lunes

Madre por la fe

«¡Lo que los cielos no pueden contener, se ha encerrado en tu seno, hecho hombre!»



[…] Madre no es un título como los demás, que se añade desde fuera, sin incidir sobre el ser mismo de la persona. Se es madre pasando por una serie de experiencias que dejan esta huella para siempre y modifican no sólo la conformación del cuerpo de la mujer, sino también la conciencia que tiene de sí misma.


Al hablar de la maternidad divina de María, la Escritura pone constantemente de relieve dos elementos o momentos fundamentales que se corresponden, por lo demás, a los que la experiencia común humana considera esenciales para que se tenga una verdadera y plena maternidad. Son concebir y dar a luz. «He aquí que concebirás en tu seno y darás a luz un hijo» (Lc 1,31). Aquél que se «concibe» en ella procede del Espíritu Santo, y ella «dará a luz» un hijo (Mt 1,20 s). La profecía de Isaías, en la que todo ello se había preanunciado, se expresaba de igual forma: «Una virgen concebirá y dará a luz un hijo» (Is 7,14). He aquí por qué sólo en Navidad, cuando da a luz a Jesús, María se convierte, en sentido pleno, en Madre de Dios. El primer momento, concebir, es común tanto al padre como a la madre, mientras que el segundo, dar a luz, es exclusivo de la madre.


Madre de Dios es el más antiguo e importante título dogmático de la Virgen. Es el fundamento de toda su grandeza. Por eso María no es, en el cristianismo, sólo objeto de devoción, sino también de teología; o sea, entra en el discurso mismo sobre Dios, porque Dios está directamente implicado en la maternidad divina de María. Es también el título más ecuménico que existe, en cuanto que es compartido y acogido indistintamente, al menos en línea de principio, por todas las confesiones cristinas.


En el Nuevo Testamento no hallamos explícitamente el título «Madre de Dios» dado a María, pero encontramos afirmaciones que, en la atenta reflexión de la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, mostrarán, a continuación, que contienen ya, como in nuce, tal verdad. María es llamada corrientemente en los Evangelios: «madre de Jesús», «madre del Señor», o sencillamente «la madre» y «su madre».


De estos datos partió la Iglesia en el Concilio ecuménico de Éfeso, en el año 431, para definir como verdad de fe la divina maternidad de María y el título de Theotokos, Madre de Dios. Tal proclamación determinó una explosión de veneración hacia la Madre de Dios que no decayó jamás, ni en Oriente ni en Occidente, y que se traduce en fiestas litúrgicas, iconos, himnos y en la construcción de innumerables iglesias dedicadas a Ella, como Santa María la Mayor en Roma.


La maternidad física o real de María, con la relación excepcional y única que crea entre Ella y Jesús, y entre Ella y toda la Trinidad, es y sigue siendo, desde el punto de vista objetivo, lo más grande y el privilegio inigualable, pero es tal porque encuentra una respuesta subjetiva en la fe humilde de María. «María --dice San Agustín-- concibió a Cristo por fe en su corazón antes de concebirlo físicamente en su cuerpo».


No podemos imitar a María en concebir a Cristo en el cuerpo; sin embargo podemos y debemos imitarla en concebirlo en el corazón, o sea, en creer.



P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
Extracto de la homilía realizada en
la Solemnidad de María, Madre de Dios - 01/01/08

sábado

Ozanam, Ampère y el Rosario

El beato Federico Ozanam, fundador de las famosas Conferencias de San Vicente de Paúl, nos dice que reafirmó su fe al ver a un gran hombre en oración.



A la edad de 19 años, el famoso escritor, Federico Ozanam, fue enviado por sus padres a estudiar a la Universisad de París. Durante su estancia allí, tuvo la gran suerte de encontrar al gran científico Andrés Ampère.



«Un día, cuenta Ozanam , triste y abrumado de problemas entré en la iglesia de San Esteban para sobreponerme y levantar el ánimo. La iglesia estaba en silencio y casi vacía. Arrodillado humildemente delante del altar, estaba un hombre sumergido en la oración del Rosario. Acercándome, pude reconocer a Ampère. Después de contemplarle unos momentos me retiré, profundamente conmovido y más cerca de Dios.»



El científico matemático y físico, de fama mundial, André-Marie Ampère, descubridor del electromagnetismo, fortalecía su alma en la oración. El joven estudiante aprendió, con este admirable ejemplo, cómo luchar contra los ataques de las pasiones. Sorprendido por esta muestra de fe, Ozanam reafirmó su fe al ver a Ampère rezar el Rosario, y fue un hombre de fe profunda que llenó el mundo con su amor.



Ozanam solía decir que el Rosario de Ampère le había movido y convencido más que mil sermones.



Federico Ozanam nació en Milán el 23 de abril de 1813 y falleció en Marsella el 8 de septiembre de 1853. Fue un personaje de fe viva y profunda, fue una extraordinaria figura del laicado católico.


miércoles

¿Aún hay quién se convierte?

Se hace grande eco de que el cristianismo está a la baja. Se hace pensar que creer es cosa de gente retrógrada o estancada en el pasado. A la religión se le suele poner la objeción de que carece de razones, de que priva de la libertad… Nada más lejano de la realidad.

Hoy por hoy los casos de gente que a través de la fe le dan un feliz giro a su vida siguen sucediéndose. Las conversiones siempre han interpelado a la humanidad; quizá sea ese el motivo por el que algunos periódicos, canales de televisión, sitios de Internet y programas de radio les dediquen pocos espacios. Allá ellos. Lo cierto es que las conversiones están a la orden del día; siguen siendo una constante en la historia; una línea invariable que hunde sus raíces en la aparición del cristianismo y que se alarga hasta nuestro presente.

Vueltas a la fe en Cristo

Tres casos que han impactado recientemente a la sociedad han sido los de William “Bill” Murria, Francis Beckwith y Norma McCorvey. El primero es hijo de Madelyn Murria O´Hare, militante y atea radical asesinada en 1995, quien consiguió que las cortes de Estados Unidos suspendieran las oraciones en las escuelas públicas. William lidera la Coalición por la libertad religiosa y fue uno de los críticos más sonados de la labor de su propia madre.

Francis Beckwith fue hasta hace poco el presidente de la Sociedad Teológica Evangélica, cargo al que renunció para regresar al seno de la Iglesia en la que creció: la católica. El camino de regreso de Beckwith comenzó tras leer a los Padre de la Iglesia y constatar “que la Iglesia primitiva es más católica que protestante y que la visión católica de la justificación, correctamente comprendida, es bíblica e históricamente defendible”. Una conversión, podríamos decir, de cariz intelectual.

El caso de Norma McCorvey no deja de llamar la atención: hace 34 años su caso sirvió para legalizar el aborto en Estados Unidos. Embarazada en 1970, inventó haber sido violada por una banda de pandilleros. Mientras se litigaba su caso ante la Corte Suprema nació su bebé que luego fue dado en adopción. De la triste experiencia como empleada en una clínica abortista y ante la maternidad de otra de sus hijas halló una luz que le llevaría al inicio del camino de conversión. En 1987 salió a la luz la verdad. No había sido violada, conocía al padre de su primer bebé y, posteriormente, en 1998, se convirtió al catolicismo: "Sí, ahora soy claramente pro vida y católica cien por ciento y si una mujer me dice que va abortar le diría que hablara con su corazón y su sacerdote; después, que busque a una mujer que ya haya abortado y que le pregunte qué tal le fue".

Ahora está volcada a ayudar en el movimiento pro-vida. "Trato con muchas mujeres que han abortado y que ahora conocen al Señor y se han convertido. Todas me dicen lo mismo desde hace varios años: Norma, si hubiéramos sabido ahora lo que sabemos ahora, nunca habríamos abortado", ha declarado recientemente.

Cambio de religión

Ahí está también el caso de Nidal Ranatunga, ex principiante de monje budista y ahora primer sacerdote srilankés de la Orden de san Camilo. Atraído por la belleza del perdón y la alegría de servir a los demás emprendió su camino hacia el cristianismo. Su andar fue sencillo: quinto de seis hermanos nació en una familia budista pobre. Tras la muerte de su padre fue acogido para el servicio doméstico por una familia católica ya que su madre no podía mantenerlo. Ahí comenzaría su deseo de hacerse monje budista pero por curiosidad empieza a ir a escondidas a la parroquia y después de algún tiempo, como el mismo declaró a la agencia “Asia News”, “me encontré, con estupor, rezando a la Virgen”.

Tras cinco años volvió a su hogar y, tras seis meses de catequesis, fue bautizado. La vocación fue un paso natural. Llegó a Italia en 1992 y en san Giovanni Rotondo conoció a los religiosos de la orden de san Camilo. En 1994 ingresó en esa Orden y fue hecho sacerdote en 2004. Ahora es el padre Maximiliano Ranatunga y trabaja como uno de los seis capellanes del hospital san Camilo en Roma además de atender a la comunidad de cingaleses que viven en esa ciudad.

Conversos homosexuales

Quizá el caso más conocido sea el del famoso escritor Oscar Wilde (autor, entre otros grandes libros, de “El retrato de Dorian Gray”). Pero hay otro que vale la pena rescatar y recordar: el del también escritor, aunque éste italiano, Pier Giorgio Tondelli.

Pier Giorgio, declaradamente homosexual, aunque ya converso hacia el final de su vida, dijo que la castidad “es una virtud mística para todos aquellos que la han elegido, y quizá el uso más sobrehumano de la sexualidad […] quien ama a la vida no es el libertino sino el monje, porque este último busca el absoluto”. Pocos días antes de fallecer dejo unas notas conmovedoras que reflejaban el discurso hacia el que se decantó su vida: “Sólo salva el Amor, la fe y la recaída de la Gracia”.

Científicos que dan testimonio

El “gremio” de los científicos tampoco ha dejado de tener sus representantes. Ciertamente el profesor Lejeune, figura emblemática del científico comprometido en la defensa y respeto a la vida, no fue un converso. Sin embargo su testimonio de vida bien nos hace recordar que gracias a ejemplos como el suyo es que se pueden dar las conversiones de otros. El profesor Jerónimo Lejeune fue quien descubrió el gen de la trisonomía 21 causante del síndrome de down. Profesor de genética, consejero científico, ferviente católico, primer presidente de la Pontificia Academia para la vida y, de no ser por su postura antiabortista, casi premio Nobel, fue ninguneado por quienes vieron en él a un opositor al aborto.

Giros de 180 grados: intelectuales, escritores, religiosos, ateos…

Hay más casos que por espacio no podemos abordar uno a uno. A continuación hacemos un breve repaso por algunos países que tanto en el siglo XIX como en el XX conocieron una estela de conversiones aún hoy recordadas. En el caso judío, si bien no todas fueron conversiones al catolicismo (sobre todo al protestantismo, casos que van desde el del filósofo Max Scheler, pasando por la mediocridad del poeta Heine o la familia Wittgenstein, hasta Edmund Husserl), sí hubo algunas realmente significativas y profundas por la radicalidad de aceptación de la nueva fe abrazada. Los judíos son la veta más pequeña pero los hubo. Nombres como los de Eugenio Zolli, ex gran rabino de la sinagoga de Roma, Jean Mariae Lustiger, actual cardenal emérito de París, Novak o el ex “rey del aborto”, Bernard Nathanson, son populares.

En el ambiente francés son célebres las conversiones de grandes hombres como el luego P. Lacordaire (a quien va unida la reforma de los dominicos en Francia y una intensa actividad apostólica) o la de poetas, pensadores, novelistas y dramaturgos del calibre de Charles Peguy, Paul Claudel, Jacques y Raissa Maritain, Gabriel Marcel, Max Jacob, Leon Bloy, Charles du Bos, Jean Cocteau, Huysmans, Julián Green… o de científicos como Alexis Carrel y Pierre Lecomte; militares como Carlos de Foucault; teólogos como Louis Brouyer y escritores como André Frossard.

En Inglaterra el apellido por antonomasia es el del otrora cardenal Newman. A él se le unen nombres como el del historiador Charles Dawson o de escritores como G. K. Chesterton (cuya causa de beatificación ha sido introducida) y C.S. Lewis (éste último sólo abrazaría el anglicanismo). Los clérigos intelectuales, filósofos, novelista y actores que migraron del anglicanismo al catolicismo son numerosos: Hugo Bensos, Ronald Knox, Graham Green, Muriel Spark, Gerard Manley Hopkins, Edith Sitwell y Sir Alec Guinnes; o qué decir de Frederic Copleston, hecho incluso jesuíta, y Thomas S. Eliot quien se acerca al anglicanismo.

En el contexto alemán suenan los nombres de Eric Peterson y Heinrich Schlier, dos profesores luteranos de Sagrada Escritura integrados luego en la Iglesia católica. De la escuela fenomenológica de mediados del siglo pasado se dieron dos integraciones al catolicismo, Edith Stein y Von Hildebrand, y una doble al cristianismo luterano, el matrimonio Reinach. Del mundo de la literatura proceden Gertrud von Le Font, el novelista Alfred Doblin, el de premio nobel Ernst Junger o el autor del libro entrevista al entonces cardenal Joseph Ratzinger, “Dios y el mundo”, Peter Seewald.

En el mundo hispano los nombres no dejan de sernos familiares y, si cabe, más cercanos: Juan Donoso Cortés, Manuel García Morente (luego ordenado sacerdote), Carmen Laforet, Ernestina de Champourcin (convertida durante su exilio en México) y Ramiro de Maeztu. En Italia destacan las conversiones del escritor Vittorio Messori, la del empresario Leonardo Mondadori, la de la princesa Alessandra Borghese, la de la novelista Susanna Tamaro o la del vaticanista de la prensa laica Domenico del Rio quien había abandonado el sacerdocio y recuperó la fe por el testimonio de Juan Pabo II.

La artimaña de atacar al catolicismo desprestigiándolo es una técnica más del milenario intento de hacerla sucumbir por intereses diversos. Sin embargo la búsqueda de hacerla aparecer como algo anticuado y propio de civilizaciones y culturas atrasadas no ha logrado medrar el ánimo de quienes se acercan con pureza de intención a ella. Ciertamente no es el mero encuentro con una institución humana; es, ante todo, el encuentro con el Dios vivo y personal que sale al encuentro. Un Dios que sólo existe en el cristianismo porque es el único Dios verdadero.



Jorge Enrique Mújica-Gama
Colaborador de Pensamiento Católico

Con vocación de mártir

Magdi Allam se ha convertido. El día de la Resurrección de Cristo él ha resucitado para Él. Y lo quiso hacer con campanas a vuelo. Como fiesta grande. No en la catacumba.

Sabe mejor que nadie que con ello pone en grave peligro su vida. Porque los musulmanes son vengativos. Y creen que el abandono de su religión debe pagarse con la vida.

La prudencia hubiera aconsejado una conversión secreta, una práctica religiosa posterior semioculta, misa en algún desconocido convento de monjas poco frecuentado y, sobre todo, silencio.

Magdi Allam, ya Magdi Cristiano Allam, quiso hacer sonadísima su conversión. No quería ocultar o disimular su gozo por haber encontrado a Cristo. Con clara conciencia de que ello puede costarle la vida.

Quienes hemos nacido en la Iglesia católica y en países de tradición católica lo tenemos tan fácil que corremos el riesgo de hacer de la religión una rutina. Posiblemente sea yo de los más arriesgados en España, por decir lo que digo, y jamás he sentido ningún temor.

No es el caso de Magdi Cristiano Allam. Pero sabe que ha encontrado vida eterna y ante ello bien poco vale la temporal. Que antes o después se va siempre.

Cualquier conversión es motivo de alegría para todos los católicos. Pero hay conversos de laureada de los cielos. Y Magdi Cristiano Allam es uno de esos.

Hermano queridísimo: no eres ya uno de los nuestros. Uno de los torpes, mediocres, cobardes, miserables nuestros. Somos ya nosotros de los tuyos. En un solo día te has erigido en ejemplo y en luz. Ojalá seamos los católicos cómodos y blandos capaces de seguir tu huella de valentía y de amor a Cristo.

A veces, miserablemente humanos como somos, rechinamos ante eso de que los últimos serán los primeros. ¿Y nosotros, que llevamos en esto toda la vida? Eres el último. Eres de ayer mismo. Pero por mi parte ya tienes la primogenitura. Yo a tu lado no soy apenas nada.




Francisco José Fernández de la Cigoña
Tomado de:
La Cigüeña de la Torre.
(Reproducido con permiso del autor).

De chiflado a Hijo de Dios

Tonto, ridículo, necio, torpe, ignorante, anticuado. Con uno o con todos estos apelativos se te etiqueta hoy en día si, en un ambiente público, te dices que aún crees en Cristo.


- Pero hombre… con lo inteligente que pareces y aún sigues creyendo en esas extravagancias de viejas y niños. Lo único que hace es negarte tu libertad y ponerte sanciones: “¡No hagas esto! ¡No hagas lo otro!”. Y si tú no mantienes suficientemente segura tu posición, se espera que puedas desfallecer en tu intento.


De hecho, no pocas veces así sucede; el ambiente tira muy duro. Vivimos en un mundo que reniega los cimientos en donde está fundamentado su edificio, en un intento de deshacerse de Dios y de la religión. No hay escapatoria – o no parece haberla – para los que desean profesar su fe, si de verdad desean “estar a la moda”.


¡Cómo no seguir los caminos de los líderes en el campo político, deportivo, artístico! Ellos, los que guían el destino de nuestro mundo, niegan claramente que Dios les sobra. Todos lo afirman, todos…

A estas alturas, un lector experimentado me ha interrumpido y me dice: Pues no todos, señor. Existen muchos testimonios de personas que demuestran abiertamente su fe.


Le menciono, por ejemplo, el mundo de la música, proponiéndole tres ejemplos de cantantes, entre los muchos que podrá encontrar en los demás ámbitos.


Recientemente, han salido a la luz las declaraciones de Gloria Gaynor. La cantante afroamericana, reconocida mundialmente por su canción I will survive, ha manifestado el deseo de “guiar a los gays a Cristo”. La locutora de la británica Radio 4, Jane Little, se quedó boquiabierta mientras le hacía la entrevista. Tal vez por eso, Gaynor concluyó diciendo: “Quiero guiarlos hacia Él, quiero guiarlos hacia la Verdad”.


Otra referencia clara fue la de Marie Fredriksson, mejor conocida como la vocalista femenina del grupo sueco Roxette. En 2002, la cantante sufrió un desmayo a causa de un tumor cerebral maligno, perdiendo consecuentemente la visión del ojo derecho. Le operaron de urgencias. Durante un largo y duro tratamiento de recuperación – dos años intensos – Marie iba reflexionando sobre su propia vida y el sentido de la misma. Llegó a una conclusión fundamental: Dios le había regalado una “segunda oportunidad”. Han pasado unos años desde entonces, y la cantante ha reconocido públicamente su fe de palabra y… con su música.

En efecto, ha sacado un nuevo disco al mercado en donde se encuentran canciones como When the Lord is About to Come y Hometown. Ésta última pieza refleja todos los sentimientos que le embargaron durante sus años de cáncer. Bastaría subrayar sus palabras “Ir de regreso a mi primer hogar, que es Dios nuestro Señor. […] Dios, cómo te echaba de menos. Cada día vivía sin tu sonrisa”.


Y si estos dos testimonios no te son aún suficientes, aquí está el más impresionante de todos.

Hace cierto tiempo entrevistaron a Bono, el vocalista de U2, después de la publicación de uno de sus discos. El irlandés más famoso de nuestros tiempos – nombrado por Time Magazine el hombre más influyente del año 2005, junto al Matrimonio Gates – manifiesta las razones de por qué él sigue creyendo en Cristo: “lo que de verdad me mantiene arrodillado es la diferencia entre la Gracia y el Karma”.

Michka Assaya, su entrevistador, puso una cara de interrogación tal que Bono le tuvo que explicar:

“En el centro de todas las religiones está la idea de Karma. Ya sabes, lo que tú haces te vuelve a ti; un ojo por un ojo, un diente por un diente, […]. Y entonces llega esta idea llamada Gracia que acaba con todo esto... El amor interrumpe, si quieres, las consecuencias de tus acciones”.

Assaya, se queda perplejo y envidioso, pero saca aún una objeción de debajo de la manga: “Cristo tiene su lugar entre los grandes pensadores del mundo. Pero... Hijo de Dios... ¿no es eso increíble?”

Respuesta: “Mira, la respuesta secular a la historia del Cristo siempre dice algo así... ‘Era un gran profeta, obviamente un tipo muy interesante, tenía mucho que decir, en la línea de otros profetas, sean Elías, Mahoma, Buda o Confucio’. Pero la realidad es que Cristo no te permite decir esto. No te deja salir por ahí. Cristo dice: no, yo no digo ‘soy un maestro’, no me llaméis maestro. No estoy diciendo ‘soy un profeta’. Estoy diciendo: ‘soy el Mesías’. Estoy diciendo: ‘Yo soy Dios Encarnado’. Así que lo que te queda es que o Cristo era quien decía que era -el Mesías- o era un completo chiflado”.


Y sentencia con una de las frases más interesantes que he escuchado en los últimos tiempos: “La idea de que todo el curso de la civilización de medio planeta ha cambiado, que se ha vuelto del revés, debido a un chiflado... para mí, eso sí que es increíble”.


Ante estas intervenciones que el amable lector me ha recalcado, interrumpiendo mi muy negativo discurso, puedo decir que me hierve el corazón.

Muchas veces nos llamamos cristianos, pero, en realidad, vivimos como si Dios no existiera. Llevamos una cruz en el pecho – y a veces ni eso – pero no somos capaces de ni siquiera decir un Padrenuestro antes de comer. Nos confesamos admiradores de un Dios al que, en realidad, estamos echando de nuestra vida, como un payaso que nos entretiene un poco y luego desechamos. Pero, sin embargo, puedo decir que estos testimonios me han dejado más sereno.

¿Por qué? Porque Dios está actuando, incluso en el mundo de la música; porque puedo decir que comparto fe con gente como Bono, a quien admiro como cantante; porque sé que, a pesar de que mucha gente me tache de tonto, necio, ridículo y demás lindeces, en realidad estoy siguiendo a Aquél que cambió el curso de la historia.


La victoria final la tiene Cristo… y con Él, yo también. Ahora te lanzo la pregunta: ¿de lado de quién estás? ¿Para ti, Cristo es un chalado o el Hijo de Dios? ¿Qué opinas?


Juan Antonio Ruíz-Gama
Colaborador de Pensamiento Católico

Cayó Judío y se levantó Cristiano

Alfonso Tobías de Ratisbona era un abogado y banquero judío de 27 años, de muy buena posición económica que profesaba gran odio hacia la religión católica porque uno de sus hermanos, Teodoro, se había convertido y ordenado sacerdote.

Ratisbona conoció al Barón Teodoro de Bussiere, noble francés criado en el error protestante pero convertido al catolicismo, quien se había impuesto como misión convertir al catolicismo a todos los no creyentes y a las personas de otras religiones.

Corría el año de 1842. Durante una cena en su casa, en Roma, el Barón le propuso al acaudalado banquero un desafío: pidió a Ratisbona que se colocase la Medalla Milagrosa.

Ratisbona reaccionó con sorpresa e indignación, pero Bussières añadió con calculada frialdad:

Según su manera de pensar, esto debe serle perfectamente indiferente; y si acepta usarla, me proporcionará un gran placer.

Está bien… La usaré. Esto me servirá como un capítulo pintoresco de mis notas e impresiones de viaje – asintió Alfonso, mofándose de la fe de su anfitrión.

Éste le colgó la medalla y, acto seguido, le propuso algo todavía más insólito: que rezara al menos una vez al día la oración “Acordaos, piadosísima Virgen María”, compuesta por San Bernardo.

Ratisbona se rehusó de forma categórica, considerando demasiado impertinente la proposición. Pero una fuerza interior movió a Bussières a insistir. Mostrándole la oración, le rogó que hiciera una copia de su propio puño y letra, para que cada uno conservara el ejemplar escrito por el otro, a la manera de un recuerdo. Para librarse de la importuna insistencia, Ratisbona accedió, diciendo con ironía: “Está bien, voy a escribirla. Usted se quedará con mi copia, y yo con la suya”.
Cuando se retiró, Teodoro y su esposa se miraron en silencio. Preocupados con las blasfemias proferidas por Alfonso a lo largo de la conversación, pidieron perdón a Dios por él. Esa misma noche Bussières buscó a su íntimo amigo, el Conde Augusto de La Ferronays –católico fervoroso y embajador de Francia en Roma–, para contarle lo sucedido y pedir oraciones por la conversión de Ratisbona.

El jueves 20 de enero de 1842, debiendo Teodoro encargar una Misa por el Conde de Laferronays, pidió a Ratisbona que lo acompañase a la basílica de Santa Andrea delle Frate, en Roma. Al entrar, se dirigió a la sacristía mientras Alfonso admiraba las obras de artes. Grande fue su sorpresa cuando, al volver, se encontró al renegado de rodillas, orando fervientemente frente a uno de los altares.


Cuando le preguntó que sucedía, aquel le respondió que había ocurrido un milagro: "...Me sentí dominado por una turbación inexplicable. En la capilla de San Miguel se había concentrado toda la luz, y en medio de aquel esplendor apareció sobre el altar, radiante y llena de majestad y de dulzura, la Virgen Santísima tal y como está grabada en la medalla milagrosa. Una fuerza irresistible me impulsó hacia la capilla. Entonces la Virgen me hizo una seña con la mano como indicándome que me arrodillara... La Virgen no me habló pero lo he comprendido todo".

Poco tiempo después pidió ser bautizado en la Iglesia de Gesu en Roma, tomó la Primera Comunión y se confirmó en la verdadera Fe. Habiendo ingresado en la Compañía de Jesús en 1847 se ordenó sacerdote, siendo destinado primeramente a París donde ayudó a su hermano Teodoro en la conversión de judíos y en 1848 viajó a Tierra Santa donde fundó en 1855 el Convento de Nuestra Señora de Sión.


domingo

¡Ha resucitado!

Hay hombres --lo vemos en el fenómeno de los terroristas suicidas-- que mueren por una causa equivocada o incluso inicua, considerando sin razón que es buena. Por sí misma, la muerte de Cristo no testimonia la verdad de su causa, sino sólo el hecho de que Él creía en la verdad de ella. La muerte de Cristo es testimonio supremo de su caridad , pero no de su verdad. Ésta es testimoniada adecuadamente sólo por la resurrección.


[...] Lo que se ofrece a la consideración del historiador y le permite hablar de la resurrección son dos hechos:

Primero, la imprevista e inexplicable fe de los discípulos, una fe tan tenaz como para resistir hasta la prueba del martirio;

Segundo, la explicación que, de tal fe, nos han dejado los interesados, esto es, los discípulos. En el momento decisivo, cuando Jesús fue prendido y ajusticiado, los discípulos no alimentaban esperanza alguna de una resurrección. Huyeron y dieron por acabado el caso de Jesús.


Entonces tuvo que intervenir algo que en poco tiempo no sólo provocó el cambio radical de su estado de ánimo, sino que les llevó también a una actividad del todo nueva y a la fundación de la Iglesia. Este «algo» es el núcleo histórico de la fe de Pascua.


El testimonio más antiguo de la resurrección es el de Pablo, y dice así:

«Os he transmitido, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los Doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los que la mayor parte viven todavía, si bien algunos han muerto. Luego se apareció a Santiago, y más tarde a todos los apóstoles. Y después de todos se me apareció a mí, como si de un hijo nacido a destiempo se tratara» (1 Corintios 15, 3-8).


La fecha en la que se escribieron estas palabras es el 56 o 57 d.C. El núcleo central del texto, sin embargo, está constituido por un credo anterior que San Pablo dice haber recibido él mismo de otros. Teniendo en cuenta que Pablo conoció tales fórmulas inmediatamente después de su conversión, podemos situarlas en torno al año 35 d.C., eso es, unos cinco o seis años después de la muerte de Cristo. Testimonio, por lo tanto, de raro valor histórico.


Los relatos de los evangelistas se escribieron algunas décadas más tarde y reflejan una fase ulterior de la reflexión de la Iglesia. El núcleo central del testimonio, sin embargo, permanece intacto: el Señor ha resucitado y se ha aparecido vivo. A ello se añade un elemento nuevo, tal vez determinado por preocupación apologética y por ello de menor valor histórico: la insistencia sobre el hecho del sepulcro vacío. Para los Evangelios el hecho decisivo siguen siendo las apariciones del Resucitado.


Las apariciones, además, testimonian también la nueva dimensión del Resucitado, su modo de ser «según el Espíritu», que es nuevo y diferente respecto al modo de existir anterior, «según la carne». Él, por ejemplo, puede ser reconocido no por cualquiera que le vea, sino sólo por aquél a quien Él mismo se dé a conocer. Su corporeidad es diferente de la de antes. Está libre de las leyes físicas: entra y sale con las puertas cerradas; aparece y desaparece.


Una explicación diferente de la resurrección, aquella que presentó Rudolf Bultmann, todavía la proponen algunos, y es que se trató de visiones psicógenas, esto es, de fenómenos subjetivos del tipo de las alucinaciones. Pero esto, si fuera verdad, constituiría al final un milagro no inferior que el que se quiere evitar admitir. Supone de hecho que personas distintas, en situaciones y lugares diferentes, tuvieron todas la misma impresión o alucinación.


Los discípulos no pudieron engañarse: eran gente concreta, pescadores, lo contrario de personas dadas a las visiones. En un primer momento no creen; Jesús debe casi vencer su resistencia: «¡tardos de corazón en creer!». Tampoco pudieron querer engañar a los demás. Todos sus intereses se oponían a ello; habrían sido los primeros en sentirse engañados por Jesús. Si Él no hubiera resucitado, ¿para qué afrontar las persecuciones y la muerte por Él? ¿Qué provecho material podían sacar?


Negado el carácter histórico, esto es, el carácter objetivo y no sólo el subjetivo, de la resurrección, el nacimiento de la Iglesia y de la fe se convierte en un misterio más inexplicable que la resurrección misma. Se ha observado justamente: «La idea de que el imponente edificio de la historia del cristianismo sea como una enorme pirámide puesta en vilo sobre un hecho insignificante es ciertamente menos creíble que la afirmación de que todo el evento –o sea, el dato de hecho más el significado inherente a él- realmente haya ocupado un lugar en la historia comparable al que le atribuye el Nuevo Testamento».


¿Cuál es entonces el punto de llegada de la investigación histórica a propósito de la resurrección? Podemos percibirlo en las palabras de los discípulos de Emaús: algunos discípulos, la mañana de Pascua, fueron al sepulcro de Jesús y encontraron que las cosas estaban como habían referido las mujeres, quienes habían acudido antes que ellos, «pero a Él no le vieron». También la historia se acerca al sepulcro de Jesús y debe constatar que las cosas están como los testigos dijeron. Pero a Él, al resucitado, no lo ve. No basta constatar históricamente, es necesario ver al Resucitado, y esto no lo puede dar la historia, sino sólo la fe.


P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
Extracto de la Homilia dada el 08 - 04 - 2007
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