jueves

Quien ve a su prójimo ha visto a Dios

Según un cuento de Tolstoy, titulado "Quien ve a su prójimo ha visto a Dios", un anciano y, piadoso zapatero remendón sueña una noche que Jesucristo pasará ante él el día siguiente.


Desde la ventana de su taller que halla en un sótano está mirando con sumo interés a los que pasan. Ve a una pobre mujer que, desesperada va a suicidarse con su hijo. La invita a entrar, la consuela y la socorre lo mejor que puede.


Luego pasa un pobre hombre de estos que van quitando la nieve de la calle. Está transido de frío. El zapatero le invita y le hace entrar en su cuartito para que se caliente y tome un bocado. Y así hasta anochecido. El zapatero espera hasta medianoche....No ha visto pasar a Jesús.


Cansado y un poco desilusionado, se prepara para acostarse pero antes, corno de costumbre, quiere leer algún pasaje de la Escritura. Abre el libro y su mirada tropieza con estas palabras: "Siempre que lo hicisteis con alguno de estos mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis."


El zapatero siente subir una oleada de calor de su corazón y comprende que Jesucristo le ha visitado varias veces durante el día en la persona de sus hermanos necesitados.

miércoles

Una confesión pública que salva a un pueblo

Bangkok, Siam. - La confesión pública de un mal cristiano salvó la fe de 3000 católicos en una villa siamesa, cuando, durante la guerra, el gobierno trató de forzar la apostasía en masa de los católicos y su conversión a la religión nacional, el budismo.

Tres mil católicos de la subprefectura de San Plai Na, en la provincia de Juthia, fueron alineados en frente de la estación de la policía. A la cabeza del grupo fueron colocados cuatro de los más influyentes ciudadanos. El Inspector de la policía, dirigiéndose a todo el grupo, les intimó a apostatar, después de explicarles que para ser fieles a su patria debían profesar el budismo y no una religión que adoraba a un dios europeo

En confianza de que todos le seguirían, pidió luego a uno de los cuatro que figuraban en primera fila y cuya fe consideraba más débil, que diese el pedido ejemplo de patriotismo adorando a Buda renegando de Cristo.

El hombre replicó: 'Soy un pecador, lo admito. Por años enteros he sido un escándalo para los demás, pero nunca renegaré Cristo'. Y continuó: 'No soy un intelectual, pero en la escuela aprendí que Jesús nació en Palestina y que Palestina está en Asia. Cristo es por lo tanto un asiático; y son los europeos quienes siguen la religión de un asiático, no los asiáticos quienes seguimos la religión de un europeo'.

Estupefacto, el Inspector ordenó que el grupo se disolviera y así terminó abruptamente la reunión. La cristiandad de Ban Na había sido salvada por el hombre que se esperaba la traicionara.


P. Juan B. Lehmann
Extraído de: "Salió el Sembrador"
Tomo VII Ed. Guadalupe, Buenos Aires, 1947 Pag. 399

lunes

Ser luz y sal por las almas

Un sacerdote católico, al darse cuenta de que los universitarios de color eran atraídos y conquistados por sectas no católicas y por masones, comprendió la necesidad de una labor exquisita y se dio a ella con todas sus fuerzas y con todos los medios a su alcance.

Muchísimo logro el sacerdote en este sentido. Tanto, que sus adversarios se alarmaron y escogieron un chino muy inteligente para que destruyera toda la labor del sacerdote.

El chino fue a este para que le instruyera en la religión cristiana, pero fue sincero desde un principio y le dijo claramente que el quería instruirse para así poderle atacar mejor y así poder destruirlo.

Puesta la confianza en Dios, se avino el sacerdote a este contrato. Pero en seguida fue a ver a una joven enferma y le suplico que ofreciera todos sus dolores a favor de un chino. Cada día este iba a instruirse en la religión cristiana, cada día el sacerdote telefoneaba a la enferma y cada día aumentaba los dolores de esta.

Un día, a una hora desacostumbrada, presentóse el chino y dijo:

Padre, no puedo más. Quiero recibir el Bautismo.

En seguida telefoneo a la casa de aquella enferma para comunicarle esta grata noticia, pero recibió esta contestación: “Acaba de morir”. Eso es ser verdadera luz del mundo y sal de la tierra.


(Del libro Ejemplos Predicables, Mauricio Rufino, Barcelona, Editorial Herder, 1962, pag 807, nº 1992)

jueves

Iglesia y autoritarismo

La Iglesia católica es acusada con cierta frecuencia de ser una sociedad autoritaria, fundamentalista, incapaz de adaptarse a la mentalidad de su tiempo, insensible a los problemas y deseos de la gente común.


La acusación es lanzada especialmente por personas y grupos que promueven la legalización del divorcio, del aborto, de la eutanasia, del “matrimonio” entre personas del mismo sexo, del consumo liberalizado de las mal llamadas “drogas ligeras”.


Para afrontar estas críticas conviene recordar cuál sea la naturaleza del verdadero autoritarismo.


El autoritarismo consiste en defender y pretender que el “gobernante” o las autoridades gocen de plenos poderes para hacer y deshacer las leyes y las estructuras sociales sin ninguna restricción, de acuerdo a los propios intereses, ideas, deseos o proyectos.



En esta perspectiva, no existiría una “ley natural”, ni normas éticas universales, ni tradiciones “sagradas”, ni derechos humanos que pudieran limitar en lo más mínimo los poderes absolutos del gobernante. El político gozaría de una capacidad ilimitada para legislar, decretar, organizar o desorganizar simplemente por el hecho de detentar el poder.


No pensemos que el autoritarismo existe sólo en algunos reyes o dictadores del pasado y del presente.


También hay autoritarismo y dictadura allí donde una aparente democracia, dominada por un partido político fuertemente ideologizado, legaliza el crimen del aborto, o permite la destrucción de embriones para el “progreso” de la ciencia, o cambia arbitrariamente la definición de matrimonio, o permite el divorcio como capricho aceptable sin motivo alguno, o promueve sistemas económicos donde los trabajadores son explotados en contratos injustos, o impide la reunificación de un emigrante con sus familiares.
Igualmente, hay autoritarismo cuando un gobierno, arropado por el voto de un parlamento, impone en las escuelas la ideología de un partido, violando así el derecho de los padres de familia de escoger la formación ética y religiosa de sus hijos.


Si nos fijamos ahora en la Iglesia, notaremos que es lo más opuesto a una organización autoritaria. Sus “dirigentes” (el Papa y los obispos) no pueden cambiar, hacer y deshacer según le plazca.


En otras palabras, la autoridad de la Iglesia no es arbitraria, no está sometida a las opiniones e intereses de un grupo de poder, ni puede cambiar sus enseñanzas según las modas.


¿Por qué? Porque la Iglesia existe no como una sociedad inventada por los hombres y sometida a las decisiones de los hombres. La Iglesia existe y camina en la historia desde su impulso inicial, que viene de Cristo, del Padre, en el Espíritu Santo.


Para ser fiel a su propia esencia, la Iglesia debe limitarse a acoger, explicar y difundir las enseñanzas del Maestro: no tiene poderes para inventar ni cambiar nada de aquello que haya recibido.


Así, la Iglesia no podrá nunca modificar los dogmas para que nadie se sienta excluido o marginado, ni dirá que el aborto o la eutanasia son cosas buenas, ni cambiará la definición de matrimonio, ni propondrá conductas sexuales inmorales como si fueran correctas, ni aceptará sistemas económicos que vayan contra la dignidad de los trabajadores.


El autoritarismo, entonces, no está en la Iglesia, sino en muchos ideólogos que critican a la Iglesia, mientras buscan imponer sus ideas contra los más elementales derechos humanos o contra el respeto que merece la vida de los más indefensos: los niños no nacidos, los ancianos, los pobres, los enfermos.


Hace falta abrir los ojos para reconocer que muchos ataques contra la Iglesia pretenden, de modo subrepticio, debilitar a una institución que incomoda a los defensores de totalitarismos inhumanos. Piensan algunos, a veces con cierta ingenuidad, que sin un “enemigo” tan poderoso podrán algún día imponer sus proyectos inhumanos a pueblos enteros e indefensos.


A pesar del “chaparrón”, a pesar de críticas incontables, a pesar de presiones autoritarias, la Iglesia no dejará de proclamar, con sencillez y confianza, la verdad sobre Dios y sobre el hombre. Susurrará o gritará, según le dejen, su mensaje de amor y de esperanza a los hombres y mujeres de buena voluntad. Será así defensora de la dignidad humana, un baluarte seguro contra autoritarismos destructores, una promotora eficaz de sociedades más justas y solidarias.




P. Fernando Pascual

La infidelidad del pueblo escogido

'Un día, al levantarme de la cama, me pereció oír una voz que me decía: 'El Señor se cansa de esperar; quiere entrar en su granero para cribar el trigo y separar el grano bueno del malo'.

No hice caso de semejante voz ni me detuve (a pensar en lo que podría significar), aunque quedó impresa en mi espíritu. Por más que me esforzaba en apartarla de mí como una distracción impertinente, de tal manera me preocupaba, que no podía hacer oración, fatigada como estaba por la lucha que sostenía mi espíritu.

Entonces sentí que caía sobre mí el peso de la santidad de Dios, como si fuera a anonadarme, y me dejó sin movimiento alguno, para hacerme oír de nuevo claramente su voz. 'Mi pueblo escogido me persigue secretamente y ha irritado mi justicia, pero yo manifestaré sus pecados secretos con castigos visibles, porque los cribaré en la criba de mi santidad para separarlos de mis amados. Y, una vez separados, los rodearé de esa misma santidad que se pone entre el pecador y mi misericordia; y estando así rodeados por mi santidad, les es imposible reconocerse; les queda sin remordimiento la conciencia, el entendimiento sin luz, el corazón sin contrición, y al fin mueren en su ceguedad'.

Más: me descubrió su amoroso corazón todo desgarrado y traspasado de heridas : 'He aquí, me dijo, las heridas que recibo de mi pueblo escogido. Los otros se contentan con herir mi cuerpo; pero éstos atacan mi corazón, que no ha cesado nunca de amarlos. Pero al fin mi amor cederá el lugar a mi justa cólera para castigar a esos orgullosos. Están apegados a la tierra y me desprecian a mí, para no amar sino lo que me es contrario; me abandonan por las criaturas; huyen de la humildad para no buscar sino la estima de sí mismos; les queda el corazón vacío de caridad y no tienen ya más que el nombre de religiosos'.

No cesaba yo, mientras tanto, de pedir a mi Dios una verdadera conversión para todas aquellas almas contra las cuales estaba su justicia irritada y de ofrecerle los méritos de la vida, muerte y pasión de su Hijo, mi Salvador Jesucristo, en satisfacción de las injurias que de nosotros había recibido, y aun me ofrecía yo a su divina bondad para sufrir todas las penas que le pluguiese enviarme, aunque fuera anonadada y arrojada en un abismo, antes que ver perecer esas almas que tan caras le han costado.

José M. Sáenz de Tejada, S. I.
extraído de: "Vida y obras completas de Santa Margarita M. de Alacoque"
ed. Mensajero del Corazón de Jesús, Bilbao 1948; p.194-195.

lunes

¿Cuál debe ser nuestra respuesta ante los terribles escándalos de la Iglesia?

[...] Antes de elegir a Sus primeros discípulos, Jesús subió a la montaña a orar toda la noche. En ese tiempo tenía muchos seguidores. Él habló a Su Padre en oración acerca de a quiénes elegiría para que fueran Sus doce apóstoles, los doce que El formaría íntimamente, los doce a quienes enviaría a predicar la Buena Nueva en Su nombre. El les dio el poder de expulsar a los demonios. Les dio el poder para curar a los enfermos. Ellos vieron cómo Jesús obró incontables milagros. Ellos mismos obraron en Su nombre numerosos milagros.


Pero, a pesar de todo, uno de ellos fue un traidor. Uno, que había seguido al Señor, uno, a quien el Señor le lavó los pies, que lo vio caminar sobre las aguas, resucitar a personas de entre los muertos y perdonar a los pecadores, traicionó al Señor. El Evangelio nos dice que él permitió que Satanás entrara en él y luego vendió al Señor por treinta monedas, simulando un acto de amor para entregarlo. […] Jesús no eligió a Judas para que lo traicionara. El lo eligió para que fuera como todos los demás. Pero Judas fue siempre libre y usó su libertad para permitir que Satanás entrara en él y, por su traición, terminó haciendo que Jesús fuera crucificado y ejecutado.


Así que desde los primeros doce que Jesús mismo eligió, uno fue un terrible traidor. A VECES LOS ELEGIDOS DE DIOS LO TRAICIONAN. Este es un hecho que debemos asumir. Es un hecho que la primera Iglesia asumió. Si el escándalo causado por Judas hubiera sido lo único en lo que los miembros de la primera Iglesia se hubieran centrado, la Iglesia habría estado acabada antes de comenzar a crecer. En vez de ello, la Iglesia reconoció que no se juzga algo por aquellos que no lo viven, sino por quienes sí lo viven.


En vez de centrarse en aquel que traicionó a Jesús, se centraron en los otros once, gracias a cuya labor, predicación, milagros y amor por Cristo, nosotros estamos aquí hoy.


[...] Hoy somos confrontados por esa misma realidad. Podemos centrarnos en aquellos que traicionaron al Señor, aquellos que abusaron en vez de amar a quienes estaban llamados a servir, o, como la primera Iglesia, podemos enfocarnos en los demás, en los que han permanecido fieles, esos sacerdotes que siguen ofreciendo sus vidas para servir a Cristo y para servirlos a ustedes por amor.


Los medios casi nunca prestan atención a los buenos "once", aquellos a quienes Jesús escogió y que permanecieron fieles, que vivieron una vida de silenciosa santidad. Pero nosotros, la Iglesia, debemos ver el terrible escándalo que estamos atestiguando bajo una perspectiva auténtica y completa.


El escándalo desafortunadamente no es algo nuevo para la Iglesia. Hubo muchas épocas en su historia, cuando estuvo peor que ahora. La historia de la Iglesia es como la definición atemática del coseno, es decir, una curva oscilatoria con movimientos de péndulo, con bajas y altas a lo largo de los siglos. En cada una de esas épocas cuando la Iglesia llegó a su punto más bajo, Dios elevó a tremendos santos que llevaran a la Iglesia de regreso a su verdadera misión. Es casi como si en aquellos momentos de oscuridad, la Luz de Cristo brillara más intensamente.

[...] La Reforma Protestante no brotó fundamentalmente por aspectos teológicos, por asuntos de fe - aunque las diferencias teológicas aparecieron después - sino por aspectos morales. Había un sacerdote agustino, Martín Lutero, quien fue a Roma durante el papado más notorio de la historia, el del Papa Alejandro VI.


Este Papa jamás enseñó nada contra la fe - el Espíritu Santo lo evitó - pero fue simplemente un hombre malvado. […] Martín Lutero […] se preguntaba cómo Dios podía permitir que un hombre tan malvado hubiera sido la cabeza visible de Su Iglesia. Regresó a Alemania y observó toda clase de problemas morales. Los sacerdotes vivían abiertamente relaciones con mujeres. Algunos trataban de obtener ganancias vendiendo bienes espirituales. Primaba una inmoralidad terrible entre los laicos católicos. El se escandalizó, como le hubiera ocurrido a cualquiera que amara a Dios, por esos abusos desenfrenados. Así que fundó su propia iglesia.


Eventualmente Dios hizo surgir a muchos santos que combatieran esta solución equivocada y trajeran de regreso a las personas a la Iglesia fundada por Cristo. San Francisco de Sales fue uno de ellos. Poniendo en riesgo su vida, recorrió Suiza, donde los calvinistas eran muy populares, predicando el Evangelio con verdad y amor. Muchas veces fue golpeado en su camino y dejado por muerto.


Un día le preguntaron cuál era su postura en relación al escándalo que causaban tantos de sus hermanos sacerdotes. Lo que él dijo es tan importante para nosotros hoy como lo fue en aquel entonces para quienes lo escucharon. El no se anduvo con rodeos.


Dijo: "Aquellos que cometen ese tipo de escándalos son culpables del equivalente espiritual a un asesinato," destruyendo la fe de otras personas en Dios con su pésimo ejemplo. Pero al mismo tiempo advirtió a sus oyentes: "Pero yo estoy aquí entre ustedes hoy para evitarles un mal aún peor. Mientras que aquellos que causan el escándalo son culpables de asesinato espiritual, los que acogen el escándalo - los que permiten que los escándalos destruyan su fe - son culpables de suicidio espiritual. Son culpables", dijo él, "de cortar de cuajo su vida con Cristo, abandonando la fuente de vida en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía".


San Francisco de Sales anduvo entre la gente de Suiza tratando de prevenir que cometieran un suicidio espiritual a causa de los escándalos. Y yo estoy aquí hoy para predicarles lo mismo a ustedes.


¿Cuál debe ser entonces nuestra respuesta? Otro gran santo que vivió en tiempos particularmente difíciles también puede ayudarnos. El gran San Francisco de Asís vivió alrededor del año 1200, que fue una época de inmoralidad terrible en Italia central. Los sacerdotes daban ejemplos espantosos. La inmoralidad de los laicos era aun peor. San Francisco mismo, siendo joven, había escandalizado a otros con su manera despreocupada de vivir. Pero eventualmente se convirtió al Señor, fundó a los Franciscanos, ayudó a Dios a reconstruir Su Iglesia y llegó a ser uno de los más grandes santos de todos los tiempos.


Una vez, uno de los hermanos de la Orden de Frailes Menores le hizo una pregunta. Este hermano era muy susceptible a los escándalos. "Hermano Francisco," le dijo, "¿qué harías tú si supieras que el sacerdote que está celebrando la Misa tiene tres concubinas a su lado?" Francisco, sin dudar un solo instante, le dijo con gran serenidad: "Cuando llegara la hora de la Sagrada Comunión, iría a recibir el Sagrado Cuerpo de mi Señor de las manos ungidas del sacerdote."


[...] Así que lo que Francisco estaba diciendo en respuesta a la pregunta de su hermano religioso al manifestarle que él recibiría el Sagrado Cuerpo de Su Señor de las manos ungidas del sacerdote, es que no iba a permitir que la maldad o inmoralidad del sacerdote lo llevaran a cometer suicidio espiritual. Cristo puede seguir actuando y de hecho actúa incluso a través del más pecador de los sacerdotes. ¡Y gracias a Dios que lo hace!


Y es que si siempre tuviéramos que depender de la santidad personal del sacerdote, estaríamos en graves problemas. Los sacerdotes son elegidos por Dios de entre los hombres y son tentados como cualquier ser humano y caen en pecado como cualquier ser humano. […]

Así es que, de nuevo, les pregunto: ¿Cuál debe ser la respuesta de la Iglesia a estos actos? Se ha hablado mucho al respecto en los medios. ¿Tiene la Iglesia que trabajar mejor, asegurándose que nadie con predisposición a la pedofilia sea ordenado? Absolutamente. Pero esto no sería suficiente. ¿Tiene la Iglesia que actuar mejor para tratar estos casos cuando sean reportados? La Iglesia ha cambiado su manera de abordar estos casos y hoy la situación es mucho mejor de lo que fue en los años ochentas, pero siempre puede ser perfeccionada. Pero aun esto no sería suficiente. ¿Tenemos que hacer más para apoyar a las víctimas de tales abusos? ¡Sí, tenemos que hacerlo, tanto por justicia como por amor! Pero ni siquiera esto es lo adecuado. [...]


¡La única respuesta adecuada a este terrible escándalo, la única respuesta auténticamente católica a este escándalo - como San Francisco de Asís reconoció en 1200, como San Francisco de Sales reconoció en 1600 e incontables otros santos han reconocido en cada siglo - es la SANTIDAD! ¡Toda crisis que enfrenta la Iglesia, toda crisis que el mundo enfrenta, es una crisis de santidad! La santidad es crucial, porque es el rostro auténtico de la Iglesia.


Siempre hay personas […] que usan excusas para justificar por qué no practican su fe, por qué lentamente están cometiendo un suicidio espiritual. Puede ser porque una monja se portó mal con ellos cuando tenían 9 años. O porque no entienden las enseñanzas de la Iglesia sobre algún asunto particular. Indudablemente habrá muchas personas estos días […] que dirán: "¿Para qué practicar la fe, para qué ir a la Iglesia, si la Iglesia no puede ser verdadera, cuando los así llamados elegidos son capaces de hacer el tipo de cosas que hemos estado leyendo?" Este escándalo es como un perchero enorme donde algunos tratarán de colgar su justificación para no practicar la fe. Por eso es que la santidad es tan importante.


Estas personas necesitan encontrar en todos nosotros una razón para tener fe, una razón para tener esperanza, una razón para responder con amor al amor del Señor. Las bienaventuranzas que leemos en el Evangelio de hoy son una receta para la santidad. Todos necesitamos vivirlas más. ¿Tienen que ser más santos los sacerdotes? Seguro que sí. ¿Tienen que ser más santos los religiosos y religiosas y dar un testimonio aún mayor de Dios y del Cielo? Absolutamente. Pero todas las personas en la Iglesia tienen que hacerlo, ¡incluyendo a los laicos! Todos tenemos la vocación de ser santos y esta crisis es un llamado para que despertemos.


[...] Cristo nunca permitirá que Su Iglesia fracase. El prometió que las puertas del infierno no prevalecerían sobre Su Iglesia, que la barca de Pedro, la Iglesia que navega en el tiempo hacia su puerto eterno en el cielo, nunca se volcará, no porque aquellos que van en ella no cometan todos los pecados posibles para hundirla, sino porque Cristo, que también está en la barca, nunca permitirá que esto suceda. Cristo sigue en la barca y El nunca la abandonará.


La magnitud de este escándalo podría ser tal, que de ahora en adelante ustedes encuentren difícil confiar en los sacerdotes de la misma manera como lo hicieron en el pasado. Esto puede suceder y podría no ser tan malo. ¡Pero nunca pierdan la confianza en el Señor! ¡Es Su Iglesia! Aún cuando algunos de Sus elegidos lo hayan traicionado, El llamará a otros que serán fieles, que los servirán a ustedes con el amor que merecen ser servidos, tal como ocurrió después de la muerte de Judas, cuando los once apóstoles se pusieron de acuerdo y permitieron que el Señor eligiera a alguien que tomara el lugar de Judas y escogieron al hombre que terminó siendo San Matías, quien proclamó fielmente el Evangelio hasta ser martirizado por él.


¡Éste es un tiempo en el que todos nosotros necesitamos concentrarnos aún más en la santidad! ¡Estamos llamados a ser santos y cuánto necesita nuestra sociedad ver ese rostro hermoso y radiante de la Iglesia! Ustedes son parte de la solución, una parte crucial de la solución. Y cuando caminen al frente hoy para recibir de las manos ungidas de este sacerdote el Sagrado Cuerpo del Señor, pídanle a El que los llene de un deseo real de santidad, un deseo real de mostrar Su auténtico rostro.


Una de las razones por las que yo estoy aquí como sacerdote para ustedes hoy es porque siendo joven, me impresionaron negativamente algunos de los sacerdotes que conocí. Los veía celebrar la Misa y, casi sin reverencia, alguna dejaban caer el Cuerpo del Señor en la patena, como si tuvieran en sus manos algo de poco valor en vez de al Creador y Salvador de todos, en vez de a MI Creador y Salvador. Recuerdo haberle dicho al Señor, reiterando mi deseo de ser sacerdote: "¡Señor, por favor, déjame ser sacerdote para que pueda tratarte como Tú mereces!" Eso me dio un ardiente deseo de servir al Señor.


Quizá este escándalo les permita a ustedes hacer lo mismo. Este escándalo puede ser algo que los conduzca por el camino del suicidio espiritual o algo que los inspire a decir, finalmente, "Quiero ser santo, para que yo y la Iglesia podamos glorificar Tu nombre como Tú lo mereces, para que otros puedan encontrarte en el amor y la salvación que yo he encontrado." Jesús está con nosotros, como lo prometió, hasta el final de los tiempos. El sigue en la barca.

[...] ¿Cómo vas a responder tú?