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lunes

El Misterio del Dolor: ¿Por qué sufre el inocente?

Llegamos al tercer y último acto de este "exorcismo intelectual". Después de haber desmantelado la idea del Dios monstruo y de haber expuesto la trampa de las conspiraciones ancestrales, nos queda la espina más difícil de extraer. La pregunta que el gnosticismo usa como palanca emocional porque es la más honesta de todas: Si Dios es un Padre bueno, ¿por qué este mundo duele tanto?

El video que cierra esta serie no ofrece eslóganes ni evasiones piadosas. Es una respuesta honesta a la pregunta que todos, en algún momento de oscuridad, nos hemos formulado.

1. El Megáfono de Dios (C.S. Lewis)

C.S. Lewis, quien conoció el dolor profundo tras perder a su esposa, decía que "Dios nos susurra en nuestros placeres, pero nos grita en nuestro dolor: es su megáfono para despertar a un mundo sordo". El sufrimiento tiene una función pedagógica que el confort no puede cumplir: nos arranca de la ilusión de ser autosuficientes y nos confronta con nuestra fragilidad.

2. Libertad Real vs. Autómatas (Jacques Maritain)

Para entender por qué Dios permite el mal, debemos acudir a Jacques Maritain. El mal no es una "sustancia" creada por Dios; es una privación, una ausencia de bien. La pregunta correcta no es por qué Dios produce el mal, sino por qué permite que la criatura libre elija la ausencia de bien.

Maritain nos enseña que la iniciativa del mal viene de la criatura a través del "nihilamiento" (la elección del vacío). Dios permite el mal no por impotencia, sino por respeto a la libertad real. Un Dios que anulara nuestra capacidad de elegir mal cada vez que estuviéramos a punto de hacerlo, no habría creado hijos, sino autómatas. La permisión del mal es, paradójicamente, la prueba más grande del respeto de Dios por nuestra dignidad.

3. La Respuesta no es una Idea, es una Persona

El video-respuesta final nos recuerda que frente al sufrimiento, Dios no envió un manual de filosofía. Bajó Él mismo a compartirlo. El gnosticismo nos dice que Jesús vino a darnos un "código de salida" de esta prisión material. La teología real, desde San Ireneo hasta San Atanasio, nos dice que Jesús vino a recapitular la historia humana desde adentro.

En la Cruz, ocurre el Admirabile Commercium (el admirable intercambio): Dios asume lo que es nuestro (dolor, muerte, fragilidad) para que nosotros podamos participar de lo que es Suyo (vida, eternidad, filiación).


Conclusión de la Trilogía

A lo largo de estas tres entregas, hemos visto que:

  • El mundo no es una prisión; es el lugar donde se decide nuestra eternidad.

  • Tú no eres una chispa atrapada esperando escapar de la materia; eres un hijo amado por quien Dios mismo entregó su vida.

  • La verdad no es un secreto custodiado por sociedades ocultas; es una Persona que caminó entre nosotros.

Gracias por acompañarme en este recorrido. He intentado despojar a la mentira de sus vestiduras intelectuales para que puedan caminar con una fe más madura y tranquila. No busquen en la oscuridad lo que ya ha sido revelado en la luz.

¿Qué dudas te quedan tras este recorrido? Estaré leyendo y respondiendo sus comentarios con prioridad.

Y por última vez en esta serie: No se olviden de ser buenos, si pueden.

Nefilim y Conspiraciones: El Miedo como Estrategia de Control

En el primer acto de este análisis, desmantelamos la idea del "Dios monstruo" usando la lógica y la filosofía. Sin embargo, el video que hoy nos ocupa da un giro hacia algo mucho más visceral: el miedo. Ya no apela solo al intelecto, sino al "estómago", a esa sensación de impotencia que surge cuando nos dicen que el mundo está controlado por una élite ancestral y sobrenatural.

El video-respuesta que presento a continuación profundiza en por qué la narrativa de los Nefilim está siendo utilizada como una trampa psicológica para el creyente moderno.

1. El Salto de la Escritura a la Conspiración

Es cierto, los Nefilim aparecen en el Génesis y en textos como el Libro de Enoc. Pero una cosa es el drama teológico de la desacralización y otra, muy distinta, es el salto acrobático que hace el video analizado: convertir a los gigantes bíblicos en la élite financiera actual.

Este salto no tiene respaldo histórico ni teológico. Es una interpolación grosera que busca victimizarte. Si el mal es una conspiración de seres híbridos ancestrales, entonces tú no tienes responsabilidad moral; eres solo una víctima impotente esperando un secreto que te "despierte".

2. Chispa Divina vs. Gracia Cristiana

El gnosticismo te ofrece una "espiritualidad sin fricción". Te dice que eres divino por naturaleza (la mónada) y que solo debes "activar" ese conocimiento. Es la soberbia refinada del que se cree más despierto que la "masa adormecida".

Sin embargo, como exploramos en el video, la ortodoxia cristiana es mucho más exigente y hermosa:

  • Para el gnóstico: La chispa es ontológica (eres dios por definición) y no requiere amar al prójimo.

  • Para el cristiano: La participación en lo divino es relacional y gratuita. Es la Gracia. Se sostiene en el amor concreto, en el perdón real y en cargar con la fragilidad del cuerpo.

3. El Sueño de Narciso

Como bien decía C.S. Lewis, el infierno es un estado de aislamiento voluntario. El video que analizamos te invita a ser el juez del Creador, dándote un martillo (el secreto) para dictar sentencia. Pero hay una ironía: para juzgar a Dios necesitas un criterio de justicia. ¿De dónde sacas ese criterio si el mundo es solo una "prisión" del mal?

La indignación moral que el video intenta despertar presupone un orden bueno que el propio video niega. Al final, el que se cree más "iluminado" corre el riesgo de caer en el sueño de Narciso: fascinado con su propia luz mientras olvida al prójimo que sufre a su lado.




¿Qué piensas de esta supuesta "élite ancestral"?
Te invito a ver el análisis y dejar tus dudas en la caja de comentarios. En la próxima y última entrega, entraremos en el terreno más difícil de todos: el misterio del sufrimiento.

Como siempre: No se olviden de ser buenos, si pueden.

La serpiente y el algoritmo: ¿Es el Dios de la Biblia un "monstruo"?

 

En la era del consumo digital, nos encontramos a menudo con contenidos que, bajo una estética impecable y música épica, prometen revelarnos "secretos ocultos" que las instituciones nos han negado por siglos. Uno de los relatos más recurrentes hoy en día es el regreso del gnosticismo: la idea de que el Dios del Antiguo Testamento es en realidad un "Demiurgo" torpe y malévolo, y que nosotros somos seres de luz atrapados en una cárcel de materia.

El video que compartimos a continuación no es solo un análisis técnico; es una necesaria respuesta teológica y filosófica a esta marea de desinformación espiritual. Lo publicamos porque creemos que es una herramienta de gran utilidad para el creyente moderno, quien debe aprender a distinguir entre la iluminación real y el error disfrazado de misterio.

El análisis: Desmontando la premisa del "Dios torpe"

Como verán en la pieza audiovisual, el gran error de quienes atacan la ortodoxia bíblica es proyectar nuestra propia limitación humana sobre lo divino. Se juzga a Dios como si fuera un ser atrapado en el tiempo, un guionista que improvisa sobre la marcha. Pero, como bien apunta la teología clásica —desde San Agustín hasta Scott Hahn—, Dios no habita el tiempo; el tiempo habita en Dios.

En el video exploramos tres puntos fundamentales que todo cristiano debe conocer para no ser confundido:

  1. La trampa del lenguaje: Por qué los "arrepentimientos" de Dios en la Biblia son herramientas pedagógicas (antropomorfismos) y no errores de cálculo divino.

  2. El mito del secreto gnóstico: Cómo el debate sobre el "Demiurgo" ya fue ganado por la Iglesia en el siglo II, no con conspiraciones, sino con argumentos intelectuales devastadores.

  3. El odio a la realidad: La peligrosa idea de que el cuerpo es una cárcel, cuando la esencia del cristianismo es precisamente que Dios se hizo carne para redimirla.


Una respuesta desde la verdad

Frente a la "serpiente" que usa algoritmos para sembrar dudas sobre la bondad del Padre, este video se para en el puente —como un Gandalf frente al Balrog— para clavar el bastón de la verdad y decir: "No pasarás".

Los invitamos a ver este análisis completo, donde despojamos al gnosticismo de su disfraz de sofisticación para revelar lo que realmente es: una invitación a soltar la mano de Dios a cambio de un "conocimiento" que no salva a nadie.


¿Dudas o comentarios? Después de ver el video, los invito a dejar sus impresiones abajo. Estaré absolviendo sus consultas en la medida que el tiempo lo permita.

Y como siempre: No se olviden de ser buenos si pueden.

miércoles

El adiós al Papa Francisco: Una reflexión sobre la vida, la muerte y la esperanza que no muere

“No se dejen robar la esperanza.”
– Papa Francisco


El adiós al Papa Francisco: Una reflexión sobre la vida, la muerte y la esperanza que no muere


La noticia de la muerte del Papa Francisco ha estremecido al mundo. Más allá de las posturas o simpatías, su partida marca el fin de una etapa en la vida de la Iglesia. Francisco no fue un papa perfecto (¿quién lo es?), pero sí un pastor que, desde su sencillez y cercanía, nos recordó que la fe es más grande que cualquier estructura. Que la Iglesia es, antes que un sistema, un pueblo peregrino, con los pies en la tierra y la mirada puesta en el cielo.

Hoy, en medio del dolor, nos toca mirar de frente a la muerte. Ese umbral que nadie quiere cruzar, pero que, tarde o temprano, todos alcanzaremos. Y es un buen momento para preguntarnos: ¿Cómo entendemos la muerte? ¿Qué lugar ocupa en nuestra cultura?

Vivimos en tiempos donde la muerte se ha convertido en algo que se administra socialmente. Ya en 1983, un periódico señalaba cómo, tras normalizar el aborto, el siguiente paso lógico sería la eutanasia, presentada bajo términos suaves como “muerte digna” o “interrupción del sufrimiento”. ¿La lógica? Que quienes son considerados una carga —el anciano, el enfermo, el vulnerable— terminen descartados en nombre del “progreso”.

Y sin embargo, frente a este panorama, la muerte del Papa Francisco nos confronta con otra realidad. Nos recuerda que la vida humana tiene un valor incondicional, no porque sea productiva o útil, sino porque es un don. La vida no se mide por cuánto produce, sino por cuánto ama y es amada.

Francisco, en su fragilidad y sus errores, nos mostró un rostro humano de la Iglesia, capaz de equivocarse, pero también de pedir perdón. Un hombre que, hasta el final, defendió la dignidad de cada ser humano, especialmente de los descartados. Hoy, al despedirlo, nos preguntamos si estamos listos no solo para aceptar la muerte, sino para vivir plenamente la vida, como él nos animó tantas veces.

Pero aquí es donde la fe cristiana levanta su voz, no para negar la muerte, sino para transformar su sentido. La Resurrección de Cristo nos enseña que la muerte no es el final, sino el paso hacia la vida verdadera. Por eso, en medio del luto, celebramos la esperanza. No la esperanza ingenua de quien quiere evitar el sufrimiento, sino la esperanza firme de quien sabe que el amor es más fuerte que la muerte.

La muerte del Papa Francisco nos invita a prepararnos para el encuentro definitivo. No se trata de vivir con miedo, sino de vivir con conciencia. De preguntarnos si estamos sembrando amor, si estamos defendiendo la vida, si estamos cuidando de quienes el mundo descarta.

Hoy, mientras oramos por el alma de Francisco, recordamos también que la vida tiene un sentido que va más allá de este mundo. Que cada uno de nosotros es llamado a vivir con plenitud, con esperanza, con amor.

Que su testimonio nos siga invitando a amar sin miedo, porque Dios, que mira desde lo alto y sondea nuestros corazones, conoce las razones profundas que nos impulsan a dar. Y si en ese intento de amar llegamos a herir sin querer, aprendamos también a curar y sanar esas heridas, confiando en que el amor auténtico siempre busca recomenzar, reparar y seguir adelante.

Que el testimonio de este Papa que caminó entre luces y sombras, pero que nunca dejó de anunciar a Cristo, nos ayude a vivir con la mirada puesta en la Resurrección. Porque ahí está nuestra verdadera esperanza: que la vida vence a la muerte, que el amor vence al odio, y que el último capítulo de nuestra historia aún está por escribirse en la eternidad.

Pensamiento Católico
Agradecimiento a Ducktoro

La Resurrección de Cristo: El Misterio que Cambió Todo

“La Resurrección no solo anuncia que Cristo vive,
sino que la vida es más fuerte que la muerte.”
— Benedicto XVI



Cada Domingo de Resurrección, la Iglesia nos invita a escuchar uno de los relatos más sorprendentes del Evangelio: el momento en que unas mujeres, al amanecer, se acercan al sepulcro de Jesús y lo encuentran vacío. Fueron ellas, con el corazón cargado de dolor y los brazos llenos de perfumes inútiles para un cuerpo que ya no estaba allí, las primeras en recibir el anuncio más grande de la historia: Cristo ha resucitado.


Vida vs Muerte. el amopr siempre se impone

Pero este anuncio no fue fácil de creer. El Evangelio de Marcos nos cuenta que un joven —un ángel, según Mateo; dos hombres con vestiduras brillantes, según Lucas— se les apareció a esas mujeres y les dijo que Jesús había vencido la muerte. ¿Su misión? Avisar a los discípulos. Sin embargo, ellas tuvieron miedo y no dijeron nada al principio. Y cuando finalmente contaron lo que habían visto, nadie les creyó.

Fueron mujeres las primeras en encontrarse con el Cristo vivo. Primero, según la tradición, su Santísima Madre. Luego, María Magdalena. Después, el pequeño grupo que siempre le había acompañado desde Galilea. Sin embargo, en una sociedad donde el testimonio de una mujer no tenía el mismo valor que el de un hombre, los discípulos dudaron.

Incluso cuando estas mujeres compartieron su experiencia, los discípulos de Emaús lo resumieron con cierta desconfianza: “Algunos de los nuestros dicen que lo han visto”. Fue entonces cuando Jesús mismo, caminando junto a ellos, les reclamó con cariño y firmeza: “¡Qué lentos son para creer!”

Este detalle es importante: la primera proclamación de la Resurrección fue hecha por mujeres, pero en aquella cultura, sus palabras no fueron suficientes. San Pablo, años después, al escribir a los Corintios, decidió reforzar la credibilidad del mensaje citando testigos varones: Pedro, los Doce, más de 500 hermanos, Santiago, todos los apóstoles… y, por último, él mismo. Era una manera de hablar a la mentalidad de la época, que necesitaba ese tipo de respaldo.

Pero aquí viene algo fundamental: la Resurrección no es solo un hecho histórico. No es como leer que cayó un imperio o que nació una civilización. Es un hecho que, aunque ocurrió en el tiempo, trasciende la Historia, la sobrepasa. Es como la Encarnación, como los grandes misterios de la fe: necesita ser creída.

Esto no significa que no existan testimonios históricos sólidos. Los hay. Pero hay algo que solo la fe puede alcanzar. Porque, aunque te expliquen con lujo de detalles los argumentos racionales, el creer o no creer sigue siendo una decisión personal. No es como aceptar un teorema matemático que te convence por la lógica. Aquí hace falta un paso más: el salto de la fe.

Y aquí está la maravilla: la fe es libre, pero no es ciega. Pensemos un momento en lo que significa afirmar que un hombre venció la muerte. No hay nada en nuestra experiencia cotidiana que se le parezca. La muerte es, para todos, el final inevitable, el límite infranqueable. Aceptar que alguien lo haya superado no es una cuestión menor; desafía todo lo que entendemos sobre la vida y la naturaleza.

Ahora bien, supongamos que alguien dice haber resucitado. ¿Qué sería lo más natural? Dudar. Incluso si hay testigos, nuestra primera reacción sería cuestionar: ¿No se habrán confundido? ¿Será un engaño, una ilusión, un deseo tan fuerte de que viva que los hizo imaginarlo?

Pero aquí es donde el análisis se vuelve aún más interesante: esa noticia no solo fue aceptada por algunos, sino que transformó la vida de miles, y más tarde de millones de personas en todo el mundo. Culturas diferentes, épocas distintas, lenguas diversas... todas abrazaron esa proclamación. Y no fue una aceptación fácil o superficial; muchos de los primeros creyentes dieron la vida por esa convicción, enfrentaron persecuciones, desprecio, torturas. ¿Quién haría semejante cosa por algo falso o dudoso?

Y lo más sorprendente es quiénes llevaron ese mensaje. No fueron grandes oradores, ni filósofos entrenados, ni políticos poderosos. Fueron pescadores, cobradores de impuestos, hombres y mujeres sencillos. Ninguno con las herramientas retóricas para convencer al mundo intelectual. Sin embargo, lograron algo que desafía toda lógica humana: persuadieron al mundo antiguo, incluso a sabios y pensadores, de que Cristo había resucitado.

Esto nos obliga a detenernos. No solo es extraordinario el hecho que se anuncia (la Resurrección), sino también el modo en que ese anuncio conquistó el mundo. ¿Cómo es posible que un grupo tan pequeño y frágil cambiara la historia? ¿Qué fuerza, qué certeza los impulsaba? No era solo una idea bonita o un deseo profundo; era una convicción transformadora, una experiencia vivida que les dio el coraje de desafiar imperios y culturas.

Por eso, cuando contemplamos la Resurrección, no solo enfrentamos un misterio, sino también una evidencia histórica desconcertante: un mensaje que no debería haber sobrevivido, sobrevivió. Unos testigos que no deberían haber tenido voz, la tuvieron. Y una noticia que parecía imposible, sigue viva.

Si lo pensamos bien, la existencia misma de la Iglesia es un testimonio viviente de que Cristo resucitó. Sin ese hecho, todo lo que ha pasado en estos dos mil años no tendría sentido.

Por eso, cuando celebramos la Resurrección, no estamos recordando un simple hecho del pasado. Estamos celebrando el misterio que cambió la historia humana para siempre. Porque si Cristo vive, nada es imposible. Si Cristo vive, la muerte no tiene la última palabra. Y si Cristo vive, cada uno de nosotros puede vivir con una esperanza que no decepciona.

Yo soy la resurrección y la Vida


Este es el corazón del cristianismo. No es solo una idea bonita o una tradición antigua. Es la certeza de que la vida vence a la muerte, de que el amor vence al odio, y de que la esperanza siempre tiene la última palabra.

Hoy, quizás, también nosotros seamos como aquellos discípulos: lentos para creer, desconfiados. Pero Jesús sigue saliendo a nuestro encuentro, en el camino, en la vida cotidiana, y nos invita a abrir el corazón. A dar ese salto. A creer que su Resurrección sigue siendo la fuerza que transforma el mundo.



Pensamiento Católico

Arrodíllate y rompe toda atadura

"Hombre, ¡qué admirable condescendencia! ¡Qué estupendo abajamiento! El Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, se humilla hasta esconderse para nuestra salvación bajo una pequeña forma de pan!"

San Francisco de Asís


Arrodillarse. ¿Qué misterio encierra este gesto? vivimos sumergidos en una cultura donde se ha implantado la idea que arrodillarse es un acto denigrante. Es un acto arcaico e innecesario. Pero todo ello contrasta cuando lo hacemos ante Cristo, especialmente en la Eucaristía. Ese simple gesto nos conecta con algo mucho más grande que nosotros mismos. Bien se dice cuando hablan que el encuentro con Dios es una acto personal y real donde todo lo creado y todos nuestros actos toman sentido. Es un acto de humildad y entrega al reconocer quién es Dios y quiénes somos nosotros en relación con Él.


Cuando el alma se arrodilla, el cielo se abre y la luz de Dios ilumina el corazón.


San Agustín decía que "el alma no puede elevarse si no es humilde". Arrodillarse nos recuerda que no somos los dueños de todo, que no tenemos todas las respuestas. Es un reconocimiento de que hay algo –o mejor dicho, Alguien– que está por encima de nosotros y a quien debemos todo. 

En un mundo donde se nos dice constantemente que debemos ser autosuficientes, arrodillarse es un acto contracultural, de rebeldía, un gesto que nos libera del egoísmo y la autosuficiencia.


Arrodillarse una gran paradoja


Cuando nos arrodillamos ante Cristo, estamos haciendo algo revolucionario. Nos declaramos libres de las cadenas del mundo. Decir "Jesús es el Señor" significa que ningún otro poder –ni el dinero, ni el prestigio, ni el poder humano– puede gobernarnos. Esta idea tiene sus raíces en el Evangelio mismo.


Dostoyevski, en su novela Los Hermanos Karamázov, plantea un diálogo fascinante sobre la libertad en su famoso "Gran Inquisidor". 

Aquí, el Inquisidor reprocha a Cristo por ofrecer al hombre la libertad de elegirlo, en lugar de imponer su poder divino. Para el Inquisidor, los seres humanos preferirían someterse a un poder más tangible y autoritario, porque la libertad es demasiado aterradora. Sin embargo, Cristo nos llama a algo radicalmente diferente: a arrodillarnos, no por miedo, sino por amor. Nos invita a rendirnos, no ante el poder, sino ante la libertad de su amor. Así, el acto de arrodillarse ante Él es un acto de verdadera libertad, porque no nos sometemos a las cosas de este mundo, sino que nos entregamos a la verdad que nos hace libres (Jn 8, 32).


Un mundo que aborrece Arrodillarse


Hoy, pareciera que arrodillarse es algo que ya no encaja en nuestra cultura. pareciera que los ecos del "Non serviam" seducen a muchos. Muchas veces, en misa, se prefiere estar de pie o simplemente no se le da importancia a la genuflexión al pasar frente al sagrario. Esta "pequeña" costumbre refleja algo más grande: el olvido de nuestra relación íntima con Dios. Vivimos en una época en la que lo "correcto" es mantener la fe a distancia, sin que comprometa demasiado nuestras decisiones cotidianas.


San Juan Pablo II, en su encíclica Dominum et Vivificantem, nos advirtió sobre el peligro de un cristianismo que, bajo la presión del relativismo, pierde su sentido de reverencia y adoración. Él nos decía que la fe no es una "idea" que podamos manipular según nuestras preferencias. La verdadera fe involucra todo nuestro ser, incluyendo nuestro cuerpo. "El gesto de arrodillarse –explicaba Juan Pablo II– es un acto en el que se une el cuerpo y el alma en la adoración de Aquel que es la plenitud de la verdad". 


Cuando dejamos de arrodillarnos, comenzamos a perder el sentido de nuestra relación con Dios y con la creación. Arrodillarse, entonces, no es una simple formalidad: es un acto que nos recuerda nuestra dependencia absoluta de Dios.


La Adoración: Antídoto Contra el Relativismo


En la Eucaristía, el mismo Cristo se nos revela, irradiando su amor y gracia en cada momento de adoración.


Vivimos en una época de relativismo, donde todo parece depender de las opiniones individuales y donde no hay verdades absolutas. Esto también afecta nuestra relación con Dios. Cuando dejamos de arrodillarnos, en el fondo, dejamos de reconocer a Dios como el centro de nuestra vida. La adoración es, en realidad, el mejor antídoto contra esta confusión. San Juan Pablo II, nos recordaba que "el hombre no puede vivir sin adoración". 



Adoración Eucarística

Si no adoramos a Dios, inevitablemente adoramos algo más: 
el dinero, el poder, el placer. Pero ninguna de estas cosas puede llenarnos.


Arrodillarse en la adoración es decirle a Dios: "Tú eres el centro de mi vida, y todo lo demás toma su lugar a partir de Ti". Es un acto de confianza radical, porque reconocemos que solo en Dios encontramos nuestro verdadero valor y destino.



Comulgar con Cristo: Un Encuentro que Nos Cambia


Cuando recibimos la Eucaristía, estamos comulgando con Cristo. Pero este acto va más allá de lo que sucede en ese momento. Comulgar "a Cristo" significa dejarnos transformar por Él, hacer que su vida sea nuestra vida, que su amor sea nuestro amor. Como decía Santa Teresa de Ávila, "Cristo no tiene ahora otro cuerpo en la tierra que el tuyo". Al recibirlo en la Eucaristía, nos convertimos en sus manos, sus pies, su corazón en el mundo.


Pero este encuentro no puede quedarse solo en un momento espiritual. Comulgar con Cristo significa también comulgar con todo lo que Él ama, especialmente los pobres y los que sufren. En Mateo 25, Jesús nos enseña que lo que hacemos por los más pequeños, lo hacemos por Él. Si realmente hemos recibido a Cristo en la Eucaristía, entonces debemos salir al mundo con una mirada nueva, dispuestos a amar y a servir a los demás como lo hizo Él.


El Misterio del Dios que se Arrodilla Ante Nosotros

Es impactante pensar que el mismo Dios que nos llama a arrodillarnos ante Él, también se ha arrodillado ante nosotros. 

Humildad: El ejemplo que Cristo nos da


En la Última Cena, Jesús se arrodilla para lavar los pies de sus discípulos (Jn 13, 5). Este gesto es el ejemplo más radical de humildad y amor. Dios, el Todopoderoso, se inclina ante sus criaturas. Y aún hoy somos testigos cuando se ofrece a nosotros en la Eucaristía. 


Cada vez que nos arrodillamos ante el sagrario, nos arrodillamos ante un Dios que ha elegido quedarse entre nosotros, no como un rey poderoso, sino como el pan que se parte y se reparte.

Arrodillados ante el sagrario


En este misterio de la Eucaristía, encontramos el corazón de nuestra fe. Arrodillarse ante Cristo no es solo un acto de reverencia, es un acto de comunión, de entrar en ese misterio de amor que transforma el mundo.


Así que la próxima vez que te encuentres ante Cristo en la Eucaristía, no tengas miedo de arrodillarte, de mostrar nuestra fe. La adoración es el mejor antídoto frente a la indiferencia de este mundo. Arrodillarse es declarar que hay un Dios que nos ama y nos invita a seguirlo.


Omar Orozco Sáenz
Pensamiento Católico

lunes

El científico


«El científico es el sacerdote de la Edad Moderna», se oye hoy con mucha frecuencia. Se alza la vista hacia él, se le mira con profundo respeto, se cree lo que dice (¿qué otro remedio nos queda? Él ha estudiado su asunto y nosotros no. El sabe...). Su palabra es dogma. Sus ornamentos son blancos. Y numerosos monaguillos le llenan de incienso con cualquier motivo.

Bien, hoy es un hombre considerablemente más razonable que hace unos cincuenta años. Entonces opinaba: «Sabemos muchísimo; dentro de un par de generaciones lo sabremos todo». Hoy dice: «¡Sabemos muy poco y cuanto más sabemos, tanto más comprendemos cuántas cosas nos quedan por saber y que la mayoría de las cosas probablemente no las sabremos jamás!». Y «Sabemos cada vez más y más, de cada vez menos y menos!».

No hace todavía cien años, el científico solía decir: «¡Sólo creo lo que veo!». Hoy sabe que precisamente de lo que ve es de lo que no puede fiarse; pues nuestros sentidos son toscos y poco dignos de confianza. Cuando sumergimos en el agua un palo recto, veremos un ángulo que en realidad no existe. El «sólido» cuerpo humano es en realidad una masa de células, y esas células a su vez son acumulaciones gigantescas de átomos que se mueven a velocidad de vértigo.

[...] cuando en El Álamo, en Nuevo Méjico, ascendió al cielo la espantosa seta venenosa de la primera bomba atómica, su principal constructor, el Dr. Robert Oppenheirner exclamó consternado: «Nosotros los físicos hemos inventado el pecado». Decir esto significa un gran paso adelante. Tarde o temprano todos comprenderán que la ciencia no es otra cosa que el intento del hombre por investigar la voluntad de Dios en la naturaleza.

Louis de wohl

martes

Fiesta de Corpus Christi


Creo que lo más necesario que hay que hacer en la fiesta del Corpus Domini no es explicar tal o cual aspecto de la Eucaristía, sino reavivar cada año estupor y maravilla ante el misterio. La fiesta nació en Bélgica, a principios del siglo XIII; los monasterios benedictinos fueron los primeros en adoptarla; Urbano IV la extendió a toda la Iglesia en 1264, parece también que por influencia del milagro eucarístico de Bolsena, hoy venerado en Orvieto.

Pensamiento Católico


¿Qué necesidad había de instituir una nueva fiesta? ¿Es que la Iglesia no recuerda la institución de la Eucaristía el Jueves Santo? ¿Acaso no la celebra cada domingo y, más aún, todos los días del año? 

 
De hecho, el Corpus Domini es la primera fiesta cuyo objeto no es un evento de la vida de Cristo, sino una verdad de fe: la presencia real de Él en la Eucaristía.
Responde a una necesidad: la de proclamar solemnemente tal fe.
Se necesita para evitar un peligro: el de acostumbrarse a tal presencia y dejar de hacerle caso, mereciendo así el reproche que Juan Bautista dirigía a sus contemporáneos: «¡En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis!».


Esto explica la extraordinaria solemnidad y visibilidad que esta fiesta adquirió en la Iglesia católica. Por mucho tiempo la del Corpus Domini fue la única procesión en toda la cristiandad, y también la más solemne.

Hoy las procesiones han cedido el paso a manifestaciones y sentadas (en general de protesta); pero aunque haya caído la forma exterior, permanece intacto el sentido profundo de la fiesta y el motivo que la inspiró: mantener despierto el estupor ante el mayor y más bello de los misterios de la fe. La liturgia de la fiesta refleja fielmente esta característica. Todos sus textos (lecturas, antífonas, cantos, oraciones) están penetrados de un sentido de maravilla. Muchos de ellos terminan con una exclamación: «¡Oh sagrado convite en el que se recibe a Cristo!» (O sacrum convivium), «¡Oh víctima de salvación!» (O salutaris hostia).


Si la fiesta del Corpus Domini no existiera, habría que inventarla. 

Si hay un peligro que corren actualmente los creyentes respecto a la Eucaristía es el de banalizarla. En un tiempo no se la recibía con tanta frecuencia, y se tenían que anteponer ayuno y confesión. Hoy prácticamente todos se acercan a Ella... Entendámonos: es un progreso, es normal que la participación en la Misa implique también la comunión; para eso existe. Pero todo ello comporta un riesgo mortal. San Pablo dice: «Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual a sí mismo y después coma el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo».


Considero que es una gracia saludable para un cristiano pasar a través de un período de tiempo en el que tema acercarse a la comunión, tiemble ante el pensamiento de lo que está apunto de ocurrir y no deje de repetir, como Juan Bautista: «¿Y Tú vienes a mí?» (Mateo, 3,14). Nosotros no podemos recibir a Dios sino como «Dios», esto es, conservándole toda su santidad y su majestad. ¡No podemos domesticar a Dios!


La predicación de la Iglesia no debería tener miedo --ahora que la comunión se ha convertido en algo tan habitual y tan «fácil»-- de utilizar de vez en cuando el lenguaje de la epístola a los Hebreos y decir a los fieles: «Vosotros en cambio os habéis acercado a Dios juez universal..., a Jesús, Mediador de la nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una nueva sangre que habla mejor que la de Abel» (Hebreos 12, 22-24). En los primeros tiempos de la Iglesia, en el momento de la comunión, resonaba un grito en la asamblea: «¡Quien es santo que se acerque, quien no lo es que se arrepienta!».


Uno que no se acostumbró a la Eucaristía y habla de Ella siempre con conmovido estupor era San Francisco de Asís. «Que tema la humanidad, que tiemble el universo entero, y el cielo exulte, cuando en el altar, en las manos del sacerdote, está el Cristo Hijo de Dios vivo... ¡Oh admirable elevación y designación asombrosa! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, tanto se humille como para esconderse bajo poca apariencia de pan!».


Pero no debe ser tanto la grandeza y la majestad de Dios la causa de nuestro estupor ante el misterio eucarístico, cuanto más bien su condescendencia y su amor. La Eucaristía es sobre todo esto: memorial del amor del que no existe mayor: dar la vida por los propios amigos.


P.  RANIERO CANTALAMESSA
Predicador del papa

lunes

El paraíso, ¿cuento de hadas?



El famoso astrofísico británico, Stephen Hawking, ha vuelto a sorprender a la opinión pública con una entrevista publicada en “The Guardian”, el 16 de mayo de 2011, en la que declaraba que el paraíso es un cuento de hadas (“fairy story”) para la gente temerosa de la muerte. No es la primera vez que Hawking hace este tipo de declaraciones. Aunque en pasado reciente se declaraba creyente, no hace mucho afirmó que el universo se explica por sí mismo sin necesidad de acudir a la creencia en el Dios Creador.

Muchas personas ateas materialistas piensan lo mismo, pero el caso de Hawking llama mucho más la atención por ser un científico reconocido, como director de investigación y ex catedrático de matemáticas aplicadas y física teórica de la Universidad de Cambridge. Pero además, Hawking desde la edad de 21 años, padece la enfermedad neurodegenerativa incurable, esclerosis lateral amiotrófica (ELA), que le obliga a estar permanentemente inmovilizado en una silla de ruedas sin apenas poder moverse. Para comunicarse utiliza un sofisticado programa computarizado. He aquí su reciente declaración:


    "He vivido con la perspectiva de una muerte prematura durante los últimos 49 años. No tengo miedo de morir, pero no tengo prisa por morirme. Es mucho lo que quiero hacer antes. Yo considero al cerebro como una computadora que dejará de funcionar cuando fallen sus componentes. No hay paraíso o vida después de la muerte para las computadoras que dejan de funcionar, ese es un cuento de hadas de gente que le tiene miedo a la oscuridad".


Llama la atención que Hawking no admite ni la existencia de Dios ni la del alma y rechaza la realidad de vida después de la muerte y, sin embargo, afirma que, a pesar de las nubes obscuras que se ciernen sobre su futuro, goza de la vida más en los últimos años. No tiene miedo a la muerte, ni tampoco tiene prisa en morir, ya que quiere hacer todavía muchas cosas. Incluso enfatiza la necesidad de “cumplir nuestro potencial en la tierra haciendo buen uso de nuestras vidas”. Respondiendo a la pregunta sobre cómo debemos vivir, afirmó: “Debemos buscar el valor más grande de nuestra acción”.

La opinión de Hawking, como las de todo ser humano, merece todo respeto, pero al mismo tiempo su posición intelectual no es del todo coherente. Tampoco lo fue cuando rechazó la creación de Dios, al mismo tiempo que afirmaba la existencia de los principios de la naturaleza que rigen el universo. Dejó sin respuesta la pregunta ¿Quién ha dado origen a esos principios? ¿Acaso son eternos o han surgido de la nada?

De igual manera ahora el principio ético, afirmado por Hawking, de “buscar el valor más grande de nuestra acción”, implica el rechazo de la actitud egoísta de buscar sólo el bienestar propio, aun a costa de perjudicar a otras personas.

Pero por ello cabe preguntarle: ¿Por qué el hombre debe esforzarse en hacer el bien? ¿Por qué hemos de sacrificarnos a favor de otras personas? Si Dios no existe y no hay ninguna esperanza sobre el más allá de la muerte, ¿qué sentido tiene la vida? Ha habido personas ateas que ante ese vacío de sentido han preferido suicidarse: “Si tenemos que morir no vale la pena vivir sin ninguna esperanza”.

Por ello creemos que Hawking, al reconocer el postulado ético de no hacer el mal y de obrar el bien y de amar a nuestros semejantes, implícitamente muestra la presencia, a veces escondida, de un Dios justo y bondadoso que inspira nuestra conciencia como un faro luminoso para esta vida y que al mismo tiempo garantiza la justicia y la bondad, ya ahora y de manera más definitiva después de la muerte. 

Por ello la existencia del “paraíso”, independientemente de cómo se interprete, lejos de ser un fantasioso cuento de hadas, tiene un fundamento en la misma conciencia humana, acreditado por la razón y confirmado por la revelación cristiana.



P. Miguel Manzanera, SJ
Miembro de la Comisión de Doctrina de la Conferencia Episcopal de Bolivia

El valor del fracaso

“Dijo Jesús a Nicodemo: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna”. (Jn 3, 14-16) 

No podemos dejar de ver las cosas con nuestros ojos y, humanos como somos, nuestra mirada tiende a volverse calculadora y materialista. Medimos y sopesamos las cosas y los acontecimientos considerando éxito o fracaso a lo que ocurre en función de los resultados aparentes. 

Pero la mirada de Dios es distinta. Por eso, el recuerdo de que Cristo triunfó cuando fracasaba y que en la Cruz fue cuando más atrayente se volvió, nos debe ayudar a considerar nuestras situaciones personales con otra óptica. 

Quizá los números no sean tan importantes y, desde luego, no son lo más importante. Lo principal es siempre la fidelidad a Dios, la fidelidad a la propia conciencia, aunque tarden mucho en reconocer la razón que teníamos. Por eso es fundamental saber perseverar, ser fieles a Cristo, a la Iglesia y a lo que nos dicta la conciencia. Si lo hacemos así estaremos ofreciendo a los que nos observan –y cuando sufrimos es cuando más nos observan- un ejemplo a seguir.

Cuando perseveramos, a pesar de las dificultades y aunque no obtengamos el éxito esperado, es cuando somos más útiles, como le pasó a Cristo.

Basta con asegurarse de que el camino elegido es el correcto, no sea que estemos insistiendo en el error y no en la virtud. Para eso habrá que emplear el criterio ya citado, en este orden: Fidelidad a Cristo, interpretado por la Iglesia, con el eco que despierta en nuestra conciencia; unir nuestro sufrimiento al de Cristo en la cruz, ofreciéndoselo en el ofertorio mientras se celebra la Eucaristía.

P. Santiago Martín

viernes

Yo soy católico. ¡Pues yo también!


Con frecuencia oímos decir, tanto a nivel de conversaciones como de manifestaciones públicas, sobre todo, en boca de políticos y de gente con cierto relieve social, la frase: yo soy católico.


No sé cómo entenderán ciertas personas lo que es ser católico; quizá lo dicen porque han sido bautizados, y es cierto que lo son; pero muchos lo dicen como afirmando que su manera de proceder es compatible con ser católico. Lo que pasa es que cuando uno se toma en serio su pertenencia a una religión concreta, ha de tener unas actitudes coherentes con loa principios de esa religión. Y es donde fallan algunos que se dicen católicos.

Es cierto que todos tenemos limitaciones y fallos, pero el hecho de algunos políticos o gente famosa que quieren con esa frase justificar sus actitudes totalmente opuestas a las actitudes cristianas; pero intentar compaginar el hecho de ser católicos con el hecho de actuar totalmente al margen y en contra de la doctrina católica, no es de recibo. En esa línea, también cualquiera de nosotros podríamos decir que somos musulmanes, o budistas, o de cualquier otra religión.


Dialogando con un político amigo que decía ser católico, pero cuya vida no era coherente con la fe y las enseñanzas de la Iglesia, le decía:


-- Vamos a ver, tú dices que eres católico y yo digo que también lo soy. Nos hemos conocido de pequeños y seguimos guardando la amistad en nuestra edad adulta; pero me da la impresión de que, a pesar de ser los dos católicos, pienso que nuestro catolicismo es bastante diferente.


Es cierto que tú has sido bautizado; yo también. Tú has recibido la primera comunión; yo también. Tú ahora no vas a misa; yo sí. Tú no comulgas; yo sí. Tú te crees bueno; yo no. Me da la impresión de que dices que eres católico para alardear de que las cosas que haces, sobre todo en las decisiones políticas, son correctas; yo no alardeo de nada mas que de la gracia que Dios me ha dado y me está dando y me seguirá dando.

-- Pero es que vosotros no progresáis en la fe, me respondía. Siempre decís y hacéis lo mismo, sin avanzar en sintonía con el mundo. Y os estáis quedando anticuados, solos en nuestra sociedad que ni os comprende ni os hace caso. Es que no avanzáis nada y estáis anclados en el pasado.


-- Yo no sé si avanzamos o no, pero lo que pretendemos es ser fieles a la doctrina de Jesús e imitar sus actitudes en sintonía con lo enseñado y proclamado por la Iglesia. Tú procura mantenerte fiel a los principios y a las enseñanzas de la Iglesia si quieres ser, de verdad, católico.


Los católicos somos conscientes de que no podemos estar en sintonía con los criterios del mundo, porque son contrarios a los del Evangelio. Ya lo dijo Jesús: "Su fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo" (Jn. 15, 19).


Tampoco se trata de compararnos viendo quiénes son mejores o peores, porque buenos y malos los hay en cualquier estamento; se trata de aceptar explícitamente la doctrina y la moral de la Iglesia. Hay muchos, incluso clérigos, que se dicen católicos y no lo son aunque se crean los reformadores de la Iglesia. Y no lo son por mucho que alardeen de serlo, porque no aceptan enseñanzas magisteriales de la Iglesia tanto en fe como en moral. Se tienen por más católicos que el mismo Papa, ¡y pobre Papa si no acepta lo que ellos dicen! Lo tachan de anticuado, conservador, inmovilista, ultraderechista… y otros epítetos parecidos.

-- Bueno, yo no digo tanto pero, sin exagerar, creo que la Iglesia debiera avanzar un poco en cuestiones como aborto, matrimonio homosexual, sacerdocio de las mujeres, divorcio… y otras cuestiones en las que el mundo avanza y ella se queda anticuada. No digo que cambie radicalmente, pero que vaya dando pasos, suavizando algunas exigencias muy duras para nuestro mundo moderno. ¿No crees que la Iglesia va perdiendo el hilo de la historia, y que el mundo cada vez le hace menos caso?


-- Mira, la Iglesia no baila al son que le toca el mundo. Los principios morales son muy exigentes y los cristianos debemos cumplirlos. No olvides que ha habido muchos mártires y los sigue habiendo.


Lo difícil para ti y para mí es cumplir con lo que Dios quiere. ¿Recuerdas aquello que dijo Jesús: "Por sus frutos los reconoceréis. No todo el que me diga: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial"? (Mt. 7, 20-21).


Y recuerda también lo que dice San Pablo: “Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Tes. 4,3). El cristiano si quiere cumplir con la voluntad de Dios, ha de buscar santificarse. Y no puede ser el mundo el maestro de nuestra santificación.


José Gea Escolano, Obispo

sábado

IV Semana de Adviento: La Esperanza

Es inevitable plantearse inmediatamente la pregunta: ¿por qué nacen tan pocos niños en Italia y en otros países occidentales? El principal motivo de la escasez de nacimientos no es de tipo económico. Los nacimientos deberían aumentar a medida que se camina hacia las franjas más elevadas de la sociedad, o según se va del Sur al Norte del mundo, y en cambio sabemos que ocurre exactamente lo contrario.

El motivo es más profundo: es la falta de esperanza, con lo que implica: confianza en el futuro, impulso vital, creatividad, poesía y alegría de vivir.

Si casarse es siempre un acto de fe, traer al mundo un hijo es siempre una acto de esperanza. Nada se hace en el mundo sin esperanza. Necesitamos de la esperanza como del aire para respirar.

Cuando una persona está a punto de desmayarse, se grita a quienes están cerca: «¡Dadle aire!». Lo mismo se debería hacer con quién está a punto de dejarse ir, de rendirse ante la vida: «¡Dadle un motivo de esperanza!». Cuando en una situación humana renace la esperanza, todo parece distinto, aunque nada, de hecho, haya cambiado. La esperanza es una fuerza primordial. Literalmente hace milagros.

El Evangelio tiene algo esencial que ofrecer a nuestra gente, en este momento de la historia: la Esperanza con mayúsculas, virtud teologal, o sea, que tiene por autor y garante a Dios mismo. La esperanzas terrenas (casa, trabajo, salud, el éxito de los hijos...), aunque se realicen, inexorablemente desilusionan si no hay algo más profundo que las sustente y las eleve.

Miremos lo que sucede con la tela de araña; es una obra de arte, perfecta en su simetría, elasticidad, funcionalidad, tensa desde todos los puntos por hilos que tiran de ella horizontalmente. Se sujeta en el centro por un hilo desde arriba, el hilo que la araña ha tejido descendiendo. Si uno desprende uno de los filamentos laterales, la araña sale, lo repara rápidamente y vuelve a su sitio. Pero si se rompe ese hilo de lo alto, todo se distiende. La araña sabe que no hay nada que hacer y se aleja. La Esperanza teologal es el hilo de lo alto en nuestra vida, lo que sustenta toda la trama de nuestras esperanzas.

En este momento en que sentimos tan fuerte la necesidad de esperanza, la fiesta de Navidad puede representar la ocasión para una inversión de marcha. Recordemos lo que dijo un día Jesús: «Quien recibe a un niño en mi nombre, a mí me recibe». Esto vale para quien acoge a un niño pobre y abandonado, para quien adopta o alimenta a un niño del Tercer Mundo; pero vale sobre todo para los padres cristianos que, amándose, en fe esperanza, se abren a una nueva vida.

Muchas parejas que, cuando se anunció el embarazo, se han visto por un momento llenas de confusión, estoy seguro de que sentirán que pueden hacer propias las palabras de la profecía navideña de Isaías: «¡Acrecentaste el gozo, hiciste grande la alegría, porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado!».

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
Predicador de la Casa Pontificia

jueves

III Semana de Adviento: Felicidad Cristiana

El Santo Padre recordó que el tercer domingo de Adviento se llama domingo de"gaudete", porque invita a los cristianos a alegrarse de la llegada del Señor y afirmó que "la felicidad cristiana brota de esta certeza. Dios está cerca (...) está con nosotros, en la felicidad y en el dolor, en la salud y en la enfermedad".

"Algunos se preguntan: ¿Es todavía hoy posible esta felicidad?- observó el Papa- La respuesta -subrayó- la dan con su vida hombres y mujeres de todas las edades y condiciones sociales, felices de consagrar su experiencia a los demás" y entre ellos indicó a la beata Madre Teresa de Calcuta " testimonio inolvidable de la verdadera felicidad evangélica".

Teresa de Calcuta, prosiguió el Santo Padre, conoció "la prueba de la noche oscura de la fe" pero "siguió ofreciendo a todos la sonrisa de Dios" y escribió: "Ser felices con Dios significa: amar como Èl, ayudar como Èl, dar como Èl, servir como Èl".

"Sí, la felicidad entra en el corazón de quien se pone al servicio de los más pequeños y pobres -aseguró el Santo Padre- En quien ama así, Dios mora y el alma es feliz. Si en cambio se hace de la felicidad un ídolo, se equivoca el camino y es verdaderamente difícil encontrar la felicidad de la que Jesús habla".

"Por desgracia esta es la propuesta de las culturas que ponen la felicidad individual al puesto de Dios, mentalidad de la que es efecto emblemático la búsqueda del placer a cualquier precio y la difusión del uso de drogas como vía de escape, como refugio en paraísos artificiales, que se revelan después espejismos".

"También en Navidad -concluyó el Santo Padre - nos podemos equivocar de camino (...) festejando sin abrir el corazón a la felicidad de Cristo" .Por eso, el Papa pidió a la Virgen María que "ayude a todos los cristianos, y a cuantos buscan a Dios, a llegar a Belén para encontrar al Niño que nació por nosotros, para la salvación y la felicidad de todos los seres humanos".


miércoles

Santos devotos de la Inmaculada

El glorioso fundador de la Orden de Predicadores, Santo Domingo, manifestó claramente la creencia en la Inmaculada Concepción de María:

'Así como Adán fue formado de tierra virgen y no maldita, así era conveniente que el segundo Adán, Cristo, naciera también de tierra nunca maldita, es decir, de la Virgen Madre, que nunca fue maldita'. 

Es tradición constante que Santo Domingo comprobó con milagros esta su doctrina; pues cuando la defendía en Tolosa, disputando con los albigenses, fue arrojado al fuego el libro en que ella se contenía y quedó intacto e incólume [1].


Santa Teresa de Jesús, prodigio y gloria del mundo y de España, mostró siempre su devoción a la Inmaculada. Describiendo en el capítulo V de su Vida la conversión de una persona, dice de ella que la Santísima Virgen la ayudó, porque era devota de su Concepción y celebraba su fiesta: 'Nuestra Señora le debía ayudar mucho, que era muy devota de su Concepción y en aquel día hacía gran fiesta' [2].

'San Ignacio fue defensor acérrimo de la Concepción Inmaculada, tanto de palabra como por escrito, según consta de un códice suyo manuscrito, que se conserva en Roma, en el cual, después de describir las singulares ilustraciones que recibió de Dios durante aquellos cruentos días en que estudiaba la manera de establecer la pobreza en la casa de la Compañía, manifiesta más de una vez su amor a la pura Concepción de María' [3] .

Otro santo español, devotísimo de la Inmaculada, fue el glorioso fundador de las Escuelas Pías, San José de Calasanz. Bastará recordar, según un antiguo documento español, que se remonta a la época del Santo mismo, la jaculatoria que a cada toque de campana hacía rezar a los alumnos: 'Alábese el Santísimo Sacramento de la Eucaristía y la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen' [4] .

Finalmente, muy devoto también de la Inmaculada Concepción fue San Antonio María Claret, fundador de los Misioneros del Corazón de María. Dicen sus biógrafos [5] , que 'la Virgen parecía la celestial protectora de todos sus escritos, los cuales solían honrarse en su primera página con la imagen de la Inmaculada, aun antes de que este misterio hubiera sido definido por la Iglesia'.

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[1] cf. GREGORIO ALASTRUEY, o.c., BAC, p.218.
[2] cf. ibid., p217.
[3] cf. ibid., p.221.
[4] cf. BAC, San José de Calasanz, Su obra y escritos [Madrid 1956] p.545.
[5] cf. CRISTÓBAL FERNÁNDEZ, C. M. F., EL Beato Padre Antonio María Claret [Madrid] t.2 p.753

viernes

II Semana de Adviento: Abre tu alma a Dios

Este segundo domingo de Adviento nos recuerda que tenemos que vivir de manera austera […] Que debemos convertirnos a Dios, como pedía a sus coetáneos Juan Bautista. Él tuvo una vida de entrega a los demás, preparando la llegada del Salvador. No es un panorama sombrío sino esperanzador. El Santo Padre nos enseña que cuando te entregas a los demás te haces cada día mejor, estás más alegre, eres más humano, eres más divino, por amor a Dios.



Es la entrega del que sabe priorizar sus amores: primero el amor de Dios y complementariamente -porque así debe ser-, el amor a los hombres. El apóstol San Juan recuerda que "el que ama su vida, la pierde; pero el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna" (Jn 12, 25). Es el mensaje cristiano de identificación con Cristo, que supo dar la vida para la redención de la humanidad. […]


La entrega es el antídoto del egoísmo, de la poltronería, de la comodidad, de la indiferencia[…]



Frente a la tentación de una vida fácil, está la mortificación constante en cosas pequeñas. El santo Cura de Ars afirmaba que hay dos clases de mortificación: "una es interior, otra es exterior, pero las dos van siempre juntas". Aprendamos de ese hombre santo a no rehuir la mortificación interior y la mortificación de los sentidos. Si lo hacemos así, nos estaremos preparando bien para la Navidad, estaremos viviendo adecuadamente el Adviento.



No podemos actuar como el hombre de la parábola que enterró el talento que había recibido. (Cfr. Mt 24, 14-30). Era Dios quien en definitiva le había dado un talento. Dios nos ha dado el ser, la vida, una fe, una familia. Dios nos pide una respuesta a esos dones. Dejarnos llevar por el temor y la inactividad es enterrar el talento, es olvidarnos que Dios nos pide una respuesta y que estamos viviendo un tiempo de preparación, de conversión, de espera del Niño Dios. Es vivir a espaldas de todas esas realidades.



El que vive a espaldas de la fe le está diciendo a ese Dios nuestro: Tú eres muy exigente, me dio miedo y enterré mi talento, todo lo que me diste lo guardé, aquí te lo devuelvo. Pero eso no lo salva; el Señor lo condena. ¿Por qué? Porque el egoísmo es muy malo; al que entierra lo poco que tiene Dios se lo quita y se lo entrega al que más tiene. El primer egoísmo es pensar todo el tiempo en uno mismo. Tenemos que aprender a pensar en los demás y en servir nosotros a los demás. Así nos encaminamos a una conversión a Dios como preparación de la Navidad.



El beato Josemaría Escrivá decía que la mayor cantidad de problemas personales comienza cuando uno piensa demasiado en sí mismo, se encierra en su torre de marfil de manera egoísta y olvida a los demás, olvida los mandamientos de Dios.

¿Cómo puedo hacer para salir de la torre? Juan Bautista nos lo ha dicho: primero rezar, segundo rezar, tercero rezar. En paralelo, vivir austeramente, hacer voluntarias mortificaciones, ofrecer pequeños sacrificios cuando las dificultades de la jornada nos hagan difícil el trabajo.



Abre tu alma a Dios, comunícate con Él, escúchalo. Siente el silencio activo de la oración, que es diálogo entre dos: Dios y tú. No es ponerte simplonamente delante de Dios para decir: me falta esto, quiero lo otro, no tengo esto. Abre tu alma, de verdad: Señor, aquí está tu hijo, hoy vengo con preocupaciones, quiero aborrecer mis pecados. O, en ocasiones, podemos decirle: vengo lleno de gozo, quiero callar para escucharte. Es decir, dejo que el Señor vaya entrando en mi alma de esa manera y no me encierro en mí mismo, que es el egoísmo del que guardó el talento y lo enterró.



Salgo de mí mismo cuando me confieso, porque tantas veces mis pecados me encierran como en una jaula. Pensamos que Dios no nos conoce y el demonio se apropia de esa jaula y te encierra. Confiésate, limpia tu alma[…]



Lucha para tener confianza en Dios, para no encerrarte en pensar mucho en ti mismo. La vida está hecha para pensar en los demás; el egoísmo hay que combatirlo con energía […]



Hay que compartir y seremos felices; ayudemos a todos los prójimos que podamos: los miembros de nuestra familia, los compañeros de trabajo, los vecinos y amigos. […]



Hay gente que lo poco que tiene lo esconde todo para sí, y otra que lo comparte; y hay gente que tiene mucho y se lo guarda, es egoísta, vive triste, y hay ricos que saben vivir con sobriedad y ser generosos. Recordemos a la madre Teresa: “Dios no ha creado la pobreza, la hemos creado nosotros con nuestro egoísmo”.



El egoísmo es un pecado que tiene dos manifestaciones: primero, el egoísmo del cuerpo, que es el abuso de la sensualidad, búsqueda del placer morboso de la vista, el uso indebido del sexo, la imaginación descontrolada; es el egoísmo del animalito, que no repara en su alma inmortal, llamada a gozar de Dios en la eternidad.


Y el otro egoísmo es el egoísmo del alma, casi más peligroso todavía: la soberbia. Ten miedo al pecado de la soberbia, porque ciega, empobrece la fe y nos endiosa con una idolatría mala que nos aleja del verdadero Dios, de nuestro Padre Dios. Vivamos, en cambio, la filiación divina, que es un endiosamiento bueno, porque nos hace hijos de Dios por la humildad, por la mansedumbre, por la generosidad.



Entremos en ese santuario que es un rincón del cielo dentro de ti, en el fondo de tu alma. Tal vez no lo conozcas todavía del todo. Allí es donde Dios ha elegido hacer su morada. Tú sabes lo que es que Dios esté dentro de ti. Recuerda por ejemplo cuando hiciste tu primera comunión. Jesús tiene un rincón dentro de ti; el Dios de los amores, el Amigo de los amigos, el Perdón que perdona al que confiesa sus culpas, quiere entrar a ese santuario tuyo para lavarte el alma y prepararla para la Navidad, para la conversión, para el diálogo continuo con Dios.



La única forma de preparar ese lugar recóndito de tu alma para el ingreso de Dios es rezar constantemente, tener una vida penitente, sentir dolor por las ofensas cometidas. A través de la oración, de la mortificación y del arrepentimiento, abrimos el alma a Dios, le permitimos ingresar a ese santuario que es tu conciencia, en donde se ve claramente dónde está el bien y dónde está el mal.



Pídele a la Virgen que sepas prepararte para recibir al Niño Jesús en tu alma. Ella es ejemplo de mujer hacendosa, trabajadora, fiel a Dios. Nuestra Madre Santa María es la criatura más hermosa. Queremos recordárselo a Nuestra Señora como alabanza rendida, tuya y mía. Que Ella nos ayude a preparar el santuario de nuestra conciencia para recibir a su Hijo queridísimo, venciendo a nuestro egoísmo, a nuestra sensualidad y a nuestra soberbia. Encontraremos en ese diálogo divino la felicidad que nos prepara el camino del cielo, que da tanto gozo que nos permite entregarnos cada día a los demás en pequeños actos de servicio, que nos hace mejores hijos de la Iglesia.



+Juan Luis Cipriani Thorne
Arzobispo de Lima y Primado del Perú
Extracto de la homilía dada en Lima, el 5 de diciembre de 1999

miércoles

I Semana de Adviento: Velad

«Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor... Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».

Se pregunta a veces por qué Dios nos esconde algo tan importante como es la hora de su venida, que para cada uno de nosotros, considerado singularmente, coincide con la hora de la muerte. La respuesta tradicional es: «Para que estuviéramos alerta, sabiendo cada uno que ello puede suceder en sus días» (San Efrén el Sirio).

Pero el motivo principal es que Dios nos conoce; sabe qué terrible angustia habría sido para nosotros conocer con antelación la hora exacta y asistir a su lenta e inexorable aproximación. Es lo que más atemoriza de ciertas enfermedades. Son más numerosos hoy los que mueren de afecciones imprevistas de corazón que los que mueren de «penosas enfermedades». Si embargo dan más miedo estas últimas porque nos parece que privan de esa incertidumbre que nos permite esperar.

La incertidumbre de la hora no debe llevarnos a vivir despreocupados, sino como personas vigilantes. El año litúrgico está en sus comienzos, mientras que el año civil llega a su fin. Una ocasión óptima para hacer hueco a una reflexión sabia sobre el sentido de nuestra existencia.

La misma naturaleza en otoño nos invita a reflexionar sobre el tiempo que pasa. Lo que decía el poeta Giuseppe Ungaretti de los soldados en la trinchera del Carso, durante la primera guerra mundial, vale para todos los hombres:«Se está / como en otoño / en los árboles / las hojas». Esto es, a punto de caer, de un momento a otro. «El tiempo pasa y el hombre no se da cuenta», decía Dante.

Un antiguo filósofo expresó esta experiencia fundamental con una frase que se ha hecho célebre: «panta rei», o sea, todo pasa. Ocurre en la vida como en la pantalla televisiva: los programas se suceden rápidamente y cada uno anula el precedente. La pantalla sigue siendo la misma, pero las imágenes cambian.

Es igual con nosotros: el mundo permanece, pero nosotros nos vamos uno tras otro. De todos los nombres, los rostros, las noticias que llenan los periódicos y los telediarios del día --de mí de ti, de todos nosotros--, ¿qué permanecerá de aquí a algún año o década? Nada de nada. El hombre no es más que «un trazo que crea la ola en la arena del mar y que borra la ola siguiente».

Veamos qué tiene que decirnos la fe a propósito de este dato de hecho de que todo pasa. «El mundo pasa, pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2, 17). Así que existe alguien que no pasa, Dios, y existe un modo de que nosotros no pasemos del todo: hacer la voluntad de Dios, o sea, creer, adherirnos a Dios.

En esta vida somos como personas en una balsa que lleva un río en crecida a mar abierto, sin retorno. En cierto momento, la balsa pasa cerca de la orilla. El náufrago dice: «¡Ahora o nunca!», y salta a tierra firme. ¡Qué suspiro de alivio cuando siente la roca bajo sus pies! Es la sensación que experimenta frecuentemente quien llega a la fe.

Podríamos recordar, como conclusión de esta reflexión, las palabras que santa Teresa de Ávila dejó como una especie de testamento espiritual: «Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. Sólo Dios basta».

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
Predicador de la Casa Pontificia

lunes

No vamos a decir que eso es historia

[...] asistí a Misa en una parroquia de la diócesis de Huesca. No voy a decir ni la localidad, ni el nombre de la parroquia, ni la hora de la Misa, ni quién era el sacerdote que la celebraba. Mi intención no es denunciar a nadie en concreto, sino una situación que se repite aquí y allá.

El evangelio relataba el pasaje de Jesús andando sobre el agua e invitando a Pedro a hacer lo mismo. Como es conocido, no hace falta que lo reproduzca. Al final de la homilía, el sacerdote va y dice: “No vamos a decir que eso es historia…”. 

Gracias a Dios, yo estaba en la parte de atrás de la iglesia. Pero dos veces he dicho bien alto: “Por supuesto que es historia“. Obviamente los que estaban cerca de mí se han vuelto a ver quién tenía el “valor” de contradecir al cura, que no se ha enterado de lo que yo dije. Si llego a estar más adelante, seguro que se entera.

He estado en un tris de salirme de la Misa pero, ¿qué culpa tendrá el Señor de nada de esto? ¿y por qué voy a castigarme a mí mismo sin Misa porque a un cura se le ocurra decir que no es histórico que Cristo y Pedro anduvieran sobre las aguas?

Ahora bien, empiezo a estar harto de que en esta Iglesia nuestra, se utilicen los púlpitos para soltar frases lapidarias que van contra la historicidad de los relatos evangélicos. Porque, vamos a ver, ¿a qué viene decir que eso no es histórico? ¿estuvo el cura allí para verlo? Y si eso no es historia, ¿por qué lo va a ser la resurrección de Cristo? ¿por qué el resto de sus milagros? ¿Qué es más difícil creer? ¿que los muertos resucitan o que Cristo y el príncipe de los apóstoles anduvieron sobre las aguas?

Se me dirá que no es dogma de fe que todo lo que aparece en los evangelios es historia pura y dura. Pero quien abre la puerta a que un milagro no tuvo lugar tal y como lo cuentan los evangelistas, abre la puerta a la duda sobre todos los milagros y todo lo que sabemos de Cristo por parte de aquellos que:

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida -pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó-, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo.
1ª Juan 1,1-3

Yo creo que, efectivamente, nos contaron por escrito lo que oyeron, vieron y tocaron. Otros, que crean lo que diga el último exegeta liberal-basuriento de moda. Pero que lo crean para sí. Que dejen de contaminar al pueblo de Dios.

Luis Fernando Pérez Bustamante

jueves

Es recomendable comulgar en la boca y de rodillas

El Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en el Vaticano, Cardenal Antonio Cañizares Llovera, al ser consultado sobre si es recomendable que los fieles comulguen o no en la mano. Ofrecio una respuesta breve y sencilla:


"es recomendable que los fieles comulguen en la boca y de rodillas".


[...] el Cardenal Cañizares dijo que eso se debe "al sentido que debe tener la comunión, que es de adoración, de reconocimiento de Dios".


"Es sencillamente saber que estamos delante de Dios mismo y que Él vino a nosotros y que nosotros no lo merecemos", afirmó.


El Purpurado dijo también que comulgar de esta forma "es la señal de adoración que es necesario recuperar. Yo creo que es necesario para toda la Iglesia que la comunión se haga de rodillas".


"De hecho –añadió– si se comulga de pie, hay que hacer genuflexión, o hacer una inclinación profunda, cosa que no se hace".



El Prefecto vaticano dijo además que "si trivializamos la comunión, trivializamos todo, y no podemos perder un momento tan importante como es comulgar, como es reconocer la presencia real de Cristo allí presente, del Dios que es amor de los amores [...]".



Cardenal Antonio Cañizares Llovera

miércoles

¿Y después?

Se presentó a San Felipe Neri un joven estudiante para pedirle un favor. El santo se lo hizo y después le dirigió estas preguntas:

-¿Qué es lo que quiere conseguir con sus estudios?
-Quiero ser abogado


-¿Y después?
-Defendiendo causas, ganaré mucho dinero


-¿Y después?
-De este modo me prepararé una vejez tranquila


-Está bien: ¿y después?
-El joven se puso triste y contestó:
-Pues, después…me moriré.

-¿Y después? –repitió san Felipe.
A esa última pregunta, el muchacho no contestó; comprendió que el santo quería decirle: “Hay una eternidad en la que es preciso pensar; hay un Dios a quien servir y un alma que salvar; ¡esto importa más que todo!”.

Aquellas palabras: “¿Y después?”, le quedaron impresas en la mente e hicieron de él un hombre virtuoso


 Mauricio Rufino

jueves

Haz como Jesucristo

Cuentan que, estando reciente la revolución francesa, Reveillère Lépaux, uno de los jefes de la república, que había asistido al saqueo de iglesias y a la matanza de sacerdotes, se dijo a sí mismo:

'Ha llegado la hora de reemplazar a Cristo. Voy a fundar una religión enteramente nueva y de acuerdo con el progreso'. Pero no funcionó.

Al cabo de unos meses, el «inventor» acudió desconsolado a Bonaparte, ya primer cónsul, y le dijo:

–¿Lo creeréis, señor? Mi religión es preciosa, pero no arraiga entre el pueblo. 

Respondió Bonaparte:

–Ciudadano colega, ¿tenéis seriamente la intención de hacer la competencia a Jesucristo? No hay más que un medio; haced lo que Él: haceos crucificar un viernes, y tratad de resucitar el domingo. 

A. Hillaire
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