miércoles

I Semana de Adviento: Velad

«Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor... Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».

Se pregunta a veces por qué Dios nos esconde algo tan importante como es la hora de su venida, que para cada uno de nosotros, considerado singularmente, coincide con la hora de la muerte. La respuesta tradicional es: «Para que estuviéramos alerta, sabiendo cada uno que ello puede suceder en sus días» (San Efrén el Sirio).

Pero el motivo principal es que Dios nos conoce; sabe qué terrible angustia habría sido para nosotros conocer con antelación la hora exacta y asistir a su lenta e inexorable aproximación. Es lo que más atemoriza de ciertas enfermedades. Son más numerosos hoy los que mueren de afecciones imprevistas de corazón que los que mueren de «penosas enfermedades». Si embargo dan más miedo estas últimas porque nos parece que privan de esa incertidumbre que nos permite esperar.

La incertidumbre de la hora no debe llevarnos a vivir despreocupados, sino como personas vigilantes. El año litúrgico está en sus comienzos, mientras que el año civil llega a su fin. Una ocasión óptima para hacer hueco a una reflexión sabia sobre el sentido de nuestra existencia.

La misma naturaleza en otoño nos invita a reflexionar sobre el tiempo que pasa. Lo que decía el poeta Giuseppe Ungaretti de los soldados en la trinchera del Carso, durante la primera guerra mundial, vale para todos los hombres:«Se está / como en otoño / en los árboles / las hojas». Esto es, a punto de caer, de un momento a otro. «El tiempo pasa y el hombre no se da cuenta», decía Dante.

Un antiguo filósofo expresó esta experiencia fundamental con una frase que se ha hecho célebre: «panta rei», o sea, todo pasa. Ocurre en la vida como en la pantalla televisiva: los programas se suceden rápidamente y cada uno anula el precedente. La pantalla sigue siendo la misma, pero las imágenes cambian.

Es igual con nosotros: el mundo permanece, pero nosotros nos vamos uno tras otro. De todos los nombres, los rostros, las noticias que llenan los periódicos y los telediarios del día --de mí de ti, de todos nosotros--, ¿qué permanecerá de aquí a algún año o década? Nada de nada. El hombre no es más que «un trazo que crea la ola en la arena del mar y que borra la ola siguiente».

Veamos qué tiene que decirnos la fe a propósito de este dato de hecho de que todo pasa. «El mundo pasa, pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2, 17). Así que existe alguien que no pasa, Dios, y existe un modo de que nosotros no pasemos del todo: hacer la voluntad de Dios, o sea, creer, adherirnos a Dios.

En esta vida somos como personas en una balsa que lleva un río en crecida a mar abierto, sin retorno. En cierto momento, la balsa pasa cerca de la orilla. El náufrago dice: «¡Ahora o nunca!», y salta a tierra firme. ¡Qué suspiro de alivio cuando siente la roca bajo sus pies! Es la sensación que experimenta frecuentemente quien llega a la fe.

Podríamos recordar, como conclusión de esta reflexión, las palabras que santa Teresa de Ávila dejó como una especie de testamento espiritual: «Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. Sólo Dios basta».

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
Predicador de la Casa Pontificia
Extraído de la Homilía dada el I Domingo de Adviento - 02/12/2007

jueves

¿Es usted cura?


«¿Es usted cura? No puedo mirarle a usted ni a ningún otro sin pensar en un abusador sexual»

Era sólo la tercera vez que me pasaba en mis 35 felices años como sacerdote, las tres veces en los últimos 9 años y medio. Otros sacerdotes me cuentan que les ha sucedido muchas más veces. Pero tres son bastante. Cada vez me agitó hasta la náusea.

Sucedió el pasado viernes. Acababa de llegar al aeropuerto de Denver para hablar en su popular convención anual, Living Our Catholic Faith. Mientras esperaba al tren eléctrico que me llevase a la terminal, un hombre de unos cuarenta y pico años, que también estaba esperando, se me acercó.

"¿Es usted un sacerdote católico?", preguntó con amabilidad.

"Sí, claro. Mucho gusto", le dije, tendiendo mi mano. Él la ignoró.

"Crecí en un hogar católico", respondió. Yo no estaba preparado para el filo aguzado de su estileto.

"Ahora soy padre de dos chicos, y no puedo mirarle a usted ni a ningún otro cura sin pensar en un abusador sexual".

 ¿Qué responder? ¿Chillarle? ¿Pedir disculpas? ¿Expresar comprensión? Admito que todas esas reacciones vinieron a mi mente mientras me debatía entre la vergüenza y la rabia por el daño y la herida que infligía con esas palabras punzantes.

 "Bueno", me recobré lo suficiente; "sin duda, lamento que lo sienta así. Pero, déjeme preguntarle... ¿automáticamente cree ver un abusador cuando ve un rabino o un ministro protestante?".

"En absoluto"

"¿Y cuando ve un entrenador, un líder boy scout, un padre de acogida, un consejero o médico?"

"Por supuesto que no", respondió. "¿Qué tiene que ver con esto?

 "Mucho", respondí. "Porque cada una de esas profesiones tiene un porcentaje de abusadores tan alto, quizá más, que los sacerdotes".

 "Quizá", admitió. "Pero la Iglesia es el único grupo que sabía lo que pasaba, no hizo nada, y se limitó a pasar los pervertidos de un lado a otro".

"Parece obvio que usted nunca vio las estadísticas sobre los profesores de colegios públicos", comenté. "Solo en mi ciudad de Nueva York, los expertos dicen que la proporción de abusos sexuales entre profesores de la escuela pública es diez veces más alta que entre los sacerdotes, y esos abusadores, simplemente, fueron transferidos de un sitio a otro".

[Si hubiese conocido las noticias del New York Times del pasado domingo sobre la alta tasa de abusos contra los más indefensos en la mayoría de hogares tutelados por el estado, con abusadores simplemente transferidos de un hogar a otro, también lo hubiera mencionado].

No respondió, así que continué.

"Perdone que sea tan contundente, pero usted lo fue conmigo, así que permítame preguntar: ¿cuando usted se mira al espejo, ve un abusador sexual?".

Ahora era él quien se sobresaltaba como yo antes. "¿De qué demonios me habla?", dijo.

"Es triste, pero los estudios nos dicen que la mayoría de los niños abusados sexualmente son víctimas de sus padres o de otros miembros de la familia", respondí.

Ya era bastante. Le vi inquieto y traté de suavizarlo.

"Le diré que, cuando le veo a usted, yo no veo un abusador, y apreciaría la misma consideración por su parte".

El tren nos había llevado a la zona de recogida de equipajes y salimos juntos.

"Bien, entonces ¿por qué sólo oímos toda esa basura acerca de ustedes los curas?", preguntó, pensativo.

"Lo mismo nos preguntamos los curas. Tengo una serie de razones, si le interesa".

Asintió mientras caminábamos hacia la cinta transportadora.

"Por un lado, los curas merecemos un escrutinio más intenso porque la gente confía más en nosotros, ya que osamos afirmar que representamos a Dios, así que si uno de nosotros hace esas cosas, aunque sólo una diminuta minoría lo haya hecho, es más desagradable. 

Segundo, me temo que hay muchos por ahí que no aman a la Iglesia y hacen lo que pueden por dañarnos. Este es un tema con el que adoran azotarnos sin descanso. 

Y tercero, y odio decirlo, se puede sacar mucho dinero denunciando a la Iglesia Católica, mientras que apenas vale la pena denunciar a alguno de los grupos que comenté antes".

Ahora ambos teníamos ya nuestro equipaje y nos dirigimos a la puerta. Él tendió su mano, la que 5 minutos antes no había tendido.

Nos dimos un apretón. "Gracias, encantado de haberle conocido", dijo. Se detuvo un momento. "¿Sabe? Pienso en los grandes sacerdotes que conocí de niño. Y ahora, que trabajo en IT en la Regis University, conozco algunos jesuitas devotos. No deberíamos juzgarles a todos ustedes por los horribles pecados de unos pocos".

"Gracias", sonreí. Supongo que las cosas se habían arreglado porque, mientras se iba, añadió: "al menos, le debo un chiste: ¿qué sucede si no puedes pagar a tu exorcista?".

"Ni idea", respondí.

"Una re-posesión".

Nos reímos y nos separamos. Pese al final feliz, aún temblaba y casi sentí que necesitaba un exorcismo para expulsar de mi alma sacudida el horror que todo este asunto ha significado para las víctimas y sus familias, para nuestros católicos, como ese hombre... y para nosotros, los sacerdotes.

Mons. Timothy Dollan
Arzobispo de Nueva York

miércoles

¿Hablamos para convencer?


Tenemos un punto de vista. Lo exponemos. ¿Por qué?

Alguno dirá que hablamos porque creemos en la verdad de nuestras ideas y por eso deseamos compartirlas. Otro pensará que tenemos actitudes impositivas desde las cuales intentamos manipular y controlar a otros.


Habrá quien diga que lo mejor es dejar a cada quien con sus convicciones. Hablar para convencer, según esta perspectiva, sería fundamentalismo, intolerancia, falta de respeto a la “sana diversidad” de pareceres.


En realidad, nos resulta casi imposible suponer que todas las ideas valen lo mismo y que no tiene sentido ofrecer los propios pareceres a quienes entren en el campo de nuestras relaciones.


Incluso el que dice que habría que respetar las opiniones de todos, que sería incorrecto hablar para convencer, tendrá que reconocer la situación extraña en la que se encuentra: busca que su idea sea aceptada. Es decir, pretende “convencer” a otros de que nadie debería “convencer” a otros...

Un elemento constitutivo del dialogar humano consiste en situarse en perspectivas de ayuda y de ofrecimiento. Los padres que explican al hijo que no se dice “lo sabo” sino “lo sé”, no son dictadores intolerantes: simplemente reconocen la conveniencia de respetar las reglas gramaticales para una buena inserción social.


Desde luego, hay quienes no sólo creen que tienen algo que decir y que eso que dicen es verdadero, sino que lo hacen de malas maneras, sin respeto al otro, sin habilidad comunicativa. Reconocer que existen actitudes y comportamientos negativos que dañan las relaciones humanas es otro modo concreto de acoger una idea como válida. Ofrecerla, explicarla, con una sana pedagogía y en un clima de respeto, promueve un mundo de relaciones que permite dejar atrás lo que nos daña y avanzar hacia modelos de convivencia más justos.

Entonces, ¿hablamos para convencer? Sí. No podemos evitarlo. Como ya se ha dicho, quien lo niegue buscará, con una simpática paradoja, convencernos de que no debemos hablar para convencer...


Si las cosas están así, podemos añadir una nueva idea: es importante pensar bien las cosas antes de decirlas. Porque las palabras no son inofensivas: si lo que decimos es falso, existe la posibilidad de que alguien lo acoja (se convenza) de eso que le hemos manifestado y caiga en el engaño. Si lo que decimos es verdadero, presentarlo de malas maneras puede impedir al otro abrirse a perspectivas enriquecedoras.

Sopesar las palabras se convierte entonces en una tarea imprescindible. Así evitaremos difundir ideas que pueden ser falsas, opiniones no bien maduradas. Sobre todo, así nos daremos cuenta de que un buen diálogo inicia cuando antes nos hemos esforzado por cribar lo que escuchamos, leemos o reflexionamos a solas.


Descartaremos así (esperamos) lo que no corresponda a la verdad. Asumiremos lo que nos parece más seguro. Tendremos en nuestros labios o entre los dedos que escriben ideas ponderadas, maduras, y, seguramente, también verdaderas. Eso es lo mejor que podemos decir a quien intentamos convencer, desde un respeto profundo, eso que por ahora consideramos como digno de ser difundido.


Fernando Pascual

jueves

Una mirada esencial

Hay una mirada que da vida: la de Dios.

Siete veces se dice, al inicio de la Biblia, que Dios “vio” cuanto creaba y que “era bueno”. Hay muchas cosas realizables -pueden hacerse- pero no son buenas -no deben hacerse. Dios nos sigue mirando.

Dámaso Alonso, al hablar de su nacimiento dice: “¡Mi día!, y amo, canto y pienso/ yo, de Dios, ante Dios. Destino inmenso. Él y yo: de hito en hito, Dios y yo”.

Él no nos aparta la mirada (de hito en hito) nunca. Pero nosotros sí podemos caer en la forma suprema de ausencia que es la carencia de la presencia de Dios. Forma suprema de ausencia, porque se esfuma el sentido de la vida.

Julián Marías afirmó que el hombre no es creador de su vida, pero sí autor, porque la hace. “Ello nos conduce a un conocimiento que nos brota del hondón de nuestra alma. Que la vida eterna en este mundo aparece como elección de la perdurable. Consiste en decidir `ahora´ quién va a ser `siempre´, y no hasta la muerte, sino más allá”. Añade: “Querer arrancar las raíces cristianas de nuestra civilización supone olvidar que hace dos mil años, el hombre tiene algo radicalmente nuevo que no se acaba de poseer sino por partes, que hay que conquistar; que está frente a nuestra libertad sin forzarla”.

Impresiona la definición que Agar, la esclava de Sara, abandonada en el desierto con su hijo, da como nombre al Dios que la ha animado: “¿Será que he llegado a ver aquí las espaldas de `Aquel Que Me Ve´?" Y no nos ve con indiferencia, sino con mirada de Padre.

De la mirada, casi muriendo, Martín Descalzo clama: “Nadie estaba más ciego que mis ojos. Grité: ¡Señor!, porque te habías ido, y Tú estabas latiendo entre mis manos. Ahora que estamos solos, Cristo, te diré la verdad: Señor, no creo. ¿Cómo puedo creerme `lo que veo´, si la fe es creerme lo que no he visto?”.



+ Cardenal Ricardo María Carles
Arzobispo emérito de Barcelona