmente compatible con la fe en Dios. El argumento máximo de la existencia de Dios, me parece, la imposibilidad de demostrar y comprender que el universo inmenso, sublime sobre toda medida, y el hombre, hayan sido frutos del azar».


N. COPÉRNICO: «¿Quién, que vive en íntimo contacto con el orden más consumado y la sabiduría divina, no se sentirá estimulado a las aspiraciones más sublimes? ¿Quién no adorará al Arquitecto de todas estas cosas?».


T. A. EDISON: «Mi máximo respeto y mi máxima admiración a todos los ingenieros, especialmente al mayor de todos ellos, que es Dios».


HATHAWAY (padre del cerebro electrónico): «La moderna física me enseña que la naturaleza no es capaz de ordenarse a sí misma. El universo supone una enorme masa de orden. Por eso requiere una Causa Primera, grande, que no está sometida a la segunda ley de la transformación de la energía y que, por lo mismo, es sobrenatural».


I. NEWTON: «Lo que sabemos es una gota, lo que ignoramos, un inmenso océano. La admirable disposición y armonía del universo no ha podido salir sino del plan de un Ser omnisciente y omnipotente».


E. SCHRÖDINGER (premio Nobel de Física, creador de la Mecánica Ondulatoria): «La obra maestra más fina es la hecha por Dios según los principios de la mecánica cuántica».


K. L. SCHLEICH (célebre cirujano, descubridor de la anestesia local): «Me hice creyente por el microscopio y la observación de la naturaleza, y quiero, en cuanto esté a mi alcance, contribuir a la plena concordia entre la ciencia y la religión».


A. S. EDDINGTON (astrónomo y matemático inglés): «Ninguno de los inventores del ateísmo fue naturalista, sino filósofos mediocres. El origen del universo presenta dificultades insuperables, a no ser que lo consideremos sobrenatural».


J. barón VON LIEBIG (químico y fisiólogo alemán): «La grandeza e infinita sabiduría del Creador la reconocerá realmente sólo el que se esfuerce por extraer sus ideas del gran libro que llamamos naturaleza».


E. WHITTAKER (investigador y catedrático de la Universidad de Edimburgo): «Cuando se investiga profundamente sobre el origen del universo, no hay más opción que convertirse al catolicismo».



Tomado de http://www.unav.es/capellaniauniversitaria/testimonios

sábado

Marianos. Por tanto, ¿paganos?

[En la época del racionalismo y del positivismo] nació la escuela «comparatista». Es decir la que «comparaba» el cristianismo con las religiones asiáticas y con el «humus» heleno y medio oriental.

[…] Naturalmente, uno de los objetos de investigación preferidos de aquellos hombres doctos fue el culto mariano, sobre todo el de los católicos y ortodoxos, aunque también examinaron el de los protestantes: la Reforma, como es sabido, aceptó los primeros concilios ecuménicos y, por tanto, reconoció con estos las decisiones dogmaticas que los padres conciliares habían dado a propósito de la maternidad divina y de la virginidad de María.

En la figura de aquella mujer, según los «comparatistas», todo era una mistificación extraña y oscura: no era más que un eco del mito de la Virgen y de la Madre eternas que se encuentra en muchas religiones antiguas y que aparece como una constante del simbolismo y de la mitología.

[…] El problema lo ha estudiado a fondo, entre otros, Jean Daniélou, el gran teólogo que luego se convirtió en cardenal. En opinión de expertos imparciales de cualquier tendencia, el trabajo de Daniélou sigue siendo fundamental.

[…]Dice Daniélou: « ¿Existe entonces una relación entre la estructura del dogma mariano en la revelación cristiana y la estructura de los cultos femeninos en la mitología y en los misterios paganos? Si se examinan realmente las cosas, se constata que las analogías (que llamaron, y todavía llaman la atención de algunos) se refieren a circunstancias exteriores: en efecto, en los dos casos se trata de una cuestión de nacimiento extraordinario y de culto que tiene por objeto a una mujer. Sin embargo, la honestidad y la objetividad obligan a reconocer que hay una oposición total entre las estructuras cristiana y pagana en su fundamento y su naturaleza».

[…]«los cultos paganos son todos, sin excepción, la expresión de una religión de la vida biológica, de la fecundidad, donde la mujer es el símbolo» Sin embargo, si se mira el papel de María «nos encontramos ante la referencia histórica a un acontecimiento que, entre otras cosas—muy lejos de exaltar la fecundidad—, saca este suceso fuera de las leyes ordinarias de la vida: y esto para destacar su significado espiritual».

Lo que hay que tener inmediatamente claro es la estructura del cristianismo y, por tanto, de la figura de la madre de Jesús: se muestra como un hecho, no como una filosofía; como un acontecimiento histórico, no como un mito o una leyenda.

Para entendernos mejor, veamos la tesis de Daniélou: «La revelación es la acción historia de Dios, que realiza en el tiempo un plan de salvación en el que cada acontecimiento tiene un valor único y tiene por instrumento al Espíritu Santo, El culto Mariano se sitúa en esta perspectiva bíblica. Se funda, únicamente, en el papel que se le atribuye a una mujer concreta, María de Nazaret, en el plan divino de salvación»

[...] «Para quien conozca la época y el clima en que nació la fe en el evangelio, le parece contraria a cualquier verosimilitud incluso la sencilla hipótesis de una influencia de los mitos paganos en el cristianismo primitivo. El conflicto entre el politeísmo pagano y el cristianismo es demasiado violento para que se puedan dar influencias recíprocas con facilidad. Semejante cuestión puede plantearse en el siglo IV (cuando hubo una afluencia masiva de paganos a la iglesia), pero desde luego no en el siglo I, cuando los evangelios adquirieron su forma definitiva».

En efecto, los especialistas de la historia comparada de las religiones han terminado dándose cuenta de que hay una dificultad insuperable, puesto que topamos con un núcleo cristiano primitivo prácticamente impermeable a influencias no judaicas.

[...] «Si el culto a María tuviera orígenes paganos, habría experimentado una inevitable evolución hacia las practicas mistéricas, esotéricas y, finalmente, eroticas, sino obscenas, que caracterizaron todos los cultos a la feminidad. Y esto, no debido a las tendencias morbosas de algún devoto perverso, sino por la naturaleza misma de esos cultos: en efecto, siempre ha ocurrido asi en casos semejantes.

Recordemos a que excesos de inmoralidad llevó el culto a Astasté, diosa de la fecundidad, tomada con mucha frecuencia como inspiradora del culto a María. Sin embargo, el culto a esta última no ha cesado de seguir una trayectoria que ha separado a la Virgen de Nazaret de todo aspecto “carnal”. En efecto, la devoción a ella se ha convertido en sinónimo de castidad preservada o recuperada.

El devoto de María es aquel que se esfuerza por ser “puro” de cuerpo, de palabras y pensamientos. Exactamente lo contrario del devoto a los cultos femeninos del Helenismo».



Vittorio Messori 
(Puede profundizar entorno a este y otros temas en “Hipótesis sobre María. Hechos, indicios, enigmas”)
extracto, tomado de: Vittorio Messori. Hipótesis sobre María. Hechos, indicios, enigmas. Madrid: Libros Libres, 2007, Pp. 187-194.

lunes

¡Mirad al Señor!




«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.»

Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.

[...] Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?» Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: ¿Esto os escandaliza? [...]

Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él. Jesús dijo entonces a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?» Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna». (ver Jn 6, 51-68)

jueves

Cuando contemplo el cielo

[...] la ciencia astronómica tiene sus propios fines y métodos, el hombre religioso recibe con sumo interés todos sus descubrimientos y avances, porque para nosotros el firmamento es un lugar privilegiado por el que nos asomamos al misterio de la inmensidad de Dios y a la contemplación de su infinita belleza.


Así lo dice el Salmo 8: “Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?” (Sal 8, 4-5). Inmensidad del universo: ¡Ponte en mis manos y… observa! La astronomía dispone de las comprobaciones científicas suficientes para afirmar que el universo es finito y que está en expansión.


Recientemente, un astrónomo sevillano, José Luis Comellas, nos impresionaba con unos datos que nos ayudan a contemplar el universo: Cuando observamos el sol, lo estamos viendo tal y como era hace ocho minutos. La razón es que, ése es el tiempo que tarda en llegar la luz desde el sol hasta nosotros, a razón de 300.000 kilómetros por segundo. Y cuando miramos en el firmamento la Estrella Polar, la estamos viendo como era hace ¡trescientos años! Pero… eso no es nada, comparado con la distancia que nos separa de la Galaxia de Andrómeda: la luz que nos llega hoy desde ella, ha salido hace ¡¡dos millones de años!! Podría haber ocurrido perfectamente que esa galaxia hubiese desaparecido hace miles de años, y que nosotros no tuviésemos todavía noticia de ello...


Desde estos datos, los creyentes nos maravillamos al considerar que toda esta inmensidad que forma el Universo, no es sino una pequeña criatura del amor de Dios. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?


Una de las cuestiones más apasionantes es la posibilidad de encontrar otras formas de vida en el Universo, y especialmente, otras formas de vida inteligente. De forma mayoritaria, la comunidad científica no excluye esa posibilidad, aunque estima que las probabilidades son pequeñas, dadas las condiciones tan hostiles para la vida en el universo conocido.


En la hipótesis de que solamente existiese vida inteligente en la Tierra, parece lógico que los creyentes nos hagamos la pregunta de por qué un universo tan inmenso: ¿Somos tan importantes como para que Dios crease un universo de estas dimensiones, teniéndonos sólo a nosotros como sus habitantes?

Si así fuese, estaríamos ante una prueba más de la dignidad del hombre. Tal vez, Dios nos está diciendo: “Si piensas que el firmamento es maravilloso, deberías ver mi obra maestra en…¡el espejo!”.


Iglesia Católica y astronomía

Una de las leyendas negras más extendidas contra la Iglesia Católica es la sospecha de que en su historia se ha comportado como enemiga de los avances científicos. La realidad es justamente lo contrario: Baste recordar que Copérnico fue un eclesiástico polaco; o que Lemaître, el pionero en proponer la hipótesis del Big Bang como origen del universo, era un sacerdote belga.


Sin olvidar que los papas fueron grandes impulsores del estudio del cosmos, hasta el punto de fundar tres observatorios astronómicos.


Por lo que respecta al caso Galileo, frecuentemente aducido, hoy en día sabemos con precisión que el factor determinante del conflicto no fue otro que las malas relaciones personales y las rivalidades entre científicos.


Conviene recordar que Galileo no estuvo un minuto en las cárceles de la Inquisición, ni fue sometido a tortura o vejación alguna. Su condena, por no cumplir su compromiso de enseñar el heliocentrismo como una hipótesis –ciertamente, una injerencia indebida del tribunal eclesiástico, como reconoció Juan Pablo II-, consistió solamente en una reclusión en su propia casa y la recitación de algunas oraciones.

La leyenda negra sobre Galileo no sólo ha extendido la falsedad de su condena a la hoguera, sino que ha ocultado que Galileo falleció en su vejez, bajo el cuidado de su hija religiosa, y habiendo recibido la bendición papal.


En el momento presente, la Santa Sede mantiene un Observatorio Astronómico, conocido con el nombre de la “Specola Vaticana”, desde el que se están impulsando importantes proyectos. Su razón de ser es el diálogo interdisciplinar, ya que la astronomía es una ciencia que nos ayuda a poner en perspectiva nuestra realidad, al mismo tiempo que nos introduce en un terreno fronterizo, entre ciencia, teología y filosofía.


José Ignacio Munilla
Obispo de San Sebastian

martes

S. Hawking contra C. S. Lewis

Los famosos son autores, artistas o pensadores que han dejado una huella en la historia. Los clásicos, a diferencia de los famosos, se distinguen porque su producción presenta valores que van más allá de su propio tiempo y es válida para el hombre de todo momento y cultura ayudándolo a ser él mismo. En pocas palabras, clásico no significa “antiguo”, sino “perenne”.



En 1945 C.S. Lewis escribió un pequeño ensayo titulado “Las leyes de la naturaleza”. En ese escrito Lewis se hacía la siguiente reflexión: «Las leyes de la naturaleza no han producido un solo acontecimiento en toda la historia del universo» ¿Por qué? Porque las leyes son la norma a la que los acontecimientos se deben ajustar, pero no son los acontecimientos. Y para ilustrar mejor esta idea se vale de un ejemplo.



«Las leyes de la física establecen […] que cuando una bola de billar A pone en movimiento otra bola de billar B, la velocidad perdida por A equivale exactamente a la velocidad ganada por B. Esto es una ley. Es decir, esta es la norma a la que debe conformarse el movimiento de las dos bolas. Todo ello suponiendo, como es lógico, que algo ponga en movimiento la bola A. Y aquí viene el “pero”. La ley no lo hará. Por lo general es un hombre con un taco el que lo hace. Pero un hombre con un taco nos remite a la libre voluntad». Las leyes no causan nada, sólo rigen el comportamiento de los acontecimientos.



Por esto, la noticia de Hawking no tiene nada de novedoso, ya que C.S. Lewis respondió exactamente a la misma objeción hace 65 años. Quizá el argumento de Hawking tiene términos más precisos y datos científicos más diligentes, pero la pregunta sigue siendo, en definitiva, la misma: ¿quién es el hombre del taco que puso en movimiento las bolas de este enorme billar llamado universo?



Es posible que, como dice Hawking, haya un conjunto de leyes superiores que guían y gobiernan las diferencias entre las leyes particulares de cada universo, pero, ¿por qué existe este conjunto de leyes generales?, ¿qué o quién puso en marcha los acontecimientos que las leyes gobiernan? Esto no es muy distinto a lo que Lewis en 1945 preguntaba a los científicos de mitad del siglo XX.



Quizá C.S. Lewis se adelantó a su tiempo y respondió a preguntas que aún estaban por venir. Pero, ¿qué le vamos a hacer? Así son los clásicos, ofrecen por adelantado respuestas perdurables a las preguntas más profundas de los hombres. Precisamente por eso son clásicos. O dicho con palabras del mismo Lewis: «todo lo que no es eterno está eternamente pasado de moda».


El tránsito veloz de los libros “sensacionales” debería ser una advertencia suficiente para darnos cuenta de la verdad de estas palabras.

Andrés Ocádiz

lunes

¿Cuál debe ser nuestra respuesta ante los terribles escándalos de la Iglesia?

[...] Antes de elegir a Sus primeros discípulos, Jesús subió a la montaña a orar toda la noche. En ese tiempo tenía muchos seguidores. Él habló a Su Padre en oración acerca de a quiénes elegiría para que fueran Sus doce apóstoles, los doce que El formaría íntimamente, los doce a quienes enviaría a predicar la Buena Nueva en Su nombre. El les dio el poder de expulsar a los demonios. Les dio el poder para curar a los enfermos. Ellos vieron cómo Jesús obró incontables milagros. Ellos mismos obraron en Su nombre numerosos milagros.


Pero, a pesar de todo, uno de ellos fue un traidor. Uno, que había seguido al Señor, uno, a quien el Señor le lavó los pies, que lo vio caminar sobre las aguas, resucitar a personas de entre los muertos y perdonar a los pecadores, traicionó al Señor. El Evangelio nos dice que él permitió que Satanás entrara en él y luego vendió al Señor por treinta monedas, simulando un acto de amor para entregarlo. […] Jesús no eligió a Judas para que lo traicionara. El lo eligió para que fuera como todos los demás. Pero Judas fue siempre libre y usó su libertad para permitir que Satanás entrara en él y, por su traición, terminó haciendo que Jesús fuera crucificado y ejecutado.


Así que desde los primeros doce que Jesús mismo eligió, uno fue un terrible traidor. A VECES LOS ELEGIDOS DE DIOS LO TRAICIONAN. Este es un hecho que debemos asumir. Es un hecho que la primera Iglesia asumió. Si el escándalo causado por Judas hubiera sido lo único en lo que los miembros de la primera Iglesia se hubieran centrado, la Iglesia habría estado acabada antes de comenzar a crecer. En vez de ello, la Iglesia reconoció que no se juzga algo por aquellos que no lo viven, sino por quienes sí lo viven.


En vez de centrarse en aquel que traicionó a Jesús, se centraron en los otros once, gracias a cuya labor, predicación, milagros y amor por Cristo, nosotros estamos aquí hoy.


[...] Hoy somos confrontados por esa misma realidad. Podemos centrarnos en aquellos que traicionaron al Señor, aquellos que abusaron en vez de amar a quienes estaban llamados a servir, o, como la primera Iglesia, podemos enfocarnos en los demás, en los que han permanecido fieles, esos sacerdotes que siguen ofreciendo sus vidas para servir a Cristo y para servirlos a ustedes por amor.


Los medios casi nunca prestan atención a los buenos "once", aquellos a quienes Jesús escogió y que permanecieron fieles, que vivieron una vida de silenciosa santidad. Pero nosotros, la Iglesia, debemos ver el terrible escándalo que estamos atestiguando bajo una perspectiva auténtica y completa.


El escándalo desafortunadamente no es algo nuevo para la Iglesia. Hubo muchas épocas en su historia, cuando estuvo peor que ahora. La historia de la Iglesia es como la definición atemática del coseno, es decir, una curva oscilatoria con movimientos de péndulo, con bajas y altas a lo largo de los siglos. En cada una de esas épocas cuando la Iglesia llegó a su punto más bajo, Dios elevó a tremendos santos que llevaran a la Iglesia de regreso a su verdadera misión. Es casi como si en aquellos momentos de oscuridad, la Luz de Cristo brillara más intensamente.

[...] La Reforma Protestante no brotó fundamentalmente por aspectos teológicos, por asuntos de fe - aunque las diferencias teológicas aparecieron después - sino por aspectos morales. Había un sacerdote agustino, Martín Lutero, quien fue a Roma durante el papado más notorio de la historia, el del Papa Alejandro VI.


Este Papa jamás enseñó nada contra la fe - el Espíritu Santo lo evitó - pero fue simplemente un hombre malvado. […] Martín Lutero […] se preguntaba cómo Dios podía permitir que un hombre tan malvado hubiera sido la cabeza visible de Su Iglesia. Regresó a Alemania y observó toda clase de problemas morales. Los sacerdotes vivían abiertamente relaciones con mujeres. Algunos trataban de obtener ganancias vendiendo bienes espirituales. Primaba una inmoralidad terrible entre los laicos católicos. El se escandalizó, como le hubiera ocurrido a cualquiera que amara a Dios, por esos abusos desenfrenados. Así que fundó su propia iglesia.


Eventualmente Dios hizo surgir a muchos santos que combatieran esta solución equivocada y trajeran de regreso a las personas a la Iglesia fundada por Cristo. San Francisco de Sales fue uno de ellos. Poniendo en riesgo su vida, recorrió Suiza, donde los calvinistas eran muy populares, predicando el Evangelio con verdad y amor. Muchas veces fue golpeado en su camino y dejado por muerto.


Un día le preguntaron cuál era su postura en relación al escándalo que causaban tantos de sus hermanos sacerdotes. Lo que él dijo es tan importante para nosotros hoy como lo fue en aquel entonces para quienes lo escucharon. El no se anduvo con rodeos.


Dijo: "Aquellos que cometen ese tipo de escándalos son culpables del equivalente espiritual a un asesinato," destruyendo la fe de otras personas en Dios con su pésimo ejemplo. Pero al mismo tiempo advirtió a sus oyentes: "Pero yo estoy aquí entre ustedes hoy para evitarles un mal aún peor. Mientras que aquellos que causan el escándalo son culpables de asesinato espiritual, los que acogen el escándalo - los que permiten que los escándalos destruyan su fe - son culpables de suicidio espiritual. Son culpables", dijo él, "de cortar de cuajo su vida con Cristo, abandonando la fuente de vida en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía".


San Francisco de Sales anduvo entre la gente de Suiza tratando de prevenir que cometieran un suicidio espiritual a causa de los escándalos. Y yo estoy aquí hoy para predicarles lo mismo a ustedes.


¿Cuál debe ser entonces nuestra respuesta? Otro gran santo que vivió en tiempos particularmente difíciles también puede ayudarnos. El gran San Francisco de Asís vivió alrededor del año 1200, que fue una época de inmoralidad terrible en Italia central. Los sacerdotes daban ejemplos espantosos. La inmoralidad de los laicos era aun peor. San Francisco mismo, siendo joven, había escandalizado a otros con su manera despreocupada de vivir. Pero eventualmente se convirtió al Señor, fundó a los Franciscanos, ayudó a Dios a reconstruir Su Iglesia y llegó a ser uno de los más grandes santos de todos los tiempos.


Una vez, uno de los hermanos de la Orden de Frailes Menores le hizo una pregunta. Este hermano era muy susceptible a los escándalos. "Hermano Francisco," le dijo, "¿qué harías tú si supieras que el sacerdote que está celebrando la Misa tiene tres concubinas a su lado?" Francisco, sin dudar un solo instante, le dijo con gran serenidad: "Cuando llegara la hora de la Sagrada Comunión, iría a recibir el Sagrado Cuerpo de mi Señor de las manos ungidas del sacerdote."


[...] Así que lo que Francisco estaba diciendo en respuesta a la pregunta de su hermano religioso al manifestarle que él recibiría el Sagrado Cuerpo de Su Señor de las manos ungidas del sacerdote, es que no iba a permitir que la maldad o inmoralidad del sacerdote lo llevaran a cometer suicidio espiritual. Cristo puede seguir actuando y de hecho actúa incluso a través del más pecador de los sacerdotes. ¡Y gracias a Dios que lo hace!


Y es que si siempre tuviéramos que depender de la santidad personal del sacerdote, estaríamos en graves problemas. Los sacerdotes son elegidos por Dios de entre los hombres y son tentados como cualquier ser humano y caen en pecado como cualquier ser humano. […]

Así es que, de nuevo, les pregunto: ¿Cuál debe ser la respuesta de la Iglesia a estos actos? Se ha hablado mucho al respecto en los medios. ¿Tiene la Iglesia que trabajar mejor, asegurándose que nadie con predisposición a la pedofilia sea ordenado? Absolutamente. Pero esto no sería suficiente. ¿Tiene la Iglesia que actuar mejor para tratar estos casos cuando sean reportados? La Iglesia ha cambiado su manera de abordar estos casos y hoy la situación es mucho mejor de lo que fue en los años ochentas, pero siempre puede ser perfeccionada. Pero aun esto no sería suficiente. ¿Tenemos que hacer más para apoyar a las víctimas de tales abusos? ¡Sí, tenemos que hacerlo, tanto por justicia como por amor! Pero ni siquiera esto es lo adecuado. [...]


¡La única respuesta adecuada a este terrible escándalo, la única respuesta auténticamente católica a este escándalo - como San Francisco de Asís reconoció en 1200, como San Francisco de Sales reconoció en 1600 e incontables otros santos han reconocido en cada siglo - es la SANTIDAD! ¡Toda crisis que enfrenta la Iglesia, toda crisis que el mundo enfrenta, es una crisis de santidad! La santidad es crucial, porque es el rostro auténtico de la Iglesia.


Siempre hay personas […] que usan excusas para justificar por qué no practican su fe, por qué lentamente están cometiendo un suicidio espiritual. Puede ser porque una monja se portó mal con ellos cuando tenían 9 años. O porque no entienden las enseñanzas de la Iglesia sobre algún asunto particular. Indudablemente habrá muchas personas estos días […] que dirán: "¿Para qué practicar la fe, para qué ir a la Iglesia, si la Iglesia no puede ser verdadera, cuando los así llamados elegidos son capaces de hacer el tipo de cosas que hemos estado leyendo?" Este escándalo es como un perchero enorme donde algunos tratarán de colgar su justificación para no practicar la fe. Por eso es que la santidad es tan importante.


Estas personas necesitan encontrar en todos nosotros una razón para tener fe, una razón para tener esperanza, una razón para responder con amor al amor del Señor. Las bienaventuranzas que leemos en el Evangelio de hoy son una receta para la santidad. Todos necesitamos vivirlas más. ¿Tienen que ser más santos los sacerdotes? Seguro que sí. ¿Tienen que ser más santos los religiosos y religiosas y dar un testimonio aún mayor de Dios y del Cielo? Absolutamente. Pero todas las personas en la Iglesia tienen que hacerlo, ¡incluyendo a los laicos! Todos tenemos la vocación de ser santos y esta crisis es un llamado para que despertemos.


[...] Cristo nunca permitirá que Su Iglesia fracase. El prometió que las puertas del infierno no prevalecerían sobre Su Iglesia, que la barca de Pedro, la Iglesia que navega en el tiempo hacia su puerto eterno en el cielo, nunca se volcará, no porque aquellos que van en ella no cometan todos los pecados posibles para hundirla, sino porque Cristo, que también está en la barca, nunca permitirá que esto suceda. Cristo sigue en la barca y El nunca la abandonará.


La magnitud de este escándalo podría ser tal, que de ahora en adelante ustedes encuentren difícil confiar en los sacerdotes de la misma manera como lo hicieron en el pasado. Esto puede suceder y podría no ser tan malo. ¡Pero nunca pierdan la confianza en el Señor! ¡Es Su Iglesia! Aún cuando algunos de Sus elegidos lo hayan traicionado, El llamará a otros que serán fieles, que los servirán a ustedes con el amor que merecen ser servidos, tal como ocurrió después de la muerte de Judas, cuando los once apóstoles se pusieron de acuerdo y permitieron que el Señor eligiera a alguien que tomara el lugar de Judas y escogieron al hombre que terminó siendo San Matías, quien proclamó fielmente el Evangelio hasta ser martirizado por él.


¡Éste es un tiempo en el que todos nosotros necesitamos concentrarnos aún más en la santidad! ¡Estamos llamados a ser santos y cuánto necesita nuestra sociedad ver ese rostro hermoso y radiante de la Iglesia! Ustedes son parte de la solución, una parte crucial de la solución. Y cuando caminen al frente hoy para recibir de las manos ungidas de este sacerdote el Sagrado Cuerpo del Señor, pídanle a El que los llene de un deseo real de santidad, un deseo real de mostrar Su auténtico rostro.


Una de las razones por las que yo estoy aquí como sacerdote para ustedes hoy es porque siendo joven, me impresionaron negativamente algunos de los sacerdotes que conocí. Los veía celebrar la Misa y, casi sin reverencia, alguna dejaban caer el Cuerpo del Señor en la patena, como si tuvieran en sus manos algo de poco valor en vez de al Creador y Salvador de todos, en vez de a MI Creador y Salvador. Recuerdo haberle dicho al Señor, reiterando mi deseo de ser sacerdote: "¡Señor, por favor, déjame ser sacerdote para que pueda tratarte como Tú mereces!" Eso me dio un ardiente deseo de servir al Señor.


Quizá este escándalo les permita a ustedes hacer lo mismo. Este escándalo puede ser algo que los conduzca por el camino del suicidio espiritual o algo que los inspire a decir, finalmente, "Quiero ser santo, para que yo y la Iglesia podamos glorificar Tu nombre como Tú lo mereces, para que otros puedan encontrarte en el amor y la salvación que yo he encontrado." Jesús está con nosotros, como lo prometió, hasta el final de los tiempos. El sigue en la barca.

[...] ¿Cómo vas a responder tú?



jueves

La luz que da la fe

Así instruía una madre cristiana a su hijo sobre lo que supone tener la luz de la fe:

"Al mediodía, cuando brilla el sol si miras hacia arriba verás muy claro, pero tu vista no alcanzará mucha distancia, a lo más, llegarás a ver esos aviones plateados que vuelan altísimos, dejando tras de sí una estela de humo. Así ocurre cuando discurrimos con las fuerzas de nuestra razón: vemos muy claro, pero muy corto.

En cambio, en una noche estrellada, nos envuelve una luz muy tenue, pero nuestra mirada penetra mucho más allá, hasta esos astros que brillan a muchos millones de kilómetros; así es nuestra fe, con la que vemos menos claro, pero llegamos mucho más lejos; alcanzamos hasta el mismo Dios".

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