miércoles

La existencia del infierno

«Eminencia, ¿por qué los sacerdotes, en sus innumerables homilías (más de 25.000 cada domingo solamente en Italia) no hablan del Más Allá, y sobre todo rehuyen pronunciar una palabra que ha llegado a convertirse en tabú: Infierno? ».

A la pregunta, el entonces Prefecto del ex-Santo Oficio, cardenal Joseph Ratzinger, me miró un poco irónico:

«la realidad es que hoy todos nos creemos tan buenos que no nos podemos merecer otra cosa sino el paraíso. Esto proviene ciertamente de una cultura que, a fuerza de atenuantes y coartadas, tiende a borrar en el hombre el sentimiento de su propia culpa, de su pecado. Alguien ha observado que las ideologías que predominan actualmente coinciden todas en un dogma fundamental: la obstinada negación del pecado, de la verdad que la fe vincula al Infierno».

Bien consciente que se trata de una realidad misteriosa y desagradable pero no obviable (son las mismas palabras de Jesús: «Y éstos irán al suplicio eterno»). Ratzinger, primero como cardenal y ahora como Papa, no le aplica rebajas al Credo y habló y habla del Infierno, con su tono didáctico y entusiasta, y aquel rostro de infante ochentón. Lo hizo también ayer [el autor hace referencia al 25 de marzo del 2007] en una parroquia de la periferia romana, poniendo en guardia a los que aman el pecado, a los que están cerrando las puertas a Dios, en fin a los que quieren irse al Infierno. Por que efectivamente, ahí está el quid de la cuestión: Dios no nos condena, si no que somos nosotros mismos los que lo hacemos, al rechazar —por alguna enigmática autodestructividad— el perdón, la salvación y la gloria.

Hay algo sospechoso en la reacción, frecuentemente violenta, del «mundo», cuando la Iglesia reafirma su convicción en la existencia de una realidad que no puede obviar, está demasiado definida y clara en la Escritura.

Incluso para los no creyentes, a quienes sobretodo el Infierno les debería retraer a tiempos de oscurantismo, de una fe rechazable por mirar hacia atrás; en cambio, precisamente en este tema, cierta cultura parece reaccionar agitada e inquieta, no con ironía sino con invectiva. Tanto que, por ejemplo, en Por qué no soy cristiano, se propone como una de las principales razones del rechazo del hombre moderno occidental; Bertrand Russell acabó agarrándose a un escándalo mayúsculo e inaceptable donde los haya: el Infierno.

Semejantes razonamientos olvidan que el Evangelio se llama «Buena Nueva», porque anuncia en Jesús el perdón de Dios, la Redención, la Salvación. Lo que la Iglesia predica, sobre aquel Evangelio, es el Paraíso, la Vida Eterna, la Gloria, la Luz de un Padre que se ocupa de cada uno. El Infierno no es creación de ese Dios de misericordia, sino del hombre. Dios lo ha creado libre, no ha querido esclavos si no hijos, no impone Su propia presencia para respetar la autonomía del hombre. El respeto hasta el final, y por lo tanto también respeto a la posibilidad del rechazo, obstinación y contumacia a la propuesta de alianza y amor, hasta la posibilidad de preferir las tinieblas a la Luz y el mal al bien.

Como alguien ha indicado, con una paradoja no infundada, «sin el Infierno, el Paraíso es un campo de concentración»; esto es, un lugar (o, mejor, un 'estado' misterioso, más allá del espacio y el tiempo), un lugar de destino obligado, al que nadie puede sustraerse. La vida sería como una vía férrea con un solo origen y un solo final, con la abolición consecuente de la libertad de elección autónoma del propio destino. Directo aunque suicida.

Con la confirmación del respeto al misterio, la Iglesia, haciendo santos y beatos, empeña su autoridad en proclamar que un difunto se encuentra ciertamente en el Paraíso. Pero nunca ha hecho, ni hará, «cánones», es decir, listas, de condenados.

Ciertamente, a pesar de las explicaciones, la perspectiva de un castigo eterno, sin rescate, ha provocado y provoca interrogantes y reacciones en la Iglesia misma.

Algún teólogo ha supuesto que el Infierno sí existe, pero está vacío. Sin embargo, alguno ha replicado justamente: «es probable que esté vacío. Pero eso no quita que precisamente tú y yo podamos ser los primero en inaugurarlo».




Vittorio Messori
Diario Italiano Il Corriere della Sera (Italia) 26.III.2007

La condena del hombre soberbio

[…] Debió dormir apenas dos horas. Un fuerte ruido le hizo abrir los ojos y vio por la ventana que aún no había salido la luna. Plena oscuridad en la huerta, y en su celda un resplandor extraño y un insufrible hedor. Se incorporó en el camastro y estiró la mano hacia su pila de agua bendita. Lo paralizó una voz infinitamente dolorosa, que venía del rincón más alejado. -Guárdate de tocar esa agua, porque me harías huir. Guárdate de pronunciar exorcismos, si quieres que te comunique los secretos del provenir. Yo soy el desventurado filósofo cuya muerte viste escrita; un sabio a los ojos de los necios, y hoy un necios eterno a mis propios ojos… ¿Quieres oírme? Fray Plácido alcanzó a ver la figura de un hombre desnudo, con las carnes calcinadas y consumidas; evidentemente, la figura de Voltaire. -¡Habla en nombre de Cristo! No bien pronunció esta palabra, oyó el crujir de aquellos huesos y los vio doblarse hasta arrodillarse sobre las baldosas y escucho un lamento: -¿Por qué lo llamaste? ¿No sabes que cuando suena ese nombre todos los habitantes del cielo y del infierno se arrodillan? Tú no puedes ni siquiera imaginarte el suplicio que es para mí, que solamente lo llamo “el infame”, adorarlo cada vez que otros lo nombran con su verdadero nombre… El me dio, en cambio, larguísima vida para arrepentirme. - ¿Y ahora te arrepientes de no haberla aprovechado? -¡No! Arrepentirse es humillarse, cosa imposible en la miserable condición de mi alma. Si yo volviera a vivir, volvería a condenarme… -¡Explícame ese horrible misterio! -Durante sesenta años fui festejado y aplaudido como un rey. Poetas, filósofos, príncipes, mujeres, se pasmaban de admiración ante la más trivial de mis burlas… Ellos me consideraban un semidiós, y yo los despreciaba, sintiendo podrirse mi carne, envoltura del alma inmortal. ¡Ay de mí! Durante 84 años esa carne, que iba disolviéndose, fue mi única defensa contra el Infame. Mientras yo, es decir mi voluntad, subsistiera atrincherada en esa carne, podría seguir lanzando mi grito de guerra: ¡Aplastad al Infame! -¡Cristo vive, Cristo reina, Cristo impera! –exclamó, horrorizado, el viejo, sin pensar en las consecuencias de esa triple alabanza. -¡Ay! –dijo Voltaire con indescriptible lamento; y otra vez se oyó el siniestro crujir de sus rodillas quemadas, que se doblaron hasta el suelo, y se vio a la macabra figura postrarse de hinojos- Este es mi tormento mayor: ¡confesar su divinidad! -In nomine Jesú –murmuró el fraile para sí mismo-, omne genu flectatur coelestium, terrestrium et infernorum.

Y añadió en voz alta: —¿Acaso no temías a Dios? —¡Oh, sí, lo temía! ¡Oh, miseria y contradicción de mi soberbia! Cuando pensaba en la muerte me aterraba, y hubiera dado mi fortuna, mi fama y mis libros por un solo grano de humildad, la semilla del arrepentimiento. Pero la humildad no es natural; es sobrenatural. Un hombre sin ojos podría ver más fácilmente que un hombre soberbio decir: “Pequé, Señor; perdón. ” Ver sin ojos es contranatural; una fuerza natural puede modificarse por otra fuerza natural. Pero arrepentirse sin humildad es contra lo sobrenatural, infinitamente más allá de las fuerzas del hombre. Se necesita la gracia divina. —¿Y, por ventura, Dios no te la dio? —¡Sí, a torrentes! Pluguiera el cielo que no se me hubieran dado tantas gracias. Pues, al juzgarnos en esta sombría región, se tienen más en cuenta las gracias rechazadas que los pecados cometidos... Cuando uno ha rechazado obstinadamente durante veinte años, treinta años, medio siglo, los auxilios sobrenaturales de la gracia, Dios lo abandona a sus simples fuerzas naturales, la inteligencia y la voluntad. Yo veía mi destino si no me humillaba; pero humillarme habría sido un milagro. Y mi orgullo me embriagaba diciéndome que yo, hediondo y agusanado, podía por mi libre albedrío resistir a la gracia, complacerme en mi fuerza y luchar contra Dios. ¡Qué delirio, hacer lo imposible aun para las estrellas de los cielos y los mismos arcángeles: resistir a Dios! Tenía el frenesí de la blasfemia y del sacrilegio. Por burlarme del Infame comulgué muchas veces sacrílegamente delante de mis criados; y mis amigos me aplaudían y me imitaban. Y así llegué al día del espanto... —Cuéntame tus últimos momentos. —Los hombres no sospechan los misterios de esa hora, especialmente del postrer momento en que las potencias del alma, la memoria, el entendimiento, la voluntad, adquieren una agudeza inconmensurable. —¿Cuánto dura eso? —Supón que sólo sea un segundo; pero en ese segundo cabe mucho más que toda tu vida, por larga que fuera; allí cabe tu eternidad. En ese instante puede tu voluntad fijarle el rumbo. ¡Desventurado de mí! La obstinación de ochenta años, transformada en impenitencia final, es como un muro de bronce incandescente que rodea el alma y aguanta el último asalto de la misericordia, temblando, ¡oh, contradicción!, de ser derrotada, y espantándose de antemano de lo que será su propio triunfo. ¡Ay de mí! Yo triunfaba. Los rayos de la gracia se rompían sobre mi corazón como flechas de marfil contra una roca. —¿Triunfa la gracia alguna vez? —Millares de veces, porque es la virtud de la Sangre. ¡Cuántas retractaciones inesperadas, que quedan en el secreto del más allá! Pero si vieras la dureza de los que pecaron contra el Espíritu... de los desesperados, de los irónicos que por lograr un chiste arrojaron una blasfemia, de los que vendieron al orgullo su última hora, de los apóstatas. Para asistir y vigilar la impenitencia final de ésos, el diablo abandona toda otra ocupación. Y se mete en sus venas y hay como una transfusión del orgullo diabólico en el alma del renegado. -[…] Escucha: yo he firmado con mi propia mano mi eterna condenación. Y la volvería a firmar cien veces, con pleno discernimiento, antes de humillarme y decir: ¡Pequé, Señor; perdóname! -No cabe en mi mente –replico Fray Plácido, aterrado- que sea verdad el que si volvieras a vivir, volverías a merecer tu condenación. -¡Sí, cien mil veces! En el último instante de mi vida, cuando por aliviar mi sed me llené la boca de inmunda materia y arrojé aquel espantoso alarido que ha quedado en mi historia, cuando mis ojos se cuajaron, todos me creyeron muerto. Pero yo estaba vivo, arañando el barro podrido de mi carne, que todavía por unos segundos, me libraba de caer en manos de Dios. -¿Todavía podías arrepentirte? -Sí. Y se me apareció el Infame, con su corona de espinas, y las llagas abiertas en manos y pies, y el pecho ensangrentado, y un papel sin firma, que era mi sentencia. “Yo, que te redimí con mi sangre”, me dijo, “no la firmaré”; pero te la entrego a ti para que tu libertad disponga.” Durante un segundo, en que vi mi pasado y mi porvenir, sopesé las consecuencias. Ya ni siquiera tenía que pedir perdón. El Infame se adelantaba a ofrecérmelo: bastábame aceptarlo, confesando que pequé. El mundo ignoraría hasta el día del juicio mi retractación, y yo me salvaría. ¡Imposible! Durante sesenta años había combatido contra el Infame. Si ahora aceptaba su perdón, la victoria sería suya. Si lo rechazaba, yo, gusano de la tierra, que no tenía más que medio minuto de vida, me levantaría hasta El, y haría temblar los cielos con mis eternas blasfemias. Pero era tal el horror de mi destino, que vacilé. ¡Quién me hubiera dado un grano de humildad en ese instante! -¿No lo habrías rechazado, acaso? Voltaire guardó silencio y luego respondió, con voz cavernosa. -¡Sí, lo habría rechazado! Entonces cogí la sentencia, que El no quería firmar, y yo fui mi propio juez y la firmé con esta mano… Sabe, pues –prosiguió Voltaire-, que ninguna condenación lleva la firma del Cordero. ¡Todas llevan la nuestra!

Hugo Wast

martes

El Santo, el demonio y la confesión

Satanás fue más allá de todos los límites de provocación, con el Padre Pío; hasta le dice que él era un penitente.

Éste es el testimonio del Padre Pío:

“Un día, mientras yo estaba oyendo las confesiones, un hombre vino al confesionario dónde yo estaba. Él era alto, guapo, me vistió con algo de refinamiento y era amable y cortés. Comenzó a confesar sus pecados; los cuales, eran de cada tipo: contra Dios, contra el hombre y contra las morales. ¡Todos los pecados eran molestos! Yo estaba desorientado, por todos los pecados que él me dijo, yo respondí.

Yo le traje la Palabra de Dios, el ejemplo de la Iglesia, las morales de los Santos, pero el penitente enigmático se opuso a mi palabras justificando, con habilidad extrema y cortesía, todo tipo de pecado.

Él vació todas las acciones pecadoras y él intentó hacer normal, natural, y humanamente comprensible todas sus acciones pecadoras. Y esto no solamente para los pecados que eran repugnante contra Dios, Nuestra Señora, y los Santos, él fué Rotundo sobre la argumentación, pero, que pecados morales tan sucios y ásperos. Las respuestas que él me dio con la delgadez experimentada y malicia me sorprendieron.

Yo me pregunté: ¿quién es él? ¿De qué mundo viene él? Y yo intenté mirarlo
bien, leer algo en su cara. Al mismo tiempo concentré mis oídos a cada palabra,
para darle el juicio correcto que merecían. Pero de repente; a través de
una luz vívida, radiante e interior yo reconocí claramente quién era él.

Con autoridad divina yo le dije: diga…….”Viva Jesús por siempre” “Viva
María eternamente” En cuanto yo pronuncié estos nombres dulces y poderosos, Satanás desapareció al instante en un goteo de fuego, mientras dejaba un hedor insoportable"
.


San Pío de Pietrelcina

Gran poder, gran responsabilidad, gran metraje

Spiderman 3 dura más de dos horas, casi dos horas y media. Puede ser un poco cansado verla, sobretodo si uno va al avant premiere a medianoche. Rescatemos, de todos modos, algunos elementos.



Paréntesis: si no la has visto, no sigas leyendo. Vuelve después.




1. El ente extraterrestre que busca hacer simbiosis con Peter Parker bien puede ser una representación del mal: un elemento ajeno a nosotros que trata de asociársenos, con engañosas promesas de felicidad, pero que sólo se aprovecha del mal que hay en nosotros mismos para utilizarnos y finalmente destruirnos. Ese ente, sin embargo, se aprovecha de lo que ya hay en nuestro interior: Peter se encuentra tan extasiado con la popularidad de la que ahora goza como Spiderman que llega a olvidar el motivo por el cual asumió su identidad heroica, y se dedica a complacerse en sus laureles llegando incluso a descuidar su relación con Mary Jane.



2. La lucha contra este mal enajenador es en realidad una lucha contra el mal en el propio corazón, un doloroso esfuerzo por despojarnos del vicio y revestirnos de la virtud... Verdaderamente uno tiene que arrancarse el pecado de encima, y hacerlo cuesta gritos de dolor, pero al final se puede recuperar la propia identidad, el verdadero sentido de la propia vida. Vale señalar que Peter se detiene a pensar sobre su situación, su degeneración, y la resolución necesaria para salvarse, "sentado" en un campanario... Sí, un campanario de iglesia. No hay que distraerse en esta secuencia. Nunca imaginé una representación así de las palabras de San Pablo [Ef 4, 22 y 24].



3. El que perdona, el que olvida, el que renuncia al rencor y a la venganza, se descubre liberado de la esclavitud del mal. Bien lo decía Juan Pablo II: otorga el perdón y recibe la paz. Esto, en la película, se refleja de dos maneras distintas, pero ambas muy bien logradas: Harry Osborn, al descubrir la verdad sobre la muerte de su padre (el primer Duende Verde), olvida el rencor y responde al pedido de ayuda de Peter, a pesar de haber quedado semidesfigurado en una lucha previa contra él. Así, se recupera una amistad que llega al punto del sacrificio, cuando Harry muere para salvar a Peter (es que nadie tiene mayor amor...). Por otro lado, en una escena posterior a la batalla final, Sandman le explica a Peter el motivo de su vida criminal y por qué asesinó accidentalmente al tío Ben. Y aunque no le pide a Peter que lo perdone, éste lo hace de todos modos. Así, Peter queda libre del rencor y del deseo de venganza contra el asesino de su tío, y como resultado se convierte en un hombre más libre, y en un héroe más... bueno, más heroico.



4. Hay que conocer más de lo que creemos saber para comprender al otro, para comprender sus acciones, sus palabras, sus errores. Tal vez lo que descubramos no justifique un acto malo, pero nos permitirá, Dios mediante, perdonar a los que nos ofenden. Es muy fácil ceder al deseo de hacer justicia, pero para ser verdaderamente justo hay que conocer mucho, pero mucho más de lo que sabemos (o creemos saber).



5. Siempre hay esperanza. Siempre se puede cambiar. Nunca hay que dejar de creer en la persona, no importa cuánto nos haya lastimado o decepcionado. El que ama, nunca pierde.



6. Hay que decir las cosas a tiempo. Esperar demasiado para decir algo puede tener consecuencias muy dolorosas en la vida de aquellos a quienes más queremos. Esto lo podemos ver en Peter (una y otra vez, a lo largo de las tres películas), pero esta vez lo grafica muy bien el mayordomo de los Osborn con su tardía intervención. Hubieras hablado antes, tío, y salvabas a mucha gente...



Spiderman es una película entretenida, una fantasía válida para recordar que la propia identidad es punto de partida para alcanzar la felicidad que tanto deseamos.



Juan Espejo - José Zapata
Con Mirada de Fe
Colaboradores de Pensamiento Católico

sábado

De la Devoción a la Virgen María (I)

Dice el gran doctor mariano San Luis María Grignion de Montfort, en su incomparable Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen: “Confieso con toda la Iglesia que, siendo María una simple criatura salida de las manos del Altísimo, comparada a la infinita Majestad de Dios, es menos que un átomo, o mejor, es nada, porque sólo Él es El que es (Ex. 3, 14). Por consiguiente, este gran Señor, siempre independiente y suficiente a sí mismo, no tiene ni ha tenido absoluta necesidad de la Santísima Virgen para realizar su voluntad y manifestar su gloria. Le basta querer para hacerlo todo. Afirmo, sin embargo, que dadas las cosas como son, habiendo querido Dios comenzar y culminar sus mayores obras por medio de la Santísima Virgen desde que la formó, es de creer que no cambiará jamás de proceder; es Dios, y no cambia ni en sus sentimientos ni en su manera de obrar. [...] La forma en que procedieron las tres divinas personas de la Santísima Trinidad en la Encarnación y primera venida de Jesucristo, la prosiguen todos los días de manera invisible en la Santa Iglesia y la mantendrán hasta el fin de los siglos en la segunda venida de Jesucristo. [...] La gracia perfecciona a la naturaleza, y la gloria, a la gracia. Es cierto, por tanto, que Nuestro Señor es todavía en el cielo Hijo de María, como lo fue en la tierra y, por consiguiente, conserva para con Ella la sumisión y obediencia del mejor de todos los hijos para con la mejor de todas las madres. [...]
* * *
Si Moisés, con la fuerza de su plegaria, contuvo la cólera divina contra los israelitas en forma tan eficaz que el Señor, altísimo e infinitamente misericordioso, no pudiendo resistirle, le pidió que le dejase encolerizarse y castigar a ese pueblo rebelde, ¿qué debemos pensar, con mayor razón, de los ruegos de la humilde María, la digna Madre de Dios, que son más poderosos delante de su Majestad que las súplicas e intercesiones de todos los ángeles y santos del cielo y de la tierra? [...] Dios Padre quiere formarse hijos por medio de María hasta la consumación del mundo, y le dice: In Jacob inhabita - “Pon tu tienda en Jacob” (Eclo. 24, 13); es decir, fija tu morada y residencia en mis hijos y predestinados, simbolizados por Jacob, y no en los hijos del demonio, los réprobos, simbolizados por Esaú. Así como en la generación natural y corporal concurren el padre y la madre, también en la generación sobrenatural y espiritual hay un Padre, que es Dios, y una Madre, que es María. Todos los verdaderos hijos de Dios y predestinados tienen a Dios por Padre y a María por Madre. Y quien no tenga a María por Madre, tampoco tiene a Dios por Padre. Por esto los réprobos como los herejes, cismáticos, etc., que odian o miran con desprecio o indiferencia a la Santísima Virgen no tienen a Dios por Padre aunque se jacten de ello, porque no tienen a María por Madre”.
San Luis María Grignion de Montfort
Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen

martes

Mi Madre: La Iglesia

[…] demos un vistazo a la Iglesia y a su función como lo hizo San Pablo y veámosla como es: Esposa de Cristo y Madre de cuyo vientre de gracia cada uno de nosotros ha nacido a una nueva vida, una vida de filiación. Jesús vivió, murió y resucitó para dar a luz a la Iglesia. A través del Espíritu la unió en matrimonio consigo mismo, perpetúa su presencia a través de sus sacramentos, genera almas santas, resucita a aquellos muertos por el pecado y alimenta continuamente a sus hijos con la Verdad. Dios nos creo a su imagen y esa imagen no está sólo en cada alma individual, sino también en la Iglesia. Así como hay tres personas en un solo Dios, tres facultades en cada alma, tres elementos para cada familia, así ocurre en la Iglesia. La Iglesia es dispensadora de la verdad del Padre, es Esposa de Jesús y es guiada por su Espíritu. Como el Espíritu procede del amor del Padre y el Hijo en la Trinidad, como los niños brotan del amor del esposo y la esposa, así la Iglesia, este don del Padre, casada con su Hijo, constantemente da a luz el fruto de la santidad a través del poder del Espíritu en todos sus hijos. La Palabra se encarnó en el vientre de María por el poder del Espíritu Santo. Este Misterio Divino es constantemente reactualizado mientras la Palabra Eterna es reflejada más y más perfectamente en la Esposa de Cristo cuando ofrece a Jesús a sus hijos en la Eucaristía, sana sus heridas en la Confesión, ennoblece su amor a través del sacramento del Matrimonio, hace de simples hombres sacerdotes de Dios por medio de la Ordenación e hijos de Dios por el Bautismo, los enriquece con los Dones en la Confirmación y aligera su carga en el camino a través de la Unción de los enfermos. La Iglesia es Madre porque es una Esposa que está siempre dando a luz hijos de la luz, pilares de santidad, fuentes de inspiración, atletas de la verdad, y defensores de la fe. Sí. Tiene estructuras, leyes, tesoros, autoridad y fragilidades humanas, todo esto mezclado con el poder divino, pero debemos mirar la totalidad de la Iglesia y no solo una parte de ella. ¿Qué hijo de una madre terrena le dice a sus amigos que su madre no es nada porque es solo un esqueleto cubierto de carne? ¿Qué clase de hijo anda a la caza de cada error y debilidad en su madre y lo divulga a todos los que quieran escuchar? Un hijo que se concentra solo en la autoridad que la madre tiene para corregir y castigar y se niega a ver el profundo amor y el cuidado detrás de los reproches, mantiene una existencia inestable, una vida de autocompasión y de arrebatos infantiles. Es difícil de entender a un hijo que critica los tesoros artísticos de sus padres y al mismo tiempo toma parte de la belleza de estos tesoros cada vez que le place. La crítica sería cierta si esos tesoros no fueran accesibles a los más pobres de los pobres para que los vean y disfruten. Pero, ¿sería acaso más feliz si todos los tesoros de la Iglesia fueran vendidos a coleccionistas privados y escondidos para siempre de la vista de los pobres? Es impresionante como nuestra naturaleza humana se las ingenia para fabricar tremendas excusas “a la medida” para cubrir nuestras antipatías frente a la Iglesia. Muchos hijos odian a sus padres porque son corregidos y dirigidos por ellos, y eso mismo ocurre con la Santa Madre Iglesia. Cuando ella habla de la necesidad de valores más elevados, de una profunda fe y señorío sobre uno mismo, la naturaleza humana se revela y Ella se convierte en la malvada madrastra, el padre dominante, la encarnación de ideales anticuados. De esta manera, todas esas razones a prueba de todo son creadas para explicar tal rebelión y sentirse justificados. Los vestidos de amor, lealtad y humildad son reemplazados por el duro acero del orgullo y el gélido ácido de la arrogancia. Ninguna amable persuasión puede penetrar esta armadura de acero, ya que esta desatinada gente se equivoca sobre sí misma y se creen caballeros de armadura radiante que defienden la causa de los incomprendidos y marginados.
Un verdadero hijo de esta Madre –dada por Dios– no está ciego ante sus faltas, debilidades y heridas, sino que es lo suficientemente reflexivo como para ver su propia necesidad de mejorar, de curación, de un mayor celo y generosidad; es lo suficientemente cariñoso para ver sus virtudes, su gracia, su verdad y poder; y lo suficientemente ardoroso como para hacer algo positivo con el fin de ayudarla antes que algo negativo para destruirla.
Nos enorgullecemos de levantar a los desesperanzados, de alimentar al hambriento, de vestir al desnudo y de dar un vaso de agua fría al sediento, ¿Por qué no le brindamos los mismos servicios a la Iglesia? ¿Acaso no nos quiere sedientos del agua viva de la santidad? ¿No busca acaso a sus hijos para que den los frutos del Espíritu? ¿No siente acaso la desnudez de sus hijos cuando son despojados de la fe, la esperanza, y la caridad por el espíritu de este mundo? ¿No está su corazón roto por ver a tantos de sus hijos exponiendo sus almas al peligro del infierno? ¿Qué angustia le parte el corazón cuando tantos rechazan el bálsamo curativo de la Confesión y el alimento angelical de la Eucaristía? ¿Qué locura ha poseído nuestras mentes y almas, cegado nuestros sentidos, y endurecido nuestros corazones hacia una Madre tan buena? Nos ufanamos de nuestra madurez, libertad e inteligencia y actuamos como niños engreídos a los que se les ha negado el permiso de jugar con fuego. Usamos nuestras almas y nuestro futuro como un juego de ruleta rusa, jalando el gatillo de la presunción, el orgullo y la arrogancia ¡para ver qué sucede! Desafortunadamente, como le pasa a aquellos que participan de dicho juego, no hay vuelta atrás si uno pierde.
Madre Angelica

Hombres de principios

Lo trágico en una sociedad no es que falten verdaderos principios sino que no haya quienes estén dispuestos a vivirlos. ¿De qué serviría que existieran, conocer sus conceptos, saber en qué consisten, si no hay en quien cobren vida, si no hay quien los ejemplifique? De hecho, su conocimiento presupone más la práctica que la teoría.


Sin embargo, en un tiempo como el que nos ha tocado vivir, todavía siguen floreciendo rayos de luz que interpelan a los hombres de hoy, que nos espolean a descubrir y querer hacerlos vida. Son seres humanos que han antepuesto la coherencia y unas convicciones nacidas del diálogo armónico entre la fe y la razón a intereses egoístas, al conservar el buen nombre, la reputación e incluso el puesto de trabajo o hasta entradas de dinero.

El trono o el aborto
Uno de los ejemplos más conocidos que mejor denotan la personalidad política y la autenticidad en la vivencia de sólidas convicciones lo tenemos en el rey Balduino.


El rey de los belgas rechazó sancionar el texto legislativo que regulaba la introducción del aborto en su país. Entre el 3 y el 5 de abril de 1990 decidió suspender temporalmente el ejercicio de sus funciones porque estaba decidido a no firmar la ley aunque eso conllevará la renuncia al trono.


La decisión espoleó las conciencias, sí, pero también le ganó muchas críticas por quienes quisieron ver en su proceder un acto de intolerancia y falta de respeto hacia lo que una mayoría constituida legítimamente había decidido aprobar y el debía firmar. Poco le importó al monarca. Balduino hizo lo que todo político, lo que todo hombre de principios debía hacer: si la existencia sólo puede concebirse desde criterios morales conformes a unas convicciones, no pudo menos que asumir la situación con coherencia y negarse a firmar algo objetivamente malo aunque lo hubiese aprobado una mayoría por muy legítima y democráticamente elegida que estuviese.

Hace un par de años el caso de Rocco Butiglione llenó los diarios y programas de tertulias de un buen número de países, sobre todo europeos. Ministro italiano de asuntos europeos, había sido presentado como candidato para asumir la comisaría europea de Justicia y Libertades Públicas pero el Parlamento Europeo rechazo su candidatura a causa de unas declaraciones sobre la homosexualidad:


“Me preguntaron si yo creía que la homosexualidad es pecado y yo intenté no contestar, porque esa es una cuestión que no tiene trascendencia política y no se discute en el Parlamento Europeo, sino en un seminario filosófico o teológico. Y no contesté. Dije que era posible que yo pensara que la homosexualidad es un pecado, pero que eso no tiene ningún efecto político, porque yo estoy a favor de la no discriminación (…) Yo dije lo mínimo de lo mínimo que podía decir sin traicionar mi fe; quizás no soy un católico muy valiente, porque dije lo mínimo, pero no fue suficiente. Ellos querían que dijera que la homosexualidad no tiene ningún efecto moral negativo, y eso es una violación de la conciencia”.


Le costó el rechazo pero asumió las consecuencias de su fidelidad a sus convicciones: “Yo quería ser comisario europeo porque creo que podía hacerlo muy bien y siempre he sido europeísta, pero en la vida hay cosas más importantes que la Unión Europea, y la conciencia es una de esas. Me pusieron en la necesidad de escoger entre mi puesto en la Comisión y mi conciencia, y creo que mi elección ha sido la justa. A Jerzy Popielusco lo mataron por su fe, yo he perdido solo un puesto en la Comisión Europea; no sé si Dios me hubiera dado fuerza suficiente para dar mi cabeza por mi fe, pero sí para dar un puesto en la Comisión Europea”, declaró a Cristina López Schlichting de la cadena COPE.

Un caso más reciente lo tenemos en el presidente de El Salvador, Antonio Elías Saca. Elías Saca ha reiterado su opción por la defensa de la vida además de recomendar a sus colegas latinoamericanos poner atención al magisterio de Benedicto XVI especialmente sobre la defensa de la vida y el papel y vocación del político católico.


Yendo contra corriente, y muy a pesar de las presiones por implementar el aborto, Saca ha declarado que los salvadoreños son un “ejército que defiende la vida” además de reafirmar que se opone al aborto “porque el aborto es un asesinato y no podemos estar de acuerdo con él”.


Sus palabras le han ganado amenazas que van desde sanciones económicas a su país por parte del Banco Mundial hasta retirar programas de ayudas sanitarias y de alimentos por parte de algunos organismos de la Unión Europea.

Palabra dada: la fidelidad al juramento de Hipócrates
Aunque en otro campo, un gran ejemplo lo tenemos en Jerónimo Lejeune. Ferviente católico, padre de cinco hijos, profesor de genética en la Facultad de Medicina de París y descubridor del gen de la trisonimía 21causante del síndrome de Down, el hallazgo le mereció, por un breve momento, ser reconocido como uno de los científicos más prestigiosos del mundo y, de no ser por su postura pro vida, seguro acreedor del Nobel.


Su firme actitud anti aborto, radicada en profundas convicciones científicas y religiosas, le llevó al desprestigio y el ninguneo por parte de lobbys abortistas y buena parte de la comunidad científica mundial que veía en él un opositor a nuevas técnicas de experimentación que tomaban al hombre como conejillo de indias. Pero no medró ni un ápice. Fue propulsor y defensor en Francia de la Humanae Vitae de Pablo VI y de la Instrucción Donum Vitae sobre procreación artificial. En 1994, por sugerencia suya, Juan Pablo II creó la Academia Pontificia para la Vida de la que le nombró su primer presidente.

Más reciente es el caso del médico italiano Stefano Ojetti. En marzo pasado presentó su dimisión como consejero del Colegio de Médicos manifestando así su oposición a la decisión de sus colegas de hacer la vista gorda ante la eutanasia en Italia.


En su carta dimitoria, el doctor Ojetti subrayó la convicción de que todo acto eugenésico está abiertamente en contra del juramento de Hipócrates y contra el código de deontología médica. L´osservatore romano, el rotativo de la Santa Sede, le dedicó un elogio en la edición italiana del 4 de marzo: “El gesto de Ojetti merece la más elevada consideración y tiene un valor ejemplar para quienes ejercen la profesión médica”. Y agregaba: “Al mismo tiempo, es un deber añadir una palabra de aliento para quienes, dentro de los órganos de decisión del Colegio de Médicos, siguen con su batalla en defensa de la vida, valor que hoy es sumamente atacado”.

Grandes responsabilidades
Tener las ideas claras, jerarquizadas y en su lugar, también puede llevara a hacer lo que el arzobispo de St. Louis Missouri. Monseñor Raymond Burke renunció a la presidencia de la Fundación Infantil Cardenal Glennon por incluir en un concierto benéfico a la cantante Sheryl Crow, conocida proselitista a favor del aborto.


“Debo responder a Dios por la responsabilidad que tengo como arzobispo. Una institución católica en la que actúa una artista que promueve el mal moral da la impresión de que la Iglesia es inconsecuente con sus enseñanzas”. Y es que aunque alguno arguyó que no se trataba de ideologías sino de los niños, la presencia de una cantante como Crow era una afrenta a la identidad y misión de la fundación dedicada al servicio a la vida.

El arzobispo genovés y presidente de la conferencia episcopal italiana, Angelo Bagnasco, tampoco se ha dejado intimidar por las múltiples amenazas, incluso de muerte, por su postura de defensa a la familia y a la vida. Tras unas declaraciones en las que recordaba que no todo podía ser lícito so riesgo de caer en el relativismo, algunos grupos anónimos se han dedicado a pintar con amenazas e insultos la catedral genovesa y algunas calles de la ciudad. Pero Monseñor Bagnasco sigue firme en la defensa de la verdad, de la ley natural, aun a costa de la propia vida.

“A mis hijos los educo yo”
En febrero pasado tuvo resonancia internacional el caso del líder pro-vida mexicano Jorge Serrano Limón a quien se llegó a acusar de malversación de fondos. A pesar de que las difamaciones le llevaron a los juzgados, a pesar de que le hicieron pagar una multa de poco más de 120 mil dólares, de que le retiraron las subvenciones y le inhabilitaron para ejercer cualquier cargo público, no ha cedido: continúa en la denuncia de quienes promueven el aborto.

Pero lo de la defensa de los verdaderos principios no está reservado sólo a figuras públicas. Blanca María Ponce tiene 16 años y es la primera estudiante española que presenta una objeción de conciencia contra la asignatura “educación para la ciudadanía” impuesta por el gobierno socialista en España y ampliamente calificada como ideologizada.


Como ella misma lo expresó: “Objeto porque quiero y porque puedo. Considero que a mí no me come el coco nadie, ni mucho menos el Estado. Creo que hay cosas que uno debe aprender en casa y no el en colegio…”.


Ha contado con el apoyo de su madre, doña Margarita, quien en entrevista al semanario Alfa y Omega ha dicho claramente “A mis hijos los educo yo”. “El Estado pretende que los niños tengan una sola idea, una sola forma de pensar, cuadricularles la mente y quitarles la libertad. Quiere crear un patrón único por el que todos los niños piensen igual y crean lo mismo, para mal. Esta es una intromisión en toda regla, y además un abuso de poder. Esto es un abuso, un atropello”, ha enfatizado.

Ciertamente todos estos casos, y algunos otros que podríamos haber tocado, deben animarnos a defender nuestros valores, los verdaderos.


Es agradable recibir noticias de testimonios como estos que dan un respiro de aire fresco, abren los horizontes, nos dicen que no estamos solos y que todavía hay esperanzas. Pero lo mejor de todo no es la consideración banal de que sabemos que hay quienes viven así sino el llamado y la vivencia a la que nosotros también debemos comprometernos. Es bueno que hayan individuos de principios pero lo mejor sería una sociedad entera viviéndolos.



Jorge Enrique Mújica - Gama
Colaborador de Pensamiento Católico
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