sábado

¿Por qué a él le va mejor que a mi?

Los malvados, los desaprensivos, los egoístas natos, ésos son los que triunfan! Viven en villas elegantes y beben champán, viajan a la Riviera, se divierten en Marbella gastando una millonada, todo el mundo les hace reverencias y pueden tener todo lo que quieran.

Y nosotros nos matamos a trabajar, vivimos con decencia y nos podemos dar por contentos si conseguimos abrirnos camino medianamente. Si existe un Dios justo, ¿por qué les va entonces bien a los malos, y a los buenos mal?

De esta acusación existen naturalmente numerosas variantes, pero en definitiva todas van a parar a lo mismo. Si Dios fuera justo, a los malos no debería salirles nada bien y a los buenos todo. Y yo, yo ¡naturalmente! soy bueno. Y ese que lo ha «conseguido» es ¡naturalmente! malo. A veces, surge de inmediato un pequeño apéndice mordaz: «Usted dirá, desde luego, que al otro le irá muy mal en la vida eterna y a mí muy bien. Pero eso aquí no me sirve de nada». Y detrás de esto se esconde la frase: «Además, quién sabe si eso de la vida eterna será cierto al fin y al cabo».

Este planteamiento puede ir mucho más lejos: ¿Por qué A es inteligente y B tonto? ¿Por qué la señorita C es guapa y la señorita D, expresándonos con cortesía, menos guapa? ¿Por qué E está sano y F enfermo? ¿Por qué G vive en un país azotado por las guerras y H en un país en paz? ¿Por qué la señora J da a luz seis hijos y la señora I ninguno? ¿Acaso el mundo es una lotería?

En definitiva la idea que subyace en este planteamiento es la de que un Dios justo deberá hacer que la vida de los hombres en la tierra transcurriese conforme a los méritos que nosotros vemos en ellos. Y si Dios se atiene a esta receta, quedaría inmediatamente desenmascarado como injusto: bastaría con que a una sola persona buena le fuese mal en su vida y a una sola persona mala le fuese bien. Según esto, un solo asesinato convertiría a un hombre en asesino; un solo robo, en ladrón; una sola injusticia, en injusto. Además, se entiende que irle a uno bien en la vida significa villa, Riviera, Marbella, etc., es decir, poseer una especie de primitivo Paraíso-en-la-tierra.

Si Dios siguiese esta receta inmediatamente se expondría a cientos de acusaciones, porque en realidad seríamos nosotros los que nos erigiríamos en jueces, determinando a quién le debería ir bien la vida y a quién le debería ir mal. Y ¿qué pasa con nuestra propia justicia? Ya el hecho de que nos consideremos buenos es suficiente para juzgarnos. Es una mentira presuntuosa. Y lo bueno o malo que puede ser el otro, de eso sabemos muy poco. A esto hay que añadir que nuestra naturaleza se inclina casi siempre a acostumbrarnos rápidamente a deleites materiales, a considerarlos naturales, a convertirnos en hartos, pedantes y orgullosos, pero sobre todo: lo más opuesto a felices. Conozco a muchos millonarios, pero ninguno feliz. Cada uno de nosotros está destinado para una tarea totalmente individual, incluso el enfermo F y la nada agraciada señorita D. Y lo más estúpido y equivocado que podemos hacer es comparar nuestra propia vida con la de otro, llenos de envidia o con arrogancia despreciativa.

¿Por qué vive el papagayo cien años y el caballo treinta? ¿Por qué un hombre ochenta y el otro sólo veinte? Quien como nosotros sólo puede abarcar un sector mínimo de la vida y, en el mejor de los casos, sólo domina la pequeña tabla de multiplicar de la justicia, será preferible que se abstenga de juzgar. Cristo lo ha expresado con toda claridad. «¿Qué te importa a ti eso? ¡Sígueme TU!».



Louis de wohl

miércoles

Natividad del Señor

[...] Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos, durante tantas horas oscuras, el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad con figuras todavía confusas: que Dios se preocupase por nosotros, que saliera de su ocultamiento, que el mundo alcanzara la salvación y que Él renovase todo.

Podemos imaginar con cuánta preparación interior, con cuánto amor, esperó María aquella hora. El breve inciso, «lo envolvió en pañales», nos permite vislumbrar algo de la santa alegría y del callado celo de aquella preparación. Los pañales estaban dispuestos, para que el niño se encontrara bien atendido. Pero en la posada no había sitio.

En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él. Está tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. Y cuanto más se enriquecen los hombres, tanto más llenan todo de sí mismos y menos puede entrar el otro.

Juan, en su Evangelio, fijándose en lo esencial, ha profundizado en la breve referencia de San Lucas sobre la situación de Belén: "Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron" (1,11). Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquel por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge.

En definitiva, estas palabras se refieren a nosotros, a cada persona y a la sociedad en su conjunto. ¿Tenemos tiempo para el prójimo que tiene necesidad de nuestra palabra, de mi palabra, de mi afecto?. ¿Para aquel que sufre y necesita ayuda?. ¿Para el prófugo o el refugiado que busca asilo?. ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios?. ¿Puede entrar Él en nuestra vida?. ¿Encuentra un lugar en nosotros o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?.

Gracias a Dios, la noticia negativa no es la única ni la última que hallamos en el Evangelio. De la misma manera que en Lucas encontramos el amor de su madre María y la fidelidad de San José, la vigilancia de los pastores y su gran alegría, y en Mateo encontramos la visita de los sabios Magos, llegados de lejos, así también nos dice Juan: «Pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Hay quienes lo acogen y, de este modo, desde fuera, crece silenciosamente, comenzando por el establo, la nueva casa, la nueva ciudad, el mundo nuevo.

El mensaje de Navidad nos hace reconocer la oscuridad de un mundo cerrado y, con ello, se nos muestra sin duda una realidad que vemos cotidianamente. Pero nos dice también que Dios no se deja encerrar fuera. Él encuentra un espacio, entrando tal vez por el establo; hay hombres que ven su luz y la transmiten. Mediante la palabra del Evangelio, el Ángel nos habla también a nosotros y, en la sagrada liturgia, la luz del Redentor entra en nuestra vida. Si somos pastores o sabios, la luz y su mensaje nos llaman a ponernos en camino, a salir de la cerrazón de nuestros deseos e intereses para ir al encuentro del Señor y adorarlo. Lo adoramos abriendo el mundo a la verdad, al bien, a Cristo, al servicio de cuantos están marginados y en los cuales Él nos espera.

En algunas representaciones navideñas de la Baja Edad media y de comienzo de la Edad Moderna, el pesebre se representa como edificio más bien desvencijado. Se puede reconocer todavía su pasado esplendor, pero ahora está deteriorado, sus muros en ruinas; se ha convertido justamente en un establo.

Aunque no tiene un fundamento histórico, esta interpretación metafórica expresa sin embargo algo de la verdad que se esconde en el misterio de la Navidad. El trono de David, al que se había prometido una duración eterna, está vacío. Son otros los que dominan en Tierra Santa. José, el descendiente de David, es un simple artesano; de hecho, el palacio se ha convertido en una choza. David mismo había comenzado como pastor. Cuando Samuel lo buscó para ungirlo, parecía imposible y contradictorio que un joven pastor pudiera convertirse en el portador de la promesa de Israel.

En el establo de Belén, precisamente donde estuvo el punto de partida, vuelve a comenzar la realeza davídica de un modo nuevo: en aquel niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. El nuevo trono desde el cual este David atraerá hacia sí el mundo es la Cruz. El nuevo trono -la Cruz- corresponde al nuevo inicio en el establo. Pero justamente así se construye el verdadero palacio davídico, la verdadera realeza. Así, pues, este nuevo palacio no es como los hombres se imaginan un palacio y el poder real. Este nuevo palacio es la comunidad de cuantos se dejan atraer por el amor de Cristo y con Él llegan a ser un solo cuerpo, una humanidad nueva. El poder que proviene de la Cruz, el poder de la bondad que se entrega, ésta es la verdadera realeza. El establo se transforma en palacio; precisamente a partir de este inicio, Jesús edifica la nueva gran comunidad, cuya palabra clave cantan los ángeles en el momento de su nacimiento: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama», hombres que ponen su voluntad en la suya, transformándose en hombres de Dios, hombres nuevos, mundo nuevo.

Gregorio de Nisa ha desarrollado en sus homilías navideñas la misma temática partiendo del mensaje de Navidad en el Evangelio de Juan: «Y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14). Gregorio aplica esta palabra de la morada a nuestro cuerpo, deteriorado y débil; expuesto por todas partes al dolor y al sufrimiento. Y la aplica a todo el cosmos, herido y desfigurado por el pecado. ¿Qué habría dicho si hubiese visto las condiciones en las que hoy se encuentra la tierra a causa del abuso de las fuentes de energía y de su explotación egoísta y sin ningún reparo?.

Anselmo de Canterbury, casi de manera profética, describió con antelación lo que nosotros vemos hoy en un mundo contaminado y con un futuro incierto: «Todas las cosas se encontraban como muertas, al haber perdido su innata dignidad de servir al dominio y al uso de aquellos que alaban a Dios, para lo que habían sido creadas; se encontraban aplastadas por la opresión y como descoloridas por el abuso que de ellas hacían los servidores de los ídolos, para los que no habían sido creadas» (PL 158, 955s).

Así, según la visión de Gregorio, el establo del mensaje de Navidad representa la tierra maltratada. Cristo no reconstruye un palacio cualquiera. Él vino para volver a dar a la creación, al cosmos, su belleza y su dignidad: esto es lo que comienza con la Navidad y hace saltar de gozo a los ángeles. La tierra queda restablecida precisamente por el hecho de que se abre a Dios, que recibe nuevamente su verdadera luz y, en la sintonía entre voluntad humana y voluntad divina, en la unificación de lo alto con lo bajo, recupera su belleza, su dignidad. Así, pues, Navidad es la fiesta de la creación renovada.

Los Padres interpretan el canto de los ángeles en la Noche Santa a partir de este contexto: se trata de la expresión de la alegría porque lo alto y lo bajo, cielo y tierra, se encuentran nuevamente unidos; porque el hombre se ha unido nuevamente a Dios.

Para los Padres, forma parte del canto navideño de los ángeles el que ahora ángeles y hombres canten juntos y, de este modo, la belleza del cosmos se exprese en la belleza del canto de alabanza. El canto litúrgico -siempre según los Padres- tiene una dignidad particular porque es un cantar junto con los coros celestiales. El encuentro con Jesucristo es lo que nos hace capaces de escuchar el canto de los ángeles, creando así la verdadera música, que acaba cuando perdemos este cantar juntos y este sentir juntos.

En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo vino a la tierra. Por eso, de allí se difunde una luz para todos los tiempos; por eso, de allí brota la alegría y nace el canto.

Al final de nuestra meditación navideña quisiera citar una palabra extraordinaria de San Agustín. Interpretando la invocación de la oración del Señor: "Padre nuestro que estás en los cielos", él se pregunta: ¿qué es esto del cielo?. Y ¿dónde está el cielo?.

Sigue una respuesta sorprendente: Que estás en los cielos significa: en los santos y en los justos. «En verdad, Dios no se encierra en lugar alguno. Los cielos son ciertamente los cuerpos más excelentes del mundo, pero, no obstante, son cuerpos, y no pueden ellos existir sino en algún espacio; mas, si uno se imagina que el lugar de Dios está en los cielos, como en regiones superiores del mundo, podrá decirse que las aves son de mejor condición que nosotros, porque viven más próximas a Dios. Por otra parte, no está escrito que Dios está cerca de los hombres elevados, o sea de aquellos que habitan en los montes, sino que fue escrito en el Salmo: "El Señor está cerca de los que tienen el corazón atribulado" (Sal 34 [33], 19), y la tribulación propiamente pertenece a la humildad. Mas así como el pecador fue llamado "tierra", así, por el contrario, el justo puede llamarse "cielo"» (Serm. in monte II 5,17).

El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón. Y el corazón de Dios, en la Noche Santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. Y si salimos al encuentro de esta humildad, entonces tocamos el cielo. Entonces, se renueva también la tierra. Con la humildad de los pastores, pongámonos en camino, en esta Noche Santa, hacia el Niño en el establo. Toquemos la humildad de Dios, el corazón de Dios. Entonces su alegría nos alcanzará y hará más luminoso el mundo. Amén.


Benedicto XVI
Extrácto de la Homilía de Solemnidad de la Natividad del Señor
(Misa de Nochebuena 2007)

jueves

La historia se repite

Cuando en 1492 Cristóbal Colón y sus compañeros vieron por primera vez a los habitantes de América nadie tuvo la menor duda de que se trataba de seres humanos. Si bien su atuendo y el color de piel eran diferentes, eran muchas más las semejanzas que los hermanaban. Pero algunos conquistadores no tardaron en advertir lo útil que podía ser considerar "infrahumanos" a los indígenas. Hoy la historia se repite.

Nadie ponía en duda que en el vientre de una madre encinta hay un ser humano que se desarrolla, que siente y que debe ser protegido. Los indígenas podían ser esclavizados y utilizados para todos los trabajos que un europeo no quisiera realizar y sin derecho a recompensa. ¿Cómo podrían defenderse ante el poder militar de Europa? Sólo se necesitaba el reconocimiento público de su inferioridad. Fue así como inició un encendido debate en defensa de los indios, encabezado por Fray Francisco de Vitoria y otros dominicos en la Universidad de Salamanca. "Son seres humanos con los mismos derechos que nosotros".

Tan iguales que acabaron por fundirse con Europa en una sola cultura que hoy llamamos latinoamericana.

Pero ¿por qué tuvieron que ser unos frailes quienes defendieran los derechos humanos? ¿Acaso se trataba de una cuestión religiosa? Hoy basta ponernos de acuerdo sobre la inferioridad del no nacido para poder eliminarlo. Un papel declara públicamente que no tenemos la misma dignidad, para nuestro beneficio. ¿Por qué tiene que ser la Iglesia la que defienda los derechos humanos? ¿Se trata de una cuestión religiosa?

¿Y si alguien pretendiera legalizar el asesinato de niños indígenas para utilizar sus órganos con fines terapéuticos o simplemente para que no sufran la pobreza y el hambre? Tan solo plantearlo da vergüenza. ¿Qué clase de nación es aquella que no es capaz de ofrecer a sus hijos nada mejor que la muerte? Ciertamente hay algunos seres humanos que no tienen sangre indígena en sus venas, pero absolutamente todos hemos sido un feto y un embrión.

Es verdad que, tristemente, aún hoy conocemos casos indignantes en que los indígenas son tratados como animales. Pero sabemos que ningún ser humano sensato permitiría una ley que lo legitimara. Sabíamos que, desgraciadamente, había abortos clandestinos. Pero también sabíamos que nuestra sociedad no pactaba con el asesino. Hoy, sin embargo, no podemos decir lo mismo.

Hoy no podemos estar tan orgullosos de ser hombres porque ya no somos todos iguales. Hoy estamos de luto, y lo estaremos hasta el día en que podamos volver a decir que en el mundo todos los seres humanos valemos lo mismo.



Fernando Morales-Gama
Colaborador de Pensamiento Católico

¿Todas las religiones son iguales?

El tema de la libertad religiosa lleva a muchos católicos a confusión. Muchos creen que libertad religiosa viene a significar que da lo mismo ser de una religión o de otra, de una iglesia o de otra.

[...] Libertad religiosa no significa que todas las religiones sean igualmente buenas. Libertad religiosa no significa que uno pueda escoger la religión que quiera con la misma indiferencia con que se puede apuntar a un club de fútbol o a otro, puesto que los equipos de fútbol son todos moralmente indiferentes. No hay ninguna razón moral para elegir un equipo de fútbol u otro. Moralmente hablando, todos son iguales. No ocurre lo mismo cuando se trata de la religión.

Las religiones no pueden ser todas igualmente buenas porque son contradictorias entre sí, y dos afirmaciones contradictorias no pueden tener las dos razón al mismo tiempo.

Si yo digo que Cervantes nació en España y otro dice que nació en inglaterra, no podemos los dos tener razón al mismo tiempo. Si nosotros creemos en el misterio de la Santísima Trinidad, es decir, que en Dios hay tres Personas distintas, y los testigos de Jehová lo niegan, no podemos tener razón los dos al mismo tiempo. si nosotros creemos en la Eucaristía y los luteranos no, no podemos tener razón ambos.

[...] El Concilio Vaticano II, en su documento sobre la libertad religiosa, dice: «El hombre tiene obligación de buscar la verdad, y la verdad total se encuentra en la Iglesia católica.»


[...] No podemos contentarnos con una verdad fragmentada. Las medias verdades son las peores mentiras, porque tienen la apariencia de verdad. Para que una cosa sea buena debe serlo totalmente, no basta que sea parcialmente buena. [Por ejemplo] Si me voy a comparar una chaqueta y tiene un agujero en el codo, no la quiero aunque las solapas estén bien.


P. Jorge Loring

Algunas preguntas sobre Santa María

1. ¿Quién es la Virgen María?


María, es la Mujer con la cual se abre la promesa en la antigua alianza (Gn 3, 15) y con la cual cierra Simeón la antigua profecía (Lc 2,25-35). Es la Mujer que mayor contacto ha tenido en la historia con la Santísima Trinidad. El Padre la eligió entre todas las mujeres, El Espíritu Santo engendró al Hijo de Dios en sus entrañas y la Segunda Persona tomó carne y sangre en su vientre.

Si por Eva entró el pecado en el mundo, por la Virgen María entró la salvación.



2. ¿Por qué María es centro de ataques hoy en día?


Desde el Génesis fue profetizada la "enemistad entre la Mujer y el demonio" (Gn 12, 13-18). También esta escrito que éste le hará la guerra a la descendencia de la Mujer. esta es la razón por la cual María es centro de controversia.


3. ¿Por qué la iglesia llama a María Madre de Dios?


En el evangelio de Lucas 1, 39-45, Isabel, sintiendose llena del Espíritu Santo, dijo:"¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?"

La palabra griega para "Señor" que utiliza Isabel es Kyrios que es la misma que se utiliza en la versión griega del Antiguo Testamento para traducir "Adonai". Cuando una persona habla bajo la unción del Espíritu Santo es El quien habla, luego fue el mismo Espíritu Santo quien llamó a María, Madre de Dios.


Frank Morera

domingo

Cristo Rey

[...] Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas.

Así, se dice que reina en las inteligencias de los hombres, no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia cuanto porque El es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de El y recibir obedientemente la verdad.

Se dice también que reina en las voluntades de los hombres, no sólo porque en El la voluntad humana está entera y perfectamente sometida a la santa voluntad divina, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos.

Finalmente, se dice con verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres porque, con su supereminente caridad(Ef 3,19) y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie —entre todos los nacidos— ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús.

Mas, entrando ahora de lleno en el asunto, es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de El que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino (Dan 7,13-14); porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas.

[...]

23. Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad.

Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad.

Se comenzó por negar el imperío de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad.

Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios.

24. Los amarguísimos frutos que este alejarse de Cristo por parte de los individuos y de las naciones ha producido con tanta frecuencia y durante tanto tiempo, los hemos lamentado ya en nuestra encíclica Ubi arcano, y los volvemos hoy a lamentar, al ver el germen de la discordia sembrado por todas partes; encendidos entre los pueblos los odios y rivalidades que tanto retardan, todavía, el restablecimiento de la paz; las codicias desenfrenadas, que con frecuencia se esconden bajo las apariencias del bien público y del amor patrio; y, brotando de todo esto, las discordias civiles, junto con un ciego y desatado egoísmo, sólo atento a sus particulares provechos y comodidades y midiéndolo todo por ellas; destruida de raíz la paz doméstica por el olvido y la relajación de los deberes familiares; rota la unión y la estabilidad de las familias; y, en fin, sacudida y empujada a la muerte la humana sociedad.


La fiesta de Cristo Rey


25. Nos anima, sin embargo, la dulce esperanza de que la fiesta anual de Cristo Rey, que se celebrará en seguida, impulse felizmente a la sociedad a volverse a nuestro amadísimo Salvador.
Preparar y acelerar esta vuelta con la acción y con la obra sería ciertamente deber de los católicos; pero muchos de ellos parece que no tienen en la llamada convivencia social ni el puesto ni la autoridad que es indigno les falten a los que llevan delante de sí la antorcha de la verdad.

Estas desventajas quizá procedan de la apatía y timidez de los buenos, que se abstienen de luchar o resisten débilmente; con lo cual es fuerza que los adversarios de la Iglesia cobren mayor temeridad y audacia. Pero si los fieles todos comprenden que deben militar con infatigable esfuerzo bajo la bandera de Cristo Rey, entonces, inflamándose en el fuego del apostolado, se dedicarán a llevar a Dios de nuevo los rebeldes e ignorantes, y trabajarán animosos por mantener incólumes los derechos del Señor.

Además, para condenar y reparar de alguna manera esta pública apostasía, producida, con tanto daño de la sociedad, por el laicismo, ¿no parece que debe ayudar grandemente la celebración anual de la fiesta de Cristo Rey entre todas las gentes? En verdad: cuanto más se oprime con indigno silencio el nombre suavísimo de nuestro Redentor, en las reuniones internacionales y en los Parlamentos, tanto más alto hay que gritarlo y con mayor publicidad hay que afirmar los derechos de su real dignidad y potestad. [...]



PIO XI
extraído de:
Carta Encíclica QUAS PRIMAS

miércoles

El trabajo expresión del Amor

El texto evangélico precisa el tipo de trabajo con el que José trataba de asegurar el mantenimiento de la Familia: el de carpintero. Esta simple palabra abarca toda la vida de José.



Para Jesús éstos son los años de la vida escondida, de la que habla el evangelista tras el episodio ocurrido en el templo: «Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos» (Lc 2, 51). Esta «sumisión», es decir, la obediencia de Jesús en la casa de Nazaret, es entendida también como participación en el trabajo de José. El que era llamado el «hijo del carpintero» había aprendido el trabajo de su «padre» putativo. Si la Familia de Nazaret en el orden de la salvación y de la santidad es ejemplo y modelo para las familias humanas, lo es también análogamente el trabajo de Jesús al lado de José, el carpintero. En nuestra época la Iglesia ha puesto también esto de relieve con la fiesta litúrgica de San José Obrero, el 1 de mayo.




El trabajo humano y, en particular, el trabajo manual tienen en el Evangelio un significado especial. Junto con la humanidad del Hijo de Dios, el trabajo ha formado parte del misterio de la encarnación, y también ha sido redimido de modo particular. Gracias a su banco de trabajo sobre el que ejercía su profesión con Jesús, José acercó el trabajo humano al misterio de la redención.



23. En el crecimiento humano de Jesús «en sabiduría, edad y gracia» representó una parte notable la virtud de la laboriosidad, al ser «el trabajo un bien del hombre» que «transforma la naturaleza» y que hace al hombre «en cierto sentido más hombre». [1]



La importancia del trabajo en la vida del hombre requiere que se conozcan y asimilen aquellos contenidos «que ayuden a todos los hombres a acercarse a través de él a Dios, Creador y Redentor, a participar en sus planes salvíficos respecto al hombre y al mundo y a profundizar en sus vidas la amistad con Cristo, asumiendo mediante la fe una viva participación en su triple misión de sacerdote, profeta y rey».[2]



24. Se trata, en definitiva, de la santificación de la vida cotidiana, que cada uno debe alcanzar según el propio estado y que puede ser fomentada según un modelo accesible a todos: «San José es el modelo de los humildes, que el cristianismo eleva a grandes destinos; san José es la prueba de que para ser buenos y auténticos seguidores de Cristo no se necesitan "grandes cosas", sino que se requieren solamente las virtudes comunes, humanas, sencillas, pero verdaderas y auténticas».[3]





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[1] Carta Encícl. Laborem exercens (14 de septiembre de 1981), 9: AAS 73 (1981), pp. 599 s.
[2] Cf. Carta Encícl. Laborem exercens (14 de septiembre de 1981), 24: AAS 73, 1980, p. 638. Los Sumos Pontífices en tiempos recientes han presentado constantemente a san José como «modelo» de los obreros y de los trabajadores; cf., por ejemplo, León XIII, Carta Encícl. Quamquam pluries (15 de agosto de 1889): l.c., p. 180; Benedicto XV, Motu Proprio Bonum sane (25 de julio de 1920): l.c., pp. 314-316; Pío XII Alocución (11 de marzo de 1945), 4: AAS 37 (1945), p. 72; Alocución (1º de mayo de 1955): AAS 47 (1955), 406; Juan XXIII, Radiomensaje ( 1º de mayo de 1960): AAS 52 ( 1960), p. 398.
[3] Pablo VI, Alocución (19 de marzo de 1969): Insegnamenti, VII (1969), p. 1268.
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