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lunes

El Misterio del Dolor: ¿Por qué sufre el inocente?

Llegamos al tercer y último acto de este "exorcismo intelectual". Después de haber desmantelado la idea del Dios monstruo y de haber expuesto la trampa de las conspiraciones ancestrales, nos queda la espina más difícil de extraer. La pregunta que el gnosticismo usa como palanca emocional porque es la más honesta de todas: Si Dios es un Padre bueno, ¿por qué este mundo duele tanto?

El video que cierra esta serie no ofrece eslóganes ni evasiones piadosas. Es una respuesta honesta a la pregunta que todos, en algún momento de oscuridad, nos hemos formulado.

1. El Megáfono de Dios (C.S. Lewis)

C.S. Lewis, quien conoció el dolor profundo tras perder a su esposa, decía que "Dios nos susurra en nuestros placeres, pero nos grita en nuestro dolor: es su megáfono para despertar a un mundo sordo". El sufrimiento tiene una función pedagógica que el confort no puede cumplir: nos arranca de la ilusión de ser autosuficientes y nos confronta con nuestra fragilidad.

2. Libertad Real vs. Autómatas (Jacques Maritain)

Para entender por qué Dios permite el mal, debemos acudir a Jacques Maritain. El mal no es una "sustancia" creada por Dios; es una privación, una ausencia de bien. La pregunta correcta no es por qué Dios produce el mal, sino por qué permite que la criatura libre elija la ausencia de bien.

Maritain nos enseña que la iniciativa del mal viene de la criatura a través del "nihilamiento" (la elección del vacío). Dios permite el mal no por impotencia, sino por respeto a la libertad real. Un Dios que anulara nuestra capacidad de elegir mal cada vez que estuviéramos a punto de hacerlo, no habría creado hijos, sino autómatas. La permisión del mal es, paradójicamente, la prueba más grande del respeto de Dios por nuestra dignidad.

3. La Respuesta no es una Idea, es una Persona

El video-respuesta final nos recuerda que frente al sufrimiento, Dios no envió un manual de filosofía. Bajó Él mismo a compartirlo. El gnosticismo nos dice que Jesús vino a darnos un "código de salida" de esta prisión material. La teología real, desde San Ireneo hasta San Atanasio, nos dice que Jesús vino a recapitular la historia humana desde adentro.

En la Cruz, ocurre el Admirabile Commercium (el admirable intercambio): Dios asume lo que es nuestro (dolor, muerte, fragilidad) para que nosotros podamos participar de lo que es Suyo (vida, eternidad, filiación).


Conclusión de la Trilogía

A lo largo de estas tres entregas, hemos visto que:

  • El mundo no es una prisión; es el lugar donde se decide nuestra eternidad.

  • Tú no eres una chispa atrapada esperando escapar de la materia; eres un hijo amado por quien Dios mismo entregó su vida.

  • La verdad no es un secreto custodiado por sociedades ocultas; es una Persona que caminó entre nosotros.

Gracias por acompañarme en este recorrido. He intentado despojar a la mentira de sus vestiduras intelectuales para que puedan caminar con una fe más madura y tranquila. No busquen en la oscuridad lo que ya ha sido revelado en la luz.

¿Qué dudas te quedan tras este recorrido? Estaré leyendo y respondiendo sus comentarios con prioridad.

Y por última vez en esta serie: No se olviden de ser buenos, si pueden.

jueves

¿Quién regala una biblia en un Matrimonio?

En ocasiones pequeñas acciones pueden desencadenar grandes cosas.
Recuerda: Dios sabe cómo y cuando obrar.

martes

No huyas. Pide ayuda


http://Pensamientocatolico.blogspot.com Freepik.

“Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?. Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre”. (Jn 12, 27-28)



El Cristo que nos muestra el evangelista San Juan, en esas horas previas a la agonía del huerto y a la crucifixión, es el hombre-Dios que, a pesar del miedo ante la tortura y la muerte que se le avecina, está decidido a ir hasta el final en el cumplimiento de su misión: la salvación de los hombres. 


Pero también es el hombre-Dios que sabe que llevar eso a cabo le va a suponer un sufrimiento infinito, a pesar de lo cual opta por seguir adelante. Por lo tanto, Cristo supo en todo momento lo que le esperaba y no pudo evitar que el miedo le turbara y que la tentación de huir le asaltara. Sin embargo, aun teniendo eso en cuenta, decidió continuar y le suplicó al Padre que le diera la fuerza que necesitaba para llevar a cabo su obra.

Nosotros también temblamos ante el dolor, ante las pruebas, las que tenemos o las que prevemos. Es lógico. Es humano. Si no nos ocurriera eso habríamos dejado de ser seres humanos. No nos tiene que asustar sentir miedo o tener ganas de dar la espalda a los problemas. 

Pero debemos recordar el ejemplo de Cristo y hacer como Él: pedir a Dios su ayuda –sin la cual no podemos hacer el bien- y seguir adelante, siendo fieles a lo que el Señor nos pida en cada momento, siendo especialmente fieles al cumplimiento de nuestras obligaciones, tanto laborales como familiares y eclesiales. 


Esto es especialmente importante en un momento como éste. 


Recordemos una vez más la oración que San Agustín dirigía a Dios: “Da lo que pides y pide lo que quieras”. O dicho de otra forma: “Señor, ayúdame a no huir, a hacer tu voluntad, a subir a la cruz. Me siento débil y sin fuerzas, pero aunque yo no puedo tú sí puedes”.

P. Santiago Martín
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lunes

El paraíso, ¿cuento de hadas?



El famoso astrofísico británico, Stephen Hawking, ha vuelto a sorprender a la opinión pública con una entrevista publicada en “The Guardian”, el 16 de mayo de 2011, en la que declaraba que el paraíso es un cuento de hadas (“fairy story”) para la gente temerosa de la muerte. No es la primera vez que Hawking hace este tipo de declaraciones. Aunque en pasado reciente se declaraba creyente, no hace mucho afirmó que el universo se explica por sí mismo sin necesidad de acudir a la creencia en el Dios Creador.

Muchas personas ateas materialistas piensan lo mismo, pero el caso de Hawking llama mucho más la atención por ser un científico reconocido, como director de investigación y ex catedrático de matemáticas aplicadas y física teórica de la Universidad de Cambridge. Pero además, Hawking desde la edad de 21 años, padece la enfermedad neurodegenerativa incurable, esclerosis lateral amiotrófica (ELA), que le obliga a estar permanentemente inmovilizado en una silla de ruedas sin apenas poder moverse. Para comunicarse utiliza un sofisticado programa computarizado. He aquí su reciente declaración:


    "He vivido con la perspectiva de una muerte prematura durante los últimos 49 años. No tengo miedo de morir, pero no tengo prisa por morirme. Es mucho lo que quiero hacer antes. Yo considero al cerebro como una computadora que dejará de funcionar cuando fallen sus componentes. No hay paraíso o vida después de la muerte para las computadoras que dejan de funcionar, ese es un cuento de hadas de gente que le tiene miedo a la oscuridad".


Llama la atención que Hawking no admite ni la existencia de Dios ni la del alma y rechaza la realidad de vida después de la muerte y, sin embargo, afirma que, a pesar de las nubes obscuras que se ciernen sobre su futuro, goza de la vida más en los últimos años. No tiene miedo a la muerte, ni tampoco tiene prisa en morir, ya que quiere hacer todavía muchas cosas. Incluso enfatiza la necesidad de “cumplir nuestro potencial en la tierra haciendo buen uso de nuestras vidas”. Respondiendo a la pregunta sobre cómo debemos vivir, afirmó: “Debemos buscar el valor más grande de nuestra acción”.

La opinión de Hawking, como las de todo ser humano, merece todo respeto, pero al mismo tiempo su posición intelectual no es del todo coherente. Tampoco lo fue cuando rechazó la creación de Dios, al mismo tiempo que afirmaba la existencia de los principios de la naturaleza que rigen el universo. Dejó sin respuesta la pregunta ¿Quién ha dado origen a esos principios? ¿Acaso son eternos o han surgido de la nada?

De igual manera ahora el principio ético, afirmado por Hawking, de “buscar el valor más grande de nuestra acción”, implica el rechazo de la actitud egoísta de buscar sólo el bienestar propio, aun a costa de perjudicar a otras personas.

Pero por ello cabe preguntarle: ¿Por qué el hombre debe esforzarse en hacer el bien? ¿Por qué hemos de sacrificarnos a favor de otras personas? Si Dios no existe y no hay ninguna esperanza sobre el más allá de la muerte, ¿qué sentido tiene la vida? Ha habido personas ateas que ante ese vacío de sentido han preferido suicidarse: “Si tenemos que morir no vale la pena vivir sin ninguna esperanza”.

Por ello creemos que Hawking, al reconocer el postulado ético de no hacer el mal y de obrar el bien y de amar a nuestros semejantes, implícitamente muestra la presencia, a veces escondida, de un Dios justo y bondadoso que inspira nuestra conciencia como un faro luminoso para esta vida y que al mismo tiempo garantiza la justicia y la bondad, ya ahora y de manera más definitiva después de la muerte. 

Por ello la existencia del “paraíso”, independientemente de cómo se interprete, lejos de ser un fantasioso cuento de hadas, tiene un fundamento en la misma conciencia humana, acreditado por la razón y confirmado por la revelación cristiana.



P. Miguel Manzanera, SJ
Miembro de la Comisión de Doctrina de la Conferencia Episcopal de Bolivia

Ser luz y sal por las almas

Un sacerdote católico, al darse cuenta de que los universitarios de color eran atraídos y conquistados por sectas no católicas y por masones, comprendió la necesidad de una labor exquisita y se dio a ella con todas sus fuerzas y con todos los medios a su alcance.

Muchísimo logro el sacerdote en este sentido. Tanto, que sus adversarios se alarmaron y escogieron un chino muy inteligente para que destruyera toda la labor del sacerdote.

El chino fue a este para que le instruyera en la religión cristiana, pero fue sincero desde un principio y le dijo claramente que el quería instruirse para así poderle atacar mejor y así poder destruirlo.

Puesta la confianza en Dios, se avino el sacerdote a este contrato. Pero en seguida fue a ver a una joven enferma y le suplico que ofreciera todos sus dolores a favor de un chino. Cada día este iba a instruirse en la religión cristiana, cada día el sacerdote telefoneaba a la enferma y cada día aumentaba los dolores de esta.

Un día, a una hora desacostumbrada, presentóse el chino y dijo:

Padre, no puedo más. Quiero recibir el Bautismo.

En seguida telefoneo a la casa de aquella enferma para comunicarle esta grata noticia, pero recibió esta contestación: “Acaba de morir”. Eso es ser verdadera luz del mundo y sal de la tierra.


(Del libro Ejemplos Predicables, Mauricio Rufino, Barcelona, Editorial Herder, 1962, pag 807, nº 1992)

miércoles

Violación y aborto: ¿solución o chapuza criminal?

Violación y aborto ¿solución?
Son constantes las noticias de violaciones. Se producen lejos, en guerras como la de los Balcanes o las de Africa. O cerca, por culpa de borracheras o de la prepotencia de algunos hombres que buscan el placer del modo más injusto y salvaje que uno pueda imaginar.

Conviene no olvidar nunca que la mujer violada ha recibido una agresión no sólo en su cuerpo. Ha sido pisoteada, quizá de un modo radical, en su dignidad, en su honor, en su libertad, en su condición femenina, en sus derechos. Ha sido herida como mujer y como persona, como joven o como adulta, quizá incluso como niña o adolescente. Su herida es la herida de toda una sociedad, una sociedad que se siente enferma, incapaz muchas veces de detener y castigar la violencia de quien, por la fuerza, viola y abusa de los demás.

Ante tanto desorden, toda la sociedad debería reaccionar. No puede quedar sin castigo el violador, porque su culpa ha herido a la víctima en lo más profundo de su ser. No puede quedar sin asistencia la mujer violada, necesitada muchas veces de apoyo familiar, psicológico, incluso tal vez médico, después de todo lo que se ha hecho no con su cuerpo, sino con ella... No puede quedar indiferente un estado civilizado ante su dolor, incluso ofreciendo, cuando haga falta, la ayuda material o económica que sea necesaria. Pero lo principal será siempre un apoyo que consista en cariño, solidaridad, respeto y justicia.

¿Y qué hacer cuando tras la violación empieza un embarazo? Algunos pueden creer que la mujer no tiene “derecho” (mucho menos, “deber”) a aceptar un niño impuesto por la fuerza. Otros llegan a decir que, en esos casos, sería justificable el aborto: ese niño es un recuerdo continuo del agresor (convertido ahora en padre) que martillea el corazón y el mismo vientre de la víctima...

Pero el aborto, si lo miramos con objetividad, no puede ser ni será nunca una solución a la violación. Si las consecuencias de la agresión no pueden desaparecer con unas palabras de aliento ni con medicinas tranquilizantes, tampoco desaparecerán si se añade a la violación un nuevo acto criminal, si se añade sangre a la sangre...

Sí: el niño concebido en un aborto ha sido impuesto a la fuerza, pero es un ser que merece todo el respeto de la ley y de cualquier estado democrático. No sólo eso: para la mujer violada es y será siempre su hijo. Ha llegado a ser madre contra su voluntad. Pero el origen criminal y salvaje de esa maternidad no quita la dignidad de la mujer que empieza esa aventura de 9 meses con la que cada hombre inicia su existencia en el mundo. Más aún: la mujer violada que acepta su maternidad grita al mundo que, frente a la injusticia salvaje y baja del violador, la vida vale infinitamente más, y que será defendida con su amor y con su entrega.

Tal vez, su aceptación generosa pueda ser el inicio de la superación del trauma sufrido: está venciendo con amor el gesto salvaje y denigrante de quien la violó. ¿No es este un acto de justicia en favor de un ser débil e indefenso, el hijo? ¿Un acto infinitamente hermoso y grande porque nace del corazón de una mujer que sabe lo grave que puede ser una injusticia, como la de la violación que ella ha sufrido en lo más íntimo de su existencia? ¿No es grande la victoria del amor y la ternura por encima del salvajismo despiadado y cruel de los violadores y de los prepotentes que excluyen, manipulan y explotan a los débiles y a los indefensos, si es que no llegan a los extremos de degradación e infamia como son el infanticidio y el aborto?

Es duro ser madre “a la fuerza”. Pero es más duro ser criminal por propia voluntad. La mujer que aborta al propio hijo, aunque haya sido concebido en un acto abusivo por parte de un hombre sin escrúpulos, entra a formar parte del mundo despiadado del individuo que la violentó: entra en la lógica de la injusticia que quiere eliminar. ¿Puede ser el aborto una solución a su inmenso sufrimiento moral? ¿No será mejor ofrecerle, como vía de solución, el apoyo de una sociedad sana y justa que, mientras previene las violaciones con educación y con castigos oportunos, sabe a la vez volcarse sobre quienes, como la mujer violada, son víctimas de los interminables egoísmos que oscurecen nuestro planeta?

Hace ya muchos siglos Sócrates dijo que “es mejor sufrir la injusticia que cometerla”. Los padres de una mujer violada saben que su hija padece inmensamente porque ha sido agredida contra toda justicia. Pero no pueden ni deben forzarla a añadir sangre a la sangre, odio al odio, a perpetrar un crimen de un niño inocente para “castigar” al verdadero culpable que, muchas veces, sigue gozando de una libertad inmerecida.

Hay que movilizar a la sociedad contra la plaga de las violaciones. Hay que reaccionar contra ese crimen que mata la dignidad de nuestras hijas o hermanas. Pero no con una injusticia que sólo sirve para derramar sangre inocente.

El hecho de que existan quienes defienden el aborto como solución a las violaciones da mucho que pensar. Porque quien pide el crimen de un ser humano inocente se convierte en un potencial enemigo de cualquier otro ser humano no nacido, y no pocas veces también de los que ya hemos nacido. La historia nos dice que la legalización del aborto “sólo en los casos de violación” ha ido abriendo más y más las posibilidades de uso de ese acto criminal, permitiendo el aborto de otros miles y millones de niños inocentes. No puede ser de otra manera, pues una vez que se reglamenta un delito tan execrable como es el aborto, aunque sea por razones aparentemente “humanitarias”, siempre se encontrarán nuevos motivos y nuevas excusas para seguir abriendo puertas a más y más peticiones abortistas.

Esperamos que ninguna nación no caiga en esta trampa, ni que se use el dolor de la mujer violada como excusa para forzar un crimen que agrave el drama de su sufrimiento.

Esperamos que cada niño fruto de una violación encuentre tal acogida de solidaridad y de justicia, que pueda convertirse, el día del mañana, en un nuevo defensor de los derechos de los débiles, como lo fue su madre y quienes la apoyaron. Porque tú, pequeño, eres valioso a pesar de tu padre violador. Porque eres tú...

P. Fernando Pascual


lunes

Mirad lo que me cuesta serviros

El hoy beato Juan Castelli era jefe de soldados mercenarios cuando decidió entregarse a Dios en un convento de Franciscanos.

A causa de su genio vivísimo, le costaba mucho reprimirse, y toda la disciplina le imponía verdaderos esfuerzos. Se indignó tanto un día porque el superior le riñó severamente, que determinó vengarse dándole muerte. Pero al pensar que estaba en un convento para hacer penitencia fue a postrarse ante un crucifijo.

Una oleada de sangre llenó su boca. Tanto era el esfuerzo exigido a su naturaleza por el vencimiento, que se le había roto una vena.

- Mirad lo que me cuesta serviros- dijo a Cristo Crucificado. Y Cristo, desprendiendo de la cruz la mano derecha, le respondió: Y a mi lo que me ha costado amarte.


(Del Vademécum de ejemplos predicables, editorial Herder, 1962, Barcelona).

sábado

Lágrimas por la vida

Debo confesarlo. También yo lloré al ver la película de Amenábar. La producción conmueve. La historia real estruja las entrañas. Ramón Sampedro, su protagonista, se ha convertido en uno de los personajes más queridos y también más odiados de la audiencia española.

¿Qué decir ante un caso como éste? No es fácil juzgar si de por medio hay 29 años de sufrimiento físico y moral. Las opiniones varían. Unos aluden al sentimiento para justificar la eutanasia. Otros apelan a la razón para rechazarla. Algunos recurren al amor para descartarla. Entre los mismos enfermos hay quienes deciden vencerse ante el dolor y hay quienes deciden afrontarlo. Unos creen que la muerte es la puerta de escape, otros piensan que la vida vale más que el sufrimiento. ¿Quién tiene razón?

Hoy en día se recurre mucho al sentimiento. Los medios de comunicación nos presentan tragedias en las que el dolor parece ser el único protagonista. ¿Quién no se conmueve ante los estragos del hambre o de la guerra? ¿Quién no se conmueve ante casos como los de Ramón Sampedro o Terry Schiavo?

La compasión es un sentimiento noble, pero no es el más noble. La compasión nos inclina a aliviar al que sufre, pero cuando el mal es incurable, la compasión quiere acabar con el mal… y con la persona. Aquí está el problema. No podemos identificar la persona con su dolor.

Es cierto que no debemos helar nuestra compasión para dar paso a un gélido raciocinio. No somos computadoras que sólo procesan información. Somos hombres capaces de asombro, de alegría, de llanto. Pero el sentimiento tiene que llevarnos a solidarizarnos con quien sufre, no a destruirlo. El sentimiento nos debe impulsar a valorar al adolorido, a animarle, a buscar por todos los medios lícitos ayudar a su restablecimiento. Cuando nos invade el dolor los hombres somos muy vulnerables.

Algunos dicen que la lucha que entabló Sampedro para legalizar la eutanasia fue toda una hazaña de la razón. Algunos han visto en sus “Cartas desde el Infierno” y en sus escritos la más estupenda apología de la eutanasia. Ciertamente Sampedro no sólo habla con argumentos, habla también con su propia vida. Él escribió en su testamento:
“He decidido poner fin a todo esto de la forma que considero más digna, humana y racional”. ¿Digna? ¿Humana? ¿Racional?

Javier Romañach es otro tetrapléjico español. Él padeció un accidente mucho más grave que el de Sampedro. Asegura que sufre un verdadero tormento, pero afirma que la eutanasia es la peor estupidez, la peor derrota. Romañach escribió en el 2005 Los errores sutiles del caso Ramón Sampedro. Allí desenmascara la presunta racionalidad de Sampedro y muestra cómo la razón nos lleva a rechazar la eutanasia. Y es verdad. ¿Acaso existe algo más inhumano que el asesinato? ¿Qué da la muerte: un hombre o un cadáver? ¿Acaso nuestra tendencia más primigenia no es la propia conservación?

Hoy se comete un grave error: se identifica el dolor, la enfermedad y la persona que la sufre. Pero esto atenta contra la realidad, contra la verdad, contra el bien. No queremos eliminar la persona, sino la enfermedad o, al menos, el dolor que ella produce. ¿Entonces por qué la eutanasia? Precisamente porque se hace de estas tres realidades la misma cosa. Así lo más lógico sería aniquilar el dolor y, de paso, la persona.

Está claro que el hombre tiene derecho a la dignidad. Pero la dignidad no depende de cómo estamos o qué sentimos, sino de quiénes somos. ¿Acaso la dignidad es tan voluble como para desaparecer con el sufrimiento? ¿De qué nos hace más dignos el suicidio?

“Quien me ama es quien me ayuda a morir”. Fue ésta una frase incisiva en la vida de Sampedro. Si alguien lo amaba debía compensar su capricho. Pero él se equivocó. El amor es algo diverso.

Amar es buscar el bien del otro y desear su presencia. Lo que Sampedro llamaba amor era una mezcla de sentimientos: dolor, compasión, deseo de ayudar, pero todo a nivel de un capricho.

El amor nos dice que debemos buscar el bien del amado, su bien integral. Además el sufrimiento no es un mera cuestión individual, es también una realidad social. Por eso quien ama busca el bien del enfermo, el bien de sus familiares y amigos, el bien de las personas que le asisten, el bien de la sociedad. Quien ama buscará proteger al más débil y no eliminarlo desdichadamente. Quien ama deseará la presencia del amado. Quien ama estará presente para quien sufre y procurará que quien sufre lo sienta cercano. Quien ama no querrá la muerte del amado. No es indiferente estar cercano o estar lejano de quien amamos. Mucho menos indiferente será tenerlo o no tenerlo.

De esto existen casos numerosos. Salvatore Crisafulli despertó de un coma de dos años, en el 2003, en Italia. Contó que durante su trance veía y sentía todo. Agradeció a su hermano Pietro y a su madre, que nunca le abandonaron. El amor lo había salvado, cuando las esperanzas podrían haberse disipado. El drama de quien sufre sólo se hace soportable cuando de por medio está el amor.

Actualmente muchos Estados desarrollan trámites legislativos para despenalizar el suicidio asistido. Algunos, más incisivos, fomentan la eutanasia activa. Yo me pregunto hasta dónde quieren llegar. ¿Cuáles son sus razones? ¿Por qué abrir la puerta a la propia destrucción? ¿Por qué ensañarnos en promover la muerte y no la vida? ¿Por qué construir un mundo más inhumano, más carente de amor, de razón, de sentimiento leal?

Estamos ante un proyecto determinante. Nos jugamos el futuro. Todo lo que se siembra crece, lo bueno y lo malo. El caso de Sampedro es paradigmático. Pero ¿qué decir de los otros miles de casos en los que la lucha es de sentido contrario? ¿Qué decir de aquellos miles de enfermos y tetrapléjicos que luchan para vivir, para que la sociedad no los discrimine ni los olvide? La eutanasia no es una cuestión legal, es un proyecto del desamor humano. Es un proyecto de una mísera visión de la vida, que cree que nuestro sentido último está en el bienestar físico y no en el bienestar integral de nuestra persona.

Es paradójico que el mundo se escandalice de la pena de muerte y a la vez la aplique a los inocentes y a los débiles. Si hubiese una vida humana sin importancia, ninguna sería importante.

¿Qué se puede ser sin la vida? ¿Qué dignidad o derecho puede tener quien no tiene vida? El sentimiento, la razón y el amor tienen algo que enseñarnos sobre este drama. Pero la respuesta no está en ninguna de las tres, sino en el hombre que siente, que razona y que ama. Sólo entonces se dirá: “no quiero que mueras” y, sobre todo, “quiero que vivas”. Entonces se derramarán lágrimas por amor a la vida.

William Báez

martes

«Dios no ha creado el mal»

Hace cerca de un mes, la costa sur del Perú fue azotada por un fuerte terremoto que dejó centenares de muertos, heridos y miles de damnificados. Al poco tiempo, otro sismo aun más fuerte sacudió otra zona del Pacífico, esta vez en Asia. Ante situaciones como esta brotan innumerables cuestionamientos y reacciones: ¿por qué ocurren estas cosas?, ¿cuál es el sentido del sufrimiento?, ¿por qué parece que son los más pobres y débiles quienes más sufren? No es raro encontrar a quienes deciden alejarse de la fe en Dios sacudidos por estas preguntas. Inaugurando una nueva sección, Pensamiento Católico entrevistó al teólogo peruano Gustavo Sánchez [1] y le consultó acerca de estos temas. A continuación reproducimos un extracto de la entrevista:

...

Pensamiento Católico: Doctor Sánchez, ¿Cómo hace su aparición el mal en el mundo? Gustavo Sánchez: Bueno, el mal no ha sido creado por Dios, eso de verdad que hay que señalarlo. Un dios que crea el mal sería un dios contradictorio, por lo tanto, un dios que no existe. Y la cuestión sobre el mal, que es una cuestión ciertamente muy compleja, se responde desde la perspectiva de su realidad —vamos a llamarla así— específica. Cuando uno se plantea el misterio del mal y trata de dar una definición de lo que es descubre lo siguiente: solamente hay mal allí donde hay bien; no se puede decir que el mal sea una realidad que tenga consistencia ontológica propia. El mal no es algo, sino, más bien, la carencia de algo. Y ese algo que falta, y que constituye justamente el mal, es el bien. San Agustín, a la hora de reflexionar sobre estas cosas, dio la respuesta clásica y en cierto sentido definitiva: el mal es ausencia de bien. Por lo tanto, si Dios es el bien absoluto y ha creado el mundo bueno, quiere decir que al principio, cuando Dios hizo las cosas, no había mal. El mal ha sido introducido por una voluntad ajena a Dios, una voluntad creada —vamos a llamarlo así—, que dejando de hacer el bien que debía hacer, permitió que se introdujera el mal en el mundo. Entonces, en ese sentido, hay que decir que si hay en el mundo desorden, desequilibrio, destrucción, conflicto, etcétera, eso se debe no a Dios sino a una voluntad creada que ha puesto en el mundo esta realidad, voluntad creada que la tradición judeocristiana identifica primero con la del ángel caído —el demonio—, y segundo con el hombre, que con el pecado se aparta de Dios.

Algunos se explican el terremoto diciendo que Dios nos envía pruebas para fortalecer nuestra fe; otros, que se trata de un castigo. ¿Alguna de estas aproximaciones es correcta? Hay que decir lo siguiente: Dios no prueba a nadie. Es decir, Dios no tienta o no pone a prueba a ver cómo le va al hombre, si es que cae o si es que no cae, si es que se mantiene o no se mantiene y, por lo tanto, esa aproximación está fuera de lugar. Lo segundo: Dios tampoco castiga, y para eso hay que tomar en consideración que cuando en la Biblia leemos a veces que se habla del castigo de Dios o que Dios hizo eso para castigar a tal o cual son maneras un poco primitivas de expresar una realidad que de suyo es muy misteriosa, que trasciende completamente nuestra inteligencia y que tiene que ser, justamente, explicada a partir de un hecho que es absolutamente cierto: que Dios, siendo verdad absoluta y siendo amor —cosa que también dice la revelación—, no puede jugar con el hombre. Un dios que ponga a prueba al hombre, que juegue con él como si fuera un muñeco, es un dios, que de verdad sería lejos de ser amable, un dios repulsivo. Y un dios que castigue sería lo mismo: o sea, pensar que Dios castiga es poner a Dios a la misma altura o al mismo nivel que nosotros; nosotros sí castigamos y eso no refleja un amor sino un egoísmo hasta cierto punto bastante grande. Entonces, desde esa perspectiva, hay que decir que no: ni el poner a prueba ni el castigar son realidades que se puedan atribuir a Dios y que sean de alguna manera el motivo, la causa por la cual se da esta tragedia. ¿Cómo encontrar el rostro de Dios en circunstancias como las que pasaron nuestros hermanos en el sur? ¿Cómo se hace presente Dios en las realidades dolorosas de la vida del ser humano? Hay que decir que Dios nunca ha querido ser ajeno al sufrimiento ni al tema del dolor y de la muerte. Y la razón más específica que podemos dar para eso es que Dios, al hacerse hombre, ha experimentado también el sufrimiento y ha experimentado la muerte. Nosotros sabemos que Dios no ha querido solamente ser el espectador del sufrimiento del ser humano, como si pudiéramos decir que desde arriba mira cómo sufrimos o cómo padecemos aquí en la tierra y Él es una especie de observador hasta cierto punto ajeno a esa realidad. Por la Encarnación, Dios, decía, se ha hecho hombre, y como hombre Dios ha experimentado lo que significa sufrir, lo que significa tener miedo, lo que significan dolor físico, el dolor, si se quiere espiritual, hasta cierto punto; y por último, Dios ha experimentado la muerte. Una cosa que nos debe llenar de mucho consuelo es saber que Dios conoce qué significa morir, no porque lo sepa por su gran inteligencia o por su ciencia perfecta, sino que sabe lo que significa morir porque lo ha experimentado personalmente. Y en ese sentido, aquí podríamos decir lo siguiente: cuando se pregunta «¿Dónde estaba Dios en estos sufrimientos? ¿Dónde estaba Dios en esta tragedia, en este terremoto?», hay que decir: Dios estaba allí, en medio de sus hermanos, sufriendo con ellos, compadeciéndose de ellos y, en algún sentido también, muriendo con ellos, porque nosotros sabemos que Cristo sigue presente en medio de nosotros. Él se ha unido a todos los hombres, a todos los cristianos, y en ese sentido Cristo también sufre en cada uno de ellos que se queda sin techo, que se queda sin hogar, incluso en aquellos que mueren. Ahí Cristo sigue sufriendo y sigue muriendo. Entonces, para nosotros es un motivo ya no de consuelo solamente sino de gran esperanza saber que Dios no es ajeno para nada a nuestras penurias, sino que Dios está allí junto a nosotros, con nosotros, en nosotros experimentando todo esto. Y no para quedarse en esa realidad negativa, sino para sacarnos adelante, para elevarnos de esa situación de miseria y para llevarnos a una situación de plenitud, de felicidad. No olvidemos —y esta es una cosa también muy importante— que el dolor y la muerte no son la última palabra de la existencia. A lo más, podríamos decir que son la penúltima palabra. Pero la última palabra ha sido dada por la resurrección de Cristo, que es, justamente, el triunfo sobre la muerte y sobre el mal, y en ese sentido, ese debe ser el motivo de nuestra esperanza más grande. Una esperanza, diría yo, que tiene nuestra gente, nuestro pueblo sencillo. Nuestro pueblo, a pesar de todo el sufrimiento que está pasando, sabe que la cosa no termina aquí, y que más allá de estas realidades tan dramáticas seguramente se avizora un motivo de esperanza; pues bien, esa esperanza tan grande la abre, justamente, su fe en Jesucristo muerto y resucitado. A veces nos da la impresión de que el mal parece ensañarse con los más pobres, con el justo que sufre de alguna manera injustamente ¿Por qué se da esto? Bueno, hay que tomar en cuenta también que cuando hablamos de que el mal se ensaña con los más pobres, hay que distinguir ahí diversos tipos de mal. Primero preguntarnos por qué hay pobres. Y ahí pienso yo que la respuesta es más o menos clara y evidente. Hay pobres porque el mal mismo que los hombres cometen… que los hombres—nosotros— cometemos ha hecho que se dé una situación en la que muchos de nuestros hermanos sufren, muchos de nuestros hermanos quedan postergados, marginados, excluidos y sin el acceso a unos bienes que les permitan una vida digna. Y, efectivamente, en ese sentido se puede decir que dada esta situación de injusticia que es fruto del pecado del hombre, ahí Dios no tiene mucho que ver. En esa situación pareciera que sobre estos pobres, sobre esta gente tan postergada, llueven, pues, los males, ya no solamente los males morales como pueden ser la pobreza, la injusticia, etcétera, sino incluso los males físicos como, por ejemplo, el terremoto. Bien sabemos que los pobres, que los humildes, los más pobres son los más desguarnecidos, y en ese sentido no tienen, de repente, cómo protegerse ante estas realidades como otros que tienen medios a su alcance sí podrían. Pero —y ahí viene justamente la cuestión importante— Jesús se ha identificado justamente con estos pobres con estos carentes, con estos que son marginados, excluidos. Y hay que recordar una cosa: Jesús los ha llamado «bienaventurados», ha dicho que de ellos —de estos que son así— es el reino de los cielos. ¿Por qué? Porque, justamente, una persona que vive una pobreza, que vive una situación de carencia, de exclusión, de marginación es una persona que no poniendo su esperanza en los bienes de la tierra puede estar disponible para acoger a Dios, para confiar en Él, y esa es justamente la condición o el requisito necesario para vivir no solo la comunión con Dios, sino también la salvación. Entonces, el hecho de que Jesús se haya identificado con estos pobres, que los ha llamado bienaventurados, nos dice una cuestión bien importante: hay que experimentar y vivir esta realidad de no digo yo ser carentes, pero sí de estar desapegados a los bienes, de alguna manera de no poner en ellos nuestra confianza, porque esa es la actitud necesaria para vivir en unión con Dios y, en última instancia, para acoger lo único que es absolutamente necesario. Yo pienso que esta cuestión del terremoto puede ayudarnos también a considerar los siguiente: ya no solamente en el sentido de quienes se ha quedado sin casa, sin bienes, etcétera —que, de hecho, hay que ayudarlos y ahí la respuesta solidaria ha sido muy buena—, sino a nosotros: estas cosas muchas veces pasan para que nosotros tomemos en consideración que más allá, pues, de los bienes que podamos tener o de las cosas que poseemos, una sola cosa es necesaria y de repente habría que preguntarse si esta cosa necesaria la tenemos. ¿Por qué es tan difícil para el ser humano explicarse el dolor? Por ejemplo, a lo largo de la historia muchas ideologías han intentado responder a esta interrogante. ¿Por qué han fallado? El gran problema es que el dolor no es una realidad que uno pueda mirar desde la tribuna —vamos a llamarlo así— y con cierta distancia y objetividad como para dar una explicación analítica y quedarse tranquilo, pues, pensando que ha encontrado la solución; el dolor es una realidad que nos envuelve, es una realidad en la que nosotros —ninguno de nosotros— es testigo, sino, más bien, una especie de protagonista. Un filósofo francés, Gabriel Marcel, hacía una distinción entre lo que él llamaba el problema y el misterio. El problema es una realidad que se puede percibir de manera objetiva, o sea uno se presenta o se sitúa ante ella como ante un objeto, es decir, fuera de la realidad: la mira, la puede analizar y puede dar una solución. Así, por ejemplo, un problema matemático, un problema de física, un problema de qué sé yo. Y vemos que cuando se habla de problemas, usualmente se habla de objetos. Pero hablar del misterio —dice Marcel— es una realidad donde, aquello que nosotros queremos comprender ya no está delante de mí, sino que, más bien, yo estoy metido dentro de esa realidad. Yo no tengo un punto de vista sobre esa realidad, porque eso corresponde al problema, sino que tengo una conciencia, ya que soy parte de esa situación a la que quiero encontrar una respuesta. Pues bien el dolor es eso, el dolor no es un problema; el dolor es un misterio, y nosotros estamos metidos en esa situación, la experimentamos y la vivimos, y de alguna manera eso nos cuestiona, nos interpela y hace que no podamos tener un visón, pues, tan, digamos, fría ante el asunto. Porque de inmediato cuando experimentamos una situación dolorosa la primera pregunta que todo ser humano se hace —casi con seguridad— es «¿Por qué a mí? ¿Por qué me toca esa cuestión? ¿Por qué yo tengo que ser el que sufra esta coyuntura, o esta situación tan dramática que preferiría no tener?». Entonces, si ese es el punto de partida, si esa es la coyuntura en la que nosotros nos preguntamos por el dolor, hay que encontrar una solución no en la pura racionalidad, no en el frío análisis de los puntos de vista, de los problemas, sino, más bien, en la conciencia que trata de ir más allá de la misma situación. Y esa es la razón por la cual las ideologías han fallado a la hora de explicar esto. Las ideologías fallan porque quieren ver lo que es un misterio como si fuera un problema, y obviamente tienen que fallar. La solución está en ver el misterio como misterio, y eso es justamente una cosa que solamente la fe puede dar. Por eso la fe, y concretamente la fe cristiana, ha sabido dar un no diré yo la respuesta definitiva al misterio, pero ha sabido encontrar el camino para, de alguna manera, superar esa realidad de dolor que es un misterio. ¿Cuál es esa forma?: asumiéndolo. Asumiéndolo nosotros podremos de alguna manera comprender un poco más lo que eso significa y, sobre todo, trascenderlo. Eso es lo que ha hecho Jesucristo. Jesucristo que, repito, es Dios hecho hombre, ante el misterio del dolor, no lo ha analizado como si fuera una especie de problema. Jesús, vean ustedes, no da una explicación sobre el dolor o por qué hay dolor en el mundo o cosas por el estilo. Jesús lo que hace es asumir el dolor, vivirlo hasta el extremo, que es justamente la muerte, y dar una superación de ese dolor en su resurrección, y ese es el camino al que a nosotros nos invita. Nosotros también por la fe, unidos a Jesús podemos, asumiendo ese dolor, superarlo. Superarlo mediante la fe, que en primer lugar supone la aceptación, no la pregunta del por qué —que en el fondo es rechazo—, sino la aceptación, y una aceptación que en buena medida se basa en el amor. Asumiendo el dolor ofrecemos ese dolor y ese sufrimiento por amor a los demás, y eso nos permite también unirnos a Cristo en la superación de esta realidad. ... ¿Por qué a veces parece no haber proporción entre la conducta y la fe de una persona y las circunstancias que vive? Por ejemplo, nunca falta el vecino o conocido muy creyente y devoto al que, sin embargo, sabemos que no le va muy bien: afronta problemas económicos, familiares o de trabajo. Al mismo tiempo no es raro encontrar algunas otras personas que abiertamente cometen injusticias, no creen en Dios, pero aparentemente viven de manera holgada y sin problemas. ¿Por qué ocurre esto? Bien hay que tomar en cuenta lo siguiente: la fe —y, por lo mismo, la vivencia de la religión— no es una receta para el buen vivir. A veces se plantea una visión completamente equivocada de lo que es la fe. Es la visión del… yo lo llamo la visión del tendero: si yo tengo fe y me porto bien con Dios, Dios está obligado a que me vaya bien en el negocio, en el trabajo, en la vida, etcétera. Y hay que ver que la fe no es eso. Si nosotros pensamos que la fe es una especie de relación de «yo te doy para que tú me des» con Dios, entonces convertimos a Dios en un bodeguero, en un tendero o en una especie de comerciante que está a nuestro nivel. Eso es un error. La fe, en última instancia, es lo que nos permite relacionarnos con Dios, que es infinitamente superior a nosotros. Y, ciertamente, la fe puede de alguna manera ayudarnos a vivir la existencia como debemos vivirla, es decir, como seres libres, como seres conscientes que, de alguna manera, trascienden sobre las realidades de esta vida. Trascender no significa que no tengan importancia; sí tienen importancia —y mucha—, pero no tienen la mayor importancia, y ahí es donde viene justamente la cuestión. Nosotros vivimos en un mundo donde lo que prima no es la justicia, no es la comprensión, no es la equidad o la armonía. Vivimos en un mundo que es todo lo contrario: un mundo que es injusto, un mundo donde quien de alguna manera manifiesta bondad o manifiesta solidaridad es despreciado, se aprovechan de él, etcétera. No es raro, entonces, que quien vive su fe —o quien quiera vivirla, por lo menos, de manera consciente— sea victima pues de quien trata de aprovecharse, de quien trata de pasarla bien, justamente, a costa de los demás. Ahí es donde nosotros podemos constatar lo siguiente: un mundo que rechaza justamente lo que es la bondad, el amor, la misericordia, la solidaridad es un mundo completamente inhumano, es un mundo donde los hombres son explotados y donde son tratados como cosas en provecho y en beneficio de unos cuantos sinvergüenzas, habría que decirlo. Ese no es un mundo adecuado, ese no es el mundo que Dios quiere. Y por eso no es raro ver que, justamente, a los que se aprovechan, a los injustos, a los inicuos les va muy bien mundanamente hablando. Pero ahí viene justamente la cuestión: esa vida buena, según los criterios del mundo, sea con riqueza, con poder, con dominio, etcétera: ¿es una vida que a la persona la hace feliz?, ¿es una vida que a la persona la realiza? Nosotros no solamente por la fe, sino también en la práctica, decimos que no. Que esas personas tratan de llenar su afán de riqueza de poder con más riqueza y más poder, y que a fin de cuentas terminan siendo infelices, y como eso se acaba, su infelicidad será, pues, completa y absoluta. Ejemplos de eso hay muchos, y pienso que en ese sentido no es necesario abundar. Pero quien vive su fe de la manera correcta, vive teniendo a Dios como el valor supremo, esa persona, aun en medio de su situación difícil —podríamos llamarla así— es feliz porque ha encontrado lo que es más importante y lo que en última instancia hace que la vida sea vida. ... ¿Cuál es la actitud que debe tener un cristiano ante el dolor? ¿Cómo puede darle mayor sentido a su sufrimiento? El cristiano ante el dolor tiene el deber, en primer lugar, de luchar contra el dolor que puede ser de alguna manera eliminado, porque hay que reconocer que si bien el dolor es una realidad permanente, no está bien. Volvemos a la frase que hemos dicho: «Dios no quiere el dolor ni el sufrimiento, Dios no ha creado el mal». Por lo tanto, nuestra tarea sería luchar y hacer lo posible para que ese dolor desaparezca, cuando se puede. Cuando no se puede hacer eso, la persona está, el cristiano está invitado, está llamado a que ese dolor sea asumido y ofrecido, y en ese sentido, tenga ese sentido —vamos a llamarlo así— redentor o ese sentido de participación en la redención que hemos señalado. Yo estoy seguro de que, por ejemplo, las monjas de la madre Teresa de Calcuta, que ven tanto sufrimiento y tanto dolor ante ellas, no se quedan de manera pasiva diciendo, pues, «Bueno, que sufran para que así se unan a Cristo», sino que actúan. Van donde las personas indigentes, las cuidan, las curan cuando están enfermas, etcétera, y hacen que su vida sea más digna y sea más humana. Pero hay situaciones donde evidentemente, pues, no se puede hacer más y, por lo tanto, ayudan a que las personas que viven en una situación de dolor extremo puedan asumir ese dolor y puedan ofrecerlo, y en ese sentido es también una obra meritoria. Eso también nosotros estamos llamados a vivir en nuestra existencia: lo negativo y lo malo que podemos ver en nosotros, si se puede, hay que rechazarlo y hay que eliminarlo. Cuando no se puede, hay que saberlo asumir y, con bastante fe, ofrecerlo a Dios porque eso también tiene un valor ante Él. ...

Extracto de la entrevista realizada por Pensamiento Católico al Doctor Gustavo Sánchez
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[1] Gustavo Sánchez Rojas (Lima, 1962) es doctor en Teología por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Actualmente es profesor de Teología Dogmática en la misma universidad. También es profesor principal de la Universidad Marcelino Champagnat y profesor principal en la Universidad Católica San Pablo, de Arequipa. Es director de la revista Vida y Espiritualidad.

La ausencia de Dios

Titulares: una bomba mata 30 civiles y 15 soldados en Irak, la hambruna diezma una población en África, miles de abortos en los países desarrollados, tráfico de mujeres en Europa del Este, etc.


¿Existe el mal? La respuesta parecería obvia. Bastaría media hora de telediario para contestarla. Y en la marea de este mal que nos oprime el corazón ¿dónde quedó Dios? Si contestamos con una lógica miope y sin trascendencia, surge la incertidumbre y la angustia. Nos rebelamos y, argumentando como hombres, pretendemos concluir como dioses: “Si Dios lo creó todo, entonces Dios creó el mal, pues el mal existe”. Y una de dos: “o Dios es malo, pues las obras reflejan a su autor; o Dios no existe, su presencia y acción se reducen a un mito”.

Antes de abordar la ausencia de Dios, ejemplifiquemos otros tipos de ausencias.


Alguna vez te han cuestionado sobre la existencia del frío. “¿Pero qué pregunta es esa? –replicarás- Sal a la calle en traje de baño una noche de invierno y después hablamos”. Suena extraño pero, de hecho, el frío no existe. Este término describe cómo nos sentimos si carecemos de energía calorífica. Según las leyes de la física, lo que se suele llamar “frío”, corresponde en la realidad a la ausencia de calor.

Otro ejemplo: la oscuridad, ¿existe? Cierra herméticamente tus persianas en la noche. Apaga la bombilla de tu lámpara. Ponte una venda en los ojos. Junta todo lo anterior ¿No es acaso esto encontrarse en plena oscuridad? Sin embargo, al igual que el frío, la oscuridad no existe por sí misma. Con ese término describimos la ausencia de luz. La oscuridad no se presenta como objeto de estudio, la luz sí: analizamos con un prisma la luz blanca y su gama de colores, la física nos ayuda a medir sus longitudes de onda, etc. Además, si entras en un cuarto y exclamas: ¡cuánta oscuridad hay aquí! ¿Cómo calculas cuán oscuro está ese recinto? Te basas en la mayor o menor ausencia de luz.

Retomemos la pregunta inicial ¿Existe el mal? Ya consideramos cómo el frío no lo concebiríamos si primero no hubiéramos experimentamos la energía calorífica, y luego su ausencia. También ilustramos cómo la oscuridad es la ausencia de la luz. Ahora, concluimos: el mal es también una ausencia. Sí, una ausencia, la de Dios. Y si Dios es amor, aludimos a la ausencia del amor.


Sin embargo, distingamos. No todo lo que llamamos “mal” es ausencia del amor de Dios. Aquí nos referimos más bien a los frutos del egoísmo y de la soberbia humana con sus múltiples caretas. El factor común de muchas desgracias radica en el rechazo de Dios y consecuentemente en su ausencia. Así pues, porque existe la energía calorífica captamos su ausencia, el frío; porque existe la luz hablamos de la oscuridad; y porque existe Dios, percibimos también su ausencia, el mal del egoísmo y la soberbia.


¡Atención! Dios no abandona por propia iniciativa, no. Nosotros le abandonamos a Él. La luz no huye de mi oscura habitación. Soy yo quien no abro mi persiana.

Las infamias sufridas, el abandono y el desprecio de los hombres, a veces de los seres más queridos ¿son una ausencia de Dios? La persecución, la tortura, el atropello de la propia dignidad humana ¿son una ausencia de Dios? Sí, ellos manifiestan esa ausencia del amor de Dios. Pero antes, retiremos a Dios del banquillo de los acusados. Defendamos su inocencia. No es su culpa. Nadie culparía a un rayo de luz por no iluminar su habitación si primero no abre su ventana. En nuestro caso, los agresores carecen de la luz divina en sus mentes, del calor de su amor en sus corazones. Tristemente algunos han traducido esa ausencia en la cólera divina desatada sobre ellos. Para otros se ha convertido en un sinsentido, un callejón sin salida donde colisionan con el desprecio de Dios o con su negación. Ellos repudian a ese Dios malvado, quien actúa por medio de sus agresores. Rechazan a ese Dios lejano que se queda cruzado de brazos.

No todo pinta negro en este panorama. Esta ausencia para muchas personas, iluminada por una gran paradoja, se ha transformado en ocasión de la presencia de Dios. ¿Dónde estriba esa paradoja? Dios mismo, hecho hombre, cargó con el resultado de su propia ausencia: el sufrimiento.

¿También se enmarcan en la ausencia de Dios las enfermedades de las cuales no somos la causa? Constituyen las secuelas del desprecio original de la amistad con Dios en el paraíso. Y aquí, nuevamente, reluce la paradoja del amor divino. Dios, con rostro humano, padeció no sólo los dolores morales: las infamias, el desprecio, el abandono de los suyos; sino también el dolor físico: el hambre, el cansancio, las torturas, los azotes, la corona de espinas, los clavos que destrozaban sus nervios, una muerte cruel y despiadada. Él, compartiendo nuestras miserias, llenó esa ausencia con su presencia; la colmó con el amor en quienes sufren.

¡Cómo nos gustaría vernos libres de las penas físicas y morales que nos aquejan! Él contesta a nuestras protestas abrazando su cruz y la comparte como un don. Se fatigó, sudó, lloró, sangró. Desde entonces muchos hombres y mujeres han aprendido a descubrir en la enfermedad un camino para alcanzarlo. Otros, en la persecución o en el atropello de su dignidad, han aprendido a perdonar y a amar, han adquirido un corazón semejante al suyo. Y miles de personas han deplorado la ausencia de Dios en sus corazones como el auténtico mal. Con Él presente, todos los demás “males”, el dolor físico y el moral, se convierten en bienes, en medios para unirse más a Él.


Si con Él morimos, viviremos con Él. Si con Él sufrimos, reinaremos con Él.



Jader Vanegas-Gama
Colaborador de Pensamiento Católico

lunes

La fe: nuestro mayor tesoro*

«La fe es nuestro mayor tesoro, riqueza en medio de la pobreza»: estas son las palabras que muchos años atrás escribía el papa Juan Pablo II en la oración para el novenario de preparación de América Latina para la celebración del quinto centenario de su evangelización. Quisiera compartir, precisamente, la gran sabiduría de esas palabras, pues su mensaje se está manifestando en estos días en el Perú.

Y es que creo que el Perú, después del terremoto que sufrió el 15 de agosto, con las consecuencias que ha tenido, se ha convertido en un emblema de toda América Latina, de todos nuestros países, de nuestros hermanos hispanos que están en los EE. UU., en Canadá o en España. Es el testimonio de cómo en medio de las dificultades se revela un sustrato profundo que está en nuestra gente, que es la fe, y cómo esta fe ha sido un elemento que ha sustentado de manera especialísima a las personas en el Perú en estos días de tragedia, especialmente en la costa peruana.

He tenido la oportunidad de hablar con varios de los sacerdotes que fueron enviados por la arquidiócesis de Lima para proporcionar asistencia espiritual en medio del desastre, para que las personas no solamente recibieran el agua o el alimento indispensables para poder vivir, sino también el consuelo espiritual para seguir hacerlo con la dignidad de seres humanos. Y estos sacerdotes me contaban cómo en medio de la tragedia, la sensibilidad y la fe de las personas eran una realidad abrumadora y evangelizadora. Ellos se sentían evangelizados cuando llegaban a un pueblo y la gente, al verlos entrar vestidos como sacerdotes, los aplaudían, los aplaudían en medio de la tragedia.

En Pisco, por ejemplo, ciudad costera con un puerto muy importante, adonde llegó don José de San Martín, uno de los dos libertadores del Perú que luego proclamaría la independencia, la zona histórica ha quedado completamente arrasada. Un templo se vino abajo matando a entre 60 y 100 personas. Los cadáveres no han podido ser rescatados todavía de esta enorme pila de residuos, pues era un templo antiguo, grande y alto, con un gran frontis y dos campanarios. Y se vino abajo enterrando a las personas que en ese momento se encontraban dentro, entre ellas, al padre Emilio Sánchez. Y 29 horas después, cuando ya habían sido encontrados los restos de varias decenas de fieles que murieron en este derrumbe, encontraron vivo al sacerdote. Lo encontraron con el brazo roto, bastante deshidratado y pidiendo que lo dejaran con su pueblo, que no se lo llevaran. Obviamente los rescatistas tuvieron que llevárselo, pues presentaba un cuadro de deshidratación: imagínense ustedes, 29 horas enterrado en medio del polvo y con el brazo roto. Y la misma gente que había perdido familiares allí, que había rescatado a duras penas los cuerpos de sus seres queridos, cuando vieron salir al sacerdote y cuando, más tarde, vieron que se recuperaba intacta una imagen de san Martín de Porres de debajo de los escombros, gritaban «¡Milagro! ¡Milagro!». Es decir, esa misma gente miraba sobrenaturalmente; era capaz de ver la acción de Dios, su mano poderosa, en medio de esta tragedia.

Y estos sacerdotes me contaban cómo una y otra vez las personas daban esta muestra de fe, de anhelo, de deseo de Dios, de deseo de los sacramentos y de la gracia. Y también me contaban cómo en su constante marcha no encontraban ni una sola palabra de reproche, ni una interrogante del tipo «¿Por qué Dios lo ha permitido?».

De todos los sacerdotes, solo uno tuvo la experiencia de un adulto joven que se le acercó muy respetuosamente y ni siquiera le preguntó en primera persona, a pesar de tratarse, tal vez, de una duda propia; simplemente preguntó: «Padre, si una persona se pregunta por qué Dios ha permitido esto, ¿cuál sería la respuesta?». De esta forma, con mucho respeto, esta persona preguntó al sacerdote cuáles serían los motivos de Dios. El padre se lo explicó de un modo sencillo: «Mira, la razón exacta va a seguir siendo un misterio, el misterio del mal. Pero hay que recordar dos: cosas el desorden en la naturaleza lo introdujo el hombre por su pecado. Con el pecado original él introdujo ese desorden. Por otro lado, otra cosa importante es recordar que el Padre entregó a su hijo Jesucristo y lo entregó para que sufriera los más horribles dolores físicos, psicológicos y espirituales, justamente para que no quedara ninguna duda al hombre de que en medio de sus sufrimientos Dios está con él. No podemos saber con certeza por qué Dios permite estos acontecimientos tan dolorosos que ponen a prueba la esperanza de las personas; pero lo que sí sabemos es que Él siempre está con nosotros, y no cabe ninguna duda de su amor, pues este ha quedado probado por encima de cualquier duda al haber entregado a su hijo Jesucristo».

Un misionero vicentino español que vive hace años en Pisco, el padre Berrade, decía: «Yo estoy años acá, décadas, y no me acostumbro: siempre me veo maravillado con la fe de la gente. No me acostumbro, no me rutinizo con esto. Siempre me asombra ver la fe profunda de la gente, la devoción que tiene». Y el cardenal Tarciso Bertone, el secretario de Estado del Vaticano, que estuvo recientemente en la zona de desastre a nombre del Papa para llevar el sentir de este y su solidaridad, decía que él también veía con asombro la fe del pueblo y que, al verla, lo único que podía hacer era convocar a la construcción de una nueva esperanza, es decir, lanzar una invitación a renovar la esperanza y llevarla a partir de esta tragedia a un punto nuevo, de tal manera que la reconstrucción material esté acompañada de una necesaria reconstrucción espiritual.

La fe ha quedado demostrada en esta catástrofe, una fe que existe en todos nuestros pueblos, que muchas veces no se expresa suficientemente en el ámbito publico, una fe que muchas veces las autoridades no expresan ni respetan. Qué importante es verla expresada en esta situación extrema para comprender la intuición de Juan Pablo II cuando compuso la oración para el novenario de preparación del Quinto Centenario, con la que comencé y termino: la fe es nuestro mayor tesoro, riqueza en medio de la pobreza.




Alejandro Bermúdez
Adaptación: Pensamiento Católico
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[*] Este artículo es una adaptación de «Dios y los desastres naturales: el terremoto en Ica», título que el autor dio a la emisión del 28 de agosto del 2007 de su podcast Punto de Vista, a propósito del terremoto que había sacudido la costa sur del Perú apenas unos días antes el mismo año. Para esta adaptación contamos con los permisos respectivos.

miércoles

El barbero y Dios

Un hombre fue a una barbería a cortarse el cabello y recortarse la barba.

Como es costumbre en estos casos, entabló una amena conversación con la persona que le atendía. Hablaban de muchas cosas y tocaron muchos temas; de pronto, tocaron el tema de Dios y el barbero dijo:

-Fíjese caballero que yo no creo que Dios exista, como usted dice

-...Pero, ¿por qué dice usted eso? preguntó el cliente.

-Pues es muy fácil, basta con salir a la calle para darse cuenta de que Dios no existe, o dígame, ¿acaso si Dios existiera, habría tantos enfermos, y niños abandonados? Si Dios existiera no habría sufrimiento ni tanto dolor para la humanidad; yo no puedo pensar que exista un Dios que permita todas estas cosas.

El cliente se quedó pensando un momento, pero no quiso responder para evitar una discusión. El barbero terminó su trabajo y el cliente salió del negocio. Recién abandonada la barbería vio a un hombre con la barba y el cabello muy largos, al parecer hacía mucho tiempo que no se lo cortaba y se veía muy desarreglado. Entonces entró de nuevo en la barbería y le dijo al barbero:

-¿Sabe una cosa? Los barberos no existen.

-¿Cómo que no existen, si yo estoy aquí y soy barbero?

-¡No!, dijo el cliente, no existen porque si existieran no habría personas con el pelo y la barba tan larga como la de ese hombre que va por la calle.

-¡Ah, no! —dijo el Barbero—Los barberos si existen, lo que pasa es que estas personas no vienen hacia mi.

-¡Exacto!, dijo el cliente, ese es el punto. Dios sí existe, lo que pasa es que las personas no van hacia Él y no le buscan, por eso hay tanto dolor y miseria.


Sufrimiento y Dolor

Hay sufrimiento cuando se separan cosas que deben estar unidas. Y el sufrimiento produce dolor.

Tengo una herida en el brazo. La piel y los tejidos, que van unidos, se han separado y duele. Dos amantes son separados. Duele. Y todo el sufrimiento humano reproduce el sufrimiento original: la separación del hombre de Dios. Hemos sido creados por Él y hacia Él. Sólo con Él y en Él acabará nuestro sufrimiento. Pero el sufrimiento también puede producirse cuando se unen cosas que no van unidas. Un cuerpo extraño en el ojo, personas que se odian y sin embargo se ven obligadas a permanecer juntas.

Con el dolor físico ocurre algo muy curioso. El dolor no empieza a sentirse como tal hasta un grado determinado. El calor es agradable. El calor sofocante agobia. Pero no sentimos dolor hasta un grado determinado de calor. Quien después de una larga caminata extiende sus miembros cansados y doloridos siente un bienestar muy superior a otras veces. El hambre duele y la sed todavía más. Pero a cierta medida de estos dolores la llamamos apetito, y al satisfacerlo sentimos un bienestar mucho mayor que si bebiéramos y comiéramos sin apetito.

Hay enfermos a los que hubo que seccionar el nervio simpático. No sienten nada. Pero no sólo por lo que respecta al dolor. La sensación de dolor misma puede sernos de gran utilidad. El insensible puede quemarse la mano hasta los mismos huesos antes de darse cuenta de que ha entrado en contacto con la llama de su cerilla o con el leño ardiente de la chimenea. El dolor es un avisador, también como heraldo de la enfermedad. Lo más infame del cáncer es que no duele cuando es incipiente, de forma que muchas veces no llega a descubrirse hasta que ya es demasiado tarde. Por tanto, el dolor físico no siempre es inútil. El dolor psíquico es uno de los mayores estímulos que existen para hacer grandes cosas.

El dolor psíquico fue la base de las obras más nobles de la poesía y la literatura. Nadie ama el dolor excepto el pervertido (y aun éste, sólo como fenómeno concomitante), por el contrarió, todos lo tememos. Incluso el propio Jesús, al tener ante sus ojos el indescriptible dolor del Viernes Santo, ruega en el huerto de Getsemaní que Dios aparte de Él ese cáliz. «Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya», concluyó. Desde entonces sabemos cómo hemos de comportarnos ante el dolor inevitable.


Louis de Wohl
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