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martes

Transforma tu Vida para Transformar tu Mundo: El Poder del Cambio Interior

 


"Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta."

Carl Jung


¿Cuántas veces hemos soñado con cambiar el mundo? A veces creemos que, si logramos eso, todo sería perfecto. Pero ¿y si el verdadero cambio no empieza por fuera, sino dentro de nosotros? Para cambiar el mundo, primero tenemos que entendernos y cambiarnos a nosotros mismos. ¿Qué sentido tiene nuestra vida? Descubrirlo es esencial para comenzar ese proceso.

El Poder del cambio Interior


El filósofo católico Josef Pieper decía que solo reconociendo la verdad dentro de nosotros mismos podemos actuar en el mundo con justicia y claridad. Si vivimos siendo honestos con quienes realmente somos, sin máscaras ni apariencias, nos permitirá realmente hacer algo importante. 


La búsqueda de un propósito

Hoy en día, todo parece una competencia: quién logra más, quién es más popular, quién tiene más cosas. A veces parece que nuestro valor depende de eso, ¿verdad? Sin embargo, mientras corremos tras esos logros, nos olvidamos de algo mucho más importante: el verdadero sentido de nuestras vidas. Romano Guardini decía que el ser humano solo se encuentra a sí mismo cuando está en contacto con algo más grande, con Dios. Es como si, al orientarnos hacia algo que nos trasciende, de repente todo comenzara a tener más sentido.


El reto de ser auténticos

A veces parece que la autenticidad es simplemente hacer lo que queremos, pero ¿es realmente eso? Etienne Gilson sostenía que entendernos a nosotros mismos significa darnos cuenta de que formamos parte de algo más grande. No estamos solos en el mundo ni somos autosuficientes. Es como si fuéramos parte de un rompecabezas gigante: Para saber cuál es nuestro lugar tenemos que apreciar la imagen completa, solo así, podremos entender donde encajamos.


Ser auténtico no es hacer lo que nos apetece en el momento, sino vivir alineados con la verdad que Dios nos revela. Como decía Jacques Maritain, tenemos que aprender a ver más allá de lo superficial, a mirar más profundamente la realidad y entender qué hay detrás de nuestras acciones y deseos. 


La transformación personal: el camino hacia el cambio

Si queremos cambiar el mundo, primero tenemos que cambiar nosotros. A veces buscamos fuera la respuesta, cuando en realidad lo que necesitamos está dentro de nosotros. Como decía Jean Daniélou, nuestra vida debería reflejar esa verdad que Dios nos ha dado, como si nuestra transformación personal fuera una especie de "luz" que los demás pudieran notar y seguir.


La relación con Dios: la clave del cambio

A esta altura, ya debería estar claro que todo este proceso de transformación depende de nuestra relación con Dios. Es esa relación la que le da sentido a todo lo que hacemos. Si nos conectamos con Dios, encontramos la fuerza y la claridad para transformarnos y, a través de ese cambio, influir en el mundo de manera positiva. ¿No es increíble cómo un cambio interno puede generar un impacto en todo lo que nos rodea?


Cuando dejamos que Dios entre en nuestras vidas, el cambio ocurre de manera natural. No tenemos que forzar nada ni exigir que los demás cambien, porque la verdadera transformación fluye cuando vivimos alineados con la verdad. Como decía Yves Congar:

 "La gracia de Dios no solo ilumina nuestra mente, sino que transforma todo nuestro ser."


Esa transformación toca las vidas de quienes están a nuestro alrededor, incluso si no nos damos cuenta al principio.


Cultiva tu propio jardín

Antes de salir al mundo con ganas de cambiarlo todo, primero tenemos que enfocarnos en nuestro propio crecimiento. Es como lo que decía Henri de Lubac: el verdadero cambio comienza con nosotros mismos. Si tratamos de mejorar el mundo sin haber trabajado en nuestro propio interior, corremos el riesgo de perder el rumbo y quedarnos solo en la superficie.


Detente un momento para pensar: ¿Qué parte de tu vida necesita ser transformada? ¿Qué cambios internos te están llamando? A veces buscamos respuestas en el exterior, pero las respuestas más importantes están dentro, en nuestra relación con Dios.


Pídele a Dios la gracia de cambiarte a ti mismo primero, y verás cómo todo a tu alrededor comienza a transformarse también. Como decía Gilson: "El hombre no cambia el mundo por lo que hace, sino por lo que es." Así que cultiva tu propio jardín, crece desde adentro, y verás cómo el cambio que tanto esperas empieza a florecer en tu vida.


Omar Orozco Sáenz
Pensamiento Católico

sábado

El Eco del Profeta: Perseverancia, Convicción y el Camino hacia el Cambio




"No es la victoria lo que hace grande a un hombre, sino el seguir luchando."

Séneca


Hace un tiempo, escuche la historia de un profeta que caminaba por las calles de una ciudad vacía, gritando día tras día un mensaje que, aparentemente, nadie escuchaba.  Día tras día, su voz seguía resonando, pero la gente seguía su camino, ignorándolo. Alguien le preguntó por qué seguía insistiendo si nadie prestaba atención, y el profeta respondió algo así como: "Grito no para que ellos cambien, sino para que no me cambien a mí".

Esa respuesta me ha rondado la cabeza desde entonces. No era solo un grito en vano, sino una lucha por mantenerse fiel a sí mismo, a su misión, a su verdad. Me parece que, en muchos momentos de nuestra vida, nos sentimos como ese profeta. Nos enfrentamos a situaciones donde parece que nuestras acciones no tienen impacto, que nuestras voces no se escuchan, y nos preguntamos si tiene sentido seguir intentándolo. Entonces, ¿cómo hacemos para seguir adelante cuando parece que nada cambia? ¿Cómo perseveramos y, más aún, cómo nos transformamos en el proceso?

El Eco del Profeta: Perseverancia, Convicción y el Camino hacia el Cambio

La Perseverancia: "La recompensa de la paciencia es la paciencia"

Perseverar no significa simplemente repetir lo mismo sin reflexionar, sino mantenernos firmes en nuestras acciones, confiando en que, aunque no veamos frutos inmediatos, lo que hacemos tiene valor. El filósofo Blaise Pascal escribió: “La recompensa de la paciencia es la paciencia”, destacando que la perseverancia no busca una recompensa externa, sino que se refuerza a sí misma. Esto es importante cuando nos encontramos en situaciones donde los resultados no son visibles de inmediato.

Pensemos en aquellas veces en las que hemos trabajado duramente en algo —un proyecto, una relación, o incluso el desarrollo personal— y sentimos que no avanzamos. La perseverancia se trata de reconocer que, aunque el progreso no sea evidente, nuestros esfuerzos están construyendo algo más grande de lo que podemos ver en ese momento. A veces, lo más importante no es ver el cambio inmediato, sino asegurarnos de que estamos avanzando en la dirección correcta.


Piensa en momentos de tu vida donde has querido rendirte porque no veías progreso. Tal vez en tus estudios, en una relación o en un proyecto personal. Santo Tomás de Aquino nos recuerda que la perseverancia está directamente relacionada con la fortaleza. Esta virtud nos permite seguir adelante cuando lo fácil sería detenernos. 

Ahora ustedes podrían decir: “Entiendo su importancia, pero ¿Cómo puedo aplicarlo en mi día a día? Existen varios caminos, pero te sugiero consideres los siguientes ítems que podrán ayudarte en tu día a día.


1. Si estás enfrentando una tarea difícil como aprender una nueva habilidad, prueba la técnica Kaizen. Esta metodología japonesa se basa en la mejora continua a través de pequeños pasos diarios. Dedica unos minutos al día a esa tarea, en lugar de intentar hacer todo de una vez. Este enfoque reduce el agotamiento y te permite perseverar de manera más efectiva.

2. Si estás estudiando para un examen y sientes que no estás avanzando, una técnica efectiva es la metodología Pomodoro. Estudia en intervalos de 25 minutos, seguidos de 5 minutos de descanso. Esto te ayudará a mantener el enfoque sin agotarte. Después de cuatro ciclos, tómate un descanso más largo de 15 a 30 minutos. Al dividir tus esfuerzos en pequeñas dosis, verás que es más fácil continuar.

3. Lleva un registro de progreso diario. Al final de cada día, anota un pequeño logro, por más insignificante que parezca. Con el tiempo, te sorprenderá lo mucho que has avanzado, y esto reforzará tu motivación para seguir.

4. Ora sin cesar, no minimices el poder de la gracia de Dios, encontraras fortaleza y consuelo.



La Paciencia Activa: Esperar No Es Inacción

En la historia del profeta, también encontramos a la paciencia como protagonista. Aunque gritaba cada día, él sabía que los resultados no llegarían de inmediato. La paciencia activa no significa sentarse a esperar que algo pase. Es como el agricultor que cuida su campo mientras espera la cosecha. Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance mientras confiamos en que el tiempo traerá los resultados.

En un mundo donde todo parece moverse a gran velocidad, la paciencia es una herramienta que nos permite desacelerar y aceptar que el cambio profundo requiere tiempo. Esto no significa quedarnos inactivos, sino entender que cada cosa tiene su ritmo. Practicar la paciencia activa es aprender a confiar en el proceso, sabiendo que cada pequeño paso nos acerca a la meta.

Sugerencias para ayudarnos a trabajar en esta virtud

1. En vez de frustrarte por no ver resultados inmediatos en algún aspecto de tu vida, centrarte en el presente y dejar de preocuparte por el futuro, solo así podrás apreciar los pequeños progresos. Respirar profundamente durante cinco minutos, te ayudará a enfocarte, puedes sincronizarlas con jaculatorias, acción que te permitirá volver tu rostro a Dios y abandonarte a su providencia.


2. Si estás trabajando en un proyecto que parece no avanzar, divide tareas grandes en microtareas. Por ejemplo, en lugar de intentar aprender 100 palabras nuevas en una semana, concéntrate en aprender cinco palabras al día. Así ejercitaras la paciencia activa: no estás esperando el resultado final sin hacer nada, sino trabajando poco a poco con constancia.


La Convicción: "La verdad os hará libres"

La convicción es lo que nos sostiene cuando todo lo demás parece desmoronarse. En el relato del profeta, su grito no era en vano, aunque nadie lo escuchara. Él estaba convencido de que su mensaje era verdadero, y esa convicción lo mantenía firme, a pesar de la indiferencia. En nuestras vidas, a menudo encontramos que la convicción en lo que creemos es lo único que nos mantiene de pie cuando las circunstancias nos empujan a rendirnos.

El desafío aquí es cultivar nuestras propias convicciones. A veces nos sentimos perdidos porque no tenemos claro qué es lo que verdaderamente valoramos. La convicción no surge de la nada, se nutre de reflexiones, de aprendizajes y de la confianza en una verdad mayor. : El filósofo contemporáneo Alasdair MacIntyre explica que

"es en las narrativas que encontramos las verdades sobre lo que somos y lo que deberíamos ser". 

Saber quién eres y qué crees te da el poder de seguir adelante, incluso cuando las circunstancias externas intentan desviarte.


Estas actividades te podrían ayudar a fortalecer tus convicciones

1. Todos en distintos momentos de nuestra vida tenemos que tomar decisiones importantes, una práctica útil es la visualización inversa. Imagina el resultado que obtendrías si actuaras en contra de tus convicciones. ¿Cómo te sentirías? Luego, visualiza cómo te sentirías siguiendo lo que realmente crees, sin importar las consecuencias. Este ejercicio te ayudará a aclarar tus valores y reforzar tus decisiones con una base sólida.


2. Te recomiendo practicar la escritura reflexiva. Dedica unos minutos cada semana a escribir sobre tus creencias y las razones detrás de ellas. Reflexiona sobre cómo esas convicciones guían tus acciones. Esto te ayudará a tener claridad en momentos de duda y a fortalecer tu propósito


El Cambio: "No busques fuera lo que está dentro"

El profeta no gritaba solo para que lo escucharan; en el fondo, gritaba para recordarse a sí mismo su misión. El verdadero cambio comienza dentro de nosotros. Si queremos transformar nuestra vida, debemos primero entender qué necesitamos cambiar y por qué. San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, resaltaba que el cambio profundo se logra a través del discernimiento: la reflexión constante sobre nuestras acciones, nuestras motivaciones y nuestras metas.

Cambiar no es simplemente adoptar nuevos hábitos, es cuestionar nuestras viejas formas de pensar y estar dispuestos a abandonar lo que ya no nos sirve. Pero este cambio no ocurre de la noche a la mañana. Requiere valentía, perseverancia y, sobre todo, una convicción firme de que estamos en el camino correcto.

¿Qué podemos hacer?

Si sientes que algo en tu vida no está alineado con tus valores, una práctica muy útil es la del examen de conciencia. Al final de cada día, dedica unos minutos a reflexionar sobre tus acciones. Pregúntate: ¿Qué hice hoy que me acercó a mis ideales? ¿Qué acciones me alejaron? Esto te ayudará a identificar áreas donde puedes comenzar a hacer pequeños ajustes.


El cambio nunca es fácil, pero al recorrerlo es donde descubrimos quiénes somos y qué podemos llegar a ser. Este espacio no solo es para compartir mis reflexiones, es también para decirme a mi mismo que no debo dejar de luchar por lo que creo, incluso cuando parezca que nadie nos escucha. NO estamos solos Dios siempre nos acompaña.


Omar Orozco Sáenz
Pensamiento Católico

miércoles

La Aventura de la Vida: Superficialidad, Profundidad y la Búsqueda del Sentido



"No puedes volver atrás y cambiar el principio, pero puedes comenzar donde estás y cambiar el final." 
C.S. Lewis


Hoy en día todo parece diseñado para que vivamos una vida superficial: las redes sociales nos muestran fragmentos de vidas perfectas, videos que nos entretienen por segundos, un constante y acelerado cambio de moda o tendencia, insertando en nuestras mentes que lo más importante es lo que se ve. Pero, si somos honestos, ¿eso realmente nos llena? Estar de moda es movernos rápido, sin profundidad, sin llegar a entender lo que realmente importa.

Aunque llenemos nuestra vida de cosas materiales, siempre habrá un vacío si no buscamos lo espiritual, lo que realmente nutre nuestra alma. Es como si intentáramos saciarnos con aire cuando lo que realmente necesitamos es alimento.


“No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”
(Mt 4:4).

Redes Sociales

La Profundidad de lo Invisible


¿Te has dado cuenta de que las cosas más importantes en la vida no se pueden ver?

San Pablo nos dice en la Segunda Carta a los Corintios: "a cuantos no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas." (2 Cor 4:18). El amor, la amistad, la esperanza, Dios... Todo eso no se puede medir ni mostrar, pero es mucho más real que cualquier automóvil, ropa o teléfono celular que puedas tener.

A veces, las personas se pierden en lo que el mundo ofrece: la gratificación inmediata, el entretenimiento sin fin, y olvidan que hay algo más allá. El joven rico en el Evangelio (Mt 19:16-22) se fue triste porque no pudo desprenderse de sus bienes para seguir a Jesús. Pensó que lo material lo llenaría, pero no se dio cuenta de que lo verdadero y eterno estaba justo enfrente de él. Nosotros también corremos el riesgo de perder de vista lo importante cuando solo nos enfocamos en lo que brilla por fuera.


Impulsividad y Reflexión: Tomar Decisiones Sabias


Ser superficial también significa ser impulsivo. Muchas veces, en lugar de detenernos a pensar, actuamos por lo que sentimos en el momento, como niños pequeños que no pueden esperar. Pero ser cristiano significa aprender a reflexionar, a pensar antes de actuar, a medir nuestras decisiones. La Biblia nos dice: "El hombre precavido ve el mal y se esconde, los simples pasan y reciben castigo." (Proverbios 22:3).

La impulsividad es la hermana menor de la superficialidad. Ambas nos hacen actuar sin pensar en las consecuencias. ¿Cuántas veces te has arrepentido de algo que hiciste sin reflexionar? En cambio, el verdadero camino cristiano es el de la prudencia, una virtud que se trata de pensar antes de actuar, de discernir.


La Constancia: El Camino de los Santos


Ahora bien, otro enemigo de la profundidad es la inestabilidad. ¿Cuántas veces has comenzado algo con entusiasmo, solo para abandonarlo a mitad de camino? ¡Eso nos pasa a todos! La vida superficial te empuja a comenzar mil proyectos sin terminar ninguno. Pero lo que realmente vale la pena en la vida requiere constancia y esfuerzo. Jesús nos enseña la importancia de ser constantes cuando dice: "Pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará." (Mt 24:13). Los grandes santos no se hicieron santos en un día. Santa Teresa de Ávila, conocida por su fortaleza, decía: "La paciencia todo lo alcanza".

Ser constante es como entrenar para una carrera. No puedes esperar ganar si no te esfuerzas todos los días, si no haces sacrificios. Lo mismo pasa con la vida cristiana. No es cuestión de momentos fugaces de emoción, sino de una entrega diaria, incluso cuando no tenemos ganas.


El Carácter Cristiano: Ser más que Sentimientos


El mundo te dirá que sigas tus sentimientos ("No pienses… Siente"), que si algo "se siente bien", entonces está bien. Pero, ¿es eso cierto? No siempre. San Ignacio de Loyola, en sus ejercicios espirituales, nos enseña a no tomar decisiones cuando estamos dominados por sentimientos pasajeros. Un sabio consejo siempre será: no tomes decisiones cuando estés demasiado contento o furioso.

Como cristianos debemos aprender a desarrollar nuestro carácter, y eso quiere decir actuar no solo por lo que sentimos, sino por lo que sabemos que es correcto. Los sentimientos son importantes, pero no pueden ser los que nos guíen. Debemos ser personas firmes, con principios claros, y no como hojas movidas por el viento.


El Sacrificio: La Gran Lección de Amor


El mayor ejemplo de esto es Jesús. ¿Crees que se "sentía bien" al subir a la cruz? Claro que no. Incluso le pidió al Padre que, si era posible, le apartara ese sufrimiento (Lc 22:42). Pero aun así, Jesús aceptó el sacrificio por amor a nosotros. Ese es el verdadero sacrificio: no se trata de sufrir por sufrir, sino de amar hasta el punto de estar dispuesto a darlo todo por el otro. San Juan Pablo II decía: "No hay amor sin sacrificio". Y es verdad, porque el amor verdadero siempre implica renunciar a algo de uno mismo por el bien de los demás.


La Humildad: Conocernos Tal Como Somos


Para vivir con profundidad, necesitamos una virtud clave: la humildad. San Francisco de Asís lo entendió muy bien cuando dijo: "El hombre no es más que lo que es a los ojos de Dios". No somos ni más ni menos de lo que Dios ve en nosotros. El mundo nos dice que debemos ser "los mejores", pero la verdad es que solo seremos grandes si somos pequeños ante Dios, si reconocemos nuestras limitaciones y confiamos en Su amor. Como nos recuerda la Palabra de Dios: "Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado."
(Lc 14:11).


Un Camino de Madurez: Seguir a Cristo


Finalmente, ¿Cómo podemos madurar en nuestra fe y dejar de lado la superficialidad? No hay mejor camino que seguir a Cristo. Él es nuestro modelo perfecto de madurez y profundidad. Nos enseñó a ver más allá de las apariencias, a vivir con amor y sacrificio, a ser constantes y prudentes. Como cristianos, estamos llamados a imitarlo. Como decía San Pablo: "Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo" (Flp 2:5).

El camino hacia la madurez es largo y no siempre fácil, pero es el único que nos lleva a la verdadera alegría, a esa paz que solo encontramos en Dios. Y lo mejor de todo es que no estamos solos en este viaje: Cristo camina con nosotros. Como decía Chesterton, "el cristiano no es alguien que sigue una ley, sino alguien que sigue una Persona".

Así, esta aventura de la vida, con sus retos y descubrimientos, nos invita a profundizar, a buscar sentido en lo eterno. No estamos llamados a quedarnos en la superficie, sino a bucear en el misterio de Dios, donde encontramos nuestra identidad más profunda y verdadera. La búsqueda del sentido no es una carrera solitaria, es un camino compartido con Aquel que es el sentido mismo. Y al final del viaje, encontraremos que cada paso hacia Él ha valido la pena. ¡Qué gran aventura, la de seguir a Cristo!


Omar Orozco Sáenz
Pensamiento Católico

lunes

El Viaje Hacia Ser Uno Mismo: El Arte de Ser Auténtico en Dios

Todas las personas, o bueno, casi todas, con las mejores intenciones, buscan señalarnos el camino que debemos seguir. Y es que en la vida no aparecen caminos claros, solo posibles direcciones. Pero, ¿Qué camino debemos tomar? Al respecto, recuerdo un diálogo en la novela Alicia en el País de las Maravillas:

"¿Me podrías indicar, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?" —preguntaba Alicia. A lo que el Gato de Cheshire contestaba: "Eso depende en gran parte del sitio al que quieras llegar."

La pregunta es clara: ¿A dónde quieres llegar? Y para resolver esa pregunta, debemos saber quiénes somos, qué necesitamos y dónde lo encontramos.


Es curioso que, en este mundo moderno, lleno de tecnología, redes sociales y millones de voces que nos dicen cómo vivir, el acto más revolucionario sea algo tan simple como ser uno mismo. Y no me refiero a la versión de “tú” que el mundo quiere ver, sino la versión que Dios soñó para ti. Porque si hay algo más auténtico que nuestra propia identidad, es la identidad que Dios nos ha dado.


¡Ah, la gran paradoja de la autenticidad! Solo cuando encuentras a Dios, te encuentras a ti mismo.

Dialogo con Cristo

Ser Uno Mismo en el Corazón de Dios

Como cristianos, a veces olvidamos que Dios nos creó únicos, con talentos, debilidades y características que nadie más tiene. No somos productos en serie; somos piezas únicas de un gran rompecabezas. Pero aquí está la clave: no puedes armar ese rompecabezas si intentas ser una pieza que no eres. Solo Dios conoce el diseño original de tu alma, y solo cuando te alineas con Él, encuentras quién realmente eres.


Muchos creen que seguir a Dios implica convertirnos en títeres, pero nada más lejos de la verdad. Como lo dijo alguna vez San Agustín: 

"Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti." 

Es en esa unión con Dios donde alcanzamos la verdadera autenticidad, porque solo Él conoce el propósito para el cual fuimos creados.


La Paradoja de la Autenticidad: Encontrarte a Ti Mismo en la Entrega

Una de las grandes paradojas del cristianismo es que solo cuando te entregas a algo mayor que tú, encuentras quién eres en realidad. Vivimos en una época en la que nos dicen que para ser auténticos debemos "seguir nuestros deseos," "vivir el momento," o "ser nuestra propia verdad." Pero aquí está el truco: la verdadera libertad no está en seguir nuestros impulsos, sino en seguir a Cristo.


Es como si intentaras volar una cometa. Si lo dejas volar sin control, acabará enredado en un árbol o estrellado en el suelo. Solo cuando lo sujetas con firmeza y diriges su vuelo, alcanza su mayor altura. De la misma forma, solo cuando permites que Dios guíe tu vida, alcanzas tu verdadera grandeza. En esa entrega, encuentras la paz y la libertad de ser plenamente tú.


¿Qué podemos hacer?

Ahora bien, ya que entendemos la importancia de saber Quiénes somo debemos enfrentar quizás lo más difícil... dar el primer paso. Te comparto lo que a mi me ayudo y me sigue siendo útil: 


Ora y escucha: La oración no es solo hablar con Dios, sino también escuchar. Dedica tiempo a escuchar la voz de Dios en tu vida. Pregúntale: "¿Qué quieres de mí?" A menudo, en el silencio de la oración es donde descubrimos nuestras verdaderas motivaciones y lo que realmente importa. La lectura de la biblia te será de mucha ayuda.


Conócete a ti mismo: San Ignacio de Loyola siempre hablaba del discernimiento. Para ser auténtico, primero debes preguntarte: ¿Qué dones me ha dado Dios? ¿Qué me motiva realmente? Examina tus fortalezas y debilidades, y acepta ambas como parte de tu camino hacia la autenticidad. Hacer una lista de Virtudes y de cualidades que deseas mejorar te serán de mucha ayuda.


No tengas miedo de ser diferente: No sigas el molde que el mundo quiere imponerte. Si eres diferente, ¡perfecto! San Juan Pablo II nos recordó que no tengamos miedo de ser santos, de ser lo que Dios quiere que seamos. Ser auténtico en Dios significa abrazar tu singularidad con confianza y alegría. Es mejor que te amen por quien eres, es el mejor filtro para hacer amigos.


Rodéate de personas que te animen a ser tú mismo: La compañía que mantienes influye en tu camino. Busca amistades que te animen a crecer espiritualmente y a ser la mejor versión de ti mismo, no las que te empujen a ser alguien que no eres. Los santos siempre caminaron en comunidad, y nosotros también necesitamos apoyo en nuestro viaje hacia la autenticidad.


Acepta tus fallos y sigue adelante: La autenticidad no significa que no vas a cometer errores, sino que aprendes de ellos. Dios nos pide entrega. Cada vez que caes, levántate, pide perdón y sigue adelante con la certeza de que cada error es una oportunidad para acercarte más a quien Dios quiere que seas. Sino te invito a conocer más sobre el rey David, realmente te sorprenderás.


La Autenticidad No Es Solitaria: Somos Parte de un Cuerpo

A veces, el mundo nos vende la idea de que para ser auténtico debes cortar lazos, distanciarte de todo y seguir solo tu camino. Pero aquí va otra paradoja: la verdadera autenticidad no es solitaria. Como miembros del Cuerpo de Cristo, nuestra autenticidad florece en comunidad, cuando usamos nuestros dones para el bien común. Ser auténtico no es alejarte de los demás, sino encontrar tu lugar en el plan de Dios y contribuir al mundo con lo que eres.


Al final, ser uno mismo en Dios es mucho más liberador que cualquier versión que el mundo te pueda ofrecer. Es el viaje de toda una vida, pero es un viaje lleno de paz, porque sabes que no estás caminando solo. Dios va a tu lado, mostrando el camino, ayudándote a descubrir, paso a paso, la increíble persona que Él creó.


Omar Orozco Sáenz
Pensamiento Católico

viernes

Madurez Verdadera: ¿Cómo Armonizar tu Vida como un Cubo de Rubik?

 "La madurez es hacer lo correcto, incluso cuando nadie te está mirando." 
C.S. Lewis


Imagina que estás tratando de armar un cubo de rubik.  Si deseas salir airoso tienes que concentrarte y mover todas las piezas hasta que encajen. Algo similar sucede con la vida: cada parte de nosotros —nuestras ideas, acciones y sentimientos— debe estar en armonía para que podamos vivir plenamente. Pero, ¿Cómo podemos  ordenar ese cubo de nuestra vida? La respuesta es con la madurez, un término que todos hemos escuchado pero que a veces no entendemos del todo.

Cubo Mágico, Rubik


¿Qué es la Madurez?

Cuando seguimos nuestra conciencia, es como si estuviéramos abriendo la puerta hacia una vida auténtica. No se trata solo de saber lo que está bien y lo que está mal, sino de transformar completamente nuestra manera de ser. Es como alinear todas las caras del cubo de rubik, asegurándote de que cada pieza esté en su lugar. La madurez implica que cada aspecto de nuestra vida esté interrelacionado y en equilibrio.


Ser maduro no es solo actuar de cierta manera para que los demás te vean como una persona responsable. De hecho, una de las cosas más hirientes que alguien puede escuchar es que lo llamen inmaduro, ¿verdad? Pero la madurez no es una cuestión de apariencias, sino de cómo somos en nuestro interior. Y lo más importante, madurar no significa que dejes de ser tú mismo. Madurar es aprender a ser tú mismo, pero de una manera más completa y auténtica.


Pensamiento Católico

Mitos sobre la Madurez que Debes Conocer

Nuestra cultura nos ha enseñado muchas cosas equivocadas sobre la madurez. Hoy quiero hablarte de tres mitos que son especialmente engañosos: la invulnerabilidad, la infalibilidad y la inflexibilidad.


1. La Madurez no es Invulnerabilidad

A veces pensamos que ser maduros significa que no podemos fallar o que somos inmunes a las tentaciones. Pero eso no es cierto. Todos somos vulnerables, y reconocer nuestras debilidades es una señal de verdadera madurez. Como lo dijo alguna vez el poeta Alexander Pope: "Los necios corren donde los ángeles no se atreven a pisar." Es decir, las personas maduras no se creen invencibles; saben cuándo deben evitar situaciones que los puedan llevar al mal.


Pensar que ser maduro es ser invulnerable es como creer que porque somos mayores no podemos hacernos daño con una sierra eléctrica. El adulto usa las herramientas peligrosas con cuidado porque entiende los riesgos, no porque sea inmune a ellos.


2. La Madurez no es Tener Todas las Respuestas

Otro mito es pensar que las personas maduras siempre tienen todas las respuestas. Eso está muy lejos de la verdad. Una persona verdaderamente madura sabe que no lo sabe todo. De hecho, mientras más madura es, más consciente es de sus límites. Sócrates lo dijo claramente: el sabio es aquel que reconoce su ignorancia. Ser maduro es ser humilde, es decir, saber que podemos equivocarnos y estar dispuestos a aprender de los errores.


3. La Madurez no es Rigidez

Finalmente, está el mito de que ser maduro significa ser serio todo el tiempo y no mostrar emociones. ¡Qué error tan grande! La verdadera madurez no es una rigidez impasible, sino un equilibrio. Ser maduro significa saber cuándo hay que tomarse las cosas en serio y cuándo se puede reír. La vida está llena de momentos de alegría y de tristeza, y la madurez consiste en reconocer cuándo es tiempo de cada uno.


El libro de Eclesiastés lo dice mejor que nadie: "Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: su tiempo el nacer, y su tiempo el morir... su tiempo el llorar, y su tiempo el reír..." La madurez es esa capacidad para discernir entre los distintos tiempos y saber lo que conviene en cada situación.


El Camino Hacia la Madurez: Cómo Armonizar tu Vida

Es importante dejar claro que la madurez no es algo que viene simplemente con los años. No es una armadura que te hace invulnerable o un superpoder que te da todas las respuestas.  Y lo más importante, la madurez verdadera no es algo que logras para impresionar a los demás, sino un don que Dios te da para que vivas de acuerdo a la verdad, a tu conciencia y a tu propósito.


En este viaje hacia la madurez, no olvides que ser vulnerable, equivocarte y saber reír también forman parte del proceso. Dios te llama a ser plenamente tú, y la madurez es el camino para lograrlo. Recuerda: tu tiempo de madurar llegará cuando entiendas que la verdadera libertad y la responsabilidad van siempre de la mano.

Omar Orozco Sáenz
Pensamiento Católico

miércoles

Salvemos a la Familia: Porque las Diferencias Nos Hacen Más Fuertes

 "La familia es nuestra primera aventura, un lugar donde todo puede pasar."

Maya Angelou



Cuando piensas en la palabra “familia,” probablemente te imagines algo común: un grupo de personas que viven juntas y que deberían llevarse bien, ¿verdad? Pero, ¿es realmente así? La verdad es que la familia no es siempre un lugar tranquilo o cómodo. De hecho, lo genial de la familia es que está llena de diferencias y, a veces, hasta de caos. 

Salvemos a la Familia


No sé cómo es tu familia, pero apuesto a que no todos piensan igual. Quizá a ti te guste pasar horas viendo series, mientras que a tu hermano le apasiona el fútbol o tu hermana solo habla de K-pop. Esas diferencias, aunque parezcan molestosas, son lo que realmente hace que la familia sea especial. Cada uno aporta algo distinto, y eso nos prepara para el mundo real. Si todos pensáramos lo mismo ¡Sería aburridísimo!


Por eso, la familia es más parecida a un equipo de futbol: todos tienen un rol diferente y, aunque a veces peleamos o no estamos de acuerdo con la forma o estilos de juego, esa variedad nos ayuda a crecer. A través de esas pequeñas "batallas" diarias con nuestros padres o hermanos, vamos descubriendo quiénes somos y cómo enfrentar los desafíos fuera de casa. En palabras del famoso escritor G.K. Chesterton: “El hogar no es un lugar donde todo encaja perfectamente; es un campo de batalla, donde aprendemos lo que es ser verdaderamente humanos.”


En realidad no tenemos que esforzarnos mucho para encontrar algún ejemplo: Quizás tu sueño sea convertirte en una gran actriz, pero tu Madre no entiende por qué. ¿Es una pelea? Tal vez. Pero también es una forma de aprender a convivir con personas que ven el mundo de manera diferente. Así, poco a poco, la familia nos enseña a lidiar con lo que el resto de la vida nos va a traer. 


Algo, muy importante, que debes entender: No puedes controlar todo. Seguro que ya te has dado cuenta de que muchas cosas ocurren sin que las hayamos planeado. Nacer en una familia es el primer ejemplo. No elegimos a nuestros padres, ni a nuestros hermanos, ni al lugar donde nacemos, pero ahí estamos, rodeados de personas que forman parte de nuestra historia personal. Es un poco como estar dentro de una película o un libro de aventuras donde no escribes el guion, pero aun así eres el protagonista.


Nuestras familias nos preparan para afrontar el mundo y sus desafíos. De repente, tienes que  aprender a lidiar con las diferencias de quienes te rodean (compañeros de trabajo, amigos, parejas sentimentales, etc.) y tomar decisiones, incluso cuando no tienes toda la información. Este es el auténtico poder de la familia: te enseña a vivir en medio de la incertidumbre, a aceptar lo inesperado y a adaptarte a lo que viene, aunque no siempre sea lo que esperabas.


Al final del día, la familia es como la vida misma: está llena de sorpresas, de situaciones que no siempre puedes controlar. Y es justo eso lo que hace que vivir sea emocionante. En palabras de J.R.R. Tolkien: “No todos los que vagan están perdidos.” Cada miembro de la familia es como un misterio que vamos descubriendo poco a poco, y aunque a veces nos frustramos con sus decisiones, siempre nos dejan algo nuevo para aprender.


Así que la próxima vez que pienses que tu familia es demasiado rara, diferente o complicada, recuerda: esas diferencias son lo que hacen que todo valga la pena. El objetivo no es encontrar un lugar perfecto, sino aprender a navegar en medio del caos con la gente que te ha tocado. Esas batallas diarias, esas pequeñas discusiones o desacuerdos, son lo que te prepara para todo lo que está por venir. Es por ello que debemos siempre reconocer el valor que tiene en la sociedad.

Por ello: Salvemos a la Familia: Porque las Diferencias Nos Hacen Más Fuertes.

Omar Orozco Sáenz

Pensamiento Católico

Familia y Crisis: Cómo los Lazos Familiares Fortalecen en Tiempos Difíciles


“La familia es una aventura sin igual. Es, en última instancia, la escuela
donde aprendemos la valentía de amar lo imperfecto, lo incómodo, y lo inesperado.”


G.K Chesterton



La Familia: Un Espacio de Transformación en el Mundo Moderno


Hoy, en medio de las redes sociales, el avance tecnológico y las presiones individuales de éxito, la familia está perdiendo relevancia en la vida moderna. Sin embargo, la familia sigue siendo una de las fuentes más importantes de formación humana porque nos enseña a convivir con lo diferente, lo incómodo y lo inesperado. Un espacio privilegiado de transformación y crecimiento personal.


Vivir en un Mundo Fragmentado

Familia escuela de amor


Vivimos en una sociedad que valora la personalización, donde las plataformas digitales nos permiten elegir con precisión lo que queremos ver, escuchar y consumir. Esto ha llevado a muchos a pensar que el entorno familiar es un escollo un lastre que impide desarrollar nuestra libertad. Sin embargo, al alejarnos de la familia y elegir solo lo que nos gusta, corremos el riesgo de caer en la ilusión de un mundo más grande y permisivo.


Filosofia


El filósofo contemporáneo Byung-Chul Han, en su obra La Sociedad del Cansancio, señala que en una era de hiperindividualismo, estamos constantemente expuestos a la presión de ser exitosos, productivos y autosuficientes. Esto puede generar ansiedad y agotamiento. La familia, por el contrario, es un espacio donde no elegimos a nuestros miembros ni las circunstancias, pero nos desafía a aceptarnos mutuamente tal como somos. Esta aceptación es un antídoto frente al aislamiento que surge de una vida centrada solo en nuestros deseos individuales.


Diversidad y Diferencia

Hagamos una pausa y pensemos en nuestras familias ¿Es un espacio represor y homogeneizador? o es un lugar donde encontramos diversidad de pensamientos, intereses y personalidades. Cada miembro de nuestra familia tiene particularidades. Quizás tu hermano está obsesionado con los videojuegos mientras que tú prefieres leer filosofía, o tal vez tu abuela te critica por tus decisiones de vida. Lejos de ser un obstáculo, estas diferencias nos preparan para la vida en un mundo mucho más amplio. Gracias a ese convivir con la diferencia en casa, aprendemos a ser tolerantes y empáticos con quienes nos rodean, dos virtudes que son esenciales en la sociedad moderna.


Hoy, más que nunca, enfrentamos grandes retos en términos de inclusión y respeto por la diversidad. Las tensiones políticas, sociales y culturales nos recuerdan que la humanidad está compuesta de una amplia  gama de experiencias y puntos de vista. Y es gracia a nuestra vida en familia que aprendimos a respetar esa diversidad. La familia y la sociedad se nutren de la coexistencia de nuestra diferencias enriqueciendo así nuestra vida común.


Familia y Crisis: Un Espacio de Resiliencia

El contexto actual de crisis global –ya sea económica, ambiental o sanitaria– ha puesto en primer plano la importancia de los lazos humanos. La pandemia, por ejemplo, nos forzó a replantear nuestras relaciones y nuestra forma de convivir. De repente, la familia se convirtió en un refugio no tanto de paz, sino de resiliencia. Aprendimos a sobrellevar juntos las tensiones, las frustraciones, las dificultades, y en ese proceso, muchos redescubrieron el valor de la familia.


Este tiempo también nos enseñó que la verdadera libertad no reside en hacer lo que queremos todo el tiempo, sino en aprender a adaptarnos y a encontrar significado en las situaciones más adversas. Ahora, eso no significa que gracias a la vida en familia controlamos todos los aspectos, nada mas ajeno a la realidad, pero lo que si podemos saber es que no estamos solos y que el camino difícil y doloroso se hará más llevadero.


El Papa Francisco, en su encíclica Fratelli Tutti, nos invita a abrazar la fraternidad universal, a vernos como una gran familia humana. Este camino empieza en casa, donde aprendemos a cuidar unos de otros, a ser compasivos y a encontrar fortaleza en la solidaridad, especialmente en tiempos difíciles.


El Amor Familiar: Más Allá de lo Sentimental

Y no se trata de edulcorar la realidad. El amor que se vive en la familia no es siempre dulce o fácil, sino que es un amor que nos reta. A veces nos cuesta soportar las diferencias, y las tensiones familiares, en muchas oportunidades tendremos que hacer una pausa y respirar profundo. Pero es precisamente en estos momentos cuando el amor se transforma en algo más que un sentimiento. Se convierte en una elección consciente para seguir adelante, perdonar, dialogar y de crecer juntos. Como nos recuerda el apóstol Pablo, "el amor es paciente, es bondadoso, no se irrita ni lleva cuentas del mal" (1 Corintios 13:4-5).


En una cultura que a menudo glorifica el éxito inmediato y las relaciones superficiales, el amor familiar nos invita a un camino más profundo, es nuestro cable a tierra. Es una invitación a la vulnerabilidad y al sacrificio, donde aprendemos que el verdadero valor de la vida no está en evitar el sufrimiento o los conflictos, sino en abrazarlos y transformarlos en oportunidades para el crecimiento personal y comunitario.

Una gran Aventura


La familia es un proyecto en constante construcción, donde cada miembro tiene un papel en el desarrollo de los demás. Lejos de ser un lugar de perfección, es un espacio de aprendizaje y redención. En un mundo donde muchos buscan la perfección en lo externo –en las redes sociales, en el éxito académico o profesional–, la familia nos recuerda que lo imperfecto y lo frágil también tienen un lugar esencial en nuestras vidas y nos prepara para enfrentar un mundo que también está lleno de imperfecciones, pero que, al igual que en la familia, tiene el potencial de ser transformado por el amor, la paciencia y la esperanza. 


Que duda cabe, es una de las mayores aventuras que podemos vivir.


Omar Orozco Sáenz
Pensamiento Católico

Arrodíllate y rompe toda atadura

"Hombre, ¡qué admirable condescendencia! ¡Qué estupendo abajamiento! El Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, se humilla hasta esconderse para nuestra salvación bajo una pequeña forma de pan!"

San Francisco de Asís


Arrodillarse. ¿Qué misterio encierra este gesto? vivimos sumergidos en una cultura donde se ha implantado la idea que arrodillarse es un acto denigrante. Es un acto arcaico e innecesario. Pero todo ello contrasta cuando lo hacemos ante Cristo, especialmente en la Eucaristía. Ese simple gesto nos conecta con algo mucho más grande que nosotros mismos. Bien se dice cuando hablan que el encuentro con Dios es una acto personal y real donde todo lo creado y todos nuestros actos toman sentido. Es un acto de humildad y entrega al reconocer quién es Dios y quiénes somos nosotros en relación con Él.


Cuando el alma se arrodilla, el cielo se abre y la luz de Dios ilumina el corazón.


San Agustín decía que "el alma no puede elevarse si no es humilde". Arrodillarse nos recuerda que no somos los dueños de todo, que no tenemos todas las respuestas. Es un reconocimiento de que hay algo –o mejor dicho, Alguien– que está por encima de nosotros y a quien debemos todo. 

En un mundo donde se nos dice constantemente que debemos ser autosuficientes, arrodillarse es un acto contracultural, de rebeldía, un gesto que nos libera del egoísmo y la autosuficiencia.


Arrodillarse una gran paradoja


Cuando nos arrodillamos ante Cristo, estamos haciendo algo revolucionario. Nos declaramos libres de las cadenas del mundo. Decir "Jesús es el Señor" significa que ningún otro poder –ni el dinero, ni el prestigio, ni el poder humano– puede gobernarnos. Esta idea tiene sus raíces en el Evangelio mismo.


Dostoyevski, en su novela Los Hermanos Karamázov, plantea un diálogo fascinante sobre la libertad en su famoso "Gran Inquisidor". 

Aquí, el Inquisidor reprocha a Cristo por ofrecer al hombre la libertad de elegirlo, en lugar de imponer su poder divino. Para el Inquisidor, los seres humanos preferirían someterse a un poder más tangible y autoritario, porque la libertad es demasiado aterradora. Sin embargo, Cristo nos llama a algo radicalmente diferente: a arrodillarnos, no por miedo, sino por amor. Nos invita a rendirnos, no ante el poder, sino ante la libertad de su amor. Así, el acto de arrodillarse ante Él es un acto de verdadera libertad, porque no nos sometemos a las cosas de este mundo, sino que nos entregamos a la verdad que nos hace libres (Jn 8, 32).


Un mundo que aborrece Arrodillarse


Hoy, pareciera que arrodillarse es algo que ya no encaja en nuestra cultura. pareciera que los ecos del "Non serviam" seducen a muchos. Muchas veces, en misa, se prefiere estar de pie o simplemente no se le da importancia a la genuflexión al pasar frente al sagrario. Esta "pequeña" costumbre refleja algo más grande: el olvido de nuestra relación íntima con Dios. Vivimos en una época en la que lo "correcto" es mantener la fe a distancia, sin que comprometa demasiado nuestras decisiones cotidianas.


San Juan Pablo II, en su encíclica Dominum et Vivificantem, nos advirtió sobre el peligro de un cristianismo que, bajo la presión del relativismo, pierde su sentido de reverencia y adoración. Él nos decía que la fe no es una "idea" que podamos manipular según nuestras preferencias. La verdadera fe involucra todo nuestro ser, incluyendo nuestro cuerpo. "El gesto de arrodillarse –explicaba Juan Pablo II– es un acto en el que se une el cuerpo y el alma en la adoración de Aquel que es la plenitud de la verdad". 


Cuando dejamos de arrodillarnos, comenzamos a perder el sentido de nuestra relación con Dios y con la creación. Arrodillarse, entonces, no es una simple formalidad: es un acto que nos recuerda nuestra dependencia absoluta de Dios.


La Adoración: Antídoto Contra el Relativismo


En la Eucaristía, el mismo Cristo se nos revela, irradiando su amor y gracia en cada momento de adoración.


Vivimos en una época de relativismo, donde todo parece depender de las opiniones individuales y donde no hay verdades absolutas. Esto también afecta nuestra relación con Dios. Cuando dejamos de arrodillarnos, en el fondo, dejamos de reconocer a Dios como el centro de nuestra vida. La adoración es, en realidad, el mejor antídoto contra esta confusión. San Juan Pablo II, nos recordaba que "el hombre no puede vivir sin adoración". 



Adoración Eucarística

Si no adoramos a Dios, inevitablemente adoramos algo más: 
el dinero, el poder, el placer. Pero ninguna de estas cosas puede llenarnos.


Arrodillarse en la adoración es decirle a Dios: "Tú eres el centro de mi vida, y todo lo demás toma su lugar a partir de Ti". Es un acto de confianza radical, porque reconocemos que solo en Dios encontramos nuestro verdadero valor y destino.



Comulgar con Cristo: Un Encuentro que Nos Cambia


Cuando recibimos la Eucaristía, estamos comulgando con Cristo. Pero este acto va más allá de lo que sucede en ese momento. Comulgar "a Cristo" significa dejarnos transformar por Él, hacer que su vida sea nuestra vida, que su amor sea nuestro amor. Como decía Santa Teresa de Ávila, "Cristo no tiene ahora otro cuerpo en la tierra que el tuyo". Al recibirlo en la Eucaristía, nos convertimos en sus manos, sus pies, su corazón en el mundo.


Pero este encuentro no puede quedarse solo en un momento espiritual. Comulgar con Cristo significa también comulgar con todo lo que Él ama, especialmente los pobres y los que sufren. En Mateo 25, Jesús nos enseña que lo que hacemos por los más pequeños, lo hacemos por Él. Si realmente hemos recibido a Cristo en la Eucaristía, entonces debemos salir al mundo con una mirada nueva, dispuestos a amar y a servir a los demás como lo hizo Él.


El Misterio del Dios que se Arrodilla Ante Nosotros

Es impactante pensar que el mismo Dios que nos llama a arrodillarnos ante Él, también se ha arrodillado ante nosotros. 

Humildad: El ejemplo que Cristo nos da


En la Última Cena, Jesús se arrodilla para lavar los pies de sus discípulos (Jn 13, 5). Este gesto es el ejemplo más radical de humildad y amor. Dios, el Todopoderoso, se inclina ante sus criaturas. Y aún hoy somos testigos cuando se ofrece a nosotros en la Eucaristía. 


Cada vez que nos arrodillamos ante el sagrario, nos arrodillamos ante un Dios que ha elegido quedarse entre nosotros, no como un rey poderoso, sino como el pan que se parte y se reparte.

Arrodillados ante el sagrario


En este misterio de la Eucaristía, encontramos el corazón de nuestra fe. Arrodillarse ante Cristo no es solo un acto de reverencia, es un acto de comunión, de entrar en ese misterio de amor que transforma el mundo.


Así que la próxima vez que te encuentres ante Cristo en la Eucaristía, no tengas miedo de arrodillarte, de mostrar nuestra fe. La adoración es el mejor antídoto frente a la indiferencia de este mundo. Arrodillarse es declarar que hay un Dios que nos ama y nos invita a seguirlo.


Omar Orozco Sáenz
Pensamiento Católico

domingo

Velad - Primera Semana Adviento

«Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor...
 Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».
Mt 24, 42-44

Velad. Pensamiento Católico. Adviento


Velad - Primera Semana Adviento


El Señor en este tiempo de adviento nos invita a permanecer vigilantes, la incertidumbre de la hora de su venida no debe hacernos olvidar, cuál es el sentido de nuestra existencia, cuál la promesa que Dios nos ha hecho, Cuál es nuestro compromiso de amor hacia Él.

Este tiempo es una ocasión óptima para reflexionar y agradecer a Dios por su inmensa bondad para con nosotros

 «El tiempo pasa y el hombre no se da cuenta», decía Dante. A menudo ese transcurrir, saca de nuestra perspectiva lo importante, nos sumerge en preocupaciones vanas y nos aleja de aquello que es realmente importante, Dios, nuestra Familia, nuestro prójimo...

Vivimos en un mundo en constante cambio, la incertidumbre reina en nuestro día a día y el vivir descentrados no ayuda, sin un ancla o un norte claro solo somos una pluma al viento.

De qué nos servirá ganar el mundo, de qué la fama o la gloria. ¿Qué de ello nos llevaremos? es el problema de no centrarnos en lo importante, olvidamos a Dios, a nuestros seres queridos... Nos olvidamos de gozar esos momentos que no volverán. No permitamos que nuestras vidas sean un trazo en la arena que borrara pronto la siguiente ola que se aproxime. 

«El mundo pasa, pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2, 17). 

Velad en esta primera semana de adviento, preparemos nuestros corazones para acoger dignamente a nuestro Dios y Señor, la paz y tranquilidad y reposo que solo Él pueda dar a nuestro corazones no tiene pierde.

Construye tu casa sobre esa roca, siente esa roca bajo tus pies y vive la sensación de experimentar tu fe renovada. Dios te espera con los brazos abiertos nunca lo olvides.


«Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. Sólo Dios basta». Santa Teresa de Jesús.

Dios te llene de bendiciones y proteja  a tus seres queridos. Que te otorgue la gracia para que tú y tu familia lo sirvan y adoren por los siglos de los siglos.

lunes

El valor del fracaso

“Dijo Jesús a Nicodemo: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna”. (Jn 3, 14-16) 

No podemos dejar de ver las cosas con nuestros ojos y, humanos como somos, nuestra mirada tiende a volverse calculadora y materialista. Medimos y sopesamos las cosas y los acontecimientos considerando éxito o fracaso a lo que ocurre en función de los resultados aparentes. 

Pero la mirada de Dios es distinta. Por eso, el recuerdo de que Cristo triunfó cuando fracasaba y que en la Cruz fue cuando más atrayente se volvió, nos debe ayudar a considerar nuestras situaciones personales con otra óptica. 

Quizá los números no sean tan importantes y, desde luego, no son lo más importante. Lo principal es siempre la fidelidad a Dios, la fidelidad a la propia conciencia, aunque tarden mucho en reconocer la razón que teníamos. Por eso es fundamental saber perseverar, ser fieles a Cristo, a la Iglesia y a lo que nos dicta la conciencia. Si lo hacemos así estaremos ofreciendo a los que nos observan –y cuando sufrimos es cuando más nos observan- un ejemplo a seguir.

Cuando perseveramos, a pesar de las dificultades y aunque no obtengamos el éxito esperado, es cuando somos más útiles, como le pasó a Cristo.

Basta con asegurarse de que el camino elegido es el correcto, no sea que estemos insistiendo en el error y no en la virtud. Para eso habrá que emplear el criterio ya citado, en este orden: Fidelidad a Cristo, interpretado por la Iglesia, con el eco que despierta en nuestra conciencia; unir nuestro sufrimiento al de Cristo en la cruz, ofreciéndoselo en el ofertorio mientras se celebra la Eucaristía.

P. Santiago Martín

viernes

Saber qué es el hombre


Para muchas ideologías actuales, el hombre es un animal más, y nada hay en él que no sea pura materia. Con estas premisas ¿cómo podemos hablar de “valores” en el hombre? Es decir, ¿qué sentido tiene hablar de nobleza, fidelidad, sacrificio, amor desinteresado, limpieza de corazón?


Nos dirán que todo eso no es observable, ni experimentable, ni medible. Y que cuanto escapa a un concepto de ciencia de lo puramente material o útil (técnica) no es digno de ser tenido en cuenta por la inteligencia.


La idea es clara: la ciencia no sabe de valores, luego no es posible un conocimiento racional de los mismos. Responden a opciones puramente subjetivas o sociales; expresan emociones; pertenecen al mundo de lo inexpresable y de lo “mitico”.


La erosión del sentido de los valores alcanza hasta el valor de la misma ciencia. La mera razón, a veces, no convence ni a los científicos. El físico Max Planck afirmó desespéranzado: “Una nueva verdad científica generalmente no aparece de un modo tal que convenza a sus antagonistas. Más bien estos mueren y una nueva generación se familiariza desde el principio con la verdad”.


Pero sucede que para actuar como auténtico hombre, éste ha de saber antes qué es. Y no lo puede saber si se cierra y se niega a lo que le trasciende: a Dios. Solamente cuando el hombre tiene claro sentido de su existencia –viene de Dios y retorna a Dios- se sitúa dentro de las coordenadas reales de su existencia y puede entenderse verdaderamente a sí mismo y, consiguientemente, actuar en plenitud como hombre, tanto en su propia realización cuanto en sus relaciones interpersonales y en su actitud hacia la naturaleza.


Me atrevo a afirmar que cuando el hombre se cierra a todo sentido trascendente, la materia, que le rodea y que forma parte de él mismo, tiene suficiente fuerza para rebajar al hombre a su condición de “cosa”.


La razón técnica es extraordinariamente poderosa e inventiva en todos los terrenos. Es voluntad de Dios que la utilicemos, pues nos mandó, en el inicio de la creación, dominar la tierra. Pero lo hemos de hacer no marginando su plan y su voluntad. De lo contrario, ciencia y técnica carecen de sabiduría. Saben “cómo hacer” todo, pero ignoran el “para qué” –el sentido, a dónde va la humanidad- de cuanto hacen. Carecen del sabor de la verdad. Se equivocan acerca del ser del hombre. Carecen de la alegría del bien, porque son utilizadas contra los valores mismos del hombre.


Es que la negación del estado de criatura.-relación filial con Dios- es algo así como el principio del pecado: ser rebelde contra la realidad de la propia existencia y contra el Señor de la vida.


Cardenal Ricardo M. Carles

lunes

¿Por qué soy asi?

Autodisculpa y mediocridad
La exigencia cuesta
«A mí no me gusta exigir tanto a mis hijos... —me decía en cierta ocasión una madre durante una conversación sobre la incierta trayectoria de uno de ellos.— Me conformo con que aprueben, aunque sea a trancas y barrancas. No les pido que se compliquen la vida, ni que hagan ninguna maravilla. Ni yo ni ellos somos perfectos. Somos humanos. Y yo no quiero amargarles la existencia...»

"Somos humanos..."
Bien. De acuerdo. Pero..., me pregunto, ¿por qué equiparar eso de amargarse la existencia con tener unos ideales más altos? ¿Por qué ante cualquier fallo nuestro o ajeno —sobre todo nuestro— enseguida lo justificamos diciendo que es algo muy humano?

Somos humanos: parece como si lo propio del hombre fuera lo bajo, lo vulgar, lo vicioso, lo mezquino; cuando lo propiamente humano es la razón, la fuerza de voluntad, la verdad, el esfuerzo, el trabajo, el bien. Para ser verdaderos hombres hemos de empezar por no autodisculparnos siempre con la excusa de que somos humanos.


No confundamos los términos

Es una excusa que tiene apariencia de humildad y, sin embargo, oculta habitualmente una cómoda apuesta por la mediocridad.

Hay que inculcar en los hijos un inconformismo natural ante lo mediocre, porque resulta mucho mayor el número de chicos y chicas que se acaban deslizando por la pendiente de la mediocridad que por la pendiente del mal.

Son muchos los que llenaron su juventud de grandes sueños, de grandes planes, de grandes metas que iban a conquistar; pero que en cuanto vieron que la cuesta de la vida era empinada, en cuanto descubrieron que todo lo valioso resultaba difícil de alcanzar, y que, mirando a su alrededor, la inmensa mayoría de la gente estaba tranquila en su mediocridad, entonces decidieron dejarse llevar ellos también.


Arrugarse antes de tiempo

La mediocridad es una enfermedad sin dolores, sin apenas síntomas visibles. Los mediocres parecen, si no felices, al menos tranquilos. Suelen presumir de la sencilla filosofía con que se toman la vida, y les resulta difícil darse cuenta de que consumen tontamente su existencia.

Todos tenemos que hacer un esfuerzo para salir de la vulgaridad y no regresar a ella de nuevo. Tenemos que ir llenando la vida de algo que le dé sentido, apostar por una existencia útil para los demás y para nosotros mismos, y no por una vida arrastrada y vulgar.

Porque, además, como dice el clásico castellano: no hay quien mal su tiempo emplee, que el tiempo no le castigue.

La vida está llena de alternativas. Vivir es apostar y mantener la apuesta. Apostar y retirarse al primer contratiempo sería morir por adelantado.

P. Christian Juarez

miércoles

Libertad, escoger mal, escoger bien

Sin la libertad, ¿habría menos errores? Parecería que sí. Si todo está determinado de modo fijo y seguro, en vistas al bien del individuo y de la comunidad, nadie se lamentaría de haberse equivocado.


Aplicado a nivel estatal, si otros, gobernantes y funcionarios públicos, deciden los estudios, el trabajo, incluso el matrimonio o los hijos de cada pareja, ¿sería el mundo mejor, más seguro, menos dramático?


El problema aparece como uno de los ejes de una novela escrita para pensar: “El Dador”. Su autora, Lois Lowry, imagina un territorio controlado por un consejo de ancianos, que deciden absolutamente todos los aspectos de la vida de la gente.


Los niños, apenas empiezan a sentir sus primeros impulsos pasionales o amorosos (el “Ardor”) toman unas pastillas que les permiten vivir fríamente, sin “distorsiones” emotivas. Luego se les va asignando a grupos según sus cualidades, con el fin de que logren el máximo rendimiento. Incluso las bodas, los hijos (dados a luz por mujeres especializadas en esta tarea) y su asignación son asuntos decididos “desde arriba”.


¿Y qué ocurre con los que no entran en el sistema o ya no rinden? Los niños que nacen con defectos o fuera del número establecido son eliminados bajo una palabra eufemística: son “liberados”. Los ancianos, en un momento determinado, también pasan la puerta que los lleva a la “liberación”. Comportarse mal y violar las reglas establecidas, también puede llevar, si no hay corrección, al paso dramático (para casi todos desconocido) de la “liberación”.


Si Lowry hubiese hablado de los abortos eugenésicos habría dado a su libro un revuelo enorme. En cierto sentido, parte de lo que ella describió ya es, desde hace años, una práctica habitual en algunos rincones del planeta, donde hay gobiernos que limitan el número de nacimientos; donde hay médicos que esterilizan, a veces con engaño o bajo presión, a quienes (según ellos) ya no deben tener más hijos; donde hay personas que optan por la eliminación, convertida en algo rutinario, de los embriones y fetos defectuosos...


Detrás de una sociedad tan extraña y férrea como la descrita por Lowry se esconde un propósito muy claro: impedir los errores. Porque los hombres y las mujeres nos equivocamos si dejamos a las pasiones crecer, y si contamos con la posibilidad de elegir libremente. Pero cuando hay un fuerte control del saber y de la voluntad, el mundo funcionaría, según la utopía narrada en “El Dador”, perfectamente.


Sólo una persona conserva un cierto ámbito de libertad. Conoce el pasado, lee libros desconocidos para los demás, recuerda a los ancianos dirigentes peligros que ellos no pueden prever por falta de experiencia (y por falta de errores en su historial). Esa persona, el Receptor (que se convierte en Dador ante un discípulo), tiene que transmitir a un niño designado, Jonás, sus conocimientos, tiene que permitirle sentir experiencias que los demás no han tenido jamás en su vida.


Jonás tiene 12 años y aprende con rapidez, desde las manos que el Dador pone sobre sus espaldas. Así recibe la historia pasada, llena su alma de recuerdos. Abre poco a poco los ojos a las diferencias, puede ver colores y otras cualidades que la gente de la comunidad no capta. Se da cuenta de que al ver más queda abierto el horizonte de la elección: aparece la libertad.


Pero la libertad, comenta con el Dador en capítulo 13 de la obra, implica la posibilidad del error, de elegir mal. Además, iría contra la Igualdad que rige la vida de todos.


La novela busca precisamente abrir los ojos a sociedades en las que, en nombre de la Igualdad, se busca borrar las diferencias, los gustos, la libertad de elegir. Bajo el sueño atractivo de evitar los males que surgen de las decisiones equivocadas, poco a poco se llega al abismo de suprimir la misma libertad y de someter despóticamente a todos a normas frías, quizá racionales, pero que terminan siendo profundamente inhumanas.


Jonás elabora un plan de fuga con el Dador, que ya es su amigo. Al final, los hechos se precipitan y Jonás no puede huir con el Dador, sino con un niño pequeño, Gabriel, que no “encaja” con las exigencias de la comunidad y que iba a ser “liberado” con frialdad legalista. Desde los conocimientos y desde la libertad, Jonás decide violar aquellas normas que, por su rigidez, acaban por ir contra lo que deberían defender, la dignidad del hombre.



No estamos, ciertamente, ante una novela original. Otras obras del siglo XX, como “1984” (de George Orwell) o “Mundo feliz” (de Aldous Huxley), abordan temáticas parecidas. Por desgracia, no es original tampoco la situación descrita, pues hay señales de que algunos grupos humanos pueden caer en el absurdo de aplastar la libertad humana en nombre del progreso, de la justicia, de la igualdad.


Existe, y asusta reconocerlo como le ocurre al joven Jonás, el riesgo de escoger mal. Un Hitler y un Stalin quizá no podrían haber hecho lo que hicieron en un mundo como el descrito por Lowry en “El Dador”. Pero tampoco habrían surgido un Francisco de Asís, una Teresa de Calcuta o un Juan Pablo II.


La libertad no sólo está abierta a la posibilidad de escoger mal, sino que se orienta constitutivamente a la elección del bien. Ese es, en definitiva, el uso más hermoso de la libertad y la culminación de la misma, desde la experiencia humana que más llena de plenitud a los corazones: la de poder amar y la de dejarse, libremente, amar.


Fernando Pascual
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